Alicia pareció reflexionar. Luego miró á su amiga.
--¿Tú entiendes esto?... Es de Enrique Darlés... ¿Te acuerdas?... Un
muchacho, amigo de Manolo...
Y, dirigiéndose á Teodora:
--¿Quién trajo esta carta?
--Una vieja.
--¿Qué facha tenía?
--No sé... así..., parecía portera...
Alicia permanecía indecisa; la concisión autoritaria de aquellos
renglones impresionaba. Era una carta de hombre; los niños no saben
hablar así. En el sobre una mano impaciente, acaso desesperada, había
escrito, con letras de trazos vigorosos, la palabra «urgente».
--¿Qué hacemos?--preguntó.
--Creo--repuso Candelas--que debemos ir á verle.
--¿Para qué?
--Cuando él te llama, algo muy grave debe ocurrirle. Ve...
Alicia consultó su reloj: eran las seis; aun podía, sin turbar el
programa de aquella noche, otorgarse el lujo de una condescendencia. Y
ordenó al cochero:
--¡Ballesta, número...! ¡A escape!...
Un momento las dos jóvenes estuvieron calladas. Candelas, de repente,
exclamó:
--¿Has leído lo que dicen los periódicos del robo que hubo anoche en la
calle Mayor?
--No... ¿Qué dicen?
--Que han robado una joyería.
--¡Una joyería!--repitió Alicia.
Su rostro tuvo una expresión inenarrable de ansiedad y de espanto. Se
acordó de aquel collar de esmeraldas, en el que tantas veces había
pensado, y de la tarde en que ella y Candelas sorprendieron á Enrique
Darlés inmóvil ante el escaparate de la tienda. Inopinadamente, la
dolorida figura del estudiante parecía ponerse de pie en su memoria.
Escuchaba sus últimas palabras: «Usted no me ha tratado. Usted no sabe
quién soy yo». Y estas frases, á las que nunca concedió valor, ahora
repercutían en sus oídos con un «tic» profético.
--¿Qué han robado?--preguntó.
--No puedo decírtelo, porque leí el periódico muy á la ligera.
--¿Y quién es el ladrón?
--No se sabe.
--¿No le prendieron?
--No. Fué más listo que los que le perseguían...
--¿Y escapó?
--Sí.
El misterio que envolvía al delincuente aumentó la inquietud de Alicia.
Era una emoción bonita, novelesca, que la producía cierto engreimiento.
«¡Si hubiese robado por mí!», pensaba. Emoción orgullosa y malsana,
semejante á la que experimenta ante sus amigos el hombre por quien una
mujer se ha suicidado.
Candelas, que seguía los pensamientos de Alicia, exclamó:
--¡Sería notable que el autor del atentado fuese Enrique Darlés!
--No lo creo.
--Pues mira, yo dudo...
--Hubiera hecho muy mal.
--Evidentemente.
--Y si lo hizo, me tiene sin cuidado. Que se fastidie, por imbécil. Yo,
nada le he pedido; y, en último término, ¡qué diablos!, más delito tiene
el que otorga que el que pide...
El coche se detuvo, y Alicia y Candelas echaron pie á tierra y
penetraron en un portal de apariencia mezquina. Candelas llamó.
--¡Portera, portera!
A sus voces nadie contestó.
--Sígueme--dijo Alicia--, conozco el camino.
Echó á andar, recogiéndose pulcramente su falda color perla é
imprimiendo á la larga amazona roja de su sombrero un gracioso vaivén.
Atravesaron un patio sórdido y húmedo, luego otro, y comenzaron á subir
una empinada escalera. El fru-frú sedeño de sus enaguas y el tintineo
de sus pulseras llenaba el silencio. Llegaron al tercer piso y
detuviéronse ante una puerta entornada. Alicia llamó con los nudillos.
Nadie contestó. Volvió á llamar. Desde dentro, una voz, la voz de
Enrique, repuso débilmente:
--Adelante...
La joven y Candelas se hallaron en una habitación obscura que apestaba á
sangre. Alicia Pardo no pudo reprimir una exclamación grosera de
disgusto:
--¡Qué asco! ¡Puf!... ¿A qué huele aquí?
Desde el fondo de la estancia, donde se insinuaba la silueta de un
lecho, Enrique Darlés balbuceó:
--Ahí, sobre esa mesita, hay fósforos... Enciende el quinqué...
Candelas se mantuvo inmóvil, junto á la puerta, temerosa de tropezar.
Cuando hubo luz, las dos amigas lanzaron á su alrededor una mirada
rápida. Componían el moblaje una mesa de escribir, una cómoda sobre la
que había un espejo, y á la hila de las paredes encaladas media docena
de sillas de enea. El estudiante estaba acostado y vestido en su lecho;
sobre la albura de la almohada, su cabeza, de crespos y negrísimos
cabellos, yacía inerte. Un momento abrió los ojos, y luego,
pausadamente, tornó á cerrarlos. Por su rostro lampiño, que la lividez
de los labios entristecía, divagaba la blancura etérea y luminosa del
último dolor.
Las dos jóvenes se aproximaron al estudiante. Alicia exclamó:
--¡Enrique!... ¡Enrique!...
El entreabrió los párpados, y sus pupilas turbias fijaron en «Tacita de
oro» una mirada de gratitud. Ella repitió:
--Enrique... ¿Me oyes?
--Sí.
--Te han herido, ¿verdad?
--Sí.
--¿Tú fuiste quien cometió anoche el robo de la calle Mayor?
--Sí...
Alicia Pardo miró ufanamente á Candelas, como invitándola á fijarse bien
en su hazaña y poniendo en su ademán aquella petulancia con que se
exhibe una obra de arte. Acababa de obtener un gran triunfo, porque
únicamente por las mujeres capaces de inspirar pasiones locas se atreven
los hombres á tanto. Después adelantó la cabeza para ver de más cerca
las ropas del estudiante, y al encontrarlas tintas en sangre,
experimentó un nuevo acceso de asco. El contraste del aire cálido y
nauseabundo de aquella habitación, largo tiempo cerrada, con el ambiente
saludable de la calle, era demasiado brusco.
--¿Abro la ventana?--dijo.
--No... no--murmuró Enrique--; estoy muy débil; el frío me mataría.
Alicia, sentada sobre el lecho, aquel pobre lecho que su cuerpo una
noche perfumó á violetas, le observaba en silencio. Un ancho sombrero
carmesí, adornado por una magnífica amazona blanca, cubría su semblante
pálido, donde los ojos verdes brillaban lascivos en el gran nimbo
cárdeno de las ojeras; y la gracia libertina de los ademanes, la
brevedad pueril del talle, el entono robusto de las caderas y del seno,
y aquel desasosiego con que los piececitos impacientes y bailarines
herían el suelo cual si deseasen escapar, contrastaban fuertemente con
la fealdad del aposento desamueblado, oliendo á agonía.
Candelas parecía conmovida. Pero Alicia se ahogaba; una sensación
terrible de asco iba dominándola. Repetidas veces llevóse á su nariz
gozadora, bañada aquella tarde en la brisa suelta y oxigenada del
Hipódromo, su pañuelo de encajes. El invasor malestar se sobreponía á su
aflicción. No podía llorar. Además, ¿para qué?... Y con tal de escapar
pronto de allí, no la hubiese importado que Enrique viviese algunas
horas menos. En su ingratitud, Alicia Pardo llegó á maravillarse de que
hubiese mujeres amantes capaces de besar un cadáver...
De súbito, deseosa de concluir, preguntó:
--Pero... ¿cómo te hirieron?
Nuevamente Enrique abrió los ojos, luego los labios.
--Vas á saberlo.
A pesar de la enorme hemorragia que había sufrido, aún le restaban
algunas fuerzas, las últimas, y pudo hablar.
--He robado por ti, porque la tarde en que me echaste de tu casa me
dijiste: Nos veremos... «cuando me traigas el collar que te he pedido».
Alicia exclamó:
--No me acuerdo.
--Yo, sí; me lo dijiste. Yo me acuerdo de todo.
La joven encogióse de hombros y sus ojos sádicos, de color de ajenjo,
permanecieron secos. Candelas, en cambio, más humana, más mujer que su
amiga, tenía anegados en llanto los suyos. Enrique siguió hablando. Su
gesto era grave. Repentinamente, el niño se había hecho hombre.
--Decidido a recobrarte, quise ofrecerte lo que tanto deseabas. Anoche,
cuando penetré en la joyería, aún no estaba seguro de lo que iba á
hacer. Me acerqué, sin embargo, al mostrador, y dije que deseaba
examinar el collar de esmeraldas que había en el escaparate. Cuando me
lo trajeron, juntamente con otros, apoderóse de mí un vértigo que echó
sobre mis ojos una tiniebla inmensa y terrible. Rápidamente extendí una
mano, cogí uno de los collares, no sé cuál, porque todos me parecían
verdes... y escapé. Pero el dueño, que sin duda había ido espiando todos
mis movimientos, sacó un revólver y disparó. Su puntería fué certera.
Yo, en aquel minuto trágico, nada sentí y continué corriendo. A mi
espalda, voces acusadoras repetían: «¡Á ése, á ése!...» Y me parecía ver
manos vengativas que, con el ansia de cogerme, se abrían y cerraban
como garras detrás de mí. Cuando volví de mi terror me hallé en un
callejón solitario; mis perseguidores no habían podido alcanzarme.
Entonces advertí que mis ropas estaban empapadas en sangre y que mis
piernas flaqueaban. ¿Qué hacer? Poco á poco, amparado por las sombras de
la noche, regresé aquí... y te mandé llamar...
Los deditos ensortijados de Alicia se cruzaron con un doble gesto de
interés y de horror.
--¿Y no te has curado?--gritó--, ¿no llamaste á ningún médico?
--No; no quise... porque si alguien me hubiese visto así hubiera
sospechado... Y he preferido morir á que me quitasen el collar que robé
para ti...
Y como sintiese que sus energías se agotaban, añadió con un gesto:
--Ahí está, sobre la cómoda. Levanta esos libros.
Era una escena tristísima, de un romanticismo punzante y melodramático.
Al fin, los párpados de la pecadora se humedecieron.
--¡Niño, niño!...--sollozó--, ¿qué has hecho?
Darlés repitió:
--Búscalo... sobre la cómoda...
No quería morir sin ver su regalo entre las manos, nácar y nieve, de la
Deseada.
Ella hizo lo que el estudiante ordenaba, y bajo unos periódicos, sus
dedos hallaron un collar de perlas negras.
--¡Qué hermoso!--exclamó absorta.
Sin abrir los ojos, como quien habla en sueños, Darlés repuso:
--No es el que tú querías... ya lo sé... Luego lo he visto... Pero en
aquel momento, todas las piedras me parecían verdes...
Era éste un episodio más, un capricho más de la amarga y eternal ironía
de las cosas. ¡Dar la vida por un collar de esmeraldas, y equivocarse de
collar!... El estudiante balbuceó:
--Adiós...
Por sus miembros corrió un largo estremecimiento, y bruscamente la
agonía dió á sus facciones varonil severidad. Torcióse la línea de sus
labios. Candelas, puesta de hinojos, lloraba y rezaba. Alicia Pardo, más
violenta, cogió al estudiante por los hombros.
--¡Enrique... Enrique!...
Y le miraba con una de esas expresiones trágicas, todo pasión, que
explican el sacrificio de una vida.
El estudiante aún pudo murmurar:
--Acuérdate...
No dijo más. Cerró los párpados. Moría tranquilamente, sin sangre. Por
su rostro deslizóse una sombra blanca. Alicia exclamó:
--Enrique... ¿me oyes?... ¡Enrique!
Le palpó la frente y las manos. Estaba frío.
--Ha muerto--dijo.
Aquello, á su modo, era bonito. Hubo una pausa. Candelas se había
levantado y las dos amigas se consultaron con los ojos. Acababa de
herirlas la misma idea, el mismo temor. La muerte de Enrique las
comprometía; la justicia realizaría pesquisas y no era difícil que las
llamasen á declarar. El instinto de conservación alejaba de ellas el
recuerdo del muerto.
--Estamos perdidas--dijo Alicia--; tú tienes la culpa, yo no quería
venir.
Candelas repuso colérica:
--La culpa es tuya.
--¿Mía?
--¡Claro es! ¿Quién, sino tú, le obligó á robar?
--¡Yo... yo!...
--Tú, sí, estúpida...
Y en su voz ardía ese rencor envidioso que sienten todas las mujeres
hacia la manceba por quien un hombre se ha perdido. Luego, para
tranquilizarse, agregó:
--Afortunadamente, la portera no nos ha visto subir.
Alicia Pardo examinaba el collar; su alma ególatra prendada del lujo, su
almita «de presa», tornó á olvidarse del estudiante para sólo pensar en
la belleza de la joya. De pie, ante el espejo, se ciñó el collar y
comenzó á mover la cabeza á uno y otro lado, complaciéndose en el
contraste que formaba la negrura de las perlas sobre el armiño de la
garganta. Y un momento sus ojos ardieron con el vigor insolente de la
dicha. Lo sucedido no la inspiraba remordimientos. ¿Por qué? ¿Tenía ella
la culpa de que Enrique hubiese tomado en serio lo que ella pidió en
broma? Y pensó filosóficamente que en la historia de todas las grandes
cortesanas siempre hay, por lo menos, un capítulo trágico. Después su
espíritu experimentó un matiz de ironía. ¡Pobre Enrique! El infeliz fué
uno de esos desdichados que, ni aun cuando se sacrifican, aciertan del
todo... Al fin, obedeciendo más que á un sentimiento de ternura á una
delicadeza de artista, se acercó al cadáver para despedirse de él en una
mirada. Desde la puerta, Candelas la llamó.
--Vámonos...
Alicia Pardo dió media vuelta: nada, en efecto, tenía que hacer allí. El
ambiente de aquel cuarto, con su aire denso y su suelo de ladrillo
salpicado de manchas bermejas, tornó á sofocarla. En la calle respiraría
bien, y recordó que aquella noche, en la platea del Real, las perlas de
su collar llamarían la atención. No estaba triste. Al pasar por delante
del espejo se miró de reojo.
--Es bonito--pensó.
Y luego, con cierta melancolía:
--Sin embargo, el collar de esmeraldas me gustaba más...
Madrid.--Enero, 1908.