A la mañana siguiente Darles salió á la calle muy temprano; estaba
rendido; había pasado una noche de insomnio y de espanto, y al clarear
el día y hallarse en su habitación pobrísima, sin otro mobiliario que
una cómoda cargada de periódicos y de libros, una mala mesita de pino y
algunas sillas de enea, todo mezquino y viejo, recibió con la violencia
de un golpe la emoción de su soledad y experimentó esa inquietud que los
psicólogos denominan claustrofobia ó «terror á los espacios cerrados».
Largo rato caminó absorto en vacilaciones sin nombre ni dibujo. No se
reconocía. En pocas horas de dolor su conciencia habíase retorcido
cruelmente, y de esta convulsión fiera emergían ahora desdoblamientos
insólitos, panoramas morales enormes constelados de perplejidades
aterradoras. Contra el baluarte de los principios éticos que le
inculcaron cuando niño, su desesperación desencadenaba una recia
avalancha de preguntas. Y cada interrogación constituía un enigma
terrible. ¿Dónde termina el bien? ¿Dónde comienza el mal? ¿Por qué, si
todos nuestros esfuerzos deben ir enderezados á procurar nuestra
felicidad, hay deseos que la moral instituída juzga depravados y
deshonestos? ¿Por qué no será lícito todo lo agradable?...
Al llegar á la calle de Atocha, Darlés tropezóse con un amigo suyo,
estudiante de medicina también, llamado Pascual Cañamares. Los dos
jóvenes se saludaron. Cañamares iba á San Carlos.
--¿Quieres venir?--dijo--. Te enseñaré la sala de disección.
Darlés siguió á su condiscípulo. A éste le impresionó la palidez de
Enrique.
--Tienes muy mala cara.
--Es que no he dormido.
--¿Habrás pasado la noche de fiesta?
--Al contrario. La he pasado llorando.
Y hubo en su respuesta un dolor tan varonil, que su interlocutor no se
atrevió á indagar.
La sala de disección, fría y blanca, emocionó á Darlés vivamente. Desde
los altos ventanales el sol caía á raudales, pintando una ancha franja
de oro sobre los zócalos de azulejos. En las mesas de mármol, y
cubiertos por sábanas manchadas de sangre, había varios cadáveres, con
las cabezas afeitadas y los labios abiertos. Sus pies desnudos y juntos
daban una macabra sensación de quietud. Flotaba en el aire un olorcillo
indefinible, nauseabundo, á carne muerta. Darlés experimentó un ligero
vahido que le obligó á cerrar los ojos, y huyó de la sala. Más de una
hora anduvo por los claustros espaciosos, siniestramente sonoros, de San
Carlos. Una rara tristeza gravitaba sobre el edificio, caserón viejo y
húmedo que antes de ser escuela fué convento, y donde á la honda
melancolía de una religión que sólo piensa en la muerte, parece añadirse
el gran desengaño de una ciencia que no sabe librar del dolor á la vida.
Cuando Pascual Cañamares salió de clase, quiso que Darlés le acompañase
á almorzar. Enrique accedió. Eran las doce. Cañamares almorzaba en una
taberna de la plaza de Antón Martín: era un establecimiento alegre, con
altos zócalos de madera pintados de rojo. Los dos estudiantes se
instalaron ante un velador, sobre el cual la tabernera había extendido
un pequeño mantel. Cañamares exclamó:
--¿Qué quieres comer?
--Me es indiferente. Lo que tú comas.
--¿Sopa y cocido?
--Bueno...
Cañamares ordenó, campechano:
--¡Patrona! ¡Un cocido!
Era un muchachón de veinte años, sanguíneo y rollizo, lleno de esa
jovialidad sana y turbulenta que se desprende, á modo de perfume, de las
grandes energías vitales. Hablaba mucho, y había en su conversación
pintoresca y frívola un buen humor contagioso. Enrique Darlés le
respondía distraídamente y con monosílabos, atento sólo á lo que varios
cocheros, instalados en una mesa próxima, referían de cierto crimen
cometido aquella mañana. Dos hombres, enamorados de la misma mujer,
habían reñido á navajazos y uno de ellos mató al otro. El vencedor
estaba preso. Era un lance vulgar, pero intenso, de una belleza bárbara
y, á su modo, caballeresca, ya que en la lucha no hubo traición. Y el
estudiante admiró y aun envidió á aquellos dos bravos que, por amor,
afrontaron la solemnidad de ese momento donde coinciden la herida que
produce la muerte y la puñalada que lleva á presidio.
Al salir de la taberna, Pascual se despidió bruscamente.
--Me marcho, porque no me divierto contigo. No sé qué te sucede. ¡Ni
siquiera escuchas!...
Y se fué. Enrique Darlés le vió alejarse impasible, y luego experimentó
una dolorosa sensación de vacío. Estaba solo porque había tenido la
franqueza de no disimular su negro humor, porque dejó que toda la
melancolía de su alma se asomara libremente á sus ojos; y entonces
comprendió que ser muy sincero equivale á ser muy generoso, ya que
cualquiera sinceridad, aun la más inocente, siempre cuesta mucho.
Por la noche cenó frugalmente y se acostó temprano. Largo rato estuvo
despierto, atormentado por una marea de recuerdos inconexos. Su padre,
que era su pasado, y Alicia Pardo, que simbolizaba su presente, le
solicitaban. Al cabo, la imagen de la joven prevaleció.
Poco á poco dióse á examinar el alma tornadiza y burlona de aquella
mujer que, al despertarse de una noche de amor, le había mirado
encogiéndose de hombros. ¿Qué había sucedido? ¿En cuál de los dos estuvo
la falta? ¿Acaso ella era una ingrata incapaz de sentimientos levantados
y duraderos, ó es que él, encogido y pacato, no había sabido
corresponder á la ilusión de Alicia?...
Bajo la tiranía torturante de su voluntad, la memoria evocó momentos,
recompuso frases, dió actualidad nueva á los pormenores de aquella noche
hadada en que creyó que todo Madrid olía á violetas... Y como siempre
tendemos al perdón del ser amado, tras mucho discurrir, Enrique Darlés
llegó á convencerse de que Alicia Pardo era inocente. Ella, desde el
primer momento, había sido buena; ella le animó á emprender su
conquista, y después, llanamente, sin otro propósito que el de verle
feliz, le abrió sus brazos; brazos venusinos que pusieron alrededor de
su cuello un lazo de dulzura y misericordia. Y él, á cambio de tan
subida ventura, ¿qué había dado?...
En la conciencia del estudiante alzábase acusadora una voz implacable.
Alicia, habituada al roce del gran mundo, era una mujer de gustos
exigentes y refinados, que adoraba el lujo y entendía á Beethoven.
Varios aristócratas la amaron, poniendo su belleza en boga, y más de un
tenor de ópera cantó para ella sola y en la intimidad de su dormitorio,
su _racconto_ favorito.
Y la voz inexorable continuaba:
«¿Qué hiciste tú, pobre Darlés, para merecer ese tesoro? ¿Qué méritos
son los tuyos? Las mujeres que son todo belleza quieren lo que brilla,
la fuerza, belleza suprema del hombre: la fuerza, que es gloria en el
artista, dinero en el millonario, elegancia y aplomo en el hombre de
mundo, desesperación en el suicida, valor y rebeldía en el ladrón que,
audazmente, se pone enfrente de la ley. Pero tú, que no eres nada, ¿de
qué te dueles ni á qué aspiras?...»
El estudiante lanzó un gran suspiro y sus párpados se llenaron de
lágrimas. Era un necio, un zagalón menguado y cobarde. De una mujer
puede quejarse el hombre que se arruinó por ella, ó quien, por
conservarla, mató y fué á presidio. El, en cambio...
De pronto Darlés se estremeció tan violentamente, que la descarga
eléctrica de sus nervios le arrancó un grito. Incorporóse en el lecho;
estaba lívido. Si no podía ofrecer á Alicia ni una gloria de artista, ni
una fortuna, debía brindarla su honor: debía robar... Fué una revelación
terrible que sonaba á infierno. Entonces comprendió aquella expresión
enigmática que inflamó los ojos y resbaló luego por los labios de Alicia
la última vez que hablaron. El la había dicho: «¿Cuándo te veré?» Y ella
contestó: «Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido». Ahora
estas palabras cabalísticas resonaban en su espíritu claramente: ahora
las entendía. Alicia estaba enamorada de una joya que no podía comprar,
y más de una vez, pensando en ella, se puso triste; su dolor era
sincero; él lo había visto. Acaso la joven, al despedirle y recordarle
aquel collar, habló en broma; quizás habló en serio. ¡Quién sabe!... De
todos modos, al afirmar que «nunca» se verían, expresó veladamente su
convicción de que él era un cobarde que jamás llegaría á perderse por
ella. Los ojos febriles de Enrique Darlés brillaban como carbunclos. ¿Y
por qué no robar? ¿Por qué no mostrarse valiente y capaz de todo? Hay en
el fondo de los grandes sacrificios algo superhumano que ofusca y
arrastra. Si él fuese ladrón; si pagase con su audacia lo que no le era
dable adquirir por dinero; si, por complacerla, perdiese su carrera,
arrostrase la maldición de su padre y el rigor de las leyes, Alicia le
amaría ciegamente, con aquel frenesí que Vautrin, el héroe balzaciano,
inspiraba á las mujeres.
La voz que antes tronó acusadora en la borrascosa conciencia del
estudiante, ahora musitaba lagotera y suave:
«Alicia, tu Alicia, sería feliz con las esmeraldas de ese collar. Si no
tienes medios de comprarlo, róbalo. Eres un miserable si no robas para
ella. ¿Qué te importa la opinión del vulgo? ¡Egoista! El hombre que no
es capaz de ser ladrón por una mujer, puede quererla mucho, pero no la
quiere ciegamente. Lo que tu Alicia desee, tú debes dárselo. No dudes, y
roba; roba para ella ese collar y cíñeselo después á su cuello, cuya
nieve tantas veces, en el espacio de una noche, dió frescura á tus
labios...»
Estas ideas acudieron á corroborar sus impresiones más recientes: la de
su visita á la sala de disección, donde vió otra vez que todo es nada, y
la de aquel crimen por celos que oyó referir en la taberna. Y,
repentinamente, Enrique Darlés se sintió calmado. Su porvenir acababa de
decidirse: robaría. La Fatalidad, hecha carne en el cuerpo de Alicia
Pardo, acababa de decretarle un camino.
Todas las tardes, al tramontar del sol, en esa hora de misterio en que
los faroles comienzan á encenderse y las mujeres parecen más lindas, el
estudiante salía de su casa y, por las calles de Mesonero Romanos y
Carmen, dirigíase hacia la Puerta del Sol, siempre llena de una multitud
desocupada y abúlica que no sabe andar. En la calle Mayor se detenía,
hundiendo una mirada ávida y medrosa en la joyería, cuyo escaparate
refulgente parecía una brasa.
La contemplación diaria y reposada de aquellos tesoros producía en
Enrique Darlés un trastorno moral, cuya gravedad él no sospechaba. La
idea de robar iba incubándose en su ánimo, obsesionándole, trocándose en
resolución irreductible y desapoderada.
Para tormento suyo, aquel collar de esmeraldas que servía de reclamo á
la tienda no hallaba comprador. Era demasiado caro.
Con la nariz aplastada sobre el cristal del escaparate, Enrique sufría
largos minutos de angustia sin poder disuadir sus ojos de aquel abismo,
precipicio de oro y terciopelo en cuyo fondo los brillantes, los
topacios, las esmeraldas, las perlas, los rubíes, las amatistas,
parecían las pupilas de una extraña multitud. Su imaginación,
entretanto, devanaba una historia de locura. El, con su presa oculta en
su bolsillo más secreto, iría á ver á Alicia, y la diría: «Toma, aquí
tienes tu collar; el collar que ni don Manuel, ni esos aristócratas
millonarios que conoces, han querido comprarte, te lo he ganado yo
jugándome la vida. ¿Qué dices ahora?...» Y discurriendo así cerraba los
ojos, creyendo que á su alrededor el aire olía á violetas. Después,
cuando abría los párpados, las esmeraldas del collar, verdes y duras
como las pupilas de Alicia, parecían decirle: «Todo eso, tan bonito,
sucederá cuando tú quieras». Era la voz sigilosa de la tentación: voz
hecha luz...
Una tarde, al recobrarse de uno de estos duraderos y profundos
ensimismamientos, vió que Alicia Pardo y su amiga Candelas se acercaban.
Ellas también le habían visto. Turbado, casi sin voz, el estudiante las
saludó. Alicia le estrechó la mano afectuosamente, y él aspiró esta vez
con más fuerza, aquel perfume á violetas que aromaba sus sueños de
ladrón. La joven preguntó:
--¿Qué hace usted aquí?
--Nada... pasar el rato...
Alicia inspeccionó el escaparate.
--¡Ah, sí! ¿Miraba usted mi collar?
--Sí, precisamente...
Y al decir esto enrojeció, porque equivalía á confesar que estaba
acordándose de ella. Candelas examinó al estudiante risueña. Alicia
Pardo agregó cruel:
--Ya sabe usted que se lo he pedido.
--Lo sé, me acuerdo.
Habló tristemente y ella se echó á reir.
--Y bien, qué, ¿piensa usted regalármelo?
--¡Quién sabe!...
Una cólera repentina había dado á sus facciones tirantez viril y
agresiva. Palidecieron su frente y sus labios. Candelas, que era
bondadosa, trató de aliviar su tormento.
--Déjese usted de mujeres--exclamó--; somos muy malas. Créame usted á
mí: la mejor, la más santa de nosotras, no vale un sacrificio.
Alicia interrumpió á su amiga.
--¡Qué bobita eres! Estamos hablando en broma. ¿Tú piensas que Enrique
puede hacer una locura por mí?... ¡Qué disparate!
Fieramente el estudiante repitió:
--¡Quién sabe!
Y luego, tras una pausa:
--Ignoro por qué habla usted así. Usted no me ha tratado. Usted no sabe
quién soy yo.
Dos meses antes, las frases un poco burlescas y las sonrisas de las dos
jóvenes le hubiesen desconcertado. Pero ahora hallábase transfigurado y
poseído de un nuevo y vigoroso ardimiento. Ya no dudaba; invadíale un
extraordinario y avasallador concepto de sí mismo, y esta convicción de
su juventud y de su audacia, de su fuerza, en fin le enajenaba como una
ola de alcohol. Un instante había bastado para que el niño creciera y
fuese hombre.
Alicia le observó de hito en hito; sus labios tornáronse graves; bajo la
doble crencha de sus cabellos rojos, partidos simétricamente sobre la
frente, los ojos tuvieron una expresión pensativa. Ella ignoraba cómo
los hombres primitivos cazaban el reno, pero sabía de conocer caracteres
y de atizar pasiones, y si ojeó pocos libros, leyó de corrido en muchas
conciencias, lo que es mejor. Su instinto agudo, que no solía
equivocarse, adivinó en el gesto y la voz del estudiante algo dominador
y desesperado. Prefirió cortar la conversación.
--Adiós, Enrique. ¡Ah! Manolo ha preguntado por usted varias veces.
--Muchas gracias. Dele usted mis recuerdos.
--¿Cuándo irá usted por casa?
Siempre sombrío, Darlés repuso:
--No lo sé, Alicia; pero esté usted cierta de que iré tan pronto como
deba ir.
Y hubo en esta alusión á lo que él llamaba «su deber» un trémolo
indefinible de soberbia y de amargura.
Al quedarse solo el estudiante tuvo una explosión de cólera que, á falta
de palabras, se deshizo en lágrimas. Tenía la convicción de que sus
respuestas, un poco misteriosas, impresionaron á Alicia; habían sido
bellas. Ahora, y para no perder lo ganado, necesitaba que su conducta
corroborase lo dicho. Embozadamente habíase comprometido á algo muy
grave. De no cumplir lo ofrecido, quedaría en ridículo. Era, pues,
indispensable llegar al fin.
--Seré ladrón--pensó.
Después dirigióse á su taberna, donde cenó tranquilamente y se acostó
temprano. Durmió bien, con esa paz profunda que dejan en los espíritus
largo tiempo agitados las resoluciones irrevocables. Era mediodía cuando
despertó. Inmediatamente se levantó, vistióse de limpio y escribió á su
padre una carta tranquila, en la que sólo hablaba de sus estudios. Luego
metió en un pañuelo todos sus libros de texto y salió á la calle. Iba á
venderlos. «Si me prenden--reflexionaba--ese dinero puede hacerme falta;
y si logro huir y todo queda en el misterio, tiempo tengo de
recobrarlos.»
Realizada la venta se dirigió á un _restaurant_ de lujo, donde almorzó
con ciertos refinamientos. En todos estos detalles menudos, tan
contrarios al orden y sencillez de su vida habitual, un observador
hubiese descubierto cierta melancolía de despedida. Luego estuvo
bebiendo café en la _terrasse_ del _Lyon d'Or_, y reconoció que muchas
de las mujeres que pasaban eran bonitas. Acerca de lo que iba á realizar
no había pensado nada concreto. Prefería abandonarse á lo imprevisto.
Los grandes conflictos se resuelven mejor sobre la marcha, de sopetón,
ante la inminencia del peligro.
A las seis en punto se levantó, y cruzando la calle de Sevilla dirigióse
por la carrera de San Jerónimo hacia la Puerta del Sol. Todavía las
luces del alumbrado público y de los comercios estaban apagadas. Era
una tarde de Abril; barría las calles un remusgo fresco y húmedo; en el
espacio límpido, teñido de rosa, Venus vertía la serenidad de su luz
milenaria. Darlés avanzaba tranquilamente, con un sosiego de movimientos
que parecía responder á una ecuanimidad perfecta. Al llegar á la acera
del Ministerio de la Gobernación detúvose á observar los tranvías, los
coches, el gentío que pululaba á su alrededor. La idea de que pronto le
prenderían, renació en su espíritu.
--Mañana--pensó--no veré nada de esto.
Y sus ojos tuvieron una melancolía de «adiós». Sin embargo, ya no podía
torcer su resolución de robar.
El fondo de esta locura lo constituía, más que un anhelo carnal, un
prurito romántico, casi coquetón, de «quedar bien». La concupiscencia de
los primeros momentos había evolucionado hasta convertirse en el
sentimiento elegante, puramente artístico, de un «bello gesto». En
último término, adueñarse de Alicia era lo de menos: lo importante, por
no decir lo único, era tener ante ella la hermosura de un heroísmo; que
para los grandes criminales, como para los artistas ilustres, como para
los multimillonarios que se arruinan en una noche, como para todos los
que rompen los moldes vulgares, guarda el alma aventurera de la mujer
una admiración. Y el estudiante, considerando que Alicia Pardo se
acordaría siempre de que hubo un hombre honrado que fué á presidio por
ella, se juzgaba pagado y feliz.
Absorto en estas quimeras, llegó Enrique Darlés á la joyería de la calle
Mayor, cuyas luces, recién encendidas, volcaban sobre la acera un
generoso resplandor. Detúvose el mozo ante el escaparate, lleno de
refulgencias cegadoras. En el centro de la vidriera y ciñendo el cuello
de un medio busto de terciopelo blanco, estaba el collar, el terrible
collar de esmeraldas. Darlés lo contempló largamente, y al principio
experimentó esa sensación de miedo y de frío que inspiran las armas de
fuego. Después esta emoción desapareció; la luz verde de las esmeraldas
le enajenaba; era una especie de atracción telúrica, invencible como el
principio de gravedad. No obstante, todavía vacilaba, todavía comprendía
que en aquel medio metro que le separaba del escaparate flotaba un
abismo. De pronto, pensó:
--¿Y si Alicia me viese ahora aquí?...
Esta idea derrotó sus últimos temores y abrió la puerta del
establecimiento con mano segura. En seguida avanzó hacia el mostrador;
su paso era firme y suelto. Un dependiente alto y elegante, con largos
bigotes rubios, salió á recibirle.
--¿Qué deseaba usted?
Con un aplomo del que segundos antes no se hubiese creído capaz, Enrique
contestó:
--Quisiera ver ese collar de esmeraldas que hay en la vidriera.
--Sí, señor.
Darlés miró á su alrededor y notó que, al fondo de la tienda, un
caballero barbiblanco, el dueño sin duda, le observaba atento. El tenía
ya un plan: se apoderaría de la joya y huiría hacia la puerta que, para
este fin, dejó entornada.
El dependiente volvía con el collar, que depositó sobre el pañete verde
musgo del mostrador. Enrique Darlés apenas se atrevía á tocarlo.
--¿Cuánto vale?
--Quince mil pesetas.
El estudiante chasqueó la lengua, como hacen los bebedores para celebrar
el buen gusto y calidad de un vino. Su interlocutor agregó:
--Tengo la seguridad de que habrá usted visto pocas esmeraldas como
éstas.
El caballero peliblanco se había acercado sin hablar, las manos metidas
en los bolsillos del pantalón, y su continente era grave y perplejo.
Diríase que su espíritu desconfiado de comerciante venteaba un peligro.
Darlés le miró de reojo: aún era honrado, aún podía arrepentirse...
El dependiente había traído varios estuches, de los que fué sacando
collares diferentes. En el modo de cogerlos, de acariciarlos entre sus
dedos de uñas cuidadas y de extenderlos sobre el pañete del mostrador,
ponía aquel hombre un cariño. Los había de brillantes, de turquesas, de
zafiros, de topacios...
El estudiante vacilaba; latía en aquella proximidad del crimen una
voluptuosidad mareante y terrible, á la vez dulce y acre. Siguió
preguntando:
--¿Qué vale este collar?
--Muy poco: dos mil doscientas pesetas.
--¿Y éste de rubíes?
--Cuatro mil quinientas.
Darlés los cogía, los miraba detenidamente, volvía á dejarlos. De pronto
experimentó la sensación de que por sus mejillas acababa de extenderse
una gran palidez. Para reponerse dijo:
--Este de perlas negras es muy hermoso.
--También es más caro: diez mil pesetas.
Bruscamente el señor barbiblanco, que hasta entonces no había desplegado
los labios, exclamó con acritud:
--Bien; creo que ya han hablado ustedes bastante.
Y, dirigiéndose al dependiente:
--Guarde usted esos estuches.
Enrique Darlés levantó la cabeza y le miró á los ojos fieramente, con la
altivez del hombre que todavía no ha delinquido.
--¿A qué viene eso?--gritó.
--No me gusta perder el tiempo--repuso el joyero--; á usted no debe
sobrarle el dinero; yo no me equivoco.
Y volviéndose á su empleado, que presenciaba la escena atónito, repitió
secamente:
--Le he dicho que recoja esos estuches.
Tal vez el estudiante no estaba aún totalmente decidido á robar;
todavía, quizás, quedaba en su conciencia algo bueno, sano, que, en el
momento supremo, se hubiese impuesto á la fatal tentación. Pero las
palabras destempladas del comerciante, exasperándole, le obligaron á
delinquir; buscó un desquite y pecó. El caso no es nuevo; muchas,
muchísimas veces, un crimen sólo es la represalia lógica de una
injusticia.
Fuera de sí, Enrique alargó rápidamente un brazo hacia el sitio donde
estaba el collar de esmeraldas; sus dedos se crisparon, convulsos; giró
sobre sí mismo y, de un salto, ganó la puerta.
En aquel momento, uno tras otro, sonaron dos tiros.
Darlés emprendió una carrera vertiginosa, delirante, hacia el Viaducto.
Al principio oyó una voz que gritaba á su espalda:
--¡A ése, á ése! ¡Al ladrón!...
Una voz terrible, de pesadilla, y luego percibió el estrépito, semejante
á un trueno, de la gente que le perseguía. Ante él los transeuntes se
apartaban, y había en sus rostros miedo y asombro. Al llegar á la calle
de Bordadores, un hombre que esgrimía un bastón, trató de cerrarle el
paso y, entonces, Darlés torció á la izquierda, venciendo con velocidad
de liebre la cuesta de la calle Siete de Julio. De un portal le tiraron
una silla, que apenas le rozó, y donde acaso tropezaron los que de más
cerca le acosaban. Cuando la humana jauría, jadeante y furiosa, pasaba
bajo los arcos de la Plaza Mayor, su griterío amenazador retumbó con más
fuerza:
--¡A ése!... ¡A ése!...
El estudiante, alocado, corriendo siempre en línea recta, llegó á la
barandilla que cierra el jardín y la franqueó de un salto. Esto le
salvó. La poca luz que allí había y las sombras de los árboles
desdibujaron su figura. El, sin embargo, continuó corriendo y, al
encontrarse de nuevo con la barandilla, volvió á saltar. Al caer, sus
rodillas, fatigadas, se doblaron y á poco da de bruces contra el suelo.
Pero en el acto se levantó y siguió corriendo. Ahora las voces de sus
acosadores retumbaban lejos, bajo las bóvedas sonantes de la plaza.
Darlés continuó huyendo por la calle de Toledo, y advirtió que muchos
transeuntes le miraban con inquietud. Una mujer exclamó:
--¡Va herido!...
Al llegar á Puerta Cerrada, el estudiante se acercó á la famosa cruz que
da nombre á la plaza. No podía más; las piernas se le rompían de
cansancio; su corazón estallaba; la lengua se le escapaba de la boca.
Varias mujeres le rodearon asustadas.
--¡Está usted herido!--decían--. ¿Qué es eso?... ¡Le han herido á usted!
Pero en sus exclamaciones no había rencor, sino piedad ingénua. El
estudiante se sintió más tranquilo. Una de aquellas mujeres llevaba un
cántaro.
--¡Un buche de agua!--balbuceó Enrique--. Agua... ¡Me muero de sed!...
Acercó sus labios á la boca de la vasija y bebió á largos sorbos.
Ellas repetían:
--Está usted herido... ¡Pobre hombre!... ¡Vaya usted en seguida á la
Casa de Socorro!...
Para no suscitar sospechas, Darlés repuso:
--Sí, ahora voy...
Después trasegó algunas buchadas más, y siguió huyendo hacia la calle de
Segovia. Corrió mucho, mucho, hasta que sus fuerzas se agotaron
totalmente. Detúvose y se reconoció; sus ropas mojadas se adherían á su
carne, produciéndole una desagradable sensación de frío; tenía las manos
rojas: lo que él creyó sudor, era sangre.
--¡Estoy herido!--murmuró.
Y entonces comprendió lo que las mujeres de Puerta Cerrada le habían
dicho. En aquel momento acometióle un ligero mareo y necesitó apoyarse
contra la pared. Después abrió los ojos y examinó el sitio donde se
hallaba. Era un callejón pendiente y solitario, abierto entre casas
modestas. Muy cerca, sobre la inmensidad negra del cielo, aparecía la
mole imponente del Viaducto, esa atalaya siniestra y magnífica desde la
cual tantos tristes se despidieron de la vida en una reverencia mortal.
Enrique Darlés volvió á pensar:
--Estoy herido...
Sus ideas iban coordinándose: Alicia, su cuartito de la calle de la
Ballesta... Palpóse los bolsillos, y sus dedos hallaron el collar, «¡su
collar!...»
El estudiante sonrió; una alegría inefable esponjaba su cuitado corazón.
Suspiró; se enjugó dos lágrimas. Alicia sería suya. La novela de su vida
acababa de ser escrita.
V
Candelas y Alicia Pardo regresaban en landó de las carreras. La tarde
había pecado de frescachona, pero el sol no se ocultó ni un momento, y
los jockeys lucharon bien. Alicia sonreía; estaba contenta; había ganado
ochocientas pesetas, y en sus ojos persistía aún la visión de los
jinetes huyendo con rapidez fantasmagórica sobre el fondo del paisaje
abrileño. Y, de pronto, en el segundo tercio de la carrera, de aquel
grupo multicolor, compuesto de blusas rojas, azules y amarillas, y de
calzones blancos, un caballo se destacó para tomar la cuerda, y ella
había ganado...
En esta victoria hallaba algo personal, que mimaba su orgullo.
--Ese jockey que ahora tiene tu conde--exclamó--monta como un centauro.
¿Es inglés?
Candelas contestó:
--No, belga.
A Alicia, que no recordaba con exactitud hacia dónde quedaban los Países
Bajos, no le satisfizo la respuesta. Pero era igual; bastábala con saber
que el jockey triunfador venía de uno de esos pueblos septentrionales
donde todos los hombres son correctos y rubios.
Candelas comenzó á explicar la ciega confianza que el conde, su amigo,
tenía en aquel caballista extraordinario. En pocas palabras trazó un
brillante programa de diversiones y de viajes. A primeros de Mayo irían
á Londres, y en Junio, á París, donde el conde pensaba llevarse el «Gran
Premio», de Longchamps. La otoñada la pasarían en Niza.
Alicia Pardo repuso:
--En Septiembre el marquesito y yo vamos á Monte-Carlo. Es preciso que
nos veamos; con los hombres, ¿verdad?..., nos divertimos poco. No saben
hacernos reir.
Cuando el landó llegaba á la plaza de Castelar, Alicia preguntó á su
amiga:
--¿Tienes algo que hacer esta noche?
--No.
--Pues vente al Real conmigo. La noche pertenece á Bizet, el divino.
Representan Carmen, y trabajan la Nasí y Pacteschi. ¡Sin comentarios!
Candelas accedió.
--Ahora--dijo Alicia--quiero ir á mi casa, por si he recibido algún
recado urgente. Luego te llevo á la tuya, cambias de traje y buscamos á
Manolo para que nos invite á comer.
El coche se detuvo ante el portal de Alicia, y Teodora, que estaba en el
balcón, bajó á la calle en seguida. Traía una carta.
--Esto ha venido para usted.
--¿De parte de quién?
--De parte del señorito Enrique.
Alicia repitió, sorprendida:
--¡De Enrique!
Rasgó el sobre con gesto febril, y leyó:
«Ven á mi casa, te lo ruego. Necesito verte hoy mismo.»