III

Después de aquella noche memorable transcurrieron varios días sin que

Enrique Darlés hallase ocasión de ver á Alicia. Fué á su casa muchas

tardes, de dos y media á tres, hora en que don Manuel nunca estaba allí.

Pero Teodora no le permitía pasar del recibimiento. Unas veces «la

señorita» había salido, otras estaba durmiendo ó enferma de jaqueca y no

podía recibirle. El acento de la camarera era seco, desconcertante;

porque si en algo conocemos el concepto malo ó bueno que una persona

tiene de nosotros, es en el modo con que nos reciben sus criados. El

estudiante tartamudeaba:

--¿No le ha dejado á usted ningún encargo para mí?

--No, señor; ninguno.

Y ante el semblante picaresco y reidero de la joven, Enrique sentía que

su rostro se alargaba de melancolía y que sus ojos se anegaban en dolor

y humildad, como los de un criado despedido. Después, como no quisiese

renunciar completamente á la ilusión que allí le había llevado,

murmuraba:

--Bueno; ¡cómo ha de ser! Dígale usted que he estado aquí y que vendré

mañana.

Cuando bajaba las escaleras iba muy triste; aquella noción de su

inferioridad que le hirió la noche en que fué presentado á Alicia Pardo,

volvía á acometerle. Sí, era un vencido, un inepto, que no aportaba allí

nada positivo: ni dinero, puesto que no era rico; ni gloria, pues que no

era artista aplaudido; ni tampoco alegría, ya que la poca que hubo en su

corazón reflexivo y sentimental se la robaban los desvíos de Alicia.

Muchos días, á la hora del crepúsculo, acudía á estacionarse en la calle

Mayor delante de la vidriera donde centelleaba aquel soberbio collar de

esmeraldas de que Alicia le había hablado; y unas veces iba y venía por

la acera, embozado en su capa con cierto aplomo mundano, y otras

parábase á contemplar la joyería, cuyos focos eléctricos envolvían á los

transeuntes bajo un derramamiento gigante de luz. Allí permanecía largo

rato, preso en el sortilegio de los rubíes sanguinarios, de los topacios

ardientes como heridas, de las turquesas color de cielo, de las cadenas

y de las sortijas, que trazaban vibraciones de oro sobre el terciopelo

negro, artísticamente arrugado, que á modo de alcatifa cubría el amplio

perímetro del escaparate; y en esta atracción vagarosa que las joyas le

causaban, había como un presentimiento.

Entre tanto, su alma infantil pensaba:

--Si Alicia pasase, se holgaría de verme aquí.

Durante aquellos primeros días, el recuerdo de la adorada persistió en

la memoria del estudiante bajo la rara sensación de un perfume á

violetas. De los anchos ojos verdes de Alicia, de su boquirrita

epigramática y cruel, de su cuerpo blanco y carnoso, ó no recordaba, ó

creía no acordarse bien. En cambio, aquel olor á violetas invadía su

espíritu, y de él parecían hallarse impregnados sus vestidos, sus manos,

sus libros de texto, su lecho mezquino. Esta dulce ilusión, sin embargo,

fué decayendo; el tiempo se la llevaba, borrándola, como había borrado

su recuerdo en Alicia. Darlés lloró mucho. Aquella noche escribió á la

joven una postal desesperada, un poco enigmática.

«Mañana iré á verte--decía--; si no me recibes, me muero. Sé compasiva.

Mi cuartito ya no huele á ti.»

La misiva del estudiante enojó á Alicia. ¿A qué venían estos

hiperbólicos alardes de pasión? ¿Acaso lo acaecido entre ambos no era

algo baladí y perfectamente vulgar?... Y tan segura estaba de ello, que

su emoción, más que de disgusto, fué de asombro. Al principio, su

sorpresa la inspiró cierto regocijo.

--Sería interesante--pensaba--que ese muchacho se prendase de mí como un

héroe de drama.

Pero la alegría de tal curiosidad duró un momento apenas. Inmediatamente

la voluntad fría, el espíritu rectilíneo y ególatra, que no toleraban

ser molestados, reaccionaron contra aquella posibilidad novelesca. Ella

no quería amar ni ser amada; que por referencias de amigas íntimas sabía

que el amor, con sus zozobras y sus celos, tan funesto y agrio es para

el que lo siente como para quien lo inspira.

El capricho que la llevó á los brazos de Enrique carecía á sus ojos de

importancia. La tarde que antecedió á su primera y única noche de

intimidad, Darlés acertó á sorprenderla en una de esas horas de

fastidio, de laxitud y de eclecticismo, que en la voluble moral femenina

divagan equidistantes del bien y del mal. Fué liviana como pudo ser

casta, arbitrariamente, sin razón ni motivo precisos. Quizá, á tener el

estudiante los ojos más hermosos, le hubiera dicho que «sí»; acaso

también, si aquel collar de esmeraldas, por el que momentos antes ella y

Manolo riñeron, la hubiese gustado algo menos, le habría dicho que

«no»... Lo único cierto es que aceptó la compañía de Darlés porque

supuso, bondadosamente, que la conversación de un hombre, aunque éste

sea muy pobre, vale y entretiene más que el recuerdo de un collar. Y

cuando, á la mañana siguiente, regresó á su casa, hallóse un poquito

sorprendida de su conducta. Aquello fué una genialidad, una humorada

semejante á la que hubiese podido llevar á un crítico como Sarcey,

después de cuarenta años de teatro serio, á una barraca de fantoches. El

lance, por tanto, no volvería á repetirse; era absurdo.

Al otro día, Alicia supo por Teodora que Darlés había ido á visitarla

hallándose ella ausente. En tardes sucesivas ocurrió lo mismo. La joven

acabó por sentirse molestada ante la imagen deplorable y testaruda de

aquel muchacho, mendigo de amor, que inopinadamente venía á turbar el

fácil curso de su despreocupado vivir. Cada vez que Teodora la informaba

de que el estudiante había vuelto, Alicia Pardo se revolvía colérica.

--Pero ¿qué quiere?--exclamaba--; porque yo no lo sé...

Y era sincera, no lo sabía; en la frivolidad egoísta de su carácter, no

comprendía cómo un hombre que lo obtuvo todo de una mujer no se canse de

ella. Su disgusto arreció con la postal, donde el estudiante dolíase de

su abandono. Era indispensable desenlazar aquel enredo de una vez, y

para conseguirlo nada mejor que recibir al importuno y hablarle

impasible, cual si no mediase entre ellos nada secreto.

Al día siguiente, y á la hora de costumbre, Enrique Darlés llegó á casa

de Alicia. Teodora le dejó pasar al comedor.

--Voy á informar á la señorita de que está usted aquí.

El estudiante quedóse de pie, en actitud meditabunda, un codo apoyado

sobre el alféizar de la ventana. Antes, cuando no era allí mas que «el

amigo de don Manuel», le recibían sin etiqueta, nadie le anunciaba.

Ahora se hallaba aislado, oprimido por esa amabilidad hostil con que

acogemos á los visitantes que nos son molestos.

Teodora reapareció.

--Dice la señorita que puede usted pasar.

Alicia Pardo se hallaba en su gabinete acompañada de una joven alta y

pelinegra, vestida de gris. Completaban la elegante expresión masculina

de su traje inglés el lacito de una corbata roja y la albura de su

cuello y de sus puños almidonados. Al ver á Enrique, Alicia, sin moverse

de su asiento ni alargarle la mano, exclamó:

--¡Hola! ¿Es usted?...

Y hubo en la cordialidad, un poco desdeñosa, de su saludo algo que

humillaba infinitamente. El estudiante palideció. Hacia su corazón toda

su sangre había refluído, hecha hielo. Siempre displicente, Alicia le

presentó.

--El señor Darlés; mi amiga Candelas...

Esta fijó en el recién llegado sus ojos fulgurantes y astutos, y luego

miró á Alicia, como preguntándola si aquella visita no ocultaba un

secreto de amor. La joven comprendió, y para la ladina interrogación de

su amiga tuvo una respuesta vertical:

--No--dijo--, te equivocas. Enrique viene aquí porque es amigo de

Manolo.

El estudiante hizo un ademán de asentimiento, y por los labios de

Candelas resbaló una sonrisa fría. Después las dos jóvenes reanudaron el

diálogo que interrumpió la llegada del estudiante, con lo que Darlés se

sintió repentinamente aislado y despedido. Transcurrieron cinco, diez,

quince minutos... sin que aquel animado charloteo declinase; en la

conversación citábanse nombres de amigos, y Candelas reía mucho al

describir los pormenores de una cena, á la que ella y Alicia Pardo

concurrieron. Quizás lo hacía con propósito dañino, para persuadirse de

que Enrique no era allí, en efecto, mas que «un amigo de don Manuel».

Después llegó una visita. Era una jamona que comerciaba en ropas y

alhajas. Traía un pesado envoltorio, que depositó en el suelo. Alicia

preguntó:

--¿Qué novedades hay, Clotilde?

La interpelada pareció esponjarse de gozo dentro de su mantón

alfombrado.

--Llevo--dijo--las mejores faldas de barro y las mejores medias del

mundo.

--¿Muy caras?

--Y muy baratas. No sé por qué me figuro que hoy tiene usted ganas de

gastar dinero.

En un momento los muebles del gabinete desaparecieron bajo una oleada

multicolor de sedas joyantes, verdes, moradas y azules, que, al ser

extendidas, esparcían un agradable olor á limpieza. Como por ensalmo,

Alicia y Candelas mostráronse devoradas por ese prurito adquisitivo que

atormenta á las mujeres ante el mostrador de las tiendas de modas. A

porfía las dos se informaban del valor de cada prenda.

--¿Cuánto cuesta esta falda?

--Por ser para usted, cien pesetas.

--¿Y ésa, la heliotropo?

--Setenta y cinco. Fíjese usted bien. ¡Es magnífica!

Enrique observaba con asombro aquella evaporación de elegancia y de

lujo. Jamás había soñado que la civilización rodease al amor de tantos

refinamientos, y al hundir sus miradas candorosas en las faldas llenas

de suaves murmurios y en los lazos y opulentos encajes de aquellas

camisas de dormir, amplias y majestuosas como togas senatorias,

recordaba tristemente las pobres camisitas blancas y los refajos

groseros, sin voluptuosidad, que las mujeres de su pueblo ponían á secar

sobre el alféizar de sus azoteas.

Un nuevo detalle acrecentó su angustia. La vendedora y Alicia discutían

empeñadamente el precio de la falda heliotropo. Clotilde pedía setenta y

cinco pesetas y la joven aseguraba que no podía dar más de diez duros.

La vendedora insistía:

--Anímese usted, porque no hallará en ninguna parte otra más barata. La

vendo en ese precio por complacerla á usted; pero no gano en el trato

medio maravedí.

Y agregó, dirigiéndose á Enrique:

--Vamos, este caballero se la regalará á usted.

Darlés enrojeció y no supo contestar. Los hombres sin dinero son

despreciables, y como Alicia ni siquiera levantase la cabeza para

mirarle, el estudiante comprendió que la había perdido. ¡Oh! Si hubiera

una banca diabólica donde los amantes pudiesen cambiar por dinero los

años que han de vivir, su existencia, toda su existencia, la habría dado

á cambio de aquellos quince duros malditos...

Cansada de discutir, la vendedora rehizo su paquete; la conversación

cambió de rumbo; se habló de alhajas. Candelas enseñó una lanzadera que

la habían regalado. Clotilde ofreció á las jóvenes un collar.

--Si quieren ustedes verlo, lo traeré; lo tengo en casa.

Alicia suspiró y aquel suspirón largo, entrecortado como los de los

niños, fué de inmensa pena.

--Estoy enamorada de un collar que venden en la calle Mayor y no quiero

ningún otro. Sueño con él. No he visto maravilla igual. Os aseguro que

el hombre que me lo regale me conquista.

--¿Cuánto vale?

--Quince mil pesetas.

Y agregó, clavando en Darlés una mirada indefinible:

--Creo que aquí, este señor, piensa comprármelo... ¿Verdad, Enrique?...

Candelas iba á reir, pero se detuvo; en el rostro congestionado del

estudiante, sus ojos zahorís acababan de sorprender un drama espantoso.

Sin poder contenerse, Darlés se había levantado para marcharse, y sus

ojos revelaban una vergüenza y una desesperación tales, que Alicia tuvo

piedad de él.

--Le despediré á usted--dijo.

Salieron del gabinete. Al llegar al recibimiento, el estudiante, fuera

de sí, empezó á cubrir de besos las manos de la joven; sus lágrimas se

desataron.

--¡Alicia, Alicia!--balbuceaba--, ¿por qué eres tan cruel? Me muero por

ti... Alicia... ¡oh!... ¿por qué no me quieres?...

Ella, ya repuesta de su pasajera emoción, procuró desasirse.

--Vaya, vaya... ¡qué tonto eres!...

--Te adoro... Alicia... ¡alma de mi alma!...

--Ea, sé juicioso... adiós. Esto me compromete.

--Necesito verte... verte... ¡verte!...

--Bueno... calla, y adiós... calla... Candela podría sospechar y no

quiero que se ría de nosotros.

Hablaba en voz baja, al mismo tiempo que, suavemente, empujaba á Darlés

hacia la puerta. Él murmuró:

--¿Me despides?

--No.

--¡Sí; me despides!

--No, no... anda...

--Sí; me echas... me echas porque soy pobre, porque no he sabido

conquistarte... pero ¿cómo conquistarte, si no he tenido tiempo?...

Ella se impacientaba; su entrecejo se endurecía. Él prosiguió juntando

las manos:

--Y haces mal en despedirme...

--Bueno.

--Haces mal, porque el hombre que ama mucho puede mucho, y yo, que soy

pobre, sería rico; y yo, que soy obscuro, sería artista famoso si tú

quisieses. Por ti yo mataría, yo robaría...

--Calla, calla... y vete...

--Sí, lo que tú me ordenases; eso,., héroe ó ladrón,., todo; pero á tu

lado, contigo, para ti... Alicia, mi Alicia... lo que tú quieras... ¡Si

tengo veinte años!...

Sin sospecharlo, el inocente había dicho una frase, una gran frase, al

poner á los pies de la ingrata el tesoro de esa edad, por la que Fausto

se condenó.

Alicia había abierto la puerta.

--Adiós--susurró--, márchate; Manolo puede venir...

--¿Cuándo nos veremos?

--Otro día.

--¿Cuándo?

--No sé... déjame...

--¿Mañana?...

--No.

--Díme, señálame una fecha... yo tendré paciencia... aguardaré...

¿Cuándo?

Ella vaciló. Él insistía, calenturiento.

--¿Cuándo?

--Me mareas.

--¡Oh! ¡Acaba de una vez!... ¿Cuándo?

Por los ojos verdes, verdes como esmeraldas, de la pecadora, pasó una

mirada de perdición, de locura, que luego pareció resbalar por sus

mejillas hasta trocarse en sonrisa sobre la línea tiránica de sus

labios.

--¿Cuándo?--repitió.

Inconscientemente el estudiante tuvo miedo, pero se rehizo pronto.

--Sí, habla; ¿cuándo?

--No sé.

--Dílo, dílo.

--Es un disparate.

--No importa; dí, ¿cuándo?

Suavemente, ella repuso:

--Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido.

Él la miró aterrado, pareciéndole que Alicia hablaba en serio. Ella

repitió:

--Entonces...

Y cerró la puerta. Enrique Darlés bajó las escaleras llorando.

La cita: novelas · 第 25 / 34 题