Alicia pasó la tarde en su casa leyendo un libro ante el fuego de la
chimenea. Don Manuel había ido á verla; disputaron y ella le despidió.
Estaba nerviosísima; tenía ganas de llorar, de bostezar, de mesarse los
cabellos y emprenderla á puntapiés con los jugueteros, desde cuyos
frágiles entrepaños de cristal las muñecas, las figulinas de porcelana y
los «bibelotes», de formas extravagantes, mostrábanle sus rostros
picarescos.
Es indispensable haberse aburrido alguna vez para comprender toda la
negrura, todo el silencio, todo el horror de abismo sin fondo ó de túnel
sin salida, que guarda el hastío. Y, sin embargo, como la muerte es
origen de vida, así el fastidio suele ser principio de acción. A veces
un gran fastidio tiene el vigor de una gran voluntad. Por aburrimiento,
muchos hombres de juventud libertina fueron en sus años maduros espejo
de esposos, y aplicándose luego á los negocios murieron millonarios. El
fastidio produce también obras de arte; Byron y Heine, de no aburrirse
enormemente, no hubiesen llegado jamás á las excelsitudes de la poesía.
Aunque muy joven, Alicia Pardo sufría ya ese mal; mal de quietud que
borra los linderos y apaga los contrastes. Nunca estuvo enamorada, y el
egoísmo de sus amantes acabó de dar á su alma, poco inclinada á la
ternura, durezas diamantinas. «Yo ya no puedo querer á nadie--decía--;
me hice hombre...» Entonces, como el espíritu no sabe estar ocioso, amó
el lujo; no era codiciosa ni ahorrativa, pero sí gustaba de los vestidos
costosos, de los sombreros llamativos, de las piedras finas donde los
rayos solares se hicieron cristal. Vivir, á su juicio, era comprar
buenos muebles, estrenar trajes, exhibirse, gastar sin tasa; entre sus
lindas manos, alternativamente pedigüeñas y dispendiosas, el dinero se
deshacía. Tenía mucho y necesitaba más, y como pronto se aburría de lo
adquirido, su caudal no aumentaba.
Aquella tarde la joven hallábase furiosa; no sabía qué hacer; tenía poco
dinero y por la mañana había visto en un bazar muchas frivolidades
bonitas. Había cogido un libro para distraerse, y no lo consiguió; su
desasosiego persistía. ¿Por qué no ser infinitamente rica? Y hallaba
clownesca esta pobre vida, donde los hombres se creen dichosos con
poseer la diezmillonésima parte de lo que quieren.
Cuando Enrique Darlés llegó iban á dar las siete. Al ver al estudiante,
Alicia lanzó un suspiro de satisfacción y tiró el volumen al fuego.
--¿Qué hace usted?--gritó Darlés, para quien cualquier libro era algo
sagrado.
Ella repuso:
--Casi nada. Es una novela estúpida; con todo lo que nos aburre debíamos
hacer otro tanto.
Enrique tomó asiento.
--¿Y don Manuel?
--Estuvo aquí un rato y se fué. O, mejor dicho, le despedí. Le aseguro á
usted que estoy insoportable; quisiera reñir con todo el mundo; daría no
sé qué por experimentar una emoción fuerte. Me desespero. Son los
nervios, los nervios malditos, que revuelven cuanto de malo y de
canallesco duerme en nosotros. Hoy es uno de esos días negros en que el
bienestar de nuestros amigos nos hace desgraciados.
Interrumpióse para examinar á Darlés, quien, con su semblante
barbilindo, sus ojos meridionales y sus rizados cabellos negros,
mostrábase interesante y dulce como un paje.
--Soy rara--continuó--, voluble, ingrata, incapaz de poner pasión
duradera en nada. Por eso, desde el primer momento llamó usted mi
atención: por apasionado. Buenos ó malos, me gustan los caracteres
radicales, las voluntades de hierro. En cuanto á esos temperamentos
tibios y equilibrados que á todo saben amoldarse, comparados les tengo á
los trajes de entretiempo, con los cuales siempre estamos mal, pues si
en verano nos abrigan más de lo justo, en invierno nos resguardan
bastante menos de lo necesario.
Tímidamente, Enrique Darlés se atrevió á decir:
--¿Y de dónde proviene su disgusto?
--No lo sé.
--¿Cómo?
--Lo que usted oye. A menos que...
Se detuvo, escudriñándose, y prosiguió:
--Mis palabras le sorprenden, porque es usted muy joven. Cuando tenga
usted más años y con ellos más mundo, comprenderá que el origen de
cualquiera de estas minúsculas contrariedades que amargan nuestra
existencia no puede referirse á hechos concretos, sino que debemos
reconocerlas como suma ó corolario de nuestra historia, de todo cuanto
hemos vivido. Ahora, por ejemplo, nos sentimos tristes, porque antes
estuvimos tristes ó estuvimos alegres. Hay, pues, en nuestras lágrimas
presentes acíbares de lágrimas antiguas y también cansancio de risas
pasadas. ¿Comprende usted?... No le extrañe, pues, que yo no sepa
concretamente por qué me hallo hoy de tan pésimo humor.
Calló, abismándose en una reflexión que abrió sobre su gracioso
entrecejo un pliegue vertical. Luego dijo:
--¿Suele usted pasar por la calle Mayor?
--Muchas veces.
--¿Recuerda usted una joyería que hay á la derecha, en la acera de los
números pares, cerca de la Puerta del Sol?
El estudiante hizo un signo afirmativo.
--Pues si le gustan á usted las joyas--continuó Alicia--, fíjese en el
collar de esmeraldas que ocupa el centro del escaparate. Hoy,
casualmente, lo vi, y tan gran impresión me ha causado, que no puedo
olvidarlo. Es magnífico, no sólo por el tamaño y clarísimo oriente de
las piedras, sino por su engarce.
--Valdrá mucho...
--Quince mil pesetas.
Darlés no contestó, y sus cejas se arquearon con expresión admirativa.
En su sencillez provinciana, esas cifras, enormes para la ruin poquedad
de su bolsa, le inspiraban aturdimiento y pánico. «Tacita de oro»
continuó:
--Se lo he dicho á Manolo...; pero Manolo es un zorro astuto, un
miserablón, á quien no hay modo de comprometer en gastos
extraordinarios. Ello contribuyó también á que riñésemos... Crea usted
que los hombres tienen la culpa de que nosotras no seamos más fieles.
Aunque inocente en cuestiones de psicología femenina, Enrique comprendió
que el torcido humor de Alicia debía de referirse á aquel tan admirado y
querido collar de esmeraldas. Un deseo no satisfecho es como un alimento
no digerido: al principio nos produce un vago malestar, que luego va en
aumento, hasta que la indigestión estalla. Con arreglo á este símil,
podría decirse que una pena es «la mala digestión» de un capricho.
Ingenuamente, sin calcular que no es discreto prometer nada ni á las
mujeres ni á los niños, Enrique exclamó:
--¡Si yo fuese rico!...
Hubo una pausa novelesca, uno de esos silencios durante los cuales las
mujeres se deciden á todo. Bruscamente, con aquel mismo gesto de
aburrimiento con que momentos antes arrojó el libro que leía á la
lumbre, Alicia abandonó una de sus manecitas entre las manos huesudas,
trémulas de emoción, del estudiante.
--¿Le gustan á usted mis manos?--preguntó.
--Extraordinariamente.
--Dicen que las tengo grandes.
--Al contrario, son pequeñísimas.
Examinó con arrobo la mórbida finura del carpo; las líneas caprichosas
que las venas azules trazaban bajo la blancura de la piel; los hoyuelos
que embellecían la primera falange de los dedos; dedos de bailarina,
alhajados ostentosamente, y que concluían en uñas triangulares y
rosadas. Alicia se miraba sus sortijas; en las lanzaderas los zafiros,
los rubíes sanguinarios, los topacios, los diamantes hechos de luz,
componían ramilletes de minúsculas florecillas inmarcesibles.
--Cuando pase usted por la calle Mayor--insistió la joven--examine bien
el collar de que le he hablado. Dos collares hay en el escaparate: uno
de perlas negras, y otro de esmeraldas. Me refiero al segundo; lo verá
usted un poco á la izquierda, sobre un medio busto de terciopelo blanco.
La visión de las preciosas piedras verdes revivía en su memoria con
tenacidad obsesionante y, al llenar su espíritu, ejercitaba sobre todas
sus ideas una peligrosa tiranía centrípeta.
Eran las ocho, y Enrique Darlés se levantó.
--¿Se marcha usted?--preguntó Alicia.
--Sí; me voy á cenar.
Ella le miró de pies á cabeza y le halló esbelto, con hermosura casi
infantil, dentro de su modesto trajecillo negro. Después pensó que
aquella noche, en que no tenía nada que hacer, iba á fastidiarse
horrorosamente.
--¿Por qué no cena usted conmigo?--dijo.
--¿Para qué?
--¡Vaya una pregunta! Para no separarnos tan pronto.
--Yo..., en fin, como usted quiera...; pero sentiría molestar...
--¡Qué tonto! Al contrario. Su conversación me distraerá. Verá usted qué
pronto recobro el buen humor.
Levantóse con un movimiento rápido y elástico que hizo crujir sus faldas
y extendió á su alrededor intenso olor á violetas. Apoyó un timbre. Una
camarera se presentó.
--Díle á Leonor--exclamó Alicia--que tengo un convidado. El señorito
Enrique cena conmigo.
Acercóse á un espejo para arreglarse los cabellos. Parecía contenta,
transfigurada.
--¿Ha visto usted--dijo--el drama que estrenaron anoche en la Princesa?
--No.
--Me han asegurado que es muy hermoso. ¿Quiere usted que vayamos á
verlo? Aún hay tiempo; cenaremos en seguida...
Un poco desconcertado, Enrique Darlés palpóse disimuladamente los
bolsillos de su chaleco cerciorándose del dinero que llevaba, y contó
mentalmente: «cinco pesetas, diez, quince...» Había lo necesario para
comprar dos butacas y, á la salida del teatro, tomar un coche.
--Como usted guste--repuso, ya más tranquilo.
--Entonces, voy á mudarme de traje. Salgo al momento.
Desapareció tras el cortinaje carmesí que cubría la puerta de su
dormitorio, y luego el estudiante oyó un alegre murmullo de ropas
interiores que caían al suelo, de ballenas de corsé que crujían sobre un
busto mimbreante, de lazos sedeños zafados apresuradamente, de armarios
abiertos y cerrados con ímpetu.
Enrique Darlés hallábase sobresaltado y contento. Hacía más de un mes
que conocía á Alicia. Durante este tiempo, y so pretexto siempre de ver
á don Manuel, visitó á la joven varias veces y nunca, á despecho de la
intimidad de estas entrevistas, se atrevió á dejar traslucir su amor; en
su inocencia no acertaba á planear tan difícil conversión; y cuando
Alicia, que adivinaba su inquietud, quería ayudarle dando al diálogo un
rumbo confidencial, él esquivaba toda declaración, receloso de
formularla torpemente y de parecer ridículo. Pero ahora sentíase más
tranquilo, más dueño de sí. Sin saber por qué, sospechaba que el mal
humor de Alicia le beneficiaba. Ella le retenía á su lado porque se
fastidiaba, porque temía pasar la noche á solas con la imagen mordedora
de aquel collar de esmeraldas que, probablemente, nunca sería suyo; y
Enrique pensó que aquel collar, hecho para ceñir gargantas, podía ser el
símbolo de un yugo de amor que empezaba. Después halló algo íntimo y
dulce en la confianza con que Alicia se vestía á pocos pasos de él, y en
la complacencia que la camarera demostró al saber que «el señorito
Enrique» cenaba allí. Eran detalles nimios que alentaban su decaído
ánimo y dábanle á comprender que todo aquello, si su torpeza no era
mucha, podía trocarse para él en algo más recatado y exquisito que una
casta y cordial amistad.
Perdido en estas amables imaginaciones, Enrique Darlés recordaba que la
mayor parte de los jarifos y elocuentes protagonistas de las novelas que
había leído, conocieron situaciones análogas á la que él, mísero
provinciano, afrontaba en tales momentos. La luna biselada de un armario
le devolvía la imágen de su cuerpo, alto y esbelto, vestido de negro, y
su rostro de romántico perfil, pálido y lampiño. ¿Qué sorpresas tendría
reservadas el Destino á su gran juventud?... Para distraerse comenzó á
examinar los muñequillos de porcelana ó de bronce de que los jugueteros
estaban abarrotados: gnomos encapuchados, perros, gatos que se miraban
con una mueca de asombro en un espejo diminuto; y luego inspeccionó el
reloj de mármol y los jarrones que decoraban la chimenea, y los retratos
y los cuadritos de bazar, de escaso mérito pero de vistosos marcos, que
cubrían hasta cerca del techo el papel verde claro de las paredes. Y
Enrique pensó juiciosamente que aquellos retratos, aquellas tablitas al
óleo, aquellos muebles bonitos y frívolos, eran la estela de todos los
amores mercenarios que habían pasado por allí.
Llamó también su atención una rica colección de postales prendidas en un
biombo japonés: representaban bailarinas, paisajes, escenas galantes; en
casi todas ellas había una firma de hombre y una dedicatoria expresiva.
Muchas estaban fechadas en París, la Ciudad-Sol, querida de los
aventureros, otras en América, ó en El Cairo. Aquellas targetas eran
como un incienso ofrecido á la belleza de la misma mujer; entre las
añoranzas del destierro y bajo todos los climas, hubo para ella un
recuerdo; diríase que el calor de su carne había dejado en aquellos
hombres vagabundos una huella inmortal.
Alicia Pardo reapareció envuelta en una bocanada de esencia de violetas.
--¿Le he hecho esperar á usted mucho?... Creo que no. ¡Ea, pues; vamos
al comedor!... Si queremos llegar al teatro á buena hora, no perdamos
minuto.
La cena fué agradable y ligera: una sopa á las hierbas, dos perdices á
la inglesa, unos langostinos; y de postre, tocino de cielo, mermelada de
naranja y dorados plátanos.
En el teatro, Alicia y su acompañante ocuparon dos butacas de la segunda
fila. Cuando llegaron, la función ya había comenzado. No obstante, la
presencia de «Tacita de oro» excitó curiosidad entre el elemento
masculino de los palcos. Varios gemelos convergieron hacia ella; desde
el escenario, un actor aprovechó un mutis para dirigirla una sonrisa,
casi imperceptible, á la que ella respondió con una inclinación de
cabeza.
Estas muestras de simpatía, que suelen ser para los hombres mundanos
motivo de satisfacción y vanidad, desasosiegan á los galanes jóvenes,
produciéndoles, según su temperamento, emociones de vergüenza ó de
celos. Por su parte, Enrique Darlés se sintió cohibido y desencentrado,
y una gran ola de sangre caliente invadió sus mejillas. Ni un momento
pensó en que aquellos graves caballeros, ricos y viejos, que jamás
llegan á la intimidad de las cortesanas por el florido camino de la
simpatía, pudiesen envidiarle viéndole bello y joven.
En el silencio del estudiante adivinó Alicia el empacho que le dominaba.
--¿Qué le sucede? ¿Tiene usted vergüenza de que le vean conmigo?
Enrique fingióse sorprendido.
--¿Vergüenza?--repitió--; ¿y de qué? Al contrario...
Y sus dedos oprimieron los de ella con ardor inefable.
Al terminar el acto el público comenzó á aplaudir; muchas voces
entusiastas llamaban al autor. Alicia Pardo palmoteaba también.
--Quiero conocerle--decía.
Enrique, por complacerla, aplaudía ruidosamente. En medio de aquella
crepitante tempestad de apoteosis volvió á levantarse el telón y
apareció el autor. Era un hombre de aguileño perfil, á quien sus éxitos
teatrales y sueltas costumbres ponían un nimbo prestigioso de talento y
de escándalo. Representaba poco más de cuarenta años; pero su cuerpo
flexible conservaba toda la movilidad traviesa de la juventud. Las luces
de la batería le iluminaban muy bien; sonreía; tenía el gesto petulante
de los vencedores. Sin dejar de aplaudir, Alicia Pardo exclamó
dirigiéndose á Enrique:
--Es muy simpático, ¿verdad?... He de hacer que me le presenten. Mi
amiga Candelas le conoce mucho...
Y sus largos ojos verdes se dilataban de emoción, y sobre su frente
caprichosa sus cabello crespos y rojos temblequearon como una melena
leonina. En aquel momento Enrique Darlés tornó á sentirse pequeño y
obscuro. Nada significaba su amor en la vida voluble de Alicia. Minutos
antes, mientras acariciaba sus dedos mimosos, la creyó rendida,
enamorada de él; y de sopetón la veía transfigurada, fuera de sí, la
loca cabeza echada hacia atrás en un gesto de donación que ofrecía al
dramaturgo triunfador su garganta de nieve. Por razones étnicas, las
mujeres adoran todo lo fuerte, lo que brilla, lo que arrastra...
«Si yo no estuviese aquí--pensó Darlés melancólico--, seguramente ella
iría á buscarle...»
En el transcurso del acto segundo el estudiante recobró su alegría.
Alicia se estrechaba contra él, soboncita y nerviosa, y sus alborotados
rizos producíanle en las sienes cosquilleos eléctricos.
A la conclusión de la obra repitióse la ovación, y el autor reapareció.
Enrique aplaudía tibiamente; hubo un instante en que creyó que las
miradas del dramaturgo se detenían sobre Alicia con avidez. Bajo esta
impresión penosa, el estudiante salió á la calle. La joven iba cogida de
su brazo y temblaba de frío dentro de su elegante capa gris. La noche
era desapacible; había llovido. Alicia preguntó:
--¿Dónde vamos?
Sorprendido, él repuso:
--A tu casa; tomaremos un coche...
--No, á mi casa no.
--¿Cómo?
--Vámonos por ahí. Te regalo esta noche.
Le miró sonriente, con una sonrisa prometedora y fascinante, que valía
un paraíso. El recordó angustiado que apenas le quedaban diez pesetas.
Para evitar los tropezones y miradas de los transeuntes, Alicia
refugióse en el quicio de una puerta; tenía yertos los pies; la humedad
del piso traspasaba la suela sutil de sus zapatos.
--Resuelve pronto--balbuceó--; me muero de frío.
Enrique, con una resolución que creyó muy de hombre de mundo, exclamó de
pronto:
--Si quieres cenar, vámonos á Fornos.
Ella hizo una mueca de espanto.
--¡Qué horror! En Fornos me conoce todo el mundo.
--Entonces, vamos á casa de Morán.
--Menos; allí también puede haber algún amigo mío.
--A la Viña P.
--Tampoco; no me atrevo...
Y agregó, con ingenuidad cruel:
--No me atrevo porque... ¿sabes?... las mujeres nos desprestigiamos. Si
mis amigos, que son hombres serios, me viesen contigo por ahí, dirían
que tengo caprichos, me llamarían loca...
Enrique Darlés apenas comprendía, pero sospechaba vagamente que todo
aquello envolvía una humillación para él. De repente, como quien se
agarra á una idea salvadora, Alicia exclamó:
--¿Qué hora es?
--La una y cuarto.
--Pues, mira: vámonos á las Ventas ó á la Bombilla. El mismo coche que
nos lleve puede traernos.
--Es... es que...
Vacilaba; no sabía cómo decir su ridiculez, la enorme, la imperdonable
ridiculez, de ser pobre. Al fin decidióse á hablar, hostigado por las
preguntas de Alicia, que no comprendía sus incertidumbres.
--Es que... perdóname... no traigo dinero bastante.
Ella repuso:
--¡Qué niño!... Pero si no hace falta casi nada... ¿No llevas
siquiera... doscientas pesetas?
--¡Doscientas pesetas!--balbuceó Enrique Darlés aterrado--; no... no...
--¿Y cien?
--Tampoco.
--Bueno, acabemos: ¿cuánto tienes?
Enrique hubiese querido morir. Desesperado, mordiéndose los labios,
replicó:
--Si apenas me quedan dos duros...
Ella lanzó una carcajada; una de aquellas grandes risas, leales y rudas,
que quizá no había vuelto á tener desde que un hombre rico, al
encumbrarla en el camino del pecado, la quitó la suave alegría de ser
pobre.
--¿Y con diez pesetas--dijo--me proponías ir á Fornos?
Avergonzado, Enrique contestó:
--No te merezco, no soy digno de ti. Te llevaré á tu casa.
Alicia repuso, seducida por la novedad bohemia de la aventura:
--No importa; quiero que cenemos juntos; llévame á una taberna, á un
cafetín económico. Me es igual...
El vacilaba; ella insistió. El temor de quedar mal contenía á Enrique.
--¿Y si la cena te disgusta?
--¡Tonto! Ahora yo no trato de «conocer», trato de «recordar». ¿Crees
que siempre fuí rica?
--En tal caso...
--Sí, llévame... méteme en tu vida...
Cogidos del brazo siguieron calle abajo; sus pies caminaban al compás.
El repetía febril:
--Alicia, mi Alicia...
Y al hundir sus labios blancos y trémulos entre los cabellos de la muy
Deseada, parecíale que todo Madrid olía á violetas.