I
Había terminado el primer acto, y Enrique Darlés, llevado de su
curiosidad provinciana, descendió al _foyer_. Quería asimilarse pronto
el alma grande y abigarrada de la urbe, ver muchas cosas, afirmar su
personalidad ante la renovación de tantas emociones nuevas, sentir cómo
todo Madrid iba pasando bajo la suela de sus zapatos andariegos.
Momentos antes, desde su vulgar asiento de «paraíso», el teatro Real,
con su amplio patio de butacas y sus palcos anegados en la llovizna
fulgurante de centenares de lámparas eléctricas, habíasele ofrecido cual
un raro jardín; especie de ramillete enorme donde los cintillos
diamantinos que adornaban las femeniles gargantas, gotas de rocío
parecían detenidas sobre pétalos monstruosos de sedas, de terciopelos
joyantes y de epidermis desnudas. La intensidad de este espectáculo fué
tan cautivadora, que apenas si logró percatarse de lo que la orquesta y
los artistas iban diciendo. Las impresiones visuales derrotaban en su
ánimo toda otra emoción, y miraba sin saciarse nunca. Aquel pensil
humano exhalaba una fragancia extraña, un vaho adormecedor y sensual á
esencias de heno, de jazmines, de musgo y de violetas parmesanas, á
carnes bien lavadas, á finas ropas interiores. Y en el fondo del cuadro
luminoso, resplandeciente como una apoteosis de opereta, las mujeres,
con sus talles mimbreantes, sus hombros impúdicos expuestos á la
voracidad analítica de los gemelos, sus semblantes risueños,
embellecidos por esa placidez de expresiones que da la riqueza, sus
cabecitas cuidadosamente peinadas, sus manos enjoyadas, que movían
abanicos de plumas ante las gasas de los escotes...
Ganoso de examinar de cerca este mundo, Enrique Darlés descendió al
_foyer_. Allí se detuvo, un poco avergonzado de sí mismo. Por primera
vez hallaba ridículos su sombrero hongo pasado de moda, su trajecillo
negro que le daba aspectos de seminarista, sus brodequines viejos y mal
lustrados. Su corbata flotante, anudada con negligencia estudiantil,
también era fea. A su alrededor pasaban hombres correctamente vestidos,
con elegantes fracs de floridas solapas y levitas de impecable
severidad, y damas que arrastraban majestuosamente la albura de sus
faldas de moaré y de gro por la alfombra mullida y bermeja. Era aquella
una sinfonía magistral de sedas, de brocados, de pieles fastuosas, de
finos tarsos vislumbrados tras el misterio perverso de las medias
caladas, de aderezos esplendorosos y de pulseras tintineantes, cuyos
dijes repetían la canción de su oro sobre la morbidez armiñada de los
antebrazos.
Aturdido, sin saber justificar su presencia allí, Darlés adelantóse á
examinar un busto de Gayarre; busto broncíneo, de cabellos cortos y
revueltos y enérgica actitud, que recuerda la figura de Otello. Una mano
se apoyó familiarmente en su hombro. El joven volvió la cara.
--¡Don Manuel! ¡Qué sorpresa!
Era un caballero de mediana estatura, recio y un poco calvo.
Representaba cincuenta años. Una crespa y abundante barba rubia cubría
sus mejillas abultadas y felices, llenas de sangre. Vestía de levita.
Sobre su nariz epicúrea, ancha y corta, temblaban unas gafas de oro.
--¡Muchacho!--exclamó--; ¿tú por aquí?
Muy colorado, sin saber por qué, Enrique repuso:
--He venido á ver esto...
Inconscientemente, con ese respeto que cuando niños aprendimos á tener á
los amigos de nuestros padres, se había quitado el sombrero, que
sujetaba con ambas manos á la altura del pecho. Además, don Manuel era
diputado. Pero el prohombre le obligó á cubrirse.
--¿Y qué haces en Madrid?
--Estudiar.
--¿Derecho?
--No, señor: Medicina.
--¡Buena carrera! ¿Qué año cursas?
--El preparatorio.
Sonrió avergonzado. Comprendía que sus respuestas eran demasiado
lacónicas y que no sabía hablar; y experimentó con más fuerza que antes
la vejatoria sensación de hallarse mal vestido. Don Manuel miraba á su
alrededor y había en su gesto impertinencia y desenfado. A cada momento
murmuraba: «Estoy esperando á uno...» Luego reanudó su vaneo con el
estudiante, interrogándole por su padre y por el cacique del pueblo.
Invariablemente, á cada nueva interrogación, Enrique Darlés contestaba:
«Todo está igual, todos siguen bien...» Y el diálogo volvía á
interrumpirse.
Don Manuel preguntó:
--¿Vives en casa de huéspedes, verdad?
--No, señor.
--¿Cómo?
--He alquilado, en la calle de la Ballesta, un pisito tercero interior,
que me renta trece pesetas mensuales, y como en una taberna de la misma
calle.
--Veo que sabes vivir; así te ahorras el lidiar con patronas. Cuando
conozcas bien Madrid, no habrá quien te haga volver al pueblo. Madrid es
muy hermoso. Aquí, teniendo dinero, un hombre listo se divierte mucho.
Con ese tono confidencial que los necios y soplados adoptan para admirar
á los individuos que estiman inferiores, don Manuel añadió:
--Mira: tú no eres un niño; yo, ¡qué diablos!... tampoco he llegado á
viejo; por tanto, y ya que ese amigo á quien esperaba no viene, podemos
hablar libremente. Yo... ¿comprendes?... tengo... un quebradero de
cabeza...
Enrique hizo un signo afirmativo.
--Alicia Pardo, ¿la conoces?
--No, señor.
--Es muy popular entre la aristocracia de buen humor. Una hermosura
espléndida. En el Casino la llamamos «Tacita de oro».
Repentinamente la expresión de sus facciones cambió: los ojos brillaron
glotones y alegres; acentuóse el color congestivo de las mejillas y dió
media vuelta sobre sí mismo, acariciándose la barba y ajustándose bien
sobre la frente el sombrero de copa, con la petulancia del fatuo que se
supone admirado.
El agudo y sostenido repiqueteo de unos timbres anunciaron que el
segundo acto iba á empezar. Los espectadores refluían hacia el salón, y
en la soledad del _foyer_, bajo la claridad blanca de los focos
eléctricos, el busto de Gayarre parecía más alto. Don Manuel exclamó:
--Sígueme; te presentaré á mi amiga.
Y, refiriéndose á una mirada despavorida del estudiante, agregó:
--No importa que tu traje no sea de etiqueta. Te quedas en el antepalco.
Echó á andar con paso firme, preocupado en dar á sus movimientos soltura
y flexibilidad juveniles. Sin responder palabra, Enrique Darlés le
siguió, á un mismo tiempo gozoso y turbado.
Penetraron en una platea. Don Manuel murmuró:
--Bien, ¿eh?, hasta luego; desde aquí puedes oirlo todo.
Enrique no contestó; la representación había comenzado, y en el silencio
hierático de la sala triunfaba el coro de una de esas dulces óperas
italianas, cargadas, para todos nosotros, de recuerdos de infancia.
Darlés levantó ligeramente uno de los pesados cortinajes que defendían
el antepalco. De espaldas á él, y acodada sobre la barandilla de la
platea, había una mujer joven, vestida de blanco. Las firmes caderas
ondulaban lascivas bajo la brevedad pueril de la cintura; los hombros
eran redondos y de armoniosa anatomía; sobre la nieve de la nuca
desnuda, los cabellos rubios, casi rojos, fingían tonalidades leoninas;
dos esmeraldas enormes temblaban, como gotas de ajenjo, en el rosado
lóbulo de las orejas diminutas. Enrique Darlés advirtió que don Manuel y
Alicia cambiaban algunas palabras. Seguidamente, ella volvió la cabeza
con un movimiento curioso, lleno de gracia, y el estudiante recibió en
los ojos el choque de dos pupilas grandes, verdes y luminosas, como
animadas esmeraldas. Fué una mirada breve, pero inquisitiva y
penetrante, que se resolvió en una expresión de desdén.
Tembloroso y con las mejillas abrasadas en rubor, Darlés dejó caer la
cortina y fué á refugiarse al fondo del antepalco. Al principio quiso
huir de allí, mas luego cambió de opinión, pareciéndole que marcharse
sin despedirse era poco correcto. El creía que se fastidiaba, pero, en
realidad, lo que tenía era miedo. No obstante, esperó. Lentamente el
hechizo musical de la ópera fué invadiéndole, librándole de su propia
conciencia. Desarrollábase uno de esos poemas románticos, completamente
líricos, donde las figuras lo son todo: el ambiente, el marco que rodea
á los personajes, lo objetivo, no existían allí. Temblaban sobre el
suave y acordado plañir de los violoncelos gemidos de quebranto;
apuntaban los violines agudos gritos de rebelión y arpegios de ufanía, y
sobre el poema orquestal, rico, proteico, multiforme, como una alma,
alzábase la voz del tenor, persuasiva y caliente, desgarrándose en un
lamento inconsolable.
Enrique tornó á levantarse y á separar tímidamente los cortinones del
antepalco. Su movimiento quedó inadvertido. Alicia estaba de espaldas á
él, suspensa en el hechizo hadado de la representación, y su emoción
fingía deslizar por entre sus omoplatos un estremecimiento de carne
rosa. Alrededor de los cabellos, la intensa reverberación blanca de la
sala prendía un nimbo tornasol. Repentinamente Enrique Darlés tembló;
antes los ojos de la joven habíanle parecido dos esmeraldas, y ahora las
esmeraldas que brillaban bajo la hoguera de sus cabellos creyó que le
miraban como dos pupilas. Pero esta idea absurda duró poco; la orquesta
languidecía en un «ritornelo» doloroso, y á lo largo del «motivo»
capital las frases musicales se desgranaban abundantes, resbalando en
escalas cromáticas, desde los tonos tiples á los más graves,
alcanzándose, flagelándose, confundiéndose luego todas en un acorde de
angustia inmensa. Y en aquel treno grandioso había abatimientos de
desilusión y zozobras de esperanza, cansancios y anhelos, muecas y
risas; la vida, en fin, trágica y filante, que se retorcía en la
amargura de todo cuanto fué y ha de ser.
Enrique volvió á sentarse; una pena sin nombre oprimíale la garganta y
sintió deseos punzantes de llorar. Su pasado y su presente desfilaron
por su espíritu en velocísima visión cinematográfica. Su padre era viejo
y tenía una botica que apenas le redituaba para mal vivir; y él,
terminada su carrera de médico, debería regresar al pueblo, monótono y
odioso. Allí, trabajando para devolver á sus progenitores cuanto de
ellos recibió, marchitaría sus años mozos; ilusiones de amor,
curiosidades de artista, lo más excelente de su alma allí quedaría
enterrado. Luego se casaría y tendría hijos; después... su existencia
trazaba un larguísimo camino recto, sin ondulaciones ni altibajos,
perdido en la monotonía de un desierto. Saber lo que será de nosotros
dentro de diez, de veinte, de treinta años, ¿hay algo más horrible?
El pobre estudiante se mesó los cabellos, y sus ojos se arrasaron en
lágrimas. El hubiera querido ser rico, no tener familia y hallarse
expuesto á los zarpazos, generosos en poesía, de lo imprevisto. Sin duda
por sus venas corría sangre de conquistadores, de aventureros esforzados
que realizaron hazañas preclaras y murieron en lejanos climas, y aquella
estirpe belicosa dejó en él, con la afición al peligro, la melancolía
infinita de acercarse á la vejez sin haber hecho nada diferente de lo
que todos los hombres hacen todos los días. Terminar una carrera
costosa, aburrida y difícil, para más tarde ganar un jornal, una mujer y
un rincón: una casa pobre donde hay tantos palacios, un amor donde laten
tantas pasiones, un jornal miserable al lado de tantas fortunas...
Y, excitado por la música, la pena absurda de Enrique Darlés estalló en
sollozos.
Acabó el segundo acto y don Manuel y Alicia Pardo entraron en el
antepalco. Al ver á Darlés, los habladores ojazos verdes de la joven
llenáronse de sorpresa.
--¿Cómo? ¿Estaba usted llorando?
Antes de que el estudiante pudiera contestar, repitió, dirigiéndose á su
amigo:
--¿No te parece? ¡Estaba llorando!
Enrique, avergonzadísimo, dijo:
--No sé... me hallaba distraído. Pero, sí... es posible...
Ella repuso sonriendo:
--Tiene usted novia, ¿verdad?
--No... no, señorita.
--¿Y entonces?
--Es que siempre... ¡tonterías!... sin saber por qué, como á las mujeres
histéricas, la música, aunque sea mala, me pone triste.
--¡Es raro!... A mí, no.
Don Manuel, sanguíneo y macizo, significó con un alzamiento de sus
hombros cuadrados que aquello carecía de importancia, y les presentó; y
Enrique sintió en su diestra ardorosa la mano fría y suave--nieve y
terciopelo--de «Tacita de oro». Después los tres se instalaron sobre el
mismo diván. Alicia quedó colocada entre los dos hombres. Don Manuel
sacó su petaca.
--¿Quieres?--dijo.
--Muchas gracias.
--¡Buen chico!--exclamó el diputado--; no tiene vicios.
Alicia interrogó:
--¿Qué, no fuma usted?
--No, señorita...
--¡Sí que es usted raro!... Pues yo, fumo.
Enrique Darlés bajó los ojos, ruborizándose de nuevo. Comprendió que
aquel detalle agravaba la ridiculez de su traje; las mujeres,
generalmente, gustan de los hombres que fuman; para ellas el tabaco
suele ser el perfume mejor. Tuvo hacia sí mismo un movimiento de rabia;
de buena gana, para recobrarse ante Alicia, hubiese apurado, uno tras
otro, cuantos cigarrillos, egipcios ó turcos, llevaba don Manuel en la
petaca; pero ya era tarde; la oportunidad, esa gran hechicera que da
mérito y gracia á todas las cosas, había pasado.
La joven, con desenfado perfectamente inglés, había cruzado una pierna
sobre otra y fumaba tranquilamente, apoyada contra el respaldo obscuro
del diván. Esta vez, alrededor de sus cabellos diabólicos, el humo del
cigarrillo, subiendo parsimonioso en la quietud del ambiente, tejía un
halo azulino. Darlés la observaba, aunque de reojo. Tenía aguileño el
semblante, la nariz respingueña, la boquirrita sangrienta y cruel; bajo
la frente pequeña, dura, llena de instintos egoístas, los largos ojos
verdes miraban con imperio y fastidio: era una expresión fría,
taladrante, sondeadora, que no revelaba piedad. Un hilo de menudas
perlas ceñía su garganta mórbida y rosada; ardían sus dedos, de uñas
puntiagudas, bajo el incendio de las sortijas. En la euritmia de su
escultura, en el acordado ritmo de sus actitudes, en todos los
pormenores y perfiles de aquella adorable muñeca, Enrique Darlés, á
pesar de su inocencia provinciana, adivinó un alma ególatra, una de esas
voluntades sin emoción, reconcentradas en sí mismas, que jamás sintieron
la melancolía.
Don Manuel, con ese buen humor petulante de los hombres sanos y ricos,
poseedores de una mujer bonita, exclamó:
--Conque, dí, Enrique: ¿qué te parece mi «Tacita de oro»? ¿A que no
viste en nuestro pueblo cara igual?
Y agregó triunfante:
--Además, no me cuesta mucho. Cuando nos conocimos, la pregunté:--«¿Qué
quieres de mí?» Y me contestó:--«Que me abones á una platea del Real»
¡Casi nada! Mil trescientas y pico de pesetas por catorce funciones. Y
aquí nos tienes. La pobrecilla no es exigente.
A las palabras del diputado, Darles no contestó; se lo impedían la
emoción, la novedad de aquel mundo, que ni aun de referencias conocía;
mundo descarrilado y amoral en que, como en arte, sólo la belleza tiene
precio, y donde hay mujeres calculadoras que se dan por un palco.
Alicia Pardo, entretanto, observaba á Enrique, y la franqueza rectilínea
de su mirada tenía desenfado azorante. Habíanla interesado su mucha
juventud, la ingenuidad de sus respuestas, la corrección apolina de sus
facciones, las tonalidades obsidiánicas de su rizosa cabellera
meridional, la bravura negra de los ojos ardientes y curiosos en la
tersura efeba del rostro, fácil al rubor; y más que todo esto, la
emotividad de aquel espíritu artista á quien la música arrancaba
lágrimas. Alicia, que sólo vió á los hombres llorar por celos, ó por
motivos aún más bajos y ruines, encontraba en el llanto de Enrique
Darles algo exquisito y estupendo. Y por su cabecita, llena de
curiosidades, pasó la idea de que sería muy raro y muy dulce dejarse
amar por un muchacho así.
De repente exclamó:
--Y usted, ¿qué hace en Madrid?
--Estudiar...
--¡Ah, ya!... Estudiante... El protagonista de una novela que leí ha
tiempo, y que me gustó mucho, era estudiante también. ¿Qué coincidencia,
verdad?
Darlés, vencido por la sencillez pueril de la observación, hizo un
ademán afirmativo. «Tacita de oro» continuó:
--¿Qué edad tiene usted?
--Veinte años.
--¿Sin mentir?
--Sin mentir. ¿Por qué?... ¿Acaso represento más?
--Al contrario. Representa usted menos. Yo voy á cumplir diez y nueve y
parezco más vieja.
Don Manuel había desdoblado un periódico y leía la sección de Bolsa.
Alicia Pardo quiso saber cómo se llamaba Darlés.
--¡Enrique!--repitió--; ¡es muy bonito nombre!...
Quedóse absorta, recordando que todos los Enriques que había conocido, y
eran muchos, la fueron simpáticos. Y así, retrocediendo en su historia,
llegó á los años de su infancia; años serenos, pasados en la quietud
virgiliana de un pueblo, y creyó ver en Darlés, sano, inocente y tostado
por el sol de la provincia, algo de lo que ella misma había sido. Fuera
de sí, arrobado y boquiabierto, el estudiante la contemplaba también,
como quien examina una muy excelente obra de arte.
En los pasillos resonaba un estrépito insólito de pisadas; vibraban
varios timbres; una ola de espectadores invadía el patio de butacas. El
tercer acto iba á empezar. Alicia y don Manuel se levantaron.
--¿Te quedas?--preguntó el diputado á Darlés.
--No; muchas gracias.
--¿Por qué?
--Porque... necesito acostarme temprano. Mañana he de madrugar.
Estaba tan cierto de que Alicia podía amarle, y era tal el empacho de
ventura que esta certidumbre le producía, que necesitaba hallarse solo
para disfrutarla mejor. Don Manuel añadió:
--Como gustes. Cuando quieras verme, mejor que á mi casa, donde no estoy
nunca, ve á la de Alicia. Allí me encontrarás por las tardes, de seis á
ocho.
Se despidieron. Al salir del palco Enrique Darlés volvió la cabeza, y
sus ojos y los de Alicia Pardo se tropezaron, acariciándose mutuamente,
como dándose un beso y una cita. Fué una de esas miradas terribles,
trastornadoras de existencias, que los hombres suelen recibir en su
juventud y luego les acompañan toda la vida.