VIII

Llegó la tarde en que los mejores caballos de Europa iban á disputarse

los cien mil francos del «Gran Premio». Una muchedumbre cosmopolita y

aristocrática llenaba el perímetro enorme de Longchamps: las avenidas

que conducen al hipódromo retemblaban bajo las ruedas fugitivas de

millares de coches; los automóviles y los vehículos á _la Dumont_

atronaban el Bosque con el agrio clamoreo de sus trompetas; los trajes

claros de las mujeres endomingadas pintaban alegres manchas rojas y

blancas sobre el fondo verde de los árboles; un murmurio inmenso de

voces invadía el espacio; la luz cegaba; en el cielo azul las banderas

tricolores flameaban brillando jubilosas bajo la caricia fulgurante del

sol.

La prensa de aquella mañana había soliviantado el ánimo de la multitud

que frecuenta los hipódromos. Varios periódicos, entre ellos _Le

Journal_, apostaban por _Rick_ y recordaban su historia; aquella

historia sin derrotas por la que mereció ser llamado «el primer caballo

de Francia». En cambio, el diario _Les Sports_ votaba por _Cromwell_ y

publicaba su retrato. Esto enardecía al público, y sobre el _turf_ de

Longchamps las apuestas se multiplicaban, equilibrándose.

Ante el palco del presidente de la República, y bajo el ávido mirar del

mundo elegante de las tribunas, los caballos iban y venían inquietos,

mirándose con ojos recelosos y ardientes, esperando entre azorados y

coléricos el momento del combate.

A lo largo de la cuerda la multitud se apiñaba impaciente, codeándose,

levantándose curiosa sobre las puntas de los pies. En lo alto de los

coches que ocupaban el centro del _turf_ oscilaba una muchedumbre de

sombrillas blancas y bermejas; la brisa, al ceñir al cuerpo de las

mujeres los finos trajes vernales, dibujaba indiscreta ampulosidades

llamativas.

La aparición de _Cromwell_ fué saludada con nutridos aplausos por un

grupo de ingleses. Juan Thom, impávido bajo su gorrilla roja, paseó

sobre aquellos millares de cabezas una mirada de indiferencia y desdén,

y apenas correspondió á la sonrisa confortante que Marta y su padre le

dirigieron desde una tribuna. Sus piernecillas, metidas en prietos

calzones blancos de punto, oprimían como en un crispamiento el lomo

soberbio del caballo; el busto blandengue se encorvaba dentro del

prestigio de la blusa sangrienta, cuyo arrebatado color exageraba la

demacración amarillenta del rostro.

Juan Thom estaba triste. En aquellos últimos días, y bien á despecho

suyo, había pensado mucho en _Rick_: él recordaba que su querido

caballo, la víspera de las grandes carreras, se mostraba impaciente,

sobresaltado, como si le mordiese un presentimiento. Entonces era cuando

él le acariciaba, le decía palabras amistosas, le explicaba que estaba

enamorado de Marta y que necesitaba á todo trance casarse con ella. Pero

aquella unión rara y dulce pasó, y los que fueron como hermanos, ahora,

por un vaivén clownesco de la suerte, eran enemigos.

Un problema terrible atenaceaba en tales momentos el alma del jockey.

--Si gano la carrera--pensaba--me caso con Marta y aseguro mi porvenir,

mi felicidad. Pero si _Cromwell_ vence, _Rick_, que es mi pasado, mi

historia y también mi presente, pues lo que soy no es más que el reflejo

de lo que fuí, queda deshonrado... y ya no será tenido por «el mejor

caballo del mundo...»

Y, por primera vez, dentro del alma genial de Juan Thom, el artista y el

hombre se encontraron frente á frente.

Los franceses, á quienes disgustaba tener á su jockey favorito

combatiendo á Francia sobre un caballo inglés, le dirigieron algunos

denuestos; y el pequeño Thom, impasible y pálido como un muñeco de cera,

consideraba que quienes le inculpaban tenían razón y que la lucha que

iba á emprender bajo los auspicios del pabellón británico era una falta

de patriotismo. Desde la tribuna primera, Ana María, espléndida,

vistosísima entre la nieve de su sombrero y de sus encajes, le saludaba

recordándole lo prometido.

Un grupo de corredores se acercaba. Tras ellos iba Rick, solitario,

inquieto, aislado de todos por su poderosa personalidad. Al ver á su

antiguo jinete, el noble caballo relinchó, y su relincho extraño parecía

decir que aquella tarde la historia gloriosa de uno de los dos quedaría

rota. Los ojos de Juan Thom se llenaron de lágrimas.

Ya los jockeys habían sido pesados. La carrera iba á empezar. El juez de

salida, el de campo y el de llegada, ocupaban sus puestos. Los

espectadores se estrechaban á lo largo de la pista, poniéndose sobre las

puntas de los pies, estirando el cuello, no queriendo perder ningún

detalle de aquel instante, breve y magnífico, del «arranque». En la

amplitud verde del hipódromo la muchedumbre osciló como una ola inmensa.

El momento había llegado. Los jockeys, vestidos unos de amarillo, otros

de azul, ó de verde ó de rojo, procuraban domeñar la impaciencia

fugitiva de sus cabalgaduras para colocarlas en la misma línea. Pero la

operación era difícil, porque los ardientes animales no sabían estarse

quietos. Poco á poco, sin embargo, iban reduciéndolos á la obediencia.

Hubo, al fin, un momento en que el juez de salida creyó que estaban bien

formados. Entonces vibró una campana: los caballos partieron...

Al principio, todos avanzaron juntos, formando una masa palpitante y

terrible. Corrían con el vientre cerca del suelo, los ollares hinchados

por la cólera, los cuerpos alargados y como dislocados en una contorsión

tetánica de todos sus músculos. Los jockeys, en pie sobre los estribos

para pesar menos, les estimulaban atacándoles sañudamente con las

espuelas y golpeándoles con sus fustas rellenas de plomo.

Pero en seguida comenzaron á distanciarse: uno de ellos, al arrancar, se

amorró demasiado y rodó por el césped; otro, cuyo jinete trató de

«hacerle el juego» á un compañero, se despistó y quedó fuera de combate.

Los demás continuaron.

Bien pronto _Rick_, que había tomado la cuerda, ocupó la delantera,

huyendo con aquel correr suyo poderoso y tranquilo, como el vuelo de las

águilas. Junto á él iba _Cromwell_, menos corpulento que su enemigo,

pero corajoso y ardiente como _Al-Borak_, la yegua hadada que llevó á

Mahoma, en el espacio de una noche, desde la Meca á Medina...

La lucha entre ambos animales, verdaderos modelos de energía y de

voluntad, era asombrosa. En el segundo tercio de la carrera, Juan Thom,

que se había limitado á impedir que _Rick_ se le adelantase, alzóse

sobre los estribos y comenzó á fustigar furiosamente las ancas de su

cabalgadura; sus espuelas cruzaron los hijares palpitantes del animal de

líneas rojas. _Cromwell_, enardecido por la cólera del dolor,

aventajándose á sí mismo, adelantó más... más...

Durante algunos segundos, _Cromwell_ y _Rick_ pelearon sin sacarse

ventaja, y sus jockeys sentían el calor magnético de los millares de

miradas que les perseguían acosadoras. Momento magnífico. Iban pálidos,

sudorosos, jadeantes, medio ahogados en la velocidad asfixiante de la

carrera. Al fin, y bajo la fusta incansable de Thom, _Cromwell_

avanzó... avanzó lentamente... semejante á un águila que volase á ras de

tierra...

Un grito formidable atronó el espacio.

--¡Pierde _Rick_!--exclamaron millares de voces--¡_Rick_ pierde!...

Francia iba á quedar vencida; los ingleses aplaudían. Juan Thom miró de

reojo y vió junto á su rodilla la querida cabeza de su caballo, que

parecía llorar despidiéndose de él para siempre, en la vergüenza

irremediable de la derrota. Aquella mirada inteligente y desesperada

traspasó el alma del jockey; Juan Thom pensó lo que hacía estaba mal

hecho, porque iba á destrozar la larga historia triunfal de _Rick_, y

_Rick_ no era responsable de que Ana María quisiera rehacer su fortuna,

ni de que él se hubiese enamorado de Marta, ni de que la dote de Marta

fuese tan pequeña...

Una vez más el artista vencía al hombre, y entonces Juan se olvidó de sí

mismo, de su amor, de sus treinta mil francos... y echando el cuerpo

fuera de la silla lanzó aquel alarido extraño, gutural que hacía á

_Rick_ invencible.

Los dos corredores enfilaban el jalón de distancia plantado cien metros

antes de llegar á la meta.

--¡Gruiiii!--gritó el jockey--¡gruiiii!...

Y _Rick_, fuera de sí, bebióse la brida y brincó, dejando atrás á

_Cromwell_, arrastrando así sañudamente por el suelo, como si fuese un

cuerpo muerto, todo el porvenir de Juan Thom.

No obstante, aquella tarde, al volver de Longchamps entre la curiosidad

de la muchedumbre que le miraba con un poco de lástima, la frente triste

del pequeño Thom era noble y altiva como la de un rey.

Madrid.--Mayo, 1909.

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