Llegó la tarde en que los mejores caballos de Europa iban á disputarse
los cien mil francos del «Gran Premio». Una muchedumbre cosmopolita y
aristocrática llenaba el perímetro enorme de Longchamps: las avenidas
que conducen al hipódromo retemblaban bajo las ruedas fugitivas de
millares de coches; los automóviles y los vehículos á _la Dumont_
atronaban el Bosque con el agrio clamoreo de sus trompetas; los trajes
claros de las mujeres endomingadas pintaban alegres manchas rojas y
blancas sobre el fondo verde de los árboles; un murmurio inmenso de
voces invadía el espacio; la luz cegaba; en el cielo azul las banderas
tricolores flameaban brillando jubilosas bajo la caricia fulgurante del
sol.
La prensa de aquella mañana había soliviantado el ánimo de la multitud
que frecuenta los hipódromos. Varios periódicos, entre ellos _Le
Journal_, apostaban por _Rick_ y recordaban su historia; aquella
historia sin derrotas por la que mereció ser llamado «el primer caballo
de Francia». En cambio, el diario _Les Sports_ votaba por _Cromwell_ y
publicaba su retrato. Esto enardecía al público, y sobre el _turf_ de
Longchamps las apuestas se multiplicaban, equilibrándose.
Ante el palco del presidente de la República, y bajo el ávido mirar del
mundo elegante de las tribunas, los caballos iban y venían inquietos,
mirándose con ojos recelosos y ardientes, esperando entre azorados y
coléricos el momento del combate.
A lo largo de la cuerda la multitud se apiñaba impaciente, codeándose,
levantándose curiosa sobre las puntas de los pies. En lo alto de los
coches que ocupaban el centro del _turf_ oscilaba una muchedumbre de
sombrillas blancas y bermejas; la brisa, al ceñir al cuerpo de las
mujeres los finos trajes vernales, dibujaba indiscreta ampulosidades
llamativas.
La aparición de _Cromwell_ fué saludada con nutridos aplausos por un
grupo de ingleses. Juan Thom, impávido bajo su gorrilla roja, paseó
sobre aquellos millares de cabezas una mirada de indiferencia y desdén,
y apenas correspondió á la sonrisa confortante que Marta y su padre le
dirigieron desde una tribuna. Sus piernecillas, metidas en prietos
calzones blancos de punto, oprimían como en un crispamiento el lomo
soberbio del caballo; el busto blandengue se encorvaba dentro del
prestigio de la blusa sangrienta, cuyo arrebatado color exageraba la
demacración amarillenta del rostro.
Juan Thom estaba triste. En aquellos últimos días, y bien á despecho
suyo, había pensado mucho en _Rick_: él recordaba que su querido
caballo, la víspera de las grandes carreras, se mostraba impaciente,
sobresaltado, como si le mordiese un presentimiento. Entonces era cuando
él le acariciaba, le decía palabras amistosas, le explicaba que estaba
enamorado de Marta y que necesitaba á todo trance casarse con ella. Pero
aquella unión rara y dulce pasó, y los que fueron como hermanos, ahora,
por un vaivén clownesco de la suerte, eran enemigos.
Un problema terrible atenaceaba en tales momentos el alma del jockey.
--Si gano la carrera--pensaba--me caso con Marta y aseguro mi porvenir,
mi felicidad. Pero si _Cromwell_ vence, _Rick_, que es mi pasado, mi
historia y también mi presente, pues lo que soy no es más que el reflejo
de lo que fuí, queda deshonrado... y ya no será tenido por «el mejor
caballo del mundo...»
Y, por primera vez, dentro del alma genial de Juan Thom, el artista y el
hombre se encontraron frente á frente.
Los franceses, á quienes disgustaba tener á su jockey favorito
combatiendo á Francia sobre un caballo inglés, le dirigieron algunos
denuestos; y el pequeño Thom, impasible y pálido como un muñeco de cera,
consideraba que quienes le inculpaban tenían razón y que la lucha que
iba á emprender bajo los auspicios del pabellón británico era una falta
de patriotismo. Desde la tribuna primera, Ana María, espléndida,
vistosísima entre la nieve de su sombrero y de sus encajes, le saludaba
recordándole lo prometido.
Un grupo de corredores se acercaba. Tras ellos iba Rick, solitario,
inquieto, aislado de todos por su poderosa personalidad. Al ver á su
antiguo jinete, el noble caballo relinchó, y su relincho extraño parecía
decir que aquella tarde la historia gloriosa de uno de los dos quedaría
rota. Los ojos de Juan Thom se llenaron de lágrimas.
Ya los jockeys habían sido pesados. La carrera iba á empezar. El juez de
salida, el de campo y el de llegada, ocupaban sus puestos. Los
espectadores se estrechaban á lo largo de la pista, poniéndose sobre las
puntas de los pies, estirando el cuello, no queriendo perder ningún
detalle de aquel instante, breve y magnífico, del «arranque». En la
amplitud verde del hipódromo la muchedumbre osciló como una ola inmensa.
El momento había llegado. Los jockeys, vestidos unos de amarillo, otros
de azul, ó de verde ó de rojo, procuraban domeñar la impaciencia
fugitiva de sus cabalgaduras para colocarlas en la misma línea. Pero la
operación era difícil, porque los ardientes animales no sabían estarse
quietos. Poco á poco, sin embargo, iban reduciéndolos á la obediencia.
Hubo, al fin, un momento en que el juez de salida creyó que estaban bien
formados. Entonces vibró una campana: los caballos partieron...
Al principio, todos avanzaron juntos, formando una masa palpitante y
terrible. Corrían con el vientre cerca del suelo, los ollares hinchados
por la cólera, los cuerpos alargados y como dislocados en una contorsión
tetánica de todos sus músculos. Los jockeys, en pie sobre los estribos
para pesar menos, les estimulaban atacándoles sañudamente con las
espuelas y golpeándoles con sus fustas rellenas de plomo.
Pero en seguida comenzaron á distanciarse: uno de ellos, al arrancar, se
amorró demasiado y rodó por el césped; otro, cuyo jinete trató de
«hacerle el juego» á un compañero, se despistó y quedó fuera de combate.
Los demás continuaron.
Bien pronto _Rick_, que había tomado la cuerda, ocupó la delantera,
huyendo con aquel correr suyo poderoso y tranquilo, como el vuelo de las
águilas. Junto á él iba _Cromwell_, menos corpulento que su enemigo,
pero corajoso y ardiente como _Al-Borak_, la yegua hadada que llevó á
Mahoma, en el espacio de una noche, desde la Meca á Medina...
La lucha entre ambos animales, verdaderos modelos de energía y de
voluntad, era asombrosa. En el segundo tercio de la carrera, Juan Thom,
que se había limitado á impedir que _Rick_ se le adelantase, alzóse
sobre los estribos y comenzó á fustigar furiosamente las ancas de su
cabalgadura; sus espuelas cruzaron los hijares palpitantes del animal de
líneas rojas. _Cromwell_, enardecido por la cólera del dolor,
aventajándose á sí mismo, adelantó más... más...
Durante algunos segundos, _Cromwell_ y _Rick_ pelearon sin sacarse
ventaja, y sus jockeys sentían el calor magnético de los millares de
miradas que les perseguían acosadoras. Momento magnífico. Iban pálidos,
sudorosos, jadeantes, medio ahogados en la velocidad asfixiante de la
carrera. Al fin, y bajo la fusta incansable de Thom, _Cromwell_
avanzó... avanzó lentamente... semejante á un águila que volase á ras de
tierra...
Un grito formidable atronó el espacio.
--¡Pierde _Rick_!--exclamaron millares de voces--¡_Rick_ pierde!...
Francia iba á quedar vencida; los ingleses aplaudían. Juan Thom miró de
reojo y vió junto á su rodilla la querida cabeza de su caballo, que
parecía llorar despidiéndose de él para siempre, en la vergüenza
irremediable de la derrota. Aquella mirada inteligente y desesperada
traspasó el alma del jockey; Juan Thom pensó lo que hacía estaba mal
hecho, porque iba á destrozar la larga historia triunfal de _Rick_, y
_Rick_ no era responsable de que Ana María quisiera rehacer su fortuna,
ni de que él se hubiese enamorado de Marta, ni de que la dote de Marta
fuese tan pequeña...
Una vez más el artista vencía al hombre, y entonces Juan se olvidó de sí
mismo, de su amor, de sus treinta mil francos... y echando el cuerpo
fuera de la silla lanzó aquel alarido extraño, gutural que hacía á
_Rick_ invencible.
Los dos corredores enfilaban el jalón de distancia plantado cien metros
antes de llegar á la meta.
--¡Gruiiii!--gritó el jockey--¡gruiiii!...
Y _Rick_, fuera de sí, bebióse la brida y brincó, dejando atrás á
_Cromwell_, arrastrando así sañudamente por el suelo, como si fuese un
cuerpo muerto, todo el porvenir de Juan Thom.
No obstante, aquella tarde, al volver de Longchamps entre la curiosidad
de la muchedumbre que le miraba con un poco de lástima, la frente triste
del pequeño Thom era noble y altiva como la de un rey.
Madrid.--Mayo, 1909.