Juan Thom consultó su reloj; las ocho; hora de cenar. Sin perder momento
cerró cuidadosamente el armario de luna y miró á su alrededor,
cerciorándose de que todo, dentro de su pulcro gabinete de soltero,
quedaba limpio y ordenado. En el recibimiento recogió su sombrero, que
acostumbraba á encajárselo bien sobre el occipital, como hacía en los
hipódromos con su liviana gorrilla de jockey, y salió. Comenzó á bajar
la escalera; sus pies calzados con botas de charol, pies enjutos,
pequeños como los de un niño, rozaban delicadamente los peldaños
alfombrados.
Al llegar al portal le entregaron una tarjeta roja con filetes dorados,
que olía á heliotropo. En el fondo bermejo y satinado del cartoncillo
aparecía en caracteres blancos, de la más fina escritura inglesa, un
nombre de mujer: _Ana María_.
--Esta tarjeta--dijo la portera--debe de haberla traído la misma
interesada. ¿La conoce usted?
El jockey alzóse de hombros, ingenuo y desdeñoso.
--No recuerdo.
--Vamos, señor Thom, no sea usted hipócrita...
A la insinuación maliciosa de la portera, sonriente, el diminuto Thom
opuso un gesto escéptico y triste.
--Demasiado sabe usted que las mujercitas no me preocupan.
--Ya lo sé, señor Thom...
Y al reconocerlo así, la buena mujer, que había tenido varios hijos,
suspiró y miró á su inquilino con esa sincera piedad que inspiran á las
madres de familia los hombres que llegaron á viejos sin haber sido
amados. Agregó:
--Si quiere usted esperar á esa señora... dijo que volvía en seguida,
que tuviese usted la bondad de aguardar un poco...
Juan Thom examinaba la tarjeta perplejo, con ese aire idiota que
adquiere el semblante del hombre á quien le dan á leer un libro escrito
en un idioma que no comprende.
--No sé...--murmuró suspirando--no sé... ¿Y si tarda?
En aquel momento penetró en el portal, llenándolo con el frufruteo
perfumado y alegre de sus faldas, una mujer alta y rubia, hermosa, con
hermosura imponente y llamativa, bajo las alas ondulantes,
artísticamente complicadas, de un enorme sombrero blanco. Una blusa
color salmón, con mangas transparentes de encaje, ceñía apretadamente
su busto magnífico, á la vez flexible y pomposo. Tenía los ojos azules y
grandes, la nariz corta; en el óvalo del rostro carnoso, «maquillado»
como el de una actriz, los labios retocados exageradamente de carmín,
pintaban un clavel sangriento. Avanzó resuelta, segura de agradar.
--¿El señor Thom?...
--Servidor de usted.
--Esta tarde tuve el honor de dejarle mi tarjeta... deseaba hablar con
usted.
--Estoy á sus órdenes, señora; si quiere usted molestarse en subir á mi
cuarto...
Ella le examinaba curiosamente, sorprendida de que aquel hombrecillo,
que en los hipódromos parecía llevar á la Fortuna bajo las rodillas,
fuera, visto de cerca, tan mezquino y tan feo.
--No--dijo--, podemos dar un paseo: mi automóvil nos llevará adonde
usted guste.
Salieron. En la esquina más próxima esperaba el automóvil de Ana María;
un soberbio «Renault» pintado de amarillo, trepidante, amenazador en el
nimbo rojizo de sus focos encendidos. La joven subió la primera, y al
apoyar su pie sobre el estribo, todo su cuerpo espléndido tuvo una larga
oscilación voluptuosa. Cerca de ella se acomodó Juan Thom; sus pies
apenas tocaban al suelo; en la amplitud del vehículo, el pequeño jockey,
con su rostro anémico y flaco y su sombrero metido hasta el cogote, daba
la impresión de un niño enfermo.
El «Renault» de Ana María rodaba silencioso y pausado sobre los densos
pneumáticos de sus ruedas.
--¿Hacia dónde quiere usted ir?--preguntó la joven.
--Me es igual--repuso Thom cortésmente--; dirija usted.
--No... porque no querría turbar el plan que se hubiese usted trazado
para esta noche. ¿Usted no ha cenado todavía?
--No, señora.
--¿Quiere usted cenar conmigo?
El jockey iba á responder afirmativamente, pero la imagen de Marta, con
sus ojos grandes y honrados, revivió de súbito en su memoria y aquel
recuerdo le intimidó y turbó como una acusación. Empezó á balbucear:
--Con mucho gusto... sí... pero... me había comprometido... una familia,
con la que no tengo confianza, me espera, y...
La aventurera comprendió; lo único que puede separar á un hombre de una
mujer, es otra mujer... y sonrió, hallando muy cómico que el pequeño
Thom estuviese enamorado.
--Es igual--dijo--; otra noche será. ¿Dónde le aguardan á usted?
--En la calle de... Es muy lejos; más allá de Neuilly...
--No importa; para los automóviles no hay distancias.
Sus dedos finos y blancos, ricamente enjoyados, repicaron frívolos
sobre los cristales delanteros del vehículo. El _chauffeur_ volvió la
cabeza, y sus ojos negros, llenos de vehemencia moza, miraron á la joven
osadamente, cual si en ellos persistiese aún la impresión de haberla
visto desnuda alguna vez... en una noche de aburrimiento quizás...
Ana María gritó:
--¡Hacia la puerta Maillot!
Después, volviéndose confidencial hacia el jockey, agregó:
--Lo que necesito comunicarle se dice pronto; yo creo que llegaremos á
entendernos...
Rápidamente demostró conocer la historia artística de su interlocutor
durante aquellos dos últimos años. Juan Thom sonreía, asombrado y
contento. Ella le citó nombres de caballos célebres, le habló de _Rick_
y de sus éxitos más notables; su conversación fácil, en la que barajaba
familiarmente nombres de jockeys y de _sportsmans_ célebres, probaba que
Ana María conocía perfectamente la vida íntima de los hipódromos. Las
carreras de caballos la exasperaban, y en ellas había disipado y rehecho
su fortuna varias veces. Aquella pasión insensata la arrebató sus
amantes más generosos, que la dejaron, cansados de malgastar dinero. El
año anterior había perdido cerca de medio millón de francos. También
habló de _Cromwell_.
--El objeto principal de mi visita--añadió--es saber, pero con fijeza
absoluta, si usted está seguro de triunfar con _Cromwell_ en las
próximas carreras del «Gran Premio».
El rostro de Juan Thom adquirió bruscamente una expresión cerrada,
impenetrable.
--No puedo--dijo--dar á su pregunta ninguna contestación concreta. Todos
los jockeys peleamos sobre el _turf_ con absoluta buena fe; usted lo
sabe... Hacemos cuanto podemos, cuanto sabemos... pero no es lo mismo
tener «la esperanza» de vencer, que «la seguridad» de vencer...
Ana María le interrumpió con una sonrisa callada, suave, acariciadora
como el roce de un terciopelo.
--Todas esas son «palabras...», señor Thom, y yo no me doy por
satisfecha con tan poco. Necesito y merezco saber más. Sea usted franco;
no tema usted. Yo soy la querida del marqués de Laverie... el
propietario de _Cromwell_.
La sorpresa agudísima que crispó las facciones del jockey dibujó sobre
los labios acarminados, lascivamente prometedores, de Ana María, una
nueva sonrisa.
--Ya ve usted--concluyó--que no está usted tratando con una persona
extraña.
Prosiguió hablando con aquella voz persuasiva y blanda--voz de
alcoba--rica en desmayos y cadencias de amor, que tan alto y penetrante
merecimiento daba á sus palabras. Ella estaba resuelta á jugarse en las
próximas carreras todas sus economías: ciento cincuenta mil francos.
¿Pero, á cuál de los dos principales corredores? ¿A _Cromwell_... á
_Rick_?...
Había cogido entre sus manecitas hadadas la diestra flaca y dura del
jockey.
--Prescinda usted por un momento--murmuró--de su orgullo de jinete. Ya
sé que pido mucho... Los artistas, y usted lo es, antes que hombres son
artistas... Pero no olvide usted que, si es usted bueno para mí, yo
sabré ser muy indulgente y muy generosa con usted...
Calló para mirarle de frente, y en sus largas pupilas azules había un
infinito de amor. El pequeño Thom tembló y sus mejillas pecosas se
colorearon ligeramente, Balbuceó:
--Siga usted...
--Yo necesito saber--continuó Ana María--si _Rick_ ha sido invencible
porque usted lo montaba, ó si, por el contrario, usted ha sido
invencible porque montaba á _Rick_. Si lo primero, yo apuesto por
_Cromwell_; si lo segundo, apuesto por Rick.
Había rodeado con uno de sus brazos semidesnudos el cuello delgado de
Thom, y le atraía hacia sí, ofreciéndole apoyo y generoso descanso en la
ampulosidad de su seno odorante y magnífico. Transtornado Juan Thom, iba
á condenar á Rick, pero se contuvo.
--_Rick_--dijo--vale mucho.
--¿Y vencerá?
--No, señorita. Vencerá _Cromwell_.
--¿Por qué?
--¿Y para qué quiere usted saber la razón?... Conténtese usted con
estar segura de que la victoria será mía... nuestra...
Y repentinamente, como si tuviese prisa en quebrar aquel hechizo sensual
en que la joven iba envolviéndole, añadió:
--Yo tengo novia, señorita... y mi novia, con quien pienso casarme este
verano, juega toda su dote á _Cromwell_.
Esta confesión varió el rumbo del diálogo, cual si á partir de aquel
instante la imagen de Marta se hubiese instalado entre ambos
interlocutores separándoles. Fué la conversación leal, íntima, sin
asomos sensuales, de dos amigos que se unen para realizar un buen
negocio.
--¿Ganaremos, señor Thom?
--Ganaremos, señorita; no lo dude usted. El automóvil se detuvo. Ella
preguntó:
--¿Hemos llegado?
El jockey miró al través de los cristales y reconoció aquel farol desde
donde se perdía de vista la taberna de Marta.
--Sí--repuso--, hemos llegado.
Apeóse del vehículo, y sus manos esqueléticas estrecharon cordialmente
las manecitas cariñosas de Ana María.
La joven exclamó:
--Después del «Gran Premio» búsqueme usted. Quiero que su mejor regalo
de boda sea el mío.