Las carreras del «Gran Premio», que se disputa sobre el _turf_ de
Longchamps, despertaban aquel año extraordinario interés. Se hablaba de
una apuesta de quinientos mil francos pendiente entre el conde Narciso y
un _sportsman_ inglés dueño del _Cromwell_, que había ganado el premio
«Diana» y era tenido por el corredor más fuerte de los hipódromos
británicos. Los periódicos de sports aseguraban que la lucha entre
_Cromwell_ y _Rick_ sería emocionante: era la primera vez que aquellos
dos corredores, hasta entonces invencibles, iban á medir sus fuerzas.
Muchos inteligentes votaban por _Rick_; otros, en cambio, decían que las
facultades del llamado, por antonomasia, «el primer caballo de Francia»,
iban declinando, mientras _Cromwell_, más joven que su glorioso enemigo,
alcanzaba la plenitud de su vigor.
Juan Thom, por su parte, no dudaba de la victoria, y á solas en la
caballeriza con _Rick_ le abrazaba y besuqueaba hablándole de su próximo
combate, donde era necesario vencer, porque de ello dependía su boda
con Marta.
--¡Si supieses cuánto la quiero!... Esa mujer puede hacerme dichoso,
_Rick_; ayúdame á lograrla. ¿No te gustaría á ti verme contento?
Enternecido por sus propias palabras, el jockey sentía que su amor hacia
_Rick_ desbordaba, trocándose en gratitud honda y jugosa; _Rick_ le
escuchaba derribando las orejas hacia atrás, bajando la cabeza para que
su jinete le rascase la frente; y luego alzaba el cuello poderoso, con
un resoplido de ufanía.
De repente y como por ensalmo, la adversidad vino á destruir los planes
de Juan Thom. A principios de Abril, mes y medio antes de verificarse
las carreras del «Gran Premio», falleció el conde Narciso, y su hijo y
heredero, con quien meses atrás el pequeño Thom había tenido un
disgusto, despidió al jockey.
Aquella noche, Juan refirió llorando al señor Gustavo la desgracia que
le abrumaba. Estaba fuera de sí. La pérdida de _Rick_ le enloquecía, no
porque el pan fuese á faltarle, pues el amo de _Cromwell_, apenas supo
lo ocurrido, le mandó llamar, sino porque él amaba á _Rick_ y parecíale
que con éste le quitaban la historia de todos sus triunfos. En aquellos
primeros momentos de pesadumbre desgarradora, el jockey no hablaba de su
porvenir ni de su amor hacia Marta: sólo hablaba de _Rick_, que era su
pasado; pasado magnífico, glorioso como una selva de laureles.
--Yo lo he visto nacer--decía llorando--, yo lo he amaestrado como
ningún otro caballo lo fué... ¡es el fruto de todos mis estudios!... Sin
él mi fama se derrumbará, porque ya he perdido las ganas de trabajar, y
seré uno de tantos...
Era ya tarde, y el señor Gustavo, apenas se marcharon los últimos
parroquianos, cerró la taberna. Después puso sobre la mesa del jockey
tres «dobles» de cerveza, encendió con aire preocupado su pipa, y
sentado á horcajadas en una silla, esperó. Marta observaba á Thom sin
comprenderle, hallando un poco ridícula aquella pasión de artista. Pero
las lágrimas del jockey habían emocionado el corazón meridional del
tabernero.
--No hay que desesperarse--dijo--. ¡Trueno de Dios!... Usted, por lo
visto, es de los hombres que naufragan en un buche de agua.
--¿Yo? ¿Porqué?... ¿Acaso no tengo motivos para desesperarme? ¿No
comprende usted que este accidente destruye todos mis planes?...
--A eso voy. Yo le prometí á usted jugar á Rick los quince mil francos
de la dote de Marta...
--Sí, señor.
--Pues yo no me arrepiento jamás de lo que ofrezco; de modo que si no
los juego á _Rick_, los jugaré á _Cromwell_... Vaya... ¿está usted
contento?...
Juan miraba al suelo sin contestar. Las palabras generosas del tabernero
no parecían haberle alegrado. El señor Gustavo continuó:
--Yo tengo en usted confianza inmensa y me parece que no perderemos la
apuesta, ¿eh?... Diga usted, creo que no la perderemos...
Hubo un silencio, durante el cual Marta miró ahincadamente al jockey,
como subrayando con los ojos lo que acababa de decir su padre. Juan Thom
permanecía inmóvil y callado; estaba muy colorado, su respiración era un
jadeo, sus ojuelos azules se dilataban en el círculo de sus pestañas
rojizas. Temblaban sus mejillas pecosas. Aquel silencio, que parecía
disimular una duda, alarmó al tabernero.
--¿Usted ha visto á _Cromwell_?
Maquinalmente el jockey replicó:
--Lo he visto.
--¿Qué edad tiene?
--Siete años.
--¿Y es realmente un animal magnífico?
--Soberbio.
--¿Lo montará usted á gusto? ¿Se siente usted capaz de vencer con él?
Hubo otra pausa. El pequeño Thom se oprimía las manos una contra otra,
haciendo crujir los dedos.
El tabernero se impacientó. Una nube de desconfianza sombreó su frente.
--Porque, debemos hablar clarito--exclamó--; si usted no está seguro de
ganar... ¡qué diablos!... ¡no hay nada de lo dicho!
Y Marta, que sin duda pensaba con zozobra en que los quince mil francos
de su dote podían perderse, agregó suavemente:
--Yo también soy partidaria de esperar; ¿no le parece á usted, señor
Thom? Tendremos paciencia.
Estas palabras cautelosas de prudencia y desamor sacudieron el
cuerpecillo del jockey, que miró á Marta fieramente. La joven parecía
resignada, y la serenidad de su actitud ratificaba la decisión de su
padre. Juan Thom sintió que aquel último baluarte de su felicidad se le
escapaba también, y su orgullo de jinete y su cariño hacia Marta le
devolvieron su vigor derrotado.
--Pueden ustedes apostar por mí--exclamó--; y no hablemos más de esto.
¡_Cromwell_ vencerá!
Vacilante, el tabernero se atrevió á objetar:
--¿Y si se equivoca usted?
--No, señor.
--Sería horrible que usted, llevado de su buen deseo...
El jockey le interrumpió con un gesto vertical y magnífico de emperador.
--Repito que no me equivoco--dijo--; yo sé lo que prometo. _Cromwell_
vencerá.
Durante los cuarenta días que faltaban aún para la celebración del
famoso concurso hípico que marca la dispersión de la aristocracia
parisina hacia las estaciones balnearias, Juan Thom dedicó todos sus
afanes á la educación física y moral de _Cromwell_. Era un caballo
negrísimo y de alzada gigantesca, fino de extremidades y de cuello; su
cabeza, fea y grande, tenía un extraordinario poder; al andar había en
todo su cuerpo un vaivén de agilidad suprema. El pequeño Thom pasaba
los días junto á él, estudiando su condición, acostumbrándole á sus
mañas, adiestrándole en aquellos esforzados ejercicios que mayor
elasticidad y entereza podían dar á sus músculos, corrigiendo
cuidadosamente la calidad de sus piensos. De noche, antes de acostarse,
también iba á verle, mimándole, hablándole, procurando voluntariamente
dedicarle aquel gran cariño paternal que sintió por _Rick_. Y había en
este esfuerzo algo del empeño inútil que ponen las madres en consolarse,
con el hijo que les queda, del hijo que se fué.
También trató de enseñarle aquel grito de guerra que hizo á Rick
invencible:
--¡Gruiiii!... ¡Gruiiii!...
Pero este avatar misterioso no despertaba en _Cromwell_ ninguna emoción.
El jockey que desbravó á _Cromwell_, y pasaba por ser uno de los mejores
caballistas de Inglaterra, ¿poseería también algún golpe ó palabra que
tuviese la capacidad de desbocarle?... Esto era imposible averiguarlo,
pues tales secretos los jockeys no se los dicen nunca, y Juan Thom se
alivió considerando que el grito que trastornaba á _Rick_ nadie lo sabía
tampoco.
No satisfecho con perfeccionar las excelencias físicas y morales de su
nuevo caballo, el veterano jockey, aprovechando cuantos detalles
pudiesen cooperar al buen éxito de su empresa, construyó una fusta
especial, á la vez ingrave y durísima, y mandó fabricar una silla que
apenas pesaba dos libras y cuyas acciones de lana y seda tejió él
mismo: y, finalmente, sometióse á nuevos masajes y á severísimos ayunos.
Bien pronto apareció más pequeño, más flaco; su busto se encorvó;
acentuóse la canal de su nuca; sus mejillas terrosas, maculadas de
pecas, tenían la palidez de los cadáveres; su cabeza chata y puntiaguda
de simio llegó á ser repugnante. Una tarde Juan Thom comprobó
alegremente que pesaba menos de cuarenta y cinco kilos.
En la taberna del señor Gustavo no se hablaba mas que del «Gran Premio».
La misma Marta parecía emocionada, como si aquello fuese más que un
asunto de interés, una cuestión de amor propio. Todas las noches,
después de cenar Thom, los novios hablaban un ratito. El señor Gustavo,
para no estorbarles, cogía un periódico y se sentaba al otro extremo del
establecimiento.
--¡Trueno de Dios!--pensaba--, bueno es que los muchachos vayan
acostumbrándose el uno al otro.
Pocos días antes de las carreras, Marta se mostró más efusiva, «más
mujer» que nunca.
--Mi padre--dijo--ha visto á _Cromwell_ y está entusiasmado; le gusta
más que _Rick_.
Y añadió confidencial, bajando la voz:
--Creo que, en lugar de quince mil francos, va á jugar veinte mil; todo
lo que tiene. Si él llegase á decirle á usted algo, yo ruego á usted que
no se dé por enterado.
El jockey hizo un ademán de asentimiento; estaba embelesado; aquella
súplica inocente le había parecido dulce como una caricia. El, por su
parte, vació en Marta su corazón.
--Yo también apostaré á _Cromwell_ todas mis economías: treinta mil
francos. No es mucho... pero... ¡no tengo más!...
Ella, cariñosamente, le llamó «ambicioso». Con cincuenta mil francos y
un poco de orden podían abrir una taberna, ó una tiendecita de sombreros
para señoras, y vivir tranquilos.
--Yo--concluyó--aprendí cuando niña el oficio de sombrerera y me gusta
mucho.
Oyéndola Juan Thom entornaba los párpados, sintiendo que á la felicidad
se la ve mejor con los ojos cerrados.
Luego, tímidamente:
--¿Por qué no nos vamos á España, á un pueblo...? ¡Oh! Tengo tantos
deseos de vivir en el campo...
Marta le interrumpió, y hubo en la seca displicencia de su gesto una
gran crueldad.
--No, eso, no. A mí no me gusta el campo, no piense usted en el campo.
Yo no quiero salir de París.
Cuando Juan Thom se fué, la joven le acompañó hasta la puerta.
--Adiós, Marta; mañana vendré temprano.
--Adiós, señor Thom.
El se alejaba, volviendo á cada dos ó tres pasos la cabeza, y ella le
saludaba con la mano. Al fondo de la calle había un farol, traspuesto el
cual ya se perdía de vista la taberna. El jockey lo sabía y allí se
detuvo. La luz caía aplomo sobre él, poniendo un nimbo lechoso á su
figurilla mezquina y ridícula. Marta sonreía. Nunca el pequeño Thom la
había parecido tan feo.