Todas las tardes en que había carreras, al salir de Longchamps, Juan
Thom vaciaba una botella de vino en la taberna de un bordelés que había
viajado mucho por España, y cuya conversación pintoresca era para el
jockey desterrado como un rayo del alegre sol de la patria.
Cuando el señor Gustavo trajinaba en el comedor sirviendo á los
parroquianos que llegaban boquisecos y con ganas de cerveza y de broma,
el pequeño Thom iba á sentarse en la _terrasse_ del establecimiento,
ante el cual el bosque de Bolonia dilataba su inmensidad verde. Los
crepúsculos de aquellas tibias tardes primaverales eran muy dulces: el
cielo azul, donde la luz solar iba amortiguándose en una gama de
palideces incontables, se cubría lentamente de nubecillas blancas y de
cirrus rosáceos de una delicadísima transparencia ambarina; la
muchedumbre que regresaba á París dejaba tras sí un silencio, un gran
silencio hierático, que se oía; á lo largo de las Avenidas, el ruido de
los coches y el alarido crepitante de las bocinas de los automóviles
disminuía, se emborronaba, en la distancia; la nube de polvo, semejante
á un halo de muchos kilómetros, que levantó la multitud al pasar,
descendía de nuevo á la tierra y la atmósfera recobraba su limpidez, y
en la diafanidad luminosa del espacio, las frondas del bosque recortaban
una línea ondulante y cerúlea. Y según el estrépito efímero de los
hombres cesaba, la Naturaleza reaparecía solemne, avasallante, en su
doble gesto magnífico de silencio absoluto y de eternal quietud.
De la lejanía llegaban piar de pajarillos adormilados y murmurios de
arroyos, que hasta entonces parecieron callados, y que traían deseos de
paz al alma de Juan Thom. Horas antes, los pulmones del pequeño jockey
se habían congestionado en la angustia de la carrera, y cuando, como
siempre, llegó el primero á la meta, sus mejillas tenían la palidez de
la carne muerta. Ahora descansaba; sus labios exangües se abrían con
deleite á las brisas, y en el círculo bermejo de las pestañas, los
ojillos azules que hundió la fatiga recobraban su vivacidad. Su alma
sencilla se desperezaba en este bienestar físico.
--¿Hasta cuándo viviré así?--pensaba--; esto no puede durar siempre; es
preciso concluir...
Y sin ser filósofo ni entender un ápice de problemas trascendentes, el
diminuto Thom, que era un hombrecillo perfectamente vulgar, se
interrogaba con desaliento:
--¿Para qué defiendo tanto una vida en la que no he conseguido ser
dichoso?...
El hilo de estas meditaciones melancólicas solía romperlo el señor
Gustavo, siempre con delantal y en mangas de camisa, rojo, hercúleo,
lleno de salud y de risas sobre sus zapatones claveteados y sonantes.
--¡Hola, señor Thom!--gritaba el bordelés--; ¿en qué se piensa?
El jockey se estremecía, aturdido por la pregunta inesperada, y tardaba
un poco en contestar. Luego decía:
--¡Qué sé yo!... estaba aburrido...
--¿Cuándo volvemos por España?
--No sé; pero crea usted que cualquier día me voy.
--Es natural. ¡Qué diablos! Yo también tengo ganas de marcharme á
Burdeos. ¡Aquel cielo... no hay otro!... Además, yo creo que los
hombres, después de correr el mundo, deben irse á morir al sitio en
donde nacieron.
Se sentaba y, familiarmente, con liberalidad meridional, de la botella
que había pedido el jockey, se servía un generoso vaso de vino.
--¡A su salud!--exclamaba.
Y, levantándolo en alto, lo vaciaba de un trago, Juan Thom le
contemplaba sonriendo, y se reconocía más insignificante y desmedrado
que nunca, ante la mole atlética del tabernero carcajeante y sanguíneo
que olvidaba su viudez abrazando estrechamente á las criadas de la
vecindad, y que al hablar descargaba puñetazos terribles sobre las
mesas.
El señor Gustavo tenía una hija, Marta, con quien Juan Thom echaba
largos párrafos. Era una muchacha morena, un poco triste, de ojos
juiciosos y honrados, que sugerían dulcemente la idea de formarse un
hogar. El jockey solía hablarla de España, y aunque sus relatos eran
verídicos y nada extraordinario ponía en ellos, la joven le escuchaba
atentamente, atraída por esa leyenda de amores y de sangre que rodea á
los países favoritos del sol. Un día en que su conversación fué más
íntima, Marta le interrogó:
--¿Tiene usted padre?
--No.
--¿Y madre?
--Tampoco.
--¿Y hermanos?
--Tampoco tengo hermanos. Soy solo en el mundo. En España nadie me
espera. No conservo allí ni siquiera un amigo...
--¡Es raro!
--Sí... ¡muy raro!... Es decir...
Y ella, sin saber por qué, quedóse triste, y por primera vez advirtió
que Juan Thom era muy feo y que tenía los cabellos grises. Sorprendido
de verla tan callada, el jockey preguntó:
--¿En qué piensa usted?
--En nada; en eso...
Thom cerró los ojos y su memoria buceó inútilmente en las tinieblas del
Hospicio. Allí estaba su niñez, sus recuerdos arrancaban de allí...
Pero, ¿y antes?... Y de pronto tuvo deseos de llorar, porque sintió que
la vida no había tenido besos para él.
A la tarde siguiente, Juan Thom no pudo hablar con Marta. Era domingo y
la taberna estaba llena de parroquianos sedientos, que reían y charlaban
á gritos; las luces palidecían en el humo de las pipas. Thom, desde la
_terrasse_, miraba al interior del establecimiento. El señor Gustavo, en
pie, detrás del mostrador, al aire los antebrazos, peludos como los de
un fauno, parecía presidir la reunión. Marta iba de una mesa á otra,
solícita y grave á la vez, y al inclinarse hacia adelante para servir un
bock de cerveza ó recoger unos vasos, sus pechos vibrantes y eréctiles
se dibujaban audaces bajo la fina tela del corpiño.
Thom observaba á la joven, y una melancolía, que era casi una angustia,
iba apoderándose de él; también advirtió que varios bebedores, que ya
empezaban á mostrarse borrachos, la miraban con avidez.
¿Por qué de todas las perfecciones femeninas el seno es lo que más
despierta y alborota la lascivia del hombre; y por qué á las mujeres,
especialmente á las muy predispuestas á la maternidad, es allí,
justamente, donde más gustan de ser acariciadas? ¿No hay en todo ese
poderío lujuriante de los senos, que alimentan la vida del recién
nacido, como «una voz de la especie»...?
En esto pensaba Juan Thom, y al mismo tiempo sentía un desasosiego
extraño y doloroso, que era como una amenaza, como el presentimiento de
un peligro que iba acercándose. Empezó á monologuear:
«Si Marta fuese novia mía y cualquiera de estos barbarotes la faltase al
respeto de obra ó de palabra, ¿qué iba á hacer yo?...»
Y al sentirse obligado á responder á esta pregunta, la idea de que era
pequeñuco, raquítico y débil, le hirió en su dignidad de hombre y de
amante como un cuchillo.
El jockey acababa de vaciar su botella, cuando el peligro esperado
llegó. Un parroquiano, que había pedido un bock de cerveza, trabó
conversación con Marta: era un individuo barbirrubio, vestido con traje
de pana, que reía groseramente. La joven quiso marcharse, pero su
interlocutor la retenía por el delantal, y los ojos de los amigachos que
trasegaban con él ardían en deseos. De pronto, aprovechando un momento
en que el señor Gustavo se hallaba vuelto de espaldas al salón, el
individuo del traje de pana extendió un brazo y su mano torpe,
hambrienta cual una garra, se crispó gozosa sobre el seno de Marta. La
moza dió un grito, y Juan Thom, fuera de sí, penetró en la taberna. Con
la agilidad de un gato se lanzó sobre el insolente.
--¡Canalla!--gritó.
Al sentirse agredido, el borracho se puso de pie, esperó á que el jockey
repitiese su acometida y luego, de un solo puñetazo, le tiró al suelo,
hecho un ovillo, á los pies de Marta. Afortunadamente para Thom, el
señor Gustavo acudía á su defensa: adivinaba lo ocurrido.
--¡Trueno de Dios!...
Las sílabas del juramento favorito del buen pueblo francés pasaron
silbando por entre sus dientes, que crispaba la cólera. El borracho
trató de defenderse, pero su resistencia fué vana: el tabernero le cogió
por las solapas con una mano, para asegurar bien el golpe que iba á
darle con la otra, y en seguida, de un puñetazo recto y seguro le lanzó
hasta la _terrasse_ con la cara rota y bañada en sangre.
Aquella noche Juan Thom cenó con el señor Gustavo; Marta comía con
ellos, pero á cada momento se levantaba para servirles. Los dos hombres
comentaron el lance, machacando pesadamente sobre los mismos detalles:
Juan Thom acababa de vaciar su botella y se hallaba en la _terrasse_, de
cara á la taberna y mirando á Marta; el señor Gustavo estaba detrás del
mostrador y dando la espalda al salón; en aquel momento...
--Pues si no acude usted tan á tiempo--declaró el jockey con llaneza
simpática--, ese tagarote da fin de mí.
--¡Vaya!... Pero conmigo la criada le salió respondona. ¿Eh?... ¡Tengo
los puños muy sólidos! Al que yo le trabe por el cuello, ya puede
despedirse de su familia...
Hablando así, el tabernero reía á carcajadas, con una violencia tonante
que hacía vibrar la cristalería de los armarios. Bruscamente,
reconociendo al jockey humillado, se interrumpió para decir:
--¡Caramba! ¡Pero usted es valiente!
Juan Thom, modestamente, bajó los ojos. El señor Gustavo repitió:
--¡Ya lo creo! Es usted un bravo... Porque hay que considerar que usted
no tiene fuerza... que á usted, de un estornudo, se le tira al suelo...
Y como el jockey no contestase, Marta repuso:
--Sí; el pobre no ha podido hacer más... ¡Pero, como es tan pequeño!...
Thom miró á la joven y su mirada fué una lágrima. Marta, que era más
alta que él, le compadecía. Nunca se sintió el infeliz más
insignificante que entonces.
Después entraron dos parroquianos, y el señor Gustavo, que ya había
cenado, fué á servirles. Juan Thom bebió solo su café. De cuando en
cuando suspiraba y miraba al espacio fumando su pipa. De pronto
experimentó cierto dulce alivio. Acababa de sorprender á Marta
observándole desde detrás del mostrador, por encima del periódico que
aparentaba leer atentamente.
V
Una mañana, al despertar, Juan Thom se preguntó:
--¿Por qué estoy tan triste?
Era, efectivamente, la suya una melancolía antigua y de honda raigambre
que le había mordido reiteradas veces, pero sin que él supiese que
aquello tan profundo, tan frío, que le robaba todo voluntario impulso y
le explicaba la voluptuosidad de morir, se llamaba así: tristeza.
Mientras se vestía, el pequeño Thom volvió á interrogar á su conciencia
á propósito de aquel malestar que iba invadiéndole poco á poco como una
ola amarga; y al hacerlo fué en alta voz, cual si alguien que no fuera
él mismo hubiese de responder á su pregunta:
--¿Por qué estoy tan triste?
No era la nostalgia de hallarse expatriado, ni la de ser feo, ni la de
vivir pobremente, á pesar de lo mucho que llevaba trabajado: era algo
más, otra cosa... ¿Qué podría ser?... Hasta que su desasosiego
innominado tuvo un semblante y un nombre. Aquella revelación fue
inesperada y deslumbrante, como obra de embaucamiento ó de hechizo.
--Estoy enamorado de Marta...--pensó con estupor Juan Thom.
Y era así: en las almas los movimientos se generan y hállanse sometidos
á las leyes mecánicas que gobiernan el dinamismo de las máquinas. En
éstas, por ejemplo, el impulso que hace resbalar unos sobre otros los
engranajes de tres ó cuatro ruedas pequeñas, se comunica á lo largo de
las correas de transmisión á otros engranajes más grandes, y de éstos á
otros mayores aún, y al cabo á un volante gigantesco y de tremendo vigor
que, al alimentar con su trabajo la vida de la fábrica, reasume y
expresa las energías que todas las ruedas, árboles, émbolos, engranajes,
distributores y correas, desarrollaron antes que él. Lo mismo ocurre en
las almas, donde no es raro que todo cuanto en ellas dejó la herencia,
el temperamento, la educación, el ejemplo y demás factores que cooperan
á la formación de los caracteres, bruscamente se aúne, y los
sentimientos que antes parecían antagónicos, luego se fundan para correr
por el mismo cauce y componer una solitaria y todopoderosa corriente.
Esta transformación sorprendente y maravillosa como mutación de comedia
de magia fué la que, en el curso rapidísimo de una noche, varió el alma
sencilla de Juan Thom. El, poco acostumbrado á la meditación, había
vivido ignorante de sí mismo y alejado de su propia conciencia: él, que
nació inclusero, experimentaba, por atavismo sin duda y sin saberlo, la
nostalgia de la madre y del padre que no conoció; él, inadvertidamente,
acaso padecía también la melancolía de envejecer lejos de su patria, la
ausencia total de afectos entrañables, la inanidad desesperante de la
gloria, el aterido cansancio de una existencia que ya declinaba y aún no
tenía rumbo, el espanto de tumba de las almas que caminan solas. Y
repentinamente, estas desilusiones secretas, que correspondían á otros
tantos deseos, se fundieron en un brusco anhelo; impulso único,
despótico, rectilíneo.
Según las arterias recogen toda la sangre de los vasos capilares, ó como
un río cosecha las aguas todas de la cuenca hidrográfica donde nace, así
las ilusiones, las desesperanzas, los arrebatos, los recuerdos, cuanto
el espíritu de Juan Thom había vivido y esperaba vivir aún, se sintetizó
y mezcló en un gesto que tenía un nombre de mujer: Marta. Y ya no pensó
mas que en aquello: era indispensable acercarse á ella, conquistarla:
allí estaba el norte seguro de sus alegrías, el remedio inefable de
todos sus despechos.
Y Juan Thom, mientras terminaba de anudarse la corbata delante del
espejo, afirmó decidido:
--Sí, por eso estoy triste; porque estoy enamorado de Marta y yo no lo
sabía...
La tarde en que el jockey se resolvió á declarar su cariño á la joven,
ésta le oyó sin inmutarse, con esa frialdad que inspiran las
confesiones poco deseadas y que se han visto llegar lentamente.
--Por mí--dijo--no hay inconveniente; usted me parece un hombre bueno...
eso es lo principal. Pero necesito saber la opinión de mi padre: yo no
hago nada sin su consentimiento.
--En tal caso--repuso Juan--, hablaré con él...
--Como usted guste.
La conversación de Juan Thom con el señor Gustavo se redujo á una
cuestión de números: la dote de Marta no llegaba á quince mil francos.
Juan, por lo visto, no tenía mucho más, y con treinta mil francos nadie
se establece decorosamente. Tímidamente Juan insinuó sus deseos, cada
día más notorios, de retirarse al campo. El tabernero le interrumpió:
Marta, acostumbrada al bullicio alegre de París, no querría vivir en un
pueblo, y menos separada de su padre.
--Yo no la he interrogado acerca de esto--terminó--; pero la conozco y
creo que no accederá...
Ante el señor Gustavo, saludable, hercúleo, casi rico, con el crédito
que le daba un negocio boyante y la obediencia de la mujer amada, el
pequeño Thom se sentía anonadado y minúsculo, ¡Y si él hubiera podido
oponer á las exigencias, un tanto impertinentes, de su presunto suegro,
la afirmación de que Marta le quería!... Pero la joven se lo había dicho
bien claramente: «Yo no hago nada sin consentimiento de mi padre». No
tenía, por tanto, armas con qué luchar y debía someterse á lo que la
parte enemiga decidiera.
--Y, más tarde--prosiguió el tabernero triunfante--, cuando vengan los
hijos, ¿qué harían ustedes?
El jockey, sin levantar los ojos del suelo, movía la cabeza reconociendo
con aquel signo afirmativo que el señor Gustavo tenía razón.
--Trabaje usted algunos años más--concluyó el tabernero--, y ya veremos.
Mi hija todavía no necesita casarse. ¿Sabe usted qué edad tiene?...
--Tendrá... ¿veinte años?
--Diez y nueve nada más. Es demasiado joven.
--Sí, ella es joven--repuso Thom suspirando--; ella puede esperar... ¡ya
lo creo!... Pero yo, no; yo voy siendo viejo...
A pesar del resultado negativo de aquella primera gestión, Juan Thom
continuó yendo á la taberna casi todas las tardes. Una veces cenaba allí
y luego, mientras bebía su café y fumaba dos ó tres pipas, se abismaba
en la lectura de un periódico; otras, en que tenía prisa, tomaba un bock
y se iba. Marta, en pie delante de él, las manos metidas en los
bolsillos de su delantalito blanco festoneado de encajes, le despedía
con una sonrisita amable.
--Buenas noches, señorita Marta.
--Buenas noches, señor Thom; hasta mañana.
Esta despedida trivial en que había como un deseo de volver á verle,
consolaba al jockey.
--Si no volviese--se decía--creerían que me consideraba ofendido y
hablarían mal de mí.
Los lunes, que eran días de poco trabajo, el señor Gustavo y su hija
cenaban con él. El tabernero era muy aficionado á las carreras de
caballos, en las que todos los domingos arriesgaba tres ó cuatro luises.
La amistad del pequeño Thom le había sido muy útil; gracias á él llevaba
ganados en aquellos dos últimos meses más de seiscientos francos, y esto
le inspiraba un fuerte agradecimiento hacia el jockey.
--¿Cómo se las arregla usted--decía--para conocer tan perfectamente la
condición de cada caballo? Si yo poseyese tal habilidad, le aseguro á
usted que, antes de llegar á viejo, era millonario.
Inmóvil y pálido como una figura de cera, Juan Thom replicaba guiñando
los ojillos.
--Ese es un don que no se adquiere en ninguna parte. Yo no «estudio» al
caballo que voy á montar: yo lo «adivino»...
Hablaba de _Rick_, que era su pasión, su orgullo: describía su
complexión, su color, la expresión de su mirar, su aliento soberano.
Para distraer á sus interlocutores y convencerles de que los mejores
caballos son los alazanes obscuros ó tostados, refirió una historia que
oyó contar, siendo niño, á su amo y maestro don Pedro del Real.
Decía la leyenda que cierto _cheik_ ciego iba guiado por su hijo,
huyendo de un tropel de furiosos enemigos. «--Hijo--preguntó el
_cheik_--, ¿qué caballos montan nuestros perseguidores?--Caballos
blancos, padre.--Entonces, llevémosles por donde haya sol, porque bajo
el sol se derretirán como si fuesen de nieve...» Transcurrieron así
varias horas, pasadas las cuales tornó á preguntar el _cheik_: «--Hijo,
¿cómo son los caballos que oigo galopar detrás de nosotros?--Son negros,
padre.--Pues procura llevarlos por terreno áspero, porque á fuer de
casquiblandos se romperán los cascos en el suelo...» Pero luego, como
sintiese el anciano jefe que el estrépito de sus acosadores resonaba más
cerca, volvió á informarse con inquietud del color de los caballos que
montaban, y al saber que eran alazanes exclamó: «En tal caso, lo mejor
es ocultarnos y dejarles pasar. De lo contrario, somos muertos».
--Y así es _Rick_--concluyó Juan Thom--como esos caballos árabes que
corren sin sudar, durante todo un día, bajo el sol del desierto.
Proseguían charlando hasta las nueve y media ó las diez de la noche,
hora en que el jockey, que necesitaba madrugar, se retiraba. Al
marcharse, el tabernero, más afectuoso que antes, le acompañaba hasta la
puerta, mirándole con ojos de enternecimiento y simpatía que parecían
decirle: «No crea usted que he olvidado la conversación que tuvimos una
tarde: mi hija y yo pensamos en usted».
Una noche el señor Gustavo y Marta invitaron á Juan Thom á cenar; los
dos parecían preocupados y hablaron poco. A los postres el bordelés
preguntó:
--Diga usted, amigo Juan: ¿usted tiene mucha confianza en _Rick_?
--Tengo más confianza en él--repuso gravemente el jockey--que en mí
mismo.
Hubo un largo silencio que desconcertó á Thom. Aquella pregunta
inesperada acababa de precipitarle en un abismo de dudas. Los dos
hombres se miraban, fumando sus pipas: Marta leía un periódico. El señor
Gustavo fue quien habló primero:
--¿_Rick_ no ha sido vencido nunca?
--Jamás--repuso Thom, cuyos ojuelos llamearon de soberbia.
--Es que el mejor caballo, en un momento cualquiera puede flaquear...
despistarse...
--¡Pero éste no!--interrumpió Thom orgulloso y magnífico--: yo respondo
de él. ¡_Rick_, bajo mis rodillas, es invencible!
En aquel instante el pequeño jockey aparecía transfigurado y mejorado:
su perfil simiesco temblaba de emoción colérica. Marta había dejado de
leer y fijaba en él una mirada rectilínea de curiosidad y de sorpresa.
El señor Gustavo descargó un formidable puñetazo sobre la mesa, y
levantando mucho la voz, en una sincera explosión de generosidad:
--Pues, si es así--dijo--, Marta juega los quince mil francos de su dote
á _Rick_... ¡Y se casan ustedes!
Un livor cadavérico cubrió las mejillas pecosas y enjutas del jockey, y
mortal temblor sacudió su pobre cuerpo enano.
--¿Es verdad, Marta?--balbuceó--¿es verdad lo que dice el señor
Gustavo?
Y la joven, sonriendo apenas, repuso:
--Sí, señor Thom: mi padre lo ha dicho... Juan Thom sintió que la
emoción le ahogaba: el agradecimiento y la alegría arrasaron sus ojos en
lágrimas y rompió á llorar.
--Gracias--tartamudeaba--, muchas gracias... Ya soy feliz... ya no
dudo... ¡Marta será mía!...
Calló y, sin saber qué hacía, se puso de pie; pero en seguida tuvo que
sentarse. Estaba deslumbrado: ante sus ojos acababa de pasar una gran
luz.