Juan Thom, que ya llegaba á los cuarenta años, adoró en _Rick_, en quien
su asotilado instinto de viejo jockey adivinaba cualidades
extraordinarias de agilidad, vigor y coraje.
En cierto modo, esta pasión fué la resultante del ambiente que le
circundaba. El buen Thom, raquítico y feo hasta lo bufo, con sus
piernecillas estevadas, sus brazos largos y nudosos y su cabeza de
simio, no había sabido formarse una familia. Además, le asustaba vivir
siempre bajo los cielos, un poco tristes, de París ó de Londres.
Realmente, Juan Thom, que guardaba algunos ahorros y empezaba á saberse
viejo, sentía recónditos y callados deseos de volver á España. Aquella
desilusión de su vida actual era en él como un atavismo; la necesidad
melancólica que todos los hombres que habitaron constantemente en
grandes urbes experimentan de regresar al campo, cual si repentinamente
vibrase en sus entrañas el amor á la Naturaleza, á los arroyos
murmurantes, á las selvas umbrosas, á la tierra madre, bienhechora y
munífica, que adoraron con culto panteísta sus progenitores, los remotos
aborígenes, salvajes y desnudos. Juan Thom soñaba con su vieja Castilla,
seca y llana: se establecería en un pueblo, compraría una casita,
cuidaría una huerta y luego, cuando la casualidad le deparase una mujer
buena y guardadora de su hacienda, se casaría y tendría hijos, y moriría
olvidado y tranquilo, lejos del estruendo fragoroso de los hipódromos.
La aparición de _Rick_ vino á quebrar momentáneamente estos cristianos
propósitos de serenidad y alejamiento. Juan Thom lo vió nacer, él
presidió su vida, él, á fuerza de tesón, quitóle toda mala estirpe de
resabios y defensas, ejercitó su inteligencia, infundió á su condición
voluntariosa arrestos temerarios, nutrió sus músculos, dió á sus
miembros, con ayuda de sabios ejercicios, aquellas proporciones
agigantadas que ningún otro caballo había de igualar después, y puso en
su instinto ese ramalazo de fiero orgullo que decide de la victoria en
todos los combates.
A los cinco años _Rick_ tenía nueve dedos sobre la marca. Era alazán, de
un alazán tostado y brillante. El sangriento color del ollar y la mirada
ardiente de los ojos negrísimos, daban á la cabeza expresión poderosa y
temible. Era muy abierto de pecho, redondo de grupa y acopado de cascos;
el dorso ondulante, la boca asegurada y fresca. Sus remos, flacos y
largos, ignoraban el cansancio y abarcaban un tranco enorme; al caminar,
todo su cuerpo vibrante temblaba, siguiendo al cuello erguido y
robusto, que parecía arrastrarlo tras sí, hacia el horizonte. Era
gigantesco como _Eclipse_, ágil como _Vermouth_, voluntarioso y
arrebatado como _Monarque_. Celoso de su poder, no consentía la vecindad
de ninguna sombra; el menor ruido le sobresaltaba; sus orejas
levantadas, más que pasmo, revelaban cólera; siempre parecía fugitivo, y
sin cesar sus ojos iban de una parte á otra, mirándose las ancas, como
asustado de sí mismo. Su figura imponente amedrentaba á sus
competidores; en las cuadras del conde Narciso había un caballo que
cuando se hallaba en algún _canter_ con _Rick_ se abocinaba y cubría de
sudor.
Los días de carrera, por la mañana, Juan Thom entraba en la caballeriza
á saludar á _Rick_.
--Hoy hay lucha, _Rick_--decía--; es preciso portarse bien.
El noble animal miraba al jockey, luego resoplaba, y su belfo descubría
los dientes descarnados y amarillentos, ensayando una sonrisa ufana.
Thom, entonces, le daba nalgadas sonoras, le acariciaba la crín, le
besaba el ollar y le decía al oído palabras de amor. El bruto,
agradecido, amorraba la cabeza y entornaba los ojos...
Sobre la pista del hipódromo, Juan Thom y _Rick_, al formar un cuerpo
gobernado por una sola y omnipotente voluntad, resucitaban la fábula del
centauro. Impetuoso en la acometida, é infatigable y tenacísimo en la
carrera, _Rick_ tenía algo del poder de los elementos cósmicos. Su
arranque era terrible siempre, casi decisivo; pero en la lucha, su
voluntad ardiente y dura, como hecha de fuego y de diamante, no
encontraba rival. Su impulso, además, era consciente: Thom podía dejarle
las riendas sobre el cuello, seguro de que _Rick_ no desaprovecharía
ninguna ocasión para vencer.
No satisfecho con esta perfecta alianza, Juan Thom había enseñado á su
caballo un grito gutural que, á modo de conjuro, poseía la virtud de
enajenarle y desbocarle.
--¡Gruiiii!... ¡Gruiiii!...
Era un alarido ronco, breve, de una modulación suigéneris, clarineante y
salvaje, que el astuto jockey sólo lanzaba en los trances de peligro
extremado; una voz cabalística que acaso hería los centros cerebrales
del animal y le trastornaba. Este recurso nadie, ni aun el mismo conde
Narciso, lo conocía; pero, aunque alguien lo hubiese sabido, no hubiera
podido utilizarlo. La virtud de esas palabras que penetran hasta el
fondo de ciertas almas, depende, más que de su significación escueta,
del modo como son pronunciadas y de la simpatía que medie entre quien
habla y quien escucha. Una mujer oye decir: «te amo», á un hombre que la
es indiferente, y permanece fría; pero se lo dice el galán que ella
quiere, y se vuelve loca.
Juan Thom sabía esto, y la fuerza de fascinación que tenía sobre su
caballo dábale la seguridad de ser invencible. Varias veces probó la
capacidad empujadora del grito aquel.
--¡Gruiiii!...
Y siempre llegó el primero á la meta. Al oirlo, _Rick_ poníase fuera de
sí: instantáneamente bebíase la brida, estiraba el cuello, sus cuatro
remos formaban con su vientre una línea horizontal, y botaba, cual si
algo eléctrico estallase en su interior. Piedra disparada por honda
parecía; su velocidad era la velocidad silbante de la flecha. Volaba.
Las multitudes, atónitas, saludaban con un rumor de pasmo aquel correr
inaudito.
Montado sobre el lomo temblequeante y enorme de _Rick_, el diminuto Juan
Thom, cuyas espuelas apenas alcanzaban al vientre de su cabalgadura,
parecía un mono con dolor de estómago. Y, no obstante, para Thom, el
vencedor de todas las carreras, eran los aplausos y los apretones de
manos y las sonrisas, á veces voluptuosamente prometedoras, de las
mujeres elegantes que llenaban las tribunas. Con su gorrilla de visera,
su chaquetilla de seda roja, su ceñido pantalón blanco y sus chambergas
de charol, Juan Thom era, sobre el verde tapete de los hipódromos,
grande como un rey. Su busto exiguo permanecía rígido, insensible al
incienso; su boca fina, desdeñosa, casi imperceptible como la herida de
un bisturí, no sonreía; sus ojos pequeños y buídos miraban al espacio
inquietos, devorando la distancia. A lomos de _Rick_, Thom era la
encarnación del dios Exito: las victorias del célebre caballo, haciendo
oscilar millones de francos, tenían la importancia de una gran jugada de
Bolsa. Un crítico, refiriendo el último triunfo de Juan Thom, dijo que
con los billetes de Banco que _Rick_ había ganado podría alfombrarse el
Campo de Marte.
Los cuidados idolátricos de que Thom rodeaba á su caballo, el ahinco
suicida que ponía en afilarse y disminuir para pesar sobre _Rick_ lo
menos posible, las zozobras de vanidad y de interés que nublaban su
ánimo, la semana de inquietudes febriles que precedía á los grandes
torneos hípicos, los peligros de la lucha, y, más tarde, los aplausos
cobrados en aquella incesante y apretada colaboración, habían
robustecido los vínculos del amor casi paternal que el jockey profesaba
á su caballo.
Repasando sus recuerdos volvía con frecuencia á la memoria de Juan la
impresión del despacho donde, muchos años antes, vió por primera vez al
conde Narciso. El aspecto de aquella habitación persistía en su espíritu
con detalles minuciosos: los muebles de gutapercha, los armarios
abarrotados de volúmenes, sobre cuyos tejuelos rielaba la luz mañanera,
los retratos de jockeys y de caballos célebres diseminados por la
uniformidad gris de los muros. Y también revivía el anhelo ambicioso que
la severidad del despacho aquel suscitó en su ánimo: «¡Si yo llegase á
ser un jockey de prestigio mundial! Si yo alcanzase la fortuna de tener
un caballo que pasase á la posteridad como _Eclipse_ y _Monarque_!...»
Ahora reconocía que la vida no fué mala para él: había triunfado, todos
sus deseos estaban cumplidos, y ello le producía una ecuanimidad dulce y
honda.
Al revés de lo que suele ocurrir en el teatro, donde no es raro que el
primer galán, aunque esté enamorado de la primera actriz, se muestre
mortificado y celoso de los aplausos tributados á su compañera, la
celebridad cosmopolita de _Rick_ no era mas que la corroboración ó
complemento de la celebridad de Juan Thom. La popularidad les acariciaba
igualmente: el color de las blusas sedeñas del pequeño Thom dirigía la
moda en las temporadas de primavera y de otoño; un zapatero parisino
puso á la venta unas botas chambergas idénticas á las usadas por él y
que llevaban su nombre; las cabezas del jockey invencible y de _Rick_
aparecieron juntas muchas veces sobre la primera página de las revistas
ilustradas.
Juan iba hacia la inmortalidad, y le llevaba _Rick_, que era su obra
maestra, casi su hijo. Así, jamás con mayor razón que entonces pudo
decirse de ningún artista que caminaba hacia el triunfo montado sobre su
historia.