Cuando don Pedro del Real murió, Juan Francisco entró al servicio del
conde Narciso, que tenía caballerizas en París y era dueño de la yegua
_Turia_, que el año anterior ganó los cien mil francos del
«Jockey-Club».
El conde Narciso gozaba fama de ser uno de los más inteligentes y
expertos caballistas de Europa. En sus cuadras poseía yeguas magníficas
del Irak y sementales soberbios procedentes de las antiguas y gloriosas
caballerizas del conde de Lagrange, el primer francés que arrancó á los
ingleses el codiciado premio Derby. De estos cruces, sabiamente
calculados, había nacido una raza de caballos admirables por su tamaño,
su acabada traza y su ardimiento, con los cuales su dueño había ganado
en los _turf_ de Londres y de París muchos millares de francos. Sobre
los caballos del conde, que pagaba las montas con extraordinaria
largueza, habían pasado los mejores jockeys de Europa, pero muy pocos
lograron merecer su simpatía y menos su confianza.
Era el conde Narciso un hombre como de cincuenta años, elegante y
correcto, un poco frío, que siempre vestía trajes de color gris hechos
en Londres, y estrenaba diariamente un par de guantes blancos. A los
jockeys les recibía de pie, les examinaba rápidamente y luego les
despedía con un gesto desdeñoso, inapelable, de rey.
--Por ahora--decía--no me conviene usted...
Y les volvía la espalda. Así, el favor del conde Narciso fue considerado
en la profesión de jockey como un doctorado.
Juan Francisco fue á visitarle provisto de buenas cartas de
recomendación; no obstante, iba medroso y balbuciente, como estudiante
que va á examinarse de una asignatura mal aprendida. Acababa de cumplir
veinte años: era un hombrecillo minúsculo, cenceño, flexible y vibrante,
cual si su carne acerada careciese de armazón ósea. Con el tiempo, aquel
raquitismo caricaturesco que tanto entusiasmaba al veterano don Pedro
del Real, habíase exagerado hasta lo inverosímil. Un copioso plantel de
cabellos rojos cortados á rape cubría su cráneo dolicocéfalo, chato y
largo; tenía la frente breve y deprimida, cortada transversalmente por
dos hondas arrugas paralelas; los ojos pequeños, redondos y azules; la
corva nariz avanzaba, atrevida y tajante, como una arista; el
prognatismo enfermizo de su mandíbula inferior hundía las mejillas y
afilaba el semblante exangüe y pecoso: era una verdadera mandíbula de
jockey, que salía al tropiezo del horizonte y parecía hecha para cortar
el aire.
Un criado condujo á Juan Francisco al despacho del conde.
--Tenga usted la bondad de esperar--le dijo--; el señor conde está
bañándose.
El joven jockey permaneció de pie, inmóvil sobre sus piernecillas
abiertas, lleno de zozobra dentro de su amplio gabán color café. La
habitación donde se hallaba tenía dos ventanas á un jardín, y era
espaciosa y clara. Cubrían las paredes largos armarios repletos de
libros lindamente encuadernados, sobre cuyos tejuelos de diversos
colores la luz se reflejaba alegre. Aquí y allá, en estudiado desorden,
aparecían escenas hípicas y retratos de jockeys y de caballos famosos.
Sobre la chimenea, y como en lugar preferente, estaba la fotografía de
Grimshaw, que ganó montando al caballo francés _Gladiateur_ el premio
Derby; y á su lado la del jockey Fordham, campeón invencible de las
carreras largas. En artísticos marcos forrados de felpa, cuyo lozano
color verde traía el recuerdo de los hipódromos, aparecían varias
cabezas de corredores célebres: la de _Monarque_, padre de _Gladiateur_
y de toda una generación de terribles corredores; la de _Liouba_, su
yegua favorita; la de _Vermouth_; la de _Eclipse_, el mejor caballo del
siglo XVIII, vencedor de _Bucéfalo_, y uno de cuyos cascos, metido en un
hermoso objeto de arte, fue regalado como premio en una carrera de la
«Copa de Ascot». En la entreventana, ocupando también lugar ostentoso y
preferente, había un retrato del famoso Baucher...
Contemplando aquella exposición de celebridades hípicas, Juan Francisco
pensaba:
--¡Si yo mereciese algún día el honor de figurar aquí!...
La puerta del despacho acababa de ser abierta lentamente, y bajo los
pesados cortinajes de color musgo que la cubrían apareció la figura
correcta y simpática del conde Narciso. Su calva noble y tranquila de
hombre mundano brillaba á la luz; cubría sus mejillas, bronceadas
ligeramente por el aire libre y el sol, una bien cuidada barba, corta y
blanca. Vestía, según costumbre, un traje gris claro; el ancho pantalón
caía aplomo, conforme á los severos cánones de la elegancia inglesa,
sobre las botas de charol reluciente.
Juan Francisco se inclinó respetuoso, los pies juntos, los brazos
rígidos á lo largo del busto. Ante aquel hombrecillo grotesco que volvía
á la memoria el recuerdo de las teorías darwinianas, el conde pareció
satisfecho. El jockey esperaba que su interlocutor le dirigiese algunas
preguntas, pero se equivocó: el conde Narciso limitóse á observarle,
desnudándole y sospesándole cuidadosamente con la mirada: vió su frente
estrecha, su barbilla tajante, llena de voluntad, su tórax angosto que
apenas opondría resistencia al aire; y al mismo tiempo sus ojos
inteligentes apreciaron la terrible fuerza nerviosa de aquel cuerpecillo
enano.
--¿Cuánto pesa usted?--preguntó.
--Cuarenta y ocho kilogramos.
--Está bien.
--Pero aún espero llegar á los cuarenta y cinco.
Por las cejas, poco inclinadas á la sorpresa, del conde Narciso, pasó un
ligero temblor admirativo. Parecía encantado. Juan Francisco acababa de
conquistarle, más que con su aspecto, por aquellas contestaciones breves
y seguras donde latía, como un fanatismo, ese «amor al caballo» que
llena el alma de los jockeys de raza.
--¿Cuánto deseaba usted ganar?--preguntó el conde.
--¡Oh!... de eso, si al señor le parece, hablaremos más adelante, cuando
el señor vea de cerca lo que yo valgo.
--Perfectamente. Entonces, á partir de este momento, queda usted á mi
servicio, y mañana mismo saldrá usted para París.
--Como el señor disponga.
--Pero necesito, y esto es indispensable, que antes cambie usted de
nombre: procúrese usted un apellido exótico y monosilábico, que
impresione fácilmente el oído.
Juan se inclinó ceremoniosamente y salió. Desde aquel día, el obscuro
hospiciano que siempre había firmado Juan Francisco, comenzó á llamarse
«Juan Thom».
El triunfo que el joven jockey lograba poco después sobre la pista de
Longchamps, le valía un puesto de honor entre los corredores más
famosos de allende el Estrecho.
Juan montaba aquella tarde el caballo _Abril_, un alazán de cinco años,
nuevo en los hipódromos, y del cual, no obstante, los inteligentes
hablaban mucho; lo que los ingleses llaman un _dark-horse_.
La víspera, el conde Narciso había cambiado algunas palabras con Juan
Thom; él no quería decirle nada acerca de cómo debía llevar á _Abril_;
prefería dejarle todas las iniciativas y con ello adjudicarle todas las
responsabilidades. Como si hablase de un viejo amigo, el jockey repuso
tranquilo:
--No pase zozobra el señor conde; _Abril_ y yo nos llevamos muy bien.
Iba á empezar la carrera; el juez de salida dió la señal y los caballos
partieron. Durante los primeros momentos todos los concurrentes
avanzaron en grupo; pero muy pronto _Abril_ dirigió la carrera y
alcanzaba una ventaja de varios metros. Junto á él corría _Prometeo II_,
vencedor del premio Oaks y campeón de los hipódromos británicos, con
quien los ingleses esperaban llevarse aquel año los cien mil francos del
«Gran Premio». Un instante las manos de _Abril_ flaquearon, y _Prometeo
II_, brincando elástico bajo la fusta de su jinete, ocupó el primer
puesto. Fué aquel un momento de indescriptible emoción. El actual rey de
Inglaterra, entonces príncipe de Gales, que estaba en las tribunas,
tremoló sobre su cabeza un pañuelo en señal de victoria, y un _¡hurra!_
gutural y áspero, lanzado por millares de gargantas sajonas, cruzó el
espacio.
Pero Juan Thom no aceptaba aún la derrota. Su alma latina, invencible en
el impulso temerario de la primera impresión, tuvo una resolución
heroica, y desviando con lentitud hábil á su caballo de la línea recta,
lo echó disimuladamente sobre el competidor que le arrancaba el triunfo.
Las rodillas de Thom y del otro jockey chocaron, permaneciendo algunos
segundos estrechamente cosidas y superpuestas; crujieron los huesos; de
pronto Juan Thom, que no perdía la serenidad, sintió en su corva la
presión de la rodilla enemiga; aquella ventaja de tres ó cuatro pulgadas
que acababa de obtener, decidió la lucha en su favor. _Prometeo II_,
desconcertado por la maniobra artera de su rival, que le cortaba el
camino, perdió terreno, y _Abril_ llegaba el primero ante las tribunas,
bajo una lluvia crepitante de aplausos.
Sin familia, sin amigos y dotado de un carácter callado y juicioso, Juan
Thom no tenía, fuera de su oficio, nada que le sobresaltase ni
distrajese. Pasaba las tardes en las cuadras del conde Narciso,
examinando los arreos, modificando la forma de las sillas para
aligerarlas, estudiando la calidad de los piensos, preocupado siempre
por el temor de que los caballos engordasen. Y él mismo andaba sometido
á masajes crueles y á ejercicios gimnásticos que daban á su enjuta
musculatura la sequedad y la dureza del hierro. Refinando mucho sus
alimentos, llegó á comer muy poco: uno de sus grandes empeños estaba
cifrado en tener la cintura de un niño; según Juan Thom, el jockey ideal
debe carecer de estómago.
Así, la confianza que el conde Narciso tenía en la pericia de su primer
jockey era ilimitada. Thom ordenaba los cruces que debían mejorar la
raza de los corredores, y maravillaba la penetración suprema con que
buscaba en los padres las condiciones de agilidad, de voluntad y de
fortaleza, que más tarde habían de resplandecer en el hijo.
Del cruce de la yegua _Rocío_ con un garañón inglés, por el que dió el
conde Narciso ochocientos mil francos, nació _Rick_; aquel terrible
_Rick_, jamás vencido bajo las rodillas de Thom, que varios veterinarios
reconocieron buscando en la anatomía de sus clavículas una complexión
especial.