«Si te cuentan que han visto
volar un caballo y que era
alazán, créelo.»--_(Proverbio
árabe.)_
I
Todo el mundo aristocrático que frecuenta las tribunas de los grandes
hipódromos europeos, conocía la pasión idolátrica que el jockey Juan
Thom profesaba á su caballo _Rick_. Durante cuatro años consecutivos,
_Rick_ fué invencible: su agilidad y su vigor derrotaron las
reputaciones más sólidas; los laureles tan codiciados que se adjudican
en los _turf_ de París y de Londres, fueron para él; ningún corredor
igualó su ímpetu; era infatigable y enorme como _Eclipse_, y ardiente en
la primera acometida como _Vermouth_. Muchos veterinarios curiosos le
examinaron creyendo que sus clavículas ofrecerían una disposición
especial.
El pasado de Juan Francisco era obscuro y sencillo. No conoció á sus
padres, y salió del Hospicio á los doce años para colocarse en el
picadero de un viejo, antiguo desbravador de las caballerizas reales,
que tenía coches y caballos de alquiler.
En el amplio picadero que poseía cerca del Hipódromo aquel hombre grueso
y bajito, á quien Juan Francisco recordaba haber visto en el Hospicio
muchas tardes, fué donde el niño cobró inclinación hacia el arte que
luego había de ocupar su vida; pues el medio es algo que modifica y se
pega al carácter, como se agarran á los vestidos los perfumes. Así,
lentamente, el aspecto de las cuadras, grandes, claras, con su olor á
estiércol, sus suelos asfaltados, sus arrendaderos brillando al sol y
sus frisos de blancos azulejos, iban conquistando la voluntad del futuro
jockey y produciéndole íntimo y fresco contentamiento. Todas las
mañanas, al despertar, el pequeño boy tenía un pensamiento que se
resolvía en una sonrisa.
--Seré jockey...--decía.
Y esta ambición era confortadora, porque daba á su vida, á su pobre vida
naciente, un impulso, un rumbo y un fin.
Desde muy temprano Juan trabajaba activamente barriendo lo sucio,
abrillantando los arneses, quitando el barro á los coches, transportando
cubos de agua de un lado á otro. Era menudito de cuerpo, descolorido y
flacucho de rostro, con ojos pequeñines y azules, rodeados de pestañas
bermejas. Caminaba lentamente y abriendo mucho las piernas, como jinete
que acaba de recorrer una jornada larga y está muy fatigado. El ruido
de sus zuecos, rellenos de paja, inquietaba á los caballos, que volvían
la cabeza para mirarle, amusgaban las orejas y fijaban en él sus ojos
brillantes. Unos resoplaban impacientes, otros atabaleaban el suelo, y
el estrépito metálico de sus herraduras llenaba la soleada quietud de la
cuadra. Al principio aquella curiosidad un poco hostil asustaba al
_boy_; pero luego, con la costumbre, sus temores se disiparon: los
caballos, á su vez, reconociéndole ya como á bienhechor, relinchaban de
gozo al verle, y él concluyó por abordarles sin miedo, dándoles
terroncitos de azúcar y bulliciosas palmadas sobre las ancas, lucias,
brillantes y redondas.
Todas las mañanas, alrededor de las diez, el amo del picadero aparecía.
Se llamaba don Pedro del Real, y los que le conocieron mozo le atribuían
una historia amorosa larga y pintoresca. Pero si don Pedro fué, como
decían, caballista infatigable, derribador temerario de toros y
conquistador dichoso de voluntades femeninas, de aquel pasado galante ya
nada, ó casi nada, quedaba en él. El tiempo artero habíale mudado la
condición, sin duda, quitándole la alegría según fué robándole la
guapeza. Don Pedro hablaba poco; era un espíritu reconcentrado,
hermético, sobre cuyo entrecejo la vida había dejado un pliegue vertical
de dolor. A pesar de esto, Juan Francisco le amaba; nunca le tuvo miedo;
apenas le columbraba acudía á recibirle, y el regocijo del saludo le
arrebolaba las mejillas; era como un grito de su sangre. Fué aquella
una emoción en la que Juan Francisco, ya hombre, meditó muchas veces y
que siempre, sin saber por qué, le dejaba triste...
Cierta mañana don Pedro, contra su costumbre, mostróse comunicativo y de
buen humor. Aquel día nada tuvo que decir de la siempre discutida
calidad de los piensos, ni de la limpieza bruñida de las pesebreras;
todo, según lo examinaba, iba hallándolo bien: los arreos espejeaban al
sol, como debe ser; los coches, recién lavados, trozos enormes parecían
de pulido azabache; el rojo barniz de las ruedas ardía gayamente en la
vastísima amplitud blanca de la cuadra.
Juan Francisco, en mangas de camisa y con un chaleco colorado de hombre
que le llegaba á la altura de las rodillas, seguía á don Pedro,
sorprendido de verle tan contento. El amo, de pronto, pareció reparar en
él; miróle de hito en hito, y como las mejillas escuálidas del muchacho
enrojeciesen de alegría, don Pedro del Real sonrió paternal; después le
trabó por los sobacos, levantóle en alto, bajándole y subiéndole varias
veces y con rapidez, como para apreciar bien su peso, y luego le soltó.
Juan Francisco cayó de pie, y sus zuecos chocaron contra el suelo
crepitando en el vacío sonante del salón. Varios cocheros y mozos de
cuadra contemplaban la escena sonriendo. Don Pedro examinaba al _boy_;
sus piernecillas flacuchas y estevadas, su tórax angosto, la delgadez
esquelética, pero vigorosa, de sus brazos, el prognatismo de su
mandíbula, la nerviosidad de su pestorejo acanalado... y toda aquella
fealdad simiesca, parecían encantarle.
--¿Te gustan los caballos?--preguntó.
--Sí, señor, mucho--contestó Juan Francisco.
--¿Y ya no te dan miedo?
--No, señor.
--Bueno, pues entonces...
Y el antiguo caballista, que sin duda amaba apasionadamente su oficio,
se interrumpía para observar al muchacho, que acaso realizaba el tipo
soñado por él del perfecto jockey, ingrave y fibroso. Continuó:
--¿Tú quieres ser jockey?
Por la bocaza faunesca de Juan Francisco resbaló una sonrisa blanca,
idiota, con esa idiotez del estupor que produce en los hombres la
felicidad. Tardó en responder:
--Sí, señor... ¡Ya lo creo que quiero!
--Conformes; pues yo te enseñaré á montar.
Aquella misma mañana recibió Juan Francisco la primera lección de
equitación, y á partir de tal momento, todos los domingos y días
disantos, maestro y discípulo salían á galopar por la carretera de El
Pardo. Eran excursiones terribles, de las que Juan Francisco, encogido y
raquítico sobre el lomo sudoroso de su cabalgadura, regresaba lívido
como un muerto.
Rápidamente el muchacho iba agilizándose, robusteciéndose, dentro de su
delgadez caricaturesca, y adquiriendo esa complexión, á la vez ligera y
hercúlea, de los buenos jinetes. Poseía además, y esto echólo de ver en
seguida don Pedro, lo que no se aprende, lo que puede llamarse «el
instinto» del oficio: un _tic_ especial, inexplicable, personalísimo,
que convierte la profesión, vulgar al parecer, de caballista, en un
verdadero arte. Reglas hay para lo que, en la jerga de los picaderos, se
dice «apurar al caballo»: para afirmarle la cabeza, para asegurarle la
boca, para abrirle y darle vistosidad y gallardía, para tenerse bien
sobre la silla... Todo ello constituye lo adjetivo, lo que puede
imitarse de un buen maestro. Pero ninguna de estas habilidades
adquiridas bastó á hacer verdaderamente famoso el nombre de un jockey.
Los grandes jockeys de prestigio mundial tuvieron, además de esa sangre
fría que les permitió aprovecharse de todos los descuidos de sus
rivales, la «intuición» del caballo, una especie de adivinación ó de
doble vista que les indicaba cómo necesitaban llevar las riendas y
cuanto, en un determinado momento, debían hacer. Apropósito de esta
parte esencial ó substantiva de su oficio, nada puede reglamentarse,
como nada, en cuestiones de amor, debe prescribirse acerca del modo de
interesar el corazón de una mujer. ¿Quién sabría decir cuál será la
mirada, el gesto, la inflexión de voz, que en el «cuarto de hora»
nupcial de la conquista han de darle á «Don Juan» la victoria? Así el
jockey, para quien un espolazo oportuno ó un simple temblor de rodillas
pueden constituir su triunfo ó su derrota en el último desesperado
arranque de la carrera. Como «Tenorio», Fordham no se forma: nace.
Juan Francisco poseía este don maravilloso en grado tal, que sorprendió
al mismo don Pedro. Sin saber por qué, pues su experiencia en asuntos
hípicos era nula, bastábale un simple ojeo para conocer la condición del
caballo que iba á montar. Pocas veces se equivocó. Diríase que desde el
primer momento surgía entre él y su cabalgadura una corriente magnética
que les apretaba y unía en el milagro de una sola voluntad.
Al mismo tiempo que Juan Francisco aprendía á tenerse bien sobre la
silla y á ser un sagacísimo, cabal y esforzado jinete, capaz de gobernar
á los potros de más torcida y alborotada condición con sólo el imperio
de las rodillas, don Pedro iba enseñándole á corroborar y seleccionar
sus preexcelentes disposiciones físicas de jockey.
--Un buen jockey--afirmaba el viejo caballista--debe reunir, á una gran
fuerza muscular, el menor peso y el menor volumen posibles. Quiero
decir: que necesita ser una especie de hércules enano.
Para conseguir lo primero, Juan iba dos ó tres horas diarias al
gimnasio; para lo segundo, su maestro le trazó un plan alimenticio, le
impuso masajes especiales y le obligó á dar largos paseos á pie y á
tomar baños de sudor. Estos tratamientos durísimos, que ni aun los
mismos jockeys ingleses pueden soportar, Juan Francisco los resistía
perfectamente y sin mengua de su vigor muscular. De mes en mes el
diminuto _boy_ iba quedándose más descolorido y enjuto, y hasta diríase
que su estatura había menguado: no obstante, ni su agilidad ni su fuerza
decrecían. Pronto su peso disminuyó á cincuenta kilogramos. Don Pedro
del Real le examinaba, le pulsaba, y un guiño admirativo iluminaba su
grueso rostro, habitualmente impasible.
--Has nacido para jockey, muchacho--decía--, y te aseguro que harás
carrera; yo entiendo mucho de eso; yo no me engaño.
No se equivocó, en efecto. Cuatro años después Juan Francisco se
presentaba por primera vez como jockey ante el público de Madrid y
obtenía un segundo premio.