el frío es insoportable, y, como por otra parte, temo con fundamento
que averigüen que escribo, en cuyo caso me encerrarían en un calabozo
subterráneo adonde no llega ni un hilo de luz, conceptúo prudente
abreviar todo lo posible mi narración. Mi memoria no puede ser más
fresca; conservo en ella todos los detalles, todas las palabras que se
cruzaron entre mí y los dos hermanos.
»Por espacio de una semana, estuvo la enferma entre la vida y la
muerte; más cerca de la última que de la primera. Hacia el final de
la semana, logré entender algunas palabras que me dijo, aplicando mi
oído a sus labios. Me preguntó dónde se encontraba, y se lo dije; deseó
saber quién era yo, y satisfice su deseo; pero fué en vano que yo la
preguntara su apellido; cayó su cabeza sobre la almohada, y guardó su
secreto, como lo guardara antes que ella su hermano.
»No tuve ocasión de hacerla nuevas preguntas hasta después que
manifesté a los hermanos que la enferma se moría, y que no viviría
un día más. Hasta entonces, aunque ninguno de los dos se dejó ver
de la enferma, unas veces el uno, otras el otro, se encontraban
invariablemente detrás de una cortina tendida en la cabecera de la
cama; pero al comunicarles yo mi pronóstico, parece que ya no les
importó que yo hablase con la moribunda; ya no trataron de impedir las
confidencias que la que estaba para abandonar el mundo pudiera hacer a
quien... se encontraba probablemente en el mismo caso.
»Siempre observé que el hecho de que el hermano menor (continuaré
llamándole así) hubiera cruzado la espada con un muchacho, y por
añadidura labriego y plebeyo, hería profundamente el orgullo de los
dos. Lo que al parecer les afectaba, no eran las desgracias que habían
ocasionado, sino el pensamiento de que el incidente aludido degradaba
a la familia y la colocaba en situación altamente ridícula. Infinidad
de veces sorprendí en los ojos del hermano menor miradas que rebosaban
odio, aunque aparentemente me trataba con mayor finura que el mayor.
Tampoco se me ocultó que para este último era yo estorbo molesto.
»Murió mi enferma a las diez de la noche. Me encontraba yo solo a su
lado, dobló su juvenil cabeza, terminaron para siempre sus desdichas
sobre la tierra.
»En la planta baja de la casa esperaban los hermanos.
»--¿Ha muerto al fin?--preguntó el mayor, al verme entrar.
»--Acaba de morir--contesté.
»--Sea en hora buena, hermano--repuso, volviéndose hacia el menor.
»Ya antes me habían ofrecido dinero, que yo no acepté, diciendo
que ultimaríamos ese detalle al final. El hermano mayor me entregó
un cartucho de monedas de oro, que yo recibí de su mano, pero que
dejé seguidamente sobre la mesa. Había meditado el asunto, y de la
meditación resultó el propósito decidido de no aceptar nada.
»--Dispénsenme ustedes--dije;--dadas las circunstancias, nada debo
aceptar.
»Los hermanos cambiaron una mirada, me hicieron una inclinación de
cabeza, que yo contesté con otra, montaron a caballo, y se fueron....
»Me siento cansado, rendido, extenuado... Ni leer puedo lo que mi
descarnada mano ha escrito.
»A la mañana siguiente, muy temprano, trajeron a mi casa el cartucho
de monedas de oro, colocado dentro de una cajita dirigida a mi nombre.
Yo, entretanto, después de largas meditaciones, había resuelto ya la
norma de conducta que habría de seguir. Decidí escribir aquel mismo
día al Ministro, haciéndole historia de los dos casos en que había
intervenido y detallando el lugar en que aquéllos ocurrieron; en una
palabra: enviarle una relación circunstanciada, bien que con carácter
particular. Conocía yo hasta dónde llegaban las influencias en la
Corte, no eran para mí un secreto los privilegios e inmunidades de que
gozaban los nobles, y, como consecuencia, suponía que mi escrito no
daría ningún resultado; pero aun así, quise tranquilizar mi conciencia.
Decidí no revelar a nadie mi secreto, ni siquiera a mi mujer, y así
lo hice constar en la carta dirigida al Ministro. No creí que a mí me
amenazase peligro alguno; pero supuse que lo correrían otros, si los
comprometía haciéndoles dueños del secreto que yo poseía.
»Estuve aquel día tan ocupado, que no me fué posible terminar la carta
hasta después de cerrar la noche. A la mañana siguiente, dejé el lecho
antes de la hora acostumbrada. Era el último día del año. Acababa de
dar la última mano a la carta, cuando me avisaron que me esperaba una
señora que deseaba verme...
»Por momentos me considero más incapaz de dar cima a la tarea que me
he impuesto. ¡Es tan insoportable el frío, tan escasa la luz, tan
completa la parálisis de mis facultades, tan horrible la obscuridad de
mi alma!...
»Era una señora joven, simpática y hermosa, pero señalada con el dedo
descarnado de la muerte. La encontré presa de intensa agitación. Me
dijo que era la esposa del marqués de Evrémonde. Yo relacioné el
título de marqués que el muchacho moribundo diera al hermano mayor con
la inicial que descubrí en la corbata blasonada y, con tales datos a
la vista, no me fué difícil adivinar que el hombre de quien me había
separado y el marqués de Evrémonde eran una misma persona.
»Aunque mi memoria continúa despejada, me es imposible consignar aquí
las palabras que se cruzaron en nuestra conversación. Parece que la
señora tenía noticia de la intervención que yo había tenido en un
suceso que conocía en parte y en parte sospechaba. No sabía que la
infortunada joven hubiese muerto. Sus deseos, según me manifestó
anegada en lágrimas, eran visitarla en secreto y testimoniarla su
simpatía, y sus anhelos, desviar la cólera de Dios suspendida sobre una
casa que de antiguo venía siendo objeto del odio de tantos a quienes
había precipitado en los negros abismos de la desgracia.
»El objeto de la visita de aquella señora, que tenía sus motivos
para creer que la desdichada víctima de su marido dejaba una hermana
más joven, era suplicarme que la indicase el nombre y lugar de la
residencia de la hermana en cuestión, a fin de ayudarla y protegerla.
No pude contestar otra cosa sino que, en efecto, existía aquella
hermana; mas no facilitarla datos que desconocía entonces, y desconozco
a la hora en que escribo estas líneas...
»Me falta ya el papel. Ayer me quitaron una hoja, temo que la
vigilancia de que me hacen objeto es más estrecha que nunca, y hoy
mismo es preciso que termine mi relato.
»La señora era buena, de corazón compasivo, y desgraciadísima en su
matrimonio. El hermano de su marido la odiaba, desconfiaba de ella
y empleaba en su contra toda su influencia. Ella le temía, y temía
también a su marido. Cuando la acompañé hasta la puerta de mi casa,
después de despedirse de mí, vi a un hijo suyo, que la esperaba en el
coche, un niño precioso de dos a tres años de edad.
»--Por amor a este inocente, doctor,--me dijo la pobre madre hecha
un mar de lágrimas,--he de llegar, en el camino de las reparaciones,
hasta donde alcancen mis escasas fuerzas. Una voz interior me dice que
ha de purgar el inocente hijo los delitos de su culpable padre, si
oportunamente no ofrezco alguna expiación por ellos. Mi preocupación
primera ha de ser inocular en su tierno corazón la compasión hacia sus
semejantes, y mi postrer encargo, el de velar por la hermana que busco,
si puedo encontrarla.
»Besó a continuación al niño, y le dijo:
»--Por ti lo hago todo, Carlos. ¿Olvidarás mis encargos?
»--Nunca--respondió con resolución el niño.
»No consigné en mi carta un nombre que me habían comunicado
confidencialmente. La cerré, y no queriendo confiarla a nadie, aquel
día la llevé yo mismo a su destino.
»Por la noche, era la última del año, a eso de las nueve, llamó en mi
casa un hombre vestido de negro, dijo que necesitaba verme, y mi criado
Ernesto Defarge lo condujo a mi presencia.
»--Un caso urgente en la calle St. Honoré--dijo.
»Salí inmediatamente. En la calle me esperaba un coche... que me
condujo aquí, a la tumba. Apenas habíamos perdido de vista mi casa,
cuando inopinadamente me amordazaron y sujetaron con cuerdas los
brazos. No tardaron en salir los dos hermanos al encuentro del coche.
El Marqués sacó del bolsillo la carta que yo había llevado al Ministro,
me la enseñó, la quemó con la llama de una linterna que llevaba en la
mano, y pisoteó las cenizas. No se habló ni una palabra. Me trajeron a
esta tumba, y en ella sigo.
»Si en el lapso de estos horribles años, Dios se hubiera dignado tocar
el corazón de cualquiera de los dos hermanos, no para que pusieran
término a mi espantoso cautiverio, sino para que me dieran noticias de
mi adorada esposa... para que me dijeran, ya que no otra cosa, si vive
o ha muerto, creería que, a pesar de sus maldades, no los ha dejado
por completo de su mano; pero hoy creo que las cruces rojas trazadas
con sangre por el muchacho moribundo han sido fatales para ellos,
creo que el Cielo los ha condenado. Como consecuencia, yo, Alejandro
Manette, cautivo infortunado, en la noche última del año 1767, denuncio
a los dos hermanos y a todos sus descendientes, hasta el último, a los
tiempos que no pueden menos de llegar, en que los hombres castiguen
maldades como las de que se han hecho reos. También los denuncio al
cielo y a la tierra.»
Terribles rugidos siguieron a la lectura de este documento. No se
oían palabras, que las gargantas no podían modular, sino rugidos que
revelaban sed insaciable de sangre.
Ante aquel tribunal, y ante aquel auditorio, ninguna necesidad había de
explicar cómo poseía Defarge aquel terrible documento que acababa de
hacerse público, cómo no lo había tampoco de hacer saber que el nombre
de aquella familia odiada figuraba desde largo tiempo antes en los
formidables registros de San Antonio. No había nacido el hombre capaz
de defender al mortal sobre quien pesase tan grave denuncia.
Venía a agravar hasta lo infinito la situación del condenado la
circunstancia de que su delator fuera un ciudadano conocidísimo y muy
respetable, su amigo del alma, nada menos que el padre de su mujer. Una
de las aspiraciones más corrientes en el populacho era la de imitar
las virtudes públicas de la antigüedad, sacrificarse por la causa del
pueblo, inmolar los efectos más tiernos en aras de la República. He
aquí por qué, cuando el Presidente dijo que el buen médico republicano
no vacilaba en dejar viuda a su hija y huérfano a su nieto, a trueque
de exterminar una familia de perniciosos aristócratas, las turbas
dieron rienda suelta a un fervor patriótico salvaje, sin que en ningún
pecho vibrasen las cuerdas de la simpatía humana.
--¿Conque le has rodeado de influencias poderosas, eh, doctor?--murmuró
la señora Defarge, mirando, sonriendo, a La Venganza--¡Sálvale, doctor,
sálvale ahora, si puedes!
Los jurados se expresaron por medio de rugidos. Cada voto emitido fué
un rugido, la sentencia, una sucesión de rugidos.
Poco se hizo esperar el fallo. Carlos Evrémonde, por otro nombre
Darnay, aristócrata de corazón y de sangre, enemigo de la República y
feroz opresor del pueblo, volvería a la Conserjería para ser decapitado
a las veinticuatro horas.
XI
SOMBRAS
La feroz sentencia que condenaba a la última pena a un inocente fué
para la esposa sin ventura agudo puñal que traspasó su tierno corazón.
No exhaló, sin embargo, la infeliz un quejido; en el fondo de su alma
se alzó una voz potente que la marcó el camino de su deber, diciéndola
que su obligación era sostener a su esposo adorado en vez de acrecentar
con las suyas sus agonías, y ante el conjuro de aquella voz, la joven
se irguió arrogante, sobreponiéndose a los efectos del tremendo golpe
recibido.
Los jueces levantaron la sesión para tomar parte en la bulliciosa
manifestación pública que no podía menos de tener lugar después del
incidente de la vista, y muy en breve, abiertas todas las puertas de
la Sala de Justicia, salía el público, indiferente al dolor de Lucía,
que tendía sus brazos anhelantes hacia la plataforma donde quedaba su
marido.
--¡Si me fuera dado llegar hasta él, Dios mío! ¡Si pudiera darle un
abrazo, uno solo! ¡Oh ciudadanos! ¡Buscad en vuestros pechos un resto
de piedad y acceded a una súplica que os hago de rodillas!
No quedaban allí más personas que un carcelero con dos de los cuatro
individuos que el día anterior fueron a prender a Carlos, y Barsad. El
público corría ya bullicioso por las calles.
--Dejemos que le dé un abrazo--propuso Barsad a sus compañeros;--es
cuestión de un momento.
Aquellas fieras se ablandaron. Lucía pudo llegar hasta el pie de la
plataforma, y su marido, inclinándose sobre la barandilla, la estrechó
entre sus brazos.
--¡Adiós, dulce alma mía!--dijo.--Abandono este mundo bendiciendo los
amores que en él dejo. En la mansión donde duermen los odios y las
pasiones humanas volveremos a encontrarnos.
--Espantosa es mi desventura, Carlos querido; pero la recibo resignada.
No sufras por mí, que Dios me protege y sostiene mis fuerzas. ¡La
última bendición para nuestro ángel, y adiós!
--Contigo se la envío, y al besarte a ti, beso a las dos, y de las dos
me despido al hacerlo de ti.
--¡No... Carlos querido, no! ¡Un momento más!--exclamó Lucía, al ver
que el condenado intentaba desasirse de sus brazos.--Nuestra separación
no será larga. Presiento que mis amarguras pondrán pronto fin a mi
triste vida; pero mientras me quede un soplo de energía, cumpliré con
mi deber, y cuando deje a nuestra hija, el Dios misericordioso que
me deparó almas buenas que, con su cariño y abnegación alegraron mi
existencia, no ha de regateárselas a ella.
Habíala seguido su padre convertido en muda estatua del dolor, quien
habría caído de rodillas a los pies de los dos, de no haberlo impedido
Carlos.
--¡No... no!--gritó éste, tendiéndole los brazos--¿Ha cometido usted
acaso alguna culpa, para postrarse de rodillas ante nosotros? ¡Ah,
no! ¡Todo lo contrario! ¡Ahora es cuando me doy cuenta cabal de
las torturas horribles que desgarraron su alma! ¡Ahora es cuando
puedo aquilatar lo que usted sufrió cuando sospechó la sangre que
por mis venas corría y la desesperación que debió sentir cuando las
sospechas se trocaron en certeza! ¡Ahora es cuando comprendo las
luchas encarnizadas que hubo de librar contra una antipatía natural,
los esfuerzos que necesariamente tuvo que hacer para vencerla! ¡Con
todo nuestro corazón le damos las gracias! Suyo es todo nuestro
agradecimiento, suyo todo nuestro cariño. ¡Que el Cielo le bendiga,
como le bendecimos nosotros!
No pudo contestar el anciano, pues ni su garganta agarrotada era capaz
de articular palabra, ni en su cuerpo quedaban energías más que para
mesarse los cabellos y lanzar alguno que otro quejido de angustia.
--Tenía que suceder así--repuso el reo.--Todo ha conspirado para
llegar al fatal resultado a que llegamos. Han sido estériles cuantos
esfuerzos he hecho para satisfacer aquella aspiración de mi santa madre
a la que dió salida el día primero que usted la conoció y me conoció.
Hubiera sido necio esperar bien alguno de una siembra tan abundante de
males, hacerse ilusiones de que podría tener término feliz lo que se
inauguró con principios fatales. Tenga valor, y perdóneme. ¡El Dios
misericordioso le colme de bendiciones!
Separáronse los esposos; y mientras el reo se alejaba entre sus
guardianes, su esposa permanecía mirándole, juntas las manos en actitud
de súplica y con rostro radiante en el que predominaba una sonrisa
acariciadora y confortadora. Sin embargo, no bien desapareció el
condenado por la puerta que comunicaba con la cárcel, Lucía dobló su
cabeza cual flor segada por el tallo, intentó hablar, y cayó desplomada
en tierra.
Del obscuro rincón donde había permanecido oculto desde el comienzo de
la vista, salió entonces Sydney Carton y alzó a la desventurada del
suelo. No quedaban con ella más que su padre y Lorry. Temblaba el brazo
de Carton mientras la levantaba, y, sin embargo, su expresión no era
sólo de piedad; había en ella fuerte mezcla de orgullo.
--¿La llevo al coche?--preguntó.--No sentiré su peso.
En sus brazos la condujo hasta el coche que esperaba en la puerta,
donde la acomodó. El anciano doctor y el buen Lorry se sentaron a su
lado, y Carton se acomodó en el pescante, junto al cochero.
Llegados frente a la verja, al sitio en que horas antes se detuviera
Carton procurando adivinar qué piedras habían hollado los pies de
Lucía, sacó a ésta del coche, y en sus brazos la subió orgulloso hasta
sus habitaciones, acostándola sobre un sofá. Lucita y la señorita Pross
lloraban desconsoladas.
--No haga nada por disipar su desmayo.--dijo Carton a la última con voz
muy baja.--Está mejor así.
--¡Oh Carton, Carton!--gritó Lucita, saltando al cuello de Carton y
rodeándole con sus brazos.--Ahora que ha venido usted, no dudo que hará
algo para consolar a mamá, para salvar a papá. ¡Véala usted, Carton!
¿Puede usted, puede nadie que la quiera contemplarla sin que salte
hecho pedazos su corazón?
Carton dió un beso a la niña, separó con dulzura sus bracitos,
contempló durante algunos segundos a la madre, y dijo:
--Antes de irme... ¿puedo besarla?
Más tarde recordaron los testigos de esta escena que, mientras rozaban
sus labios las mejillas de la desmayada, murmuró algunas palabras. La
niña, que era la que se encontraba más cerca, dijo después, y repitió
muchas veces a sus nietos, cuando era una viejecita encorvada bajo el
peso de los años: «Es una vida que amas».
En la habitación inmediata, donde encontró al doctor y a Lorry, dijo al
primero:
--Ayer tenía usted mucha influencia, doctor Manette; debe usted ponerla
toda en juego. Los jueces, y todos los que hoy tienen algún poder, son
amigos suyos y están agradecidos a sus servicios; ¿no es cierto?
--Nada me ocultaron de lo que a Carlos se refería. Abrigaba yo
esperanzas, casi seguridad absoluta de salvarle, y le salvé--contestó
el doctor, hablando con mucha lentitud y con expresión conturbada.
--Pruebe otra vez. Breves son las horas que separan a hoy de mañana;
pero pruebe.
--Probaré... No descansaré un instante.
--Es lo que debe hacer. He visto hacer grandes cosas a hombres dotados
de las energías de usted, aunque nunca--añadió, sonriendo y suspirando
al mismo tiempo--tan grandes como la que le propongo. Pruebe, sin
embargo. La salvación de una vida querida bien vale ese esfuerzo.
--Me presentaré al Fiscal de la República y al Presidente--contestó el
doctor Manette,--así como también a otros que no es necesario nombrar.
Escribiré también, y... Pero ahora recuerdo que hoy se celebran
festejos públicos y que no podré ver a nadie hasta que sea de noche.
--Es verdad. ¡Bah! De todas suertes, se trata de una esperanza muy
remota; poco se pierde con esperar hasta la noche. Comienzo por decir
que nada espero. Dígame, doctor Manette, ¿cuándo cree que podrá ver a
esas autoridades formidables?
--Inmediatamente después de anochecido; yo creo que dentro de una o dos
horas.
--Anochecerá poco después de las cuatro... Aprovechemos la hora o dos
horas que tenemos por delante. Si a las nueve me presento en casa del
señor Lorry, ¿podré saber el resultado de sus gestiones?
--Desde luego.
--¡Ojalá tengan buen éxito!
Acompañó Lorry a Carton hasta la puerta de la calle, donde le dijo con
voz muy baja y acento apesadumbrado:
--Nada espero.
--Ni yo.
--Aun cuando uno cualquiera de esos hombres... aun cuando todos esos
hombres estuvieran dispuestos a concederle la vida... lo que es suponer
demasiado, después de lo ocurrido en la vista, dudo mucho que se
atrevieran a hacerlo.
--También lo dudo yo... La cuchilla no se detendrá.
Lorry llevó las manos a la cara y dejó escapar algunos sollozos.
--No se desespere usted... no ceda al abatimiento--dijo con dulzura
extremada Carton.--Si he aconsejado al doctor que trabaje sin descanso,
ha sido porque sus trabajos, aunque han de ser estériles, han de
consolar a su hija algún día. Si su padre se cruzara de brazos, podría
pensar que había sido sacrificada una vida sin que nadie se tomase el
trabajo de disputarla al verdugo.
--¡Sí, sí, sí! ¡Tiene usted razón!--respondió Lorry, secándose los
ojos.--Se trabajará; pero morirá... ¡no resta un átomo de esperanza!
--Es cierto. Morirá... ¡No queda un átomo de esperanza!--repitió Carton
como un eco.
Seguidamente echó a andar con paso firme.
XII
TINIEBLAS
Muy poco trecho había recorrido Carton cuando se detuvo, no bien
decidido acerca del sitio al que se encaminaría.
--A las nueve en el Banco Tellson--murmuró.--De aquí a entonces, ¿será
prudente que me deje ver? Creo que sí. No estará de más que esas gentes
tengan noticia de que por aquí anda un hombre como yo... quizá sea una
precaución acertada... una precaución necesaria... ¡Cuidado, Carton,
cuidado...! ¡Pensémoslo otra vez!
Suspendiendo la marcha ya iniciada en una dirección determinada,
entró en una calleja obscura y solitaria y procuró pesar el pro y el
contra de su proyecto, midiendo con su imaginación el alcance y las
consecuencias probables que aquél pudiera tener.
--No hay duda; es lo mejor--pensó.--Esas gentes deben saber que por la
ciudad anda un hombre que se llama Carton.
Con paso resuelto echó a andar hacia San Antonio.
Como aquel mismo día había dicho Defarge en la vista que era dueño de
una taberna sita en el barrio de San Antonio, pocas dificultades había
de encontrar cualquiera que conociera bien la ciudad para dar con
la taberna en cuestión, sin necesidad de preguntar a nadie. Carton,
pues, salió de la calleja obscura y comió en una casa de comidas,
descabezando a continuación un sueño. En muchos años no había bebido
tan poco como aquel día. Desde la noche anterior, sólo había tomado un
poco de vino aguado.
A eso de las siete despertó, y reanudó su marcha. Al llegar al barrio
de San Antonio, detúvose un instante frente a una tienda donde vió
un espejo, y alteró ligeramente el lazo de su corbata y desordenó su
cuello y su cabello. Hecho esto, encaminóse en derechura a la taberna
Defarge y entró resueltamente en ella.
No encontró en el establecimiento más que a Santiago Tercero, a quien
recordó haber visto aquella tarde entre los jurados, el cual estaba
bebiendo y conversando con los Defarges, marido y mujer. La Venganza,
en su calidad de miembro de la taberna, asistía a la conversación.
Carton, luego que tomó asiento, pidió un vaso de vino. La señora
Defarge le dirigió una mirada indiferente, luego otra más detenida,
siguió otra extraordinariamente penetrante, y terminó acercándose a él
y preguntándole qué deseaba.
Carton repitió lo que antes había dicho.
--¿Inglés?--preguntó la tabernera, enarcando las cejas.
Carton, después de mirarla un buen espacio, cual si le costase gran
trabajo pronunciar una palabra francesa, contestó con acento extranjero
marcadísimo:
--Sí, señora, sí; inglés.
Fué la tabernera al mostrador para servir el vino, y Carton, mientras
tomaba entre sus manos un periódico jacobino y fingía hacer esfuerzos
por interpretar la lengua en que estaba escrito, oyó que decía la
primera:
--Juro que se parece a Evrémonde.
Sirvió el vino Defarge, dando las buenas noches al parroquiano.
--¿Qué?--preguntó Carton.
--Buenas noches.
--¡Oh... muy buenas noches, ciudadano... y muy buen vino! ¡Brindo por
la República!
Volvió Defarge al mostrador, diciendo:
--Es cierto; se le parece un poco.
--¡Y yo repito que se le parece mucho!--replicó con dureza la tabernera.
--Lo tienes tan presente en tu memoria...--observó Santiago Tercero.
--¡A fe que yo tampoco le olvido un momento!--exclamó La Venganza
riendo.--Y si no me engaño, estás tú esperando llegue el día de mañana
para verle otra vez.
Carton continuaba leyendo, siguiendo con el índice las líneas del
periódico y puesta en la lectura toda su atención. Los Defarges, La
Venganza y Santiago Tercero, juntas las cabezas y de codos sobre el
mostrador, conversaban en voz muy baja. Después de algunos momentos
de silencio, durante los cuales las cuatro personas tuvieron sus ojos
clavados en el aplicado lector, que no tenía ojos ni oídos más que para
el periódico, reanudaron la conversación.
--Opino que tiene razón tu mujer. ¿Por qué detenernos hasta el final
del viaje? El argumento es de gran fuerza.
--Todo lo que quieras--objetó Defarge--pero en una parte o en otra
tendremos que hacer alto. En realidad, lo único que hay que acordar es
dónde se hace ese alto.
--¡Después del exterminio!--replicó la tabernera.
--¡Magnífico!--aulló Santiago Tercero.
--¡Soberbio!--gritó La Venganza.