general, nada tengo que decir en su contra--observó Defarge.--Pero
hay que tener en cuenta que ese pobre doctor ha sufrido ya mucho. Hoy
habéis podido convenceros de ello, pues todos habréis reparado en la
expresión de su cara mientras se leía el papel.
--¡He reparado en la expresión de su cara, sí!--replicó la tabernera,
poniendo en sus palabras todo el desprecio y todo el odio de su corazón
de fiera.--He reparado en la expresión de su cara, sí; y he visto que
no era la cara de un amigo verdadero de la República; eso es lo que he
visto.
--Y no te habrán pasado inadvertidas las crueles agonías de su hija,
agonías que habrán exacerbado enormemente las suyas--repuso Defarge.
--También he observado a su hija, sí--contestó la tabernera;--la
he observado muchas veces; no hoy sólo. La he observado hoy en el
Tribunal, y la he observado otros días en la calle, contemplando
los muros de la cárcel. Me basta alzar un dedo, para que baje
inmediatamente la cuchilla que haga rodar su cabeza.
--¡Eres una ciudadana prodigiosa!--rugió Santiago Tercero.
--¡Un ángel!--suspiró La Venganza.
--En cuanto a ti--prosiguió la tabernera implacable, dirigiéndose a su
marido,--segura estoy de que, si de ti dependiera... que por fortuna no
depende... serías capaz de salvar aún a ese hombre.
--¡No!--protestó Defarge--¡Si con levantar este vaso pudiera salvarlo,
ten por seguro que no lo levantaría! Pero me detendría allí; repito que
daría mi obra por acabada.
--Ya lo estás viendo, Santiago--exclamó la tabernera lanzando por los
ojos llamaradas de rabia--Ya lo estás viendo también tú, mi querida
Venganza... Los dos lo véis... Los dos lo oís... Hace mucho tiempo
que figura esa raza en mis registros condenada a la destrucción, al
exterminio, por crímenes que nada tienen que ver con los de la tiranía
y opresión. Preguntad a mi marido si miento.
--Es verdad--contestó Defarge, sin esperar a que le preguntasen.
--En los comienzos de los grandes días, cuando cayó la Bastilla,
encuentra mi marido el papel que se ha hecho público hoy, lo trae a
casa, y después de media noche, cuando el establecimiento está cerrado
y desierto, lo leemos en este mismo sitio y a la luz de esta misma
lámpara. Preguntadle si digo verdad.
--Es verdad, sí--contestó Defarge.
--Aquella misma noche, después de leído el papel y apagada la lámpara,
cuando comenzaba a filtrarse el día por entre las grietas de las
ventanas y los hierros de las rejas, le dije que tenía que comunicarle
un secreto. Que os diga si miento.
--Es cierto--asintió Defarge.
--Y le comuniqué el secreto. Golpeé su pecho con estas dos manos, como
lo golpeo ahora, y le dije: «Defarge; me crié entre pescadores de la
playa, y la familia labriega tan ultrajada por los hermanos Evrémonde,
esa familia que describe el papel encontrado en la Bastilla, es mi
familia. Defarge, la hermana moribunda del muchacho campesino herido
mortalmente era mi hermana, el marido era el marido de mi hermana, el
fruto de sus amores que jamás abrió los ojos a la luz, era el hijo de
mi hermana, y aquel hermano labriego era mi hermano, y el padre muerto
de dolor era mi padre, los que murieron eran mis muertos, y sus gritos
de venganza a mí se han dirigido desde entonces...» Preguntadle si es
verdad lo que digo.
--Así es--confesó Defarge.
--¡Y ahora, decidme si es posible poner compuertas al vendaval o
extinguir el fuego del infierno!--repuso la tabernera.--Pero no; no es
necesario que me lo digáis.
Los dos oyentes saboreaban un placer horrible al convencerse de la
índole implacable del odio de la tabernera, cuya palidez de espectro
estaba viendo el lector del periódico sin ver su rostro. Defarge,
minoría insignificante, aventuró algunas palabras haciendo resaltar
la compasión de la esposa del Marqués; pero no consiguió más que la
repetición de las palabras últimas de su mujer:
--¡Dime si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego
del infierno!
La entrada de algunos parroquianos puso fin a la conferencia. El inglés
pagó el gasto hecho y preguntó dónde estaba el Palacio Nacional.
Acompañóle hasta la puerta la señora Defarge, y allí, poniendo su brazo
sobre el de aquél, le indicó el camino que debía seguir. Ganas se le
vinieron al parroquiano inglés de alzar aquel brazo y herir con mano
segura a su propietaria.
Alejóse Carton de aquellos parajes, no tardando en rondar los muros
de la cárcel. A la hora convenida se presentó en la casa de Lorry,
donde halló al anciano que le esperaba inquieto y lleno de ansiedad.
Manifestóle el buen banquero que había estado acompañando a Lucía hasta
momentos antes, y que se había separado de ella para acudir a la cita
convenida; que no habían visto a su padre desde que salió a las cuatro
de la tarde; que Lucía abrigaba alguna esperanza de que, por mediación
del doctor, acaso se salvase Carlos, pero que las esperanzas eran muy
débiles.
Cinco horas duraba la ausencia del doctor: ¿dónde podría estar? Lorry
le esperó hasta las diez, y como no podía resignarse a dejar a Lucía
sola y sin noticias durante tanto tiempo, decidieron que Lorry volviera
a la casa de la infeliz, y que Carton esperaría la llegada del doctor.
Lorry debía regresar al Banco a media noche.
Dieron las doce y el doctor no apareció. Volvió Lorry, y ni encontró
noticias, ni trajo ninguna. ¿Dónde estaría?
Este era el punto que estaban discutiendo, casi abriendo sus pechos a
la esperanza, fundada en lo prolongado de la ausencia, cuando oyeron
sonar sus pasos en la escalera. No bien apareció en la habitación,
vieron que todo estaba perdido.
Jamás ha podido saberse si se pasó todas las largas horas de ausencia
vagando al azar por las calles, o bien si visitó a sus relaciones.
Entró en la estancia, permaneció con la mirada fija en los que le
esperaban, y no despegó los labios, ni nadie le dirigió la palabra,
pues bien claramente decía la expresión de su rostro que todo estaba
perdido.
--No puedo encontrarlo--dijo.--¿Dónde está? Me hace falta.
Venía con la cabeza desnuda y abierta la pechera de la camisa. Después
de tender miradas de angustia en derredor, se quitó la levita y se
sentó en el suelo.
--¿Pero dónde está mi banqueta? Por todas partes la ando buscando sin
poder dar con ella. ¿Qué han hecho con mi labor? Necesito concluir esos
zapatos... los esperan con urgencia.
Los dos oyentes se miraron consternados.
--¡Vaya... vaya!--repuso el anciano.--¡Mi banqueta... mi labor
comenzada...! ¡Repito que es muy urgente!...
Al no recibir contestación, se tiró del cabello y pateó el suelo,
semejante a un niño enfadado.
--¡No martiricen a un desgraciado!--exclamó, lanzando un grito
formidable.--¡Dénme mi labor... por Dios! ¿Qué será de nosotros si esta
noche no termino los zapatos?
¡Perdido, perdido por completo!
Era inútil intentar encender una luz que el recio huracán de la
desgracia había extinguido para siempre. Con espanto de Lorry, con
terror de Sydney Carton, el doctor Manette volvía a ser el zapatero
del sotabanco, el desventurado idiota que años antes entregaron al
tabernero Defarge.
Impresionados ambos, afectados por la misma idea y comprendiendo
la necesidad de sobreponerse a sus emociones, dedicáronse, no a
intentar reanimar aquella inteligencia, totalmente extinguida, sino
a tranquilizar al infeliz anciano, prometiéndole que muy en breve le
serían devueltos la banqueta, las herramientas y los zapatos.
--Ha sucumbido al golpe, excesivamente rudo para él--dijo Carton.--Sí;
no hay más remedio que llevarlo a su hija; pero antes de hacerlo,
¿tendrá usted la bondad de prestarme un momento de atención? Necesito
imponer algunas condiciones y arrancar a usted una promesa; pero no me
pregunte el motivo de las primeras ni el por qué de la segunda, que
para callarlas tengo una razón... y de mucho peso.
--No lo dudo--respondió Lorry.--Siga usted.
En una silla colocada entre los dos interlocutores estaba el anciano,
meciéndose con monotonía maquinal y sollozando. Los interlocutores
hablaban con voz muy baja, cual si se hallaran junto al lecho de un
enfermo.
Carton se bajó para alzar del suelo la levita del doctor. Al hacerlo,
cayó al suelo una cajita donde el doctor tenía la costumbre de guardar
la lista de las visitas que debía hacer durante el día. La recogió y
abrió, encontrando dentro un papel doblado.
--¿Quiere usted que veamos qué es esto?--preguntó.
Lorry asintió con un movimiento de cabeza.
--¡Gracias, Dios mío!--exclamó Carton no bien desdobló el papel.
--¿Qué es?--preguntó Lorry con acento anhelante.
--Un poquito de paciencia; se lo explicaré a su tiempo. Ante
todo--dijo, llevando la mano al bolsillo interior de su levita
y sacando otro papel,--conviene que vea usted esto, que es un
certificado, merced al cual puedo salir de la ciudad sin inconveniente.
Léalo usted.... Sydney Carton, súbdito inglés...
Lorry quedó contemplando el papel.
--Guárdelo usted hasta mañana. Recordará usted que he de visitar al
prisionero, y no creo prudente llevarlo conmigo a la cárcel.
--¿Por qué no?
--No lo sé... Un capricho, quizá, pero prefiero no llevarlo. Tome
también el papel que el doctor Manette llevaba en su bolsillo, y que es
otro certificado análogo, un salvo conducto para que él, su hija y su
nieta, puedan franquear la Barrera y la frontera en cualquier momento.
¿Lo ve usted?
--Sí.
--Probablemente se lo proporcionaría ayer, a fin de adoptar toda clase
de precauciones contra la tormenta. ¿Qué fecha tiene? Pero no importa;
no hay necesidad de tomar nota de ese dato. Lo esencial es que lo
guarde usted juntamente con el mío y el de usted. Ahora bien; escuche
con atención mis palabras, y no las olvide; hasta hace dos horas, no
pasó por mi imaginación que pudieran necesitar ese papel, que hoy
es firme y valedero, y lo será mientras no lo revoquen. Pero pueden
revocarlo; y es más: motivos poderosos me hacen creer que lo revocarán
muy pronto.
--¿Están en peligro?
--Están en peligro inminente. Están en peligro de ser denunciados
por la tabernera Defarge; no me lo ha contado nadie; lo he escuchado
yo de sus propios labios. Esta noche he sorprendido una conversación
de esa mujer, y la conversación me ha hecho ver el peligro que a la
familia del doctor amenaza. Desde que la oí, no he desperdiciado el
tiempo, he visitado a mi espía, y mis impresiones primeras se han
confirmado plenamente. Sabe aquél que un aserrador de leña, hechura
de los Defarges, está pronto a declarar que _la_ ha visto (Carton
no pronunciaba nunca el nombre de Lucía) haciendo señas a los
prisioneros. No es difícil adivinar que sobran motivos para fundar
sobre el hecho mencionado una acusación cualquiera, un complot contra
la República, por ejemplo, cuya consecuencia sería la muerte de _ella_,
quién sabe si también la de su hija... acaso hasta la de su padre,
pues ambos han sido también vistos en el mismo sitio... No se asuste
usted... que a todos los salvará usted.
--¡Quiéralo el Cielo, Carton! ¿pero cómo?
--Es lo que voy a decirle ahora mismo. Fío en usted, convencido de que
no podría poner el asunto en mejores manos. La nueva delación no será
formulada hasta que pase el día de mañana... probablemente la dejarán
para dos o tres días después, y aun es más probable que la dilaten
una semana. Sabe usted perfectamente que incurre en pena de muerte
en este bendito país el que llora o simpatiza con una víctima de la
guillotina. No cabe dudar que tanto _ella_ como su padre se harán reos
del crimen mencionado, y desde luego aseguro que la tabernera, cuyo
odio feroz llega a extremos inconcebibles, esperará hasta contar con
armas que aumenten la fuerza de su denuncia y hagan doblemente seguro
el resultado. ¿Va usted comprendiendo?
--Con tanta atención, y tan penetrado de la exactitud de lo que usted
afirma, que hasta olvido momentáneamente esta desdicha--contestó
extendiendo la diestra hacia la silla del doctor.
--No ha de encontrar dificultades usted, que dispone de dinero en
abundancia, para ganar la costa utilizando los medios de locomoción
más rápidos. Hace ya días que tiene usted ultimados sus preparativos
para regresar a Inglaterra. Dé usted órdenes para que mañana tengan
enganchados los caballos para emprender el viaje a las dos de la tarde.
--Lo estarán.
--¿No dije antes que era imposible poner el asunto en mejores manos?
Tiene usted un corazón todo nobleza. Esta noche, dirá a _ella_ que
conoce el peligro que se cierne sobre su cabeza, y que ese peligro
puede envolver también a su hija y a su padre. Insista usted en este
punto, pues de no hacerlo así, es probable que nada consiguiera, porque
_ella_, sin inconveniente, antes bien llena de alegría, colocaría su
hermosa cabeza junto a la de su marido, para que el mismo golpe hiciera
rodar las de los dos. Insistiendo en el peligro que corre su hija y en
el que amenaza a su padre, hágala usted ver la necesidad imperiosa de
salir mañana a la hora indicada de París, con ellos y con usted. Dígala
que es deseo de su marido, deseo expreso de cuyo cumplimiento depende
mucho más de lo que ella puede suponer o esperar. ¿No le parece a usted
que su padre, no obstante la lamentable condición de su espíritu, se
someterá a los deseos de la hija?
--Estoy seguro de ello.
--Lo suponía. Sobre todo, téngalo todo dispuesto para la hora indicada.
El coche preparado, enganchados los caballos y ustedes acomodados en
sus asientos. En el momento que llegue yo, colóquenme en el coche, y en
marcha.
--¿He de esperar su llegada de usted, suceda lo que suceda?
--Tiene usted en su poder mi salvoconducto, juntamente con los demás,
salvoconducto que me da derecho a un asiento. Esperará usted hasta que
ese asiento esté ocupado, y en cuanto lo esté, a Inglaterra lo más
rápidamente posible.
--En ese caso--observó Lorry, dando un fuerte apretón de manos a
Carton,--ya no depende todo de un pobre viejo, puesto que llevaré a mi
lado a un joven ardiente y decidido.
--¡Con la ayuda de Dios, lo tendrá usted! Prométame ahora solemnemente
que por nada del mundo alterará ni modificará nada de lo que hemos
convenido.
--Nada, Carton; lo juro.
--Mañana, procure recordar con frecuencia estas palabras: «Una
variación... una demora... sea la que sea la causa a que obedezca,
puede comprometer la salvación de las vidas de todos y ocasionar el
sacrificio inevitable de muchas otras.»
--Las recordaré. Espero que Dios me dará fuerzas para llenar fielmente
mi misión.
--Yo también espero que no me faltarán para cumplir la mía. Y ahora...
adiós.
No se fué, sin embargo, aunque a continuación de pronunciar la palabra
de despedida, llevó a sus labios y besó la mano que Lorry le tendía.
Antes ayudó a levantar al doctor de la silla, a ponerle la levita y
el sombrero, y a inducirle a salir, diciéndole que iban a buscar la
banqueta y los zapatos que deseaba. Acompañó a los dos ancianos hasta
el jardín de la casa donde lloraba un corazón lacerado, tan feliz en
otros tiempos, y, cuando aquellos le dejaron solo, permaneció algunos
momentos contemplando una ventana, cuyas maderas dejaban escapar
algunos hilos de luz, la ventana de la habitación de _ella_. Antes
de irse, su corazón envió a la ventana un adiós solemne envuelto en
hermosa nube de bendiciones.
XIII
CINCUENTA Y DOS
Encerrados en negruzcos muros, los condenados del día esperaban la hora
de subir al cadalso en la siniestra cárcel de la Conserjería. Eran
tantos como semanas tiene el año. Cincuenta y dos vidas humanas debían
perderse aquella tarde en el mar insaciable que las absorbe todas.
Antes que se vaciasen sus celdas quedaban designados los que habrían
de remplazarlos, antes que corriera su sangre sobre la sangre vertida
el día anterior, había sido puesta en sitio separado la que al día
siguiente vendría a mezclarse con la suya.
Cincuenta y dos vidas segadas, cincuenta y dos víctimas, pertenecientes
a todas las clases sociales; desde el rico propietario de setenta
años, cuyas riquezas de nada le servían para prolongar la existencia,
hasta el mísero jornalero, a quien tampoco podía salvar su obscuridad
y su miseria. De la misma manera que en las enfermedades físicas, que
tienen su origen en los vicios y en los descuidos de los hombres, hacen
sus víctimas sin reparar en categorías ni edades, así también las
espantosas dolencias morales, engendradas por sufrimientos indecibles,
opresiones intolerables e indiferencias crueles, hieren por igual y sin
distinción de personas.
Carlos Darnay, encerrado en su celda a solas con sus pensamientos,
no se hizo ilusión alguna desde que salió de la Sala de Justicia. En
cada palabra de la terrible narración allí leída vió una sentencia
de muerte, y no se le ocultó que no había influencia humana capaz de
salvarle, que virtualmente pesaba sobre él una sentencia pronunciada
por millones de votos, contra los cuales de nada servían los esfuerzos
individuales.
No era, sin embargo, empresa fácil resignarse a morir, el que como
él conservaba fresca en su mente la imagen de su adorada esposa.
Lazos muy sólidos le unían a la vida, y era duro, muy duro, ver tan
de cerca la cuchilla que los cortaría para siempre. Sus pensamientos
se atropellaban, se agitaban tumultuosos en su pecho, reñían entre
sí rudas batallas, y a la postre unían sus fuerzas para contender
contra la resignación. Si momentáneamente conseguía calmarlos, brotaba
inmediatamente la imagen de su mujer, la imagen de su tierna hija,
acordábase de que las dejaba en el mundo, y protestaba contra ello
con todas las fuerzas de su alma, ni más ni menos que si en su pecho
alentase el egoísmo más agudo.
Verdad es que estas luchas no fueron de larga duración. No pasó mucho
rato sin que actuara en él como estimulante poderoso la consideración
de que la muerte que le esperaba no llevaba consigo el apéndice de
la deshonra, y el pensamiento de que muchos, tan inocentes como él,
recorrían todos los días y con paso firme el mismo camino doloroso que
él debía recorrer. Pensó luego en la futura tranquilidad de espíritu de
que, pasados los primeros momentos, disfrutarían los seres queridos que
dejaba en el mundo, si le veían aceptar la muerte con entereza varonil,
y de esta suerte, poco a poco y por grados, fué recobrando la calma y
engolfándose en reflexiones de índole más elevada.
Antes que cerrase la noche, había adelantado la mayor parte del camino
en el viaje de su resignación. Provisto de recado de escribir y de luz,
tomó la pluma y no la dejó hasta que llegó la hora en que el reglamento
de la cárcel obligaba a apagar las lámparas.
Escribió una carta muy extensa a Lucía, demostrándola que jamás
tuvo noticia del eterno cautiverio de su padre hasta que lo oyó de
los mismos labios de éste, y que, con anterioridad a la lectura del
documento encontrado en la Bastilla, estaba tan ignorante como ella
misma de la culpabilidad directa de su padre y de su tío en aquel
triste acontecimiento. Ya antes la había explicado que, si ocultó su
apellido verdadero, apellido que había renunciado, fué para cumplir
una condición, cuyo motivo comprendía ahora perfectamente, impuesta
por el doctor al dar su asentimiento a las relaciones amorosas con su
hija, y ratificada la mañana de su boda. La suplicaba encarecidamente
que, por amor a su padre, jamás intentase averiguar si aquél había
olvidado la existencia del documento, o bien si se la recordó la
historia de la Torre de Londres narrada bajo el plátano del jardín
aquella noche de verano. Si del documento en cuestión conservaba algún
recuerdo, indudablemente lo supuso destruído con la Bastilla, al ver
que no figuraba entre las reliquias de los prisioneros encontradas por
el populacho y hechas tan públicas que las conocía el mundo entero.
Instábala--bien que añadiendo que ya sabía que la recomendación era
inútil--a que consolase a su padre, convenciéndole, por todos los
medios imaginables, de que no sólo no había hecho nada vituperable,
nada que hubiera ocasionado su desventura, sino que, por el contrario,
se había sacrificado siempre por la felicidad de su hija y del marido
de su hija. Terminaba recomendándola que procurase sobreponerse a su
dolor, que se consagrase a su querida hija, y sobre todo, que a fuerza
de ternura consolase a su padre.
Escribió al doctor otra carta inspirada en los mismos pensamientos y
diciéndole que confiaba a su cariño a su mujer y a su hija. Con frase
vibrante le hacía ese encargo, no porque lo considerara necesario,
sino más bien con objeto de levantar su ánimo y alejar de su mente
pensamientos retrospectivos, que desde luego suponía que se alzarían
con mayor fuerza que nunca.
Dirigió una carta al señor Lorry, encomendando a su solicitud los seres
queridos que dejaba y explicándole todos sus asuntos terrenos. No se
acordó de Carton. Eran tantos los pensamientos que le embargaban, que
no dejaron hueco para una persona con la que nunca sostuvo relaciones
frecuentes.
Cuando se apagaron las luces y se tendió sobre el mísero jergón de
paja, creyó que había concluído ya con el mundo.
Resurgió, sin embargo, éste durante su sueño, y resurgió brillante,
encantador. Encontróse de nuevo en el tranquilo rinconcito de Soho,
libre, feliz, contento, en compañía de su Lucía, la cual le aseguraba
que todo había sido un sueño, una pesadilla, que nunca habían
abandonado a Inglaterra, que nunca se había separado de ella. A este
sueño siguió una pausa de olvido completo, después de la cual se
imaginó que vivía con su mujer, pero muerto, decapitado. Sobrevino otra
pausa de olvido, y despertó al fin por la mañana, sin darse cuenta del
sitio en que se encontraba sin acordarse de lo ocurrido la víspera,
hasta que brotaron en su mente con caracteres de fuego estas palabras:
«Hoy es el día de tu muerte.»
Encontrábase en el día en que debían rodar cincuenta y dos cabezas,
una de ellas la suya, y mientras, resignado a su triste suerte,
hacía acopio de alientos para sufrirla con tranquilo heroísmo, sus
pensamientos, muy difíciles de dominar, emprendieron con actividad
febril nuevos derroteros.
Nunca había visto el terrible instrumento que horas más tarde segaría
su vida. Cuánta sería la elevación sobre el suelo de la lúgubre
máquina, cuántos peldaños tenía la escalera fatal, dónde estaría
emplazada, qué manos se encargarían de colocarle sobre el tajo, si
estarían tintas en sangre, hacia qué lado volvería la cabeza, si sería
él el primero o si sería el último; éstas y otras preguntas semejantes
se hacía una y otra vez, atropelladamente, sin que en ello interviniera
su voluntad, sino su imaginación sobreexcitada. Tampoco las inspiraba
el miedo, sino más bien un deseo extraño de saber qué era lo que haría
cuando llegase el caso, un deseo que no guardaba proporción con los
fugaces instantes a los cuales se refería, una curiosidad inexplicable
sentida por una alma distinta de la suya.
Pasaba el tiempo y el reloj sonaba horas que el infeliz no volvería a
oir sonar. Dieron las nueve, las diez, las once, y estaban para dar
las doce. El reo paseaba cada vez más sereno. Lo peor de la lucha
interna había pasado. Ya no conturbaban su imaginación pensamientos
disparatados, ya podía rezar por sí y por los suyos.
Sonaron las doce.
Habíanle dicho que la hora última que para él sonaría en el mundo
serían las tres, y sabía que le sacarían del calabozo con bastante
anticipación a la hora indicada, pues las carretas de la muerte
recorrían muy lentamente el camino del patíbulo. Supuso, pues que le
llamarían a las dos.
Cruzados los brazos delante del pecho paseaba por su celda, cuando
hirió sus oídos la una; no perdió su calma heroica. Fervorosamente dió
gracias a Dios por haberle dado fuerzas para recobrar la calma, y pensó:
«Me resta otra hora.»
Sonó rumor de pasos en el pasadizo exterior. La puerta de su celda se
abrió y volvió a cerrar sin ruido. Alguien dijo junto a la puerta,
abierta ya, o mientras la abrían, estas palabras:
«No me ha visto nunca aquí, pues he cuidado siempre de alejarme de su
paso. Entre usted... Esperaré fuera... No pierda tiempo.»
Frente al prisionero brotó un hombre que le miraba sonriente,
tranquilo. Era Sydney Carton.
Tal era la expresión de su rostro, tan notable su mirada, que en el
primer instante temió el prisionero que se tratase de una aparición no
real, fruto de su imaginación alborotada. Pero la aparición habló, y el
tono de su voz era el de Carton; estrechó la mano del reo, y su mano
era una mano real, de carne y hueso.
--Apuesto a que soy yo el último ser humano a quien usted esperaría
ver: ¿me equivoco?