--Profeso la santa doctrina del exterminio, y dicho se está que, en

general, nada tengo que decir en su contra--observó Defarge.--Pero

hay que tener en cuenta que ese pobre doctor ha sufrido ya mucho. Hoy

habéis podido convenceros de ello, pues todos habréis reparado en la

expresión de su cara mientras se leía el papel.

--¡He reparado en la expresión de su cara, sí!--replicó la tabernera,

poniendo en sus palabras todo el desprecio y todo el odio de su corazón

de fiera.--He reparado en la expresión de su cara, sí; y he visto que

no era la cara de un amigo verdadero de la República; eso es lo que he

visto.

--Y no te habrán pasado inadvertidas las crueles agonías de su hija,

agonías que habrán exacerbado enormemente las suyas--repuso Defarge.

--También he observado a su hija, sí--contestó la tabernera;--la

he observado muchas veces; no hoy sólo. La he observado hoy en el

Tribunal, y la he observado otros días en la calle, contemplando

los muros de la cárcel. Me basta alzar un dedo, para que baje

inmediatamente la cuchilla que haga rodar su cabeza.

--¡Eres una ciudadana prodigiosa!--rugió Santiago Tercero.

--¡Un ángel!--suspiró La Venganza.

--En cuanto a ti--prosiguió la tabernera implacable, dirigiéndose a su

marido,--segura estoy de que, si de ti dependiera... que por fortuna no

depende... serías capaz de salvar aún a ese hombre.

--¡No!--protestó Defarge--¡Si con levantar este vaso pudiera salvarlo,

ten por seguro que no lo levantaría! Pero me detendría allí; repito que

daría mi obra por acabada.

--Ya lo estás viendo, Santiago--exclamó la tabernera lanzando por los

ojos llamaradas de rabia--Ya lo estás viendo también tú, mi querida

Venganza... Los dos lo véis... Los dos lo oís... Hace mucho tiempo

que figura esa raza en mis registros condenada a la destrucción, al

exterminio, por crímenes que nada tienen que ver con los de la tiranía

y opresión. Preguntad a mi marido si miento.

--Es verdad--contestó Defarge, sin esperar a que le preguntasen.

--En los comienzos de los grandes días, cuando cayó la Bastilla,

encuentra mi marido el papel que se ha hecho público hoy, lo trae a

casa, y después de media noche, cuando el establecimiento está cerrado

y desierto, lo leemos en este mismo sitio y a la luz de esta misma

lámpara. Preguntadle si digo verdad.

--Es verdad, sí--contestó Defarge.

--Aquella misma noche, después de leído el papel y apagada la lámpara,

cuando comenzaba a filtrarse el día por entre las grietas de las

ventanas y los hierros de las rejas, le dije que tenía que comunicarle

un secreto. Que os diga si miento.

--Es cierto--asintió Defarge.

--Y le comuniqué el secreto. Golpeé su pecho con estas dos manos, como

lo golpeo ahora, y le dije: «Defarge; me crié entre pescadores de la

playa, y la familia labriega tan ultrajada por los hermanos Evrémonde,

esa familia que describe el papel encontrado en la Bastilla, es mi

familia. Defarge, la hermana moribunda del muchacho campesino herido

mortalmente era mi hermana, el marido era el marido de mi hermana, el

fruto de sus amores que jamás abrió los ojos a la luz, era el hijo de

mi hermana, y aquel hermano labriego era mi hermano, y el padre muerto

de dolor era mi padre, los que murieron eran mis muertos, y sus gritos

de venganza a mí se han dirigido desde entonces...» Preguntadle si es

verdad lo que digo.

--Así es--confesó Defarge.

--¡Y ahora, decidme si es posible poner compuertas al vendaval o

extinguir el fuego del infierno!--repuso la tabernera.--Pero no; no es

necesario que me lo digáis.

Los dos oyentes saboreaban un placer horrible al convencerse de la

índole implacable del odio de la tabernera, cuya palidez de espectro

estaba viendo el lector del periódico sin ver su rostro. Defarge,

minoría insignificante, aventuró algunas palabras haciendo resaltar

la compasión de la esposa del Marqués; pero no consiguió más que la

repetición de las palabras últimas de su mujer:

--¡Dime si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego

del infierno!

La entrada de algunos parroquianos puso fin a la conferencia. El inglés

pagó el gasto hecho y preguntó dónde estaba el Palacio Nacional.

Acompañóle hasta la puerta la señora Defarge, y allí, poniendo su brazo

sobre el de aquél, le indicó el camino que debía seguir. Ganas se le

vinieron al parroquiano inglés de alzar aquel brazo y herir con mano

segura a su propietaria.

Alejóse Carton de aquellos parajes, no tardando en rondar los muros

de la cárcel. A la hora convenida se presentó en la casa de Lorry,

donde halló al anciano que le esperaba inquieto y lleno de ansiedad.

Manifestóle el buen banquero que había estado acompañando a Lucía hasta

momentos antes, y que se había separado de ella para acudir a la cita

convenida; que no habían visto a su padre desde que salió a las cuatro

de la tarde; que Lucía abrigaba alguna esperanza de que, por mediación

del doctor, acaso se salvase Carlos, pero que las esperanzas eran muy

débiles.

Cinco horas duraba la ausencia del doctor: ¿dónde podría estar? Lorry

le esperó hasta las diez, y como no podía resignarse a dejar a Lucía

sola y sin noticias durante tanto tiempo, decidieron que Lorry volviera

a la casa de la infeliz, y que Carton esperaría la llegada del doctor.

Lorry debía regresar al Banco a media noche.

Dieron las doce y el doctor no apareció. Volvió Lorry, y ni encontró

noticias, ni trajo ninguna. ¿Dónde estaría?

Este era el punto que estaban discutiendo, casi abriendo sus pechos a

la esperanza, fundada en lo prolongado de la ausencia, cuando oyeron

sonar sus pasos en la escalera. No bien apareció en la habitación,

vieron que todo estaba perdido.

Jamás ha podido saberse si se pasó todas las largas horas de ausencia

vagando al azar por las calles, o bien si visitó a sus relaciones.

Entró en la estancia, permaneció con la mirada fija en los que le

esperaban, y no despegó los labios, ni nadie le dirigió la palabra,

pues bien claramente decía la expresión de su rostro que todo estaba

perdido.

--No puedo encontrarlo--dijo.--¿Dónde está? Me hace falta.

Venía con la cabeza desnuda y abierta la pechera de la camisa. Después

de tender miradas de angustia en derredor, se quitó la levita y se

sentó en el suelo.

--¿Pero dónde está mi banqueta? Por todas partes la ando buscando sin

poder dar con ella. ¿Qué han hecho con mi labor? Necesito concluir esos

zapatos... los esperan con urgencia.

Los dos oyentes se miraron consternados.

--¡Vaya... vaya!--repuso el anciano.--¡Mi banqueta... mi labor

comenzada...! ¡Repito que es muy urgente!...

Al no recibir contestación, se tiró del cabello y pateó el suelo,

semejante a un niño enfadado.

--¡No martiricen a un desgraciado!--exclamó, lanzando un grito

formidable.--¡Dénme mi labor... por Dios! ¿Qué será de nosotros si esta

noche no termino los zapatos?

¡Perdido, perdido por completo!

Era inútil intentar encender una luz que el recio huracán de la

desgracia había extinguido para siempre. Con espanto de Lorry, con

terror de Sydney Carton, el doctor Manette volvía a ser el zapatero

del sotabanco, el desventurado idiota que años antes entregaron al

tabernero Defarge.

Impresionados ambos, afectados por la misma idea y comprendiendo

la necesidad de sobreponerse a sus emociones, dedicáronse, no a

intentar reanimar aquella inteligencia, totalmente extinguida, sino

a tranquilizar al infeliz anciano, prometiéndole que muy en breve le

serían devueltos la banqueta, las herramientas y los zapatos.

--Ha sucumbido al golpe, excesivamente rudo para él--dijo Carton.--Sí;

no hay más remedio que llevarlo a su hija; pero antes de hacerlo,

¿tendrá usted la bondad de prestarme un momento de atención? Necesito

imponer algunas condiciones y arrancar a usted una promesa; pero no me

pregunte el motivo de las primeras ni el por qué de la segunda, que

para callarlas tengo una razón... y de mucho peso.

--No lo dudo--respondió Lorry.--Siga usted.

En una silla colocada entre los dos interlocutores estaba el anciano,

meciéndose con monotonía maquinal y sollozando. Los interlocutores

hablaban con voz muy baja, cual si se hallaran junto al lecho de un

enfermo.

Carton se bajó para alzar del suelo la levita del doctor. Al hacerlo,

cayó al suelo una cajita donde el doctor tenía la costumbre de guardar

la lista de las visitas que debía hacer durante el día. La recogió y

abrió, encontrando dentro un papel doblado.

--¿Quiere usted que veamos qué es esto?--preguntó.

Lorry asintió con un movimiento de cabeza.

--¡Gracias, Dios mío!--exclamó Carton no bien desdobló el papel.

--¿Qué es?--preguntó Lorry con acento anhelante.

--Un poquito de paciencia; se lo explicaré a su tiempo. Ante

todo--dijo, llevando la mano al bolsillo interior de su levita

y sacando otro papel,--conviene que vea usted esto, que es un

certificado, merced al cual puedo salir de la ciudad sin inconveniente.

Léalo usted.... Sydney Carton, súbdito inglés...

Lorry quedó contemplando el papel.

--Guárdelo usted hasta mañana. Recordará usted que he de visitar al

prisionero, y no creo prudente llevarlo conmigo a la cárcel.

--¿Por qué no?

--No lo sé... Un capricho, quizá, pero prefiero no llevarlo. Tome

también el papel que el doctor Manette llevaba en su bolsillo, y que es

otro certificado análogo, un salvo conducto para que él, su hija y su

nieta, puedan franquear la Barrera y la frontera en cualquier momento.

¿Lo ve usted?

--Sí.

--Probablemente se lo proporcionaría ayer, a fin de adoptar toda clase

de precauciones contra la tormenta. ¿Qué fecha tiene? Pero no importa;

no hay necesidad de tomar nota de ese dato. Lo esencial es que lo

guarde usted juntamente con el mío y el de usted. Ahora bien; escuche

con atención mis palabras, y no las olvide; hasta hace dos horas, no

pasó por mi imaginación que pudieran necesitar ese papel, que hoy

es firme y valedero, y lo será mientras no lo revoquen. Pero pueden

revocarlo; y es más: motivos poderosos me hacen creer que lo revocarán

muy pronto.

--¿Están en peligro?

--Están en peligro inminente. Están en peligro de ser denunciados

por la tabernera Defarge; no me lo ha contado nadie; lo he escuchado

yo de sus propios labios. Esta noche he sorprendido una conversación

de esa mujer, y la conversación me ha hecho ver el peligro que a la

familia del doctor amenaza. Desde que la oí, no he desperdiciado el

tiempo, he visitado a mi espía, y mis impresiones primeras se han

confirmado plenamente. Sabe aquél que un aserrador de leña, hechura

de los Defarges, está pronto a declarar que _la_ ha visto (Carton

no pronunciaba nunca el nombre de Lucía) haciendo señas a los

prisioneros. No es difícil adivinar que sobran motivos para fundar

sobre el hecho mencionado una acusación cualquiera, un complot contra

la República, por ejemplo, cuya consecuencia sería la muerte de _ella_,

quién sabe si también la de su hija... acaso hasta la de su padre,

pues ambos han sido también vistos en el mismo sitio... No se asuste

usted... que a todos los salvará usted.

--¡Quiéralo el Cielo, Carton! ¿pero cómo?

--Es lo que voy a decirle ahora mismo. Fío en usted, convencido de que

no podría poner el asunto en mejores manos. La nueva delación no será

formulada hasta que pase el día de mañana... probablemente la dejarán

para dos o tres días después, y aun es más probable que la dilaten

una semana. Sabe usted perfectamente que incurre en pena de muerte

en este bendito país el que llora o simpatiza con una víctima de la

guillotina. No cabe dudar que tanto _ella_ como su padre se harán reos

del crimen mencionado, y desde luego aseguro que la tabernera, cuyo

odio feroz llega a extremos inconcebibles, esperará hasta contar con

armas que aumenten la fuerza de su denuncia y hagan doblemente seguro

el resultado. ¿Va usted comprendiendo?

--Con tanta atención, y tan penetrado de la exactitud de lo que usted

afirma, que hasta olvido momentáneamente esta desdicha--contestó

extendiendo la diestra hacia la silla del doctor.

--No ha de encontrar dificultades usted, que dispone de dinero en

abundancia, para ganar la costa utilizando los medios de locomoción

más rápidos. Hace ya días que tiene usted ultimados sus preparativos

para regresar a Inglaterra. Dé usted órdenes para que mañana tengan

enganchados los caballos para emprender el viaje a las dos de la tarde.

--Lo estarán.

--¿No dije antes que era imposible poner el asunto en mejores manos?

Tiene usted un corazón todo nobleza. Esta noche, dirá a _ella_ que

conoce el peligro que se cierne sobre su cabeza, y que ese peligro

puede envolver también a su hija y a su padre. Insista usted en este

punto, pues de no hacerlo así, es probable que nada consiguiera, porque

_ella_, sin inconveniente, antes bien llena de alegría, colocaría su

hermosa cabeza junto a la de su marido, para que el mismo golpe hiciera

rodar las de los dos. Insistiendo en el peligro que corre su hija y en

el que amenaza a su padre, hágala usted ver la necesidad imperiosa de

salir mañana a la hora indicada de París, con ellos y con usted. Dígala

que es deseo de su marido, deseo expreso de cuyo cumplimiento depende

mucho más de lo que ella puede suponer o esperar. ¿No le parece a usted

que su padre, no obstante la lamentable condición de su espíritu, se

someterá a los deseos de la hija?

--Estoy seguro de ello.

--Lo suponía. Sobre todo, téngalo todo dispuesto para la hora indicada.

El coche preparado, enganchados los caballos y ustedes acomodados en

sus asientos. En el momento que llegue yo, colóquenme en el coche, y en

marcha.

--¿He de esperar su llegada de usted, suceda lo que suceda?

--Tiene usted en su poder mi salvoconducto, juntamente con los demás,

salvoconducto que me da derecho a un asiento. Esperará usted hasta que

ese asiento esté ocupado, y en cuanto lo esté, a Inglaterra lo más

rápidamente posible.

--En ese caso--observó Lorry, dando un fuerte apretón de manos a

Carton,--ya no depende todo de un pobre viejo, puesto que llevaré a mi

lado a un joven ardiente y decidido.

--¡Con la ayuda de Dios, lo tendrá usted! Prométame ahora solemnemente

que por nada del mundo alterará ni modificará nada de lo que hemos

convenido.

--Nada, Carton; lo juro.

--Mañana, procure recordar con frecuencia estas palabras: «Una

variación... una demora... sea la que sea la causa a que obedezca,

puede comprometer la salvación de las vidas de todos y ocasionar el

sacrificio inevitable de muchas otras.»

--Las recordaré. Espero que Dios me dará fuerzas para llenar fielmente

mi misión.

--Yo también espero que no me faltarán para cumplir la mía. Y ahora...

adiós.

No se fué, sin embargo, aunque a continuación de pronunciar la palabra

de despedida, llevó a sus labios y besó la mano que Lorry le tendía.

Antes ayudó a levantar al doctor de la silla, a ponerle la levita y

el sombrero, y a inducirle a salir, diciéndole que iban a buscar la

banqueta y los zapatos que deseaba. Acompañó a los dos ancianos hasta

el jardín de la casa donde lloraba un corazón lacerado, tan feliz en

otros tiempos, y, cuando aquellos le dejaron solo, permaneció algunos

momentos contemplando una ventana, cuyas maderas dejaban escapar

algunos hilos de luz, la ventana de la habitación de _ella_. Antes

de irse, su corazón envió a la ventana un adiós solemne envuelto en

hermosa nube de bendiciones.

XIII

CINCUENTA Y DOS

Encerrados en negruzcos muros, los condenados del día esperaban la hora

de subir al cadalso en la siniestra cárcel de la Conserjería. Eran

tantos como semanas tiene el año. Cincuenta y dos vidas humanas debían

perderse aquella tarde en el mar insaciable que las absorbe todas.

Antes que se vaciasen sus celdas quedaban designados los que habrían

de remplazarlos, antes que corriera su sangre sobre la sangre vertida

el día anterior, había sido puesta en sitio separado la que al día

siguiente vendría a mezclarse con la suya.

Cincuenta y dos vidas segadas, cincuenta y dos víctimas, pertenecientes

a todas las clases sociales; desde el rico propietario de setenta

años, cuyas riquezas de nada le servían para prolongar la existencia,

hasta el mísero jornalero, a quien tampoco podía salvar su obscuridad

y su miseria. De la misma manera que en las enfermedades físicas, que

tienen su origen en los vicios y en los descuidos de los hombres, hacen

sus víctimas sin reparar en categorías ni edades, así también las

espantosas dolencias morales, engendradas por sufrimientos indecibles,

opresiones intolerables e indiferencias crueles, hieren por igual y sin

distinción de personas.

Carlos Darnay, encerrado en su celda a solas con sus pensamientos,

no se hizo ilusión alguna desde que salió de la Sala de Justicia. En

cada palabra de la terrible narración allí leída vió una sentencia

de muerte, y no se le ocultó que no había influencia humana capaz de

salvarle, que virtualmente pesaba sobre él una sentencia pronunciada

por millones de votos, contra los cuales de nada servían los esfuerzos

individuales.

No era, sin embargo, empresa fácil resignarse a morir, el que como

él conservaba fresca en su mente la imagen de su adorada esposa.

Lazos muy sólidos le unían a la vida, y era duro, muy duro, ver tan

de cerca la cuchilla que los cortaría para siempre. Sus pensamientos

se atropellaban, se agitaban tumultuosos en su pecho, reñían entre

sí rudas batallas, y a la postre unían sus fuerzas para contender

contra la resignación. Si momentáneamente conseguía calmarlos, brotaba

inmediatamente la imagen de su mujer, la imagen de su tierna hija,

acordábase de que las dejaba en el mundo, y protestaba contra ello

con todas las fuerzas de su alma, ni más ni menos que si en su pecho

alentase el egoísmo más agudo.

Verdad es que estas luchas no fueron de larga duración. No pasó mucho

rato sin que actuara en él como estimulante poderoso la consideración

de que la muerte que le esperaba no llevaba consigo el apéndice de

la deshonra, y el pensamiento de que muchos, tan inocentes como él,

recorrían todos los días y con paso firme el mismo camino doloroso que

él debía recorrer. Pensó luego en la futura tranquilidad de espíritu de

que, pasados los primeros momentos, disfrutarían los seres queridos que

dejaba en el mundo, si le veían aceptar la muerte con entereza varonil,

y de esta suerte, poco a poco y por grados, fué recobrando la calma y

engolfándose en reflexiones de índole más elevada.

Antes que cerrase la noche, había adelantado la mayor parte del camino

en el viaje de su resignación. Provisto de recado de escribir y de luz,

tomó la pluma y no la dejó hasta que llegó la hora en que el reglamento

de la cárcel obligaba a apagar las lámparas.

Escribió una carta muy extensa a Lucía, demostrándola que jamás

tuvo noticia del eterno cautiverio de su padre hasta que lo oyó de

los mismos labios de éste, y que, con anterioridad a la lectura del

documento encontrado en la Bastilla, estaba tan ignorante como ella

misma de la culpabilidad directa de su padre y de su tío en aquel

triste acontecimiento. Ya antes la había explicado que, si ocultó su

apellido verdadero, apellido que había renunciado, fué para cumplir

una condición, cuyo motivo comprendía ahora perfectamente, impuesta

por el doctor al dar su asentimiento a las relaciones amorosas con su

hija, y ratificada la mañana de su boda. La suplicaba encarecidamente

que, por amor a su padre, jamás intentase averiguar si aquél había

olvidado la existencia del documento, o bien si se la recordó la

historia de la Torre de Londres narrada bajo el plátano del jardín

aquella noche de verano. Si del documento en cuestión conservaba algún

recuerdo, indudablemente lo supuso destruído con la Bastilla, al ver

que no figuraba entre las reliquias de los prisioneros encontradas por

el populacho y hechas tan públicas que las conocía el mundo entero.

Instábala--bien que añadiendo que ya sabía que la recomendación era

inútil--a que consolase a su padre, convenciéndole, por todos los

medios imaginables, de que no sólo no había hecho nada vituperable,

nada que hubiera ocasionado su desventura, sino que, por el contrario,

se había sacrificado siempre por la felicidad de su hija y del marido

de su hija. Terminaba recomendándola que procurase sobreponerse a su

dolor, que se consagrase a su querida hija, y sobre todo, que a fuerza

de ternura consolase a su padre.

Escribió al doctor otra carta inspirada en los mismos pensamientos y

diciéndole que confiaba a su cariño a su mujer y a su hija. Con frase

vibrante le hacía ese encargo, no porque lo considerara necesario,

sino más bien con objeto de levantar su ánimo y alejar de su mente

pensamientos retrospectivos, que desde luego suponía que se alzarían

con mayor fuerza que nunca.

Dirigió una carta al señor Lorry, encomendando a su solicitud los seres

queridos que dejaba y explicándole todos sus asuntos terrenos. No se

acordó de Carton. Eran tantos los pensamientos que le embargaban, que

no dejaron hueco para una persona con la que nunca sostuvo relaciones

frecuentes.

Cuando se apagaron las luces y se tendió sobre el mísero jergón de

paja, creyó que había concluído ya con el mundo.

Resurgió, sin embargo, éste durante su sueño, y resurgió brillante,

encantador. Encontróse de nuevo en el tranquilo rinconcito de Soho,

libre, feliz, contento, en compañía de su Lucía, la cual le aseguraba

que todo había sido un sueño, una pesadilla, que nunca habían

abandonado a Inglaterra, que nunca se había separado de ella. A este

sueño siguió una pausa de olvido completo, después de la cual se

imaginó que vivía con su mujer, pero muerto, decapitado. Sobrevino otra

pausa de olvido, y despertó al fin por la mañana, sin darse cuenta del

sitio en que se encontraba sin acordarse de lo ocurrido la víspera,

hasta que brotaron en su mente con caracteres de fuego estas palabras:

«Hoy es el día de tu muerte.»

Encontrábase en el día en que debían rodar cincuenta y dos cabezas,

una de ellas la suya, y mientras, resignado a su triste suerte,

hacía acopio de alientos para sufrirla con tranquilo heroísmo, sus

pensamientos, muy difíciles de dominar, emprendieron con actividad

febril nuevos derroteros.

Nunca había visto el terrible instrumento que horas más tarde segaría

su vida. Cuánta sería la elevación sobre el suelo de la lúgubre

máquina, cuántos peldaños tenía la escalera fatal, dónde estaría

emplazada, qué manos se encargarían de colocarle sobre el tajo, si

estarían tintas en sangre, hacia qué lado volvería la cabeza, si sería

él el primero o si sería el último; éstas y otras preguntas semejantes

se hacía una y otra vez, atropelladamente, sin que en ello interviniera

su voluntad, sino su imaginación sobreexcitada. Tampoco las inspiraba

el miedo, sino más bien un deseo extraño de saber qué era lo que haría

cuando llegase el caso, un deseo que no guardaba proporción con los

fugaces instantes a los cuales se refería, una curiosidad inexplicable

sentida por una alma distinta de la suya.

Pasaba el tiempo y el reloj sonaba horas que el infeliz no volvería a

oir sonar. Dieron las nueve, las diez, las once, y estaban para dar

las doce. El reo paseaba cada vez más sereno. Lo peor de la lucha

interna había pasado. Ya no conturbaban su imaginación pensamientos

disparatados, ya podía rezar por sí y por los suyos.

Sonaron las doce.

Habíanle dicho que la hora última que para él sonaría en el mundo

serían las tres, y sabía que le sacarían del calabozo con bastante

anticipación a la hora indicada, pues las carretas de la muerte

recorrían muy lentamente el camino del patíbulo. Supuso, pues que le

llamarían a las dos.

Cruzados los brazos delante del pecho paseaba por su celda, cuando

hirió sus oídos la una; no perdió su calma heroica. Fervorosamente dió

gracias a Dios por haberle dado fuerzas para recobrar la calma, y pensó:

«Me resta otra hora.»

Sonó rumor de pasos en el pasadizo exterior. La puerta de su celda se

abrió y volvió a cerrar sin ruido. Alguien dijo junto a la puerta,

abierta ya, o mientras la abrían, estas palabras:

«No me ha visto nunca aquí, pues he cuidado siempre de alejarme de su

paso. Entre usted... Esperaré fuera... No pierda tiempo.»

Frente al prisionero brotó un hombre que le miraba sonriente,

tranquilo. Era Sydney Carton.

Tal era la expresión de su rostro, tan notable su mirada, que en el

primer instante temió el prisionero que se tratase de una aparición no

real, fruto de su imaginación alborotada. Pero la aparición habló, y el

tono de su voz era el de Carton; estrechó la mano del reo, y su mano

era una mano real, de carne y hueso.

--Apuesto a que soy yo el último ser humano a quien usted esperaría

ver: ¿me equivoco?

Una historia de dos ciudades · 第 31 / 34 段