--Yo sabía--respondió Defarge, mirando a su mujer que desde poca

distancia le estaba clavando con sus ojos--que el cautivo de quien

hablo había estado sepultado en una celda que llamaban Ciento Cinco,

Torre del Norte. El secreto me lo reveló él mismo, pues mientras

permaneció en mi casa, haciendo zapatos, no supo que tuviera otro

nombre que el Ciento Cinco, Torre del Norte. El día de la toma de la

Bastilla, mientras hacía fuego con mi cañón, decidí reconocer la celda

en cuestión, tan pronto como la fortaleza cayera en poder nuestro.

Cayó; e inmediatamente subí al calabozo mencionado, juntamente con un

compañero, que figura en el jurado, y un calabocero, que se encargó

de guiarnos. La reconocí muy detenidamente, y en un agujero del

muro, disimulado detrás de un sillar que había sido quitado y vuelto

a colocar, encontré un papel escrito. El papel escrito es éste. He

examinado varios escritos del doctor Manette, y la letra de este papel,

es letra de puño del doctor Manette. Entrego este papel, escrito de

puño y letra del doctor Manette, al Presidente.

--Que se lea.

El documento, leído en medio de un silencio sepulcral, mientras el reo

miraba con amor a su mujer, y ésta miraba ora a él ora a su padre,

y el doctor Manette no separaba los ojos del lector, y la señora

Defarge clavaba los suyos con insistencia en el prisionero, y Defarge

no separaba los suyos de su mujer, y todos los que llenaban la sala

contemplaban al doctor que no veía a nadie, decía así:

X

LA SUBSTANCIA DE LA SOMBRA

«Yo, _Alejandro Manette_, médico desventurado, natural de Beauvais,

y residente en París, escribo este doloroso documento en mi horrenda

celda de la Bastilla en el mes último del año de 1767. Lo escribo

aprovechando ratos que robo a la vigilancia y venciendo dificultades

inmensas. Mi propósito es esconderlo en el interior del muro de mi

tumba, donde a fuerza de trabajo he conseguido abrir un hueco. Tal vez

lo encuentre alguna mano misericordiosa cuando yo y mis desventuras

hayamos pasado al mundo del olvido.

»Trazo estos renglones con el óxido que he sacado de los enmohecidos

hierros de la reja mezclados con sangre de mis venas, el mes último

del año décimo de mi cautiverio. En mi pecho no queda ya ni un átomo

de esperanza. Fenómenos terribles que en mí mismo he observado me

anuncian que muy en breve me abandonará también la razón, pero declaro

solemnemente que en este momento me hallo en posesión plena de mis

facultades mentales... que mi memoria es exacta y circunstancial, que

escribo la verdad, y que estoy pronto a responder de la veracidad de

mis palabras, tanto si llegan a ser leídas algún día por los hombres,

como si están condenadas al secreto eterno, ante el Juez Eterno cuya

mirada lee en el fondo de los corazones.

»Una noche de la semana cuarta de diciembre (creo que el día veintidós

del mes) del año 1757, hallábame yo paseando por un paraje retirado

del paseo que bordea al Sena y a una hora de distancia de mi casa,

sita en la calle de la Facultad de Medicina, cuando por mi espalda vi

que se aproximaba un carruaje, tirado por dos caballos, a galope. En

el momento de hacerme a un lado para dejar paso al carruaje y evitar

ser atropellado, asomó en la ventanilla una cabeza, y una voz mandó al

cochero que parase.

»Hizo alto el coche tan pronto como el cochero pudo refrenar a los

caballos, y la misma voz que diera la orden de parar, me llamó por mi

nombre. No paró el coche frente a mí, sino a distancia bastante para

que dos caballeros tuviesen tiempo de abrir la portezuela y saltar al

paseo antes que llegase yo, acudiendo al llamamiento. Observé que ambos

iban perfectamente embozados en sus capas y que procuraban recatar sus

rostros. Al llegar yo a su lado y encontrarlos de pie a uno y otro

lado de la portezuela, reparé también en que los dos parecían ser de

mi misma edad, quizá más jóvenes, y que se parecían mucho en estatura,

movimientos, voz y (de lo poco que pude ver) hasta en rostros.

»--¿Es usted el doctor Manette?--me preguntó el uno.

»--Yo soy--contesté.

»--¿El doctor Manette, natural de Beauvais, joven médico y cirujano

hábil y original, que desde hace uno o dos años es una verdadera

notabilidad en París?--terció el otro.

»--Caballeros; soy, efectivamente, el doctor Manette, de quien ustedes

hablan con benevolencia excesiva--contesté.

»--Hemos estado en su casa--repuso el que había hablado primero,--y

no habiendo tenido la suerte de encontrarle, aunque sí la de que nos

indicaran que probablemente estaría paseando por estos sitios, le hemos

seguido llevados de la esperanza de alcanzarle. ¿Tiene usted la bondad

de entrar en el carruaje?

»El tono de su voz era imperioso; mientras se cruzaron las palabras que

dejo consignadas, se movieron en forma que me dejaron colocado entre

ellos y la portezuela del coche, y además, iban armados y yo no.

»--Ruego a ustedes que me perdonen, caballeros--respondí,--pero es el

caso que tengo por costumbre preguntar quiénes son las personas que me

hacen el honor de pedir mis servicios y la índole del caso que hace

necesaria o conveniente mi asistencia.

»Me contestó el que había hablado en segundo lugar:

»--Sus clientes, doctor, son personas de alta posición social. Por lo

que se refiere a la índole del caso que hace necesaria su asistencia,

la confianza que en su ciencia y en su habilidad tenemos es para

nosotros garantía de que ha de comprenderla usted sin necesidad de

explicaciones nuestras, que seguramente resultarían deficientes. Creo

que con lo dicho basta. ¿Tiene la bondad de montar?

»No me quedaba más recurso que obedecer, y lo hice sin hablar palabra.

Inmediatamente me siguieron los dos caballeros, habiendo recogido el

estribo el que entró el último. El coche dió media vuelta y partió a

galope.

»Consigno aquí la conversación tal como fué; puedo asegurar que la

repito textual, palabra por palabra. Lo describo todo exactamente

lo mismo que tuvo lugar, sujetando a mi imaginación y evitando que

divague. Los puntos suspensivos que en mi relato se encuentren,

significan que suspendo la tarea para otra ocasión y que oculto el

documento en el escondite abierto al efecto...

»El carruaje atravesó muchas calles, pasó por la Barrera Norte y no

tardó en avanzar por un camino, fuera de la ciudad. A dos tercios de

legua de la Barrera (no calculé entonces la distancia, pero sí cuando

la volví a recorrer) dejó el coche el camino real, y momentos después

hacía alto frente a una casa solitaria. Saltamos a tierra los tres, y

avanzamos por un mullido paseo de un jardín, cubierto de hierba, en

cuyo centro había corrido una fuente en otros tiempos, hasta llegar

a la puerta de la casa. Nos franquearon la entrada, no bien sonó la

campanilla, y el que nos la franqueó, recibió un bofetón terrible de

uno de mis acompañantes.

»Confieso que no me llamó la atención aquel acto, pues estaba muy

acostumbrado a ver que los hombres de la clase baja eran tratados por

los nobles con menos miramiento que si fueran perros. Una vez dentro de

la casa, pude observar que el parecido entre mis dos acompañantes era

tan maravilloso, que desde luego los deputé por hermanos gemelos.

»Desde que saltamos del carruaje frente a la verja del jardín, que

encontramos cerrada y que abrió uno de los hermanos, cerrándola de

nuevo luego que la franqueamos, venía yo oyendo gritos que tenían su

origen en una de las habitaciones altas de la casa. Condujéronme en

derechura a la habitación de la que partían los gritos, donde encontré

tendida sobre el lecho a una enferma, presa de terrible fiebre cerebral.

»Era la paciente una mujer de belleza maravillosa y muy joven;

seguramente no pasaba de los veinte años. Su hermosa cabellera ofrecía

un aspecto de desorden tan completo, que entristecía el ánimo, y los

brazos de la enferma estaban sujetos con tiras de tela. Observé que

estas tiras eran pedazos de traje de corte de caballero, en uno de los

cuales vi el escudo de armas de un noble con la inicial E.

»Estas observaciones las hice todas al minuto escaso de haber entrado

en la estancia. Ocurrió que la enferma, cuya agitación era espantosa,

se volvió boca abajo, una de las fajas que la sujetaban se introdujo en

su boca, y vi que corría peligro de morir asfixiada. Separé, como es

natural, la tira, y entonces fué cuando descubrí el escudito de armas

bordado en ella.

»Volví boca arriba a la paciente, coloqué mi mano sobre su pecho a

fin de calmarla y obligarla a permanecer quieta, y miré su rostro. Su

mirada estaba horriblemente dilatada, y sus labios crispados repetían

a gritos estas palabras: «Mi marido... mi padre... mi hermano». Luego

contaba hasta doce, permanecía unos segundos escuchando con toda la

atención de su alma, y comenzaba de nuevo a gritar «Mi marido... mi

padre... mi hermano», y de nuevo contaba hasta doce y de nuevo hacía

una pausa para escuchar. Ni en el tono, ni en los ademanes, ni en la

voz había la menor variación.

»--¿Cuándo comenzó este estado de cosas?--pregunté.

»A fin de distinguir entre los dos hermanos, llamaré al uno el hermano

mayor y al otro el menor, entendiendo por el mayor al que ejercía mayor

autoridad.

»--Desde anoche a estas horas--contestó el hermano mayor.

»--¿Tiene marido, padre y hermano?

»--Tiene un hermano.

»--¿Y no estoy hablando con ese hermano en este instante?

»--No--replicó con tono de profundo desprecio.

»--¿La ha ocurrido recientemente algo relacionado con el número doce?»

»--¿Con el número doce?--repitió con impaciencia el hermano menor.

»--Pueden convencerse ustedes, caballeros, de lo inútilmente que me

han traído aquí, tal como estoy--dije, puestas aún mis manos sobre

el pecho de la enferma.--Si yo hubiese sabido lo que pasaba, habría

venido provisto de lo necesario, mientras que ahora estamos perdiendo

lastimosamente el tiempo. En un sitio tan solitario como es éste, no es

posible encontrar medicinas.

»El hermano mayor miró al menor, quien replicó con voz altanera:

»--Tenemos aquí un botiquín.

»Momentos después lo sacaba de un armario y lo colocaba sobre la mesa...

»Abrí algunos frascos, los olí y llevé sus tapones a mis labios. Si me

hubiese hecho falta administrar a la enferma cualquier substancia no

narcótica ni tóxica, a buen seguro que no la hubiera medicinado con

nada de lo que contenía el botiquín.

»--¿No le inspiran confianza?--preguntó el hermano menor.

»--Viendo está usted, caballero, que voy a utilizarlas--contesté

sencillamente.

»No sin haber de luchar con grandes dificultades, y al cabo de largo

rato, conseguí hacer tomar a la enferma la dosis de medicina que

consideré conveniente. Como quiera que mi propósito era repetir la

medicación y observar los efectos que en la enferma producía la

primera toma, me senté a la cabecera de su lecho. Sentada con timidez

y cortedad manifiestas en un ángulo, había una mujer que la cuidaba,

casada con uno de los individuos de escalera abajo. La casa estaba

sucia, mal cuidada y amueblada, síntomas evidentes de que la ocupaban

desde fecha muy próxima y de que la intención de sus ocupantes era

permanecer en ella muy poco tiempo. Habían tendido provisionalmente

algunas colgaduras delante de las ventanas, sin duda para que los

gritos de la enferma no llegasen al exterior. Continuaba ésta gritando

como cuando llegué, repitiendo las mismas palabras y por el mismo

orden: «Mi marido... mi padre... mi hermano», y contando a continuación

hasta doce. Sus convulsiones eran tan violentas, que no juzgué

prudente librarla de las tiras que la sujetaban, aunque las coloqué

de manera que la molestasen menos. La crisis no cedía a la medicación,

pero observé que la presión de mi mano sobre el pecho de la enferma

ejercía sobre ella tanta influencia, que al cabo de algunos minutos se

tranquilizaba. No la produjo, empero, sobre los gritos, que continuaban

con la regularidad de un péndulo.

»Media hora llevaría yo sentado junto a la cama y bajo las miradas de

los dos hermanos, cuando dijo el mayor:

»--Tenemos otro enfermo.

»Me alarmó la noticia, y pregunté:

»--¿Es urgente el caso?

»--Mejor será que lo vea usted por sus ojos--me contestó con tono

negligente tomando una luz...

»Yacía el segundo enfermo en una habitación situada a espaldas de la

casa, habitación que en rigor no era más que un desván emplazado sobre

una cuadra. Parte del desván tenía techumbre muy baja y parte no. Bajo

la parte cubierta había heno y paja almacenados, y el resto contenía

leña y aperos de labor. Recuerdo tan bien todos estos detalles, que me

parece que los estoy viendo en este instante tal como los vi aquella

noche, no obstante hallarme encerrado desde hace diez años en mi

calabozo de la Bastilla.

»Sobre un montón de heno y apoyada la cabeza sobre una almohada, yacía

tendido un mancebo de aspecto de aldeano, de rostro agraciado, y que no

contaría más de diez y siete años de edad. Estaba boca arriba, con los

dientes apretados, la mano derecha crispada sobre el pecho y la mirada

fija en el techo. Me arrodillé a su lado; y aunque no encontraba la

herida que había recibido, desde luego vi que moría a consecuencia de

una herida producida con instrumento punzante.

»--Soy médico, pobre amigo mío--dije;--deje que le reconozca.

»--No quiero ser reconocido; déjeme en paz--replicó.

»Estaba la herida situada debajo de su mano derecha, que me costó no

poco trabajo y muchas instancias separar. Era una estocada recibida

de veinte a veinticuatro horas antes, estocada mortal de necesidad,

aunque le hubieran sido prestados todos los auxilios de la ciencia al

segundo de ser inferida. Se moría a chorros. Busqué con mi mirada la

del hermano mayor, y observé que éste contemplaba al herido con la

indiferencia misma con que contemplaría a un pájaro, a una liebre o a

un conejo heridos. Claramente se advertía que no veía en el muchacho a

una criatura humana.

»--¿Quién le ha causado esa herida, caballero?--pregunté yo.

»--¡Bah! ¿A qué hablar de un siervo miserable... de un perro? Obligó a

mi hermano a cerrar contra él, y cayó bajo su espada como si hubiese

sido un caballero.

»En el tono de la contestación no había ni sombra de piedad, ni sombra

de pesadumbre, ni sombra de remordimiento.

»Los ojos del moribundo se volvieron hacia el que acababa de hablar,

fijándose a continuación en mí.

»--Doctor--me dijo;--son muy altivos esos nobles; pero también

nosotros, los perros miserables, tenemos nuestro orgullo. Nos roban,

nos saquean, nos ultrajan, nos vilipendian, nos apalean, pero todo

ello no basta para ahogar nuestra altivez. Ella... ¿la ha visto usted,

doctor?

»Llegaban hasta allí los gritos de la infeliz, bien que muy

amortiguados por la distancia. A la que los daba se refería el herido

como si hubiera estado a su lado.

»--La he visto, sí--contesté.

»--Es mi hermana, doctor. Habrán tenido esos nobles durante muchos

años derechos vergonzosos sobre la modestia y la virtud de nuestras

hermanas; pero entre nosotros quedan muchachas buenas, muchachas que

saben resistir sus violencias. Yo lo sé, y he oído a mi padre afirmarlo

así. Mi hermana es una de ellas. Tenía relaciones amorosas con un

joven, bueno también y honrado, vasallo de este noble que está ahí...

todos éramos vasallos suyos... El otro es su hermano, el representante

más vil de su despreciable raza.

»El desventurado tenía que hacer esfuerzos verdaderamente sobrehumanos

para poder hablar; pero si le faltaban energías corporales, sobrábanle

las del alma, y hablaba con extraordinaria entereza.

»--Nos robaba ese hombre que está ahí con la frialdad e indiferencia

con que nos roban a los que somos perros vulgares esos seres de

naturaleza superior a la humana... nos despojaba sin compasión, nos

obligaba a trabajar sin pagarnos, a llevar nuestro trigo a su molino,

a alimentar sus aves de corral con nuestras cosechas, pero imponiendo

pena de muerte al que tuviera la osadía de apoderarse de una de ellas,

nos saqueaba y robaba hasta un grado tal, que si alguna vez, por

misericordia de Dios, teníamos una piltrafa de carne que llevar a la

boca, la comíamos muertos de miedo, atrancando antes las puertas y las

ventanas de nuestras pobres casas, a fin de que sus gentes no la vieran

y nos la robaran. Repito que de tal suerte nos despojaban, de tal

suerte nos acosaban, de tal suerte nos hacían imposible la vida, que

mil veces he oído decir a mi padre que era para nosotros una desgracia

inmensa traer a un hijo al mundo, y que debiéramos suplicar a Dios

condenase a la esterilidad a todas las mujeres de nuestra casta, a fin

de que ésta se extinguiera de una vez y para siempre.

»Jamás había yo presenciado la explosión de los sentimientos de los

infelices oprimidos; suponía, sí, que en el fondo de su alma guardaban

almacenadas cantidades inmensas de odio contra sus opresores; pero su

estallido era para mí espectáculo nuevo hasta aquella noche.

»--Mi hermana, doctor, se casó, a pesar de todo. Su pobre prometido

andaba mal de salud por entonces, y mi hermana se casó para atenderle y

cuidarle en nuestra cabaña... nuestra perrera, como diría ese monstruo

que tenemos delante. Pocas semanas llevaba de casada, cuando tuvo la

desgracia de que la viera el hermano de ese hombre; le gustó, y con

la mayor naturalidad del mundo pidió a su hermano mayor que se la

prestase. ¿Qué importaba que estuviera casada? ¡Son tan poca cosa los

maridos entre nosotros!... El hermano mayor accedió sin inconveniente,

pero mi hermana era buena y virtuosa, y por añadidura, detestaba a

su admirador con tanta fuerza como le detesto yo. ¿Qué creerá usted

que hicieron entonces los dos hermanos para recabar del marido de mi

hermana que ejerciese sobre ésta toda su influencia hasta obligarla a

rendirse a sus torpes deseos?

»Los ojos del muchacho, fijos hasta entonces en los míos, volviéronse

poco a poco hacia los del noble, en cuya cara no me fué difícil leer

la verdad de los cargos que se le hacían. Aun aquí, en el interior del

sepulcro de la Bastilla en que me encuentro desde tantos años, creo

ver las dos clases de orgullo, perfectamente distintas, que reflejaban

las dos caras: indiferencia y hielo respiraba la del caballero; deseos

furiosos de venganza la del muchacho campesino.

»--Usted sabe, doctor, que uno de los derechos de esos nobles consiste

en aparejarnos a los que somos perros miserables, engancharnos a sus

carros y obligarnos a tirar. Pues bien; al marido de mi hermana lo

engancharon, convenientemente atalajado, a un carro, y le obligaron

a tirar de él. Sabe usted, doctor, que entre los derechos de esos

nobles figura el de obligarnos a pasarnos las noches en sus terrenos,

imponiendo silencio a las ranas a fin de que sus cantos no perturben

su noble sueño; el marido de mi hermana se pasaba las noches a

la intemperie y los días tirando del carro. No por ello se dejó

persuadir... ¡No! Un día, cuando le libraron de los aparejos y le

despidieron para que se fuera a comer... si encontraba qué, exhaló doce

sollozos, uno por cada campanada que daba el reloj--era mediodía--y

murió en los brazos de mi hermana.

»Sólo las ansias de explicar el agravio recibido sostenían la vida

en aquel cuerpo moribundo. Buscando en su determinación energías que

no encontraba en su organismo, alejó las sombras de la muerte que le

invadían y oprimió con mayor fuerza que nunca su herida por la cual

escapaba su vida.

»--Muerto el marido de mi hermana, con la autorización de este hombre,

y hasta con su apoyo material, su hermano se apoderó violentamente

de la pobre viuda, a la que necesitaba para sus placeres, para su

diversión de momento. La tropecé en el camino cuando se la llevaban.

Llevé la noticia a nuestra casa, y al oirla mi padre, estalló en mil

pedazos su corazón. Inmediatamente acompañé a mi hermana menor, tengo

dos... hasta un sitio donde no se hallara al alcance de ese hombre,

hasta un sitio donde no fuera su vasalla. Volví luego, seguí al hermano

de ese noble, y anoche le salí al encuentro, yo, un perro despreciable,

pero con la espada en la mano... ¿Dónde está la ventana?... ¿No había

aquí una ventana?

»Abandonábale la vida y con la vida la luz. Tendí yo en derredor mis

miradas, y advertí que el heno y la paja que cubrían el suelo estaban

pisoteados y hollados, cual si allí hubiese teñido lugar una lucha

encarnizada.

»--Me oyó mi hermana y acudió corriendo. Yo la dije que no se acercara

hasta que estuviera muerto su infame raptor. Este me tiró algunas

monedas, y a continuación, me cruzó la cara con su látigo; pero yo,

no obstante ser un perro despreciable, lo abofeteé hasta obligarle a

desenvainar su espada. ¡Que rompa ahora la hoja de una espada manchada

con la sangre de un villano, que la haga mil pedazos, que siempre será

cierto que hubo de desenvainarla para defender su vida, y que si me

hirió, fué apelando a toda su habilidad!

»Momentos antes había visto yo, desparramados por el suelo, pedazos de

una espada; era de caballero. Un poco más allá, sobre la paja, había

otra espada vieja, una espada de soldado.

»--Incorpóreme, doctor, incorpóreme; ¿dónde está ese hombre?

»--No está aquí--contesté sosteniendo al moribundo, creyendo que se

refería al hermano.

»--¡Claro! ¡Con toda su altivez de noble me tiene miedo! ¿Y el hombre

que estaba aquí? ¡Vuélvame hacia él... quiero verle!

»Hícelo así, apoyando sobre mi rodilla la cabeza del muchacho; pero

éste, reanimadas por un momento todas sus energías, se puso en pie,

obligándome a hacer otro tanto para sostenerle.

»--¡Marqués!--gritó, con mirada dilatada y levantando el

brazo.--Llegará día en que todos los hombres habrán de dar cuenta

estrecha de sus actos; para ese día te emplazo a ti y a todos los

tuyos, desde el primero hasta el último de tu maldita raza, para que

respondáis de vuestros crímenes. Sea esta cruz que con sangre estampo

sobre tu cara testimonio de mi emplazamiento. Para el día en que todos

los hombres habremos de dar cuenta estrecha de nuestros actos emplazo

también a tu hermano, el más vil de una raza vil y miserable, para que

responda de los suyos por separado; sobre su cara estampo esta otra

cruz con mi sangre, como testimonio de mi emplazamiento.

»Dos veces llevó la mano a la sangrienta herida de su pecho y con el

dedo índice trazó dos cruces en el aire. Permaneció algunos segundos

con el dedo índice rígido, levantado y cayó muerto...

»Cuando volví a la estancia donde dejé a la enferma, la encontré

delirando como la había dejado, y repitiendo las mismas palabras y con

el mismo orden de siempre. Desde luego adiviné que la crisis duraría

muchas horas y que, probablemente, terminaría con su muerte.

»Repetí las medicinas y me senté junto a la cama, donde permanecí

hasta que la noche estaba ya muy avanzada. Los gritos de la enferma

continuaron con la misma intensidad, con el mismo orden, sin variar una

sola palabra. «Mi marido... mi padre... mi hermano... Una, dos, tres,

cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.»

»Treinta y seis horas hacía que la vi por primera vez, y el estado de

la enferma en nada había variado. Me encontraba sentado a la cabecera

de su lecho cuando la crisis comenzó a ceder. Cesaron los gritos,

terminaron los estremecimientos, y al poco rato quedó aletargada, como

muerta.

»Llamé entonces a la enfermera para que me ayudara a colocarla bien

en la cama y a ordenar sus vestidos, desgarrados por mil sitios, y

entonces me di cuenta de que la desdichada estaba encinta, y perdí las

pocas esperanzas que de salvarla abrigaba.

»--¿Ha muerto ya?--preguntó el Marqués, que acababa de entrar en la

estancia, después de un paseo a caballo.

»--No ha muerto, pero muerta parece--respondí.

»--¡Qué resistencia tienen estos villanos!--exclamó, contemplándola con

curiosidad.

»--Las penas y la desesperación suelen resistir lo indecible--contesté.

»Mis palabras excitaron en el primer momento su risa, pero luego

frunció el entrecejo. Acercó con el pie una silla a la que yo estaba

sentado, mandó a la enfermera que nos dejase solos, y dijo, con voz

baja:

»--Doctor, al ver a mi hermano en la dificultad en que se encontraba,

le aconsejé que buscase a usted. Goza usted de una reputación

envidiable, pero todavía tiene que labrarse su fortuna, y supongo que

no ha de serle indiferente lo que afecte a sus intereses. Está usted

presenciando cosas que pueden verse, pero nunca decirse.

»Yo fingí que prestaba atención a la respiración de la enferma y no

contesté.

»--¿Me dispensa usted el honor de escucharme, doctor?

»--En mi profesión, caballero, cuantas noticias se dan

al médico referentes a los enfermos, se entiende que son

confidenciales--contesté, evitando comprometerme a nada, pues lo que

había oído y visto llenaba mi alma de recelos.

»La respiración de la infeliz se iba dificultando en tales términos,

que hube de buscar síntomas de vida en su pulso y en los latidos de

su corazón. Para ello me fué preciso levantarme de la silla, y cuando

volví a sentarme me encontré frente a frente de los dos hermanos...

Una historia de dos ciudades · 第 29 / 34 段