mano--de que usted ha sido ordenanza del respetable Banco Tellson para
despistar, para tener una pantalla que encubriera otras ocupaciones
contrarias a la Ley, ocupaciones sencillamente infames. Si así es,
no espere de mí consideración alguna tan pronto como lleguemos a
Inglaterra; si así es, no espere tampoco que yo guarde el secreto. Debe
conocerlo Tellson, y lo conocerá.
--No puedo creer, señor,--contestó con humildad _Lapa_--que un
caballero como usted, un caballero en cuyo servicio he encanecido,
se resuelva a causarme perjuicios de tanta consideración sin antes
pensarlo muy bien..., aun cuando lo que sospecha fuera cierto. Yo no
digo que lo sea; pero si lo fuese, siempre confiaría que usted no me
había de tratar tan mal. Suponiendo que fuera lo que usted teme, aun
entonces habría que estudiar el asunto desde dos puntos de vista,
puesto que no tiene uno solo, sino dos. Doctores en medicina hay, y no
pocos, que encuentran guineas de oro allí donde un menestral honrado
no halla más que míseros peniques... ¡Ni peniques siquiera! Medios
peniques... Y ni medios peniques; cuartos de penique... y gracias. ¿Y
qué me dice usted de los que entran y salen del Banco Tellson pasando
delante del honrado menestral que está junto a la puerta, sentado en un
banquillo viejo, mientras ellos van arrellanados en lujosos carruajes?
¿No es un espectáculo para despertar el apetito más dormido? Añada
usted a todo eso la presencia en Inglaterra de una señora _Lapa_ que se
pasa el día y la noche de rodillas y rezando para estropearle todos los
negocios al marido, mientras las mujeres de los médicos y las de los
que pasean en carruajes lujosos, rezan para que prosperen los asuntos
de sus casas respectivas. Otra cosa; si lo que usted sospecha fuese
cierto, que yo no digo que lo sea, ¿cree usted que me haría muy rico
tomando los desperdicios de los empresarios de pompas fúnebres, lo que
no quisieran los sacristanes, lo que desdeñasen los vigilantes de los
cementerios? ¡No, señor Lorry, no! es un oficio perdido; créame usted.
--¡Uf!--exclamó Lorry--¡Me horroriza verle a usted!
--El ofrecimiento que con toda la humildad me atrevo a hacer a usted,
aun cuando fuera cierto lo que usted sospecha, que yo no digo que lo
sea, es...
--¡No venga usted con embustes!
--No, señor; hablaré con verdad. El ofrecimiento que humildemente deseo
hacer es el siguiente: sobre el banquillo emplazado en la acera del
Tribunal, se sienta un hijo mío, que ya casi es un hombre, que hará
recados, vigilará y se desvivirá por desempeñar las funciones que hasta
aquí he desempañado yo, si así lo quiere usted. Si lo que usted teme
fuera cierto, que yo no digo que lo sea, ni tampoco que no lo sea,
porque no quiero mentirle a usted, den a mi hijo el cargo de su padre
y que se encargue al propio tiempo de su madre, y mientras, deje al
padre en libertad de cavar la tierra como se le antoje. Esto es, señor
Lorry--añadió _Lapa_, secándose el sudor de la frente con el dorso de
la mano,--lo que yo deseo ofrecer a usted.
--¡Calle, Jeremías! ¡Calle y no diga ni una palabra más! Quién sabe si
me decidiré a tratarle como hasta aquí, si con obras, no con palabras,
me demuestra su arrepentimiento. Palabras no las quiero; no me
convencen.
Salieron en aquel instante Carton y Barsad.
--Adiós, Barsad--dijo el primero;--quedamos entendidos. Nada tema de mí.
Tomó asiento junto a Lorry, quien le preguntó.
--¿Qué han hecho?
--Poca cosa; si la suerte del prisionero se pone obscura, me permitirán
hacerle una visita; nada más.
El desaliento de Lorry se acentuó.
--No puedo hacer más--repuso Carton.--Pedir demasiado, equivalía llevar
a ese hombre a la guillotina, y, como dijo muy bien él, mayor desgracia
no podría sobrevenirle aun cuando le delatásemos. Demos gracias a
lo comprometido de su posición, pues de otra suerte, nada habríamos
conseguido.
--Pero llegar hasta él, en el caso de que le condenen, no es
salvarle--objetó Lorry.
--Nunca dije que le salvaría--replicó Carton.
Los ojos de Lorry buscaron gradualmente el fuego que ardía en la
chimenea. El dolor que le produjo la segunda prisión del marido de la
niña que tanto amaba abatió todas sus energías. Ya no era un hombre
joven, a pesar de sus muchos años; era un viejo aniquilado por la
ansiedad. Las lágrimas almacenadas en su pecho subieron hasta sus ojos
y rodaron silenciosas por sus arrugadas mejillas.
--Tiene usted un gran corazón y es amigo leal de sus amigos--dijo
Carton con voz alterada.--Perdóneme si he sido portador de una noticia
que tan dolorosamente le ha afectado. Me sería imposible ver llorar a
mi padre y conservar mi tranquilidad, y yo le juro que no respeto menos
su dolor que respetaría el de mi padre.
Tanto respeto, tanto interés, tanto sentimiento había en el tono y en
la expresión de las palabras que quedan transcriptas, que Lorry, que no
había tenido ocasión de apreciar el lado bueno de Carton, experimentó
una de las sorpresas más grandes de su vida. Tendió silencioso una mano
a su interlocutor, quien la estrechó con efusión.
--Volviendo al pobre Darnay--repuso Carton,--diré que no es conveniente
que hable usted a su esposa de la conferencia que acabamos de tener,
ni de lo que he conseguido del espía. Ella no podría llegar hasta el
calabozo, y si sabía que iba yo, acaso pensase que mi intención era
proporcionar a su marido los medios de adelantarse a la ejecución de la
sentencia.
No había pensado en ello Lorry, quien al oir las palabras anteriores,
volvió con viveza sus ojos hacia Carton, como para cerciorarse de si lo
que no quería que pensase Lucía era precisamente lo que él tenía en su
pensamiento.
--Pensaría tal vez eso--añadió Carton,--y podría sospechar mil otras
cosas, cada una de las cuales sería una tortura añadida a las que ya la
atosigan. No le hable siquiera de mí. Conforme dije a usted al llegar
a París, no la veré; conviene que no la vea. Lo que yo pueda hacer por
ella, lo haré mejor no viéndola. ¿Va usted ahora a visitarla? Vaya
cuanto antes, sí, pues esta noche debe de estar desesperada.
--Voy ahora mismo.
--De lo que me alegro en el alma. Le quiere a usted mucho y tiene en
usted confianza sin límites. ¿Cómo está ahora?
--Nadando en espantoso mar de ansiedades, pero hermosa como siempre.
--¡Ah!
Fué una exclamación profunda, larga, semejante a un gemido, a un
sollozo ahogado. Los ojos de Lorry se volvieron hacia los de Carton
con rapidez bastante para sorprender, mientras los de este último se
clavaban en la lumbre de la chimenea, el paso por ellos, fugaz como
una exhalación, de una luz o de una sombra; el anciano caballero no se
hubiese atrevido a precisar si fué lo uno o lo otro.
--¿Ha terminado usted ya la comisión que aquí le trajo?--preguntó
Carton al cabo de breves segundos.
--Sí. Conforme estaba diciendo a ustedes anoche, cuando tan
inopinadamente llegó Lucía, he hecho cuanto podía hacerse. No esperaba
más que verlos a cubierto de peligro y contentos para abandonar a
París. Pensaba marchar muy pronto; pero...
Ambos quedaron silenciosos.
--Largo es el libro de su vida, señor Lorry, ¿verdad?--preguntó Carton,
sin duda por decir algo.
--He cumplido los setenta y ocho años.
--Setenta y ocho años bien empleados; setenta y ocho años durante los
cuales ha sido útil a sus semejantes y respetado por éstos; ¿eh?
--Casi desde que tengo uso de razón me he dedicado a los negocios; sin
exagerar puedo decir que, desde muchacho, soy hombre de negocios.
--Su laboriosidad le ha valido ocupar un puesto envidiable. ¡Cuántos le
echarán de menos cuando deje vacante ese puesto!
--No lo crea usted--replicó Lorry moviendo la cabeza--¿Quién ha de
verter una lágrima a la memoria de un solterón viejo y solitario como
yo?
--¡No diga usted eso! ¿No llorará por usted ella? ¿No llorará su hija?
--Sí... sí... Llorarán... ¡gracias a Dios! Perdone usted; no sabía lo
que decía.
--Es un consuelo que bien merece que por él se den a Dios las gracias;
¿no es cierto?
--Mucho, sí... de acuerdo.
--Si esta noche pudiera usted decirse con verdad las palabras
siguientes: «No he sabido granjearme el cariño, la estimación, la
gratitud ni el respeto de nadie; en ningún corazón humano he conseguido
despertar ecos de simpatía, nada he hecho bueno, nada que sea útil a
mis semejantes, nada digno de ser recordado», sus setenta y ocho años
de edad serían setenta y ocho mil años de remordimientos; ¿no es verdad?
--Tiene usted razón, Carton; creo que no me cansaría de maldecirlos.
Clavó nuevamente Carton su mirada en la lumbre, permaneció largo rato
pensativo, y al fin, dijo:
--Otra pregunta desearía hacerle; cuando se acuerda usted de su niñez,
¿la encuentra demasiado distante? ¿Le parece que ha transcurrido mucho
tiempo desde los días felices en que se sentaba sobre las rodillas de
su dulce madre?
Lorry, con tono de voz inseguro por el efecto de la emoción que le
embargaba, contestó:
--Hace veinte años, sí; hoy, no. Me ocurre lo que al que viaja
siguiendo un círculo; comienza alejándose del punto de partida; pero
a medida que llega al final, se acerca más y más al principio. Con
frecuencia despiertan hoy en mi corazón recuerdos tiernos largos
años dormidos, con frecuencia veo a mi santa madre, tan joven, tan
hermosa... mi madre muy joven y yo muy viejo... con frecuencia me
acuerdo de incidentes de la vida ocurridos cuando el mundo no era para
mí tan real como es hoy, ni en mí habían echado raíces las faltas.
--Lo comprendo--exclamó Carton enrojeciendo vivamente.
--Y esos recuerdos, lejos de dejarle sabor amargo, le serán gratos,
¿verdad?
--En efecto; me producen una sensación de pesar dulce.
Carton ayudó a poner el sobretodo a su interlocutor.
--Usted, en cambio, es muy joven--repuso Lorry, volviendo al mismo tema.
--Sí... no soy viejo; pero mis caminos juveniles nunca fueron los que
llevan a la vejez.
--¿Va usted a salir?--preguntó Lorry.
--Acompañaré a usted hasta la puerta de su casa. Ya conoce usted mi
manera de ser inquieta y mis costumbres de vagabundo, así que, si me
paso muchas horas rondando al azar por esas calles sin volver a casa,
esté usted tranquilo, que yo reapareceré si no hoy, mañana. ¿Piensa
asistir mañana a la vista de la causa?
--Con harto dolor de mi alma tendré que asistir.
--Allí estaré yo, pero entre el público. Mi espía me encontrará
sitio... ¿Quiere usted aceptar mi brazo?
Cogidos del brazo bajaron la escalera y salieron a la calle. Minutos
después llegaban frente a la casa del doctor Manette, donde se
separaron. Lorry entró en la casa y Carton se alejó de ella pero por
muy poco tiempo, pues breves instantes después, volvía a estacionarse
junto a la puerta cerrada.
--_Ella_ sale todos los días por aquí--se dijo Carton;--toma aquella
dirección... ¡Cuántas veces habrá pisado esas piedras!... ¡Seguiré sus
pasos!
Sonaban las diez de la noche en los relojes de la ciudad cuando Carton
ponía fin a su paseo frente a los sombríos muros de la cárcel de La
Force. Un aserrador de madera, después de cerrar su taller, fumaba
tranquilo su pipa frente a su establecimiento.
--Buenas noches, ciudadano--dijo Carton, observando que el aserrador le
dirigía miradas inquisitivas.
--Buenas noches, ciudadano.
--¿Qué tal anda la República?
--Supongo que te referirás a la Guillotina... No anda mal. Hoy sesenta
y tres; no tardaremos en llegar a cien por día. Sansón y sus ayudantes
se quejan de que el trabajo es excesivo, de que se les agotan las
fuerzas... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso es el buen Sansón! ¿Has visto en
tu vida barbero más atareado?
--¿Le ves con frecuencia...?
--¿Afeitar? Todos los días... ¡Vaya un barbero! ¿Le has visto alguna
vez en funciones?
--Nunca.
--Pues no dejes de ir a verle cuando tiene tarea por delante. Es una
delicia verle trabajar... Figúrate tú, ciudadano; hoy, sesenta y tres
en menos de dos horas... ¡En menos de dos horas, palabra de honor!
En tal extremo repugnó a Carton la fruición con que el aserrador
explicaba las _faenas_ del verdugo, que le volvió la espalda para no
estrangularle, como era su deseo más ferviente.
--Pero tú no eres inglés, aunque como inglés vistes, ¿verdad?--preguntó
el aserrador.
--Inglés soy--contestó Carton, volviendo la cabeza.
--Pues hablas como un francés auténtico.
--Fuí estudiante aquí.
--¡Ah...! Casi francés, entonces. Buenas noches, inglés.
--Buenas noches, ciudadano.
--No dejes de ir a ver al amigo Sansón.
Alejóse Carton, pero no se había separado gran cosa del taller del
aserrador, cuando se detuvo bajo un farol y escribió algunas palabras
con lápiz en un pedazo de papel. Cruzando a continuación una porción
de calles obscuras y sucias, con el paso decidido del que sabe
perfectamente a donde va, hizo alto frente a una droguería, cuya puerta
estaba cerrando en aquel momento el droguero.
Luego que dió las buenas noches al ciudadano droguero, cuyo aspecto
nada tenía que envidiar, por lo sucio y repugnante, a la tienda, puso
sobre el mostrador el pedazo de papel en que poco antes escribiera con
lápiz.
--¡Demonio!--exclamó el droguero.--¡Ji, ji, ji! ¿Es para ti, ciudadano?
--Para mí.
--¿Tendrás cuidado de guardarlos por separado, ciudadano? ¿Sabes las
consecuencias de la mezcla?
--Perfectamente.
El droguero preparó unos papeles, que Carton guardó en el bolsillo
interior de su levita. Pagó su importe, y sin hablar más, salió a la
calle.
--Por esta noche, nada tengo ya que hacer--murmuró, alzando la
cabeza.--Mañana continuaremos... Me es imposible dormir.
No reflejaba indiferencia ni aturdimiento el tono con que pronunció
Carton las palabras anteriores, ni había en ellas desesperación ni
reto; vibraba en su acento la resolución del hombre que, después de
largos años de viajar por caminos torcidos, sin rumbo ni dirección
fijas, penetra al fin en uno cuyo término le es conocido.
Largos años antes, cuando descolló entre los jóvenes de talento, entre
los estudiantes que prometían grandes cosas, acompañó a su padre al
cementerio. Su madre había fallecido mucho antes. Pues bien; aquellas
palabras solemnes que el sacerdote leyó sobre la tumba del que le dió
el ser, palabras olvidadas entre los desórdenes de una vida licenciosa,
surgieron potentes en su memoria mientras esta noche recorría las
calles tristes y solitarias, bajo un cielo cubierto de negros
nubarrones.
«Yo soy la resurrección y la Vida; aquel que cree en Mí, aun cuando
haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»
No hubiera sido difícil encontrar la fuerza misteriosa que evocó
aquellos recuerdos en el fondo de su alma, semejante a la cadena que
arranca de las profundidades del limo el ancla enmohecida, clavada
largo tiempo atrás, con sólo reparar en que paseaba solo y de noche,
por las calles de una ciudad sujeta a la ley de la cuchilla, recordando
con dolor las sesenta y tres cabezas que aquel día habían rodado,
y pensando en los desdichados que morirían sobre el cadalso al día
siguiente, y al otro y al otro. No intentó, empero, buscarla; limitóse
a repetir una y otra vez las palabras que quedan copiadas, y prosiguió
paseando.
Concentrando todo su interés en las ventanas iluminadas
correspondientes a habitaciones donde había personas que se disponían
a descansar, afanosas por olvidar durante las breves horas de calma de
la noche los horrores que las rodeaban durante el día, en las torres
de las iglesias, donde no se celebraban ya cultos divinos, pues la
revulsión popular hizo objeto preferente de sus iras a los sacerdotes,
a quienes acusó de impostores, de libertinos y de ladrones; en aquellos
lugares sagrados, destinados, según las inscripciones colocadas
sobre las puertas, al reposo eterno; en los calabozos, rebosantes
de prisioneros, y en las calles, por las que las gentes corrían al
encuentro de una muerte considerada ya, en fuerza de la costumbre,
tan corriente y natural, que ni los mismos encargados de manejar la
guillotina veían turbados sus sueños por apariciones espectrales;
puesta, en suma, toda su atención en la vida de aquella ciudad que
corría desbocada a la muerte, Sydney Carton cruzó el Sena buscando
calles mejor iluminadas y más animadas.
Eran muy contados los coches que se veían, pues los que podían
permitirse el lujo de tenerlos, sabedores de que usarlos era tanto como
solicitar ser inscriptos en el Libro de los Sospechosos, preferían
caminar a pie, luciendo sendos gorros colorados y calzados con
zapatos de lo más ordinario. Llenos estaban, empero, los teatros, que
comenzaban a vaciarse a la hora en que Carton paseaba por las calles
céntricas, donde aquéllos estaban situados. Junto a la puerta de un
teatro, por la cual salían compactas masas de gentes alegres que,
canturreando, se dirigían a sus casas, vió Carton a una niña, de la
mano de la madre, que buscaba un sitio que la permitiera atravesar la
calle sin meterse hasta las rodillas en el fango. Carton tomó a la
criaturita en sus brazos, la transportó a la acera opuesta, y antes que
el tímido angelito soltara los brazos que rodeaban su cuello, la rogó
que le diera un beso.
«Yo soy la resurrección y la vida; aquél que cree en Mí, aun cuando
haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»
Ya más avanzada la noche, cuando la tranquilidad en las calles era
completa y el silencio absoluto, parecíale que el rumor de sus propios
pasos modulaba aquellas sentencias, que la brisa las traía envueltas
entre sus sutiles susurros. Dueño de sí mismo, tranquilo, resuelto,
la repetía con frecuencia con los labios; pero en sus oídos sonaban
siempre.
Y continuó avanzando la noche mientras Carton, inclinado sobre el
pretil del puente, escuchaba los besos rumorosos del río a los muros de
la Isla de París, y contemplaba la pintoresca confusión de edificios
envueltos en sombras grises, sobre las cuales se alzaba arrogante la
cúpula de la catedral bañada por la luz blanquecina de la luna. Vino el
día. La noche, con la luna y las estrellas, palidecieron y murieron,
y durante algunos minutos, pareció que toda la creación caía bajo el
cetro amarillento de la Muerte.
La corriente del río, rápida, impetuosa, profunda, parecióle amigo
cariñoso. Echó a andar siguiendo sus márgenes y alejándose del bullicio
de la ciudad. Durmióse en la orilla; cuando despertó, continuó
paseando algunos minutos más, fijos sus ojos en un remolino que giraba
vertiginoso, hasta que se lo tragó la corriente y lo arrastró al mar.
--¡Como yo!--murmuró Carton.
Cuando llegó a casa, Lorry había salido ya. Carton no preguntó adónde
había ido, pues sin grandes esfuerzos de imaginación podía adivinarlo.
Tomó una tacita de café, se lavó y arregló, y se fué sin pérdida de
momento al Tribunal. Allí encontró a Lorry, allí encontró al doctor
Manette, allí encontró a _ella_, sentada junto a su padre.
Cuando compareció Carlos Darnay, dirigióle Lucía una mirada tan
alentadora, tan llena de amor sin límites y de tierna compasión, que
hizo afluir la sangre a las mejillas del reo, animó su mirada y alegró
su corazón. Si alguien hubiera tenido puestos sus ojos sobre Sydney
Carton, habría reparado que aquella mirada, aunque no dirigida a él,
prodújole los mismos efectos que al prisionero.
Ante aquel tribunal injusto, que había principiado por desterrar el
orden en los procedimientos, era perfectamente inútil que ningún
acusado pretendiera hacerse oir; que no hubiese valido la pena traer la
Revolución para no echar al propio tiempo a los cuatro vientos todas
las leyes, reglamentos y ceremonias, para no abolir de una vez y para
siempre el orden social del que tan monstruosamente había abusado el
mundo para no negar a los acusados el derecho de justificarse.
El Jurado fué desde los primeros momentos el blanco de todas las
miradas. Formábanlo los mismos patriotas resueltos, los mismos
republicanos excelentes que lo formaban el día anterior, los mismos que
lo formarían al día siguiente. Entre ellos, descollaba un hombre de
cara repulsiva, un caníbal feroz en toda la extensión de la palabra,
un individuo que bebía sangre, que se bañaba en sangre, que respiraba
sangre. Era Santiago Tercero, aquel a quien conocimos en el barrio de
San Antonio. Los demás semejaban jauría de perros anhelando destrozar
la pieza.
Todos los ojos estaban fijos en los cinco jurados y en el acusador
público, quien habló, poco más o menos, en los siguientes términos:
--Carlos Evrémonde, llamado también Darnay. Ayer se le puso en
libertad, y ayer mismo fué acusado de nuevo y vuelto a prender. Anoche
se le hizo saber la acusación fulminada contra él. Pesan sobre su
cabeza los cargos de enemigo de la República, de aristócrata, de ser
individuo de una familia de tiranos, miembro de una raza proscripta,
que abusó de sus privilegios, hoy felizmente abolidos, oprimiendo de la
manera más villana al pueblo. Carlos Evrémonde, llamado también Darnay,
reo de los crímenes mencionados, es hombre muerto a los ojos de la Ley.
Su cabeza pertenece de derecho al verdugo.
--¿La delación contra el acusado, es pública o secreta?--preguntó el
presidente.
--¿Quién la hizo?
--Tres personas. Ernesto Defarge, tabernero de San Antonio.
--Muy bien.
--Teresa Defarge, mujer del mencionado.
--Perfectamente.
--Alejandro Manette, médico.
Este último nombre alzó en la sala una tempestad de gritos
ensordecedores. En medio del tumulto, vióse que se levantaba el doctor,
pálido como un cadáver y temblando como un azogado.
--Presidente--gritó,--protesto indignado contra la ruin mentira que
acaba de pronunciarse aquí. Yo no he podido delatar al marido de mi
hija, y el Tribunal sabe muy bien que el acusado es mi yerno. Mi hija,
y las personas que la son queridas, valen para mí mil veces más que
mi misma vida. ¿Dónde está el impostor que se atreve a afirmar que yo
he denunciado al marido de mi hija? ¿Dónde el falso patriota que osa
mentir con tanto descaro?
--Tranquilízate, ciudadano Manette. Faltar al respeto que debe
merecerte la autoridad del Tribunal, sería tanto como salirte fuera de
la Ley. Has dicho que hay algo que para ti vale mil veces más que tu
vida; y yo no sé que para un buen patriota haya nada que valga tanto
como la República.
Frenéticos aplausos premiaron la réplica del presidente. Este, luego
que impuso silencio a fuerza de campanillazos, prosiguió con calor:
--Si la República te exigiera el sacrificio de tu misma hija, tu deber
sería sacrificarla. Sigamos, y silencio.
El doctor Manette cayó desplomado en la silla. Sus labios temblaban, y
sus ojos miraban despavoridos en derredor. El jurado de cara de caníbal
se frotaba las manos con visible fruición.
Restablecido el silencio, presentóse Defarge, quien hizo una historia
sucinta del cautiverio y libertad del doctor; manifestó que había sido
su criado, y expuso el estado en que el cautivo se hallaba cuando se lo
entregaron. Terminada la historia, el Tribunal le dirigió las preguntas
siguientes:
--¿Prestaste buenos servicios en la toma de la Bastilla, ciudadano?
--Tal lo creo.
--¡Fuiste uno de los mejores patriotas!--gritó una mujer, arrebatada
por el entusiasmo--¿Por qué no decirlo así? Aquel día fuiste artillero,
te batiste con furia, y entraste el primero en la maldita fortaleza,
luego que cayó en poder del pueblo. ¡Patriotas... creedme, porque digo
la verdad!
La que acababa de hablar era La Venganza. Los aplausos de la
concurrencia ensordecían. Agitó el Presidente la campanilla, pero La
Venganza, enardecida por las turbas, aulló:
--¡No me da la gana callar! ¡Me río yo de la campana y de quien la toca!
Al fin calló, cuando se le agotaron las fuerzas.
--Da cuenta al Tribunal de lo que hiciste dentro de la Bastilla,
ciudadano.