pruebas de una condescendencia que seguramente no habría tenido
de haber estado invertidas las posiciones respectivas, cuando
inopinadamente terció Jeremías _Lapa_ en la conversación, poniendo una
zarpa sobre el hombro del cariñoso hermano y diciendo con voz ronca:
--Me parece que también a mí se me permitirá colocar una pregunta.
¿Quiere usted decirme si su nombre es Juan Salomón o Salomón Juan?
El funcionario público, por toda contestación, se volvió hacia quien
rompía su mutismo para dirigirle una pregunta que le intranquilizó, y
quedó mirándole de hito en hito con visible recelo.
--Estoy esperando--repuso _Lapa_.--¿Ha quedado usted mudo de repente?
¿Juan Salomón o Salomón Juan? ¿En qué quedamos? La señorita le llama
Salomón, y es de suponer que conozca bien su nombre, toda vez que es
su hermana, según veo. Pero es el caso que yo le conozco como Juan.
¿Cuál de los dos nombres es el verdadero? Otro tanto digo acerca del
apellido. En Inglaterra no se llamaba usted Pross.
--¿Pero qué está usted diciendo?
--Ni yo mismo lo sé muy bien, pues confieso que no recuerdo el apellido
que usted llevaba en la orilla opuesta del Canal.
--¿Lo ha olvidado?
--Sí; pero juraría que era un apellido de dos sílabas.
--¡De veras!
--De veras. Pross no tiene más que una sílaba; el otro tenía dos...
En nombre del Padre de la Mentira, que indudablemente es su padre
de usted, ¿quiere decirme cómo se llamaba cuando ejercía el honroso
ejercicio de soplón del Old Bailey?
--¡Barsad!--contestó otra voz, terciando en la conversación.
El que acababa de hablar era nuestro antiguo amigo Sydney Carton.
Colocadas ambas manos a la espalda bajo los faldones de su levita,
habíase puesto junto a _Lapa_, afectando la misma negligencia con que
solía asistir a las vistas del Old Bailey.
--No se alarme usted, señorita Pross--repuso.--Ayer tarde me presenté
en el domicilio del señor Lorry, con no poca sorpresa de este señor,
que estaba muy lejos de esperar mi vista. Convinimos los dos en que no
me dejaría ver en parte alguna hasta después que el asunto estuviera
resuelto definitiva y satisfactoriamente, o bien hasta tanto no fuera
necesaria mi presencia. Ateniéndome a lo pactado, me he personado aquí,
porque es indispensable que cruce cuatro palabras con su hermano.
Muy de veras lamento que sea usted hermana de un sujeto tan poco
recomendable; muy de veras lamento que tenga por hermano a un mirlo del
verdugo.
Era éste el nombre con que solían designarse los espías.
--¿Cómo se atreve usted--preguntó el espía, pálido como un difunto--a
decirme...?
--Me explicaré, para que vea usted que no hablo a tontas y a
locas--contestó Carton.--Me hallaba yo hace media hora contemplando
los muros de la Conserjería, cuando vi salir a usted por sus puertas.
Entre otras cualidades, buenas unas, malas otras, tengo la de recordar
bien las caras, y cuente que la suya es de las que con dificultad se
despintan. Me sorprendió ver a usted en aquel lugar, y como por otra
parte, tengo mis motivos para relacionar la persona de usted con las
desgracias de un amigo, en este instante más desgraciado que nunca, se
me ocurrió la idea de seguirle. Pisándole los talones entré tras de
usted en la taberna y me senté a su lado. De la conversación de usted,
y de los rumores de admiración que arrancó a sus oyentes, no me fué
difícil inferir cuál es el oficio de usted. Lo que en un principio
había yo hecho al azar, fué convirtiéndose gradualmente en objetivo
determinado, señor Barsad.
--¿Y ese objetivo?...--preguntó el espía.
--Sería molesto, y hasta peligroso, explicarlo en la calle. ¿Tiene
usted la bondad de favorecerme con su compañía durante algunos
minutos... hasta el Banco Tellson, por ejemplo?
--¿Bajo amenaza?
--¡Bah! ¿He hablado de amenazas?
--Entonces, ¿a santo de qué voy a ir allí?
--Con franqueza, señor Barsad; no puedo decirlo.
--¿No puede, o no quiere, señor?--preguntó con cierta indecisión el
espía.
--Me interpreta usted maravillosamente bien; no quiero.
Fué auxiliar muy poderoso de la habilidad prodigiosa de Carton el tono
de glacial indiferencia con que hablaba. Su vista de lince lo advirtió
desde el primer momento, y dicho está que sacó de ello todo el partido
posible.
--¡Acuérdate de lo que te digo y no lo olvides nunca!--exclamó Barsad,
dirigiendo a su hermana una mirada de furiosa reconvención.--Obra tuya
será, si me ocurre una desgracia.
--¡Vamos, vamos, señor Barsad!--dijo Carton--No sea usted ingrato.
Agradezca el respeto que su hermana me inspira la benignidad con que me
conduzco haciéndole una proposición que ha de dejarnos satisfechos a
todos. ¿Me acompaña al Banco?
--Sí; le acompaño. Estoy pronto a escuchar lo que desee decirme.
--Ante todo, escoltaremos a su hermana de usted hasta la esquina de la
casa donde vive. Tenga la bondad de aceptar mi brazo, señorita Pross.
Dadas las circunstancias por que la ciudad atraviesa, no debe usted ir
sola y sin protección, y como quiera que el hombre que la acompaña a
usted conoce al señor Barsad, me tomo la libertad de invitarle a venir
con nosotros al domicilio del señor Lorry. ¿Estamos dispuestos? ¿Sí?
Pues en marcha.
Más tarde recordó la señorita Pross, y no lo olvidó en su vida, que al
aferrarse al brazo de Carton y mirarle a la cara para dirigirle una
súplica muda, pero elocuente, en favor de su hermano, observó en la
fortaleza del brazo y en la expresión de los ojos de aquel algo que no
sólo estaba reñido con la ligereza de tono y de modales de Carton, sino
también transformaba y elevaba al hombre. Si por el momento no le llamó
la atención, fué porque la preocupaban demasiado los temores que la
inspiraba la suerte de un hermano tan poco merecedor de su afecto para
hacer observaciones.
Después de despedirse de la señorita Pross en las inmediaciones de la
casa del doctor, Carton, caminando entre Barsad y Jeremías _Lapa_,
dirigióse hacia el edificio del Banco Tellson, muy poco distante.
Lorry, que acababa de comer, y se hallaba sentado al amor de la lumbre,
volvió la cabeza al oir los pasos de los que le visitaban, y no pudo
evitar un gesto de extrañeza al ver una cara desconocida.
--Le presento al hermano de la señorita Pross--dijo Carton,--el señor
Barsad.
--¿Barsad?--repitió Lorry.--¿Barsad? Me parece recordar ese apellido...
y el rostro de quien lo lleva.
--¿No dije antes a usted que tiene una cara de las que difícilmente
se despintan, señor Barsad?--preguntó con frialdad Carton.--Hágame el
favor de sentarse.
Carton, al mismo tiempo que acercaba una silla, suministró a Lorry
el eslabón que éste andaba buscando para enlazar la cadena de sus
recuerdos.
--Testigo de aquella causa--dijo sencillamente Carton.
Fué lo bastante para que Lorry recordara, y también para que mirase a
Barsad con repugnancia visible.
--La señorita Pross ha reconocido en el señor Barsad al hermano
cariñoso de quien tantas veces la ha oído usted hablar--observó
Carton.--No ha negado Barsad el parentesco... Pero pasemos a otras
noticias peores; Darnay ha sido encarcelado de nuevo.
--¡Qué me dice usted!--exclamó Lorry, profundamente consternado.--No
hace dos horas que le dejé en su casa libre y contento, y ahora mismo
me disponía a ir a verle.
--Pues está preso. ¿Cuándo le prendieron, Barsad?
--En todo caso, habrá sido hace un momento.
--Barsad es en este asunto fuente de información segura--observó
Carton.--De sus labios escuché la noticia cuando se la contaba, entre
copa y copa de aguardiente, a un amigo suyo, soplón como él. Parece que
acompañó a los encargados de prenderle hasta la puerta de la casa del
doctor, alejándose al ver que el portero les franqueaba el paso. La
duda, pues, es imposible.
Lorry comprendió que la desgracia era cierta. En su cerebro sintió
el rudo batallar de mil ideas confusas y contradictorias, pero se
dió cuenta de lo muchísimo que le convenía no perder la presencia de
espíritu y, a costa de esfuerzos titánicos, se dominó, recobró la
serenidad, y permaneció callado y atento.
--Es de esperar... esa confianza abrigo--repuso Carton--que el nombre
del doctor y su influencia en las masas sean tan eficaces mañana... ¿No
dijo usted, Barsad, que ha de comparecer mañana ante el Tribunal?
--Sí; creo que la comparecencia será mañana.
--... Tan eficaces mañana, y tan decisivas, como hoy; pero no es
imposible que ocurra lo contrario. Confesaré, señor Lorry, que me
inspira vivos temores el hecho de que el doctor no haya podido impedir
la prisión.
--Quizá no sospechase siquiera la posibilidad del peligro--contestó
Lorry.
--Lo que, a juicio mío, sería circunstancia altamente alarmante, visto
lo identificado que está con su yerno.
--Es verdad--contestó Lorry, apoyando la barbilla sobre la palma de la
mano y mirando a Carton con expresión de abatimiento.
--En suma--continuó Carton:--cuando se entabla una partida desesperada
y se cruzan apuestas desesperadas, fuerza es recurrir también a medidas
desesperadas. Juegue en buena hora el doctor con las cartas de ganar,
que yo manejaré, mientras, las de perder. Empeñe el doctor la partida
encaminada a sacar a su yerno de la Conserjería; que yo, mientras
tanto, jugaré otra independiente y con vistas a encerrar a un _amigo_
en la Conserjería. El amigo que me propongo encerrar, señor Barsad, es
usted.
--Muy buenas cartas tendrá usted que reunir para ganar ese juego,
replicó el espía.
--Las he reunido ya, y voy a ponerlas boca arriba... pero ya sabe
usted, señor Lorry, lo torpe que soy si no aplico a mi cacumen el
acicate de unas copas. Si me diera una copita de brandy, se lo
agradecería.
Fuéle servido el licor, del que tomó dos copas consecutivas.
--El señor Barsad--dijo, separando la botella y hablando como si en
la mano tuviera una colección de cartas,--mirlo del verdugo, emisario
de los comités republicanos, hoy calabocero, ayer prisionero, siempre
espía y soplón secreto, cuya valía aquí aumenta considerablemente
por la circunstancia de ser inglés, y por tanto, menos expuesto a
sospechas que ningún francés, se presenta a los mismos a quienes
sirve bajo nombre supuesto; este triunfo es de primer orden. El señor
Barsad, a sueldo hoy del Gobierno revolucionario francés, sirvió, no
ha mucho tiempo, al Gobierno aristocrático inglés, enemigo jurado de
Francia y de sus libertades; me parece que acabo de enseñar otra carta
que difícilmente se _falla_. Si ahora entramos en el terreno de las
sospechas y deducciones, encontraremos una, clara como la luz del sol,
sospecha que expresaré con las palabras siguientes: el señor Barsad,
soplón asalariado del Gobierno aristocrático inglés, lo es al mismo
tiempo de Pitt, enemigo artero que herirá a la República en medio del
corazón, inglés traidor, agente, instrumento, autor de todas esas
indignidades de que todo el mundo habla y nadie es capaz de probar.
Este es un triunfo que casi asegura la partida. ¿Va usted siguiendo mi
juego, señor Barsad?
--Voy haciéndome cargo de la importancia de las cartas, pero aun ignoro
cómo piensa usted jugarlas--contestó el espía visiblemente intranquilo.
--Principio jugando el triunfo siguiente: Denuncia contra el llamado
Barsad ante el Comité del distrito más próximo. Vea usted sus cartas,
Barsad, y juegue... sin precipitaciones, que nadie nos corre.
Tomó de nuevo la botella, se sirvió otra copa, la bebió con calma
imperturbable y esperó. Vió que el espía temía que de las libaciones
resultase una denuncia inmediata, y, sin duda para acrecentar el temor,
se sirvió y apuró la cuarta copa.
--Tómese todo el tiempo que quiera, Barsad, no sea que pierda la
partida a la primera jugada.
Era Barsad adversario más débil de lo que Carton había supuesto. A
decir verdad, en su juego tenía cartas muy malas, y él lo sabía,
aunque no lo supiese Carton. Sabía, por ejemplo, que, destituído de su
honroso cargo en Inglaterra, como resultados de imperdonables torpezas
cometidas en el ejercicio de aquél, atravesó el Canal y ofreció sus
servicios en Francia, donde fueron aceptados, al principio, para
tentar y sonsacar a sus compatriotas, y más tarde, para tentar y
sonsacar a los franceses. Sabía que, durante el gobierno derribado,
estuvo encargado de vigilar el barrio de San Antonio y la taberna de
Defarge; que recibió de la policía los datos necesarios acerca del
cautiverio, libertad e historia del doctor Manette, merced a los cuales
creyó que conseguiría hacerse amigo confidencial de los Defarges,
aunque muy pronto hubo de convencerse de que, en algunas ocasiones,
el que va por lana vuelve trasquilado. Siempre recordó con terror que
aquella tabernera terrible había hecho calceta mientras él intentaba
sonsacarla, y se echaba a temblar cada vez que se acordaba de que le
miraba con expresión sombría mientras sus dedos se movían vertiginosos.
Habíala visto desde entonces infinidad de veces en el distrito de San
Antonio, armada de sus registros hechos a punto de media y denunciando
personas cuyas cabezas no tardaba en cercenar la guillotina. Sabía,
como lo saben todos los que ejercen empleos como el suyo, que sobre su
cabeza rugía a todas horas la tormenta; que su cabeza corría peligro,
que la fuga era imposible, que por momentos acercaba su pescuezo a la
cuchilla, y que, pese a los servicios prestados a la causa del terror
imperante, una sola palabra bastaba para llevarle al patíbulo. No bien
le denunciasen, fulminando contra él todos o parte de los gravísimos
cargos que acababan de insinuarle, comprendió que aquella formidable
mujer, de cuyo carácter implacable había visto pruebas sobradas,
exhibiría el registro fatal que disiparía la última posibilidad de
salvación. Unase a esto la ley, mil veces comprobada, de que todos los
soplones, todos los delatores secretos, son cobardes por temperamento,
hombres que se amedrentan sin dificultad, y se comprenderá la la
disposición de ánimo en que quedó Barsad.
--Parece que no son muy de su gusto sus cartas--dijo Carton con la
calma de siempre.--¿No juega usted?
--Creo, señor--respondió Barsad, volviéndose hacia Lorry y hablando con
humildad rastrera,--que me veo en el caso de solicitar de un caballero
de sus años y de su benevolencia el favor de que recabe de este otro
caballero, mucho más joven que usted, que desista de jugar la carta
de que acaba de hablarme. Confieso que soy un espía, y reconozco que
el oficio a nadie honra, aunque me admitirán ustedes que alguno ha de
desempeñarlo; pero este caballero no es espía, este caballero no es
delator; y puesto que ahora no lo es, ¿que necesidad tiene de serlo en
lo sucesivo?
--Jugaré mi carta, señor Barsad--dijo Carton, sin esperar a que
contestase Lorry,--sin el menor escrúpulo y dentro de cinco minutos.
--Yo había dado cabida a la esperanza, señores, de que, por
consideración a mi hermana...
--El mayor favor que podemos hacer a su hermana, es librarla para
siempre de un hermano como usted--replicó Carton.
--¿Lo cree usted así, señor?
--Estoy convencidísimo de ello.
El espía, con toda su humildad, que tanto contrastaba con su
indumentaria de terrorista y probablemente con su manera ordinaria
de ser, recibió golpe tan rudo de la inescrutabilidad de Carton, que
siempre fué un misterio para hombres más honrados y más listos que
él, que vaciló, tembló, y se dió por perdido. Mientras desconcertado,
estupefacto, callaba sin saber cómo salir del atolladero, repuso Carton:
--Estoy examinando otra vez mis cartas, y encuentro una, tan buena
como las enumeradas, de la que no había hecho mención. ¿Quién es aquel
colega suyo, que hablaba como quien toda su vida se la ha pasado
paciendo en las cárceles?
--Es un francés; no le conoce usted--respondió vivamente el espía.
--¿Francés, eh?--exclamó Carton, como si no pensase en lo que estaba
diciendo--puede ser.
--Lo es... se lo aseguro... aunque eso es lo de menos--dijo el espía.
--Aunque eso es lo de menos...--repitió Carton como
maquinalmente--aunque eso es lo de menos... Sí... es lo de menos...
Pero es el caso que yo conozco esa cara.
--Creo que no... Desde luego aseguro que no... No es posible...
--No es posible...--murmuró Carton, llenando por quinta vez su copa,
que por fortuna era pequeña.--No es posible... Habla francés con
corrección... pero con acento ligeramente extranjero...
--Acento provinciano--explicó el espía.
--¡No! ¡Acento extranjero!--replicó Carton, descargando un puñetazo
sobre la mesa.--¡Es Cly! ¡Disfrazado, desfigurado, pero el mismísimo
Cly! Lo he tenido muchas veces ante mi vista en el Old Bailey.
--Se arrebata usted con facilidad, señor--dijo Barsad con sonrisa que
acentuó la inclinación hacia un lado de su nariz aguileña,--lo que pone
en mis manos una ventaja sobre usted. Cly, mi colega en otro tiempo, no
tengo inconveniente en confesarlo, murió hace una porción de años. Le
cuidé yo mismo durante su última enfermedad. Fué enterrado en Londres,
en el cementerio de la parroquia de San Pancracio. No le acompañé hasta
el cementerio, porque temí a las muchedumbres, pues mi amigo y colega
tuvo la desgracia de hacerse extraordinariamente impopular; pero ayudé
a los que le encerraron en el ataúd.
De pronto Lorry vió proyectada en la pared la sombra de un trasgo o
cosa análoga. Volvió la cabeza buscando el origen de la proyección, y
con sorpresa que no es para ser descrita, advirtió que estaba en la
cabeza de Jeremías _Lapa_, cuyos cabellos, semejantes a aceradas púas,
se habían puesto de punta.
--Póngase usted en razón, señor, y no se deje engañar por suspicacias
que no tienen base racional--repuso el espía.--Para demostrar a
usted cuán engañado está, y la ninguna base de su suposición, voy a
presentarle un certificado en regla de la defunción de Cly, certificado
que siempre llevo en el bolsillo. Tómelo usted--añadió, ofreciendo a su
interlocutor un papel doblado.--¡Léalo, léalo... tómelo en sus manos,
examínelo con detenimiento... no es falso, no, sino auténtico y muy
auténtico!
Lorry observó que la sombra proyectada en la pared se prolongaba. Era
que _Lapa_ se había levantado del asiento y se aproximaba al espía, a
cuyo lado se colocó sin ser visto ni oído por él. Poniendo su diestra
sobre el hombro de Barsad, preguntó:
--¿Conque fué usted el que puso a Rogerio Cly dentro del ataúd?
--Yo fuí; sí.
--¿Y quién le sacó de él?
Barsad, echándose sobre el respaldo de su silla, balbuceó:
--¿Qué significan sus palabras?
--Significan--contestó _Lapa_--que el cadáver de Cly nunca estuvo
dentro del ataúd. ¡No... y no! ¡Que me corten la cabeza si estuvo!
El espía miró alternativamente a los dos caballeros, los que, a su vez,
contemplaban con estupefacción infinita a _Lapa_.
--Y añado--repuso Jeremías _Lapa_--que enterrasteis adoquines de calle
y tierra dentro de aquel féretro. No me venga aquí con monsergas ni
con pretensiones de hacerme creer que enterraron a Cly, que yo, y dos
hombres más, sabemos muy bien lo que había dentro del ataúd.
--¿Pero cómo lo sabe usted?
--¿Y a usted qué le importa?--gruñó _Lapa_.--Hace mucho tiempo que
aborrezco a usted, sí, señor, porque hasta en asuntos tan graves
como la muerte se atreve a engañar a menestrales honrados que sólo
ambicionan trabajar. ¡Sepa usted, señor mío, que por menos de media
guinea lo agarraría por el pescuezo y lo estrangularía!
Tanto Carton como Lorry, cuyo asombro había llegado al colmo, rogaron a
Jeremías _Lapa_ que se moderase y que les explicase lo que para ellos
era enigma de imposible solución.
--Otro día lo haré, señor--replicó _Lapa_, poco propicio a dar las
explicaciones que se le pedían,--que no es esta ocasión conveniente
para entrar en explicaciones. Lo que yo quiero dejar sentado es que
ese individuo sabe muy bien que Cly no pensó nunca en ser encerrado en
aquel ataúd. Que se atreva a repetirlo ese embustero, y lo ahogo entre
mis zarpas o salgo corriendo a delatarlo.
--¡Hum!--gruñó Carton.--Me encuentro con otro triunfo, Barsad. Aquí
en París, donde se respira la atmósfera de las sospechas, bien seguro
es que no sale con vida de una denuncia el que, como usted, sostiene
relaciones estrechas con otro espía aristócrata de su misma calaña,
sobre quien pesa el misterio de haberse fingido muerto y enterrado
para resucitar contra todas las leyes divinas y humanas. Maquinaciones
contra la República fraguadas por extranjeros que la República tiene
a sueldo... ¡Malo, malo! Es un triunfo muy grande... el triunfo de la
Guillotina, Barsad. ¿No juega usted?
--¡No! ¡No juego!--contestó el espía.--¡Me rindo! Confieso que nos
habíamos hecho tan impopulares con la vil gentuza, que yo logré escapar
de Inglaterra donde corría riesgo de ser ahorcado, y Cly se vió tan
comprometido, que si no se muere es bien cierto que ni por los aires
habría podido salir. Lo que me maravilla, lo que me aturde, lo que me
vuelve loco, es que ese hombre sepa que Cly no fuera enterrado. ¿Cómo
lo averiguó?
--No se caliente usted los cascos, señor mío--contestó _Lapa_--Harto
hará con prestar atención a lo que éstos caballeros le dicen. Pero
no olvide que por menos de media guinea le estrangulo con mis propias
manos.
El mirlo del verdugo se volvió hacia Carton, y dijo con decisión que
hasta aquel instante no había tenido:
--Entro de servicio dentro de muy poco, y no me es posible entretenerme
más. Me dijo usted que deseaba hacerme una proposición; ¿tiene la
bondad de formularla? Principiaré por decirle que no me pida grandes
cosas, que no pretenda exigirme nada que esté reñido con mi cargo, nada
que ponga mi cabeza en mayor riesgo del que ahora corre, pues prefiero
abandonar mi vida a las contingencias de una negativa que a las de
un consentimiento. Antes habló usted de una partida desesperada; ya
estamos todos desesperados; por mi parte, confieso que lo estoy como
el que más. Otra cosa; sin el menor escrúpulo delataré a usted si veo
que me conviene, pues cuando se hunde la casa, uno busca salida entre
los montones de ruinas. Hechas estas advertencias, que conviene que no
pierda usted de vista, dígame qué desea de mí.
--Muy poca cosa. ¿No es usted calabocero de la Conserjería?
--En vez de contestar su pregunta, le diré que no hay escape
posible--replicó con entereza el espía.
--Y yo exijo que conteste lo que acabo de preguntar.
--Lo soy algunas veces.
--¿Puede serlo cuando quiere?
--Puedo entrar y salir de la Conserjería cuando quiero.
Carton llenó otra copita de licor, la vertió gota a gota en el suelo, y
al cabo de algunos instantes de reflexión dijo:
--Hasta aquí, hemos hablado en presencia de estos dos señores, porque
me convenía que alguien, además de nosotros dos, tuviera noticia del
valor de las cartas que tengo, pero lo que falta, es cosa que debe
quedar entre usted y yo. Acompáñeme a esa habitación, donde cambiaremos
las pocas palabras que faltan.
IX
HECHO EL JUEGO
Mientras Sydney Carton y el mirlo del verdugo, encerrados en la
habitación contigua, conferenciaban con voz tan baja que ni el rumor
más insignificante se filtraba por las rendijas de la puerta, Lorry
contemplaba a Jeremías _Lapa_ con recelo manifiesto y profunda
desconfianza. Bueno será advertir que el efecto producido por la
insistente mirada del buen banquero sobre el honrado menestral no era
el más indicado para disipar prevenciones; variaba la pierna sobre
la cual gravitaba el peso de su cuerpo con tanta frecuencia como
si hubiese dispuesto de cincuenta extremidades y desease probar la
robustez de todas; examinaba sus uñas con atención tan escrupulosa,
que llegaba a inspirar sospechas, y cuantas veces sus ojos tropezaban
con los escrutadores de Lorry, acometíale un acceso de tos que le
obligaba a llevar la mano a la boca, síntoma que rara vez, acaso nunca,
acompaña a la franqueza perfecta de carácter.
--¡Jeremías!--exclamó de pronto Lorry.--¡Venga usted acá!
Aproximóse _Lapa_ caminando a la usanza cangrejil, es decir, de costado.
--¿Qué oficios ha tenido usted además de ordenanza del Banco?
A vuelta de una meditación bastante detenida, y después de buscar una
idea luminosa en la mirada fija de su superior, contestó _Lapa_:
--He sido agricultor.