alta), el auditorio prorrumpía en aplausos frenéticos. Por unanimidad
declararon inocente al prisionero, y como consecuencia el Presidente le
declaró libre.
Siguió entonces una de esas escenas extraordinarias que ponen de
relieve la volubilidad del populacho, o los impulsos hacia la
generosidad y la piedad, dormidos en el fondo de su alma, o bien lo que
a juicio suyo es a manera de demostración de que no se deja arrastrar
por la fuerza explosiva de una rabia cruel. Imposible precisar cuál
de estos tres motivos influyó por modo decisivo en las escenas
extraordinarias que siguieron; probablemente influirían los tres, bien
que predominando el segundo. El hecho es que, no bien fué pronunciado
el fallo absolutorio, brotaron las lágrimas en tanta abundancia como
en otras ocasiones brotaba la sangre, y fueron tantos y tan apretados
los abrazos que el prisionero recibió de todos, sin distinción de
sexos, que corrió verdadero peligro de que su dilatado cautiverio
tuviera como desenlace una asfixia en toda regla; siendo de notar que
aquellos abrazos se los daban las mismas personas que, impulsadas por
otra corriente distinta, se habrían lanzado sobre él con idéntica
intensidad, para destrozarle entre sus uñas y arrastrar sus restos
palpitantes por las calles.
Gracias a que hubo de salir de la sala para ceder el puesto a otros
acusados que esperaban sentencia, pudo librarse por el momento de aquel
torrente deshecho de caricias.
Comparecieron a continuación cinco acusados juntos, sobre los cuales
pesaba la inculpación de enemigos de la República, no porque hubiesen
trabajado en su contra, sino porque nada habían hecho, ni de palabra
ni de obra, en su favor. Tal prisa se dió el Tribunal para compensar a
la nación por la libertad concedida a un acusado, que no había salido
éste de la sala cuando ya pesaba sobre los cinco infelices sentencia
de muerte, que debía ejecutarse a las veinticuatro horas. El primero
de los condenados manifestó a Darnay la suerte que le esperaba alzando
un dedo, símbolo de muerte entre los encarcelados, y sus compañeros
gritaron a coro con acento sarcástico:
--¡Viva la República!
Cierto que no dispuso Darnay de más tiempo para escuchar las
explicaciones que pudieran o desearan darle los condenados, pues no
bien salió a la calle en compañía del doctor Manette, se vió rodeado
de compacta muchedumbre, en la que vió casi todas las caras que antes
viera en la sala, excepción hecha de dos, que en vano buscó con la
mirada. Nuevamente le envolvió el furioso torbellino que antes estuvo
a punto de asfixiarle, para besarle, abrazarle, llorar, gritar y
entregarse a otras expansiones más propias de locos que de personas
cuerdas.
Sentáronle a viva fuerza en un gran sillón que, o habían sacado de
la sala del Tribunal, o tomado de cualquiera de las casas próximas.
Engalanaron el sillón con una bandera roja y una lanza en cuyo hierro
se veía un gorro colorado atravesado. Todas las súplicas del doctor no
bastaron a impedir que fuera conducido en triunfo a su casa, sentado en
aquel sillón que, llevado en hombros, semejaba trono emplazado sobre
agitado mar de gorros rojos.
Adelantándose a aquella procesión salvaje, que abrazaba a cuantos
topaba en el camino, el doctor llegó a su casa a fin de preparar
convenientemente a su hija. Esto no obstante, cuando Carlos pudo bajar
de su improvisado trono y abrió los brazos a su amante esposa, ésta
cayó en ellos desvanecida.
Mientras Darnay sostenía a Lucía apoyándola contra su pecho, doblada
la cabeza a fin de que el populacho no viera las lágrimas que copiosas
corrían por sus mejillas, algunos de los que le habían llevado en
triunfo comenzaron a bailar, contagiáronse los demás, y segundos
después se improvisaba en el patio de la casa una desenfrenada
Carmañola. Más tarde instalaron sobre el sillón vacante a una joven, a
la que proclamaron Diosa de la Libertad, llevándola en hombros por las
calles adyacentes, entre gritos ensordecedores y cantos discordantes.
Carlos, después de estrechar entre sus brazos al doctor, cuya cara
ofrecía aires de vencedor, después de abrazar al señor Lorry, que
jadeante y sin aliento consiguió llegar hasta él nadando contra el
inmenso oleaje que bailaba la Carmañola, después de besar a Lucita,
a la que alzó del suelo para que pudiera rodear con sus bracitos su
cuello, después de abrazar a la fiel Pross, alzó entre sus brazos a
Lucía y la condujo a sus habitaciones.
--¡Lucía... mi Lucía... Libre... Libre!...
--¡Oh mi querido Carlos! ¡Permíteme que hincada de rodillas dé gracias
a Dios con el mismo fervor con que le pedí por ti!
Cayó de hinojos Lucía. Todos los presentes doblaron reverentes las
cabezas y rezaron desde el fondo de sus corazones. Cuando, terminada la
oración, Lucía volvió a sus brazos, dijo Carlos.
--¡Da ahora las gracias a tu padre, mujercita mía! ¡Ningún hombre de
Francia habría podido hacer por mí tanto como él ha hecho!
Reclinó Lucía la cabeza sobre el pecho de su padre, de la misma manera
que la había reclinado largos años antes. El doctor se consideró feliz
al poder pagar de alguna manera las muestras de cariño abnegado de su
hija, dió por bien empleados todos sus sufrimientos y sintió noble
orgullo al pensar en sus fuerzas.
--Sé fuerte en la bonanza como lo fuiste en la tormenta, hija mía. No
tiembles... No llores. Le he salvado yo.
VII
VISITA INESPERADA
No era un sueño como tantas otras veces; allí estaba Carlos, y sin
embargo, temblaba su mujer presa de un terror vago pero intenso.
Respirábase una atmósfera tan negra y corrompida, eran las gentes tan
brutalmente vengativas y crueles, con tan terrible regularidad eran
llevados al matadero los inocentes que tenían la desgracia de inspirar
cualquier sospecha, por vaga que fuera, o de despertar la malicia, tan
imposible era olvidar cuantos, tan limpios de culpa como su marido, y
tan idolatrados por los suyos como Carlos lo fuera por Lucía, caían a
los golpes que el yerno del doctor Manette había conseguido eludir,
que el corazón de su afligida esposa no conseguía verse libre del peso
horrible que lo oprimía. Las sombras del crepúsculo vespertino de
invierno comenzaban a envolver la ciudad, y aun continuaban rodando
por las calles las fatídicas carretas de la muerte. Con la imaginación
las seguía Lucía, los ojos del alma buscaban a su marido entre los
condenados, y al verlo con los de la carne a su lado, se estrechaba
contra él y temblaba más que nunca.
Su padre, esforzándose por tranquilizarla, riéndose de sus temores
daba muestras de una superioridad compasiva admirable, de una entereza
varonil que contrastaba con la debilidad mujeril de su hija. El
sotabanco, la banqueta de zapatero, al anciano que se pasaba los días
cosiendo zapatos, el Ciento Cinco, Torre del Norte, eran sucesos
pasados de los que ni rastros quedaban. Había acabado felizmente la
empresa que con ánimo varonil acometiera, había redimido su promesa,
Carlos estaba en libertad, ¿por qué temer? Fuerzas le sobraban al
doctor para servir de robusto sostén a todos los que sintieran decaer
las suyas.
El menaje de su casa no podía ser más modesto; no sólo porque la
prudencia así lo aconsejaba, para no herir la pobreza del pueblo,
sino también porque no eran ricos, pues Carlos, durante el período
dilatado de su cautiverio, había tenido que pagar a precio exorbitante
la comida, las dietas de sus guardianes, y una parte proporcional para
sufragar los gastos de los prisioneros más pobres que él. Debido en
parte a los motivos apuntados, y en parte a evitar el peligro de ser
espiados dentro del mismo hogar, no tenían criados. El ciudadano y la
ciudadana encargados del servicio de la portería prestaban a la familia
los servicios necesarios, si las circunstancias lo exigían, aparte
de Jeremías, que les había sido cedido casi por completo por el buen
Lorry, y estaba durante el día a su disposición y dormía en la casa por
las noches.
Había dispuesto la República Una e Indivisible de la Libertad,
Igualdad, Fraternidad o Muerte, que sobre las puertas de todas las
casas y a una altura determinada, hubiese un cartelón, en el cual
estuvieran inscriptos, con letras de tamaño también determinado, los
nombres de cuantas personas las habitasen. Como consecuencia, entre los
nombres inscriptos en el cartelón puesto en la puerta del domicilio
del doctor, figuraba el de Jeremías _Lapa_, y en la ocasión a que se
refiere esta historia, no sólo el nombre, sino también el propietario
del nombre se hallaba plantado junto a la puerta, contemplando al
pintor llamado por el doctor Manette para que añadiera al cartelón el
nombre de Carlos Evrémonde, llamado también Darnay.
La atmósfera de terror y de desconfianza en que se vivía había alterado
profundamente hasta los hábitos más inocentes y más inofensivos de
la vida. En la casa del doctor, como en casi todas las demás, los
artículos de primera necesidad y de consumo diario se compraban todas
las tardes por cantidades pequeñas y en distintas tiendas pequeñas. Era
la manera de no llamar la atención y de suministrar la menor ocasión
posible a las murmuraciones y a la envidia.
Desde algunos meses antes, estaban encargados de la compra la señorita
Pross y Jeremías _Lapa_; este último llevaba la cesta, la primera el
dinero. Todas las tardes, cuando se encendían los faroles del alumbrado
público, salían ambos y traían a la casa los artículos de consumo
necesario para el día siguiente. Aunque la señorita Pross, dados los
muchos años que llevaba viviendo con una familia francesa, parece que
debía hablar el francés con tanta corrección y soltura como el inglés,
sabía exactamente lo mismo que Jeremías _Lapa_, quien no conocía ni
una palabra, y es que, o carecía de talento, o no quería aplicarlo
a tonterías (tal era el nombre que ella le daba) como aquélla. Como
consecuencia, su sistema comercial consistía en disparar un nombre
substantivo a quema ropa, en cuanto se encaraba con el tendero, y si el
nombre no cuadraba con el artículo que necesitaba, como ocurría casi
siempre, tendía en derredor sus miradas, agarraba el artículo, y no
lo soltaba hasta después de cerrado el trato. En cuanto al precio, se
entendía sin dificultad, alzando un dedo menos que el tendero, fuera el
que fuera el número de los que aquél levantase.
--Señor _Lapa_--dijo la señorita Pross, en cuyos ojos chispeaba la
felicidad,--yo estoy dispuesta; ¿y usted?
Jeremías contestó que estaba a las órdenes de la señorita Pross.
--Hoy nos hace falta de todo,--observó la señorita Pross,--y entre
otras cosas, vino. Mal rato nos espera. En cualquier parte que lo
compremos, hemos de encontrar abundantes gorros colorados brindando
como condenados.
--No se romperán mucho los cascos para encontrar sus brindis--observó
Jeremías.--Siempre les oigo brindar por el mismo; por el Unico.
--¿Y quién es ese único?
--Vaya usted a saber. Como no se refieran a Noé... el que plantó la
primera viña...
--¡Ah... ya! No hace falta ser muy sabio para comprender por quién
brindan esos desdichados. Brindan por el Asesino... por el Malvado.
--¡Cuidado, amiga mía!--terció Lucía--¡Prudencia, por favor, mucha
prudencia!
--¡Sí, sí, sí! seré muy prudente; pero me parece que entre nosotros
puedo decir que no es muy grato recibir por esas calles suspiros que
apestan a cebolla, a aguardiente y a tabaco, mezclados con abrazos.
Voy a salir; pero no se mueva usted de junto a la lumbre hasta que yo
vuelva, mi querida señorita. Cuide del marido que ha recobrado y nada
tema. ¿Puedo hacer una pregunta antes de marchar, señor doctor?
--Me parece que puede usted tomarse esa libertad--respondió el doctor
con tono humorístico.
--Por todos los santos del Cielo, no hable usted de libertad, señor
doctor. Estoy de libertad hasta la coronilla--exclamó la Pross.
--Por Dios, querida; ¿otra vez?--dijo Lucía.
--Vaya, señorita--replicó la Pross, moviendo la cabeza con aire
solemne;--si quiere que diga lo que siento, manifestaré que yo, como
súbdita que soy de Su Graciosa Majestad el Rey Jorge III, me río de
esos descamisados. Mi máxima es: «Maldita de Dios sea su política;
quiera Dios frustrar sus criminales propósitos; en Dios tengo puesta
mi confianza, y viva el Rey.»
_Lapa_, en un arrebato de lealtad a su soberano, repitió el viva con
voz estentórea.
--Celebro que sea usted un inglés castizo, señor _Lapa_,--dijo la
señorita Pross con tono de aprobación,--aunque hubiese sido de desear
que no hubiera puesto tanta energía en su grito. Pero vamos a la
pregunta, señor doctor; ¿no ha encontrado usted aún el medio de salir
para siempre de esta maldita ciudad?
--No, por ahora; salir en estas circunstancias, sería peligroso para
Carlos.
--¡Qué se le va a hacer!--exclamó la señorita Pross, conteniendo un
suspiro y mirando a Lucía.--Tendremos paciencia y esperaremos... Animo,
y que ruja la tempestad sobre la cabeza del vecino, como solía decir mi
hermano Salomón. Vámonos ya, señor _Lapa_... No se mueva, señorita.
Salieron la Pross y _Lapa_, dejando a Lucía, al marido de ésta, al
doctor y a Lucita, sentados al amor de la lumbre. Esperaban que de
un momento a otro llegase el señor Lorry. Había encendido una luz la
señorita Pross, pero la colocó en un rincón, a fin de que la familia
disfrutara exclusivamente de la débil que irradiaba la chimenea.
Lucita, sentada sobre la rodilla de su abuelo, escuchaba la historia de
un hada grande y poderosa que en una ocasión rompió los robustos muros
de un calabozo, para libertar a un cautivo que en otros tiempos había
prestado al hada un servicio.
--¿Qué es eso?--exclamó de pronto Lucía.
--¡Querida mía!--contestó el doctor, suspendiendo la narración de la
historia--Tranquilízate. El desorden de tus nervios es extraordinario.
La cosa más insignificante... hasta sin motivo alguno... te alarma. Me
tienes a mí... a tu padre, hija mía.
--He creído oir rumor de pasos en la escalera--balbuceó Lucía.
--¡Tontuela...! La escalera está tan silenciosa como una tumba.
Mientras salía de sus labios la palabra última, sonó un golpe en la
puerta.
--¡Oh, padre... padre mío! ¿Qué será? ¡Que se esconda Carlos...!
¡Sálvalo!
--¡Hija querida!--contestó el doctor levantándose y poniendo su
mano sobre el hombro de Lucía.--Le he salvado ya. No comprendo tu
debilidad... Voy a abrir la puerta.
Tomó en su mano el candelero, cruzó las dos habitaciones intermedias
y abrió la puerta. Cuatro hombres de aspecto salvaje, cubiertos
con gorros rojos y armados de sables y pistolas penetraron en el
recibimiento, desde donde pasaron a la habitación en que se hallaba la
familia.
--¿El ciudadano Evrémonde?--preguntó el que entró primero.
--¿Quién le busca?--preguntó Darnay.
--Yo... nosotros le buscamos. Te conozco, Evrémonde; te vi ayer en la
sala del Tribunal. Vuelves a ser prisionero de la República.
Los cuatro hombres rodearon el grupo formado por Darnay, su mujer y su
hijita, que se había abrazado a él.
--¿Cómo y por qué vuelvo a ser prisionero?
--Ven con nosotros a la Conserjería, y mañana podrás satisfacer tu
curiosidad. Mañana debes comparecer ante el Tribunal.
El doctor Manette, a quien la inesperada visita había dejado en estado
perfectamente atónito, hasta el punto de parecer una estatua con un
candelero en la mano, sacudió su marasmo después de escuchar las
palabras últimas, dejó el candelero sobre la repisa de la chimenea,
encaróse con el que llevaba la voz cantante, y, asiéndole por la
pechera de su camisa, roja como el gorro, dijo:
--Has dicho que le conoces; ¿me conoces también a mí?
--Sí; te conozco, ciudadano doctor.
--Todos te conocemos, ciudadano doctor--añadieron los tres restantes.
Paseó el anciano su mirada por las caras de los cuatro hombres, y
después de una pausa, repuso, bajando la voz:
--¿Quieres contestarme a mí la pregunta que él te ha hecho? ¿Por qué se
le prende de nuevo?
--Ciudadano doctor,--contestó con repugnancia manifiesta el que habló
primero,--ha sido denunciado por la Sección de San Antonio... a la que
pertenece este ciudadano--añadió, señalando con la mano al individuo
que estaba a su lado.
El ciudadano aludido hizo un movimiento afirmativo de cabeza, y dijo:
--Ha sido acusado por San Antonio.
--¿De qué?
--Ciudadano doctor--replicó el primero,--no preguntes más. Si la
República te exige sacrificios, tú, como buen patriota que eres, te
tendrás por feliz haciéndolos. Ante todo y sobre todo la República. El
Pueblo es soberano. Evrémonde, tenemos prisa.
--Una palabra más--objetó el doctor.--¿Quieres decirme quién le ha
denunciado?
--Faltaría a mi deber... Mañana podrás preguntarlo a San Antonio.
Dirigió entonces el doctor una mirada a otro de los hombres, quien se
movió con cierta expresión de malestar, se frotó la barba, y dijo:
--¡Vaya! Verdad es que no podemos decirlo sin faltar a nuestro deber;
pero no tengo inconveniente en manifestar que le ha acusado... por
cierto de grandes crímenes, el ciudadano y la ciudadana Defarge... y
además, otra persona.
--¿Quién es esta otra persona?
--¿Lo preguntas _tú_, ciudadano doctor?
--Sí.
--Lo sabrás mañana--contestó el de San Antonio con entonación
extraña.--¡Ahora, soy mudo!
VIII
UNA PARTIDA ORIGINAL
Sumida en la feliz ignorancia de la nueva desgracia acaecida a la
familia, la señorita Pross dejaba a sus espaldas una porción de
callejuelas estrechas y atravesaba el río por el Puente-Nuevo,
repasando en su imaginación el número de compras que tenía que hacer.
A su lado caminaba _Lapa_, portador de la cesta. Uno y otro, aunque
al parecer no tenían ojos más que para examinar las tiendas abiertas
a derecha e izquierda de las calles que atravesaban, avizoraban las
manadas de patriotas, sobre todo, si eran muy numerosas, y variaban
con frecuencia el itinerario a fin de evitar el encuentro de los
que hablaban con animación excesiva. Era una tarde fría y húmeda.
Los puntos de luz que salpicaban la capa gris que cubría el río
indicaban los sitios donde estaban ancladas las barcazas convertidas
en talleres por los que fabricaban armas para el ejército de la
República. ¡Desgraciado el mortal que osase burlarse de aquel ejército!
¡Desgraciado del que ocupase en aquel ejército un grado que no
mereciera! Valiérale más que nunca le hubiese crecido la barba, pues la
Navaja Barbera Nacional se la afeitaba que era una bendición.
Luego que compró una porción de artículos de comer, y una cantidad de
aceite para la lámpara, la señorita Pross pensó en adquirir el vino
que le hacía falta. Desdeñó una porción de tabernas y al fin mereció
su preferencia una, puesta bajo la advocación del Buen Republicano
Bruto de la Antigüedad, situada a corta distancia del Palacio Nacional,
antes de las Tullerías, establecimiento más tranquilo que ninguno de
sus similares encontrados hasta allí, en el cual es cierto que se veían
bastantes gorros colorados, pero abundaban menos que en los otros.
Consultado _Lapa_, y visto que era de su misma opinión, la señorita
Pross penetró en el templo del Buen Republicano Bruto de la Antigüedad,
acompañada por su caballero.
Sin reparar apenas en las luces mortecinas, en los hombres que pipa
en boca jugaban con barajas mugrientas o con dominós amarillentos,
en el jornalero que, arremangadas hasta los hombros las mangas de la
camisa y con el pecho desnudo leía a gritos un periódico a un grupo de
tipos que escuchaban con la boca abierta, en las armas que llenaban
las mesas o pendían de las cinturas de los bebedores, ni en los tres
o cuatro parroquianos que dormían sus _monas_, tendidos de bruces en
el suelo, y que, más que hombres, tenían aspecto de osos o de mastines
yacentes, los dos compradores se acercaron al mostrador y pidieron lo
que necesitaban.
Mientras el tabernero medía el vino, un sujeto, que con otro hablaba en
un rincón del establecimiento, se levantó y echó a andar. Para salir a
la calle tenía que pasar forzosamente junto a la señorita Pross, lo que
nada tiene de particular, pero sí lo tuvo el que, no bien tropezó con
ella, rasgó los aires un alarido penetrante seguido de un semi-desmayo
de la señorita.
Cuantas personas había en la taberna se pusieron en pie. Tan corriente
era ver que las personas se asesinaban bonitamente por motivo tan
justificado como defender una opinión cualquiera, que todos miraron
para ver quién era el mortal que caía sin vida en tierra, pero con
asombro general, lo único que vieron fué a una pareja, hombre y mujer,
que se miraban mutuamente con extraordinaria fijeza, y que el hombre
parecía francés, y republicano rojo, y la mujer era a no dudar inglesa.
Las frases pintorescas con que expresaron su desencanto los buenos
discípulos del Buen Bruto Republicano de la Antigüedad, sonaron en
los oídos de la señorita Pross y de su acompañante como si en hebreo
o en caldeo hubieran sido dichas. No se enteraron sino de que fueron
pronunciadas a gritos, que no otra cosa les consintió su sorpresa.
Hablamos en plural porque, si la señorita Pross quedó sorprendida,
Jeremías _Lapa_ estuvo a dos dedos de caer al suelo bajo el golpe
violento de su estupefacción.
--¿Qué hay?--preguntó el hombre que fué causa del chillido de la
señorita Pross.
Las dos palabras habían sido pronunciadas en inglés, con acento brusco
y amenazador y tono de voz muy bajo.
--¡Oh Salomón... Salomón querido!--exclamó la señorita Pross, juntando
las manos.--¡Al fin te encuentro, después de tantos años de ausencia,
después de tantos años pasados sin noticias tuyas!
--No me llames Salomón. ¿Buscas mi muerte, desgraciada?--preguntó aquel
hombre, dirigiendo en derredor miradas de espanto.
--¡Hermano... hermano mío!--exclamó la señorita Pross, hecha un mar de
lágrimas--¿Tan mal me he portado contigo para que me hagas una pregunta
tan cruel?
--¡Pues métete en el bolsillo esa lengua endiablada!--gruñó
Salomón.--Si quieres decirme algo, salgamos fuera. Paga el vino y
vámonos... ¿Quién es ese hombre?
--Es el _señor Lapa_--contestó con desaliento la señorita Pross.
--Pues que salga también... ¿Pero qué es eso? ¿Me toma ese individuo
por un aparecido?
La pregunta estaba muy en su lugar, pues _Lapa_ le miraba en realidad
como se mira a un espectro. No despegó, sin embargo, los labios, y
la señorita Pross, derramando lágrimas, pagó el vino. Mientras tanto,
Salomón se dirigió a los discípulos del Buen Bruto Republicano de la
Antigüedad y les dió, en lengua francesa, algunas explicaciones que
bastaron para que todos ellos volvieran a sus puestos respectivos.
--Veamos--dijo Salomón, una vez llegó a un rincón obscuro de la
calle--¿Qué es lo qué quieres de mí?
--¡Es horroroso encontrarse con un hermano querido que no da la menor
muestra de afecto a la hermana que siempre fué con él tierna y cariñosa!
--¡Bah! ¡Tonterías!--exclamó Salomón, rozando con sus labios la frente
de la señorita Pross--¿Estás contenta ahora?
La señorita Pross movió la cabeza y rompió a llorar de nuevo.
--Si te figuras que me has dado una sorpresa, te engañas de medio a
medio; no me ha sorprendido encontrarte. Sabía que estabas en París,
pues bueno es que sepas que son muy pocos los que en París viven sin
que lo sepa yo. Si no quieres poner en peligro grave mi existencia...
tentado estoy de creer que esa es tu intención... sigue tu camino
lo más pronto posible, y deja que yo siga el mío. Tengo muchas
ocupaciones... Soy funcionario público.
--¡Mi hermano Salomón, inglés de nacimiento y de alma, mi hermano
Salomón, que en su patria hubiera podido ser uno de los más grandes
hombres, funcionario público en país que no es el suyo, dependiendo de
hombres que no son ingleses... y qué hombres, Cielo santo! ¡Hubiese
preferido encontrarte muerto en su...!
--¡Lo creo!... ¡Lo suponía!... ¡Lo sabía de cierto!--exclamó su hermano
interrumpiéndola.--Lo que tú quieres es mi muerte. Mi tierna, mi
cariñosa hermana hará que me hagan figurar entre los sospechosos... Es
decir; lo está haciendo ya.
--¡No lo permita Dios!--gritó la señorita Pross.--Mucho te he querido,
Salomón, mucho te quiero; pero hubiese preferido no volver a verte más,
a encontrarte como te encuentro. Dime una palabra de cariño, dime que
no me aborreces, que no nos separa el odio, y me voy sin detenerte un
segundo más.