que los producía con la cabeza firme, lleno de confianza en su
poder, siempre tendiendo al fin que se había prefijado, bien que
cautelosamente, y sin poner en tela de juicio que el resultado de
sus esfuerzos sería en definitiva la libertad del marido de Lucía.
Era, empero, tan impetuosa la corriente del tiempo, tan profundas las
aguas, volaba aquél con furia tan tremenda, que Carlos continuaba
pudriéndose en la cárcel a los quince meses de haber entrado en
ella sin que la robusta confianza del doctor se conmoviera. Durante
el mes de diciembre, la Revolución arreció de tal manera en sus
furias, que los ríos del Sur con dificultad podían correr por sus
espaciosos cauces, llenos de montones de cadáveres de los que durante
la noche eran ahogados violentamente en sus aguas. Los prisioneros
eran arcabuceados por docenas, por cientos, por millares; pero el
doctor continuaba avanzando entre tantos horrores con paso firme y
cabeza sólida. En París no había hombre más conocido que él ni que en
situación más extraña se encontrase. Silencioso, humano, indispensable
en los hospitales y en las cárceles, prodigando los auxilios de la
ciencia lo mismo a los asesinos que a las víctimas, puede decirse que
era un hombre aparte. En el ejercicio de su profesión, el cautivo de la
Bastilla era el ídolo del pueblo. Más que hombre, parecía Espíritu que
se movía entre los mortales.
V
EL ASERRADOR
Un año y tres meses. No disfrutó Lucía de un minuto de tranquilidad
durante todo ese tiempo, pues jamás pudo hoy asegurar que la cabeza de
su marido no rodaría al día siguiente. A todas horas rebotaban sobre
el empedrado de las calles carretas de la Muerte llenas de condenados.
Lindas muchachitas, señoras en el apogeo de su hermosura, cabezas de
pelo negro, de pelo castaño, de pelo rubio, de pelo blanco; jóvenes
robustos, pletóricos de vida, y ancianos encorvados bajo el peso de los
años, caballeros y labriegos, damas y campesinas, todos proporcionaban
vino rojo a la Guillotina, saliendo diariamente de las obscuras cuevas
de sus inmundos calabozos y conducidos en procesión interminable
por las calles para apagar la sed devoradora de aquélla. Libertad,
Igualdad, Fraternidad o Muerte... Más frutos has dado de Muerte que de
Libertad, Igualdad ni Fraternidad, ¡oh Guillotina!
Si lo brusco e inesperado de sus calamidades y el rodar vertiginoso
de las ruedas del tiempo hubieran aturdido a la hija del doctor,
sumiéndola en ese estado de desesperación ociosa, seguramente la habría
enviado a la tumba o al manicomio, como ha enviado con menos motivos a
tantas otras, pero desde el instante en que estrechó contra su pecho
juvenil aquella cabeza de cabellos de nieve en el sotabanco de la
taberna del barrio de San Antonio, se había consagrado al cumplimiento
estricto de sus deberes, y los cumplió con tanta abnegación en los días
de prueba, como en los de calma y felicidad.
No bien se instalaron en su nueva residencia, y tan pronto como su
padre entró de lleno en el ejercicio de su profesión, Lucía arregló su
reducido hogar exactamente lo mismo que si a su lado hubiese tenido
a su marido. El orden era perfecto en aquella casa. Lucita daba sus
lecciones con la regularidad misma de su casa de Londres. Los inocentes
artificios con que la desolada esposa pretendía engañarse a sí misma,
infiltrando en su pecho la creencia de que muy pronto tendría la dicha
de abrazar a su marido, los preparativos de marcha que todos los días
hacía... juntamente con las plegarias solemnes que todas las noches
dirigía al Cielo en favor de un prisionero especial, en favor de un
desgraciado determinado de los muchos que gemían en las tétricas
antesalas de la muerte, eran los consuelos únicos de su conturbada alma.
Su aspecto exterior varió muy poco. Su sencillo vestidito negro, muy
semejante a los crespones de la viudez, así como el de su hija, negro
como el suyo, reflejaban tanta limpieza y tanto esmero como reflejaron
los que usó en sus días más felices. Perdió la frescura de su rostro,
constantemente triste y decaído, pero en nada decayeron su hermosura y
gentileza. A veces, por la noche, en el momento de besar a su padre,
buscaba salida por sus ojos el llanto almacenado en su pecho durante
las horas interminables del día, pudiendo decirse que aquél era su
único consuelo en la tierra. El doctor contestaba invariablemente con
decisión:
--Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y yo sé que puedo salvarle,
hija mía.
No habían transcurrido muchas semanas, cuando una noche, al regresar a
casa, la dijo su padre:
--Mira, querida; en lo más alto del edificio de la cárcel hay una
ventana, hasta la cual puede llegar algunas veces Carlos a las tres
de la tarde. Cuando lo consigue, lo que depende de circunstancias e
incidentes ocasionales, y como consecuencia inciertos, cree que podría
verte, si estuvieras en un sitio determinado de la calle que yo te
indicaré. En cambio tú, pobre hija mía, no podrás verle a él, fuera de
que, aun cuando pudieras, sería peligroso que hicieras la señal más
insignificante de reconocimiento.
--¡Oh padre mío! Enséñame el sitio, y allí estaré yo todos los días.
A partir de aquella noche, Lucía, todos los días, fueran buenos o
malos, de sol o de lluvia, de calor o de frío, pasó en el sitio que le
indicó su padre dos horas. Allí estaba en el momento que los relojes
de la ciudad dejaban oir las dos campanadas, y allí continuaba hasta
las cuatro, hora en que se retiraba con santa resignación. Cuando el
tiempo no estaba excesivamente malo, llevaba consigo a Lucita; en caso
contrario, iba sola; pero no faltó ni un solo día.
El lugar de espera era un sitio obscuro y sucio de una calleja estrecha
y tortuosa. No había en ella más que una casa habitada por un hombre
que se dedicaba a aserrar leños para la lumbre; todo lo demás de la
calle era muro correspondiente a edificios que tenían la entrada por
otra paralela.
Al tercer día de acudir Lucía al sitio indicado por su padre, la vió el
aserrador.
--Buenas tardes, ciudadana.
--Buenas tardes, ciudadano.
Era la salutación prescripta nada menos que por un decreto. Habíanla
implantado algún tiempo antes los patriotas más exaltados, pero por la
época a que nos referimos, era obligatoria para todo el mundo.
--¿Paseando por aquí, ciudadana?
--Ya lo estás viendo, ciudadano.
El aserrador, que en tiempos anteriores había sido peón caminero, alzó
los ojos, extendió el brazo en dirección a la cárcel, llevó ambas
manos a la cara colocando los dedos en forma que representasen una
reja, miró a través de los mismos, y soltó una risotada significativa.
--No es asunto mío--dijo,--y continuó aserrando.
Al día siguiente, parece que el aserrador estaba esperando a Lucía,
pues se abocó con ella no bien hizo su aparición en la calleja.
--¿Otra vez de paseo por aquí, ciudadana?
--Sí, ciudadano.
--¡Ah! ¿Y con una niña? Tu mamá, ciudadanita, ¿no es verdad?
--¿Contesto que sí, mamá?--preguntó en voz baja la niña, acercándose a
su madre.
--Sí, querida, sí.
--Sí, ciudadano--respondió Lucita.
--¡Ah! No es asunto mío. Lo único que me interesa es trabajar... Mira
mi sierra, ciudadana... La llamo mi querida Guillotina... La, la, la,
la, la... y cae una cabeza.
En efecto; mientras hablaba, cayó el trozo de leño, y el aserrador lo
metió en un cesto.
--Yo me doy el nombre de Sansón el de la Guillotina del combustible.
Manejo mi aparato, y cae una cabeza... Ahora cae una cabeza de mujer...
¿estás viendo, ciudadana? Llega el turno a la niña... ¡paf! ¡Adiós,
cabecita! Concluí con toda la familia.
Repugnaba a Lucía ver aserrar los leños y no podía ver sin sentir
un estremecimiento el acto de ponerlos en el cesto, pero le era
imposible permanecer en aquel sitio durante las horas de trabajo del
aserrador sin que éste la viese. En lo sucesivo, a fin de conquistarse
sus simpatías, no sólo era ella la que se adelantaba a dirigirle la
palabra, sino también le daba algunas monedas para beber, que él
aceptaba sin hacerse de rogar.
Era el aserrador un sujeto sumamente curioso. Muchas veces, cuando
Lucía, olvidada de su presencia permanecía largo rato con la vista
fija en las rejas de la cárcel y el corazón puesto en su marido, al
darse cuenta de su imprudencia, bajaba la vista y veía al aserrador que
la miraba sonriente, puesta la rodilla sobre el banco y empuñando la
sierra, pero sin trabajar. Cuando esto ocurría, por regla general decía
«no es asunto mío,» y reanudaba el trabajo sin más comentarios.
En todo tiempo, lo mismo durante las nieves y hielos del invierno que
aguantando los furiosos vendavales de la primavera, tanto bajo el sol
abrasador de verano como bajo las torrenciales lluvias del otoño, ni
un solo día dejó Lucía de pasar dos horas en aquel sitio, ni un solo
día dejó de besar, al marcharse, los muros de la cárcel. Veíala su
marido (lo sabía Lucía por conducto de su padre) una vez por cada cinco
o seis que salía, dos o tres días consecutivos algunas veces, aunque
también ocurría que se viese privado de esa dicha durante una semana
entera. Lucía estaba satisfecha con que la viese cuantas veces tuviera
oportunidad de llegar hasta la ventana, y a trueque de no defraudarle
una sola, hubiese salido no un día, no una semana; años enteros.
Llegó el mes de diciembre. Su padre continuaba caminando entre
espantosos horrores, siempre con paso firme, siempre con cabeza sólida.
Una tarde fría y lluviosa, Lucía llegó al rinconcito de costumbre. Era
un día de regocijo general. Había visto aquélla las casas engalanadas
con profusión de gorros atravesados en pequeñas lanzas, y adornados
con cintas tricolores y con la inscripción, también tricolor (las
letras tricolores estaban en gran moda): «República Una e Indivisible.
Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»
Tan mísero y reducido era el taller del aserrador, que toda su
superficie resultaba casi insuficiente para la inscripción copiada.
Coronaba la casa su correspondiente lanza provista de su indispensable
gorro colorado, cual cuadraba a todo ciudadano que por bueno se
tuviera, y en una ventana había colocado su sierra, bajo la cual se
leía la inscripción siguiente: «La Santa Guillotina.» El taller estaba
cerrado, el aserrador se encontraba ausente, y Lucía pudo saborear el
placer de verse completamente sola.
No estaba, empero, muy lejos el aserrador. Duraba la espera de Lucía
contados minutos, cuando sonaron en la calle recios gritos que la
llenaron de terror. Segundos después, doblaban la esquina de la cárcel
compactas muchedumbres, en cuyo centro iba el aserrador dando la mano
a La Venganza. No bajarían las personas de quinientas, y bailaban como
pudieran hacerlo quinientos mil demonios. Ni llevaban tampoco música,
que para sus endiabladas danzas bastábales el ronco y discordante
gritar de sus gargantas. Cantaban el himno popular a la Revolución, y
se acompañaban con feroz entrechocar de dientes. Bailaban una danza
feroz, que no describiremos, pues a nuestro propósito basta decir que
el salvajismo reinante había convertido una distracción inocente en
medio eficaz de encender la sangre, embotar los sentidos y endurecer el
corazón.
Era la Carmañola. Lucía, horrorizada, yerta de espanto, habíase
refugiado en el hueco de la puerta del aserrador, cubriéndose el rostro
con las manos.
--¡Oh padre mío!--exclamó al separar las manos, y encontrarse
inopinadamente frente al doctor.--¡Qué espectáculo tan cruel, tan
repugnante!
--Lo sé, queridita mía, lo sé. Lo he presenciado muchas veces. No te
asustes, que nadie ha de hacerte el menor daño.
--No me asusto por mí, padre mío; pero cuando pienso en mi marido y en
los arrebatos de esas gentes...
--Pronto le pondremos a cubierto de sus arrebatos. Le he dejado
subiendo a la ventana y he venido a decírtelo. Como hoy nadie queda por
aquí que pueda verte, no importa que envíes un beso con la mano a lo
más alto del tejado, al mismo alero.
--Lo enviaré, padre mío, y con el beso enviaré mi alma entera.
--No puedes verle, pobre hija mía; ¿verdad?
--No, padre mío, no puedo--contestó Lucía llorando.
Sonaron algunos pasos y apareció la señora Defarge.
--Salud, ciudadana--dijo el doctor.
--Salud, ciudadano--contestó la tabernera, continuando la marcha sin
detenerse.
--Dame el brazo, querida mía. Sal de aquí, pero fingiendo alegría,
aunque ya sé que no puedes sentirla... Así, muy bien. Mañana
comparecerá Carlos ante sus jueces.
--¡Mañana!
--No se puede perder tiempo. Todo lo tengo admirablemente dispuesto,
pero hay necesidad de adoptar precauciones que es imposible ultimar
hasta el momento mismo en que Carlos se presente ante el Tribunal. No
ha recibido aún la citación, pero me consta que le citarán para mañana
y que será trasladado a la Conserjería. Como ves, recibo las noticias
con oportunidad. Supongo que no te asustarás, ¿eh?
A duras penas pudo balbucear la infeliz.
--Confío en ti.
--Puedes confiar, en la seguridad de no salir defraudada. Tus agonías
tocan a su fin, amor mío. Dentro de breves horas le tendrás en tus
brazos. Le he rodeado de todas las protecciones imaginables. Necesito
ver a Lorry...
Interrumpióse el doctor. En la calle inmediata sonaba pesado ruido de
carros. Una... dos... tres... Tres carretas cargadas de condenados
conducidos al suplicio.
--Necesito ver a Lorry--repitió el doctor, volviendo la cabeza al lado
contrario para no ver el fúnebre convoy.
El buen Lorry continuaba inmóvil en el edificio del Banco. Tanto él
como los libros eran objeto de frecuentes requisas en calidad de bienes
confiscados y convertidos en nacionales, lo que no fué óbice para que
salvase cuanto le fué posible, a fuerza de entereza y de abnegación.
Estaba obscureciendo cuando el padre y la hija llegaron al Banco. La
suntuosa residencia del señor continuaba desierta. Sobre la verja
del jardín había una inscripción que decía así: «Propiedad Nacional.
República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»
¿Qué era del señor Lorry, que no se encontraba en su despacho? ¿A
quién acababa de despedir cuando salió, agitado y sorprendido, para
estrechar entre sus brazos a su idolatrada amiguita? ¿A quién repitió
las palabras que con balbuciente voz acababan de dirigirle a él,
diciendo desde la puerta que estaba traspasando: «Trasladado a la
Conserjería y citado para mañana?»
VI
TRIUNFO
Sin exageración puede afirmarse que el formidable Tribunal de los
Cinco no ya sólo funcionaba todos los días, sino también estaba en
función permanente. Las relaciones de los prisioneros que debían
comparecer ante el Tribunal al día siguiente eran entregadas todas las
tardes a los alcaides de las cárceles, quienes, a su vez, leían a los
interesados. En la jerga de la cárcel, a las listas en cuestión se las
llamaba «Diarios de la noche.»
«Carlos Evrémonde, alias _Darnay_.»
Tal era el nombre que encabezaba el «Diario de la noche»
correspondiente a La Force.
Apenas pronunciado el nombre, separóse el interesado del grupo de
sus compañeros de infortunio y se colocó en el sitio destinado a
los nombrados. Como Carlos Darnay había presenciado aquella escena
centenares de veces, dicho se está que le sobraban motivos para conocer
la costumbre.
El rechoncho alcaide le dirigió una mirada a través de los sucios
cristales de las antiparras, sin las cuales no podía leer, a fin de
cerciorarse de que había pasado al lugar que debía ocupar, y comprobado
ese extremo, continuó leyendo la lista, haciendo una pausa parecida
después de cada nombre. Veintitrés fueron los nombrados, pero como de
ellos había fallecido uno en la cárcel, y la Santa Guillotina había
hecho rodar las cabezas de otros dos, aunque ni de éstos ni de aquél
se acordaba nadie, sólo veinte contestaron al llamamiento. La lista
fué leída en la misma pieza abovedada donde Carlos encontró reunidos
a tantos prisioneros la noche de su ingreso en la cárcel. Todos ellos
habían sido despedazados por las turbas el día de la matanza general, y
los que con posterioridad entraron, volvieron a salir para tomar en el
cadalso el pasaje para el otro mundo.
Cruzáronse entre los que salían y los que quedaban algunas frases
de despedida y de aliento, no muchas, pues aparte de tratarse de un
incidente que se repetía todos los días, la sociedad de La Force tenía
en proyecto para aquella noche la celebración de algunos juegos, y
había que aprovechar el tiempo para ultimar el programa. Los que
quedaban acompañaron a los que se iban hasta la reja de salida de la
sala, vertieron algunas lágrimas, y se volvieron, pues era preciso
rellenar los veinte huecos que los ausentes dejaban vacantes, si
no querían renunciar a los esparcimientos de la velada, y había que
hacerlo antes de la hora de silencio, en que se confiaba la vigilancia
del establecimiento a ejércitos de feroces mastines que llenaban los
corredores y salas contiguas. Y no es que los prisioneros fueran
insensibles ni duros de corazón; pero en su carácter, en su manera de
ser, influía, como no podía menos, la condición de la época. De la
misma manera que aquéllos vieron salir punto menos que impasibles a
sus compañeros de infortunio, hubo muchos que, intoxicados, cediendo
sin duda a una especie de fervor que hoy apenas se comprende, pero
muy natural en aquel tiempo, desafiaron sin ninguna necesidad al
pueblo, y corrieron espontáneamente en busca de las caricias de la
guillotina, sin que en su acto influyera poco ni mucho la jactancia,
sino la infección general consiguiente al brutal sacudimiento del
alma pública. En épocas de pestilencia, se ven personas a quienes
atrae misteriosamente el contagio, personas que desearían morir de
él. Y es que todos llevamos encerradas en el fondo de nuestras almas
rarezas dormidas que no necesitan más que el concurso de determinadas
circunstancias para despertar.
Breve y obscuro era el paso desde La Force a la Conserjería, largas y
frías las noches pasadas en las pestilentes celdas de la última. Quince
prisioneros comparecieron ante el Tribunal a la mañana siguiente, antes
que fuera llamado a comparecer Carlos Darnay. Las vistas de los quince
duraron hora y media, y los quince fueron condenados a muerte.
«Carlos Evrémonde, alias _Darnay_,» llamaron al fin.
Lucían los jueces sombreros adornados con plumas, pero fuera de
ellos, toda la concurrencia llevaba gorros de lana colorados con sus
correspondientes escarapelas tricolores. Bastaba dirigir una mirada
al Tribunal para sospechar que había sido invertido el orden natural
de las cosas y que los criminales juzgaban a los hombres honrados.
Inspiraba las sentencias el populacho más vil, más cruel, más criminal
de la ciudad, y las inspiraba poniendo en sus inspiraciones cantidades
inmensas de bajeza, de crueldad y de ruindad, ora comentando a grito
herido, ora aplaudiendo, ora anticipando y precipitando el resultado
de las deliberaciones. Todos los hombres que llenaban la sala iban
armados hasta los dientes; todas las mujeres llevaban cuchillos y
dagas, algunas comían, otras bebían, otras hacían calceta. Entre estas
últimas había una que se distinguía por su laboriosidad. Estaba sentada
en una de las primeras filas junto a un hombre a quien Carlos no había
vuelto a ver desde el día que llegó a la Barrera de París, pero que le
recordaba a Defarge. Observó aquél que la mujer habló dos o tres veces
en voz muy baja a su vecino de asiento, lo que le hizo suponer que era
su mujer, pero lo que más poderosamente llamó su atención, fué que no
obstante encontrarse lo más cerca posible de él, ni una sola vez le
miraron. Volvía con frecuencia los ojos a los jueces, como si esperasen
algo, pero nada más. Cerca del Presidente del Tribunal estaba sentado
el doctor Manette, tranquilo como siempre y vestido como siempre.
El prisionero reparó en que solamente el doctor y el señor Lorry,
sentado a su lado, vestían como de ordinario, y no ostentaban la soez
indumentaria de la Carmañola.
Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, fué acusado por el Fiscal
público de emigrado cuya vida correspondía a la República a tenor del
decreto que proscribía a todos los emigrados bajo pena de muerte. Que
el decreto en cuestión hubiese sido promulgado cuando ya el acusado
estaba en Francia, era circunstancia trivial que no merecía tenerse
en cuenta. Existía el decreto, tenían delante al acusado que había
sido preso dentro de las fronteras de Francia, y la República pedía su
cabeza.
--¡Que ruede su cabeza!--rugió el público--¡Muera ese enemigo de la
República!
El Presidente agitó la campanilla para acallar aquellos gritos, y
preguntó al acusado si no era cierto que había residido muchos años en
Inglaterra.
Darnay contestó afirmativamente.
--¿Y dices que no eres emigrado? ¿Qué nombre te das, pues?
--No me tengo por emigrado a tenor de la letra y del espíritu de la ley.
--¿Por qué no? Eso es lo que deseo saber.
--Porque libre y espontáneamente renuncié un título que no era de mi
gusto y una posición social que me desagradaba, y salí de mi patria
para vivir de mi trabajo en Inglaterra antes que de rentas cobradas al
pueblo de Francia, agobiado bajo el peso de tantos tributos y gabelas.
--¿Cómo pruebas la exactitud de tus manifestaciones?
--Con el testimonio de Teófilo Gabelle y de Alejandro Manette.
--Pero tú casaste en Inglaterra--objetó el Presidente.
--Cierto; pero no con mujer inglesa.
--¿Con una ciudadana de Francia?
--Sí.
--¿Su apellido y familia?
--Lucía Manette, hija única del doctor Manette, del excelente médico
aquí presente.
Esta contestación produjo en el auditorio un efecto imposible de
pintar con palabras. Retemblaba la sala bajo los gritos de entusiasmo
delirante que arrancó el solo nombre del doctor Manette. Tan
caprichosos eran los movimientos del pueblo, que inmediatamente se
llenaron de lágrimas muchos ojos que un segundo antes contemplaban con
ferocidad al acusado cual si se desbordase la impaciencia porque les
fuera entregado para despedazarlo.
Carlos Darnay, en sus manifestaciones, había seguido al pie de la letra
las instrucciones del doctor.
--¿Por qué regresó el acusado a Francia cuando lo hizo, y no
antes?--preguntó el Presidente.
--No regresé antes--contestó Carlos--sencillamente porque en Francia
no poseía otros medios de vida que los bienes que había renunciado,
al paso que en Inglaterra ganaba lo necesario para mi subsistencia
dando lecciones de francés y de literatura francesa. Si regresé cuando
lo hice, fué cediendo a una súplica escrita de un ciudadano francés,
quien me manifestó que mi ausencia comprometía muy seriamente su vida.
Regresé para salvar la vida al ciudadano en cuestión, y para declarar
la verdad sin reparar en peligros ni molestias. ¿Qué crimen ven en esto
los ojos de la República?
El populacho gritó ebrio de entusiasmo:
--¡Ninguno... ninguno!
Agitó el Presidente la campanilla, mas no logró imponer silencio hasta
que el auditorio se cansó de gritar.
--¿Cómo se llamaba el ciudadano a quien el acusado se
refiere?--preguntó el Presidente.
--Teófilo Gabelle, aquí presente. Comprueba mis manifestaciones la
carta a que he aludido, la cual, si bien me fué quitada en la Barrera,
no dudo que figurará entre los documentos que el Presidente tiene sobre
la mesa.
Buen cuidado había tenido el doctor de que la carta de referencia
estuviera sobre la mesa. El Presidente la encontró sin esfuerzo, y la
leyó en voz alta. Seguidamente fué llamado Gabelle para que confirmara
las manifestaciones del acusado y se declarara autor de la carta,
lo que hizo aquél con gran precisión y acento de verdad. Insinuó el
ciudadano Gabelle con delicadeza y tacto exquisitos, que el Tribunal,
falto de tiempo como consecuencia de los infinitos enemigos de la
República que exigían toda su atención, habíale dejado en la cárcel de
la Abadía hasta tres días antes, olvido insignificante y muy natural;
y que, cuando compareció ante el Tribunal, fué declarado inocente y
puesto en libertad, por haber disipado a satisfacción de sus jueces las
acusaciones que sobre él pesaban.
Fué interrogado a continuación el doctor Manette. Su gran popularidad
personal y la claridad y precisión de sus respuestas ejercieron en
el auditorio sensación indescriptible; pero cuando demostró que el
acusado fué el que con mayor eficacia contribuyó a libertarle de
su eterno cautiverio, cuando manifestó que el acusado permaneció en
Inglaterra rodeando de tierna solicitud y de cariño abnegado, no ya
sólo a su hija, sino también a él mismo, cariño y solicitud que les
hicieron dulce el destierro, cuando añadió que lejos de ser partidario
y defensor del gobierno aristócrata del país en que vivía fué procesado
y estuvo a punto de ser condenado a muerte como enemigo de Inglaterra
y amigo de los Estados Unidos. Luego que hizo una exposición clara
y elocuente de todas estas circunstancias, Tribunal y auditorio se
identificaron. Tanto es así, que cuando invocó el testimonio del señor
Lorry, caballero inglés allí presente, testigo, como él, del proceso
seguido en Inglaterra contra Darnay, y dispuesto a corroborar todas sus
manifestaciones, contestaron los jueces que les bastaba lo que habían
oído, y que con gusto votarían, si el Presidente tenía a bien recibir
los votos.