hija y a la señorita Pross, a las cuales dió cuantos consuelos pudo,
que fueron más de los que él mismo tenía. Dejó con ellas a Jeremías
_Lapa_ y volvió a engolfarse en sus ocupaciones.
Pasó el resto del día triste, preocupado y receloso, hasta que
llegó la hora de cerrar el establecimiento. Retiróse entonces a su
habitación, como el día anterior, y estaba pensando en las resoluciones
que le convendría adoptar, cuando oyó ruido de pasos en la escalera.
Segundos después se le presentaba un hombre que, mirándole con mirada
penetrante, se le dirigía por su nombre.
--A su disposición, señor Lorry. ¿Me conoce usted?
Era un individuo de constitución sólida, de pelo negro naturalmente
rizado y de unos cuarenta y cinco años de edad.
--¿Me conoce usted?--repitió.
--He visto a usted en alguna parte.
--¿En mi tienda de vinos, quizás?
Más interesado que nunca, y no poco agitado, preguntó Lorry:
--¿Viene usted de parte del doctor Manette?
--Sí; vengo de parte del doctor Manette.
--¿Y qué dice? ¿Me envía algo?
Defarge puso en la mano que anhelante le tendía Lorry un pedazo de
papel, que contenía las palabras siguientes, escritas de puño del
doctor:
«Carlos sin novedad, pero no puedo yo abandonar el sitio en que me
encuentro. He logrado que el portador de esta lleve dos líneas de
Carlos para su mujer. Haga que el dador se vea con mi hija.»
Estaba fechada la misiva en La Force una hora antes.
--¿Tiene usted la bondad de acompañarme a la casa en que reside la
esposa de Carlos?--preguntó Lorry, sin ocultar la alegría que la
lectura del billete le había producido.
--Sí--contestó Defarge.
Sin parar mientes en el tono reservado y curiosamente mecánico con
que Defarge hablaba, Lorry se encasquetó el sombrero y bajó con su
visitante al jardín, donde encontraron a dos mujeres, una de ellas
haciendo calceta.
--¿La señora Defarge?--preguntó Lorry, quien la había dejado ocupada en
lo mismo diez y siete años antes.
--La misma--contestó el marido.
--¿Viene con nosotros su señora?--preguntó Lorry, al observar que las
mujeres echaban a andar.
--Sí. Viene para reconocer las caras y conocer a las personas. Es una
medida que conviene a la hija del doctor.
Lorry, a quien comenzaron a parecerle extrañas la actitud y palabras de
Defarge, dirigióle una mirada recelosa y continuó andando. Siguieron
las dos mujeres, una de las cuales era la llamada La Venganza.
Cruzaron las calles inmediatas con cuanta rapidez les fué posible,
subieron la escalera del domicilio de Lucía, Jeremías les franqueó
la entrada, y encontraron a la esposa de Carlos sola y llorando. Las
noticias que acerca de su marido la dió Lorry la llenaron de alegría,
y estrechó con efusión la mano que la entregaba las breves palabras
escritas por su Carlos... sin pensar en lo que la noche anterior había
estado haciendo aquella mano muy cerca de la persona de su marido, ni
en lo que con éste hubiese hecho de no impedirlo una casualidad feliz.
«Valor, queridita mía. Estoy bien, y tu padre goza de influencia sobre
los que me rodean. No puedes contestarme. Besa por mí a nuestro ángel.»
Nada más decía el billete. Era, sin embargo, tanto para la desventurada
que acababa de recibirlo, que en su agradecimiento se volvió hacia la
mujer de Defarge y besó con efusión las manos que hacían calceta. Fué
un acto de esposa apasionada, amante, agradecida; pero la mano que de
aquel fué objeto no lo contestó. Separóse de sus labios pesada, fría
como el hielo, y continuó haciendo media.
Algo encontró Lucía en aquella mano que la estremeció. En el instante
mismo en que llevaba la diestra a su seno para guardar allí el billete
recibido, sus ojos, clavados en el rostro de la tabernera, reflejaron
un terror infinito. La señora Defarge contestó a su mirada con otra que
rebosaba impasibilidad, hielo.
--Mi querida Lucía--dijo Lorry, tratando de explicar la presencia
de las mujeres,--son muy frecuentes las conmociones en las calles,
y aunque no es probable que nadie moleste a usted, ha venido la
señora Defarge con objeto de ver a las personas hasta las cuales
puede extender su protección, pues conviene que las conozca bien
a fin de poder identificarlas en cualquier momento dado. Creo,
ciudadano Defarge--terminó sin atreverse a prodigar nuevas palabras de
consuelo,--que he expuesto la verdad del caso, ¿no es cierto?
Defarge dirigió a su mujer una mirada sombría y se limitó a
exteriorizar su conformidad por medio de un gruñido.
--Creo, Lucía, que sería conveniente que salieran la niña y la señorita
Pross--repuso Lorry.--Nuestra excelente Pross, Defarge, es una señora
inglesa, que desconoce por completo el francés.
La señora en cuestión, en cuyo pecho arraigaba muy honda la creencia
de que se bastaba y hasta se sobraba para poner en cintura a cualquier
extranjero, y no había perdido su serenidad de ánimo, no obstante
las perturbaciones y anarquía reinantes en París, se presentó con
los brazos cruzados, y dirigió una mirada castizamente inglesa a La
Venganza, con cuyos ojos tropezaron desde el primer momento los suyos.
--¡Hola, descarada!--dijo en inglés.--Me alegro de verla buena.
También dirigió una o dos palabras a la señora Defarge; pero ni la una
ni la otra tuvieron por conveniente contestar.
--¿Es ésa la niña?--preguntó la señora Defarge, suspendiendo por
primera vez su tarea y apuntando a Lucía con la aguja de hacer media
cual si fuera el dedo de la Fatalidad.
--Sí, señora--contestó Lorry.--Esa es la hija adorada y única de
nuestro pobre prisionero.
La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros tomó tonos
tan tétricos y amenazadores, que la pobre madre cayó instintivamente
de rodillas al lado de su hija y la estrechó contra su amante pecho.
La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros pareció
extenderse entonces negra, amenazadora, sobre la madre y la hija.
--No hace falta más--dijo la tabernera.--Los hemos visto ya. Vámonos.
Aquellas palabras entrañaban amenazas muy encubiertas, sí, pero no
tanto que no las penetrase el instinto maternal. He aquí por qué Lucía,
tendiendo sus brazos suplicantes hacia la señora Defarge, dijo:
--¿Tratarán con bondad a mi pobre marido? ¿Verdad que no le harán daño?
¿Que me conseguirán que pueda verle, si de ustedes depende?
--No es tu marido el que aquí me ha traído--replicó la señora Defarge,
mirando a Lucía con calma espantosa.--Lo único que me interesa es la
hija de tu padre.
--Por mí, pues, sea compasiva con mi marido... ¡por mí y por mi pobre
hijita! ¡Mi hija tiende conmigo hacia ustedes sus manecitas y las
suplica que no cierren su corazón a la voz de la piedad! ¡Más miedo nos
inspiran ustedes que toda la ciudad junta!
La Defarge recibió esta frase última como un cumplimiento, y volvió sus
ojos hacia su marido. Este, que escuchaba a Lucía mordiendo la uña de
su pulgar, acentuó la expresión dura de su rostro al sentir sobre él la
mirada de su mujer.
--¿Qué es lo que en esa cartita te dice tu marido?--preguntó la
tabernera con sonrisa sarcástica.--¿No habla sobre influencia?
--Dice que mi padre goza alguna influencia sobre los que le
rodean--contestó Lucía, sacando apresuradamente el billete del pecho,
pero con sus ojos llenos de alarma puestos sobre su interlocutora y no
sobre el papel.
--En ese caso, él le salvará--observó la tabernera;--no tenemos por qué
mezclarnos nosotros.
--Como esposa y como madre--exclamó Lucía con expresión de ansiedad
inmensa,--imploro la piedad de ustedes y les pido de rodillas que no
empleen el poder que poseen en contra de mi marido, sino en su favor.
¡Hermanas mías... hermanas mías! ¡Acuérdense de que es una esposa y una
madre la que se lo ruega!
La señora Defarge miró a la suplicante con la frialdad de siempre, y
dijo, volviendo su rostro hacia La Venganza:
--Las esposas y madres que desde que nacimos, o poco menos, estamos
acostumbradas a ver, han sido tratadas con grandes consideraciones,
¿verdad? ¿No es cierto que con gran frecuencia hemos visto a sus
maridos y a sus padres sepultados en inmundos calabozos? Desde que
vinimos al mundo, ¿no hemos visto sufrir a nuestras hermanas, en sus
personas y en las de sus hijos, pobrezas, desnudeces, hambres, sed,
enfermedades, miserias, opresiones y desprecios de toda clase?
--Jamás vimos otra cosa--respondió La Venganza.
--Todas esas cosas las hemos sufrido durante mucho, muchísimo
tiempo--repuso la tabernera dirigiéndose a Lucía.--Ahora dime, juzga
por ti misma; ¿crees probable que el dolor de una esposa y la ansiedad
de una madre hagan mella en nosotras?
Continuó haciendo media y salió. Tras ella echó a andar La Venganza y
Defarge salió el último, cerrando la puerta al salir.
--¡Valor, mi querida Lucía!--exclamó Lorry, alzándola del
suelo.--¡Valor y valor! Hasta ahora todo va bien... mucho, muchísimo
mejor de lo que podíamos prometernos. ¡Levante su corazón, querida
Lucía, y demos gracias al Cielo!
--No me falta un corazón agradecido ni dejo de abrigar esperanzas; pero
aquellas mujeres horribles son como sombras negras que obscurecen el
cielo de mis esperanzas.
--¡Chitón, chitón!--exclamó Lorry--¿Cómo se entiende? ¿Es posible que
en ese bravo corazoncito tenga entrada el abatimiento? ¡Sombras! Las
sombras nada significan, Lucía, son inconsistentes... ¡nada!
Pese a sus palabras él mismo sentía también la influencia, la opresión,
de aquellas sombras fatídicas y, aunque no lo confesaba, es lo cierto
que le preocupaban y perturbaban en extremo.
IV
CALMA EN LA TORMENTA
Cuatro días duró la ausencia del doctor Manette.
Con tal diligencia ocultaron a Lucía la mayor parte de los horrorosos
acontecimientos ocurridos en ese lapso de tiempo, que hasta mucho
tiempo después, cuando ya se encontraba a gran distancia del territorio
francés, no supo que mil cien prisioneros indefensos, de ambos sexos
y de todas las edades, habían sido brutalmente asesinados por un
populacho ebrio de sangre, que durante aquellos cuatro días con sus
noches no cesaron ni por un segundo las hazañas de horror, que las
calles de la ciudad en que vivía estaban inundadas de sangre y que la
atmósfera que respiraba era una atmósfera saturada de emanaciones de
sangre. Las únicas noticias que a sus oídos llegaron fueron que el
populacho había atacado las prisiones, que todos los presos políticos
habían corrido serios peligros, y que algunos habían sido arrastrados
por las calles y asesinados.
El doctor comunicó al señor Lorry, no sin exigirle el secreto más
absoluto, que las turbas le obligaron a presenciar brutales escenas
de carnicería y de sangre en la prisión de La Force; que allí había
encontrado en funciones permanentes a un Tribunal, ante el cual
eran presentados uno a uno los prisioneros, que inmediatamente eran
condenados a muerte y ejecutados, o puestos en libertad (muy pocos),
o bien encerrados de nuevo en sus celdas. Añadió que, habiéndole
presentado al Tribunal en cuestión los patriotas que le acompañaban,
expuso él su nombre y su profesión e hizo constar que, sin previa
acusación, y como consecuencia sin previa sentencia, había sido por
espacio de diez y ocho años prisionero secreto de la Bastilla; y
que uno de los individuos que componían el Tribunal se levantó y le
identificó, resultando ser Defarge el individuo de referencia.
Dijo que por los registros que sobre la mesa del Tribunal había pudo
cerciorarse de que su yerno figuraba entre los prisioneros vivos, y
que le defendió con gran calor ante el Tribunal, algunos de cuyos
miembros roncaban desaforadamente mientras otros estaban despiertos,
y entre los cuales los había manchados con sangre de pies a cabeza y
limpios de crímenes (muy pocos), algunos sobrios y otros borrachos
(casi todos), en honor a la Libertad. Que en el primer momento de
entusiasmo, consiguiente a la presencia en aquel lugar de un hombre que
tanto había sufrido, de un mártir torturado por la situación derribada,
le concedieron que Carlos compareciera inmediatamente ante aquel
Tribunal extraño y fuera examinado. Que cuando todo hacía suponer que
iban a decretar su libertad, las corrientes decididamente favorables
tropezaron con obstáculos, cuyo origen y naturaleza eran misterios para
el doctor, los cuales dieron margen a una conferencia secreta. Que el
sujeto que ocupaba el sillón presidencial manifestó seguidamente al
doctor que el prisionero debía continuar recluído, aunque, en atención
a las torturas del doctor, la persona de aquél sería inviolable. Que
inmediatamente, a una señal del presidente, el prisionero fué conducido
de nuevo a su calabozo, pero que él, el doctor, con tal insistencia
solicitó permiso para permanecer allí a fin de asegurarse de que su
yerno, por equivocación o por malicia, no era entregado a las turbas,
cuyos feroces aullidos ensordecían a los jueces, que le fué concedida
la autorización solicitada, y que no se movió de la Sala de la Sangre
hasta que finalizó la escena última del sangriento drama.
Imposible detallar todas las brutalidades, todos los actos de
feroz salvajismo que hubo de presenciar el doctor durante aquellos
cuatro días con sus noches. La loca alegría a que se entregaban los
prisioneros que conseguían un fallo absolutorio le impresionó casi
tanto como la loca ferocidad con que el populacho hacía pedazos a los
que resultaban condenados. Hubo un prisionero a quien el Tribunal
declaró absuelto y que, al salir libre a la calle, un monstruo, por
equivocación sin duda, le asestó una lanzada. El doctor Manette, a
quien rogaron que saliera a curar al herido, salió inmediatamente a
la calle y le encontró rodeado y atendido por infinidad de compasivos
Samaritanos, sentados todos ellos sobre los cadáveres de sus víctimas.
Dando pruebas de una inconsistencia inconcebible por lo monstruosa,
ayudaron al doctor, atendieron al herido con solicitud ejemplar,
improvisaron una camilla y lo transportaron... pero hundiendo una
vez más sus armas asesinas en los cadáveres que llenaban la calle y
realizando otras brutalidades tan repugnantes, que el doctor hubo
de cubrirse los ojos con las manos, y ni aun así pudo evitar caer
desmayado en medio de aquellas fieras.
Vivos temores asaltaron al buen Lorry, mientras escuchaba el pavoroso
relato de labios de su amigo, cuya edad frisaba ya en los sesenta y dos
años, de que las espantosas escenas que había presenciado dieran vida
nueva al peligro antiguo. Acaso se equivocase, sin embargo, y la causa
de su equivocación fuera el hecho de no haber visto nunca a su amigo
bajo el aspecto y carácter en que entonces le veía. Por primera vez en
su vida comprendía el doctor que sus sufrimientos pasados eran para
él fuente de energías y de influencia; por primera vez sintió que en
aquella fragua ardiente forjaba poco a poco los hierros que habían de
quebrantar las puertas de la prisión en que estaba encerrado el marido
de su hija y concederle la libertad.
--En medio de todo fué un bien, amigo mío; no todo han sido calamidades
y ruinas. De la misma manera que mi hija idolatrada hizo cuanto
humanamente podía hacer para que yo recobrara la salud del cuerpo y
la del alma, yo no descansaré hasta que la devuelva a ella lo que
constituye la porción más querida de sí misma. ¡Con la ayuda del Cielo
lo haré!
Tales fueron las palabras pronunciadas por el doctor Manette, una vez
hubo terminado la exposición de hechos. Y cuando Mauricio Lorry vió
chispear en sus ojos el fuego del entusiasmo, y cuando reparó en la
serenidad tranquila de aquel hombre, cuya vida, paralizada por espacio
de varios años, resurgía de nuevo pletórica de energías, abrió su pecho
a la esperanza, y creyó.
Obstáculos mucho mayores que los que ante el doctor se alzaban habrían
cedido ante una perseverancia tan indomable como la suya. Sin rebasar
los linderos de su profesión como médico, cuya misión es alternar con
todas las clases y condiciones sociales, tanto con los presos como con
los que de libertad gozan, lo mismo con los ricos que con los pobres,
sin distinción de opresores y de oprimidos, de buenos y de malos, de
sabios y de ignorantes, con tal sagacidad supo emplear su influencia,
que no tardó en ser nombrado médico inspector de las cárceles, y como
consecuencia, de la de La Force. Pudo asegurar a Lucía que su marido
ya no permanecía solo en una celda aislada, sino mezclado con la
generalidad de los prisioneros; pudo visitar una vez a la semana al
marido de su hija y transmitir a ésta mensajes de aquél; consiguió
que Lucía recibiera algunas cartas de su marido, bien que nunca por
conducto del mismo doctor, pero no consintió que aquélla las dirigiera
a Carlos, pues entre todos los emigrados que sufrían en las cárceles,
ninguno despertaba en el populacho tantas sospechas como aquellos de
quienes se sabía que tenían parientes fuera.
No cabe dudar que aquella fase nueva de la vida del doctor llevaba
consigo ansiedades sin cuento, pero Lorry, a quien no faltaba
sagacidad, comprendió desde el primer momento que a las ansiedades se
unía cierto orgullo que actuaba en ella como poderoso sostén. Nada
de inconveniente tenía aquel orgullo, al contrario, era un orgullo
natural y digno. Sin embargo, Lorry lo observaba como curiosidad digna
de estudio. Sabía el doctor que hasta entonces, tanto su hija como
su amigo habían atribuído a sus largos años de encierro su aflicción
personal, su debilidad, su agotamiento. Pero las circunstancias habían
variado radicalmente; y persuadido de que sus antiguas torturas le
hicieron dueño de fuerzas que podía poner al servicio de la causa de
Carlos, de fuerzas que bien empleadas podían dar como resultado la
libertad del marido de su hija, llegó a exaltarse en tales términos,
que tomó la dirección del asunto y aceptó a los demás en calidad de
cooperadores secundarios, como acepta el que se considera fuerte el
auxilio de otras personas a quienes tiene por débiles. Se invirtieron
las posiciones respectivas del doctor y de su hija, bien que solamente
en lo que podían invertirse sin menoscabo del cariño más tierno y del
amor más acendrado, pues el padre cifraba todo su orgullo en prestar
algún servicio a la que tan inmensos se los había prestado a él.
--El fenómeno es muy curioso--pensaba Lorry;--pero muy natural y muy
noble. Toma, pues, la jefatura, mi querido amigo, encárgate de la
dirección y consérvala: no puede estar en mejores manos.
Mucho trabajó el doctor para conseguir que su yerno fuera puesto en
libertad, o bien para que compareciera ante el Tribunal que decidiera
su suerte, mas no logró vencer las corrientes arrolladoras entonces
desencadenadas. Había alboreado una era nueva, el Rey había sido
sentenciado, condenado y decapitado; la República de la Libertad,
de la Igualdad, de la Fraternidad o la Muerte había declarado que
vencería al mundo alzado en armas contra ella o moriría; en lo alto de
las torres de Nuestra Señora flameaba día y noche la bandera negra;
trescientos mil hombres, evocados por el soplo potente que los llamaba
para combatir a los tiranos de la tierra, brotaron de las distintas
provincias de Francia, cual si los dientes del feroz dragón, sembrados
al vuelo, hubiesen nacido y fructificado por igual en las montañas y
en las llanuras, en las rocas y en la grava, en los terrenos secos y
en los pantanosos, bajo el hermoso cielo meridional y bajo el brumoso
del norte, en los eriales y en los bosques, en las viñas y en los
olivares, entre los trigos y entre las hierbas, en las hermosas vegas
bañadas por los ríos y en las arenosas playas besadas por el mar. ¿Qué
esfuerzo particular, por inmenso que fuera, era capaz de luchar contra
el diluvio del Año Uno de la Libertad... un diluvio que brotaba abajo
en vez de venir de las nubes, un diluvio que anegaba a Francia estando
cerradas las compuertas de los cielos?
Del suelo francés habían quedado desterradas la pausa, la piedad, la
compasión, la paz, el descanso, el sosiego, la medición del tiempo.
Los días y las noches se sucedían como siempre, es verdad; a la noche
seguía la mañana y comenzaba un día nuevo, pero la cuenta del tiempo
no pasaba de allí, pues su percepción se había perdido en la fiebre
devoradora de una nación, de la misma manera que la pierde un enfermo
en su fiebre individual. Hoy interrumpía el silencio sobrenatural de
toda una ciudad el verdugo, mostrando al pueblo la cabeza del Rey, y
otro día presentaba la cabeza de una Reina célebre por su hermosura,
que no necesitó más que ocho meses de viudez y de miserias para que sus
cabellos sé trocaran de rubios que eran en blancos como la nieve.
Sin embargo, cumpliéndose una vez más la ley extraña de las
contradicciones, el tiempo, no obstante volar con vertiginosa
rapidez, parecía arrastrarse con lentitud desesperante. Un tribunal
revolucionario en la capital y cuarenta y cinco mil comités
revolucionarios funcionando en la nación; una Ley de Sospechosos
que barrió las garantías en que descansan la libertad y la vida y
entregó a toda persona buena o inocente en manos de cualquier malvado,
de cualquier criminal; prisiones atestadas de gente que no habían
cometido falta alguna y a quienes se cerraban todos los caminos que
pudieran conducir a su justificación, tales eran los principios en que
descansaba el orden social establecido, principios que parecían de
uso antiguo a las pocas semanas de implantados. Por encima de todo,
descollaba una figura fatídica que con rapidez brutal se hizo tan
familiar a los franceses como si fuera anterior a los fundamentos del
mundo; la figura de la esposa llamada Guillotina.
El pueblo la había convertido en manantial inagotable de chistes. Era
el remedio más eficaz para curar el dolor de cabeza, el preventivo más
infalible contra las canas y la calvicie, daba al cutis una delicadeza
especial, era la Navaja Barbera Nacional que mejor afeitaba, el que
tenía la suerte de besar a la Guillotina, miraba por un agujerito
y estornudaba dentro de un cesto; era el signo de la regeneración
del género humano y había eclipsado a la Cruz. Muchas gargantas que
antes llevaron crucecitas ostentaban ahora dijes-guillotina y eran
infinitos los que jamás creyeron en la Cruz y, sin embargo, creían en
la Guillotina y ante ella se postraban.
Tantas eran las cabezas que cortaba, que lo mismo que el feroz aparato
como el suelo que deshonraba rezumaban sangre. Formada de varias piezas
desmontables, como los rompe-cabezas, la armaban cuantas veces debía
entrar en funciones. Era una señora cuya misión principal consistía
en hacer enmudecer a la elocuencia, en humillar a los poderosos y
en concluir con la hermosura y con la bondad. En una mañana, y en
veintidós minutos, había rebanado veintidós cabezas de otros tantos
amigos del bien público, de ellos veintiuno vivos, y uno muerto
antes de subir al tablado fatal. El funcionario público encargado de
manejarla había heredado el nombre de aquel prodigio de fuerzas de que
nos habla el Antiguo Testamento; pero el Sansón francés, armado de la
Guillotina, era mucho más fuerte y robusto que su tocayo israelita, y
más ciego y más bruto, pues todos los días y a todas horas arrancaba
las puertas del mismo Templo de Dios.