en la exclamación del mismo, y se retiró juntamente con los dos
patriotas.
--¡Rayos y truenos!--gruñó el carcelero, ya solo con su mujer.--¡Esto
es un río que corre siempre!
La mujer del carcelero, que en su depósito de contestaciones no debía
tener la que cuadraba a la exclamación anterior, se limitó a responder:
--Hay que tener paciencia, amigo mío.
Los sonidos de una campana que la mujer hizo repicar evocaron a tres
calaboceros, diciendo a coro:
--¡Viva la Libertad!
El coro no parecía el más apropiado para ser cantado en un sitio como
aquél, pero mayores anomalías se ven en el mundo.
Era la prisión de La Force un edificio tétrico, repugnante e inmundo,
donde se respiraba la atmósfera hedionda de la muerte. Asombra
en realidad la rapidez con que percibe el olfato el olor a carne
almacenada en lugares como aquél, sobre todo, cuando no reunen
condiciones para el objeto, y por añadidura están descuidados.
--¡Y además secreto!--murmuró el alcaide mientras leía el papel.--¡Como
si no estuviera ya tan lleno de ellos que el mejor día doy un estallido!
Con muestras de pésimo humor ensartó el papel con una espiga que
atravesaba a muchísimos otros, y comenzó a pasear por la estancia
abovedada sin hacer el menor caso del prisionero, a quien tuvo
esperando más de media hora.
--Sígueme, emigrado--dijo al fin, tomando las llaves.
El alcaide condujo al nuevo pupilo por un corredor y una escalera, y al
cabo de varios minutos, y no sin abrir durante la marcha muchas puertas
y de cerrarlas de nuevo después de franqueadas, llegó a una pieza de
grandes proporciones y techo bajo y abovedado, atestada de prisioneros
de ambos sexos. Estaban las mujeres sentadas en torno a una mesa,
leyendo o escribiendo, haciendo media, cosiendo o bordando, mientras
los hombres, en su mayor parte, se hallaban de pie detrás de las sillas
ocupadas por aquéllas, excepto algunos que se entretenían paseando.
Tan tétrica era la sala, tan sombría la expresión de las personas allí
hacinadas, tan acentuada la amarillez que en sus rostros habían creado
las privaciones y miseria a que estaban sometidas que Carlos Darnay
creyó que se encontraba entre una colección numerosa de muertos. Allí
no había más que fantasmas. Fantasmas de belleza, fantasmas de la
elegancia, fantasmas de la altivez, fantasmas del orgullo, fantasmas
de la frivolidad, fantasmas del talento, fantasmas de la juventud,
fantasmas de la vejez, todos ellos esperando llegase la hora de
abandonar la playa inhospitalaria del mundo, todos ellos clavando en
el recién entrado unos ojos que la muerte había alterado en cuanto
penetraron en la antesala de los dominios de aquélla.
Darnay quedó inmóvil, yerto, por efecto de su estupefacción. El
aspecto del alcaide, que permanecía a su lado, no menos que el de los
calaboceros que andaban de una parte para otra, en pleno ejercicio,
sin duda, de sus altas funciones, eran tan rudos, tan brutales, tan
feroces, sobre todo puestos en parangón con el de las atribuladas
madres y de las hermosas hijas allí almacenadas, con la coquetería, la
distinción propias de las jóvenes bien nacidas y con la delicadeza de
modales de la dama de alto rango, que Darnay hubo de afianzarse en la
creencia de que le habían recluído en la mansión de los espectros.
--En nombre propio y en el de todos los compañeros de infortunio aquí
amontonados--dijo un caballero de modales cortesanos, dando un paso al
frente,--tengo el honor de dar a usted la bienvenida a La Force, y de
lamentar con usted la calamidad que aquí le trae. ¡Ojalá sea de breve
duración y termine con felicidad! Ahora bien; manifestarle nuestros
deseos sería imperdonable impertinencia en cualquier otra parte, pero
no aquí. Nos permitimos preguntarle su nombre y condición.
Darnay se apresuró a acceder a los deseos manifestados por el caballero.
--Supongo que no estará usted aquí «en secreto»--repuso el caballero,
siguiendo con la vista al alcaide que en aquel momento cruzaba la
estancia.
--Dos o tres veces he oído pronunciar esa consigna refiriéndose a mí,
pero ignoro lo que puede significar.
--¡Oh, que lástima! Muy de veras lo lamentamos... Pero no se desanime
usted. Son muchos los que han venido aquí «en secreto» y luego se ha
modificado su situación.
Seguidamente añadió alzando la voz:
--Con profundo pesar informo a mis compañeros que... _en secreto_.
Mientras Carlos Darnay se dirigía a la puerta defendida con gruesa reja
junto a la cual le esperaba el alcaide, alzáronse fuertes murmullos
de conmiseración, mezclados con frases de piedad de las mujeres, que
se esforzaban por infundirle aliento. Llegado a la puerta mencionada,
volvióse Carlos y dió las gracias a los que dejaba desde el fondo de
su corazón. Cerróse la puerta empujada por la mano del alcaide, y las
apariciones espectrales se borraron para siempre.
Daba acceso la puerta a una escalera de caracol, por la cual subió
Darnay siguiendo a su guía. Después de subir cuarenta peldaños,
contados concienzudamente por el prisionero de media hora, abrió el
alcaide una puerta baja y muy negra y entró en una celda solitaria. Era
muy fría, olía a moho, pero no estaba obscura.
--La tuya--dijo el alcaide.
--¿Por qué me encierran solo?
--Eso es lo que yo no sé.
--¿Supongo que se me permitirá comprar papel, pluma y tinta?
--Por el momento no. Te visitarán... no sé cuando, y entonces podrás
solicitar ese favor. Puedes comprar comida, pero nada más.
En la celda había una silla, una mesa y un jergón de paja. El alcaide,
después de someter a escrupulosa inspección el _mobiliario_ de la
celda, salió dejando solo a Darnay.
--Puedo decir que estoy muerto y sepultado--murmuró el infeliz.--Cinco
pasos por cuatro y medio... cinco pasos por cuatro y medio--repetía
maquinalmente, recorriendo la celda en todos sentidos y contando al
propio tiempo.
El ruido de la ciudad llegaba a sus oídos convertido en una especie de
sordo redoblar de tambores mezclado con estridentes voces humanas.
--Cinco pasos por cuatro y medio... Hacía zapatos... cinco pasos por
cuatro y medio... hacía zapatos... zapatos...
El prisionero aceleraba el paso y procuraba contar, a fin de ahuyentar
la idea del que hacía zapatos, que amenazaba convertirse en idea fija.
--Los espectros se han desvanecido en cuanto traspasé la puerta de
la reja--seguía pensando.--Vi entre ellos el de una señora vestida
de negro, que estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana. La luz
daba de lleno sobre su cabellera de oro, y parecía a... ¡Dios mío...
Dios mío!... ¿Volveré algún día a transitar por las aldeas visitadas
por la luz del sol, por las aldeas donde despiertan las gentes? Hacía
zapatos... hacía zapatos... hacía zapatos... Cinco pasos por cuatro y
medio... cinco pasos por cuatro y medio...
Caminaba el prisionero cada vez con mayor celeridad, siempre embebido
en las mismas ideas, siempre contando, siempre teniendo ante los
ojos de la imaginación la visión del zapatero, mientras el estruendo
de la ciudad continuaba sonando en sus oídos como sordo redoblar de
tambores mezclado con llantos de voces que conocía y quería, con ayes
desgarradores emitidos por gargantas que hasta entonces apenas dieron
salida a sonidos que no fueran reflejo de la alegría del corazón.
II
LA PIEDRA DE AFILAR
El Banco Tellson, establecido en el Barrio Saint Germain de París,
ocupaba un ala de un edificio inmenso, precedido por un jardín
separado de la calle por un muro de bastante altura y una verja muy
sólida. Era el inmueble propiedad de un noble de los más poderosos
del reino, que había vivido en él hasta que las perturbaciones de la
época le obligaron a emprender la fuga, envuelto en la indumentaria
de su cocinero, y a cruzar la frontera. Aunque en realidad quedaba
reducido a la condición de pieza de caza que consiguió burlar las
acometidas de los ojeadores y de los monteros, no por ello dejaba de
ser el mismo señor, cuya importante operación de preparar el chocolate
y de llevarlos a sus gloriosos labios, exigía los esfuerzos de tres
servidores, aparte de los del cocinero.
Habíase ido el señor; sus servidores se absolvieron a sí mismos del
horrendo pecado de haber recibido los salarios de aquél mostrándose
perfectamente dispuestos a rebanarle el pescuezo sobre el flamante
altar de la República Una e Indivisible, de la Libertad, de la
Igualdad, de la Fraternidad o Muerte, y el suntuoso inmueble del señor
fué primero secuestrado y luego confiscado. Las cosas se hacían con
tan vertiginosa rapidez, y los decretos se sucedían con precipitación
tan fiera, que a la tercera noche del mes de septiembre, patriotas
emisarios de la ley se habían posesionado de la casa en cuestión, la
habían purificado haciendo tremolar sobre ella la bandera tricolor, y
fumaban y se emborrachaban bonitamente en sus suntuosas habitaciones.
Si la Casa Tellson de Londres se hubiese parecido a la Casa Tellson de
París, a buen seguro que los londinenses la hubiesen visto figurar muy
en breve entre los quebrados que merecían aparecer en la Gaceta. ¿Qué
habría dicho la espetada respetabilidad inglesa, si en el vestíbulo de
un Banco hubiese encontrado abundantes macetas plantadas de naranjos,
y... ¡horror! la figura de un Cupido presidiendo la caja? Y, sin
embargo, por inconcebible que parezca, tal ocurría en el Banco Tellson
de París. Cierto que Tellson había blanqueado con algunas manos de
cal el Cupido del testero, pero quedaba el del techo, muy ligero
de ropas, contemplando con mirada ansiosa la caja (es lo que suele
hacer de ordinario) desde que amanecía hasta que cerraba la noche. La
quiebra más tremenda hubiese sido consecuencia fatal e inevitable de la
presencia de aquel agradable pagano en la calle Lombard de Londres, si
ya no hubieran bastado para producirla una alcoba medio oculta entre
ricos cortinones, delante de la cual estaba el niño de las travesuras,
el inmenso espejo que en el muro habían dejado, y los empleados mismos,
no tan viejos como era de desear, que no tenían el menor reparo en
bailar en público a poco que se les instase a hacerlo. Verdad es que un
Tellson francés podía permitirse todo eso y aún más, sin escándalo de
nadie, sin que capitalista alguno soñase siquiera en retirar por causas
tan insignificantes sus capitales.
Cuánto dinero saldría en lo sucesivo de las cajas de la Casa Tellson de
París, cuánto habría de quedar allí perdido y olvidado, cuánta plata,
cuántas joyas perderían su brillo inmaculado en las cámaras secretas
del establecimiento, mientras sus dueños lo perdían en los calabozos
o en el cadalso, cuántas cuentas corrientes del Banco quedarían sin
saldar en este mundo y pasarían al otro, es lo que ningún mortal
hubiese podido decir, lo que ni aproximadamente logró conjeturar
aquella noche el mismísimo Mauricio Lorry, no obstante haberse repetido
cientos de veces estas preguntas. Sentado junto a la chimenea en la que
ardían chisporroteando algunos leños (aquel año estéril e infecundo
había adelantado la estación de los fríos), su rostro, reflejo de
honradez, presentaba sombras que no proyectaba la lámpara pendiente del
techo ni ninguno de los objetos que en la estancia había.
Ocupaba Lorry habitaciones en el edificio del Banco, a lo que le daba
derecho indiscutible su probada fidelidad a la casa de la cual formaba
parte integrante. Creían muchos que era garantía de seguridad para
el establecimiento la ocupación patriótica de casi todo el edificio,
aunque el leal Lorry jamás participó de semejante creencia. Cuanto
ocurría en París érale indiferente, pues para él, lo único que excitaba
su interés, era el cumplimiento de su deber. En el fondo del jardín,
bajo una techumbre sostenida por graciosas columnas, había una cochera,
en la cual quedaban algunos de los carruajes del señor. Sujetas a dos
columnas había dos antorchas encendidas, y al pie, colocada de manera
que recibiera la luz de aquéllas, una piedra de afilar, montada de
cualquier manera, que sin duda había sido traída de cualquier herrería
o carpintería inmediata. Lorry, que se levantó del asiento y se asomó
a la ventana, retiróse con un estremecimiento al ver aquel objeto
inofensivo.
Hasta en la habitación que trabajaba Lorry llegaba el sordo rumor
de las calles, al que de vez en cuando se unían ruidos que parecían
proceder de un mundo fantástico, ruidos inauditos por lo terribles que
se elevaban desde la tierra al cielo.
--Gracias a Dios--dijo Lorry juntando las manos,--ninguna persona
querida tengo a mi lado esta noche pavorosa. ¡Mire el Altísimo con
ojos compasivos a cuantos se ven en peligro!
Apenas había pronunciado estas palabras, cuando sonó la campana de la
verja.
--Sin duda vuelven--pensó Lorry.
Permaneció sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos
en el vestíbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser
cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto
al Banco. Tranquilizóse, sin embargo, convencido de que estaba bien
guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas,
cuando bruscamente se abrió la puerta de su habitación y en su umbral
aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedió Lorry, presa del
pasmo más violento que en su vida experimentara.
Lucía y su padre; Lucía, que le tendía con ademán suplicante las manos
y le miraba con expresión de quien en sus ojos tiene concentrada su
vida entera.
--¡Lucía... Manette!... ¿Qué es esto?--exclamó Lorry, con asombro
indescriptible--¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí?
Lucía, pálida como un cadáver, cayó sollozante en los brazos del
anciano amigo de su infancia.
--¡Oh... amigo querido! Mi marido...
--¿Su marido, Lucía?
--Carlos.
--¿Qué hay de Carlos?
--Aquí... en París.
--¿En París?
--Lleva aquí algunos días... tres o cuatro... no sé cuántos... Me es
imposible poner orden en mis pensamientos... Le trajo aquí una idea
generosa que nos es desconocida; fué detenido en la barrera y conducido
a la cárcel.
El anciano lanzó un grito de espanto. Casi al mismo tiempo sonó la
campana de la verja y se oyeron en el jardín voces mezcladas con rumor
de pasos.
--¿Qué ruido es ése?--preguntó el doctor, dirigiéndose a la ventana.
--¡No se asome usted! ¡No mire fuera!... ¡Por lo que más quiera,
Manette, por su vida... no toque la persiana!
Volvióse el doctor, sin separar la mano de la falleba de la ventana, y
con sonrisa fría y osada, contestó.
--Mi querido amigo, en esta ciudad, mi vida es sagrada. He sido
prisionero de la Bastilla. No hay un patriota en París... ¿qué digo
en París? en ¡toda la Francia!... No hay un patriota en toda la
Francia que, sabiendo que he sido prisionero de la Bastilla, se atreva
a tocarme, como no sea para estrujarme a fuerza de abrazos o para
llevarme en triunfo por las calles. Mis torturas antiguas me han dado
influencia bastante para llegar hasta aquí sin encontrar obstáculos en
las barreras y para obtener noticias sobre Carlos. Sabía yo que así
sería, sabía yo que me sería fácil librar a Carlos de los peligros
que le amenazan, y así se lo aseguré a Lucía... ¿Pero qué ruido es
ese?--terminó, volviéndose hacia la ventana.
--¡No mire usted!--gritó Lorry con acento desesperado--¡Usted tampoco,
Lucía, mi querida Lucía!--añadió, pasando su brazo al rededor de su
cintura.--Pero no tema... no se asuste. Juro que no sé que a Carlos le
haya ocurrido mal alguno... que ni sospechaba siquiera que la fatalidad
le hubiese traído a esta ciudad. ¿En qué cárcel está?
--En la Force.
--La Force. Si alguna vez ha sido usted valiente, Lucía, hija mía, si
alguna vez se ha considerado con fuerzas para hacer algo útil, hoy más
que nunca es preciso que recurra a todo su valor y a todo su esfuerzo
para cumplir al pie de la letra lo que yo le diga, pues le aseguro
que de ello depende mucho más de lo que usted pueda suponer, mucho
más de lo que yo pudiera decirle. Lo que voy a suplicarle que por su
Carlos haga, es lo más duro, lo más difícil que cabe pensar, porque
precisamente voy a mandarle que se tranquilice, que no haga nada, que
me obedezca, que me permita que la lleve a una habitación retirada de
esta casa y que permanezca tranquila en ella, dejándonos solos a su
padre y a mí por espacio de algunos minutos. ¡Por su Carlos querido,
por la muerte, que hoy anda suelta por esta desdichada ciudad, seguro
estoy que me obedecerá!
--Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo
hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras.
Lorry besó a Lucía e inmediatamente la acompañó a su habitación donde
la dejó, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvió presuroso a
reunirse con el doctor, abrió la ventana que daba al jardín, puso su
diestra sobre el hombro de su amigo, y se asomó, indicando a éste que
hiciera lo propio.
Ante sus ojos había un grupo compacto de hombres y de mujeres, no
muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el
jardín, pues no pasarían de cuarenta o cincuenta. Las personas que
ocupaban la casa les habían franqueado la entrada para que utilizasen
la piedra de afilar, instalada allí para el servicio público, sin duda.
Parece que nada de particular debería tener una piedra de afilar, ni
mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre
pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto
por la índole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que
realizaban.
Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran más horribles
y de expresión más cruel que las de los salvajes más feroces cuando
ostentan sus prendas y pinturas más bárbaras. Falsas cejas y bigotes
falsos servían de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados
de sangre, rostros contraídos por la ira y el desenfreno. Mientras
aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y más vueltas, algunas
mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena
no podía ser más nauseabunda ni más feroz. Sangre, vino y fuego eran
los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras
y las manos de todos los monstruos que allí había, vino que rezumaban
sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la
piedra de afilar. Empujándose y atropellándose unos a otros en su afán
de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se veían hombres
desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos,
las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos
tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles,
con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes
tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas,
todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos
llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muñecas con tiras de
tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color,
todas eran rojas.
Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la
repugnante escena.
--Están asesinando a los prisioneros--dijo Lorry, contestando a la
pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.--Si tiene usted
seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree
poseer, y que yo también creo que posee, dése a conocer a esos demonios
y hágase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quién sabe; pero de
todas suertes, no pierda ni un segundo.
El doctor Manette estrechó la mano de su amigo y, sin contestar
palabra, sin cubrirse siquiera, bajó al jardín.
Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no podía menos de llamar
la atención, la decisión con que apartó las armas de aquella turba
de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunión,
hasta la misma piedra de afilar. Lorry observó que callaban todos,
que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del
anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador
con el respeto más profundo; y al cabo de breves minutos, vió que más
de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor
y, entronizándolo sobre sus hombros, salían a la calle gritando con
entusiasmo delirante:
--¡Viva el prisionero de la Bastilla!
--¡Queremos al pariente del de la Bastilla preso en La Force!
--¡Paso al prisionero de la Bastilla!
--¡Libertad al prisionero Evrémonde, encerrado en La Force!
Lorry cerró la ventana muy esperanzado, y se apresuró a reunirse con
Lucía, a la que refirió que su padre, auxiliado por el pueblo, había
ido a buscar a su marido. Con Lucía estaba su hija y la señorita Pross,
pero tal era la confusión del buen Lorry, que ni le sorprendió siquiera
encontrarlas allí hasta mucho rato después.
La noche fué horrible. Lucía, presa de estupor, estaba sentada en el
suelo retorciéndose las manos, y la señorita Pross, después de acostar
a la niña, cedió al sueño que la acosaba y quedó dormida con la cabeza
doblada sobre la camita de la niña. ¡Noche horrible, durante la cual
Lorry hubo de escuchar los constantes sollozos de la desventurada
Lucía! ¡Noche horrible, noche eterna, noche de angustias, noche de
ansiedad, noche pasada esperando la llegada de un padre que no llegaba,
la llegada de noticias de un marido colocado al borde del sepulcro, y
las noticias no venían!
Dos veces más repicó con violencia la campana de la verja, dos veces
más se repitió la irrupción, dos veces más pusieron en movimiento la
piedra de afilar. Lucía se asustó.
--¿Qué es eso?--preguntó.
--¡Silencio!--respondió Lorry.--Son los soldados que afilan sus
espadas. La casa es hoy una propiedad nacional, hija mía.
Alboreó el nuevo día. Lorry pudo desasirse de las crispadas manos de
Lucía y se asomó a la ventana. Junto a la piedra de afilar, un hombre,
cubierto de sangre de pies a cabeza, semejante a un soldado herido que
recobra el conocimiento en el campo de batalla, se levantaba del suelo
sobre el que había estado tendido y miraba con expresión estúpida en
rededor. Aquel asesino cansado de matar vió los soberbios carruajes
del señor, se dirigió a uno de ellos con paso vacilante, abrió la
portezuela, y se encerró en su interior dispuesto a descansar de las
fatigas de la noche sobre los mullidos almohadones.
III
LA SOMBRA
Una de las reflexiones primeras que sugirió al señor Lorry su
entendimiento práctico, tan pronto como sonó al día siguiente la
hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fué que carecía
de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco
Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de
un emigrado preso. Sin un segundo de vacilación, con alegría, con toda
su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cariño que a Lucía y a
su hija profesaba todo cuanto poseía, incluso su libertad y su vida;
pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a
negocios, Lorry era rígido, inflexible.
Consecuencia de sus cavilaciones, fué pensar en Defarge, y al
pensamiento siguió la decisión de llegarse a la taberna y rogar a su
dueño que le indicase un refugio seguro para Lucía, si es que lo había
en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien podía ser, si a ello
se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivió
el doctor Manette. Desechó, empero, este proyecto, apenas concebido, en
atención a que la taberna estaba enclavada en el barrio más peligroso
de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los
habitantes de aquella región violenta, andaría metido de lleno en las
empresas que allí se fraguaban y maduraban.
Próximas ya las doce de la mañana, como el doctor no pareciera, y cada
minuto que pasaba tendía a multiplicar el compromiso en que había
colocado al Banco Tellson, Lorry decidió celebrar consejo con Lucía.
Manifestó ésta que su padre le había hablado de alquilar una habitación
en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del
doctor no estaba en oposición con los negocios del Banco, y previendo
Lorry que por bien que la situación de Carlos se solucionara, aun
cuando merced a la intervención e influencia del doctor fuese puesto
en libertad, habría de serle imposible escapar de la ciudad, salió
inmediatamente a buscar habitación conveniente y la encontró en una
calle aislada rodeada de edificios deshabitados.