Tomó Defarge el recibo que le alargaba el cancerbero, sin parar mientes

en la exclamación del mismo, y se retiró juntamente con los dos

patriotas.

--¡Rayos y truenos!--gruñó el carcelero, ya solo con su mujer.--¡Esto

es un río que corre siempre!

La mujer del carcelero, que en su depósito de contestaciones no debía

tener la que cuadraba a la exclamación anterior, se limitó a responder:

--Hay que tener paciencia, amigo mío.

Los sonidos de una campana que la mujer hizo repicar evocaron a tres

calaboceros, diciendo a coro:

--¡Viva la Libertad!

El coro no parecía el más apropiado para ser cantado en un sitio como

aquél, pero mayores anomalías se ven en el mundo.

Era la prisión de La Force un edificio tétrico, repugnante e inmundo,

donde se respiraba la atmósfera hedionda de la muerte. Asombra

en realidad la rapidez con que percibe el olfato el olor a carne

almacenada en lugares como aquél, sobre todo, cuando no reunen

condiciones para el objeto, y por añadidura están descuidados.

--¡Y además secreto!--murmuró el alcaide mientras leía el papel.--¡Como

si no estuviera ya tan lleno de ellos que el mejor día doy un estallido!

Con muestras de pésimo humor ensartó el papel con una espiga que

atravesaba a muchísimos otros, y comenzó a pasear por la estancia

abovedada sin hacer el menor caso del prisionero, a quien tuvo

esperando más de media hora.

--Sígueme, emigrado--dijo al fin, tomando las llaves.

El alcaide condujo al nuevo pupilo por un corredor y una escalera, y al

cabo de varios minutos, y no sin abrir durante la marcha muchas puertas

y de cerrarlas de nuevo después de franqueadas, llegó a una pieza de

grandes proporciones y techo bajo y abovedado, atestada de prisioneros

de ambos sexos. Estaban las mujeres sentadas en torno a una mesa,

leyendo o escribiendo, haciendo media, cosiendo o bordando, mientras

los hombres, en su mayor parte, se hallaban de pie detrás de las sillas

ocupadas por aquéllas, excepto algunos que se entretenían paseando.

Tan tétrica era la sala, tan sombría la expresión de las personas allí

hacinadas, tan acentuada la amarillez que en sus rostros habían creado

las privaciones y miseria a que estaban sometidas que Carlos Darnay

creyó que se encontraba entre una colección numerosa de muertos. Allí

no había más que fantasmas. Fantasmas de belleza, fantasmas de la

elegancia, fantasmas de la altivez, fantasmas del orgullo, fantasmas

de la frivolidad, fantasmas del talento, fantasmas de la juventud,

fantasmas de la vejez, todos ellos esperando llegase la hora de

abandonar la playa inhospitalaria del mundo, todos ellos clavando en

el recién entrado unos ojos que la muerte había alterado en cuanto

penetraron en la antesala de los dominios de aquélla.

Darnay quedó inmóvil, yerto, por efecto de su estupefacción. El

aspecto del alcaide, que permanecía a su lado, no menos que el de los

calaboceros que andaban de una parte para otra, en pleno ejercicio,

sin duda, de sus altas funciones, eran tan rudos, tan brutales, tan

feroces, sobre todo puestos en parangón con el de las atribuladas

madres y de las hermosas hijas allí almacenadas, con la coquetería, la

distinción propias de las jóvenes bien nacidas y con la delicadeza de

modales de la dama de alto rango, que Darnay hubo de afianzarse en la

creencia de que le habían recluído en la mansión de los espectros.

--En nombre propio y en el de todos los compañeros de infortunio aquí

amontonados--dijo un caballero de modales cortesanos, dando un paso al

frente,--tengo el honor de dar a usted la bienvenida a La Force, y de

lamentar con usted la calamidad que aquí le trae. ¡Ojalá sea de breve

duración y termine con felicidad! Ahora bien; manifestarle nuestros

deseos sería imperdonable impertinencia en cualquier otra parte, pero

no aquí. Nos permitimos preguntarle su nombre y condición.

Darnay se apresuró a acceder a los deseos manifestados por el caballero.

--Supongo que no estará usted aquí «en secreto»--repuso el caballero,

siguiendo con la vista al alcaide que en aquel momento cruzaba la

estancia.

--Dos o tres veces he oído pronunciar esa consigna refiriéndose a mí,

pero ignoro lo que puede significar.

--¡Oh, que lástima! Muy de veras lo lamentamos... Pero no se desanime

usted. Son muchos los que han venido aquí «en secreto» y luego se ha

modificado su situación.

Seguidamente añadió alzando la voz:

--Con profundo pesar informo a mis compañeros que... _en secreto_.

Mientras Carlos Darnay se dirigía a la puerta defendida con gruesa reja

junto a la cual le esperaba el alcaide, alzáronse fuertes murmullos

de conmiseración, mezclados con frases de piedad de las mujeres, que

se esforzaban por infundirle aliento. Llegado a la puerta mencionada,

volvióse Carlos y dió las gracias a los que dejaba desde el fondo de

su corazón. Cerróse la puerta empujada por la mano del alcaide, y las

apariciones espectrales se borraron para siempre.

Daba acceso la puerta a una escalera de caracol, por la cual subió

Darnay siguiendo a su guía. Después de subir cuarenta peldaños,

contados concienzudamente por el prisionero de media hora, abrió el

alcaide una puerta baja y muy negra y entró en una celda solitaria. Era

muy fría, olía a moho, pero no estaba obscura.

--La tuya--dijo el alcaide.

--¿Por qué me encierran solo?

--Eso es lo que yo no sé.

--¿Supongo que se me permitirá comprar papel, pluma y tinta?

--Por el momento no. Te visitarán... no sé cuando, y entonces podrás

solicitar ese favor. Puedes comprar comida, pero nada más.

En la celda había una silla, una mesa y un jergón de paja. El alcaide,

después de someter a escrupulosa inspección el _mobiliario_ de la

celda, salió dejando solo a Darnay.

--Puedo decir que estoy muerto y sepultado--murmuró el infeliz.--Cinco

pasos por cuatro y medio... cinco pasos por cuatro y medio--repetía

maquinalmente, recorriendo la celda en todos sentidos y contando al

propio tiempo.

El ruido de la ciudad llegaba a sus oídos convertido en una especie de

sordo redoblar de tambores mezclado con estridentes voces humanas.

--Cinco pasos por cuatro y medio... Hacía zapatos... cinco pasos por

cuatro y medio... hacía zapatos... zapatos...

El prisionero aceleraba el paso y procuraba contar, a fin de ahuyentar

la idea del que hacía zapatos, que amenazaba convertirse en idea fija.

--Los espectros se han desvanecido en cuanto traspasé la puerta de

la reja--seguía pensando.--Vi entre ellos el de una señora vestida

de negro, que estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana. La luz

daba de lleno sobre su cabellera de oro, y parecía a... ¡Dios mío...

Dios mío!... ¿Volveré algún día a transitar por las aldeas visitadas

por la luz del sol, por las aldeas donde despiertan las gentes? Hacía

zapatos... hacía zapatos... hacía zapatos... Cinco pasos por cuatro y

medio... cinco pasos por cuatro y medio...

Caminaba el prisionero cada vez con mayor celeridad, siempre embebido

en las mismas ideas, siempre contando, siempre teniendo ante los

ojos de la imaginación la visión del zapatero, mientras el estruendo

de la ciudad continuaba sonando en sus oídos como sordo redoblar de

tambores mezclado con llantos de voces que conocía y quería, con ayes

desgarradores emitidos por gargantas que hasta entonces apenas dieron

salida a sonidos que no fueran reflejo de la alegría del corazón.

II

LA PIEDRA DE AFILAR

El Banco Tellson, establecido en el Barrio Saint Germain de París,

ocupaba un ala de un edificio inmenso, precedido por un jardín

separado de la calle por un muro de bastante altura y una verja muy

sólida. Era el inmueble propiedad de un noble de los más poderosos

del reino, que había vivido en él hasta que las perturbaciones de la

época le obligaron a emprender la fuga, envuelto en la indumentaria

de su cocinero, y a cruzar la frontera. Aunque en realidad quedaba

reducido a la condición de pieza de caza que consiguió burlar las

acometidas de los ojeadores y de los monteros, no por ello dejaba de

ser el mismo señor, cuya importante operación de preparar el chocolate

y de llevarlos a sus gloriosos labios, exigía los esfuerzos de tres

servidores, aparte de los del cocinero.

Habíase ido el señor; sus servidores se absolvieron a sí mismos del

horrendo pecado de haber recibido los salarios de aquél mostrándose

perfectamente dispuestos a rebanarle el pescuezo sobre el flamante

altar de la República Una e Indivisible, de la Libertad, de la

Igualdad, de la Fraternidad o Muerte, y el suntuoso inmueble del señor

fué primero secuestrado y luego confiscado. Las cosas se hacían con

tan vertiginosa rapidez, y los decretos se sucedían con precipitación

tan fiera, que a la tercera noche del mes de septiembre, patriotas

emisarios de la ley se habían posesionado de la casa en cuestión, la

habían purificado haciendo tremolar sobre ella la bandera tricolor, y

fumaban y se emborrachaban bonitamente en sus suntuosas habitaciones.

Si la Casa Tellson de Londres se hubiese parecido a la Casa Tellson de

París, a buen seguro que los londinenses la hubiesen visto figurar muy

en breve entre los quebrados que merecían aparecer en la Gaceta. ¿Qué

habría dicho la espetada respetabilidad inglesa, si en el vestíbulo de

un Banco hubiese encontrado abundantes macetas plantadas de naranjos,

y... ¡horror! la figura de un Cupido presidiendo la caja? Y, sin

embargo, por inconcebible que parezca, tal ocurría en el Banco Tellson

de París. Cierto que Tellson había blanqueado con algunas manos de

cal el Cupido del testero, pero quedaba el del techo, muy ligero

de ropas, contemplando con mirada ansiosa la caja (es lo que suele

hacer de ordinario) desde que amanecía hasta que cerraba la noche. La

quiebra más tremenda hubiese sido consecuencia fatal e inevitable de la

presencia de aquel agradable pagano en la calle Lombard de Londres, si

ya no hubieran bastado para producirla una alcoba medio oculta entre

ricos cortinones, delante de la cual estaba el niño de las travesuras,

el inmenso espejo que en el muro habían dejado, y los empleados mismos,

no tan viejos como era de desear, que no tenían el menor reparo en

bailar en público a poco que se les instase a hacerlo. Verdad es que un

Tellson francés podía permitirse todo eso y aún más, sin escándalo de

nadie, sin que capitalista alguno soñase siquiera en retirar por causas

tan insignificantes sus capitales.

Cuánto dinero saldría en lo sucesivo de las cajas de la Casa Tellson de

París, cuánto habría de quedar allí perdido y olvidado, cuánta plata,

cuántas joyas perderían su brillo inmaculado en las cámaras secretas

del establecimiento, mientras sus dueños lo perdían en los calabozos

o en el cadalso, cuántas cuentas corrientes del Banco quedarían sin

saldar en este mundo y pasarían al otro, es lo que ningún mortal

hubiese podido decir, lo que ni aproximadamente logró conjeturar

aquella noche el mismísimo Mauricio Lorry, no obstante haberse repetido

cientos de veces estas preguntas. Sentado junto a la chimenea en la que

ardían chisporroteando algunos leños (aquel año estéril e infecundo

había adelantado la estación de los fríos), su rostro, reflejo de

honradez, presentaba sombras que no proyectaba la lámpara pendiente del

techo ni ninguno de los objetos que en la estancia había.

Ocupaba Lorry habitaciones en el edificio del Banco, a lo que le daba

derecho indiscutible su probada fidelidad a la casa de la cual formaba

parte integrante. Creían muchos que era garantía de seguridad para

el establecimiento la ocupación patriótica de casi todo el edificio,

aunque el leal Lorry jamás participó de semejante creencia. Cuanto

ocurría en París érale indiferente, pues para él, lo único que excitaba

su interés, era el cumplimiento de su deber. En el fondo del jardín,

bajo una techumbre sostenida por graciosas columnas, había una cochera,

en la cual quedaban algunos de los carruajes del señor. Sujetas a dos

columnas había dos antorchas encendidas, y al pie, colocada de manera

que recibiera la luz de aquéllas, una piedra de afilar, montada de

cualquier manera, que sin duda había sido traída de cualquier herrería

o carpintería inmediata. Lorry, que se levantó del asiento y se asomó

a la ventana, retiróse con un estremecimiento al ver aquel objeto

inofensivo.

Hasta en la habitación que trabajaba Lorry llegaba el sordo rumor

de las calles, al que de vez en cuando se unían ruidos que parecían

proceder de un mundo fantástico, ruidos inauditos por lo terribles que

se elevaban desde la tierra al cielo.

--Gracias a Dios--dijo Lorry juntando las manos,--ninguna persona

querida tengo a mi lado esta noche pavorosa. ¡Mire el Altísimo con

ojos compasivos a cuantos se ven en peligro!

Apenas había pronunciado estas palabras, cuando sonó la campana de la

verja.

--Sin duda vuelven--pensó Lorry.

Permaneció sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos

en el vestíbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser

cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto

al Banco. Tranquilizóse, sin embargo, convencido de que estaba bien

guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas,

cuando bruscamente se abrió la puerta de su habitación y en su umbral

aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedió Lorry, presa del

pasmo más violento que en su vida experimentara.

Lucía y su padre; Lucía, que le tendía con ademán suplicante las manos

y le miraba con expresión de quien en sus ojos tiene concentrada su

vida entera.

--¡Lucía... Manette!... ¿Qué es esto?--exclamó Lorry, con asombro

indescriptible--¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí?

Lucía, pálida como un cadáver, cayó sollozante en los brazos del

anciano amigo de su infancia.

--¡Oh... amigo querido! Mi marido...

--¿Su marido, Lucía?

--Carlos.

--¿Qué hay de Carlos?

--Aquí... en París.

--¿En París?

--Lleva aquí algunos días... tres o cuatro... no sé cuántos... Me es

imposible poner orden en mis pensamientos... Le trajo aquí una idea

generosa que nos es desconocida; fué detenido en la barrera y conducido

a la cárcel.

El anciano lanzó un grito de espanto. Casi al mismo tiempo sonó la

campana de la verja y se oyeron en el jardín voces mezcladas con rumor

de pasos.

--¿Qué ruido es ése?--preguntó el doctor, dirigiéndose a la ventana.

--¡No se asome usted! ¡No mire fuera!... ¡Por lo que más quiera,

Manette, por su vida... no toque la persiana!

Volvióse el doctor, sin separar la mano de la falleba de la ventana, y

con sonrisa fría y osada, contestó.

--Mi querido amigo, en esta ciudad, mi vida es sagrada. He sido

prisionero de la Bastilla. No hay un patriota en París... ¿qué digo

en París? en ¡toda la Francia!... No hay un patriota en toda la

Francia que, sabiendo que he sido prisionero de la Bastilla, se atreva

a tocarme, como no sea para estrujarme a fuerza de abrazos o para

llevarme en triunfo por las calles. Mis torturas antiguas me han dado

influencia bastante para llegar hasta aquí sin encontrar obstáculos en

las barreras y para obtener noticias sobre Carlos. Sabía yo que así

sería, sabía yo que me sería fácil librar a Carlos de los peligros

que le amenazan, y así se lo aseguré a Lucía... ¿Pero qué ruido es

ese?--terminó, volviéndose hacia la ventana.

--¡No mire usted!--gritó Lorry con acento desesperado--¡Usted tampoco,

Lucía, mi querida Lucía!--añadió, pasando su brazo al rededor de su

cintura.--Pero no tema... no se asuste. Juro que no sé que a Carlos le

haya ocurrido mal alguno... que ni sospechaba siquiera que la fatalidad

le hubiese traído a esta ciudad. ¿En qué cárcel está?

--En la Force.

--La Force. Si alguna vez ha sido usted valiente, Lucía, hija mía, si

alguna vez se ha considerado con fuerzas para hacer algo útil, hoy más

que nunca es preciso que recurra a todo su valor y a todo su esfuerzo

para cumplir al pie de la letra lo que yo le diga, pues le aseguro

que de ello depende mucho más de lo que usted pueda suponer, mucho

más de lo que yo pudiera decirle. Lo que voy a suplicarle que por su

Carlos haga, es lo más duro, lo más difícil que cabe pensar, porque

precisamente voy a mandarle que se tranquilice, que no haga nada, que

me obedezca, que me permita que la lleve a una habitación retirada de

esta casa y que permanezca tranquila en ella, dejándonos solos a su

padre y a mí por espacio de algunos minutos. ¡Por su Carlos querido,

por la muerte, que hoy anda suelta por esta desdichada ciudad, seguro

estoy que me obedecerá!

--Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo

hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras.

Lorry besó a Lucía e inmediatamente la acompañó a su habitación donde

la dejó, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvió presuroso a

reunirse con el doctor, abrió la ventana que daba al jardín, puso su

diestra sobre el hombro de su amigo, y se asomó, indicando a éste que

hiciera lo propio.

Ante sus ojos había un grupo compacto de hombres y de mujeres, no

muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el

jardín, pues no pasarían de cuarenta o cincuenta. Las personas que

ocupaban la casa les habían franqueado la entrada para que utilizasen

la piedra de afilar, instalada allí para el servicio público, sin duda.

Parece que nada de particular debería tener una piedra de afilar, ni

mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre

pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto

por la índole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que

realizaban.

Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran más horribles

y de expresión más cruel que las de los salvajes más feroces cuando

ostentan sus prendas y pinturas más bárbaras. Falsas cejas y bigotes

falsos servían de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados

de sangre, rostros contraídos por la ira y el desenfreno. Mientras

aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y más vueltas, algunas

mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena

no podía ser más nauseabunda ni más feroz. Sangre, vino y fuego eran

los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras

y las manos de todos los monstruos que allí había, vino que rezumaban

sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la

piedra de afilar. Empujándose y atropellándose unos a otros en su afán

de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se veían hombres

desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos,

las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos

tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles,

con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes

tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas,

todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos

llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muñecas con tiras de

tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color,

todas eran rojas.

Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la

repugnante escena.

--Están asesinando a los prisioneros--dijo Lorry, contestando a la

pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.--Si tiene usted

seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree

poseer, y que yo también creo que posee, dése a conocer a esos demonios

y hágase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quién sabe; pero de

todas suertes, no pierda ni un segundo.

El doctor Manette estrechó la mano de su amigo y, sin contestar

palabra, sin cubrirse siquiera, bajó al jardín.

Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no podía menos de llamar

la atención, la decisión con que apartó las armas de aquella turba

de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunión,

hasta la misma piedra de afilar. Lorry observó que callaban todos,

que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del

anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador

con el respeto más profundo; y al cabo de breves minutos, vió que más

de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor

y, entronizándolo sobre sus hombros, salían a la calle gritando con

entusiasmo delirante:

--¡Viva el prisionero de la Bastilla!

--¡Queremos al pariente del de la Bastilla preso en La Force!

--¡Paso al prisionero de la Bastilla!

--¡Libertad al prisionero Evrémonde, encerrado en La Force!

Lorry cerró la ventana muy esperanzado, y se apresuró a reunirse con

Lucía, a la que refirió que su padre, auxiliado por el pueblo, había

ido a buscar a su marido. Con Lucía estaba su hija y la señorita Pross,

pero tal era la confusión del buen Lorry, que ni le sorprendió siquiera

encontrarlas allí hasta mucho rato después.

La noche fué horrible. Lucía, presa de estupor, estaba sentada en el

suelo retorciéndose las manos, y la señorita Pross, después de acostar

a la niña, cedió al sueño que la acosaba y quedó dormida con la cabeza

doblada sobre la camita de la niña. ¡Noche horrible, durante la cual

Lorry hubo de escuchar los constantes sollozos de la desventurada

Lucía! ¡Noche horrible, noche eterna, noche de angustias, noche de

ansiedad, noche pasada esperando la llegada de un padre que no llegaba,

la llegada de noticias de un marido colocado al borde del sepulcro, y

las noticias no venían!

Dos veces más repicó con violencia la campana de la verja, dos veces

más se repitió la irrupción, dos veces más pusieron en movimiento la

piedra de afilar. Lucía se asustó.

--¿Qué es eso?--preguntó.

--¡Silencio!--respondió Lorry.--Son los soldados que afilan sus

espadas. La casa es hoy una propiedad nacional, hija mía.

Alboreó el nuevo día. Lorry pudo desasirse de las crispadas manos de

Lucía y se asomó a la ventana. Junto a la piedra de afilar, un hombre,

cubierto de sangre de pies a cabeza, semejante a un soldado herido que

recobra el conocimiento en el campo de batalla, se levantaba del suelo

sobre el que había estado tendido y miraba con expresión estúpida en

rededor. Aquel asesino cansado de matar vió los soberbios carruajes

del señor, se dirigió a uno de ellos con paso vacilante, abrió la

portezuela, y se encerró en su interior dispuesto a descansar de las

fatigas de la noche sobre los mullidos almohadones.

III

LA SOMBRA

Una de las reflexiones primeras que sugirió al señor Lorry su

entendimiento práctico, tan pronto como sonó al día siguiente la

hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fué que carecía

de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco

Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de

un emigrado preso. Sin un segundo de vacilación, con alegría, con toda

su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cariño que a Lucía y a

su hija profesaba todo cuanto poseía, incluso su libertad y su vida;

pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a

negocios, Lorry era rígido, inflexible.

Consecuencia de sus cavilaciones, fué pensar en Defarge, y al

pensamiento siguió la decisión de llegarse a la taberna y rogar a su

dueño que le indicase un refugio seguro para Lucía, si es que lo había

en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien podía ser, si a ello

se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivió

el doctor Manette. Desechó, empero, este proyecto, apenas concebido, en

atención a que la taberna estaba enclavada en el barrio más peligroso

de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los

habitantes de aquella región violenta, andaría metido de lleno en las

empresas que allí se fraguaban y maduraban.

Próximas ya las doce de la mañana, como el doctor no pareciera, y cada

minuto que pasaba tendía a multiplicar el compromiso en que había

colocado al Banco Tellson, Lorry decidió celebrar consejo con Lucía.

Manifestó ésta que su padre le había hablado de alquilar una habitación

en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del

doctor no estaba en oposición con los negocios del Banco, y previendo

Lorry que por bien que la situación de Carlos se solucionara, aun

cuando merced a la intervención e influencia del doctor fuese puesto

en libertad, habría de serle imposible escapar de la ciudad, salió

inmediatamente a buscar habitación conveniente y la encontró en una

calle aislada rodeada de edificios deshabitados.

Una historia de dos ciudades · 第 23 / 34 段