enfilar hacia ella la proa de su esquife. Ignoraba que en los mares
que iba a surcar hubiera escollos, no creía que la travesía ofreciera
peligros para él. La intención que le guió al obrar como había
obrado, siquiera su obra hubiese quedado incompleta, parecíale más
que suficiente para conquistarle el agradecimiento de Francia, tan
pronto como él se presentase en su suelo e hiciera valer los derechos
que le asistían. Ante sus ojos se alzaba la visión gloriosa de haber
obrado bien, y hasta llegó a forjarse ilusiones de que tendría alguna
influencia para encauzar aquella revolución horrenda, que con furia tan
incontrastable se había alzado, amenazando acabar con todo lo existente.
Adoptada su resolución, creyó que ni Lucía ni el doctor Manette debían
conocerla hasta que la hubiese puesto en práctica. En cuanto a Lucía,
nada más natural que evitarla el dolor de la separación, y en cuanto
a su padre, cuya resistencia a pensar en los lugares donde tantos
sufrimientos apurara en años pasados era tan viva, tampoco convenía
hablarle del proyecto, sino de la ejecución del mismo, única manera de
evitarle dudas dolorosas.
Tales fueron los pensamientos que le agitaron hasta que llegó la hora
de despedirse de Lorry. Tampoco a éste confiaría sus intenciones. Las
sabría en París cuando estuvieran ya realizadas, cuando le hiciera una
visita, y esta visita, se la haría tan pronto como llegase a la capital
de Francia.
Frente a la puerta del Banco Tellson esperaba una silla de posta. Junto
a la portezuela, hacía centinela Jeremías _Lapa_.
--He entregado la carta al caballero a quien iba dirigida--dijo Darnay
a Lorry.--No he querido traer contestación escrita que acaso pudiera
ser para usted causa de disgustos; pero he aceptado una respuesta
verbal, confiando que usted no tendrá inconveniente en encargarse de
transmitirla.
--Con mucho gusto, siempre que no sea muy peligrosa--contestó Lorry.
--No lo es, aunque debe recibirla un hombre que está preso en la Abadía.
--¿Cómo se llama?--preguntó Lorry, sacando del bolsillo un librito de
memorias.
--Gabelle.
--Gabelle. ¿Y qué es lo que debo decir al desgraciado prisionero
Gabelle?
--Sencillamente estas palabras: «Ha recibido la carta y vendrá.»
--¿Sin decir cuándo?
--Emprenderá el viaje mañana por la noche.
--¿No he de mencionar nombre alguno?
--No.
Después de ayudar a Lorry a arrebujarse en dos o tres capas, debajo de
las cuales llevaba ya dos o tres abrigos, salió acompañándole hasta la
calle Fleet.
--Haga presente mi cariño a las dos Lucías--dijo Lorry en el momento de
partir la silla de posta.--Cuídemelas bien hasta que yo esté de regreso.
Carlos Darnay hizo un movimiento de cabeza, sonrió con expresión
equívoca, y quedó contemplando el carruaje que se alejaba al trote
largo de los caballos.
Aquella noche, era la del día catorce de agosto, Carlos Darnay se
acostó muy tarde, pues antes tuvo que escribir dos cartas; una dirigida
a Lucía, en la cual explicaba el deber ineludible en que se encontraba
de ir a París y detallaba con gran extensión los motivos que a su
juicio alejaban de su persona toda clase de riesgos, y otra al doctor,
a quien encomendaba el cuidado de Lucía y de su hijita. A entrambos
prometía escribir nuevamente tan pronto como llegara al término de su
viaje.
Fué para Darnay día de prueba aquel que hubo de pasar entre su querida
familia guardando en el fondo de su pecho un secreto que nadie podía
sospechar; pero una mirada de cariño dirigida a su esposa, tan alegre,
tan confiada, robusteció la resolución que de no decirla nada había
formado, y el día pasó sin incidentes. Al obscurecer, la abrazó,
diciéndola que un asunto imprevisto le obligaba a salir, pero que su
ausencia sería muy breve, y se fué. Ya antes había sacado secretamente
de su casa un baúl con la ropa necesaria.
Confió las dos cartas a un criado digno de toda confianza, con orden
de entregarlas a media noche, ni un minuto antes, tomó un caballo, y
emprendió el viaje a Dover.
Sintió desfallecimientos; pero el grito desesperado del pobre
prisionero que apelaba a su justicia, a su honor, a su generosidad,
dióle fuerzas para dejar a sus espaldas lo que más querido le era en el
mundo y para dirigir su nave hacia la Montaña Imantada que le atraía.
LIBRO TERCERO
EL RUMBO DE LA TORMENTA
I
EN SECRETO
Poco a poco abreviaba el viajero el camino que le separaba de París.
Estamos en otoño del año mil setecientos noventa y dos. No le habrían
faltado caminos detestables, carruajes pésimos y caballos atacados
de vejez que dificultasen su marcha, aun cuando el destronado rey
de Francia hubiese continuado ocupando su trono y reinando entre
esplendores de gloria; pero aparte de esos obstáculos, la alteración
de los tiempos habían acumulado otros mil. Todas las puertas de las
ciudades, todas las entradas de los pueblos, contaban con sus bandas
de ciudadanos patriotas, armados con mosquetes nacionales prontos a
dispararse por sí solos, que detenían a cuantas personas entraban
o salían, para someterlas a rígidos interrogatorios, examinar con
detenimiento sus documentos, ver si figuraban sus nombres en las listas
de que estaban provistos, y dejarlos en libertad de proseguir su viaje,
o bien prenderlos, según aconsejase su capricho, en bien de la recién
nacida República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de
la Fraternidad o de la Muerte.
Muy pocas leguas de terreno francés había recorrido Carlos Darnay,
cuando comenzó a darse cuenta de la imposibilidad en que se encontraría
de volver a pisar aquellos caminos eternos, si antes no era declarado
buen ciudadano de París. Pero ya no podía retroceder; fuese la que
fuese la suerte que el destino le tuviera deparada, no tenía más
remedio que continuar el viaje hasta el final. A sus espaldas dejaba un
camino abierto, libre de barreras y de fosos, pero esto no obstante,
sabía que entre Inglaterra y su persona se alzaban obstáculos mil veces
más infranqueables que las más sólidas puertas de hierro. De tal suerte
le rodeaba la vigilancia universal, que si hubiera viajado metido
dentro de las mallas de espesa red de acero, o bien acondicionado
en el interior de una jaula, no hubiese considerado su libertad más
perdida.
Esa vigilancia universal no sólo le obligaba a detenerse veinte veces
al día en los caminos reales, en los relevos de postas, si no que
también entorpecía y retardaba su marcha otras tantas veces en en cada
jornada, ora alcanzándole y mandándole volver atrás, ora acompañándole
e impidiéndole avanzar con la rapidez que él deseaba. Varios días
llevaba recorriendo territorio francés, cuando una noche se acostó
temprano en la cama de una posada de una población de poca importancia,
situada bastante lejos de París.
A la carta que desde la cárcel de la Abadía le dirigió Gabelle,
debía el haber llegado tan lejos, pero al llegar a la población de
que hablamos, opusiéronle en las puertas tantas dificultades, que
comprendió que estaba muy próxima la crisis. No le sorprendió, pues,
gran cosa ser despertado a media noche en la cama de la posada en que
se acostó con ánimo de dormir hasta la mañana siguiente.
Al despertar, tropezaron sus ojos con un funcionario local, de
temperamento tímido, y con tres patriotas armados hasta los dientes,
cubiertos con gorros de color rojo rabioso y fumando descomunales
pipas. Los tres de los gorros tomaron asiento sobre su cama.
--Emigrado--dijo el funcionario,--he decidido enviarte a París con una
escolta.
--Ciudadano, mi mayor deseo es llegar a París, pero puedo prescindir
perfectamente de la escolta.
--¡Silencio!--gritó un gorro rojo dando un golpe a la cama con la
culata del mosquete.--¡A callar, aristócrata!
--Tiene razón este buen patriota--dijo el funcionario con
timidez.--Eres aristócrata, y por tanto, debes hacer el viaje bajo la
vigilancia de una escolta.
--No está en mi mano la elección--contestó Carlos Darnay.
--¡Elección!--exclamó uno de los gorros colorados.--¿Habráse visto?
¡Como si no se le hiciera un favor dispensándole de adornar desde este
instante el gancho de un farol!
--La observación del buen patriota no puede ser más justa--terció el
funcionario.--Levántate y vístete, emigrado.
Obedeció Darnay, quien fué conducido inmediatamente al cuerpo
de guardia, donde encontró a muchos patriotas que lucían sus
correspondientes gorros colorados, fumando unos y bebiendo otros al
amor de la lumbre. Después que se le obligó a pagar una fuerte cantidad
por una escolta que no había pedido, emprendió el viaje a las tres de
la madrugada.
Constituían la escolta dos patriotas montados, que cabalgaban a sus
lados, en cuyos gorros rojos lucían escarapelas tricolores, e iban
armados con mosquetes y sables nacionales. El escoltado manejaba
su caballo, pero en las bridas de éste había sujeta una cuerda cuyo
extremo contrario llevaba uno de los patriotas amarrado a la muñeca. En
esta forma hacían el viaje, sufriendo una llovizna helada que el viento
lanzaba contra sus rostros, a un trote pesado, por caminos desiguales y
alternados con extensos lodazales. Sin que en el viaje introdujeran más
cambios que el de caballos, llegaron al fin a la capital.
Viajaban durante la noche, haciendo alto una o dos horas antes de
romper el día, y durmiendo hasta el crepúsculo de la tarde. La escolta
vestía con pobreza tan extremada, que para abrigarse las piernas
desnudas, habían de recurrir a la paja, con la cual las acolchaban.
Aparte de las molestias consiguientes al viaje, a la contrariedad
de ir escoltado y a los peligros inherentes a depender de patriotas
crónicamente borrachos y armados con mosquetes que se disparaban solos,
Carlos Darnay podía desechar toda clase de temores, toda vez que era
de esperar que, en cuanto hiciera referencia a sus merecimientos, que
confirmaría al prisionero de la Abadía, se apresurarían a tratarle como
a un hombre amigo del pueblo.
Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad de Beauvais a la caída de
la tarde, y por consiguiente, cuando las calles estaban llenas de
gente, no pudo menos de comprender que las cosas presentaban cariz
alarmante. En el patio de la casa de postas se reunieron muchos grupos
que, contemplándole con expresión ceñuda al principio, concluyeron por
gritar:
--¡Muera el emigrado!
Detúvose Darnay en el instante en que iba a echar pie a tierra, y desde
la silla, replicó:
--Emigrado no, amigos míos. ¿No me estáis viendo aquí, amigos míos, en
Francia, por mi libre y espontánea voluntad?
--¡Eres un emigrado maldito y un aristócrata canalla!--gritó un
herrador, abalanzándose hacia él con un martillo en alto.
Interpúsose el encargado de la casa de postas entre el furioso herrador
y el jinete, y como quien desea evitar una escena desagradable, dijo:
--¡Dejadle, amigos, dejadle! Le juzgarán en París.
--¡Juzgarán!--repitió el herrador, blandiendo el martillo.--Le
condenarán por traidor.
Las turbas lanzaron feroces rugidos de aprobación.
Darnay, tan pronto como pudo hacerse oir, exclamó:
--Estáis engañados, amigos míos, estáis engañados. Yo no soy traidor.
--¡Mientes!--rugió el herrador.--¡Según el decreto, es un traidor!...
¡Su vida pertenece al pueblo... no es suya su existencia maldita!
En las miradas de las turbas leyó Carlos Darnay una de esas
arremetidas feroces cuyo desenlace es siempre un hombre hecho pedazos.
Tal suerte le habría cabido de no haber sido por el encargado de la
casa de postas, que obligó al caballo a entrar en el patio. La escolta
siguió a nuestro amigo, y el de la casa cerró y atrancó inmediatamente
la puerta. El herrador descargó sobre ésta los martillazos que no podía
descargar sobre la cabeza del emigrado; las turbas rugieron indignadas,
pero no pasó más.
--¿Qué decreto es ése que mencionó el herrador?--preguntó Darnay
al dueño de la casa de postas, después de darle las gracias por su
afortunada mediación.
--Es el decreto que dispone la venta en pública subasta de los bienes
de los emigrados--contestó el interrogado.
--¿Cuándo se promulgó?
--El día catorce.
--El mismo que salí yo de Inglaterra.
--Todo el mundo afirma que no es más que el primero de los de la serie,
redactados ya... o que serán redactados en breve, los cuales destierran
a los emigrados y condenan a muerte a los que vuelvan a pisar
territorio francés. Es lo que quiso decir el herrador cuando afirmó que
su vida de usted no era de usted, sino del pueblo.
--Pero supongo que no han sido promulgados todavía semejantes decretos,
¿no es verdad?
--No puedo asegurarlo--respondió el encargado de la casa de postas,
encogiéndose de hombros.--Puede que no hayan sido promulgados aún, y
puede que sí; pero es igual.
Darnay descansó hasta media noche tendido sobre un montón de paja,
saliendo de la ciudad cuando los habitantes de ésta estaban entregados
al sueño. Entre los muchos cambios radicales de costumbres que pudo
observar Darnay durante su accidentado viaje, cambios que daban a
éste fuerte color fantástico, no era el menor la carencia de sueño en
los patriotas. Con frecuencia, después de una larga y pesada caminata
por veredas solitarias, llegaban a altas horas de la noche a un
pueblo, cuyos habitantes, en vez de dormir tranquilamente, bailaban
danzas fantásticas en rededor de un árbol de la Libertad, o entonaban
himnos a la Libertad. Por fortuna, empero, aquella noche Beauvais
creyó conveniente entregarse al reposo, merced a lo cual pudieron los
excursionistas proseguir su viaje por caminos desiertos, cubiertos de
barrizales y de agua, bordeando campos incultos que ninguna cosecha
habían producido aquel año, entre caseríos incendiados, y con riesgo
de recibir inopinadamente un balazo disparado por cualquiera de los
innumerables patriotas que pululaban por todas partes.
Cerca de los muros de París se encontraban, cuando recibieron el saludo
de las primeras luces del día. En la barrera encontraron fuerte
guardia.
--¿Dónde están los documentos del prisionero?--preguntó con tono
autoritario un hombre de aspecto resuelto, llamado por el centinela.
Carlos Darnay, disgustado al oir palabra tan poco grata, replicó que no
era prisionero, sino un viajero que llegaba libre y espontáneamente,
ciudadano francés, confiado a la custodia de una escolta que el estado
perturbado del país hacía necesaria, y que había pagado de su bolsillo.
--¿Dónde están los documentos de este prisionero?--repitió el mismo
sujeto, sin hacer el menor caso de Darnay ni de sus palabras.
El patriota de la borrachera perpetua los sacó de su gorro, donde los
llevaba, entregándolos al personaje que los pedía. La carta de Gabelle
produjo en aquél cierto desconcierto y no poca sorpresa, a la par que
despertó su atención, que concentró en Darnay.
Sin decir palabra dejó a la escolta y al escoltado y entró en el cuerpo
de guardia, dejando a los viajeros a caballo frente a la puerta. Carlos
Darnay, mientras tanto, pudo observar que la guardia la formaban
soldados y patriotas, más de estos últimos que de los primeros, y que,
al paso que los carros que traían víveres a la ciudad, o los que a
cualquier clase de tráfico se dedicaban, no tropezaban con dificultades
de ningún género para entrar, en cambio los encontraban, y muy grandes,
para salir, aun cuando se tratase de la gente más humilde. Hombres y
mujeres, bestias de carga y de tiro y carretas y coches de toda clase
esperaban que se les permitiera salir; pero con tal rigidez se cumplía
la ley sobre la identificación previa, que aunque a la barrera llegaban
por cientos, la salida la hacían de uno en uno y por largos intervalos.
Los que sabían que habría de pasar mucho tiempo antes que les llegase
el turno, lo esperaban tendidos en la calle, donde dormían o fumaban,
mientras otros entablaban animadas conversaciones o entretenían el
tiempo paseando. Los gorros colorados y escarapelas tricolores eran
prenda obligada que ostentaba todo el mundo, sin distinción de edades
ni sexos.
Duraría media hora la espera de Carlos Darnay, quien en ese espacio de
tiempo pudo hacer las observaciones que quedan apuntadas, cuando volvió
a salir el mismo personaje, jefe, al parecer, de la guardia de la
barrera, quien, después de dar a la escolta un recibo de la persona del
escoltado, mandó a éste que echara pie a tierra. Obedeció Darnay, y los
hombres que hasta allí le acompañaron, hiciéronse cargo de su caballo y
partieron sin entrar en la ciudad.
El jefe de la guardia condujo a Darnay al cuerpo de la misma, que
apestaba a vino ordinario y a tabaco, donde había varios grupos de
soldados y de patriotas, unos dormidos y otros despiertos, éstos
borrachos y aquéllos serenos, y algunos en los linderos de la vigilia
y del sueño, y de la sobriedad y la borrachera. Dos velones de aceite
derramaban una claridad muy discutible sobre el cuerpo de guardia, en
uno de cuyos testeros había una mesa, sobre la cual se veían algunos
registros. Un oficial de aspecto grosero, sentado frente a la mesa, era
el encargado de los registros.
--Ciudadano Defarge--dijo el personaje que había introducido a Darnay,
mientras tomaba una hoja de papel--¿es éste el emigrado Evrémonde?
--Este es.
--¿Cuántos años tienes, Evrémonde?
--Treinta y siete.
--¿Casado, Evrémonde?
--Sí.
--¿Dónde?
--En Inglaterra.
--Lo creo. ¿Dónde está tu mujer, Evrémonde?
--En Inglaterra.
--Lo creo también. Vas consignado, Evrémonde, a la prisión de La Force.
--¡Dios del Cielo!--exclamó Darnay--¿En virtud de qué ley, y por qué
delito o falta?
Al cabo de algunos segundos de muda contemplación, contestó el
funcionario:
--Desde que saliste de Francia, Evrémonde, nos regimos por leyes nuevas
y ha variado profundamente lo referente a delitos y faltas.
--Te ruego tengas presente, ciudadano, que he venido voluntariamente,
cediendo a la súplica escrita en ese papel que tienes ante tus
ojos--replicó Darnay.--No pido otra cosa más que la ocasión de hacer lo
que un compatriota mío solicita. ¿No estoy en mi derecho?
--Los emigrados no tienen derechos, Evrémonde--fué la estólida
contestación del funcionario.
Después de dirigir a Darnay una sonrisa siniestra, escribió unos
renglones, dobló el papel, y lo entregó a Defarge diciendo:
--Secreto.
Defarge indicó al prisionero que le siguiera. Obedeció el prisionero, a
quien acompañaron además dos patriotas armados, que se colocaron a su
derecha e izquierda.
Mientras salían del cuerpo de guardia para entrar en París, Defarge
preguntó al prisionero en voz baja:
--¿Eres tú el que casaste con la hija del doctor Manette, prisionero en
otro tiempo en la Bastilla, que ya no existe?
--Sí--respondió Darnay, mirándole con sorpresa.
--Me llamo Defarge y soy dueño de una taberna del barrio de San
Antonio. Es posible que me conozcas de referencia.
--Mi mujer fué a tu casa a reclamar a su padre... ¡Sí, sí!
Parece que la palabra «mujer» despertó en Defarge recuerdos sombríos,
pues dijo con brusca impaciencia:
--¿Quieres decirme, en nombre de esa mujer recién nacida llamada
Guillotina, por qué demonios has venido a Francia?
--No hace un minuto me oiste explicar cuál fué la causa de mi viaje.
¿Es que crees que no dije verdad?
--Verdad que no puede ser más fatal para ti--replicó Defarge, fruncido
el entrecejo y mirando a su interlocutor con fijeza.
--Cierto es que me encuentro aquí perdido. Lo veo todo tan trastornado,
tan distinto de lo que antes era, tan desagradable, que confieso que ni
sé a dónde volver los ojos. ¿Quieres hacerme un pequeño favor?
--En absoluto ninguno--respondió Defarge, con la mirada como perdida en
el espacio.
--¿Tampoco querrás contestarme una pregunta, una sola?
--Veremos... Según sea. Puedes hacerla.
--En la prisión en que tan injustamente me encierran, ¿podré comunicar
libremente con el mundo exterior?
--Tú mismo lo verás.
--¿Piensan sepultarme en ella, sin juzgarme, sin condenarme, sin
concederme medios de justificarme y defenderme?
--Lo verás tú mismo... Pero si así fuera, ¿qué?; muchos otros tan
buenos como tú se han visto sepultados en prisiones peores.
--Pero no por causa mía, ciudadano Defarge.
La expresión sombría del rostro de Defarge se acentuó
extraordinariamente al escuchar la respuesta, después de lo cual
prosiguió caminando en silencio. A medida que su taciturnidad
aumentaba, se disipaban las esperanzas que en un principio tuvo Darnay
de ablandar a aquel hombre.
--Para mí es de una importancia excepcional, como sabes tan bien como
yo mismo, ciudadano Defarge, hacer saber al señor Lorry, del Banco
Tellson, un caballero inglés que en la actualidad se encuentra en
París, el hecho sencillo, sin comentario alguno, de que me han recluído
en la prisión de La Force. ¿Me harás el favor de encargarte de ponerlo
en su conocimiento?
--No haré en tu obsequio nada absolutamente--replicó Defarge.--Me debo
a mi patria y al pueblo. He jurado servir a los dos contra ti. Nada
esperes de mí.
Calló Darnay, tanto porque dió por perdidas definitivamente todas las
probabilidades de obtener de aquel hombre el favor más insignificante,
cuanto porque su amor propio lastimado le movió a considerar como
humillaciones sus instancias. No pudo menos de reparar, mientras en
silencio recorría las calles, en lo acostumbrado que el pueblo estaba
al espectáculo de los prisioneros que por ellas transitaban. Ni los
niños se fijaban en él. Algunos transeuntes volvían sus cabezas y le
apuntaban con el dedo indicando que era un aristócrata, y nada más.
Verdad es que ver que un hombre bien vestido era conducido a la cárcel
era tan corriente y natural como ver a un obrero que se dirige al
trabajo con las herramientas de su oficio en la mano. En una calleja
estrecha, obscura y sucia que hubieron de atravesar, encontraron a
un orador callejero excitadísimo, que dirigía arengas excitadas a
un auditorio excitado, ponderando los crímenes que contra el pueblo
soberano habían cometido el Rey, la familia real y los nobles. De
las pocas palabras que llegaron a oídos de Darnay pudo éste colegir
que el Rey había sido encerrado en una prisión y que los embajadores
extranjeros habían abandonado en masa a París, noticias que desconocía
en absoluto, pues durante su viaje, los individuos que le escoltaron,
juntamente con la vigilancia universal, le tuvieron en un aislamiento
tan absoluto, que nada había oído.
Como es natural, comprendió que los peligros que le amenazaban eran
infinitamente mayores e infinitamente más numerosos de lo que supuso
al salir de Inglaterra; comprendió que los peligros se multiplicaban
con rapidez alarmante y que se multiplicarían aún más; no pudo menos de
confesarse a sí propio que ni por las mientes se le hubiese pasado la
idea de hacer el viaje de haber previsto los sucesos desarrollados en
los días últimos. Y sin embargo, sus temores, examinados a la luz de
los incidentes más recientes, no eran tan grandes como parece deberían
ser. Por nebuloso que el porvenir se le presentara, era un porvenir
desconocido que en su misma obscuridad entrañaba cierta esperanza. Tan
ajeno como los que vivieron millares de años antes que él estaba a las
horribles matanzas que, continuadas un día y otro día, una noche y otra
noche, debían ahogar en caudalosos ríos de sangre la época siempre
bendita de la recolección de la cosecha. Apenas si de nombre conocía a
la «mujer recién nacida llamada Guillotina», como apenas si de nombre
la conocía la generalidad del pueblo, pues por aquellos días, los
mismos que la trajeron al mundo no imaginaban siquiera como probables
las espantosas hazañas que muy en breve habían de envolverla en inmensa
aureola sangrienta.
Sospechaba que sería víctima de una detención arbitraria, que se le
trataría con irritante injusticia, que habría de soportar privaciones
y penalidades, de las cuales no sería la menor verse alejado de su
adorada mujer y de su idolatrada hija; todo eso lo sospechaba; más aún,
lo consideraba indudable; pero fuera de ello, nada temía.
Tales eran las reflexiones que le embargaban, cuando llegó a la cárcel
llamada La Force. Un hombre de cara feroz abrió el postigo.
--El emigrado Evrémonde--dijo Defarge, haciendo la presentación del
preso.
--¡Demonios coronados! ¿Pero es que no va a acabar nunca la
procesión?--exclamó el de la cara de fiera.