Sí. La Montaña Imantada le arrastraba y no había más remedio que

enfilar hacia ella la proa de su esquife. Ignoraba que en los mares

que iba a surcar hubiera escollos, no creía que la travesía ofreciera

peligros para él. La intención que le guió al obrar como había

obrado, siquiera su obra hubiese quedado incompleta, parecíale más

que suficiente para conquistarle el agradecimiento de Francia, tan

pronto como él se presentase en su suelo e hiciera valer los derechos

que le asistían. Ante sus ojos se alzaba la visión gloriosa de haber

obrado bien, y hasta llegó a forjarse ilusiones de que tendría alguna

influencia para encauzar aquella revolución horrenda, que con furia tan

incontrastable se había alzado, amenazando acabar con todo lo existente.

Adoptada su resolución, creyó que ni Lucía ni el doctor Manette debían

conocerla hasta que la hubiese puesto en práctica. En cuanto a Lucía,

nada más natural que evitarla el dolor de la separación, y en cuanto

a su padre, cuya resistencia a pensar en los lugares donde tantos

sufrimientos apurara en años pasados era tan viva, tampoco convenía

hablarle del proyecto, sino de la ejecución del mismo, única manera de

evitarle dudas dolorosas.

Tales fueron los pensamientos que le agitaron hasta que llegó la hora

de despedirse de Lorry. Tampoco a éste confiaría sus intenciones. Las

sabría en París cuando estuvieran ya realizadas, cuando le hiciera una

visita, y esta visita, se la haría tan pronto como llegase a la capital

de Francia.

Frente a la puerta del Banco Tellson esperaba una silla de posta. Junto

a la portezuela, hacía centinela Jeremías _Lapa_.

--He entregado la carta al caballero a quien iba dirigida--dijo Darnay

a Lorry.--No he querido traer contestación escrita que acaso pudiera

ser para usted causa de disgustos; pero he aceptado una respuesta

verbal, confiando que usted no tendrá inconveniente en encargarse de

transmitirla.

--Con mucho gusto, siempre que no sea muy peligrosa--contestó Lorry.

--No lo es, aunque debe recibirla un hombre que está preso en la Abadía.

--¿Cómo se llama?--preguntó Lorry, sacando del bolsillo un librito de

memorias.

--Gabelle.

--Gabelle. ¿Y qué es lo que debo decir al desgraciado prisionero

Gabelle?

--Sencillamente estas palabras: «Ha recibido la carta y vendrá.»

--¿Sin decir cuándo?

--Emprenderá el viaje mañana por la noche.

--¿No he de mencionar nombre alguno?

--No.

Después de ayudar a Lorry a arrebujarse en dos o tres capas, debajo de

las cuales llevaba ya dos o tres abrigos, salió acompañándole hasta la

calle Fleet.

--Haga presente mi cariño a las dos Lucías--dijo Lorry en el momento de

partir la silla de posta.--Cuídemelas bien hasta que yo esté de regreso.

Carlos Darnay hizo un movimiento de cabeza, sonrió con expresión

equívoca, y quedó contemplando el carruaje que se alejaba al trote

largo de los caballos.

Aquella noche, era la del día catorce de agosto, Carlos Darnay se

acostó muy tarde, pues antes tuvo que escribir dos cartas; una dirigida

a Lucía, en la cual explicaba el deber ineludible en que se encontraba

de ir a París y detallaba con gran extensión los motivos que a su

juicio alejaban de su persona toda clase de riesgos, y otra al doctor,

a quien encomendaba el cuidado de Lucía y de su hijita. A entrambos

prometía escribir nuevamente tan pronto como llegara al término de su

viaje.

Fué para Darnay día de prueba aquel que hubo de pasar entre su querida

familia guardando en el fondo de su pecho un secreto que nadie podía

sospechar; pero una mirada de cariño dirigida a su esposa, tan alegre,

tan confiada, robusteció la resolución que de no decirla nada había

formado, y el día pasó sin incidentes. Al obscurecer, la abrazó,

diciéndola que un asunto imprevisto le obligaba a salir, pero que su

ausencia sería muy breve, y se fué. Ya antes había sacado secretamente

de su casa un baúl con la ropa necesaria.

Confió las dos cartas a un criado digno de toda confianza, con orden

de entregarlas a media noche, ni un minuto antes, tomó un caballo, y

emprendió el viaje a Dover.

Sintió desfallecimientos; pero el grito desesperado del pobre

prisionero que apelaba a su justicia, a su honor, a su generosidad,

dióle fuerzas para dejar a sus espaldas lo que más querido le era en el

mundo y para dirigir su nave hacia la Montaña Imantada que le atraía.

LIBRO TERCERO

EL RUMBO DE LA TORMENTA

I

EN SECRETO

Poco a poco abreviaba el viajero el camino que le separaba de París.

Estamos en otoño del año mil setecientos noventa y dos. No le habrían

faltado caminos detestables, carruajes pésimos y caballos atacados

de vejez que dificultasen su marcha, aun cuando el destronado rey

de Francia hubiese continuado ocupando su trono y reinando entre

esplendores de gloria; pero aparte de esos obstáculos, la alteración

de los tiempos habían acumulado otros mil. Todas las puertas de las

ciudades, todas las entradas de los pueblos, contaban con sus bandas

de ciudadanos patriotas, armados con mosquetes nacionales prontos a

dispararse por sí solos, que detenían a cuantas personas entraban

o salían, para someterlas a rígidos interrogatorios, examinar con

detenimiento sus documentos, ver si figuraban sus nombres en las listas

de que estaban provistos, y dejarlos en libertad de proseguir su viaje,

o bien prenderlos, según aconsejase su capricho, en bien de la recién

nacida República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de

la Fraternidad o de la Muerte.

Muy pocas leguas de terreno francés había recorrido Carlos Darnay,

cuando comenzó a darse cuenta de la imposibilidad en que se encontraría

de volver a pisar aquellos caminos eternos, si antes no era declarado

buen ciudadano de París. Pero ya no podía retroceder; fuese la que

fuese la suerte que el destino le tuviera deparada, no tenía más

remedio que continuar el viaje hasta el final. A sus espaldas dejaba un

camino abierto, libre de barreras y de fosos, pero esto no obstante,

sabía que entre Inglaterra y su persona se alzaban obstáculos mil veces

más infranqueables que las más sólidas puertas de hierro. De tal suerte

le rodeaba la vigilancia universal, que si hubiera viajado metido

dentro de las mallas de espesa red de acero, o bien acondicionado

en el interior de una jaula, no hubiese considerado su libertad más

perdida.

Esa vigilancia universal no sólo le obligaba a detenerse veinte veces

al día en los caminos reales, en los relevos de postas, si no que

también entorpecía y retardaba su marcha otras tantas veces en en cada

jornada, ora alcanzándole y mandándole volver atrás, ora acompañándole

e impidiéndole avanzar con la rapidez que él deseaba. Varios días

llevaba recorriendo territorio francés, cuando una noche se acostó

temprano en la cama de una posada de una población de poca importancia,

situada bastante lejos de París.

A la carta que desde la cárcel de la Abadía le dirigió Gabelle,

debía el haber llegado tan lejos, pero al llegar a la población de

que hablamos, opusiéronle en las puertas tantas dificultades, que

comprendió que estaba muy próxima la crisis. No le sorprendió, pues,

gran cosa ser despertado a media noche en la cama de la posada en que

se acostó con ánimo de dormir hasta la mañana siguiente.

Al despertar, tropezaron sus ojos con un funcionario local, de

temperamento tímido, y con tres patriotas armados hasta los dientes,

cubiertos con gorros de color rojo rabioso y fumando descomunales

pipas. Los tres de los gorros tomaron asiento sobre su cama.

--Emigrado--dijo el funcionario,--he decidido enviarte a París con una

escolta.

--Ciudadano, mi mayor deseo es llegar a París, pero puedo prescindir

perfectamente de la escolta.

--¡Silencio!--gritó un gorro rojo dando un golpe a la cama con la

culata del mosquete.--¡A callar, aristócrata!

--Tiene razón este buen patriota--dijo el funcionario con

timidez.--Eres aristócrata, y por tanto, debes hacer el viaje bajo la

vigilancia de una escolta.

--No está en mi mano la elección--contestó Carlos Darnay.

--¡Elección!--exclamó uno de los gorros colorados.--¿Habráse visto?

¡Como si no se le hiciera un favor dispensándole de adornar desde este

instante el gancho de un farol!

--La observación del buen patriota no puede ser más justa--terció el

funcionario.--Levántate y vístete, emigrado.

Obedeció Darnay, quien fué conducido inmediatamente al cuerpo

de guardia, donde encontró a muchos patriotas que lucían sus

correspondientes gorros colorados, fumando unos y bebiendo otros al

amor de la lumbre. Después que se le obligó a pagar una fuerte cantidad

por una escolta que no había pedido, emprendió el viaje a las tres de

la madrugada.

Constituían la escolta dos patriotas montados, que cabalgaban a sus

lados, en cuyos gorros rojos lucían escarapelas tricolores, e iban

armados con mosquetes y sables nacionales. El escoltado manejaba

su caballo, pero en las bridas de éste había sujeta una cuerda cuyo

extremo contrario llevaba uno de los patriotas amarrado a la muñeca. En

esta forma hacían el viaje, sufriendo una llovizna helada que el viento

lanzaba contra sus rostros, a un trote pesado, por caminos desiguales y

alternados con extensos lodazales. Sin que en el viaje introdujeran más

cambios que el de caballos, llegaron al fin a la capital.

Viajaban durante la noche, haciendo alto una o dos horas antes de

romper el día, y durmiendo hasta el crepúsculo de la tarde. La escolta

vestía con pobreza tan extremada, que para abrigarse las piernas

desnudas, habían de recurrir a la paja, con la cual las acolchaban.

Aparte de las molestias consiguientes al viaje, a la contrariedad

de ir escoltado y a los peligros inherentes a depender de patriotas

crónicamente borrachos y armados con mosquetes que se disparaban solos,

Carlos Darnay podía desechar toda clase de temores, toda vez que era

de esperar que, en cuanto hiciera referencia a sus merecimientos, que

confirmaría al prisionero de la Abadía, se apresurarían a tratarle como

a un hombre amigo del pueblo.

Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad de Beauvais a la caída de

la tarde, y por consiguiente, cuando las calles estaban llenas de

gente, no pudo menos de comprender que las cosas presentaban cariz

alarmante. En el patio de la casa de postas se reunieron muchos grupos

que, contemplándole con expresión ceñuda al principio, concluyeron por

gritar:

--¡Muera el emigrado!

Detúvose Darnay en el instante en que iba a echar pie a tierra, y desde

la silla, replicó:

--Emigrado no, amigos míos. ¿No me estáis viendo aquí, amigos míos, en

Francia, por mi libre y espontánea voluntad?

--¡Eres un emigrado maldito y un aristócrata canalla!--gritó un

herrador, abalanzándose hacia él con un martillo en alto.

Interpúsose el encargado de la casa de postas entre el furioso herrador

y el jinete, y como quien desea evitar una escena desagradable, dijo:

--¡Dejadle, amigos, dejadle! Le juzgarán en París.

--¡Juzgarán!--repitió el herrador, blandiendo el martillo.--Le

condenarán por traidor.

Las turbas lanzaron feroces rugidos de aprobación.

Darnay, tan pronto como pudo hacerse oir, exclamó:

--Estáis engañados, amigos míos, estáis engañados. Yo no soy traidor.

--¡Mientes!--rugió el herrador.--¡Según el decreto, es un traidor!...

¡Su vida pertenece al pueblo... no es suya su existencia maldita!

En las miradas de las turbas leyó Carlos Darnay una de esas

arremetidas feroces cuyo desenlace es siempre un hombre hecho pedazos.

Tal suerte le habría cabido de no haber sido por el encargado de la

casa de postas, que obligó al caballo a entrar en el patio. La escolta

siguió a nuestro amigo, y el de la casa cerró y atrancó inmediatamente

la puerta. El herrador descargó sobre ésta los martillazos que no podía

descargar sobre la cabeza del emigrado; las turbas rugieron indignadas,

pero no pasó más.

--¿Qué decreto es ése que mencionó el herrador?--preguntó Darnay

al dueño de la casa de postas, después de darle las gracias por su

afortunada mediación.

--Es el decreto que dispone la venta en pública subasta de los bienes

de los emigrados--contestó el interrogado.

--¿Cuándo se promulgó?

--El día catorce.

--El mismo que salí yo de Inglaterra.

--Todo el mundo afirma que no es más que el primero de los de la serie,

redactados ya... o que serán redactados en breve, los cuales destierran

a los emigrados y condenan a muerte a los que vuelvan a pisar

territorio francés. Es lo que quiso decir el herrador cuando afirmó que

su vida de usted no era de usted, sino del pueblo.

--Pero supongo que no han sido promulgados todavía semejantes decretos,

¿no es verdad?

--No puedo asegurarlo--respondió el encargado de la casa de postas,

encogiéndose de hombros.--Puede que no hayan sido promulgados aún, y

puede que sí; pero es igual.

Darnay descansó hasta media noche tendido sobre un montón de paja,

saliendo de la ciudad cuando los habitantes de ésta estaban entregados

al sueño. Entre los muchos cambios radicales de costumbres que pudo

observar Darnay durante su accidentado viaje, cambios que daban a

éste fuerte color fantástico, no era el menor la carencia de sueño en

los patriotas. Con frecuencia, después de una larga y pesada caminata

por veredas solitarias, llegaban a altas horas de la noche a un

pueblo, cuyos habitantes, en vez de dormir tranquilamente, bailaban

danzas fantásticas en rededor de un árbol de la Libertad, o entonaban

himnos a la Libertad. Por fortuna, empero, aquella noche Beauvais

creyó conveniente entregarse al reposo, merced a lo cual pudieron los

excursionistas proseguir su viaje por caminos desiertos, cubiertos de

barrizales y de agua, bordeando campos incultos que ninguna cosecha

habían producido aquel año, entre caseríos incendiados, y con riesgo

de recibir inopinadamente un balazo disparado por cualquiera de los

innumerables patriotas que pululaban por todas partes.

Cerca de los muros de París se encontraban, cuando recibieron el saludo

de las primeras luces del día. En la barrera encontraron fuerte

guardia.

--¿Dónde están los documentos del prisionero?--preguntó con tono

autoritario un hombre de aspecto resuelto, llamado por el centinela.

Carlos Darnay, disgustado al oir palabra tan poco grata, replicó que no

era prisionero, sino un viajero que llegaba libre y espontáneamente,

ciudadano francés, confiado a la custodia de una escolta que el estado

perturbado del país hacía necesaria, y que había pagado de su bolsillo.

--¿Dónde están los documentos de este prisionero?--repitió el mismo

sujeto, sin hacer el menor caso de Darnay ni de sus palabras.

El patriota de la borrachera perpetua los sacó de su gorro, donde los

llevaba, entregándolos al personaje que los pedía. La carta de Gabelle

produjo en aquél cierto desconcierto y no poca sorpresa, a la par que

despertó su atención, que concentró en Darnay.

Sin decir palabra dejó a la escolta y al escoltado y entró en el cuerpo

de guardia, dejando a los viajeros a caballo frente a la puerta. Carlos

Darnay, mientras tanto, pudo observar que la guardia la formaban

soldados y patriotas, más de estos últimos que de los primeros, y que,

al paso que los carros que traían víveres a la ciudad, o los que a

cualquier clase de tráfico se dedicaban, no tropezaban con dificultades

de ningún género para entrar, en cambio los encontraban, y muy grandes,

para salir, aun cuando se tratase de la gente más humilde. Hombres y

mujeres, bestias de carga y de tiro y carretas y coches de toda clase

esperaban que se les permitiera salir; pero con tal rigidez se cumplía

la ley sobre la identificación previa, que aunque a la barrera llegaban

por cientos, la salida la hacían de uno en uno y por largos intervalos.

Los que sabían que habría de pasar mucho tiempo antes que les llegase

el turno, lo esperaban tendidos en la calle, donde dormían o fumaban,

mientras otros entablaban animadas conversaciones o entretenían el

tiempo paseando. Los gorros colorados y escarapelas tricolores eran

prenda obligada que ostentaba todo el mundo, sin distinción de edades

ni sexos.

Duraría media hora la espera de Carlos Darnay, quien en ese espacio de

tiempo pudo hacer las observaciones que quedan apuntadas, cuando volvió

a salir el mismo personaje, jefe, al parecer, de la guardia de la

barrera, quien, después de dar a la escolta un recibo de la persona del

escoltado, mandó a éste que echara pie a tierra. Obedeció Darnay, y los

hombres que hasta allí le acompañaron, hiciéronse cargo de su caballo y

partieron sin entrar en la ciudad.

El jefe de la guardia condujo a Darnay al cuerpo de la misma, que

apestaba a vino ordinario y a tabaco, donde había varios grupos de

soldados y de patriotas, unos dormidos y otros despiertos, éstos

borrachos y aquéllos serenos, y algunos en los linderos de la vigilia

y del sueño, y de la sobriedad y la borrachera. Dos velones de aceite

derramaban una claridad muy discutible sobre el cuerpo de guardia, en

uno de cuyos testeros había una mesa, sobre la cual se veían algunos

registros. Un oficial de aspecto grosero, sentado frente a la mesa, era

el encargado de los registros.

--Ciudadano Defarge--dijo el personaje que había introducido a Darnay,

mientras tomaba una hoja de papel--¿es éste el emigrado Evrémonde?

--Este es.

--¿Cuántos años tienes, Evrémonde?

--Treinta y siete.

--¿Casado, Evrémonde?

--Sí.

--¿Dónde?

--En Inglaterra.

--Lo creo. ¿Dónde está tu mujer, Evrémonde?

--En Inglaterra.

--Lo creo también. Vas consignado, Evrémonde, a la prisión de La Force.

--¡Dios del Cielo!--exclamó Darnay--¿En virtud de qué ley, y por qué

delito o falta?

Al cabo de algunos segundos de muda contemplación, contestó el

funcionario:

--Desde que saliste de Francia, Evrémonde, nos regimos por leyes nuevas

y ha variado profundamente lo referente a delitos y faltas.

--Te ruego tengas presente, ciudadano, que he venido voluntariamente,

cediendo a la súplica escrita en ese papel que tienes ante tus

ojos--replicó Darnay.--No pido otra cosa más que la ocasión de hacer lo

que un compatriota mío solicita. ¿No estoy en mi derecho?

--Los emigrados no tienen derechos, Evrémonde--fué la estólida

contestación del funcionario.

Después de dirigir a Darnay una sonrisa siniestra, escribió unos

renglones, dobló el papel, y lo entregó a Defarge diciendo:

--Secreto.

Defarge indicó al prisionero que le siguiera. Obedeció el prisionero, a

quien acompañaron además dos patriotas armados, que se colocaron a su

derecha e izquierda.

Mientras salían del cuerpo de guardia para entrar en París, Defarge

preguntó al prisionero en voz baja:

--¿Eres tú el que casaste con la hija del doctor Manette, prisionero en

otro tiempo en la Bastilla, que ya no existe?

--Sí--respondió Darnay, mirándole con sorpresa.

--Me llamo Defarge y soy dueño de una taberna del barrio de San

Antonio. Es posible que me conozcas de referencia.

--Mi mujer fué a tu casa a reclamar a su padre... ¡Sí, sí!

Parece que la palabra «mujer» despertó en Defarge recuerdos sombríos,

pues dijo con brusca impaciencia:

--¿Quieres decirme, en nombre de esa mujer recién nacida llamada

Guillotina, por qué demonios has venido a Francia?

--No hace un minuto me oiste explicar cuál fué la causa de mi viaje.

¿Es que crees que no dije verdad?

--Verdad que no puede ser más fatal para ti--replicó Defarge, fruncido

el entrecejo y mirando a su interlocutor con fijeza.

--Cierto es que me encuentro aquí perdido. Lo veo todo tan trastornado,

tan distinto de lo que antes era, tan desagradable, que confieso que ni

sé a dónde volver los ojos. ¿Quieres hacerme un pequeño favor?

--En absoluto ninguno--respondió Defarge, con la mirada como perdida en

el espacio.

--¿Tampoco querrás contestarme una pregunta, una sola?

--Veremos... Según sea. Puedes hacerla.

--En la prisión en que tan injustamente me encierran, ¿podré comunicar

libremente con el mundo exterior?

--Tú mismo lo verás.

--¿Piensan sepultarme en ella, sin juzgarme, sin condenarme, sin

concederme medios de justificarme y defenderme?

--Lo verás tú mismo... Pero si así fuera, ¿qué?; muchos otros tan

buenos como tú se han visto sepultados en prisiones peores.

--Pero no por causa mía, ciudadano Defarge.

La expresión sombría del rostro de Defarge se acentuó

extraordinariamente al escuchar la respuesta, después de lo cual

prosiguió caminando en silencio. A medida que su taciturnidad

aumentaba, se disipaban las esperanzas que en un principio tuvo Darnay

de ablandar a aquel hombre.

--Para mí es de una importancia excepcional, como sabes tan bien como

yo mismo, ciudadano Defarge, hacer saber al señor Lorry, del Banco

Tellson, un caballero inglés que en la actualidad se encuentra en

París, el hecho sencillo, sin comentario alguno, de que me han recluído

en la prisión de La Force. ¿Me harás el favor de encargarte de ponerlo

en su conocimiento?

--No haré en tu obsequio nada absolutamente--replicó Defarge.--Me debo

a mi patria y al pueblo. He jurado servir a los dos contra ti. Nada

esperes de mí.

Calló Darnay, tanto porque dió por perdidas definitivamente todas las

probabilidades de obtener de aquel hombre el favor más insignificante,

cuanto porque su amor propio lastimado le movió a considerar como

humillaciones sus instancias. No pudo menos de reparar, mientras en

silencio recorría las calles, en lo acostumbrado que el pueblo estaba

al espectáculo de los prisioneros que por ellas transitaban. Ni los

niños se fijaban en él. Algunos transeuntes volvían sus cabezas y le

apuntaban con el dedo indicando que era un aristócrata, y nada más.

Verdad es que ver que un hombre bien vestido era conducido a la cárcel

era tan corriente y natural como ver a un obrero que se dirige al

trabajo con las herramientas de su oficio en la mano. En una calleja

estrecha, obscura y sucia que hubieron de atravesar, encontraron a

un orador callejero excitadísimo, que dirigía arengas excitadas a

un auditorio excitado, ponderando los crímenes que contra el pueblo

soberano habían cometido el Rey, la familia real y los nobles. De

las pocas palabras que llegaron a oídos de Darnay pudo éste colegir

que el Rey había sido encerrado en una prisión y que los embajadores

extranjeros habían abandonado en masa a París, noticias que desconocía

en absoluto, pues durante su viaje, los individuos que le escoltaron,

juntamente con la vigilancia universal, le tuvieron en un aislamiento

tan absoluto, que nada había oído.

Como es natural, comprendió que los peligros que le amenazaban eran

infinitamente mayores e infinitamente más numerosos de lo que supuso

al salir de Inglaterra; comprendió que los peligros se multiplicaban

con rapidez alarmante y que se multiplicarían aún más; no pudo menos de

confesarse a sí propio que ni por las mientes se le hubiese pasado la

idea de hacer el viaje de haber previsto los sucesos desarrollados en

los días últimos. Y sin embargo, sus temores, examinados a la luz de

los incidentes más recientes, no eran tan grandes como parece deberían

ser. Por nebuloso que el porvenir se le presentara, era un porvenir

desconocido que en su misma obscuridad entrañaba cierta esperanza. Tan

ajeno como los que vivieron millares de años antes que él estaba a las

horribles matanzas que, continuadas un día y otro día, una noche y otra

noche, debían ahogar en caudalosos ríos de sangre la época siempre

bendita de la recolección de la cosecha. Apenas si de nombre conocía a

la «mujer recién nacida llamada Guillotina», como apenas si de nombre

la conocía la generalidad del pueblo, pues por aquellos días, los

mismos que la trajeron al mundo no imaginaban siquiera como probables

las espantosas hazañas que muy en breve habían de envolverla en inmensa

aureola sangrienta.

Sospechaba que sería víctima de una detención arbitraria, que se le

trataría con irritante injusticia, que habría de soportar privaciones

y penalidades, de las cuales no sería la menor verse alejado de su

adorada mujer y de su idolatrada hija; todo eso lo sospechaba; más aún,

lo consideraba indudable; pero fuera de ello, nada temía.

Tales eran las reflexiones que le embargaban, cuando llegó a la cárcel

llamada La Force. Un hombre de cara feroz abrió el postigo.

--El emigrado Evrémonde--dijo Defarge, haciendo la presentación del

preso.

--¡Demonios coronados! ¿Pero es que no va a acabar nunca la

procesión?--exclamó el de la cara de fiera.

Una historia de dos ciudades · 第 22 / 34 段