Dentro de un radio de cien millas, y a la luz de otros incendios, hubo

aquella noche, y otras noches, muchos funcionarios menos afortunados

que el señor Gabelle, a quienes el sol del nuevo día encontró colgados

en las mismas calles, pacíficas en tiempos mejores, en que nacieron y

crecieron. Verdad es que también hubo otros aldeanos, otros ciudadanos

que, menos afortunados que el peón caminero y sus doscientos cincuenta

amigos particulares, cayeron a los golpes de los funcionarios y de los

soldados. Pero los fieros portadores del fuego continuaban su carrera

en dirección a Oriente y a Poniente, al Septentrión y al Mediodía

señalando su paso con regueros de llamas, y no existía funcionario, por

versado que estuviera en matemáticas, capaz de calcular la altura de

los patíbulos necesaria para contener o desviar el curso del despeñado

torrente.

XXIV

ATRAIDO POR LA MONTAÑA IMANTADA

Tres años duraron las tempestades, tres años durante los cuales

bramaron sin cesar los océanos y rugieron las llamas por doquier, tres

años de continuos terrores para los que desde la playa contemplaban

la furia siempre creciente de los mares. Tres cumpleaños más vió la

pequeña Lucía, en cuya existencia pacífica no cesó su amante madre de

tejer nuevos hilos de oro.

Más de un día y más de una noche estuvieron los moradores del tranquilo

rincón de Soho escuchando con amargo dolor el ruido de pasos que

herían sus oídos, pues sabían que eran pasos de gentes enfurecidas,

que corrían en tumulto a la sombra de rojos pendones, sabían que su

patria había sido declarada en peligro, que sus moradores se habían

transformado de seres humanos en bestias feroces.

No acertaba a comprender el señor, como clase, el fenómeno de no ser

apreciado, de no ser necesitado en Francia, de no ser querido, de ser

odiado hasta el extremo de correr peligro inminente de verse despedido

del suelo francés y del mundo de los vivos al propio tiempo. Semejante

al rústico de la fábula que, después de haber conseguido que se le

presentase el diablo a fuerza de invocaciones, quedó tan aterrorizado

al verle, que ni voz tuvo para hacer una pregunta al enemigo, así el

señor, después de tener el atrevimiento de rezar al revés la oración

del Padre Nuestro por espacio de varios años y de poner en juego los

sortilegios y ensalmos más potentes para despertar al demonio, no

bien llegó a entreverle, apresuróse a enseñarle sus nobles y linajudos

talones.

Habíase eclipsado el brillante cielo de la corte, convencido de

que sería el blanco obligado de la deshecha lluvia de balazos del

pueblo. Nunca fué santo de la devoción de éste, pues según malas

lenguas, Satanás le había inoculado su orgullo y Sardanápalo su lujo

y su molicie. La corte entera, desde su punto central y exclusivo

hasta todos los puntos podridos de su circunferencia de intrigas,

corrupciones y disimulo, había abandonado aquella atmósfera malsana.

También había desaparecido la realeza: sitiada en su palacio, quedó «en

suspenso» al llegar hasta ella las furiosas olas.

En el mes de agosto del año de mil setecientos noventa y dos, la casta

de los señores estaba dispersa por el mundo.

Como es natural, el cuartel general, el centro de reunión del señorío

en Londres era el Banco Tellson. Dicen que los espíritus rondan los

lugares donde yacen sepultados sus cuerpos, y conformándose a esta

ley, el señor sin un cuarto rondaba el lugar donde en tiempos mejores

estuvieron depositados sus _cuartos_. Además, el Banco Tellson era el

centro al que con más rapidez llegaban nuevas de Francia: llevaba su

generosidad hasta el punto de hacer adelantos a los que fueron sus

clientes en tiempos de prosperidad; guardaba en sus arcas inmensas

sumas depositadas por nobles que, más previsores que la generalidad,

vieron que se condensaba la tormenta y se adelantaron a los robos y a

las confiscaciones, y finalmente, cuantas personas llegaban de Francia,

principiaban por dejarse ver en el Banco Tellson, donde hacían historia

de los últimos sucesos. Por toda esta variedad de razones, era el Banco

Tellson por aquella época una especie de Palacio de la Bolsa por lo que

a asuntos o personas francesas se refiriera, circunstancia que conocía

tan perfectamente el público, y que daba lugar a tantas preguntas y

comisiones, que con frecuencia se hacían constar las noticias últimas

en cartelones que se colgaban de las ventanas del edificio, para que

pudieran leerlas cuantos pasaran frente al Tribunal del Temple.

Una tarde brumosa y de calor sofocante, Lorry y Carlos Darnay, sentados

frente a la mesa de trabajo del primero, conferenciaban en voz baja.

Faltaría sobre media hora para cerrar el establecimiento.

--Ya sé que es usted el hombre más joven que ha existido en el

mundo;--dijo Carlos Darnay con muestras de vacilación,--pero aun así,

perdone que le diga...

--Comprendo: que soy muy viejo, ¿verdad?--interrumpió Lorry.

--Tiempo inseguro, viaje largo, medios inciertos y país en estado

anárquico, amén de una ciudad que ni a usted puede ofrecer garantías.

--Mi querido Carlos--replicó Lorry con confianza,--las razones que

usted acaba de apuntar, lejos de desanimarme, lejos de conspirar contra

mi proyecto de hacer el viaje, conspiran para que lo haga. Nadie tendrá

el mal gusto de meterse con un viejo de casi ochenta años, cuando

puede hacerlo con tantos otros jóvenes, robustos, y más dignos de ese

honor que yo. Dice usted que se trata de una ciudad desorganizada, y

yo contesto que, si en ella reinase el orden, no sé por qué nuestra

casa de aquí había de enviar a nuestra casa de allá a uno que conoce

de antiguo la ciudad y los negocios de la ciudad, y posee además

la confianza de Tellson. En cuanto a los inconvenientes que puedan

originar la incertidumbre de los medios de locomoción, lo largo del

viaje y lo inseguro del tiempo, si yo no estuviera dispuesto a afrontar

todos esos inconvenientes en obsequio a la casa, después de haber

envejecido en ella, ¿quién lo estará?

--Desearía ir yo mismo--dijo Carlos, como quien piensa en voz alta.

--¡Hombre!--exclamó Lorry.--¡Voy viendo que es usted un asesor de

primera fuerza y un consejero que no tiene rival! ¿Conque usted mismo,

eh? Y nacido en Francia, ¿eh? ¡Buen consejo, amigo, buen consejo!

--Precisamente porque he nacido en Francia, mi querido señor Lorry,

ha cruzado y cruza con frecuencia por mi mente aquel pensamiento. Yo

encuentro muy natural que así piense el que conserva alguna simpatía

por aquel pueblo desdichado, el que le ha abandonado algo que era suyo,

y como consecuencia, cree que su voz sería escuchada, y que acaso

consiguiera contener un poquito el desorden. Anoche mismo, después que

usted se despidió de nosotros, estaba yo diciendo a Lucía...

--¡Estaba usted diciendo a Lucía!...--repitió Lorry.--¡Francamente!

¡Me admira que no se avergüence usted de pronunciar en este instante

el nombre de Lucía! ¡Canastos! ¡Nombrar a Lucía cuando desea irse a

Francia en estas circunstancias!

--¡No he ido todavía!--contestó Carlos sonriendo.--Más que por otra

cosa, hablo así a fin de contrarrestar el propósito que usted asegura

que ha formado de ir.

--Lo he formado, sí, Carlos: nada más cierto. Voy a hablarle con

franqueza, mi querido amigo. No puede usted figurarse siquiera las

dificultades con que tropiezan todos nuestros negocios, ni el peligro

que amenaza a nuestros libros y documentos de allá. Sólo Dios puede

saber las fatales consecuencias que para muchas personas entrañaría la

pérdida o destrucción de algunos de los documentos allí depositados,

y que corren peligro de perderse, peligro de ser destruídos, lo sabe

usted como yo, como lo sabe todo el mundo. ¡Quién puede decir si hoy

mismo habrá ardido París por los cuatro puntos cardinales, si será

mañana saqueado en regla! Ahora bien: únicamente yo puedo prevenir

los males, haciendo una selección prudente y escondiendo bajo tierra

o trasladando a lugar seguro los documentos en cuestión, y para ello,

precisa que no pierda ni un segundo de tiempo. ¿Puedo yo hacerme el

remolón cuando la casa sabe lo que acabo de decir, y cuando la casa lo

dice... la casa cuyo pan vengo comiendo desde hace sesenta años, la

casa en una de cuyas articulaciones me he introducido como cuña? ¡Quite

usted allá, hombre! ¿Ignora usted que soy un mozalbete, comparado con

muchos que presumen de jóvenes y no son otra cosa que vejestorios

caducos?

--¡Admiro la gallardía de su espíritu juvenil, señor Lorry!

--¡A callar! No olvide usted, mi querido Carlos, que sacar hoy el

objeto más insignificante de París, es punto menos que imposible. Hoy

mismo hemos recibido documentos preciosos--excuso recomendarle la

reserva más absoluta,--y los hemos recibido de manos de los portadores

más extraños que pueda usted imaginar, portadores cuyas cabezas pendían

de un cabello mientras cruzaban las Barreras. En otras ocasiones

circulaban nuestros paquetes de una a otra nación sin dificultad

alguna: hoy todo está paralizado.

--¿Y piensa usted emprender el viaje esta noche?

--Esta noche sin falta. Tal se han puesto los asuntos, que no se puede

perder segundo.

--¿No le acompaña nadie?

--Me han sido propuestas gentes de todas las clases y condiciones, pero

a nadie he dicho palabra. Pienso llevarme a Jeremías. Por espacio de

muchos años ha sido mi perro de presa, mi acompañante obligado a mis

salidas domingueras, y estoy acostumbrado a él. Nadie ha de ver en

Jeremías otra cosa que un _bull-dog_ inglés, incapaz de abrigar otros

designios que el de lanzarse sobre cualquiera que se atreva a tocar el

pelo de la ropa a su amo.

--Repito que admiro su gallardía de ánimo y sus arrestos.

--Y yo repito que dice usted una tontería, amigo Carlos. Una vez haya

dado fin a esta pequeña comisión, es posible que acepte la proposición

de Tellson de retirarme y vivir tranquilo. Entonces es cuando me

sobrará tiempo para pensar en que me voy haciendo viejo.

Había tenido lugar el diálogo que queda transcrito en el despacho

del señor Lorry, a una o dos varas de distancia de un enjambre de

señores, cuya conversación, bastante animada por cierto, versaba

sobre la venganza que muy en breve tomarían sobre el ruin populacho.

Realmente era inconcebible que los señores, en su calidad de emigrados,

y como tales, víctimas de infinidad de reveses, y la nativa ortodoxia

inglesa, hablasen de aquella Revolución terrible cual si fuera cosecha

de frutos no sembrados, cual si no hubiesen sido puestos todos los

medios humanos para producirla, cual si no hubieran visto y anunciado

con palabras clarísimas su llegada inevitable muchos observadores que

necesariamente habían de hacerse cargo de la miseria intolerable que

afligía a millones de hijos de Francia y del empleo desastroso que se

daba a los recursos que hubiesen podido hacerles prósperos y felices.

Difícilmente podía sufrir ningún hombre de alma sana y conocedor de

la verdad la serie de sandeces dichas con tono doctrinal, combinadas

con complots extravagantes para restaurar un estado de cosas gastado y

podrido hasta la médula. Las sandeces y las extravagancias, unidas a la

intranquilidad de ánimo en que Carlos Darnay se encontraba, traían a

éste impaciente y nervioso desde varios días antes, y la conversación

que estaba oyendo no hizo más que exacerbar su impaciencia.

Entre los habladores figuraba Stryver, hombre que había subido ya

varios escalones de la escalera de la gloria, y que estaba abocado a

subir muchos más aún, no siendo, por consiguiente, de extrañar que se

inclinara decididamente hacia la clase señorial. Hablaba en la ocasión

presente con gran ardor de la necesidad de acabar de una vez con el

pueblo, de exterminar sin piedad a la vil gentuza, de hacer desaparecer

de la tierra a la canalla, para conseguir lo cual preconizaba medios

que, en eficacia, allá se andaban con el de aquel sabio que, queriendo

suprimir para siempre las águilas, propuso que se les espolvoreasen

las colas con sal molida. Darnay escuchaba al abogado con profunda

aversión, con repugnancia. Hasta se le ocurrieron deseos de marcharse

para no oirle, y es más que probable que los hubiese llevado a la

práctica de no haber venido los mismos sucesos a indicarle el camino

que debía seguir.

La Casa acababa de acercarse a Lorry y, dejando sobre la mesa un pliego

cerrado y sumamente ajado, preguntóle si había encontrado rastros de

la persona a quien iba dirigido. La Casa dejó la carta tan cerca de

Darnay, que éste hubo de leer la dirección. Verdad es que no le costó

gran trabajo, pues precisamente el nombre escrito en el sobre era el

suyo. Decía así.

«Muy urgente. Al Señor Marqués de Saint-Evrémond de Francia. Confiada a

los señores Tellson y Compañía, Banqueros, Londres, Inglaterra.»

El doctor Manette, la mañana misma del matrimonio de su hija con

Carlos Darnay, exigió a éste que guardase inviolable el secreto de su

apellido, hasta tanto que el doctor le desligara de la obligación.

Nadie conocía su título, que hasta para su mujer era un secreto. En

cuanto a Lorry, ni remotamente podía sospecharlo.

--No--contestó Lorry a la Casa.--He preguntado a cuantas personas han

venido a esta casa, pero nadie ha sabido decirme dónde se encuentra ese

caballero.

Como había sonado la hora de cerrar el Banco, casi todos los amigos

de dar trabajo a la lengua se habían refugiado en el despacho de

Lorry. Este conservaba en sus manos la carta mirándola con perplejidad

manifiesta. También la miraba la casta señorial, pero con ira, con

ceño, cual si en vez de un pedazo de papel estuviera viendo un

refugiado indigno de la raza a que pertenecía. Este, aquél, el de más

allá, todos tenían algo que decir con contra del Marqués que no parecía

por parte alguna.

--Sobrino, si no estoy mal enterado... pero desde luego sucesor

degenerado de aquel ilustre y refinado Marqués que fué villanamente

asesinado--dijo uno.--Me cabe la fortuna de no haberle visto en mi vida.

--Un cobarde que abandonó su puesto hace algunos años--terció otro

señor, que había salido de París metido de cabeza en el centro de una

carretada de paja, con los pies en alto y medio asfixiado.

--Corrompido por las nuevas doctrinas--repuso un tercero,--se declaró

en oposición abierta contra el último Marqués, abandonó sus tierras no

bien las heredó, y las confió a un hato de rufianes. Espero que ellos

mismos le darán ahora el pago a que se ha hecho acreedor.

--¿Eso hizo?--gritó Stryver.--¿Tan canalla es ese hombre? Veamos...

veamos su infame apellido.

Darnay, cuya resistencia tocaba a su fin, tocó en un hombro a Stryver y

dijo:

--Yo conozco a ese señor.

--¡Por todos los diablos juntos!... ¿Usted le conoce? Lo siento en el

alma.

--¿Por qué?

--¿Pregunta usted por qué, Darnay? ¿Pero no ha oído usted lo que ha

hecho?

--Lo he oído, sí; pero pregunto a usted que por qué siente que yo le

conozca.

--En ese caso, repetiré a usted, señor Darnay, que siento que usted

conozca a ese hombre indigno, y que lamento que no se le alcance a

usted por qué lo siento. Me aflige sobremanera oir las preguntas

inconcebibles que usted hace. Nos hablan aquí de un sujeto corrompido

por la más pestilente e impía de las podredumbres, de un individuo el

más vil que jamás ha existido en el mundo, que abandona sus bienes a

la hez de a tierra, a los canallas cuyo credo es el asesinato y el

robo, ¿y me pregunta usted por qué lamento que un hombre que se dedica

a enseñar a la juventud le conozca? ¿Se empeña en saberlo? ¡Vaya, se

lo diré! Lo siento porque creo que miserables como el que nos ocupa

contagian a quien los conoce. Y lo sabe usted.

Darnay, conteniéndose a duras penas, contestó:

--Quizá no comprende usted al caballero a quien se refiere.

--Pero sé muy bien cómo poner a usted entre la espada y la pared,

y voy a hacerlo--gritó Stryver.--Si ese individuo es un caballero,

desde luego _no_ le comprendo; puede usted decírselo así de mi parte,

y darle de paso mis recuerdos. También puede añadirle de parte mía,

que después de abandonar a la gentuza los bienes patrimoniales, me

admira sobremanera que no se haya puesto a la cabeza de los ladrones

y asesinos... Pero no, caballeros, no; yo, que conozco un poquito el

natural humano, me atrevo a asegurarles que no encontrarán nunca a un

sujeto como ése que se confíe a los tiernos cuidados de sus humildes

_protegidos_. No, caballeros, no; si algo de su persona deja ver a

aquéllos, será, en todo caso, un par de talones, y aun éstos, sólo

durante el tiempo que tarde en poner tierra de por medio.

Dichas estas palabras, que merecieron la aprobación unánime de sus

oyentes, salió a la calle Fleet. Segundos después quedaban solos en el

despacho Lorry y Carlos Darnay.

--Puesto que usted conoce a la persona a quien la carta va

dirigida--dijo Lorry--¿quiere encargarse de hacerla llegar a sus manos?

--Con mucho gusto.

--¿Tendrá la bondad de explicarle que sin duda se la han dirigido aquí

porque creían que nosotros le conocíamos, y que, ignorando quién era y

dónde estaba, la carta está detenida desde hace algún tiempo?

--Así lo haré. ¿Cuándo sale usted para París?

--A las ocho salgo de aquí mismo.

--Yo volveré para despedirle.

Descontento consigo mismo, y más todavía con Stryver y con sus

compatriotas, Darnay salió del edificio del Banco y, no bien llegó a

una esquina donde creyó estar a cubierto de miradas indiscretas, abrió

la carta, que estaba concebida en los siguientes términos:

«Prisión de la Abadía, París.

»Junio, 21, 1792.»

»Señor Marqués:

»Después de correr durante largo tiempo peligro inminente de

dejar la vida en manos de los vecinos de la aldea, he sido preso,

sometido a mil violencias y atropellos, y al fin conducido a

París, cuyo largo viaje me han obligado a hacer a pie. Las

amarguras que en el camino he apurado no son para contarlas aquí;

y no es esto todo; mi casa ha sido destruída... arrasada hasta los

cimientos.

»El crimen de que me acusan, el que me tiene enterrado en la

cárcel, señor Marqués, el crimen por el que compareceré ante el

Tribunal y que me costará la cabeza (si usted no me presta su

generoso auxilio) es, según dicen ellos, el de traición contra la

majestad del pueblo, al que aseguran que he vendido para proteger

a un emigrado. En vano les he hecho presente que, lejos de obrar

contra ellos, he obrado en su favor, ateniéndome a instrucciones

suyas, señor Marqués; en vano he alegado que con anterioridad a la

confiscación de los bienes de los emigrados había yo condonado los

impuestos que el pueblo cesó de pagar, que no cobré las rentas, que

no recurrí a los tribunales. A todas mis representaciones contestan

que obré en favor de un emigrado, y yo me pregunto: ¿dónde está ese

emigrado?

»¡Ah, mi buen señor Marqués! ¿Dónde está ese emigrado? Yo pregunto

mientras duermo; ¿dónde está? Vuelvo mis ojos a los cielos, y les

pregunto; ¿vendrá a salvarme? No me contestan. ¡Ah, señor Marqués!

Envío mi grito de angustia a través de los mares, por si Dios

quiere que llegue a sus oídos por mediación del gran Banco Tellson,

tan conocido en París.

»Por el amor de Dios, por equidad, por justicia, por generosidad,

por el honor inmaculado de su noble apellido, señor Marqués, le

suplico que corra en mi auxilio y me libre de la muerte que me

amenaza. Mi único crimen es haber sido fiel a usted... ¡Oh señor

Marqués! Yo confío que usted corresponderá a mi fidelidad.

»Desde esta mazmorra donde todos los horrores tienen su asiento,

desde esta antesala de la muerte, envío a usted, señor Marqués, la

expresión de mi dolorosa lealtad, juntamente con el ofrecimiento de

mis desgraciados servicios.

»Su afligido servidor,

»GABELLE.»

La lectura de la carta que queda copiada infiltró en la intranquilidad

latente de Darnay un torrente vigoroso de vida. El peligro que se

cernía sobre la cabeza de un servidor antiguo, por cierto de los

mejores, que no había cometido más crimen que el de serle leal a él y

a su familia, fué para Darnay a manera de latigazo recibido en pleno

rostro. La vergüenza se le subió a la cara con fuerza tal, que mientras

caminaba al azar sin saber qué resolución adoptar, ni a mirar a los

transeuntes se atrevía.

Sabía muy bien que, arrastrado por el horror de la hazaña que puso

digno remate a las malas acciones y a la pésima reputación de su

rancia familia, impulsado por las sospechas que su tío le inspirara y

por la aversión con que su conciencia miraba la fábrica ruinosa que,

según los de su casta, estaba en el deber de sostener y robustecer,

había obrado de una manera imperfecta. Sabía muy bien que al ceder al

amor que profesaba a Lucía, al renunciar el puesto que en sociedad

le correspondía ocupar, se había precipitado, había procedido con

reprensible ligereza. Sabía muy bien que su resolución debió llevarla

a la práctica personalmente, como sabía que tuvo intención de hacerlo

así, y que, sin embargo, no lo hizo.

La dicha del hogar que en Londres se había creado, la necesidad de

hacer una vida activa, las continuas alteraciones de la época, tan

bruscas y tan rápidas que los planes no bien madurados la semana

anterior caían por tierra a la semana siguiente ante el impulso

arrollador de nuevos acontecimientos, fueron circunstancias de peso a

cuya fuerza cedió; lo sabía muy bien; pero tampoco se le ocultaba que,

si a la fuerza de las circunstancias cedió con repugnancia, no intentó

oponerles una resistencia continua y formal. Su conciencia le decía que

deseó obrar y que varias veces anduvo acechando la ocasión; pero le

añadía que otras tantas dejó pasar la oportunidad, mientras la nobleza

salía en tropel de Francia por todos los caminos y veredas, mientras

los bienes de aquella eran confiscados y destruídos, y hasta borrados

del libro de la vida los nombres de los hasta entonces mimados por la

fortuna.

Pero en cambio a nadie había oprimido, a nadie había llevado a la

cárcel. Lejos de haber atropellado a nadie para que le pagase sus

rentas, había abandonado libre y espontáneamente sus bienes, buscado

refugio en una nación extraña, y ganado en ella el pan que llevaba a

su boca con su propio esfuerzo. El señor Gabelle había administrado

un patrimonio empobrecido a tenor de instrucciones escritas que le

mandaban tratar bien al pueblo, darle lo poco que allí podía dársele...

leña para calentarse en invierno y algunos frutos que le ayudaran

a pasar el verano, que otra cosa no consentían los acreedores... y

seguramente habría aducido estos hechos en descargo suyo. Se trataba de

hechos públicos, de hechos que sin dificultad podían probarse; y si los

hechos en cuestión justificaban ante el pueblo al administrador, huelga

decir que eran patente de amigo del pueblo en favor de quien dictó las

órdenes a que aquél ajustó su conducta.

Estas consideraciones robustecieron la resolución de hacer el viaje a

París que Darnay había casi adoptado con anterioridad al recibo de la

carta de Gabelle.

Sí. Semejante al marino de la antigua leyenda, los vientos y las

corrientes habíanle arrastrado hasta colocar su nave dentro del radio

de influencia de la Montaña Imantada, y ésta le atraía cada vez

con fuerza más irresistible. Cuantos pensamientos germinaban en su

mente, le impelían, le empujaban hacia el centro de aquella atracción

terrible. Obedecieron sus impaciencias primeras al pensamiento de

que su desdichada patria, guiada por instrumentos malos, perseguía

objetivos malos y corría desbocada al abismo, mientras él, que acaso

hubiese podido imprimir mejor dirección a las ansias nacionales,

permanecía en Londres sin intervenir, sin intentar algo que pusiera

fin a la brutal efusión de sangre, algo que afianzase los derechos a

la piedad, a la humanidad, desconocidos a la sazón. Cuando ya en su

alma se agitaban esos remordimientos, vino a centuplicar su fuerza

la conducta del anciano Lorry, quien, dócil a la voz del deber, se

apresuraba a afrontar los riesgos tremendos que entrañaba un viaje

a Francia en aquellas circunstancias, y por si esto no bastaba,

vinieron los comentarios de los señores, comentarios que le hirieron

profundamente, y los de Stryver, mil veces más duros que los de

aquéllos. A todo ello había seguido la carta de Gabelle, la carta de

un prisionero inocente que, viniéndose al borde de la tumba, hacía un

llamamiento desesperado a su justicia, a su honor y a su apellido.

No tardó en resolverse; iría a París.

Una historia de dos ciudades · 第 21 / 34 段