aquella noche, y otras noches, muchos funcionarios menos afortunados
que el señor Gabelle, a quienes el sol del nuevo día encontró colgados
en las mismas calles, pacíficas en tiempos mejores, en que nacieron y
crecieron. Verdad es que también hubo otros aldeanos, otros ciudadanos
que, menos afortunados que el peón caminero y sus doscientos cincuenta
amigos particulares, cayeron a los golpes de los funcionarios y de los
soldados. Pero los fieros portadores del fuego continuaban su carrera
en dirección a Oriente y a Poniente, al Septentrión y al Mediodía
señalando su paso con regueros de llamas, y no existía funcionario, por
versado que estuviera en matemáticas, capaz de calcular la altura de
los patíbulos necesaria para contener o desviar el curso del despeñado
torrente.
XXIV
ATRAIDO POR LA MONTAÑA IMANTADA
Tres años duraron las tempestades, tres años durante los cuales
bramaron sin cesar los océanos y rugieron las llamas por doquier, tres
años de continuos terrores para los que desde la playa contemplaban
la furia siempre creciente de los mares. Tres cumpleaños más vió la
pequeña Lucía, en cuya existencia pacífica no cesó su amante madre de
tejer nuevos hilos de oro.
Más de un día y más de una noche estuvieron los moradores del tranquilo
rincón de Soho escuchando con amargo dolor el ruido de pasos que
herían sus oídos, pues sabían que eran pasos de gentes enfurecidas,
que corrían en tumulto a la sombra de rojos pendones, sabían que su
patria había sido declarada en peligro, que sus moradores se habían
transformado de seres humanos en bestias feroces.
No acertaba a comprender el señor, como clase, el fenómeno de no ser
apreciado, de no ser necesitado en Francia, de no ser querido, de ser
odiado hasta el extremo de correr peligro inminente de verse despedido
del suelo francés y del mundo de los vivos al propio tiempo. Semejante
al rústico de la fábula que, después de haber conseguido que se le
presentase el diablo a fuerza de invocaciones, quedó tan aterrorizado
al verle, que ni voz tuvo para hacer una pregunta al enemigo, así el
señor, después de tener el atrevimiento de rezar al revés la oración
del Padre Nuestro por espacio de varios años y de poner en juego los
sortilegios y ensalmos más potentes para despertar al demonio, no
bien llegó a entreverle, apresuróse a enseñarle sus nobles y linajudos
talones.
Habíase eclipsado el brillante cielo de la corte, convencido de
que sería el blanco obligado de la deshecha lluvia de balazos del
pueblo. Nunca fué santo de la devoción de éste, pues según malas
lenguas, Satanás le había inoculado su orgullo y Sardanápalo su lujo
y su molicie. La corte entera, desde su punto central y exclusivo
hasta todos los puntos podridos de su circunferencia de intrigas,
corrupciones y disimulo, había abandonado aquella atmósfera malsana.
También había desaparecido la realeza: sitiada en su palacio, quedó «en
suspenso» al llegar hasta ella las furiosas olas.
En el mes de agosto del año de mil setecientos noventa y dos, la casta
de los señores estaba dispersa por el mundo.
Como es natural, el cuartel general, el centro de reunión del señorío
en Londres era el Banco Tellson. Dicen que los espíritus rondan los
lugares donde yacen sepultados sus cuerpos, y conformándose a esta
ley, el señor sin un cuarto rondaba el lugar donde en tiempos mejores
estuvieron depositados sus _cuartos_. Además, el Banco Tellson era el
centro al que con más rapidez llegaban nuevas de Francia: llevaba su
generosidad hasta el punto de hacer adelantos a los que fueron sus
clientes en tiempos de prosperidad; guardaba en sus arcas inmensas
sumas depositadas por nobles que, más previsores que la generalidad,
vieron que se condensaba la tormenta y se adelantaron a los robos y a
las confiscaciones, y finalmente, cuantas personas llegaban de Francia,
principiaban por dejarse ver en el Banco Tellson, donde hacían historia
de los últimos sucesos. Por toda esta variedad de razones, era el Banco
Tellson por aquella época una especie de Palacio de la Bolsa por lo que
a asuntos o personas francesas se refiriera, circunstancia que conocía
tan perfectamente el público, y que daba lugar a tantas preguntas y
comisiones, que con frecuencia se hacían constar las noticias últimas
en cartelones que se colgaban de las ventanas del edificio, para que
pudieran leerlas cuantos pasaran frente al Tribunal del Temple.
Una tarde brumosa y de calor sofocante, Lorry y Carlos Darnay, sentados
frente a la mesa de trabajo del primero, conferenciaban en voz baja.
Faltaría sobre media hora para cerrar el establecimiento.
--Ya sé que es usted el hombre más joven que ha existido en el
mundo;--dijo Carlos Darnay con muestras de vacilación,--pero aun así,
perdone que le diga...
--Comprendo: que soy muy viejo, ¿verdad?--interrumpió Lorry.
--Tiempo inseguro, viaje largo, medios inciertos y país en estado
anárquico, amén de una ciudad que ni a usted puede ofrecer garantías.
--Mi querido Carlos--replicó Lorry con confianza,--las razones que
usted acaba de apuntar, lejos de desanimarme, lejos de conspirar contra
mi proyecto de hacer el viaje, conspiran para que lo haga. Nadie tendrá
el mal gusto de meterse con un viejo de casi ochenta años, cuando
puede hacerlo con tantos otros jóvenes, robustos, y más dignos de ese
honor que yo. Dice usted que se trata de una ciudad desorganizada, y
yo contesto que, si en ella reinase el orden, no sé por qué nuestra
casa de aquí había de enviar a nuestra casa de allá a uno que conoce
de antiguo la ciudad y los negocios de la ciudad, y posee además
la confianza de Tellson. En cuanto a los inconvenientes que puedan
originar la incertidumbre de los medios de locomoción, lo largo del
viaje y lo inseguro del tiempo, si yo no estuviera dispuesto a afrontar
todos esos inconvenientes en obsequio a la casa, después de haber
envejecido en ella, ¿quién lo estará?
--Desearía ir yo mismo--dijo Carlos, como quien piensa en voz alta.
--¡Hombre!--exclamó Lorry.--¡Voy viendo que es usted un asesor de
primera fuerza y un consejero que no tiene rival! ¿Conque usted mismo,
eh? Y nacido en Francia, ¿eh? ¡Buen consejo, amigo, buen consejo!
--Precisamente porque he nacido en Francia, mi querido señor Lorry,
ha cruzado y cruza con frecuencia por mi mente aquel pensamiento. Yo
encuentro muy natural que así piense el que conserva alguna simpatía
por aquel pueblo desdichado, el que le ha abandonado algo que era suyo,
y como consecuencia, cree que su voz sería escuchada, y que acaso
consiguiera contener un poquito el desorden. Anoche mismo, después que
usted se despidió de nosotros, estaba yo diciendo a Lucía...
--¡Estaba usted diciendo a Lucía!...--repitió Lorry.--¡Francamente!
¡Me admira que no se avergüence usted de pronunciar en este instante
el nombre de Lucía! ¡Canastos! ¡Nombrar a Lucía cuando desea irse a
Francia en estas circunstancias!
--¡No he ido todavía!--contestó Carlos sonriendo.--Más que por otra
cosa, hablo así a fin de contrarrestar el propósito que usted asegura
que ha formado de ir.
--Lo he formado, sí, Carlos: nada más cierto. Voy a hablarle con
franqueza, mi querido amigo. No puede usted figurarse siquiera las
dificultades con que tropiezan todos nuestros negocios, ni el peligro
que amenaza a nuestros libros y documentos de allá. Sólo Dios puede
saber las fatales consecuencias que para muchas personas entrañaría la
pérdida o destrucción de algunos de los documentos allí depositados,
y que corren peligro de perderse, peligro de ser destruídos, lo sabe
usted como yo, como lo sabe todo el mundo. ¡Quién puede decir si hoy
mismo habrá ardido París por los cuatro puntos cardinales, si será
mañana saqueado en regla! Ahora bien: únicamente yo puedo prevenir
los males, haciendo una selección prudente y escondiendo bajo tierra
o trasladando a lugar seguro los documentos en cuestión, y para ello,
precisa que no pierda ni un segundo de tiempo. ¿Puedo yo hacerme el
remolón cuando la casa sabe lo que acabo de decir, y cuando la casa lo
dice... la casa cuyo pan vengo comiendo desde hace sesenta años, la
casa en una de cuyas articulaciones me he introducido como cuña? ¡Quite
usted allá, hombre! ¿Ignora usted que soy un mozalbete, comparado con
muchos que presumen de jóvenes y no son otra cosa que vejestorios
caducos?
--¡Admiro la gallardía de su espíritu juvenil, señor Lorry!
--¡A callar! No olvide usted, mi querido Carlos, que sacar hoy el
objeto más insignificante de París, es punto menos que imposible. Hoy
mismo hemos recibido documentos preciosos--excuso recomendarle la
reserva más absoluta,--y los hemos recibido de manos de los portadores
más extraños que pueda usted imaginar, portadores cuyas cabezas pendían
de un cabello mientras cruzaban las Barreras. En otras ocasiones
circulaban nuestros paquetes de una a otra nación sin dificultad
alguna: hoy todo está paralizado.
--¿Y piensa usted emprender el viaje esta noche?
--Esta noche sin falta. Tal se han puesto los asuntos, que no se puede
perder segundo.
--¿No le acompaña nadie?
--Me han sido propuestas gentes de todas las clases y condiciones, pero
a nadie he dicho palabra. Pienso llevarme a Jeremías. Por espacio de
muchos años ha sido mi perro de presa, mi acompañante obligado a mis
salidas domingueras, y estoy acostumbrado a él. Nadie ha de ver en
Jeremías otra cosa que un _bull-dog_ inglés, incapaz de abrigar otros
designios que el de lanzarse sobre cualquiera que se atreva a tocar el
pelo de la ropa a su amo.
--Repito que admiro su gallardía de ánimo y sus arrestos.
--Y yo repito que dice usted una tontería, amigo Carlos. Una vez haya
dado fin a esta pequeña comisión, es posible que acepte la proposición
de Tellson de retirarme y vivir tranquilo. Entonces es cuando me
sobrará tiempo para pensar en que me voy haciendo viejo.
Había tenido lugar el diálogo que queda transcrito en el despacho
del señor Lorry, a una o dos varas de distancia de un enjambre de
señores, cuya conversación, bastante animada por cierto, versaba
sobre la venganza que muy en breve tomarían sobre el ruin populacho.
Realmente era inconcebible que los señores, en su calidad de emigrados,
y como tales, víctimas de infinidad de reveses, y la nativa ortodoxia
inglesa, hablasen de aquella Revolución terrible cual si fuera cosecha
de frutos no sembrados, cual si no hubiesen sido puestos todos los
medios humanos para producirla, cual si no hubieran visto y anunciado
con palabras clarísimas su llegada inevitable muchos observadores que
necesariamente habían de hacerse cargo de la miseria intolerable que
afligía a millones de hijos de Francia y del empleo desastroso que se
daba a los recursos que hubiesen podido hacerles prósperos y felices.
Difícilmente podía sufrir ningún hombre de alma sana y conocedor de
la verdad la serie de sandeces dichas con tono doctrinal, combinadas
con complots extravagantes para restaurar un estado de cosas gastado y
podrido hasta la médula. Las sandeces y las extravagancias, unidas a la
intranquilidad de ánimo en que Carlos Darnay se encontraba, traían a
éste impaciente y nervioso desde varios días antes, y la conversación
que estaba oyendo no hizo más que exacerbar su impaciencia.
Entre los habladores figuraba Stryver, hombre que había subido ya
varios escalones de la escalera de la gloria, y que estaba abocado a
subir muchos más aún, no siendo, por consiguiente, de extrañar que se
inclinara decididamente hacia la clase señorial. Hablaba en la ocasión
presente con gran ardor de la necesidad de acabar de una vez con el
pueblo, de exterminar sin piedad a la vil gentuza, de hacer desaparecer
de la tierra a la canalla, para conseguir lo cual preconizaba medios
que, en eficacia, allá se andaban con el de aquel sabio que, queriendo
suprimir para siempre las águilas, propuso que se les espolvoreasen
las colas con sal molida. Darnay escuchaba al abogado con profunda
aversión, con repugnancia. Hasta se le ocurrieron deseos de marcharse
para no oirle, y es más que probable que los hubiese llevado a la
práctica de no haber venido los mismos sucesos a indicarle el camino
que debía seguir.
La Casa acababa de acercarse a Lorry y, dejando sobre la mesa un pliego
cerrado y sumamente ajado, preguntóle si había encontrado rastros de
la persona a quien iba dirigido. La Casa dejó la carta tan cerca de
Darnay, que éste hubo de leer la dirección. Verdad es que no le costó
gran trabajo, pues precisamente el nombre escrito en el sobre era el
suyo. Decía así.
«Muy urgente. Al Señor Marqués de Saint-Evrémond de Francia. Confiada a
los señores Tellson y Compañía, Banqueros, Londres, Inglaterra.»
El doctor Manette, la mañana misma del matrimonio de su hija con
Carlos Darnay, exigió a éste que guardase inviolable el secreto de su
apellido, hasta tanto que el doctor le desligara de la obligación.
Nadie conocía su título, que hasta para su mujer era un secreto. En
cuanto a Lorry, ni remotamente podía sospecharlo.
--No--contestó Lorry a la Casa.--He preguntado a cuantas personas han
venido a esta casa, pero nadie ha sabido decirme dónde se encuentra ese
caballero.
Como había sonado la hora de cerrar el Banco, casi todos los amigos
de dar trabajo a la lengua se habían refugiado en el despacho de
Lorry. Este conservaba en sus manos la carta mirándola con perplejidad
manifiesta. También la miraba la casta señorial, pero con ira, con
ceño, cual si en vez de un pedazo de papel estuviera viendo un
refugiado indigno de la raza a que pertenecía. Este, aquél, el de más
allá, todos tenían algo que decir con contra del Marqués que no parecía
por parte alguna.
--Sobrino, si no estoy mal enterado... pero desde luego sucesor
degenerado de aquel ilustre y refinado Marqués que fué villanamente
asesinado--dijo uno.--Me cabe la fortuna de no haberle visto en mi vida.
--Un cobarde que abandonó su puesto hace algunos años--terció otro
señor, que había salido de París metido de cabeza en el centro de una
carretada de paja, con los pies en alto y medio asfixiado.
--Corrompido por las nuevas doctrinas--repuso un tercero,--se declaró
en oposición abierta contra el último Marqués, abandonó sus tierras no
bien las heredó, y las confió a un hato de rufianes. Espero que ellos
mismos le darán ahora el pago a que se ha hecho acreedor.
--¿Eso hizo?--gritó Stryver.--¿Tan canalla es ese hombre? Veamos...
veamos su infame apellido.
Darnay, cuya resistencia tocaba a su fin, tocó en un hombro a Stryver y
dijo:
--Yo conozco a ese señor.
--¡Por todos los diablos juntos!... ¿Usted le conoce? Lo siento en el
alma.
--¿Por qué?
--¿Pregunta usted por qué, Darnay? ¿Pero no ha oído usted lo que ha
hecho?
--Lo he oído, sí; pero pregunto a usted que por qué siente que yo le
conozca.
--En ese caso, repetiré a usted, señor Darnay, que siento que usted
conozca a ese hombre indigno, y que lamento que no se le alcance a
usted por qué lo siento. Me aflige sobremanera oir las preguntas
inconcebibles que usted hace. Nos hablan aquí de un sujeto corrompido
por la más pestilente e impía de las podredumbres, de un individuo el
más vil que jamás ha existido en el mundo, que abandona sus bienes a
la hez de a tierra, a los canallas cuyo credo es el asesinato y el
robo, ¿y me pregunta usted por qué lamento que un hombre que se dedica
a enseñar a la juventud le conozca? ¿Se empeña en saberlo? ¡Vaya, se
lo diré! Lo siento porque creo que miserables como el que nos ocupa
contagian a quien los conoce. Y lo sabe usted.
Darnay, conteniéndose a duras penas, contestó:
--Quizá no comprende usted al caballero a quien se refiere.
--Pero sé muy bien cómo poner a usted entre la espada y la pared,
y voy a hacerlo--gritó Stryver.--Si ese individuo es un caballero,
desde luego _no_ le comprendo; puede usted decírselo así de mi parte,
y darle de paso mis recuerdos. También puede añadirle de parte mía,
que después de abandonar a la gentuza los bienes patrimoniales, me
admira sobremanera que no se haya puesto a la cabeza de los ladrones
y asesinos... Pero no, caballeros, no; yo, que conozco un poquito el
natural humano, me atrevo a asegurarles que no encontrarán nunca a un
sujeto como ése que se confíe a los tiernos cuidados de sus humildes
_protegidos_. No, caballeros, no; si algo de su persona deja ver a
aquéllos, será, en todo caso, un par de talones, y aun éstos, sólo
durante el tiempo que tarde en poner tierra de por medio.
Dichas estas palabras, que merecieron la aprobación unánime de sus
oyentes, salió a la calle Fleet. Segundos después quedaban solos en el
despacho Lorry y Carlos Darnay.
--Puesto que usted conoce a la persona a quien la carta va
dirigida--dijo Lorry--¿quiere encargarse de hacerla llegar a sus manos?
--Con mucho gusto.
--¿Tendrá la bondad de explicarle que sin duda se la han dirigido aquí
porque creían que nosotros le conocíamos, y que, ignorando quién era y
dónde estaba, la carta está detenida desde hace algún tiempo?
--Así lo haré. ¿Cuándo sale usted para París?
--A las ocho salgo de aquí mismo.
--Yo volveré para despedirle.
Descontento consigo mismo, y más todavía con Stryver y con sus
compatriotas, Darnay salió del edificio del Banco y, no bien llegó a
una esquina donde creyó estar a cubierto de miradas indiscretas, abrió
la carta, que estaba concebida en los siguientes términos:
«Prisión de la Abadía, París.
»Junio, 21, 1792.»
»Señor Marqués:
»Después de correr durante largo tiempo peligro inminente de
dejar la vida en manos de los vecinos de la aldea, he sido preso,
sometido a mil violencias y atropellos, y al fin conducido a
París, cuyo largo viaje me han obligado a hacer a pie. Las
amarguras que en el camino he apurado no son para contarlas aquí;
y no es esto todo; mi casa ha sido destruída... arrasada hasta los
cimientos.
»El crimen de que me acusan, el que me tiene enterrado en la
cárcel, señor Marqués, el crimen por el que compareceré ante el
Tribunal y que me costará la cabeza (si usted no me presta su
generoso auxilio) es, según dicen ellos, el de traición contra la
majestad del pueblo, al que aseguran que he vendido para proteger
a un emigrado. En vano les he hecho presente que, lejos de obrar
contra ellos, he obrado en su favor, ateniéndome a instrucciones
suyas, señor Marqués; en vano he alegado que con anterioridad a la
confiscación de los bienes de los emigrados había yo condonado los
impuestos que el pueblo cesó de pagar, que no cobré las rentas, que
no recurrí a los tribunales. A todas mis representaciones contestan
que obré en favor de un emigrado, y yo me pregunto: ¿dónde está ese
emigrado?
»¡Ah, mi buen señor Marqués! ¿Dónde está ese emigrado? Yo pregunto
mientras duermo; ¿dónde está? Vuelvo mis ojos a los cielos, y les
pregunto; ¿vendrá a salvarme? No me contestan. ¡Ah, señor Marqués!
Envío mi grito de angustia a través de los mares, por si Dios
quiere que llegue a sus oídos por mediación del gran Banco Tellson,
tan conocido en París.
»Por el amor de Dios, por equidad, por justicia, por generosidad,
por el honor inmaculado de su noble apellido, señor Marqués, le
suplico que corra en mi auxilio y me libre de la muerte que me
amenaza. Mi único crimen es haber sido fiel a usted... ¡Oh señor
Marqués! Yo confío que usted corresponderá a mi fidelidad.
»Desde esta mazmorra donde todos los horrores tienen su asiento,
desde esta antesala de la muerte, envío a usted, señor Marqués, la
expresión de mi dolorosa lealtad, juntamente con el ofrecimiento de
mis desgraciados servicios.
»Su afligido servidor,
»GABELLE.»
La lectura de la carta que queda copiada infiltró en la intranquilidad
latente de Darnay un torrente vigoroso de vida. El peligro que se
cernía sobre la cabeza de un servidor antiguo, por cierto de los
mejores, que no había cometido más crimen que el de serle leal a él y
a su familia, fué para Darnay a manera de latigazo recibido en pleno
rostro. La vergüenza se le subió a la cara con fuerza tal, que mientras
caminaba al azar sin saber qué resolución adoptar, ni a mirar a los
transeuntes se atrevía.
Sabía muy bien que, arrastrado por el horror de la hazaña que puso
digno remate a las malas acciones y a la pésima reputación de su
rancia familia, impulsado por las sospechas que su tío le inspirara y
por la aversión con que su conciencia miraba la fábrica ruinosa que,
según los de su casta, estaba en el deber de sostener y robustecer,
había obrado de una manera imperfecta. Sabía muy bien que al ceder al
amor que profesaba a Lucía, al renunciar el puesto que en sociedad
le correspondía ocupar, se había precipitado, había procedido con
reprensible ligereza. Sabía muy bien que su resolución debió llevarla
a la práctica personalmente, como sabía que tuvo intención de hacerlo
así, y que, sin embargo, no lo hizo.
La dicha del hogar que en Londres se había creado, la necesidad de
hacer una vida activa, las continuas alteraciones de la época, tan
bruscas y tan rápidas que los planes no bien madurados la semana
anterior caían por tierra a la semana siguiente ante el impulso
arrollador de nuevos acontecimientos, fueron circunstancias de peso a
cuya fuerza cedió; lo sabía muy bien; pero tampoco se le ocultaba que,
si a la fuerza de las circunstancias cedió con repugnancia, no intentó
oponerles una resistencia continua y formal. Su conciencia le decía que
deseó obrar y que varias veces anduvo acechando la ocasión; pero le
añadía que otras tantas dejó pasar la oportunidad, mientras la nobleza
salía en tropel de Francia por todos los caminos y veredas, mientras
los bienes de aquella eran confiscados y destruídos, y hasta borrados
del libro de la vida los nombres de los hasta entonces mimados por la
fortuna.
Pero en cambio a nadie había oprimido, a nadie había llevado a la
cárcel. Lejos de haber atropellado a nadie para que le pagase sus
rentas, había abandonado libre y espontáneamente sus bienes, buscado
refugio en una nación extraña, y ganado en ella el pan que llevaba a
su boca con su propio esfuerzo. El señor Gabelle había administrado
un patrimonio empobrecido a tenor de instrucciones escritas que le
mandaban tratar bien al pueblo, darle lo poco que allí podía dársele...
leña para calentarse en invierno y algunos frutos que le ayudaran
a pasar el verano, que otra cosa no consentían los acreedores... y
seguramente habría aducido estos hechos en descargo suyo. Se trataba de
hechos públicos, de hechos que sin dificultad podían probarse; y si los
hechos en cuestión justificaban ante el pueblo al administrador, huelga
decir que eran patente de amigo del pueblo en favor de quien dictó las
órdenes a que aquél ajustó su conducta.
Estas consideraciones robustecieron la resolución de hacer el viaje a
París que Darnay había casi adoptado con anterioridad al recibo de la
carta de Gabelle.
Sí. Semejante al marino de la antigua leyenda, los vientos y las
corrientes habíanle arrastrado hasta colocar su nave dentro del radio
de influencia de la Montaña Imantada, y ésta le atraía cada vez
con fuerza más irresistible. Cuantos pensamientos germinaban en su
mente, le impelían, le empujaban hacia el centro de aquella atracción
terrible. Obedecieron sus impaciencias primeras al pensamiento de
que su desdichada patria, guiada por instrumentos malos, perseguía
objetivos malos y corría desbocada al abismo, mientras él, que acaso
hubiese podido imprimir mejor dirección a las ansias nacionales,
permanecía en Londres sin intervenir, sin intentar algo que pusiera
fin a la brutal efusión de sangre, algo que afianzase los derechos a
la piedad, a la humanidad, desconocidos a la sazón. Cuando ya en su
alma se agitaban esos remordimientos, vino a centuplicar su fuerza
la conducta del anciano Lorry, quien, dócil a la voz del deber, se
apresuraba a afrontar los riesgos tremendos que entrañaba un viaje
a Francia en aquellas circunstancias, y por si esto no bastaba,
vinieron los comentarios de los señores, comentarios que le hirieron
profundamente, y los de Stryver, mil veces más duros que los de
aquéllos. A todo ello había seguido la carta de Gabelle, la carta de
un prisionero inocente que, viniéndose al borde de la tumba, hacía un
llamamiento desesperado a su justicia, a su honor y a su apellido.
No tardó en resolverse; iría a París.