asomaban sus cabezas por las ventanas; más terrible todavía la de
los que, empuñando las armas más mortíferas de que podían disponer,
salían de las puertas de las casas y se desparramaban furiosos por
las calles; pero la de las mujeres, bastaba para helar la sangre del
hombre más impávido. Abandonando las ocupaciones domésticas impuestas
por su miseria, dejando en el desamparo, tendidos sobre el duro suelo
a sus viejos y a sus hijos, desnudos y pereciendo de hambre, salían a
la calle, suelto el cabello, atropellándose unas a otras, aullando como
fieras enloquecidas y obrando como tales.
--¡Muera Foulon, que me robó a mi hermana!
--¡Muera el villano Foulon, que robó a mi madre!
--¡Muera el canalla Foulon, que me robó a mi hija!
Otras, en grupos numerosos, penetraban entre las que lanzaban los
gritos anteriores y, golpeando con saña sus pechos y mesándose los
cabellos, vociferaban:
--¡Foulon vivo! ¡No debe vivir el que dijo al pueblo hambriento que
comiera hierba! ¡No puede vivir el demonio que me dijo que diera hierba
a mi madre cuando me faltase el pan! ¡No vivirá el monstruo que me dijo
que diera a chupar hierba, cuando mis pechos, secos por el hambre, no
pudieran proporcionarle la leche que para vivir necesitaba!
--¡Virgen Santa!--exclamaban otras.--¡Escúchame, hijo mío, desde el
otro mundo al que te llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame, padre mío,
muerto de hambre por su causa! ¡Por vuestros huesos, por vuestra alma,
juro dejaros vengados en la persona de Foulon!
--¡Maridos... dadnos la sangre de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos la
cabeza de Foulon! ¡Hermanos, dadnos el corazón de Foulon! ¡Patriotas
mozos, dadnos el cuerpo y el alma de Foulon, haced pedazos el cadáver
miserable de Foulon, enterradlo, para que abone la tierra y crezca
sobre sus restos la hierba que nos aconsejaba que comiéramos!
Estos y otros gritos no menos espantosos excitaban hasta el frenesí a
no pocas mujeres que, después de correr con furia insana, de aullar
como fieras y de golpear y arañar a sus mismos amigos, rodaban por
el suelo con los ojos fuera de las cuencas y espumeantes las bocas.
Gracias a que sus parientes o amigos las alzaban, no morían aplastadas
bajo los miles de patas de las fieras.
No se perdió un momento. Foulon estaba en el _Hôtel de Ville_ donde
acaso le pusieran en libertad... ¿Toleraría San Antonio semejante
burla? ¡Jamás, si no había perdido la noción de su dignidad, la
memoria de sus sufrimientos, de sus insultos, de sus injusticias! Río
desbordado de hombres armados y de mujeres desgreñadas rebasó bien
pronto el lecho del distrito arrastrando consigo a toda criatura humana
criada a los secos pechos de San Antonio, con excepción solamente de
algunos viejos decrépitos y de unos cuantos niños incapaces de andar.
Ya han penetrado las turbas en la sala donde toman declaración al
viejo, que habrá sido tal vez un desalmado, pero que en en aquellos
instantes era digno de compasión. En lugar preferente, en primera fila,
a poca distancia del preso, se hallan los Defarges, marido y mujer, La
Venganza y Santiago Tercero.
--¡Miradle!--grita la tabernera, señalándole con la punta del
cuchillo.--¡Ahí tenéis al viejo villano amarrado con cuerdas! ¡No
estaría de más atarle un haz de hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja!
¡Es lo mejor que podemos hacer... obligarle a comer hierba!
La tabernera colocó su cuchillo bajo el brazo y se aplaudió a sí misma.
Como las gentes que estaban colocadas de espaldas de la señora Defarge
se apresuraron a explicar a los que les seguían la causa de la
satisfacción de aquélla, y la explicación cundió de oído en oído como
reguero de pólvora, pronto sonaron aplausos ensordecedores en la sala,
en la calle y en las plazas inmediatas. De la misma manera, todas las
expresiones de impaciencia pronunciadas por la señora Defarge durante
dos o tres horas, fueron transmitidas con rapidez pasmosa a gran
distancia. No es de admirar: hombres dotados de agilidad excepcional
treparon por la fachada del edificio, aprovechando los adornos
arquitectónicos que la cubrían, hasta encaramarse a los alféizares
de las ventanas, desde donde veían y oían perfectamente a la señora
Defarge y hacían oficio de telégrafo entre aquélla y el pueblo que
rugía fuera.
El sol subió tanto, que al fin lanzó sobre la cabeza del viejo un
rayo alegre de confianza o de protección. Nubes de polvo se alzaron
a lo lejos; ruido de furioso galopar de caballos trajo el aire entre
sus ondas; pero San Antonio estaba despierto, San Antonio velaba, y
sus ojos perspicaces vieron las nubes de polvo, y sus oídos delicados
oyeron el retumbar de los cascos de los caballos.
Defarge salvó de un salto la balaustrada y la mesa, y estrechó en
mortal abrazo al desventurado viejo. Siguió la tabernera como esposa
fiel a su marido, y agarró una de las cuerdas que agarrotaban al
preso. Antes que La Venganza y Santiago Tercero tuvieran tiempo para
reunírseles, antes que los hombres encaramados en las ventanas pudieran
saltar a la sala, la ciudad entera parecía gritar con cientos de miles
de bocas:
--¡Es nuestro...! ¡Al farol!
Derribado en tierra y vuelto a levantar, obligado a bajar arrastrando
aquella escalera fatal, unas veces de cabeza, otras de rodillas, ora
de bruces y ora de espaldas, brutalmente golpeado y herido, sofocado a
consecuencia de los manojos de hierba y de paja que cientos de manos
introducían violentamente en su boca, destrozado, molido, perdiendo
la sangre a chorros, el desdichado no cesaba un instante de pedir
compasión. Sus agonías aumentaron cuando las fieras más inmediatas
a su persona se separaron para que nadie se privara del placer de
contemplarle, y llegaron al último límite al ver que le ataban por los
pies a un tronco y le llevaban a la esquina inmediata, donde había un
farol. Allí le soltó la señora Defarge, semejante al gato que juega con
un ratoncillo, y le miró con calma espantosa y sin despegar los labios,
mientras los hombres ultimaban los preparativos, sin que las súplicas
que el infeliz le dirigía hicieran mella en su pecho. Izáronle, y se
rompió la cuerda... Dos veces ocurrió lo mismo, hasta que al fin,
una cuerda, más compasiva que los hombres, resistió y puso fin a sus
padecimientos. San Antonio bailaba momentos después en derredor de una
cabeza, clavada en una pica, de cuya boca salían manojos de hierba y de
paja.
No terminó allí la jornada. Tanto gritó San Antonio, tanto bailó, que
su sangre ardiente se encendió de nuevo a la caída de la tarde, al
saber que un yerno del viejo caído bajo sus iras, otro de los enemigos
y ofensores del pueblo, llegaba a París con una escolta de quinientos
hombres montados. San Antonio escribió la relación de sus crímenes en
hojas de papel tinto en sangre, acometió a la escolta... y minutos
después recorría las calles alegre procesión llevando clavados en picas
los trofeos de la jornada: ¡dos cabezas y un corazón!
Hasta que cerró la noche no pensaron aquellos hombres y aquellas
mujeres en los viejos o en los niños que dejaran en sus casas
abandonados y sin pan. Las míseras panaderías se vieron sitiadas por
interminables filas de personas que aguardaban les llegase el turno
para comprar un mísero mendrugo de mal pan, y mientras esperaban con
los estómagos vacíos, festejaban sus triunfos abrazándose unos a otros
y charlando sin cesar. Gradualmente fueron acortándose las filas, que
al fin desaparecieron: entonces brillaron algunas luces mortecinas
en el interior de las casas y se encendieron en las calles algunas
hogueras donde los más miserables guisaban en común la gazofia que
luego comían en sus hogares respectivos.
Aquellas cenas eran pobres e insuficientes, puras de carne y limpias
de salsas y de condimento, y, sin embargo, los ojos de los que
comían viandas tan poco apetitosas dejaban escapar destellos de
alegría. Padres y madres que habían tomado parte activa en la jornada
jugueteaban alegres con sus macilentos hijos, y los enamorados, no
obstante la cerrazón del cielo, amaban y esperaban.
Estaba muy próximo el día cuando se retiraron los parroquianos de la
taberna de Defarge, quien, mientras cerraba la puerta, dijo a su mujer:
--Al fin llegó, querida.
--Sí... casi--replicó la señora.
Durmió San Antonio, durmió Defarge, hasta La Venganza durmió junto a su
famélico tendero, y durmieron también los tambores. Eran éstos la única
voz de San Antonio que no cambiaba, que siempre sonaba lo mismo. Si La
Venganza, a cuyo cargo estaban, los hubiera despertado, bien seguro es
que hubiesen pronunciado el mismo discurso que pronunciaron cuando cayó
la Bastilla, el mismo que pronunciaron cuando fué decapitado Foulon.
XXIII
EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO.
Han sobrevenido cambios importantes en la aldea de la cual salía todos
los días el peón caminero para arrancar a las piedras que cubrían los
caminos el mendrugo de pan que mantenía su alma ignorante ligada a su
enflaquecido cuerpo. La prisión del tajo no era ya tan formidable como
antes. La guardaban soldados, pero pocos en número; guardaban oficiales
a los soldados, pero ignoraban qué harían los soldados, pues si algo
sabían, era... que se guardarían muy bien de hacer lo que ellos les
ordenasen.
Todo el territorio que alcanzaba la vista era una estepa desolada. La
hierba que cubría los caminos y los campos, las plantas que en éstos
germinaban, eran tan pobres y raquíticas como el mismo pueblo. Plantas
dobladas, derribadas, aplastadas... hombres de espaldas encorvadas,
hombres descorazonados, oprimidos... la miseria en las habitaciones,
la miseria en las cercas de las huertas, la miseria en los animales
domésticos, la miseria en los hombres, en las mujeres, en los niños, la
miseria en el suelo sobre el cual todos asentaban sus pies.
El señor, casi siempre caballero dignísimo considerado como individuo,
era una bendición nacional, daba tono a las cosas, constituía por sí
solo un ejemplo elocuente de vida brillante y fastuosa; pero el señor,
considerado como institución, como clase, había creado aquel estado
deplorable de cosas. ¡Extraño fenómeno que el mundo, sacado de la nada
para gusto y regalo del señor, quedara tan pronto exprimido y sin una
gota de jugo! Y, sin embargo, así era. El señor, no encontrando ya
una gota de sangre que chupar, no viendo nada en que poder morder,
comenzaba a dar la espalda a un fenómeno tan bajo como inexplicable.
Pero no estribaban precisamente en eso los cambios importantes
sobrevenidos en la aldea y en muchas otras aldeas parecidas. Docenas
de años atrás el señor estrujaba y exprimía al pueblo sin que se le
ocurriera honrarle con su graciosa presencia más que muy contadas
veces, y aun éstas, para entregarse a los placeres de la caza...
fuera ésta de hombres, fuera de animales. No. Consistía el cambio
en la aparición de caras de baja estofa más que en la desaparición
de las caras de la clase alta. Por el tiempo a que nos referimos,
cuando el solitario peón caminero trabajaba revolviendo la tierra, sin
ocurrírsele pensar que era polvo y que en polvo había de convertirse,
pues casi sus pensamientos giraban siempre sobre lo poco que para
cenar encontraría en su casa, y lo mucho que comería si lo tuviese,
en aquellos tiempos, si levantaba los ojos del suelo y los tendía a lo
largo del camino, no era imposible que tropezaran con hombres de rudo
aspecto, muy raros antes en aquellos lugares y muy frecuentes ahora.
A medida que aquéllos se aproximaban al caminero, veía éste que se
trataba por regla general de individuos de ásperas cerdas y aspecto
casi bárbaro, altos, calzados con zuecos, de mirar feroz, cubiertos de
barro y de polvo, como quien ha pisado muchos caminos.
Uno de estos ejemplares se apareció de improviso al caminero, un día
del mes de julio a eso de las doce, mientras se encontraba sentado
al abrigo de una pared, para resguardarse del granizo que las nubes
enviaban en abundancia.
El desconocido le miró, paseó a continuación sus ojos por la aldea que
dormía en la hondonada, por el molino y por la prisión que se alzaba
sobre el tajo, y cuando hubo identificado todos aquellos objetos,
preguntó, en dialecto que apenas era inteligible:
--¿Qué tal, Santiago?
--Muy bien, Santiago.
--¡Chócala!
Los dos interlocutores cambiaron un apretón de manos.
--¿No hay comida?
--Cena nada más--respondió el caminero con cara de hambre.
--Es la moda--gruñó el desconocido.--No encuentro a nadie que coma.
Seguidamente sacó una pipa ennegrecida, la cargó y encendió, y a
continuación, dejó caer sobre ella algo que tenía entre los dedos
pulgar e índice. De la pipa brotó una llamarada y una nubecilla de humo.
--¡Chócala!--exclamó el peón caminero, después de observar con mirada
atenta las operaciones referidas.
Los interlocutores cambiaron el segundo apretón de manos.
--¿Esta noche?--preguntó el caminero.
--Esta noche--contestó el desconocido, llevando la pipa a la boca.
--¿Dónde?
--Aquí.
Ambos permanecieron sentados sobre el montón de piedras, mirándose el
uno al otro, hasta que cesó de granizar y se aclaró el cielo.
--Instrúyeme--dijo entonces el viandante, dirigiéndose a la cresta de
la colina.
--Mira--contestó el caminero, con el brazo extendido,--baja a la
hondonada, entrarás por la calle, pasarás la fuente...
--¡Al diablo la calle y la fuente!--exclamó el desconocido con
impaciencia.--Ni quiero entrar en calle alguna ni pasar junto a fuentes.
--Sobre dos leguas más allá de la cumbre de la loma que se alza sobre
la aldea.
--Corriente. ¿Cuándo dejas el trabajo?
--A puestas de sol.
--¿Querrás despertarme antes de irte? Dos noches con sus días hace que
viajo sin descansar ni dormir. Acabaré de fumar esta pipa y dormiré
como un bienaventurado... ¿Me despertarás?
--Con mucho gusto.
El viandante fumó su pipa, la guardó en el pecho, se quitó los zuecos
y se tendió boca arriba sobre el montón de piedras. Segundos después
dormía profundamente.
Extraña fascinación ejercía el bulto del viajero tendido sobre el
montón de piedras sobre el peón caminero, cuyo gorro ya no era azul,
como antaño, sino rojo. Entregado a su ruda tarea, con tal frecuencia
volvía hacia el durmiente sus ojos, que puede decirse que manejaba
sus herramientas de una manera mecánica y con escasos resultados. La
faz bronceada, la revuelta cabellera negra y espesa barba del mismo
color, el gorro rojo hecho de lana burda, el traje de paño tosco, la
constitución robusta ligeramente atenuada por las privaciones y la
compresión rígida y violenta de los labios del viandante, llenaban
de temor al caminero. Grandes distancias debía haber recorrido el
desconocido, a juzgar por sus pies llagados y sus tobillos escoriados
y sangrando. El caminero intentó ver si el dormido llevaba o no armas,
pero en vano, pues se lo impedían los brazos del durmiente, cruzados
sobre el pecho. Plazas fuertes, recintos murados, fosos profundos,
puentes levadizos debían ser obstáculos de poca monta para hombres como
aquél; y cuando el caminero, separando de él los ojos, los alzó y paseó
en torno suyo, creyó ver con los de la imaginación hombres parecidos
que, ciegos a los obstáculos, corrían decididos desde la periferia
hacia el centro de Francia.
El desconocido continuaba durmiendo, indiferente a las granizadas que
de tanto en tanto caían, indiferente a los besos del sol ardiente e
indiferente a las sombras. No despertó, no se movió hasta que, puesto
el astro del día, el caminero le despertó, después de reunir todas sus
herramientas para emprender el regreso a la aldea.
--Muy bien--dijo el desconocido incorporándose.--¿Dices que dos leguas
más allá de la cresta de la colina que domina a la aldea?
--Poco más o menos.
--Poco más o menos... Está bien.
Volvió el caminero a su casa, siguiendo a la nube de polvo que
levantaban sus pies y empujaba el viento que soplaba por sus espaldas,
y no tardó en encontrarse junto a la fuente entre apretados rebaños
de vacas flacas llevadas allí para beber. No se recogió la aldea
en sus pobres camas, como de ordinario, después de engullirse sus
míseras cenas, sino que se echó a la calle y en ella permaneció. Todos
hablaban en voz muy baja, cual si murmurar al oído se hubiese puesto
en moda, y todos tenían clavados los ojos en el horizonte, siendo lo
más curioso del caso que todos miraban en la misma dirección. Comenzó
a sentir extrañas inquietudes el señor Gabelle, autoridad primera de
la aldea, quien después de subir al terrado de su casa y mirar desde
allí hacia el punto del horizonte que tanta fascinación parecía ejercer
sobre los tranquilos habitantes de la aldea, y de examinar parapetado
detrás de la chimenea las caras sombrías de los que en rededor de la
fuente estaban congregados, envió a decir al sacristán, encargado de la
custodia de las llaves de la iglesia, que quizá aquella noche hubiese
necesidad de repicar la campana de alarma.
Cerró la noche, negra, tétrica, siniestra. Las copas de los árboles
gigantes que rodeaban al castillo se balanceaban al soplo del viento
y semejaban prodigiosas mazas manejadas por titanes invisibles contra
la ingente masa de piedra. El agua caía a torrentes. Las dos escaleras
monumentales que se encontraban en la terraza parecían torrentes
desbordados cuyo turbulento caudal chocaba con estruendo contra la
puerta principal, semejante a rápido mensajero que intenta despertar
a los que duermen dentro. El vendaval penetraba por las espaciosas
galerías, azotaba las lanzas, espadas, cuchillos y picas que decoraban
sus paredes, y, subiendo por la escalera, agitaba las cortinas del
lecho sobre el cual había reposado el último Marqués. Bultos confusos,
procedentes de Oriente y de Poniente, del Septentrión y del Mediodía,
hollaban la crecida hierba del bosque y avanzaban cautelosos hacia el
patio del castillo, donde se reunían. Brotaron cuatro luces que se
movieron en direcciones opuestas, y todo volvió a quedar negro segundos
después.
La obscuridad duró poco. El castillo comenzó a brillar con luz propia,
cual si fuerzas sobrenaturales le hubiesen de pronto convertido en
castillo luminoso. Por detrás de la robusta fachada corrían regueros
encendidos que no tardaban en manifestarse por cuantos sitios
transparentes ofrecía aquélla y en poner de relieve la situación y
forma de las balaustradas, de los arcos y de las ventanas. Subían...
subían más altas las llamas, y la inmensa hoguera adquiría por momentos
mayor extensión y brillantez. No tardaron en brotar chorros de fuego
por veinte grandes ventanas a la vez, y en despertar a los centinelas
de piedra, de cuyos rostros desapareció la impasibilidad para ser
substituída por el asombro.
En la casa aneja al castillo ensillan a toda prisa un caballo, que
parte a galope tendido hendiendo las tinieblas de la noche y no tarda
en llegar, cubierto de espuma, a la plaza de la aldea, haciendo alto
frente a la puerta de la casa del señor Gabelle.
--¡Auxilio, Gabelle... auxilio, todos!--grita el asustado jinete.
Toca a rebato la campana de alarma, pero fuera de este auxilio, dado
caso que lo fuera, el jinete no recibe ninguno. Cruzados de brazos
junto a la fuente contemplando la inmensa hoguera proyectada contra el
cielo está el peón caminero entre un grupo de unos doscientos cincuenta
amigos particulares suyos.
--Se elevan a unos cuarenta pies de altura--es el único comentario que
hacen, pero nadie se mueve.
El mensajero del castillo hunde las espuelas en los ijares del caballo
cubierto de espuma y desaparece entre las sombras. A galope tendido,
y con peligro grave de romperse la cabeza, sube el áspero repecho que
conduce a la fortaleza-prisión del tajo. Un grupo de oficiales, de pie
junto a la puerta, contempla el pavoroso incendio; a poca distancia de
aquéllos, hay otro grupo más numeroso de soldados.
--¡Auxilio, caballeros oficiales! ¡El castillo arde! Dentro de sus
muros hay objetos de muchísimo valor, que podrían salvarse del furor de
las llamas... ¡Todavía es tiempo...! ¡Auxilio... auxilio!
Los oficiales miran a los soldados, y éstos mantienen sus ojos clavados
en el incendio. No dan orden alguna; antes al contrario; encogiéndose
de hombros, exclaman:
--¡Que arda!
Desciende nuevamente el jinete, atraviesa la calle de la aldea, y ve
con asombro que todas las casas están iluminadas. ¿Cómo se hizo el
milagro? De la manera más sencilla. El peón caminero y los doscientos
cincuenta amigos particulares suyos tuvieron el capricho de iluminar
sus casas. Como carecen de antorchas, las piden en forma bastante
perentoria al señor Gabelle. El funcionario muestra vacilaciones,
resistencias, y en su vista, el caminero, tan sumiso en otro tiempo
a la autoridad de aquél, insinúa a sus doscientos cincuenta amigos
particulares que los coches, convenientemente hechos astillas,
proporcionan excelentes antorchas, y que los caballos de las sillas de
posta están pidiendo a gritos que los tuesten.
El castillo queda abandonado a las iras del elemento destructor.
Encendidos huracanes, nacidos sin duda en las regiones infernales,
coadyuvan a la obra, avivando las bramadoras llamas y sacudiendo el
robusto edificio. Las caras de piedra de los eternos centinelas se
retuercen entre cascadas de chispas y mares encendidos. Al caer con
estruendo masas enormes de piedra revueltas con vigas gigantescas, el
rostro de piedra que presenta dos mellas en la nariz adquiere expresión
decididamente siniestra. Todo el mundo le hubiera tomado por la cara
del cruel Marqués que, amarrado a la pira, lucha desesperado contra el
fuego.
Ardía el castillo. Los árboles más cercanos, alcanzados por el fuego,
se retorcían, doblaban y arrugaban; otros más distantes, encendidos
por los cuatro terribles bultos, enviaban a la mole ardiente mares de
negro humo. En las entrañas del mármol de la fuente hervían plomo y
hierro derretido; el agua había dejado de correr, y las agujas de las
torres, cual si fueran de hielo, se fundían bajo la acción del calor.
Bandas de asustados pájaros revoloteaban aturdidos y concluían por caer
en medio del horno, y mientras tanto, los cuatro bultos se alejaban,
guiados por los resplandores que ellos habían creado, en dirección a su
nuevo destino. La aldea se apoderó de la campana de alarma, y aboliendo
de una vez la significación de sus tañidos, la obligó a festejar su
alegría.
Y no paró aquí la cosa: la aldea, cuya mollera parece había despejado
de improviso el hambre, las llamas y las voces de la campana de alarma,
que ya lo era de alegría, sospechando que el señor Gabelle pudiera
tener algo que ver con el cobro de las rentas y de los impuestos,
aunque a decir verdad, ningún impuesto había cobrado el buen Gabelle en
los días anteriores, y sí únicamente algunas rentas atrasadas, deseó
celebrar con aquél una entrevista, y al efecto, cercó su casa y le
invitó a salir a la calle, donde podrían conferenciar personalmente.
El señor Gabelle contestó atrancando sólidamente la puerta de su
casa, y retirándose a la habitación más escondida, a fin de celebrar
la conferencia consigo mismo. El resultado de esta conferencia
unipersonal, fué que el buen Gabelle subió de nuevo al tejado de su
casa y se escondió detrás de las chimeneas, resuelto, dado caso que los
habitantes de la aldea derribasen la puerta de entrada, a arrojarse de
cabeza desde el tejado a la calle a fin de aplastar bajo el peso de su
cuerpo a uno o dos de los que con tanto ahinco deseaban conferenciar
con él. No nos admire su decisión: Gabelle era un meridional de
carácter vengativo.
Es más que probable que la noche se le antojase eterna al señor
Gabelle, pues en realidad no resulta muy agradable pasársela sobre el
tejado, contemplando a lo lejos los siniestros fulgores de un castillo
ardiendo, escuchando los porrazos que un pueblo enfurecido descarga
contra la puerta de su casa, y sobre todo, viendo pendiente de su
poste un farol, que el pueblo miraba de tanto en tanto con ganas de
substituirlo con otro objeto, que muy bien pudiera ser su cuerpo.
Triste es, en efecto, pasarse toda una noche de verano sobre el alero
de un tejado, contemplando a sus pies un océano de revueltas olas
negras, y decidido a arrojarse de cabeza en su centro; pero al fin
hizo su aparición una aurora risueña, se apagaron las luminarias, el
pueblo se dispersó, y el señor Gabelle pudo salir con vida del trance.