Terrible era la expresión de los hombres que, sedientos de sangre,

asomaban sus cabezas por las ventanas; más terrible todavía la de

los que, empuñando las armas más mortíferas de que podían disponer,

salían de las puertas de las casas y se desparramaban furiosos por

las calles; pero la de las mujeres, bastaba para helar la sangre del

hombre más impávido. Abandonando las ocupaciones domésticas impuestas

por su miseria, dejando en el desamparo, tendidos sobre el duro suelo

a sus viejos y a sus hijos, desnudos y pereciendo de hambre, salían a

la calle, suelto el cabello, atropellándose unas a otras, aullando como

fieras enloquecidas y obrando como tales.

--¡Muera Foulon, que me robó a mi hermana!

--¡Muera el villano Foulon, que robó a mi madre!

--¡Muera el canalla Foulon, que me robó a mi hija!

Otras, en grupos numerosos, penetraban entre las que lanzaban los

gritos anteriores y, golpeando con saña sus pechos y mesándose los

cabellos, vociferaban:

--¡Foulon vivo! ¡No debe vivir el que dijo al pueblo hambriento que

comiera hierba! ¡No puede vivir el demonio que me dijo que diera hierba

a mi madre cuando me faltase el pan! ¡No vivirá el monstruo que me dijo

que diera a chupar hierba, cuando mis pechos, secos por el hambre, no

pudieran proporcionarle la leche que para vivir necesitaba!

--¡Virgen Santa!--exclamaban otras.--¡Escúchame, hijo mío, desde el

otro mundo al que te llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame, padre mío,

muerto de hambre por su causa! ¡Por vuestros huesos, por vuestra alma,

juro dejaros vengados en la persona de Foulon!

--¡Maridos... dadnos la sangre de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos la

cabeza de Foulon! ¡Hermanos, dadnos el corazón de Foulon! ¡Patriotas

mozos, dadnos el cuerpo y el alma de Foulon, haced pedazos el cadáver

miserable de Foulon, enterradlo, para que abone la tierra y crezca

sobre sus restos la hierba que nos aconsejaba que comiéramos!

Estos y otros gritos no menos espantosos excitaban hasta el frenesí a

no pocas mujeres que, después de correr con furia insana, de aullar

como fieras y de golpear y arañar a sus mismos amigos, rodaban por

el suelo con los ojos fuera de las cuencas y espumeantes las bocas.

Gracias a que sus parientes o amigos las alzaban, no morían aplastadas

bajo los miles de patas de las fieras.

No se perdió un momento. Foulon estaba en el _Hôtel de Ville_ donde

acaso le pusieran en libertad... ¿Toleraría San Antonio semejante

burla? ¡Jamás, si no había perdido la noción de su dignidad, la

memoria de sus sufrimientos, de sus insultos, de sus injusticias! Río

desbordado de hombres armados y de mujeres desgreñadas rebasó bien

pronto el lecho del distrito arrastrando consigo a toda criatura humana

criada a los secos pechos de San Antonio, con excepción solamente de

algunos viejos decrépitos y de unos cuantos niños incapaces de andar.

Ya han penetrado las turbas en la sala donde toman declaración al

viejo, que habrá sido tal vez un desalmado, pero que en en aquellos

instantes era digno de compasión. En lugar preferente, en primera fila,

a poca distancia del preso, se hallan los Defarges, marido y mujer, La

Venganza y Santiago Tercero.

--¡Miradle!--grita la tabernera, señalándole con la punta del

cuchillo.--¡Ahí tenéis al viejo villano amarrado con cuerdas! ¡No

estaría de más atarle un haz de hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja!

¡Es lo mejor que podemos hacer... obligarle a comer hierba!

La tabernera colocó su cuchillo bajo el brazo y se aplaudió a sí misma.

Como las gentes que estaban colocadas de espaldas de la señora Defarge

se apresuraron a explicar a los que les seguían la causa de la

satisfacción de aquélla, y la explicación cundió de oído en oído como

reguero de pólvora, pronto sonaron aplausos ensordecedores en la sala,

en la calle y en las plazas inmediatas. De la misma manera, todas las

expresiones de impaciencia pronunciadas por la señora Defarge durante

dos o tres horas, fueron transmitidas con rapidez pasmosa a gran

distancia. No es de admirar: hombres dotados de agilidad excepcional

treparon por la fachada del edificio, aprovechando los adornos

arquitectónicos que la cubrían, hasta encaramarse a los alféizares

de las ventanas, desde donde veían y oían perfectamente a la señora

Defarge y hacían oficio de telégrafo entre aquélla y el pueblo que

rugía fuera.

El sol subió tanto, que al fin lanzó sobre la cabeza del viejo un

rayo alegre de confianza o de protección. Nubes de polvo se alzaron

a lo lejos; ruido de furioso galopar de caballos trajo el aire entre

sus ondas; pero San Antonio estaba despierto, San Antonio velaba, y

sus ojos perspicaces vieron las nubes de polvo, y sus oídos delicados

oyeron el retumbar de los cascos de los caballos.

Defarge salvó de un salto la balaustrada y la mesa, y estrechó en

mortal abrazo al desventurado viejo. Siguió la tabernera como esposa

fiel a su marido, y agarró una de las cuerdas que agarrotaban al

preso. Antes que La Venganza y Santiago Tercero tuvieran tiempo para

reunírseles, antes que los hombres encaramados en las ventanas pudieran

saltar a la sala, la ciudad entera parecía gritar con cientos de miles

de bocas:

--¡Es nuestro...! ¡Al farol!

Derribado en tierra y vuelto a levantar, obligado a bajar arrastrando

aquella escalera fatal, unas veces de cabeza, otras de rodillas, ora

de bruces y ora de espaldas, brutalmente golpeado y herido, sofocado a

consecuencia de los manojos de hierba y de paja que cientos de manos

introducían violentamente en su boca, destrozado, molido, perdiendo

la sangre a chorros, el desdichado no cesaba un instante de pedir

compasión. Sus agonías aumentaron cuando las fieras más inmediatas

a su persona se separaron para que nadie se privara del placer de

contemplarle, y llegaron al último límite al ver que le ataban por los

pies a un tronco y le llevaban a la esquina inmediata, donde había un

farol. Allí le soltó la señora Defarge, semejante al gato que juega con

un ratoncillo, y le miró con calma espantosa y sin despegar los labios,

mientras los hombres ultimaban los preparativos, sin que las súplicas

que el infeliz le dirigía hicieran mella en su pecho. Izáronle, y se

rompió la cuerda... Dos veces ocurrió lo mismo, hasta que al fin,

una cuerda, más compasiva que los hombres, resistió y puso fin a sus

padecimientos. San Antonio bailaba momentos después en derredor de una

cabeza, clavada en una pica, de cuya boca salían manojos de hierba y de

paja.

No terminó allí la jornada. Tanto gritó San Antonio, tanto bailó, que

su sangre ardiente se encendió de nuevo a la caída de la tarde, al

saber que un yerno del viejo caído bajo sus iras, otro de los enemigos

y ofensores del pueblo, llegaba a París con una escolta de quinientos

hombres montados. San Antonio escribió la relación de sus crímenes en

hojas de papel tinto en sangre, acometió a la escolta... y minutos

después recorría las calles alegre procesión llevando clavados en picas

los trofeos de la jornada: ¡dos cabezas y un corazón!

Hasta que cerró la noche no pensaron aquellos hombres y aquellas

mujeres en los viejos o en los niños que dejaran en sus casas

abandonados y sin pan. Las míseras panaderías se vieron sitiadas por

interminables filas de personas que aguardaban les llegase el turno

para comprar un mísero mendrugo de mal pan, y mientras esperaban con

los estómagos vacíos, festejaban sus triunfos abrazándose unos a otros

y charlando sin cesar. Gradualmente fueron acortándose las filas, que

al fin desaparecieron: entonces brillaron algunas luces mortecinas

en el interior de las casas y se encendieron en las calles algunas

hogueras donde los más miserables guisaban en común la gazofia que

luego comían en sus hogares respectivos.

Aquellas cenas eran pobres e insuficientes, puras de carne y limpias

de salsas y de condimento, y, sin embargo, los ojos de los que

comían viandas tan poco apetitosas dejaban escapar destellos de

alegría. Padres y madres que habían tomado parte activa en la jornada

jugueteaban alegres con sus macilentos hijos, y los enamorados, no

obstante la cerrazón del cielo, amaban y esperaban.

Estaba muy próximo el día cuando se retiraron los parroquianos de la

taberna de Defarge, quien, mientras cerraba la puerta, dijo a su mujer:

--Al fin llegó, querida.

--Sí... casi--replicó la señora.

Durmió San Antonio, durmió Defarge, hasta La Venganza durmió junto a su

famélico tendero, y durmieron también los tambores. Eran éstos la única

voz de San Antonio que no cambiaba, que siempre sonaba lo mismo. Si La

Venganza, a cuyo cargo estaban, los hubiera despertado, bien seguro es

que hubiesen pronunciado el mismo discurso que pronunciaron cuando cayó

la Bastilla, el mismo que pronunciaron cuando fué decapitado Foulon.

XXIII

EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO.

Han sobrevenido cambios importantes en la aldea de la cual salía todos

los días el peón caminero para arrancar a las piedras que cubrían los

caminos el mendrugo de pan que mantenía su alma ignorante ligada a su

enflaquecido cuerpo. La prisión del tajo no era ya tan formidable como

antes. La guardaban soldados, pero pocos en número; guardaban oficiales

a los soldados, pero ignoraban qué harían los soldados, pues si algo

sabían, era... que se guardarían muy bien de hacer lo que ellos les

ordenasen.

Todo el territorio que alcanzaba la vista era una estepa desolada. La

hierba que cubría los caminos y los campos, las plantas que en éstos

germinaban, eran tan pobres y raquíticas como el mismo pueblo. Plantas

dobladas, derribadas, aplastadas... hombres de espaldas encorvadas,

hombres descorazonados, oprimidos... la miseria en las habitaciones,

la miseria en las cercas de las huertas, la miseria en los animales

domésticos, la miseria en los hombres, en las mujeres, en los niños, la

miseria en el suelo sobre el cual todos asentaban sus pies.

El señor, casi siempre caballero dignísimo considerado como individuo,

era una bendición nacional, daba tono a las cosas, constituía por sí

solo un ejemplo elocuente de vida brillante y fastuosa; pero el señor,

considerado como institución, como clase, había creado aquel estado

deplorable de cosas. ¡Extraño fenómeno que el mundo, sacado de la nada

para gusto y regalo del señor, quedara tan pronto exprimido y sin una

gota de jugo! Y, sin embargo, así era. El señor, no encontrando ya

una gota de sangre que chupar, no viendo nada en que poder morder,

comenzaba a dar la espalda a un fenómeno tan bajo como inexplicable.

Pero no estribaban precisamente en eso los cambios importantes

sobrevenidos en la aldea y en muchas otras aldeas parecidas. Docenas

de años atrás el señor estrujaba y exprimía al pueblo sin que se le

ocurriera honrarle con su graciosa presencia más que muy contadas

veces, y aun éstas, para entregarse a los placeres de la caza...

fuera ésta de hombres, fuera de animales. No. Consistía el cambio

en la aparición de caras de baja estofa más que en la desaparición

de las caras de la clase alta. Por el tiempo a que nos referimos,

cuando el solitario peón caminero trabajaba revolviendo la tierra, sin

ocurrírsele pensar que era polvo y que en polvo había de convertirse,

pues casi sus pensamientos giraban siempre sobre lo poco que para

cenar encontraría en su casa, y lo mucho que comería si lo tuviese,

en aquellos tiempos, si levantaba los ojos del suelo y los tendía a lo

largo del camino, no era imposible que tropezaran con hombres de rudo

aspecto, muy raros antes en aquellos lugares y muy frecuentes ahora.

A medida que aquéllos se aproximaban al caminero, veía éste que se

trataba por regla general de individuos de ásperas cerdas y aspecto

casi bárbaro, altos, calzados con zuecos, de mirar feroz, cubiertos de

barro y de polvo, como quien ha pisado muchos caminos.

Uno de estos ejemplares se apareció de improviso al caminero, un día

del mes de julio a eso de las doce, mientras se encontraba sentado

al abrigo de una pared, para resguardarse del granizo que las nubes

enviaban en abundancia.

El desconocido le miró, paseó a continuación sus ojos por la aldea que

dormía en la hondonada, por el molino y por la prisión que se alzaba

sobre el tajo, y cuando hubo identificado todos aquellos objetos,

preguntó, en dialecto que apenas era inteligible:

--¿Qué tal, Santiago?

--Muy bien, Santiago.

--¡Chócala!

Los dos interlocutores cambiaron un apretón de manos.

--¿No hay comida?

--Cena nada más--respondió el caminero con cara de hambre.

--Es la moda--gruñó el desconocido.--No encuentro a nadie que coma.

Seguidamente sacó una pipa ennegrecida, la cargó y encendió, y a

continuación, dejó caer sobre ella algo que tenía entre los dedos

pulgar e índice. De la pipa brotó una llamarada y una nubecilla de humo.

--¡Chócala!--exclamó el peón caminero, después de observar con mirada

atenta las operaciones referidas.

Los interlocutores cambiaron el segundo apretón de manos.

--¿Esta noche?--preguntó el caminero.

--Esta noche--contestó el desconocido, llevando la pipa a la boca.

--¿Dónde?

--Aquí.

Ambos permanecieron sentados sobre el montón de piedras, mirándose el

uno al otro, hasta que cesó de granizar y se aclaró el cielo.

--Instrúyeme--dijo entonces el viandante, dirigiéndose a la cresta de

la colina.

--Mira--contestó el caminero, con el brazo extendido,--baja a la

hondonada, entrarás por la calle, pasarás la fuente...

--¡Al diablo la calle y la fuente!--exclamó el desconocido con

impaciencia.--Ni quiero entrar en calle alguna ni pasar junto a fuentes.

--Sobre dos leguas más allá de la cumbre de la loma que se alza sobre

la aldea.

--Corriente. ¿Cuándo dejas el trabajo?

--A puestas de sol.

--¿Querrás despertarme antes de irte? Dos noches con sus días hace que

viajo sin descansar ni dormir. Acabaré de fumar esta pipa y dormiré

como un bienaventurado... ¿Me despertarás?

--Con mucho gusto.

El viandante fumó su pipa, la guardó en el pecho, se quitó los zuecos

y se tendió boca arriba sobre el montón de piedras. Segundos después

dormía profundamente.

Extraña fascinación ejercía el bulto del viajero tendido sobre el

montón de piedras sobre el peón caminero, cuyo gorro ya no era azul,

como antaño, sino rojo. Entregado a su ruda tarea, con tal frecuencia

volvía hacia el durmiente sus ojos, que puede decirse que manejaba

sus herramientas de una manera mecánica y con escasos resultados. La

faz bronceada, la revuelta cabellera negra y espesa barba del mismo

color, el gorro rojo hecho de lana burda, el traje de paño tosco, la

constitución robusta ligeramente atenuada por las privaciones y la

compresión rígida y violenta de los labios del viandante, llenaban

de temor al caminero. Grandes distancias debía haber recorrido el

desconocido, a juzgar por sus pies llagados y sus tobillos escoriados

y sangrando. El caminero intentó ver si el dormido llevaba o no armas,

pero en vano, pues se lo impedían los brazos del durmiente, cruzados

sobre el pecho. Plazas fuertes, recintos murados, fosos profundos,

puentes levadizos debían ser obstáculos de poca monta para hombres como

aquél; y cuando el caminero, separando de él los ojos, los alzó y paseó

en torno suyo, creyó ver con los de la imaginación hombres parecidos

que, ciegos a los obstáculos, corrían decididos desde la periferia

hacia el centro de Francia.

El desconocido continuaba durmiendo, indiferente a las granizadas que

de tanto en tanto caían, indiferente a los besos del sol ardiente e

indiferente a las sombras. No despertó, no se movió hasta que, puesto

el astro del día, el caminero le despertó, después de reunir todas sus

herramientas para emprender el regreso a la aldea.

--Muy bien--dijo el desconocido incorporándose.--¿Dices que dos leguas

más allá de la cresta de la colina que domina a la aldea?

--Poco más o menos.

--Poco más o menos... Está bien.

Volvió el caminero a su casa, siguiendo a la nube de polvo que

levantaban sus pies y empujaba el viento que soplaba por sus espaldas,

y no tardó en encontrarse junto a la fuente entre apretados rebaños

de vacas flacas llevadas allí para beber. No se recogió la aldea

en sus pobres camas, como de ordinario, después de engullirse sus

míseras cenas, sino que se echó a la calle y en ella permaneció. Todos

hablaban en voz muy baja, cual si murmurar al oído se hubiese puesto

en moda, y todos tenían clavados los ojos en el horizonte, siendo lo

más curioso del caso que todos miraban en la misma dirección. Comenzó

a sentir extrañas inquietudes el señor Gabelle, autoridad primera de

la aldea, quien después de subir al terrado de su casa y mirar desde

allí hacia el punto del horizonte que tanta fascinación parecía ejercer

sobre los tranquilos habitantes de la aldea, y de examinar parapetado

detrás de la chimenea las caras sombrías de los que en rededor de la

fuente estaban congregados, envió a decir al sacristán, encargado de la

custodia de las llaves de la iglesia, que quizá aquella noche hubiese

necesidad de repicar la campana de alarma.

Cerró la noche, negra, tétrica, siniestra. Las copas de los árboles

gigantes que rodeaban al castillo se balanceaban al soplo del viento

y semejaban prodigiosas mazas manejadas por titanes invisibles contra

la ingente masa de piedra. El agua caía a torrentes. Las dos escaleras

monumentales que se encontraban en la terraza parecían torrentes

desbordados cuyo turbulento caudal chocaba con estruendo contra la

puerta principal, semejante a rápido mensajero que intenta despertar

a los que duermen dentro. El vendaval penetraba por las espaciosas

galerías, azotaba las lanzas, espadas, cuchillos y picas que decoraban

sus paredes, y, subiendo por la escalera, agitaba las cortinas del

lecho sobre el cual había reposado el último Marqués. Bultos confusos,

procedentes de Oriente y de Poniente, del Septentrión y del Mediodía,

hollaban la crecida hierba del bosque y avanzaban cautelosos hacia el

patio del castillo, donde se reunían. Brotaron cuatro luces que se

movieron en direcciones opuestas, y todo volvió a quedar negro segundos

después.

La obscuridad duró poco. El castillo comenzó a brillar con luz propia,

cual si fuerzas sobrenaturales le hubiesen de pronto convertido en

castillo luminoso. Por detrás de la robusta fachada corrían regueros

encendidos que no tardaban en manifestarse por cuantos sitios

transparentes ofrecía aquélla y en poner de relieve la situación y

forma de las balaustradas, de los arcos y de las ventanas. Subían...

subían más altas las llamas, y la inmensa hoguera adquiría por momentos

mayor extensión y brillantez. No tardaron en brotar chorros de fuego

por veinte grandes ventanas a la vez, y en despertar a los centinelas

de piedra, de cuyos rostros desapareció la impasibilidad para ser

substituída por el asombro.

En la casa aneja al castillo ensillan a toda prisa un caballo, que

parte a galope tendido hendiendo las tinieblas de la noche y no tarda

en llegar, cubierto de espuma, a la plaza de la aldea, haciendo alto

frente a la puerta de la casa del señor Gabelle.

--¡Auxilio, Gabelle... auxilio, todos!--grita el asustado jinete.

Toca a rebato la campana de alarma, pero fuera de este auxilio, dado

caso que lo fuera, el jinete no recibe ninguno. Cruzados de brazos

junto a la fuente contemplando la inmensa hoguera proyectada contra el

cielo está el peón caminero entre un grupo de unos doscientos cincuenta

amigos particulares suyos.

--Se elevan a unos cuarenta pies de altura--es el único comentario que

hacen, pero nadie se mueve.

El mensajero del castillo hunde las espuelas en los ijares del caballo

cubierto de espuma y desaparece entre las sombras. A galope tendido,

y con peligro grave de romperse la cabeza, sube el áspero repecho que

conduce a la fortaleza-prisión del tajo. Un grupo de oficiales, de pie

junto a la puerta, contempla el pavoroso incendio; a poca distancia de

aquéllos, hay otro grupo más numeroso de soldados.

--¡Auxilio, caballeros oficiales! ¡El castillo arde! Dentro de sus

muros hay objetos de muchísimo valor, que podrían salvarse del furor de

las llamas... ¡Todavía es tiempo...! ¡Auxilio... auxilio!

Los oficiales miran a los soldados, y éstos mantienen sus ojos clavados

en el incendio. No dan orden alguna; antes al contrario; encogiéndose

de hombros, exclaman:

--¡Que arda!

Desciende nuevamente el jinete, atraviesa la calle de la aldea, y ve

con asombro que todas las casas están iluminadas. ¿Cómo se hizo el

milagro? De la manera más sencilla. El peón caminero y los doscientos

cincuenta amigos particulares suyos tuvieron el capricho de iluminar

sus casas. Como carecen de antorchas, las piden en forma bastante

perentoria al señor Gabelle. El funcionario muestra vacilaciones,

resistencias, y en su vista, el caminero, tan sumiso en otro tiempo

a la autoridad de aquél, insinúa a sus doscientos cincuenta amigos

particulares que los coches, convenientemente hechos astillas,

proporcionan excelentes antorchas, y que los caballos de las sillas de

posta están pidiendo a gritos que los tuesten.

El castillo queda abandonado a las iras del elemento destructor.

Encendidos huracanes, nacidos sin duda en las regiones infernales,

coadyuvan a la obra, avivando las bramadoras llamas y sacudiendo el

robusto edificio. Las caras de piedra de los eternos centinelas se

retuercen entre cascadas de chispas y mares encendidos. Al caer con

estruendo masas enormes de piedra revueltas con vigas gigantescas, el

rostro de piedra que presenta dos mellas en la nariz adquiere expresión

decididamente siniestra. Todo el mundo le hubiera tomado por la cara

del cruel Marqués que, amarrado a la pira, lucha desesperado contra el

fuego.

Ardía el castillo. Los árboles más cercanos, alcanzados por el fuego,

se retorcían, doblaban y arrugaban; otros más distantes, encendidos

por los cuatro terribles bultos, enviaban a la mole ardiente mares de

negro humo. En las entrañas del mármol de la fuente hervían plomo y

hierro derretido; el agua había dejado de correr, y las agujas de las

torres, cual si fueran de hielo, se fundían bajo la acción del calor.

Bandas de asustados pájaros revoloteaban aturdidos y concluían por caer

en medio del horno, y mientras tanto, los cuatro bultos se alejaban,

guiados por los resplandores que ellos habían creado, en dirección a su

nuevo destino. La aldea se apoderó de la campana de alarma, y aboliendo

de una vez la significación de sus tañidos, la obligó a festejar su

alegría.

Y no paró aquí la cosa: la aldea, cuya mollera parece había despejado

de improviso el hambre, las llamas y las voces de la campana de alarma,

que ya lo era de alegría, sospechando que el señor Gabelle pudiera

tener algo que ver con el cobro de las rentas y de los impuestos,

aunque a decir verdad, ningún impuesto había cobrado el buen Gabelle en

los días anteriores, y sí únicamente algunas rentas atrasadas, deseó

celebrar con aquél una entrevista, y al efecto, cercó su casa y le

invitó a salir a la calle, donde podrían conferenciar personalmente.

El señor Gabelle contestó atrancando sólidamente la puerta de su

casa, y retirándose a la habitación más escondida, a fin de celebrar

la conferencia consigo mismo. El resultado de esta conferencia

unipersonal, fué que el buen Gabelle subió de nuevo al tejado de su

casa y se escondió detrás de las chimeneas, resuelto, dado caso que los

habitantes de la aldea derribasen la puerta de entrada, a arrojarse de

cabeza desde el tejado a la calle a fin de aplastar bajo el peso de su

cuerpo a uno o dos de los que con tanto ahinco deseaban conferenciar

con él. No nos admire su decisión: Gabelle era un meridional de

carácter vengativo.

Es más que probable que la noche se le antojase eterna al señor

Gabelle, pues en realidad no resulta muy agradable pasársela sobre el

tejado, contemplando a lo lejos los siniestros fulgores de un castillo

ardiendo, escuchando los porrazos que un pueblo enfurecido descarga

contra la puerta de su casa, y sobre todo, viendo pendiente de su

poste un farol, que el pueblo miraba de tanto en tanto con ganas de

substituirlo con otro objeto, que muy bien pudiera ser su cuerpo.

Triste es, en efecto, pasarse toda una noche de verano sobre el alero

de un tejado, contemplando a sus pies un océano de revueltas olas

negras, y decidido a arrojarse de cabeza en su centro; pero al fin

hizo su aparición una aurora risueña, se apagaron las luminarias, el

pueblo se dispersó, y el señor Gabelle pudo salir con vida del trance.

Una historia de dos ciudades · 第 20 / 34 段