Tales eran, entre otros, los ecos que Lucía, pensativa unas veces y

divertida y hasta riendo a carcajadas otras, oía desde el plácido

rincón de Soho. La niña cumplió seis años. Los ecos de sus pasos por

los caminos de la vida repercutían en lo más hondo del corazón de la

madre, confundidos con los no menos deliciosos de los pasos del doctor,

siempre tranquilo y siempre activo, y con los de su marido, siempre

tierno y siempre enamorado. En los oídos de Lucía sonaban, cual música

divina, los suaves ecos de aquel hogar, dirigido por ella misma, aquel

hogar donde no reinaba la opulencia, pero sí la abundancia. Sonaban

también, por cierto con dulzura exquisita, los ecos de lo que tantas

veces decía su padre, a saber, que la encontraba más cariñosa, si era

posible, de casada, que cuando era soltera.

También sonaban otros ecos, a lo lejos, sí, pero no tanto que dejaran

de oirse, ecos que rugían amenazadores sobre el tranquilo rincón. Por

la fecha del sexto cumpleaños de Lucita fué cuando su voz atronadora

subió hasta las nubes, voz como de tempestad horrorosa desencadenada en

Francia.

Una noche del mes de julio del año mil setecientos ochenta y nueve,

se presentó Lorry y tomó asiento junto a la ventana entre Lucía y su

marido. Era una noche tempestuosa y de aliento abrasador que recordó

a los tres aquella otra noche en que estuvieron contemplando el rayo

desde aquella misma ventana.

--Principio a pensar--dijo Lorry, echando hacia el colodrillo su

peluquín--que he debido pasarme toda la noche en el Banco. Ha llovido

hoy sobre nosotros tan desencadenada tempestad de negocios, que no

hemos sabido por dónde comenzar ni por dónde terminar. Cunde en París

la desconfianza en tales términos, que la confianza viene hacia

nosotros semejante a torrente impetuoso. Nuestros clientes de allí no

ven el momento de confiarnos sus bienes y propiedades. ¡Nada, nada!

¡Es una verdadera manía de enviarlo todo a Inglaterra la que les ha

acometido de pronto!

--Lo que a mi juicio es un síntoma muy malo--observó Darnay.

--¿Mal síntoma, mi querido Darnay? Quizá, si obedeciera a razones

justificadas; ¡pero es tan poco racional el mundo! Lo único que hasta

ahora hay de positivo es que nos echan encima un trabajo abrumador,

seguramente sin motivo, sin consideración a que en el Banco Tellson

estamos muchos que somos ya viejos.

--Sin embargo--objetó Darnay,--sabe usted perfectamente que hay

cerrazón en el horizonte, que hace tiempo que se condensan las nubes

amenazando tormenta.

--Lo sé... claro que lo sé--contestó Lorry, intentando persuadirse

a sí mismo de la necesidad de mostrarse un poquito gruñón y

descontento;--tan es así, que vengo resuelto a reñir con cualquiera

para desquitarme de las fatigas de este endiablado día. ¿Dónde está

Manette?

--Aquí hay un pedazo--contestó el doctor, entrando en aquel momento en

la estancia.

--Me alegro que esté usted en casa, pues las prisas y presentimientos

de hoy me han puesto nervioso sin razón ni motivo. ¿Supongo que no

pensará usted salir, eh?

--No; si quiere usted, jugaremos una partida de chaquete.

--Prefiero no jugar, que esta noche no estoy para contender con usted.

¿Está aquí el tablero, Lucía? Tienen ustedes esta habitación a obscuras

y, como no soy gato, nada veo.

--Aquí está, esperándole a usted.

--Muchas gracias, queridita. ¿La preciosa está en su camita?

--Durmiendo como un tronco.

--¡Muy bien... muy bien! ¡La verdad es que no sé por qué no ha de ir

todo muy bien aquí... gracias a Dios! Pero claro: ¡me han mareado hoy

tanto... Y luego, ya no soy tan joven como ustedes... como era hace

treinta años...! Mi tacita de te... Eso es, Lucía... ¡Gracias! Ahora,

déjenme un hueco, me sentaré en el círculo, y procuraré prestar oído a

esos ecos acerca de los cuales tiene usted teorías muy peregrinas.

--No son teorías, sino caprichos de mi imaginación.

--Perfectamente, querida; los llamaremos caprichos--replicó Lorry. Son

numerosos, variados y atronadores, ¿verdad? ¡Claro! ¡No hay más que

prestar atención!

* * * * *

Pasos precipitados, pasos duros, pasos peligrosos que penetran

violentamente en el centro vital de alguien, y que una vez se han

teñido de rojo difícilmente se limpian, resonaban a lo lejos, en el

barrio de San Antonio de París, y sus ecos trepidantes llegaban hasta

el tranquilo rincón de Soho de Londres.

Aquella mañana, San Antonio había sido campo cubierto por ingente y

ceñuda masa de descamisados que se movía impaciente, empenachada con

acerados sables y bayonetas en cuya fría superficie se quebraban los

rayos del sol. Las fauces de San Antonio dejaron escapar tremendos

alaridos mientras inmenso bosque de brazos desnudos se agitaban en el

aire, semejantes a ramas de árboles azotadas por terrible vendaval. No

había mano que no empuñara algún arma o semejanza de arma; no había

ventana que no arrojara a las turbas instrumentos de matanza.

De dónde procedían, quién las proporcionaba, dónde comenzaba la

lluvia de aquellos elementos de destrucción que cruzaban sobre las

cabezas semejantes a brillantes rayos, es lo que nadie hubiese podido

decir; pero es lo cierto que manos invisibles distribuían mosquetes,

cartuchos, pólvora, balas, barras de hierro, trancas de madera,

cuchillos, hachas, lanzas, picas. Los que no podían proporcionarse otra

cosa, clavaban sus ensangrentados dedos en las junturas de las piedras

o de los ladrillos y arrancaban bloques o adoquines de los muros. No

había en San Antonio pulso que no latiera desordenado, corazón que no

pidiera sangre, ser vivo que en algo estimara la vida, ni persona que

no pidiera a gritos sacrificarla.

Así como todos los remolinos de aguas hirvientes tienen su punto

central, así aquel mar encrespado giraba bramador en torno de la

taberna de Defarge, todas las gotas humanas que caían en la caldera

mostraban tendencia decidida a aproximarse al vórtice donde Defarge en

persona, ennegrecido ya por la pólvora y el sudor, dictaba órdenes,

daba armas, obligaba a retroceder a este hombre y arrastraba hacia sí a

aquél, desarmaba a uno para con sus armas armar a otro, y trabajaba y

se movía y se multiplicaba en el centro de la tempestad.

--¡No te separes de mi lado, Santiago Tercero!--bramaba

Defarge.--¡Vosotros, Santiago Primero y Santiago Segundo, poneos al

frente de otros tantos grupos de patriotas! ¿Dónde está mi mujer?

--¡Aquí estoy!--contestó la señora Defarge, reposada como siempre, pero

sin hacer calceta.

La dulce señora empuñaba un hacha en vez de las agujas, y en la cintura

lucía dos adornos singulares: una pistola y un largo cuchillo.

--¿Por dónde andas, mujercita mía?--preguntó Defarge.

--En este momento contigo: dentro de un instante, a la cabeza de las

mujeres--respondió la tabernera.

--¡Adelante, pues!--gritó Defarge con voz de trueno.--¡Patriotas...!

¡Amigos míos...! ¡A la Bastilla!

Cual si esta última palabra odiosa hubiese dado forma a todos los

alientos de Francia, rasgó los aires espantoso rugido, encrespóse

aquel mar viviente, se revolvieron sus fondos, se hincharon sus olas

y anegaron la ciudad entera. Sonaron todas las campanas de alarma,

tronaron todos los tambores, bramó y rugió el mar, y comenzó el ataque.

Fosos profundos, dobles puentes levadizos, macizos muros de piedra,

ocho torres ingentes, cañones, mosquetes, fuego y humo... ¡No importa!

Entre mares de fuego y entre nubes de espeso humo... flotando entre el

humo y cabalgando sobre el fuego, pues el mar le arrojó contra un cañón

e inmediatamente le convirtió en terrible artillero..., Defarge, el

tabernero, trabajó cual soldado infernal durante dos horas.

Un foso ancho y profundo, un solo puente levadizo, muros robustos de

piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae

un puente levadizo... «¡Adelante, camaradas, adelante! ¡Adelante,

Santiago Primero! ¡Adelante, Santiago Segundo! ¡Adelante, Santiago

Mil, adelante, Santiago Dos Mil, Santiago Cinco Mil, Santiago Veinte

Mil...! ¡Por todos los ángeles del Cielo... por todos los demonios

del infierno... como queráis... adelante!» ¡Tales son los gritos que

salen de la garganta del tabernero, convertido horas antes en artillero

terrible, del tabernero, que no deja punto de reposo a su cañón ya

enrojecido!

«¡A mí, todas las mujeres!--gritaba mientras tanto su esposa.--¡Pues

qué...! ¿No podemos matar nosotras lo mismo que ellos, luego que caiga

en nuestro poder la plaza?»

Y hacia ella corrían rebaños de mujeres, roncas, bramadoras, armadas

con armas distintas, pero todas animadas del mismo espíritu: ¡del de la

venganza!

Cañones, mosquetes, fuego y humo; pero quedaba un foso profundo, un

puente levadizo, robustos muros de piedra y ocho grandes torres.

Los heridos que caían dejaban algunos claros en el hirviente mar.

Centellean las armas, arden las antorchas, despiden nubes de humo los

carros cargados de paja humedecida, brotan barricadas por doquier,

suenan feroces aullidos, atruenan el espacio repetidas descargas

cerradas, hieren los oídos espantosas imprecaciones, todos derrochan

bravura, el mar viviente brama con furia redoblada... ¡y queda aún el

foso profundo, y el puente levadizo, y los robustos muros de piedra, y

las ocho grandes torres, y Defarge, el tabernero, continúa al pie del

cañón, puesto al rojo blanco como resultado de cuatro horas de servicio

no interrumpido!

Dentro de la fortaleza aparece una bandera blanca... las olas rugen más

que nunca, se hinchan, se elevan hasta las nubes y arrastran a Defarge

el tabernero, lanzándole más allá del puente levadizo, más allá de los

robustos muros de piedra, entre las ocho grandes torres.

Tan irresistible era la fuerza del océano que le arrastraba, que hasta

tomar aliento, hasta volver la cabeza fué para él tan impracticable

como si contra la resaca del mar del Sur se debatiera, hasta que se

encontró en el patio interior de la Bastilla. Apoyado allí contra un

ángulo del muro procuró mirar en derredor. A su lado se encontraba

Santiago Tercero, a escasa distancia vió a su mujer, capitaneando a las

de su sexo y blandiendo el cuchillo. Todo era tumulto, todo alegría,

estupefacción ensordecedora y maniática, ruidos, furiosos redobles de

tambores.

--¡Los prisioneros!

--¡Los registros!

--¡Los instrumentos de suplicio!

--¡Los prisioneros!

De todos estos gritos, y de diez mil incoherencias por el estilo, el

que más repetía aquel mar embravecido era el de «¡Los prisioneros!».

Cuando penetraron las primeras olas, arrastrando por delante a los

oficiales de la fortaleza y amenazándoles con una muerte inmediata si

dejaban un solo escondrijo sin revelar, Defarge agarró con su poderosa

zarpa a uno de aquellos, hombre de cabellos grises que llevaba en la

mano una antorcha encendida, le separó de los demás, y le dijo:

--¡Enséñame la torre del Norte... pronto!

--Lo haré con mucho gusto, si usted quiere--contestó el hombre--pero no

hay en ella nadie.

--¿Qué significa Ciento Cinco, Torre del Norte?--preguntó

Defarge--¡Contesta... pronto!

--¿Que qué significa, señor?

--¿Significa un cautivo o un calabozo para encerrar cautivos?

¡Responde! ¿Es que quieres que te mate como a un perro?

--¡Mátale!--vociferó Santiago Tercero.

--Es una celda, señor.

--Enséñamela.

--Por aquí, señor.

Santiago Tercero, hidrópico insaciable como siempre, desilusionado

evidentemente al ver que el diálogo tomaba un giro que alejaba las

probabilidades de que se derramase sangre, se asió al brazo de Defarge

al mismo tiempo que éste asía el del calabocero. Durante el breve

diálogo que queda transcrito las cabezas de los tres hombres estuvieron

pegadas, y aun así con dificultad lograban oirse; tan tremendo era

el estruendo producido por aquel océano viviente al penetrar en la

fortaleza e inundar las salas, celdas, pasillos y escaleras. No era

menor el griterío fuera, de donde arrancaban de tanto en tanto truenos

que presagiaban tumulto, relámpagos que cruzaban la caldeada atmósfera

cual inconmensurables látigos manejados por titanes.

Defarge, el calabocero y Santiago Tercero, asidos por los brazos,

atravesaron, con cuanta rapidez les fué posible, sombríos corredores

jamás visitados por la luz del día, cruzaron frente a pavorosas puertas

de mazmorras tétricas y húmedas, descendieron por cavernosos tramos de

escalera, subieron luego ásperos escalones de piedra y de ladrillo, más

semejantes a cataratas secas que a escaleras. De tanto en tanto, sobre

todo al principio, la inundación les cerraba el paso o les arrastraba;

pero al cabo de un rato, luego que penetraron en una escalera de

caracol y empezaron a subir a una torre, quedaron solos. Tan espesos

eran los muros gigantes que los aislaban del mundo, que sus oídos,

cual si hubiesen quedado destrozados como consecuencia de los furiosos

estruendos anteriores, apenas si percibían sordos rumores.

Hizo alto el calabocero frente a una puerta muy baja, sacó una llave,

abrió, y dijo mientras encorvaba el cuerpo para poder entrar:

--Ciento Cinco, Torre del Norte.

Encontráronse en un cuadrado formado por cuatro muros ennegrecidos.

En uno de ellos se veía una argolla de hierro enmohecido, y en otro,

a la altura del techo abovedado, un ventanillo defendido por gruesos

barrotes de hierro y dispuesto en forma que con dificultad permitía ver

una línea muy estrecha del cielo azul. Montones de cenizas cubrían el

suelo, y su mobiliario lo formaba un banco, una mesa y un jergón.

--Pasa poco a poco la antorcha por los muros para que yo pueda

ver--dijo Defarge al calabocero.

Obedeció el hombre. Defarge examinaba con mirada penetrante los muros.

--¡Alto...! ¡Mira, Santiago!

--A. M.--rugió Santiago Tercero con expresión anhelante.

--Alejandro Manette--susurró Defarge en su oído, poniendo la yema de su

índice sobre las iniciales.--Aquí ha escrito «pobre médico». ¡No hay

duda! ¡El fué quien grabó aquí su epitafio! ¿Qué es lo que tienes en la

mano? ¿Una barra de hierro? ¡Dámela!

Defarge, que conservaba aún en su mano el botafuego del cañón, lo

cambió por la barra de hierro que le alargó Santiago Tercero y, en

menos tiempo del que en referirlo tardamos, hizo astillas el banco y la

mesa.

--¡Alza la luz!--gritó con furia al calabocero.--¡Y tú, Santiago, toma

mi cuchillo,--añadió, arrojándoselo--rasga ese jergón, y busca entre la

paja...! ¡Arriba la luz!

Después de dirigir al calabocero una mirada amenazadora, Defarge,

mientras Santiago Tercero ejecutaba su orden, escarbaba con la barra de

hierro por entre las junturas de las losas del pavimento, revolvía las

cenizas e intentaba mover los sillares de los muros.

--¿No has encontrado nada, Santiago?--preguntó al cabo del rato.

--Nada.

--Vamos a hacer un montón con la paja y las astillas... ¡Así! ¡Prende

fuego, carcelero!

El carcelero obedeció al punto la orden. Los tres hombres salieron de

la mazmorra dejando ardiendo las materias combustibles y volvieron

nuevamente al patio, donde el desorden era tan espantoso, si no más,

que antes.

Andaba el populacho buscando frenético, loco, a Defarge; y es que

quería que el tabernero fuera el jefe de la guardia encargada de la

vigilancia del gobernador que había defendido a la Bastilla y hecho

fuego sobre el pueblo. ¿Cómo, si no, sería conducido el gobernador

al _Hôtel de Ville_ para ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría que

escapase, dejando sin vengar la sangre del pueblo, que bruscamente

había adquirido algún valor, después de tantos años de no valer nada?

Entre las innumerables turbas que bramaban de coraje y se movían

inquietas en derredor de la severa persona del anciano funcionario, a

quien hacían más visible su sobretodo gris con vivos rojos, no había

más que una persona tranquila y sosegada, y esa persona era una mujer.

--Ahí tenéis a mi marido--dijo, extendiendo un brazo hacia Defarge.

Inmóvil estaba junto al gobernador cuando apareció su marido, e inmóvil

continuó sin separarse de la persona de aquél. A su lado permaneció

rígida y tranquila mientras Defarge y los suyos le conducían por las

calles, y no se separó cuando estaban para llegar a su destino, ni

cuando por la espalda comenzaron las turbas a asestarle golpes, ni

cuando se cebaron en sus carnes las puntas de innumerables cuchillos,

ni cuando acribillado cayó muerto sobre las piedras de la calle. Tan

cerca de él se encontraba, que al verle caer, animándose de pronto,

puso su pie sobre el cuello del muerto y con su afilado cuchillo le

cortó la cabeza.

Muy pronto sonaría la hora en que San Antonio haría bajar los faroles

que iluminaban sus brutalidades y los substituiría con cadáveres de

aristócratas. La sangre de San Antonio se enardecía a medida que se

enfriaba la de la mano de hierro de la tiranía... a medida que corría

por la escalinata que precede a las puertas del _Hôtel de Ville_ la del

gobernador, a medida que se manchaba de rojo la suela del zapato de la

señora Defarge al oprimir el cuello del infeliz a quien hizo objeto de

horrible mutilación.

--¡Bajad aquel farol!--rugió San Antonio, después de volver en derredor

sus ojos sanguinolentos.--¿Queréis un centinela? ¡Aquí le tenéis! ¡Es

un soldado de nuestros enemigos!

Y allí quedó el centinela, balanceándose lúgubremente, mientras el

populacho se alejaba rugiendo.

Era un mar de aguas negras y amenazadoras, un mar cuyas olas llevaban

aparejada en cada uno de sus movimientos la destrucción, mar de

profundidad insondable, mar cuyas fuerzas nadie conocía. Un mar

abroquelado contra el aguijón del remordimiento, mar de agitaciones

turbulentas, de gritos de venganza, de corazones endurecidos en los

hornos del sufrimiento, sobre cuya diamantina superficie resbalaba la

piedad sin dejar la huella más insignificante.

Pero en aquel océano de caras, vivo reflejo de todas las furias,

de todas las violencias, podían observarse dos grupos de rostros,

cada uno de ellos formado por siete, rostros que se destacaban

de entre las hirvientes olas humanas que los arrastraban, restos

náufragos como jamás han flotado sobre mar alguno. Sobre las cabezas

de las muchedumbres se veían siete rostros de prisioneros sacados

inopinadamente de sus tumbas por la tromba humana que las visitó,

siete rostros espantados, pasmados, aturdidos, cual si fueran llevados

al suplicio en hombros de regocijados demonios; y otras siete caras,

llevadas más en alto, siete caras muertas, cuyos párpados caídos y

ojos medio cerrados esperaban la llegada del día del Juicio; caras

impasibles cuya vida no parecía extinguida, sino suspendida, caras que

parecía que iban a alzar nuevamente los párpados y a abrir los labios

cubiertos de sangre para decir: «¡Tú me asesinaste!»

Siete prisioneros libertados, siete cabezas sangrientas llevadas

como horribles trofeos en los hierros de las picas, las llaves de la

maldecida fortaleza de las ocho fuertes torres, algunas cartas, unos

cuantos memoriales de prisioneros antiguos muertos de dolor largos años

antes... y algo más por el estilo, recorrían las calles de París en

medio de numerosísima escolta, un día de mediados de julio del año de

mil setecientos ochenta y nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de la vida de

Lucía Darnay el eco de los pasos de la escolta en cuestión! Porque son

ecos de pasos precipitados, de pasos duros, de pasos peligrosos que

penetran violentamente en el centro vital de alguien, ecos producidos

por pies que años antes se tiñeron de rojo a raíz de haberse roto una

barrica cerca de la puerta de la taberna de Defarge, y cuando de rojo

se tiñen esos pies, difícilmente se limpian.

XXII

SUBE LA MAREA

Sólo durante una semana había endulzado el terrible San Antonio las

asperezas del pan duro y amargo que llevaba a la boca, sólo durante

una semana había tenido la satisfacción de hacer cuanto le viniera en

gana y de alternar sus expansiones con sendos abrazos fraternales y

cordiales felicitaciones. La señora Defarge presidía desde su sitio

de costumbre a sus parroquianos. Ya no lucía una rosa en la cabeza,

pues la gran cofradía de los espías se había hecho tan circunspecta

en el breve lapso de siete días, que ni por milagro se encontraba uno

dispuesto a confiarse a los tiernos cuidados del Santo. Los faroles de

aquellas calles ejercían sobre ellos influencia portentosa.

Cruzada de brazos contemplaba la señora Defarge desde detrás del

mostrador la calle, a la par que vigilaba su establecimiento. Ni en

éste ni en aquélla faltaban nutridos grupos de holgazanes, escuálidos

y harapientos, pero con caras que reflejaban el poderío que sobre sus

miserias habían entronizado. Hasta el gorro más sucio y desgarrado,

mirando ceñudo desde lo alto de la cabeza que medio cubría, parecía

decir: «Sé cuán dura hicísteis para mí la vida: ¿pero sabéis vosotros

lo fácil que para mí se ha hecho arrancar la regalada y feliz que

lleváis?» Todos los brazos desnudos que hasta entonces habían carecido

de trabajo, lo tenían ya ahora abundante y perpetuo: herir, matar.

Los dedos de las mujeres, ocupados hasta entonces en hacer calceta,

habíanse aficionado a otros menesteres desde que se persuadieron de que

sabían desgarrar. San Antonio había sufrido radical transformación:

la imagen, después de cientos de años de tranquilidad, se ponía en

movimiento y descargaba golpes aterradores.

Todo esto lo observaba la señora Defarge desde detrás del mostrador

de su establecimiento con la complacencia del jefe de las mujeres de

San Antonio. Una de sus hermanas hacía media a su lado. Era una mujer

baja de estatura y su poquito rechoncha, casada con un tendero y madre

de dos hijos por añadidura, que se había conquistado el glorioso

sobrenombre de «La Venganza».

--¡Atención!--exclamó La Venganza--¿Quién viene?

Cual si hubieran puesto fuego a un reguero de pólvora que se extendiera

desde las fronteras de los dominios de San Antonio hasta la taberna de

Defarge, así llegaron hasta la tienda rumores, nacidos muy lejos, y

propagados con rapidez vertiginosa en todas direcciones.

--¡Es Defarge!--dijo la tabernera.--¡Silencio, patriotas!

Entró Defarge jadeante, sin alientos; arrancó de su cabeza el gorro

rojo que la adornaba, y tendió rápidas miradas en torno suyo.

--¡Atención todos!--gritó la tabernera.--¡Escuchadle!

Defarge había quedado en el umbral, contemplando el mar de ojos

abiertos y de bocas más abiertas todavía que llenaba la calle. Las

personas que había dentro de la taberna se pusieron en pie.

--¡Habla, Defarge!--repuso la tabernera.--¿Qué pasa?

--¡Noticias del otro mundo!

--¿De veras?--preguntó su mujer, poniendo en sus palabras fuerte

entonación sarcástica.--¿Del otro mundo?

--¿Os acordáis todos de aquel individuo llamado Foulon, que dijo al

pueblo hambriento que comiera hierba, y que procurase morirse pronto y

largarse a los infiernos?

--¡Sí...!--gritaron las turbas al unísono.

--A él se refieren mis noticias. Lo tenemos entre nosotros.

--¡Entre nosotros!--rugieron todos.--¿Muerto?

--No; está vivo. Tal era el terror que nos tenía... y con razón, que

se hizo pasar por muerto y mandó que le hicieran soberbios funerales.

Pero se le ha encontrado vivo, escondido en el campo, y le han traído

aquí. Acabo de verle en este instante mientras le llevaban prisionero

al _Hôtel de Ville_. He dicho que con razón nos temía... ¡Decidme...!

¿_Nos temía_ con razón?

La sangre de aquel pecador antiguo se habría congelado si hubiese

llegado a sus oídos el feroz grito que salió de las fauces del monstruo.

Siguieron unos momentos de silencio profundo. Defarge y su mujer se

miraron mutuamente con fijeza espantosa; quedó inmóvil La Venganza, y

un tambor redobló a lo lejos mientras detrás del mostrador sonaba un

rumor como de pies que se movían.

--¡Patriotas!--gritó Defarge con voz resuelta.--¿Estamos listos?

Inmediatamente apareció el largo cuchillo en la cintura de la

tabernera, redoblaron tambores por las calles, cual si ellos y los

que golpeaban sus parches hubiesen brotado por artes mágicas, y La

Venganza, lanzando feroces alaridos, suelto el pelo y agitando los

brazos sobre su cabeza, semejante, no a una, sino a las cuarenta Furias

juntas, corría de casa en casa excitando a las mujeres.

Una historia de dos ciudades · 第 19 / 34 段