--El porvenir--contestó con energía el doctor--me inspira grandes

esperanzas. Fúndanse éstas en el escaso tiempo que gracias al Cielo

ha durado la recaída. Si tenemos en cuenta que el paciente, después

de caer postrado al peso de algo desde tiempo antes temido, de algo

previsto más o menos vágamente, de algo contra lo que en vano intentó

prevenirse, se ha repuesto una vez ha estallado la nube, sobran motivos

para creer que ha pasado lo peor.

--¡Muy bien...! ¡Muy bien! Sus palabras me tranquilizan...

¡Gracias!--exclamó Lorry.

--¡Gracias!--repitió el doctor, doblando la cabeza.

--Quedan todavía dos puntos sobre los cuales desearía me instruyese.

¿Puedo continuar?

--Es el mayor favor que puede usted hacer a su amigo--respondió el

doctor alargándole la mano.

--Primero: mi amigo es estudioso por temperamento y de una energía

poco común. Persigue con ardor la adquisición de nuevos conocimientos

profesionales, hace experimentos laboriosos y se dedica a infinidad

de cosas que exigen intensa labor mental. Dígame: ¿no le parece que

trabaja con exceso?

--Creo que no. Quizá la índole de su inteligencia exige un trabajo

mental continuo, bien sea la índole en cuestión innata y natural, bien

modificada artificialmente, por decirlo así, a consecuencia de pesares

y aflicciones. Cuanto menos la ocupe en asuntos intelectuales, mayor

será el peligro de que sus pensamientos tomen rumbos perjudiciales. Es

probable que él mismo, después de observarse con detenimiento, haya

hecho el descubrimiento a que me refiero.

--¿Tiene usted seguridad de que la labor mental de mi amigo no es

excesiva?

--La tengo; sí.

--Pero si le venciera el exceso de trabajo...

--Dudo mucho que tal cosa ocurra, mi querido Lorry. Cuando existe una

tendencia violenta en una dirección determinada, se hace indispensable

contrapesarla de alguna manera, o de lo contrario, se rompe el

equilibrio.

--Perdone mi insistencia, mi querido Manette, pues sabido es que los

hombres de negocios somos persistentes. Dando como averiguado que la

recaída que lamentamos fué resultado de intensa presión mental, ¿no

habrá peligro de que se repita?

--No lo creo... no puedo creerlo--contestó con acento de convicción

profunda el doctor Manette.--Solamente la exacerbación de una clase

determinada de recuerdos podría provocar otra recaída, solamente la

vibración violenta de la cuerda misma que motivó la primera pudiera

ser causa de otras. Ahora bien: después de lo ocurrido, considero

punto menos que imposible nuevas exacerbaciones de los recuerdos a

que me refiero, imposibles nuevas vibraciones de la cuerda enferma.

Creo... casi me atrevo a asegurar que han desaparecido para siempre las

circunstancias que podrían dar margen a nuevos tropiezos.

Hablaba el doctor con la timidez de quien sabe cuán poco basta para

trastornar la organización delicada de la inteligencia, y al propio

tiempo con la confianza del que, templado en las aguas amargas de las

tribulaciones, ha adquirido esa fortaleza que es capaz de resistir

impávida los huracanes de la vida.

No sería su amigo quien tratase de combatir aquella confianza. Antes

por el contrario, se mostró más esperanzado y convencido de lo que

en realidad estaba, y pasó a tratar el segundo punto. Era este mucho

más difícil y escabroso que el primero: de ello estaba Lorry muy

persuadido; pero recordó la conversación que el domingo tuviera con

la señorita Pross, hízose cargo de las dolorosas escenas a que había

asistido en los nueve días últimos, y comprendió que estaba en el

deber de afrontarlo.

--Durante su recaída, por fortuna pasada ya, se entregó... al oficio

de... cerrajero--dijo Lorry, con vacilación manifiesta.--Sí; eso

es: al oficio de cerrajero. A título de ejemplo que aclare bien los

conceptos, diremos que mi amigo, durante el tiempo de su desequilibrio

mental, acostumbraba trabajar en una fragua. Añadiremos que, debido a

circunstancias que no hay por qué detallar, ha vuelto a encontrar esa

fragua. ¿No opina usted que es una lástima que la conserve a su lado?

El doctor se pasó la mano por la frente.

--La tiene constantemente a su vista--repuso Lorry, mirando con

ansiedad a su amigo.--¿No le parece que sería preferible que no

volviera a ver lo que forzosamente ha de recordarle tiempos penosos?

El doctor golpeaba el suelo con pie nervioso.

--¿Tan difícil encuentra usted el consejo que le pido?--insistió

Lorry.--A mí me parece la solución sencillísima, no obstante lo cual,

creo que...

--Comprenda usted--contestó el doctor Manette volviéndose hacia su

interlocutor--que es sumamente difícil explicar con sujeción a las

reglas inflexibles de la lógica, las operaciones íntimas de la mente

del pobre hombre a quien usted se refiere. En tiempos pasados, solicitó

con tanto ahinco dedicarse a ese oficio, que cuando le fué concedido lo

que anhelaba, dió gracias al Cielo desde lo más profundo de su alma. Es

indudable que, al encontrarse con un medio que le permitía substituir

con la perplejidad de sus dedos la perplejidad de su cerebro, y

con la destreza de sus manos las operaciones de su mente torturada

cuando adquirió alguna práctica en el oficio, se aminorasen mucho sus

tormentos, en cuyo caso, es natural que muestre resistencia a separarse

de lo que tanto bien le hizo. Aun hoy, aunque creo que no existe el

menor peligro de nuevas recaídas, aun cuando su amigo comparta esta

confianza mía, la idea de que pudiera llegar día en que hubiese de

necesitar la fragua, y no la encontrase, creo que ha de producirle un

dolor sólo comparable al del padre a quien amenazan con separarle de su

hijo.

--No estamos de acuerdo--replicó Lorry.--Sé que no soy autoridad en

la materia, pues como hombre de negocios, mi inteligencia se extingue

cuando no la aplico a cosas tan materiales como libras esterlinas,

chelines y billetes de Banco; pero aun así, pregunto: ¿la conservación

de la fragua, no tiende a la perpetuación de la idea? Si la fragua

desapareciese, mi querido Manette, ¿no desaparecería con ella el miedo?

En una palabra: ¿no es concesión hecha al temor de conservar la fragua?

--Comprenda usted también--contestó el doctor al cabo de otro rato de

silencio y con voz trémula--que se trata de un compañero antiguo.

--¡Un compañero antiguo que yo alejaría de mi lado!--replicó Lorry con

gran entereza, pues bueno será advertir que la iba ganando a medida que

la perdía el doctor.--¡Un compañero antiguo a quien yo sacrificaría

sin pizca de remordimiento! No me hace falta más que su autorización.

Conservarlo es pernicioso; de ello estoy seguro. Concédame el permiso

que solicito, mi querido Manette... ¡Usted es bueno... tiene buen

corazón... concédamelo en aras de la tranquilidad de la pobre hija de

mi amigo...!

La lucha que en el pecho del doctor libraron pensamientos

contradictorios, fué enconada, terrible, espantosa. Al cabo del rato,

dijo:

--En obsequio a la hija de su amigo, concedo la autorización que me

pide. Sanciono el sacrificio de la fragua; pero que no se haga ante

los ojos de su amigo. Aproveche un momento de ausencia y líbrenle del

dolor de presenciar la destrucción de lo que fué su compañero único en

tiempos pasados.

Con verdadera alegría aceptó Lorry la solución, y la conferencia quedó

terminada. Pasaron el día en el campo, lo que bastó para reponer al

doctor. Durante los tres días siguientes hizo su vida normal, y a los

catorce de la ausencia de su hija, salió a reunirse con ésta y con su

marido.

No bien cerró la noche del día en que el doctor salió de su casa,

penetró en el dormitorio de aquél nuestro buen amigo Lorry, armado

de una cuchilla de carnicero, una sierra, un cincel y un martillo.

Tras él entró la señorita Pross con un candelero en la mano. A puerta

cerrada, en el misterio de la noche, semejante al que comete un acto

criminoso, el señor Lorry hizo pedazos la banqueta de zapatero,

mientras la señorita Pross tenía la luz como quien asiste a la comisión

de un asesinato. En la cocina se procedió luego a la incineración

de la pecaminosa banqueta, previamente reducida a astillas, y a

continuación, los útiles y herramientas del oficio, zapatos, suela y

cuero, recibieron honrosa sepultura en el jardín anejo a la casa. Tanto

el señor Lorry, como la señorita Pross, mientras ejecutaban la hazaña y

hacían desaparecer los rastros, se consideraban, y de ello tenían casi

aspecto, cómplices de un crimen horrendo.

XX

UNA SÚPLICA

La primera persona que se presentó en la casa del doctor Manette

después de haber regresado los desposados de su viaje de novios, fué

Sydney Carton. Su traje, sus maneras, sus ademanes, su expresión, puede

decirse que eran las de siempre; pero sobre la dura corteza, con ser

extraordinariamente áspera, resaltaba cierto aire de fidelidad que no

pasó inadvertido a la escrutadora mirada de Carlos Darnay.

Carton aprovechó la primera oportunidad que se le deparó para llevar a

Darnay al hueco de una ventana, donde le habló sin que su conversación

llegara a oídos de ninguno de los presentes.

--Deseo que seamos amigos, señor Darnay--comenzó diciendo Carton.

--Me parece que lo somos ya--contestó Darnay.

--Agradezco que así lo diga usted, aun siendo sus palabras dictadas

lisa y llanamente por la educación. Pero no me refería yo a esa amistad

_convencional_. Al decirle que deseo que seamos amigos, aludo a otra

clase de amistad.

Carlos Darnay le rogó que se explicase.

--¡Por mi vida que encuentro más sencillo comprender yo la idea que

hacerla comprensible a los demás!--respondió Carton.--Probaré, sin

embargo. ¿Recuerda usted aquella ocasión memorable en que me encontraba

yo más borracho que de ordinario?

--Recuerdo la ocasión memorable en que me obligó usted a declarar que

había bebido.

--No la he olvidado yo tampoco. La maldición que pesa sobre esas

ocasiones deja en mí rastros tan duraderos, que puede decirse que no

las olvido nunca. Abrigo la esperanza de que ha de llegar un día, el

que ponga fin a los míos sobre la tierra, en que satisfaga por aquella

ocasión... No se alarme usted, que no es mi deseo sermonear.

--¡Si no me alarmo! La seriedad en usted no puede alarmarme nunca.

--Pues bien: con motivo de la borrachera en cuestión... una de mis

infinitas borracheras, estuve impertinente a más no poder hablándole

sobre si me era simpático o antipático: le ruego que la olvide y que

considere como no pronunciadas mis palabras.

--Las he olvidado hace mucho tiempo.

--¡Otra vez inspiran sus palabras los cumplimientos, las conveniencias

sociales! He de decir, señor Darnay, que no olvido yo tan fácilmente

como pretende olvidar usted. Yo no la he olvidado, y le aseguro que una

contestación ligera e indiferente por su parte no ha de contribuir a

hacérmela olvidar.

--Si mi contestación ha sido ligera, le ruego que me perdone--replicó

Darnay.--Mi intención fué quitar toda la importancia a lo que, con no

poca sorpresa mía, preocupa a usted demasiado. Le declaro, bajo mi

palabra de honor, que hace mucho tiempo que olvidé la conversación de

la noche a que se refiere, y entiendo que al olvidarla, no contraje

mérito alguno. Pues qué, ¿no me había prestado usted aquel mismo día un

servicio de esos que ningún corazón medianamente agradecido puede ni

debe olvidar?

--Me pone usted en el caso de decirle--respondió Carton--que ese gran

servicio de que me habla fué sencillamente lo que podríamos llamar

una travesura profesional, uno de esos recursos a que solemos apelar

los abogados para alcanzar populachería. Buena prueba de ello es que,

cuando se lo presté, me era completamente indiferente su suerte.

Observe usted que he dicho cuando se lo presté; es decir, que hablo de

cosas pasadas.

--Se empeña usted en empequeñecer mi obligación, y sin embargo, yo,

menos quisquilloso que usted, no me ofendo por la ligereza de su

contestación.

--Es la verdad desnuda, señor Darnay, la verdad desnuda. Pero me he

separado del objeto que perseguía. Hablaba de mis deseos de que seamos

amigos. Como usted me conoce ya, huelga que le diga que mi amistad a

nadie puede honrar. Si alguna duda le cabe, pregunte a Stryver.

--Prefiero formar opinión sin su auxilio.

--Muy bien. Por lo tanto, ya sabe que soy un perro disoluto, incapaz de

nada bueno, ahora y siempre.

--No estamos de acuerdo, amigo mío.

--Se lo aseguro yo, y usted debe creerme. Prosigo. Si usted se

encuentra con fuerzas para tolerar la presencia en esta casa de un

sujeto que nada vale, y que por añadidura goza de una reputación

discutible, yo le pediré que como favor especial me consienta venir

aquí o marcharme, sin sujeción a horas ni a reglas, no viendo en mí

otra cosa que un mueble inútil y... de buena gana añadiría _anormal_,

si no fuera por el parecido físico que entre nosotros dos media... un

mueble inútil, reservado para servicios raros y en el que uno ni repara

siquiera. Dudo mucho que abuse del permiso, si me lo concede. Hay cien

probabilidades contra una de que no utilizaré su complacencia más de

cuatro veces al año. Sería para mí una satisfacción saber que abuso.

--¿Hará usted lo posible por abusar?

--Veremos. ¿Me autoriza usted para que me tome la libertad que

solicito, Darnay?

--Autorizado, Carton.

Diéronse un apretón de manos y seguidamente se separó Carton. Un minuto

después, Carton era el hombre extravagante de siempre.

Aquella noche, en las conversaciones que siguieron a la cena, y en

las cuales tomaron parte la señorita Pross, el doctor, Lorry y

el matrimonio, hablóse incidentalmente y en términos generales de

Sydney Carton, pintándolo como problema viviente de indiferencia y de

atolondramiento. Darnay dijo a su propósito algunas frases que, si

bien no puede decirse que fueran duras ni ofensivas, reflejaban cierto

menosprecio.

Lejos estaba él de pensar que había lastimado la sensibilidad de su

bella esposa. Cuando más tarde, disuelta la tertulia, la encontró en su

habitación, no pudo menos de observar en ella cierta preocupación.

--Te encuentro pensativa esta noche--dijo Carlos, pasando su brazo al

rededor de su cintura...

--Lo estoy, mi querido Carlos--contestó Lucía, mirándole de

frente,--estoy pensativa esta noche porque algo tengo en el pensamiento

que me molesta.

--¿Y qué es, Lucía mía?

--¿Me das tu palabra de no llevar tu curiosidad más allá de lo que yo

desee?

--¿Y qué es lo que yo no prometeré a mi amor?

--Creo, Carlos, que el pobre señor Carton merece más consideración y

más respeto del que tú le has expresado esta noche.

--¿De veras? ¿Y por qué?

--Eso es precisamente lo que no debes preguntarme. Piensa nada más...

en que me consta que lo merece.

--Si a ti te consta, no hay más que hablar. ¿Qué quieres que haga, vida

mía?

--Lo único que deseo es que le trates siempre con mucha generosidad, y

que procures disculpar sus defectos cuando alguien los saque a la plaza

pública en su ausencia. También te ruego que creas que en su pecho late

un corazón que pocas, poquísimas veces se revela, un corazón cubierto

de heridas muy profundas. Créeme, querido mío, pues te aseguro que lo

he visto sangrando.

--Cree que siento en el alma haberle hecho objeto de mis

desconsideraciones--dijo Darnay, sin salir del asombro que las palabras

de su mujer le produjeron.--No fué mi intención tratarle injustamente.

--Pues no le hiciste justicia, Carlos mío. Temo que ha de ser imposible

hacerle variar, que ni su carácter, ni su manera especial de ser son

susceptibles de modificación; pero te aseguro que es hombre capaz de

buenas acciones, más, de acciones magnánimas.

Tan hermosa estaba Lucía, tan vivos destellos de luz purísima derramaba

sobre su lindo rostro la fe en un hombre, para todos perdido sin

remedio, que su marido, sin tener voz para contestarla, quedó como

extasiado contemplándola.

--¡Compláceme, amor mío!--exclamó Lucía, dejando caer su cabecita sobre

el pecho de su marido y alzando hacia éste sus ojos.--¡Reflexiona cuán

inmensa es nuestra dicha, y cuán de compadecer es él en su miseria!

La súplica dió en el blanco.

--¡No lo olvidaré nunca, corazoncito mío! ¡Lo recordaré mientras me

dure la vida!

Inclinóse sobre aquella cabeza adornada con rica vestidura de oro,

acercó sus labios a los de rosa de Lucía y estrechó a ésta entre sus

brazos.

Si el paseante nocturno que en aquellos instantes recorría ensimismado

las solitarias calles próximas al rinconcito de Soho, hubiera podido

oir aquella súplica dictada por una piedad purísima, si le hubiese sido

dado ver unas perlas clarísimas bebidas por un marido amante en unos

ojos azules y limpios como el cielo, habría exclamado con transporte:

--¡Que Dios bendiga su hermosa alma!

XXI

PASOS QUE RESUENAN

Rincón el más admirable para recoger los ecos era el en que vivía

el doctor Manette. Lucía, siempre ocupada en la agradable tarea de

retorcer el hilo de oro que la unía a su marido, a su padre, a si misma

y a su antigua directora y compañera, saboreaba una vida de felicidad

no interrumpida en aquel plácido centro de la tranquilidad, escuchando

el eco de los pasos del tiempo.

Algunas veces, sobre todo al principio, aun cuando se consideraba

completamente feliz, sus manos dejaban caer sobre sus rodillas el hilo

de oro que retorcía, y el azul purísimo de sus ojos se nublaba: era

que entre los ecos que muy a lo lejos resonaban creía percibir algo

muy ligero, muy sutil, apenas perceptible todavía, y que, sin embargo,

le producía cierta sensación de malestar. Llenaban entonces por igual

su corazón arrulladoras esperanzas y dudas mortificantes: esperanzas

de conocer un amor que no conocía todavía y temores de no vivir lo

bastante para saborear los goces purísimos de aquel amor. Entre los

ecos que en esas ocasiones herían sus oídos, sonaban los de sus propios

pasos caminando a la tumba; y al pensar en la soledad en que dejaría

a su marido, en el dolor agudo que su muerte le produciría, el llanto

acudía a sus ojos y se desbordaba por sus mejillas.

Pasaron esos tiempos. En sus brazos jugueteaba ya un ángel, llamado

Lucía, como ella; y entonces, dominando a todos los ecos de los pasos

que avanzaban, destacábanse siempre los de unos piececitos diminutos

mezclados a sonidos de plata emitidos por una lengua que comienza a

balbucear. Ya podían ensordecer al mundo los ecos más estruendosos: la

joven madre, sentada junto a la cuna, sólo oía la música arrulladora

de las medias palabras de su hijita. ¡El amigo divino de los niños, a

quien todas las madres suelen confiar el cuidado de sus hijos, había

tomado al de Lucía en sus brazos y convertídolo en manantial inagotable

de dicha para ella!

Siempre ocupada Lucía en retorcer el hilo de oro que ligaba a los

felices miembros de aquella familia, siempre aportando al tejido de las

vidas de todos el tramado de su benéfica influencia, bien que evitando

con cuidado exquisito que ésta predominase, en los ecos de los pasos de

los años no oía más que los de pisadas amigas. Entre ellos, destacábase

por lo fuerte y próspero el de su marido; el de su padre era firme y

siempre igual, y el de la señorita Pross arrebatado y violento, un

eco que despertaba mil ecos, eco semejante al del bronco corcel que

relincha y patea al ser castigado.

Ni aun en las contadas ocasiones en que a los ecos de alegría se

mezclaron ecos de dolor, fué éste cruel ni lacerante. Cuando sobre la

almohada de una camita caían en desorden los rizos de una cabellera

rubia, semejante a la de Lucía, sirviendo de marco a una carita

demacrada y transparente de un niño, que sonriendo con dulzura,

decía: «Mucho siento dejar a mi papaíto, y a mi mamaíta; mucho siento

separarme también de mi querida hermanita; pero me llaman de arriba y

debo acudir al llamamiento», las lágrimas que inundaron las mejillas de

la madre no fueron lágrimas de agonía; que no debe arrancarlas a sus

ojos el hecho de que un ángel abandone la envoltura que le servía de

vestido.

Al suave aletear de un ángel se unieron los ecos nacidos en la tierra,

de lo que resultó un rumor que no era del todo terreno, puesto que lo

animaba un soplo de los cielos. También se mezclaban a aquellos débiles

suspiros del viento que besan las flores del cementerio, suspiros

que recogía el oído de Lucía, creyendo que eran el alentar de un mar

de verano que duerme sobre plana playa de arena mientras su hijita,

estudiando con cómica gravedad las lecciones de la mañana, o embebida

en la tarea de vestir sus muñecas, charlaba mezclando palabras de las

dos ciudades que se habían combinado en su vida.

Muy contadas veces contestaban los ecos al paso real de Sydney Carton.

Media docena de veces al año, como máximum, hacía valer su privilegio

de presentarse en la casa del doctor sin ser llamado y de tomar parte

en la tertulia de la noche como tantas veces hiciera en tiempos

pasados. Jamás se presentó borracho ni medio bebido. Pero si rara vez

sonaban en el rinconcito de Soho los ecos de sus pasos, en cambio era

muy frecuente escuchar la breve y hermosa historia que a su propósito

susurraban aquéllos.

Jamás ha existido hombre locamente enamorado de una mujer, que la haya

visto y tratado con ojos puros y pensamiento inmaculado después que

aquélla ha sido esposa y madre. Cual si los tiernos hijitos de ésta

comprendieran su mudo dolor manifestábanle una simpatía singular...

algo así como un instinto delicado de compasión hacia él. No hablan

los ecos cuando vibran estas sensibilidades que tienen su asiento en

lo más recóndito del alma, pero aunque silenciosos, susurran. Carton

fué el primer extraño a la casa a quien la diminuta Lucía tendió sus

regordetes bracitos, y el niño, momentos antes de tender su vuelo hacia

el cielo, exclamó: «¡Pobre Carton! ¡Deseo que le den un beso por mí!»

Stryver penetraba por los dominios de las leyes cada día con bríos

mayores, semejante a poderosa nave que surca revueltos mares, y en su

estela se veía a Carton cual barcaza llevada a remolque. La barcaza así

favorecida por el navío que la tomó a remolque corre serios peligros,

por regla general, navega con dificultad y casi siempre anegada.

También Carton surcaba dando tumbos los mares de la vida, expuesto a

zozobrar en todo momento. Sin embargo, una costumbre arraigada y firme,

más arraigada y más firme en su pecho que ninguno de los estimulantes

que solemos llamar percepción del abandono de la desgracia, indicábale

el rumbo que debía seguir, y Carton lo seguía, sin que jamás se le

ocurriera salir del estado lamentable en que se veía, sin que tuviera

más aspiraciones de renunciar a su papel de chacal de un león que las

que nunca haya tenido un chacal de carne y hueso de elevarse a la

categoría de león. Stryver era rico. Había casado con una viuda dueña

de soberbias propiedades y madre de tres hijos, ninguno de los cuales

había sido dotado por la mano de la naturaleza con dones excepcionales,

aunque se distinguían por la masa espesa de púas hirsutas que adornaba

sus cabezas.

Stryver, exudando protección por todos los poros de su cuerpo, había

presentado a estos tres caballeritos en la plácida casita de Soho, y

ofrecídolos como discípulos al marido de Lucía. Con delicadeza sin

igual dijo el brillante abogado al hacer la presentación:

--Tengo el gusto de aportar a su almuerzo matrimonial estos tres

pedazos de pan, Darnay.

Con palabras muy corteses rechazó Darnay aquellos tres pedazos de pan,

alzando tal tempestad de indignación en el noble pecho de Stryver,

que de allí en adelante puso empeño especial en que en el alma de los

caballeritos en cuestión naciera y arraigara muy honda la idea de

tratar con el desdén más profundo a los mendigos como aquel maestro

famélico, cuyo patrimonio único es el orgullo. También tenía la buena

costumbre de enumerar y explicar a su mujer las artes de que en otro

tiempo se valió Lucía Manette para «pescarle», y del muro de diamante

que opuso a los artificios de aquélla, gracias al cual fué para aquel

pescador pez «no pescable». Algunos colegas suyos, que solían ser sus

compañeros en sus excesos báquicos, excusábanle diciendo que había

repetido tantas veces la mentira en cuestión, que hasta él mismo la

tenía ya por verdad de fe... lo que lejos de excusar una ofensa la

agrava en términos bastantes para justificar que el ofendido lleve al

ofensor a un sitio retirado y conveniente, y bonitamente y sin enojosos

procedimientos le deje colgado de cualquier árbol con un nudo corredizo.

Una historia de dos ciudades · 第 18 / 34 段