niegue. Además, no me extraña. Un regalo como el que usted ha hecho
a la señorita, es para arrancar lágrimas a los ojos de una estatua
de piedra. ¡Vaya un servicio de plata! Yo estuve llorando anoche
sobre cada uno de los tenedores, sobre cada una de las cucharas de la
colección desde que llegó el estuche hasta que pude verlo abierto.
--Lo que me envanece sobremanera, aunque por mi honor juro que no fué
mi intención que ese pequeño recuerdo hiciera sufrir a nadie. ¡Diablo,
diablo! ¡He aquí una ocasión que obliga a un hombre a pensar con pena
en lo lo que ha perdido! ¡Cuando me acuerdo de que hace ya cincuenta
años que podría haber en el mundo una señora Lorry...!
--¡Lo niego!--replicó la señorita Pross.
--¡Cómo! ¿Opina usted que era imposible que hubiera una señora Lorry?
--¡Quite usted allá! ¡Desde que lo mecían en su cuna viene usted siendo
soltero!
--Lo creo muy probable--contestó Lorry arreglándose el peluquín.
--Y antes que lo pusieran en la cuna, lo cortaron para solterón
sempiterno.
--En cuyo caso, hicieron muy mal, pues debieron escuchar mi voto antes
de escoger el patrón... Estoy oyendo ruido de pasos en la habitación
contigua, mi querida Lucía--añadió pasando el brazo alrededor de la
cintura de la novia--y la señorita Pross, y yo, como personas formales
y de negocios que somos, suspendemos nuestra controversia, porque no
queremos desperdiciar la oportunidad que se nos ofrece para decirla
algunas cosillas que no la desagradará oir. Va usted a dejar a su
padre, querida niña, en manos tan cariñosas y tan deseosas de servirle
como las de usted, en manos que se desvivirán por atenderle y cuidarle
durante las dos semanas que los felices desposados han de pasar en
Warwickshire y sus contornos. Hasta el Banco Tellson retrocederá,
metafóricamente hablando, para darle paso. Y cuando terminados los
quince días, acompañe a usted y a su querido esposo en el viaje a
Wales, que ha de durar otros quince días, ha de confesar usted que
se lo devolvemos más contento y feliz de lo que nos lo dejó... Pero
_alguien_ se acerca a la puerta, y esta linda muchachita permitirá que
la bese un solterón empedernido antes que aquel _alguien_ llegue y
reclame lo que es suyo.
El excelente Lorry estuvo un buen espacio contemplando aquel hermoso
rostro, separó luego los sedosos rizos de oro, que se confundieron con
su peluquín castaño, y posó sus labios sobre la tersa frente con la
delicadeza con que hacían estas cosas los contemporáneos de Adán.
Abrióse la puerta de la habitación del doctor saliendo éste seguido
de Carlos Darnay. Mortal palidez cubría el rostro del primero, en el
que ni rastros de color quedaban, palidez que no existía cuando en su
habitación quedó encerrado con Darnay. Su actitud, sin embargo, su
expresión, continuaban inalterables, aunque el ojo penetrante de Lorry
descubrió cierta indicación sombría que acusaba el paso sobre su alma
del soplo de repulsión y de odio que otras veces, semejante a fugaz
ráfaga de viento helado, le había azotado.
Dió el brazo a su hija y la acompañó hasta el carruaje que Lorry, en
atención a la solemnidad del día, había alquilado. Las demás personas
se acomodaron en otro carruaje, y minutos después, Carlos Darnay y
Lucía Manette quedaban unidos con dulces e indisolubles lazos en la
iglesia próxima.
Además de las transparentes lágrimas que brillaron entre sonrisas
mientras tenía lugar la ceremonia, en la mano de la novia chispearon
algunos brillantes de aguas clarísimas que momentos antes habían sido
libertados de la obscuridad de uno de los bolsillos del señor Lorry,
donde se hallaban recluídos. Regresaron los novios a la casa, seguidos
por el reducido círculo de invitados, almorzaron, y más tarde, la
hermosa cabellera de oro que en otro tiempo confundiera sus hebras con
los blancos mechones del pobre zapatero que en un sotabanco de París
hacía zapatos con verdadero ardor, volvió a juntarse con los mismos,
bañada por los resplandores de un sol matinal, en el umbral de la
puerta y en el momento de la despedida.
Era una separación dolorosa, aunque su duración habría de ser poca. El
padre animó a su hija, se desprendió dulcemente de los amantes brazos
de ésta, y dijo con expresión animada:
--¡Tómala, Carlos! ¡Es tuya!
Un minuto después, por la ventanilla de una silla de posta que se
alejaba salía una mano que agitaba un pañuelo; la mano de Lucía.
Como el rinconcito de Soho estaba a cubierto de miradas curiosas y
fuera de los sitios frecuentados por los ociosos, y por otra parte,
los preparativos habían sido sencillos y nada aparatosos, una vez se
hubieron ido los novios, quedaron completamente solos el doctor, el
señor Lorry y la señorita Pross. Cuando los tres volvieron a entrar en
el salón, fué cuando Lorry reparó en el cambio terrible que acababa
de sufrir el doctor: no parecía sino que el brazo del gigante de oro
había descargado sobre él un golpe envenenado.
Natural era que a los esfuerzos violentísimos que necesariamente hubo
de hacer para mantener cerrada dentro del pecho su emoción, siguiera
la revulsión, también violenta, tan pronto como desapareciera la
causa, la ocasión de aquéllos. No fué, pues, la revulsión, no fué el
aplanamiento, lo que alarmó al señor Lorry, sino el enajenamiento
con que llevó el doctor las manos en la cabeza, la monotonía lúgubre
con que empezó a pasear tan pronto como entró en la habitación, y
le alarmaron esos síntomas, porque le recordaron el sotabanco de la
taberna de Defarge y la condición en que allí encontró al doctor.
--Creo--dijo en voz muy baja a la señorita Pross--que no debemos
dirigirle la palabra en este instante ni distraerlo en forma alguna.
Voy a dar un vistazo al Banco, de donde regresaré dentro de un momento.
A mi vuelta, le sacaré al campo, donde comeremos después de dar un buen
paseo, y espero que de esa suerte conseguiremos disipar los negros
pensamientos que parece que flotan sobre su alma.
Nada más fácil para Lorry que entrar en el Banco; pero nada más difícil
que salir de él. El vistazo que se proponía dar duró dos horas. Cuando
volvió a la casa de Soho y subió la escalera, sin preguntar al criado
que salió a abrirle, al ir a entrar en la habitación del doctor, a la
cual se dirigía en derechura, quedó como clavado en el suelo. Dentro de
la habitación sonaban recios y repetidos golpes.
--¡Buen Dios!--exclamó, retrocediendo un paso--¿Qué es eso?
La señorita Pross, con el terror pintado en su cara, murmuró en su oído:
--¡Qué desgracia...! ¡Pobres de nosotros...! ¡Todo está perdido, todo!
¿Qué le decimos a la señorita? ¿Quién se lo dice? ¡Oh...!--añadió,
retorciéndose las manos--¡No me conoce, señor Lorry, y está haciendo
zapatos!
Esforzóse Lorry por calmarla, bien que inútilmente, y penetró en la
habitación del doctor. Había acercado éste la banqueta a la ventana,
tal como la tenía colocada en el sotabanco de París, y trabajaba con
ardor, doblada la cabeza sobre el zapato.
--¡Doctor Manette!--gritó Lorry.--¡Mi amigo querido... mi buen doctor
Manette...!
Alzó la cabeza el doctor, miró al que le llamaba con expresión entre
de extrañeza y de cólera, descontento sin duda de que se atrevieran a
dirigirle la palabra... y prosiguió su tarea.
Habíase despojado de la levita y del chaleco, llevaba la camisa
desabrochada y el pecho desnudo, exactamente igual que cuando le
encontraron en el sotabanco de la taberna, hasta había recobrado
su rostro el antiguo aspecto macilento y sombrío de los años de su
desgracia, y trabajaba con ardor extraordinario, con impaciencia, como
quien termina una obra urgente y no quiere ser interrumpido.
Miró Lorry el zapato que el doctor cosía y vió que era de forma muy
pasada de moda. No se atrevió a sacárselo de las manos; pero tomó otro
que había a los pies del zapatero, y preguntó a éste qué era.
--Zapato de paseo para señorita--contestó el doctor sin alzar los
ojos.--Hace ya mucho tiempo que debí terminarlo. Déjeme en paz.
--¡Pero por Dios vivo, doctor Manette!--exclamó Lorry.--¡Míreme!
Obedeció el doctor con la sumisión mecánica antigua, pero sin
interrumpir su labor.
--¿No me conoce ya, mi querido amigo? ¡Vuelva usted en sí, doctor
Manette! Su oficio no es el de zapatero... no lo ha sido nunca.
Fué trabajo perdido intentar arrancarle una sola palabra. Alzaba
momentáneamente la cabeza cuando Lorry se lo decía, pero todas las
instancias, todas las súplicas fueron estériles: no habló. Trabajaba,
cosía con verdadero ardor, y las palabras que le eran dirigidas
resbalaban sobre sus oídos, cual resbalarían sobre frío muro de acero.
Un solo rayo de esperanza brilló entre las sombras de desesperación
que envolvieron a Lorry, y fué que algunas veces, el doctor le miraba
furtivamente sin que él se lo dijera. El rayo de esperanza era débil,
como que no tenía más fundamento que el de ser las miradas de su amigo
a manera de indicación de curiosidad, de perplejidad de ánimo, algo así
como síntoma de que el doctor intentaba armonizar, poner de acuerdo
ciertas dudas que hubiesen surgido en su alma.
Lorry opinó que se imponía la necesidad de adoptar dos resoluciones
importantes, aparte de otras de importancia más secundaria: la primera,
evitar que Lucía tuviera noticia de la desgracia, y la segunda,
evitar que ésta llegara a oídos de ninguna de las personas que
conocieran al doctor. Puesto de acuerdo con la señorita Pross, tomó
inmediatamente las medidas de precaución necesarias para conseguir el
segundo resultado, y éstas consistieron en manifestar que el doctor se
encontraba indispuesto, y que su estado de salud exigía algunos días de
reposo y de aislamiento absoluto. Para engañar a su hija, la señorita
Pross debía escribir una carta haciéndola saber que su padre había
tenido que salir por asuntos de su profesión, y comentando una misiva
recibida por correo y escrita por el doctor a toda prisa, en la cual se
limitaba a decir que su ausencia sería breve.
Estas medidas eran, por decirlo así, de carácter general, y Lorry las
adoptó por si la crisis desgraciada del doctor desaparecía pronto.
Por si esta solución no se hacía esperar, consideró necesario, o muy
conveniente por lo menos, seguir un plan del que se prometía grandes
resultados para lo futuro, plan que consistía en formar opinión fundada
y motivada acerca de la condición de ánimo de su amigo.
Muy pronto hubo de convencerse de que, hablarle, no sólo era
perfectamente inútil, sino también perjudicial, puesto que cuando le
estrechaba a fuerza de preguntas o de observaciones, le desazonaba
y excitaba más y más. Desistió, en consecuencia, de hablarle, y
resolvió no dejarle un momento solo, convertirse en protesta muda
contra el engaño en que había caído o estaba cayendo. A este efecto,
y en su deseo de llevar a cabo la noble misión que se había impuesto
envolviéndola en el mayor secreto, por primera vez en su vida tomó las
medidas convenientes para permanecer por plazo indefinido ausente del
Banco, y se posesionó de una butaca colocada junto a la ventana de la
habitación del doctor, donde se pasaba el tiempo leyendo o escribiendo.
El doctor Manette comió y bebió lo que le sirvieron, y trabajó el día
primero hasta que le faltó la luz, siendo de notar que, cuando él hubo
de dejar su tarea, hacía ya media hora larga que Lorry había tenido que
dejar a un lado el libro que estaba leyendo, sencillamente porque no
veía ya las letras. Lorry se levantó al ver que el doctor dejaba los
útiles del oficio, y le preguntó:
--¿Quiere usted salir?
Clavó el doctor los ojos en el suelo, los llevó de una parte a otra
como en tiempos pasados, y alzándolos al fin, dijo:
--¿Salir?
--Sí... A dar un paseo conmigo: ¿por qué no?
No intentó explicar por qué no, ni volvió a despegar los labios; pero
Lorry, mientras le contemplaba con mirada penetrante, doblando el
cuerpo, apoyados los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las
palmas de las manos, creyó que el desdichado se preguntaba a sí mismo:
«¿Por qué no?» La sagacidad del hombre de negocios vió en ello una
ventaja, y resolvió sacar de ella todo el partido posible.
Durante las noches, vigilaban al enfermo desde la habitación contigua,
ora el señor Lorry ora la señorita Pross, a cuyo efecto habían
establecido dos turnos, correspondientes a otras tantas mitades en que
dividieron el servicio de guardia. El doctor solía pasar algún tiempo
paseando por su cuarto antes de recogerse en el lecho; pero cuando se
acostaba, dormíase profundamente y disfrutaba de un sueño tranquilo.
Llegada la mañana, no bien se levantaba, dirigíase en línea recta a su
banqueta y se ponía a trabajar.
En el segundo día de la crisis, Lorry saludó al doctor llamándole
por su nombre, y seguidamente comenzó a hablarle de asuntos que a
entrambos eran muy familiares. No le contestó aquél, pero era evidente
que oyó lo que se le decía y que pensaba en ello, bien que de una
manera confusa. Esto animó a Lorry, quien rogó a la señorita Pross que
entrara a hacerle compañía varias veces durante el día, a fin de hablar
constantemente de Lucía y de su padre, presente a las conferencias,
con naturalidad y como si nada hubiese sucedido. Los resultados no
fueron muy felices, pero tampoco tan estériles que no animaran a Lorry
a continuar el plan, pues se consiguió, ya que no otra cosa, disipar,
siquiera fuera por breves instantes, el estado de indiferencia en que
se hallaba sumido.
Cuando cerró la noche de este segundo día, Lorry repitió su pregunta
del día anterior:
--Mi querido doctor: ¿quiere usted salir?
Y como el día anterior respondió el interrogado:
--¿Salir?
Fingió Lorry una ausencia al no poder obtener otra contestación,
volviendo a entrar al cabo de una hora. Mientras Lorry estuvo fuera, el
doctor retiró la banqueta que estaba junto a la ventana y se sentó en
una silla, desde donde estuvo contemplando el plátano del patio; pero
no bien entró Lorry en la habitación, volvió a sentarse en la banqueta.
Pasaron los días, y las esperanzas que Lorry concibiera íbanse
desvaneciendo poco a poco. Cierto que la desgracia no había salido de
la habitación del doctor; cierto que era un secreto para todos, que
Lucía ni remotamente la sospechaba y que era feliz y estaba contenta;
pero el buen banquero no podía menos de ver, con profunda pena, que el
zapatero, cuya mano estaba torpe los primeros días, iba adquiriendo una
habilidad maravillosa, que el doctor tomaba por momentos más gusto al
oficio, y que sus manos en ninguna hora del día trabajaban con tanto
ardor y tanta destreza como cuando la noche tendió su negro manto sobre
el día noveno después de la desgracia.
XIX
UNA OPINIÓN
Muertas las energías a manos de largas y ansiosas horas de incesante
vigilancia, el señor Lorry cayó dormido en su puesto de honor. Un rayo
tan indiscreto como brillante del sol matinal vino a sacudir el pesado
sueño que le venciera la noche anterior, que era la décima de las de la
serie de vigilancia.
Con mano nerviosa se frotó los ojos, púsose en pie y corrió a la
entrada del dormitorio del doctor. Allí se detuvo con brusquedad,
preguntándose si dormía o si estaba despierto. ¿Motivos? Los tenía
sobrados: la banqueta, con el resto de los útiles del oficio de
zapatero, estaba en un rincón, y el doctor leía tranquilamente,
arrellanado en una butaca junto a la ventana. Vestía traje de mañana,
y su rostro, que Lorry veía perfectamente, aunque un poquito pálido,
reflejaba una calma y una placidez absolutas.
Unos cuantos pellizcos administrados con mano firme llevaron al ánimo
del señor Lorry el convencimiento de que no dormía: punto era éste
que quedaba perfectamente aclarado y dilucidado. Pero si entonces
estaba despierto, ¿no se pasó durmiendo los días anteriores? El
zapatero, que tantos quebraderos de cabeza le proporcionó, ¿no sería
un personaje soñado, un hijo de prolongada pesadilla? ¿Cabía otra
explicación al hecho de que estuviera entonces viendo, con sus propios
ojos, perfectamente despiertos, a su amigo, vestido como de ordinario,
tranquilo como de ordinario, y leyendo como de ordinario?
Y sin embargo, de no haber sido su confusión y su atonía tan grandes,
esta hipótesis última caía por su base. Si el desgraciado cambio de tan
profunda impresión le había producido fué soñado y no real, ¿qué hacía
en la tranquila casa de Soho el banquero del famoso Tellson? ¿Cómo
acababa de encontrarse dormido, vestido y calzado, sobre el sofá de la
sala de consultas del doctor Manette? ¿Por qué le asaltaban aquellas
dudas a hora tan temprana de la mañana y precisamente en la entrada de
la alcoba del doctor?
Minutos después, la señorita Pross susurraba algunas palabras en su
oído. Si algún resto de duda hubiese quedado en su ánimo, las palabras
que herían sus oídos la habrían disipado, pero no quedaban ya: su
cabeza estaba fresca y las dudas habían desaparecido. Ante el nuevo
estado de cosas, aconsejó Lorry no hacer nada hasta que llegase la
hora del almuerzo, y visitar entonces al doctor como si nada hubiera
ocurrido. Si su amigo continuaba tranquilo y dueño de sí mismo, Lorry
le interrogaría con cautelosa astucia y procuraría obtener de él mismo
algo que pudiera orientarle y servirle de guía en lo sucesivo.
El plan, que mereció la aprobación de la señorita Pross, fué ejecutado
con diligente esmero. Lorry, que dispuso de tiempo sobrado para
acicalarse, se presentó a la hora del almuerzo pulcro e irreprochable.
El doctor fué llamado como de ordinario, y como de ordinario se sirvió
el almuerzo.
De la conversación, entablada y seguida por parte de Lorry con con
cautela y tacto exquisitos, infirió que el doctor creía que el
matrimonio de su hija había tenido lugar el día anterior. Avanzando con
método en sus trabajos de exploración, dejó caer como al descuido una
alusión al día de la semana y del mes en que se encontraban, alusión
que confundió visiblemente al doctor, mas como quiera que en todos los
demás reflejaba una serenidad de juicio evidente, Lorry resolvió buscar
la ayuda que ambicionaba, y esa ayuda la esperaba del mismo doctor. En
consecuencia, terminado el almuerzo y levantados los manteles, dijo
Lorry con muestras de vivo interés:
--Mi querido Manette, deseo me exponga usted su opinión acerca de un
caso que me interesa extraordinariamente, de un caso muy curioso...
quiero decir, muy curioso para mí, pues quizá usted lo encuentre
natural y lógico.
El doctor escuchaba con viva atención y mirando con expresión
conturbada sus manos encallecidas por el trabajo de los diez días
últimos. Ya antes las había mirado con frecuencia.
--Afecta el caso en cuestión, mi querido Manette--repuso Lorry--a
un amigo mío, a quien quiero mucho. He aquí por qué le ruego muy de
veras que lo examine con verdadero interés y me aconseje en bien de mi
amigo... y sobre todo, en bien de su hija... de la hija de mi amigo, mi
querido Manette.
--Si no entiendo mal--contestó el doctor en voz muy baja,--se trata de
un sacudimiento mental...
--¡Eso es!
--Hábleme con claridad y sin omitir detalle--dijo el doctor.
Comprendió Lorry que se habían entendido, y prosiguió así:
--Mi querido Manette, se trata de una conmoción terrible, muy antigua
y que duró varios años, de una conmoción cruel, brutal, de las
afecciones, de los sentimientos, de... las facultades, del espíritu...
eso es: del espíritu. Cuánto tiempo duró la conmoción que rindió y
abatió al desdichado que fué su víctima, es lo que no puedo precisar,
pues sólo mi amigo podría decírnoslo, y él no se hallaba en condiciones
de calcular el tiempo. El que sufrió la conmoción llegó a reponerse
de sus efectos merced a un proceso que ni él mismo puede explicar...
según le oí manifestar en público en una ocasión en que hizo un relato
conmovedor de sus desgracias. Digo que se ha repuesto de los efectos
del sacudimiento mental tan completamente, que hoy es un hombre de
inteligencia clarísima, un hombre que puede entregarse a ocupaciones
intelectuales profundas, de alma vigorosa y de cuerpo fuerte, un hombre
que multiplica todos los días sus conocimientos, y cuenta que ya antes
poseía de ellos rico caudal. Por desgracia... ha tenido... una pequeña
recaída.
El doctor preguntó anhelante:
--¿De qué duración?
--Ha durado nueve días con sus noches.
--¿En qué forma se manifestó?--preguntó el doctor, mirando de nuevo sus
manos.--¿Tal vez volviendo a entregarse a alguna ocupación antigua
relacionada con su sacudimiento mental?
--En efecto.
--Otra cosa: ¿Tuvo usted alguna vez ocasión de verle entregado
a esa ocupación, durante su enfermedad original anterior a la
recaída?--preguntó el doctor con gran calma, bien que siempre con voz
muy baja.
--Una sola vez.
--Después de su recaída, ¿le encontró usted igual que antes en casi
todo... o en todo?
--Creo que en todo.
--Habló usted antes de una hija de su amigo: ¿ha tenido la hija noticia
de la recaída del padre?
--No: la recaída ha permanecido rodeada del secreto más rígido, y
no creo que la hija llegue a sospecharla nunca. De ella tenemos
conocimiento dos personas nada más: yo, y otra de confianza absoluta.
--¡Previsión delicada y generosa, amigo mío!--exclamó el doctor
estrechando efusivamente la mano de Lorry.
Los dos interlocutores guardaron silencio por espacio de algunos
momentos.
--Soy hombre de negocios, mi querido Manette--dijo Lorry poniendo fin
al silencio y hablando con acentos de vivo cariño,--y, por tanto,
profano en asuntos tan enrevesados y difíciles. Me faltan datos que me
orienten, me falta inteligencia, conocimientos que me guíen, me falta
una persona que me asesore. En este mundo, no hay hombre en quien pueda
yo hacer confianza ni que me pueda sacar de dudas, como no sea usted.
Dígame, ¿a qué fué debida la recaída? ¿Existe peligro de que sobrevenga
otra? Suponiendo que el peligro exista, ¿hay medios de prevenirla? ¿Qué
medios son estos? ¿Qué puedo hacer en obsequio de mi amigo? Jamás ha
existido en el mundo hombre que con tanto anhelo deseara servir a un
amigo como yo al mío, si supiera cómo; pero no sé qué hacer si el caso
se repite. Si su sagacidad de usted, sus conocimientos, su experiencia,
pueden indicarme el camino recto, creo sin inmodestia que podré
hacer mucho: sin luces, sin auxilio extraño, todos mis buenos deseos
naufragarán en el mar obscuro de mi ignorancia. Por favor, déme usted
algunas explicaciones, ilumíneme un poquito y enséñeme la manera de ser
útil a mi amigo.
El doctor Manette bajó la cabeza y se sumergió en profundas
meditaciones. Lorry esperó con calma.
--Me parece muy probable--dijo el doctor al cabo de un rato--que la
recaída que usted acaba de describirme estuviera prevista por el que
fué su víctima.
--¿Acaso prevista y temida?--se atrevió a preguntar Lorry.
--Temida, sí--exclamó el doctor, estremeciéndose involuntariamente.--No
es posible que usted se forme idea aproximada del peso enorme con
que ese temor gravita sobre el pecho del paciente... ni de la casi
imposibilidad en que se encuentra de hablar palabra acerca del asunto
que le oprime.
--¿Y no cedería esa opresión--preguntó Lorry--si se resolviera a
confiar a alguien el secreto que por lo visto le atosiga?
--Creo que sí; pero le es, según acabo de decir, punto menos que
imposible. Hasta se me figura... que es imposible en absoluto.
Sobrevino otra pausa, a la que puso fin Lorry, preguntando con dulzura:
--¿A qué causa atribuye usted la recaída?
--A mi juicio--respondió el doctor Manette,--ha sobrevenido un
despertar enérgico de los recuerdos que fueron causa determinante de
la enfermedad inicial, han revivido ideas asociadas con las torturas
antiguas al soplo de algún suceso reciente. Es muy probable que en la
mente del paciente viniera acumulándose desde hace algún tiempo el
temor a ese despertar enérgico de recuerdos dolorosos... con motivo de
determinadas circunstancias.... con motivo de un suceso determinado...
En este caso, el paciente intentó adoptar medidas de prevención....
las adoptaría seguramente, pero en vano. ¡Quién sabe si los mismos
esfuerzos hechos para resistir el golpe le incapacitaron para
soportarlo!
--¿Cree usted que mi amigo recuerda lo que ha hecho durante la
recaída?--preguntó Lorry, después de vacilar durante algunos segundos.
Tendió el doctor miradas tristes en derredor, movió la cabeza, y
contestó con voz más baja que nunca:
--¡Absolutamente nada!
--Pasemos ahora al pronóstico... al porvenir.