ojos en el cliente.--A poco más que continúes aquí, escribiré _Barsad_
en tus mismas barbas.
--¿Es usted casada, señora?
--Sí.
--¿Con hijos?
--Sin hijos.
--Y los negocios, ¿bien?
--Los negocios muy mal. ¡Son tan pobres las gentes!...
--¡Ah, sí! ¡Pobres y desgraciadas! ¡Y hasta oprimidas
vergonzosamente!... como dice usted.
--Como dice _usted_--rectificó la tabernera, moviendo con más rapidez
los dedos y añadiendo algo al apellido _Barsad_.
--Perdone usted: cierto que fuí yo quien lo dije, pero no me cabe duda
de que usted lo piensa. No puede ser otra cosa.
--¿Que yo lo pienso?--replicó la tabernera.--Nos ocasiona a mi marido
y a mí demasiados quebraderos de cabeza el establecimiento para que
podamos permitirnos el lujo de pensar. En lo único que pensamos es en
que no nos falte lo necesario para vivir. Este es el objetivo de todas
nuestras cavilaciones, el que proporciona campo muy dilatado para todos
nuestros pensamientos. ¿Yo pensar para los demás? ¡No en mis días!
El espía, que había entrado decidido a recoger lo que pudiera, se
guardó muy mucho de permitir que su siniestra cara reflejara su
desencanto. Antes por el contrario, continuó apoyado de codos sobre
el mostrador, dirigiendo alguna que otra galantería a la tabernera y
tomando de tarde en tarde algún sorbito de coñac.
--La ejecución de Gaspard ha sido una brutalidad judicial, señora.
¡Pobre Gaspard!--exclamó, exhalando un suspiro.
--No estamos de acuerdo--replicó la tabernera con frialdad.--Justo es
que aquellos que se permiten dar a sus cuchillos el empleo que Gaspard
dió al suyo, lo paguen. Sabía él perfectamente el precio a que se pagan
esos lujos, y lo ha pagado: nada más natural.
--Creo--añadió el espía bajando la voz y como invitando a su
interlocutora a pasar al terreno de las confidencias, a la par que
daba a su siniestra cara expresión resueltamente revolucionaria,--creo
que todo este barrio compadece la suerte del desgraciado y ruge de
furor contra los que le han sacrificado. Aquí para entre los dos, lo
encuentro justificado.
--¿Pero existe ese furor?
--¿No lo ha observado usted?
--Aquí está mi marido--dijo la señora Defarge.
No bien entró el tabernero en el establecimiento, el espía saludó
llevando la mano al sombrero y diciendo con sonrisa insinuante:
--Buenos días, Santiago.
Defarge quedó como clavado en el suelo, fijos los ojos en el espía.
--Se equivoca usted, señor mío.--Me confunde usted con otro. No me
llamo Santiago: soy Ernesto Defarge.
--Es igual--repuso el espía con la sonrisa en los labios, bien que sin
poder ocultar del todo su contrariedad.--El nombre es lo de menos.
Buenos días.
--Buenos días--contestó secamente Defarge.
--Estaba diciendo a la señora, con la que he tenido el honor de charlar
un rato, que, según me dicen, reina en el barrio... y no me admira...
tanta simpatía en favor del infortunado Gaspard como irritación contra
los que inhumanamente lo han sacrificado.
--A nadie he oído decir semejante cosa--replicó Defarge.--No sé una
palabra.
Dicho esto, pasó detrás del mostrador y se colocó a espaldas de su
mujer. Desde el lado opuesto de la frágil barrera contemplaba el
matrimonio a aquel individuo a quien hubieran arcabuceado con el mayor
placer.
El espía, práctico en su oficio, no modificó su actitud de
indiferencia. Apuró el contenido de la copita que le habían servido,
tomó un sorbo de agua fresca, y pidió la segunda copa de coñac.
Sirviósela la señora Defarge, después de lo cual continuó haciendo
media con gran ardor y tarareando una tonadilla.
--Parece que conoce usted bien el barrio--observó Defarge;--quiero
decir, que lo conoce mejor que yo.
--No, amigo mío. Lo conozco muy poco, pero espero llegar a conocerlo
bien. Sus míseros habitantes despiertan en mí interés profundo.
--¡Ah!--exclamó Defarge.
--El placer de conversar con usted, señor Defarge--prosiguió el
espía--me recuerda que he tenido el honor de familiarizarme con
incidentes en los cuales ha tomado usted parte activa.
--¡De veras!--dijo Defarge con indiferencia.
--Nada más cierto. Cuando pusieron en libertad al doctor Manette,
hízose usted, en tiempos pasados su criado, cargo de él. Se lo
confiaron a usted. Ya ve, pues, que estoy al tanto del asunto.
--Es verdad: tiene usted razón--contestó.
Accidentalmente, el codo de su mujer, que continuaba moviendo las
agujas con gran actividad, rozó el suyo, y en el roce, a pesar de
ser accidental, vió Defarge una indicación de que contestase él las
preguntas del espía, pero con brevedad.
--Se presentó a usted la hija del doctor--continuó el espía.--Vino en
compañía de un caballero... ¿cómo se llamaba éste?... Un caballero
que usaba peluquín... ¡Ah, sí! Lorry... Lorry se llamaba... del Banco
Tellson y Compañía... Vino en compañía del señor Lorry, se hizo cargo
de la persona de su padre y lo llevó a Inglaterra.
--Así fué, en efecto--repitió Defarge.
--Siempre recuerda uno con gusto incidentes semejantes--repuso el
espía.--He conocido al doctor Manette y a su hija en Inglaterra.
--¿Sí?--preguntó Defarge.
--¿Recibe usted noticias suyas con frecuencia?--preguntó el espía.
--No--respondió Defarge.
--Hace muchísimo tiempo que no sabemos de ellos--terció la señora del
tabernero.--Recibimos noticias de que habían llegado bien, y algún
tiempo después una carta... quizá dos; pero luego, ellos han seguido
su camino, nosotros el nuestro, y ha cesado en absoluto nuestra
correspondencia.
--Es lo que suele ocurrir--observó el espía.--La hija está para casarse.
--¿Está para casarse?--repitió la señora Defarge.--Es bastante hermosa
para haberse casado hace mucho tiempo. ¡Por supuesto, ustedes, los
ingleses, son bloques de hielo en vez de hombres!
--¡Ah! ¿Quién ha dicho a usted que soy inglés?
--Veo que su lengua es inglesa, y siempre he creído que el hombre es de
la misma nacionalidad que su lengua.
El ver descubierta su nacionalidad no hizo ninguna gracia al espía,
aunque tuvo buen cuidado de guardar en el fondo de su pecho el
descontento. Soltó una carcajada, apuró el contenido de la copa y
repuso:
--Pues sí, la señorita Manette está para casarse, pero no con un
inglés, sino con un hombre que, como ella, nació en Francia. ¡A
propósito de Gaspard!... ¡Pobre Gaspard!... ¡Fué una crueldad... un
acto de ferocidad!... Pues bien, el hombre con quien la señorita
Manette va a casarse es el sobrino del señor Marqués por cuya causa
bailó Gaspard a una altura de cuarenta pies sobre el suelo; mejor
dicho: el Marqués actual. Vive en Inglaterra bajo nombre supuesto, sin
ostentar el título de Marqués. Se hace llamar Carlos Darnay; ya sabe
usted que el apellido de su madre era D'Aulnais.
La señora Defarge no tenía ojos ni manos, ni facultades más que para la
media que hacía, pero la noticia produjo en su marido efecto palpable.
Su cara reflejó intensa turbación, pese a sus esfuerzos por dominarse,
temblaban sus manos, y su agitación interior le salía por todos los
poros de su cuerpo. No habría sido el espía digno de su cargo si no
hubiese reparado en ello y grabádolo en su memoria.
Obtenido ese resultado, bien que sin saber si podría serle de algún
provecho, el señor Barsad, viendo que no llegaban parroquianos cuyas
conversaciones hubieran podido facilitarle datos preciosos, pagó lo que
había tomado y se despidió, no sin manifestar, con suma amabilidad,
que tendría el placer de visitar con frecuencia el establecimiento.
Minutos después, cuando el espía había salido del radio protegido por
San Antonio, marido y mujer continuaban exactamente lo mismo que si el
espía no hubiera salido de la tienda, temiendo, sin duda, que volviera
sobre sus pasos.
--¿Será verdad lo que ese hombre ha dicho a propósito de la señorita
Manette?--preguntó Defarge en voz baja.
--Probablemente será mentira; pero no niego que puede ser
verdad--respondió la mujer.
--Si lo es...
Defarge no terminó su pensamiento.
--¿Qué?--preguntó la mujer.
--Si lo es... y dado que las cosas vengan en forma que nosotros podamos
ver el triunfo... por ella desearé yo que el Destino retenga lejos de
Francia a su marido.
--El destino de su marido le llevará a donde deba ir--respondió
con calma glacial la tabernera--y le conducirá al fin que le está
destinado. Es lo único que puedo decirte.
--Pero me negarás que es muy... extraño... digo extraño por no emplear
otro calificativo... ¿no te parece extraño que con toda la simpatía que
siempre nos ha merecido su padre, y aun ella misma, proscribas tú con
tu propia mano en este instante a su marido, sin más fundamento que lo
que acaba de decir ese perro del infierno que se fué hace un momento?
--Cosas más extrañas que esa ocurrirán cuando llegue el día--respondió
la señora Defarge.--A los dos los tengo aquí; no te quepa duda; y se
les tratará según sean sus merecimientos. Esto debe bastarte.
Dichas estas palabras, recogió la media y quitó la rosa que adornaba su
cabeza. Fuera que instintivamente sabía San Antonio la hora, el momento
preciso en que la tabernera haría desaparecer aquella flor inocente que
tanto parecía desagradarle, fuera que estuviese acechando el instante
de su desaparición, es lo cierto que el Santo no tardó en presentarse,
y que, al cabo de contados segundos, el establecimiento había recobrado
la animación de costumbre.
Llegada la noche, en las épocas del año en que los habitantes de San
Antonio se sentaban en las puertas de sus casas o se reunían por calles
y patios buscando aire puro que respirar, la señora Defarge, con su
labor en las manos solía ir de puerta en puerta y de grupo en grupo...
especie de misionero como tantos otros. Todas las mujeres hacían
calceta, sin duda para que aquel trabajo mecánico substituyese al de
las mandíbulas, en paro forzoso la mayor parte del tiempo. Ya que no
podían moverse las mandíbulas ni el aparato digestivo, se movían las
manos. Si el paro se hubiese extendido hasta los dedos, los estómagos
habrían sentido más los rigores del hambre.
A la par que se movían los dedos se movían también los ojos y los
pensamientos; y a medida que la señora Defarge pasaba de puerta en
puerta y de grupo en grupo, los dedos de las mujeres que encontraba
trabajaban con ardor redoblado, y los ojos miraban con mayor fiereza y
la actividad de los pensamientos se centuplicaba.
Su marido fumaba junto a la puerta de la taberna, contemplando a la
compañera de su vida con admiración.
--¡Una mujer grande... una mujer fuerte... una mujer
sublime!--murmuraba.
Cerró la noche; repicaron las campanas de las iglesias y sonaron a
lo lejos los redobles de los tambores: las mujeres seguían haciendo
calceta. Aproximábase otra noche más tenebrosa, otra noche en que las
campanas de las iglesias, que entonces repicaban con alegría, darían su
bronce para fundir con él tronadores cañones, en que los redobles de
los tambores atronarían los aires para ahogar la voz de un condenado...
omnipotente aquella noche, con la omnipotencia que dan el poder y la
abundancia, la libertad y la vida. Los tules de la noche envolvían a
las mujeres que hacían calceta, como envolverían dentro de poco aquel
otro edificio, no construído todavía, donde se sentarían, también
haciendo calceta pero viendo y contando al propio tiempo las cabezas
que una tras otra caían.
XVII
UNA NOCHE
Ni el refugio tranquilo de Soho admiró jamás puesta de sol tan hermosa
como la de la tarde memorable en que el doctor Manette y su hija la
contemplaron sentados bajo el copudo plátano que se alzaba en el patio
de la casa, ni la luna surgió nunca tan radiante y esplendorosa sobre
la ciudad de Londres como la noche que encontró a aquellos sentados
bajo el árbol y bañó sus rostros y sus cabezas con una luz plácida que
cernían las hojas.
Lucía debía casarse al día siguiente, y quería consagrar a su padre la
última noche de soltera: a esta circunstancia era debido que estuviera
sentada bajo el plátano en compañía del autor de sus días.
--¿Eres feliz, padre querido?
--Completamente, hija mía.
Aunque se encontraban en el lugar mencionado desde algunas horas antes,
era muy poco lo que habían hablado. Otros días, cuando la niña se
sentaba bajo el árbol en compañía de su padre, trabajaba o leía; mas en
la ocasión presente, aun durante el tiempo en que tuvo luz sobrada para
trabajar o para leer, no hizo ni lo uno ni lo otro. Las circunstancias
habían variado, y cuando éstas varían, se interrumpe la costumbre.
--También soy feliz yo, muy feliz esta noche, padre mío. Me hace feliz
ese amor que el Cielo ha bendecido... mi amor a Carlos y el amor de
Carlos por mí. Sin embargo, si yo no pudiera continuar consagrándote
mi vida, si mi matrimonio me impusiera la obligación de separarme de
ti, aun cuando entre nuestra casa y la tuya no mediara más que el ancho
de la calle, lejos de considerarme feliz, me sentiría desgraciada. Aun
así...
Aun así la emoción concluyó por dominarla por completo.
A la luz melancólica de la luna, echó los brazos al cuello de su padre,
y sobre el pecho de éste reclinó la cabeza. La luz de la luna, que
siempre es triste, como triste es la luz del sol... como triste es la
luz que llamamos vida humana, que hoy luce y mañana se ha extinguido,
iluminó un cuadro sencillamente conmovedor.
--¡Padre querido! ¿Estás convencido... firmemente convencido, de que
entre nosotros no han de interponerse jamás nuevos amores míos, nuevos
deberes míos? Yo sí lo estoy; ¿pero y tú? ¿Arraiga esta certeza en el
fondo de tu corazón?
--¡Completa, absolutamente convencido!--respondió el padre con acento
de firme convicción.--¡Más aún, hija mía!--añadió, besándola.--Mi
futuro se presenta a mis ojos más brillante visto a través de tu
matrimonio de lo que lo vería si continuaras soltera.
--¡Si pudiera creerte, padre mío...!
--Pues créelo, encanto mío, porque así es. Piensa que nada más natural
ni más lógico. ¡Si supieras la ansiedad que a un padre produce el
porvenir de una hija adorada...! ¡Si pudieras apreciar cuán grandes
son mis anhelos de prevenir contingencias que acaso te hicieran
desgraciada...!
La niña quiso sellar con su mano los labios de su padre, pero éste se
lo impidió apoderándose de la mano, y prosiguió así:
--Desgraciada, hija mía, sí; arrancada al orden natural de las cosas...
por causa mía. Tu abnegación, tu falta de egoísmo no es posible que
comprendan cuánto me ha preocupado ese punto; pero si te preguntas
cómo puede ser mi felicidad completa siendo incompleta la tuya, acaso
comprendas mis palabras.
--Si nunca hubiera visto a Carlos, padre mío, tú sólo hubieses bastado
para que mi dicha fuera completa.
El padre no pudo menos de sonreir ante aquella confesión inconsciente
de que su hija sería desgraciada sin Carlos, después de haberle visto,
y contestó:
--Hija mía; viste a un hombre, y ese hombre era Carlos; de no haber
sido Carlos, sería otro; y si no hubiese sido otro, no te quepa duda de
que la causa habría sido yo, en cuyo caso, el período desgraciado de mi
vida no sólo me hubiese envuelto a mí en sus tenebrosas sombras, sino
también alguien más, y ese alguien hubieras sido tú.
Era la primera vez, después de la vista de la causa de Darnay, que el
doctor hacía alusión a su desgracia.
--¡Mírala!--exclamó el doctor de Beauvais, extendiendo el brazo en
dirección a la luna y dando a sus palabras una entonación que su hija
no pudo olvidar en mucho tiempo.--Muchas veces la he visto desde la
estrecha ventana de mi calabozo, cuando su luz me hacía daño. La he
contemplado muchas veces cuando me producía torturas tan espantosas
pensar que brillaba sobre los seres que yo había perdido, que de buena
gana me hubiese lanzado de cabeza contra los muros de mi prisión.
La he contemplado encontrándome en tal estado de atontamiento e
imbecilidad, que no se me ocurría pensar en otra cosa que en el número
de líneas horizontales que en su superficie podría trazar durante
el plenilunio, y el de las perpendiculares con que me sería dable
cortar a las primeras. Recuerdo que calculaba que cabían veinte de
cada clase--añadió pensativo--y la vigésima cabía con dificultad.
La he contemplado pensando millones de veces en el hijo del que me
arrancaron violentamente antes que naciera... Pensaba si había nacido
vivo, si vivía, si el dolor de la madre habría muerto a los dos.
Pensaba sí, caso de ser varón, vengaría a su padre, pues mientras
estuve enterrado en vida, hubo tiempo en que me dominaba un deseo
intolerable de venganza; pensaba si acaso nunca llegaría a saber la
triste historia del autor de sus días, si tal vez creyera que su padre
había desaparecido libre y espontáneamente. Pensaba que si era hija,
llegaría a ser mujer, y me la representaba olvidada por completo de mí,
ignorante de mi existencia. Con la imaginación la veía crecer, vivir
un año y otro año; la he visto casada con un hombre que desconocía mi
triste suerte. Me he considerado muerto para el mundo de los vivos, y
he visto la generación siguiente a la mía en la que yo no figuraba.
--¡Padre mío!--exclamó la joven, besando a su padre con transporte.--No
ha existido nunca esa hija a la que tus pensamientos se referían, pero,
esto no obstante, casi me hace tanto daño oirte hablar como hablas como
si esa hija fuera yo.
--¿Tú, Lucía? ¡Al contrario! Precisamente esos recuerdos brotan de
la dicha, de los consuelos que me has traído, y como son recuerdos
agradables, tengo placer en recordarlos a la luz de la luna de nuestra
noche última... ¿Qué estaba diciendo?
--Que nada sabía de ti tu hija... que no se acordaba de ti.
--Es verdad; pero otras noches, cuando mi tristeza y el silencio que me
rodeaba daban a mi emoción rumbo distinto, cuando me producían algo así
como una sensación dolorosa de paz... como una emoción cuyo fundamento
era el dolor... me imaginaba a mi hija penetrando en mi calabozo
sacándome de la fortaleza en que estaba encerrado y proporcionándome la
libertad. Muchas, muchísimas veces he visto su imagen a la luz de la
luna, lo mismo que en este momento veo la tuya. Había, sin embargo, una
diferencia, y es, que jamás pude llegar a estrecharla entre mis brazos,
que siempre la veía fría, inmóvil, rígida en el centro del calabozo, en
el espacio comprendido entre la reja y la puerta... Ya comprenderás que
no eras tú la niña de que hablo.
--No lo era; es cierto... pero tu fantasía te hacía creer...
--No; nada de eso. Mi órgano visual, perturbado, es claro, la veía
inmóvil, y en cambio, el fantasma que mis facultades intelectuales
perseguían era el fantasma de otra niña distinta y más real. De su
aspecto externo, no sé sino que se parecía a su madre la imagen que
veían mis ojos... y el otro, el fantasma... también se le parecía...
como te pareces tú... pero era un parecido diferente. ¿Me entiendes,
Lucía? No, ¿verdad? Dudo mucho que quien no se haya pasado largos
siglos recluído y separado de los suyos pueda comprender las
distinciones sutiles de un prisionero.
Aunque la calma del padre era perfecta, la joven sentía correr hielo
por sus venas al oirle cómo disecaba la condición de ánimo en que en
tiempos, afortunadamente pasados, se encontró.
--Me la he imaginado viniendo a mi calabozo a la luz de la luna para
decirme que su dichoso hogar de casada estaba lleno de dulces recuerdos
de su padre perdido para siempre. En su gabinete ocupaba mi retrato
lugar preferente y yo era el que inspiraba sus plegarias. Su vida era
activa, feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba mi triste historia.
--Esa hija era yo, padre mío. No era, ni con mucho, tan buena como te
la imaginabas, pero mi tierno cariño no lo exageraba tu fantasía.
--Me enseñaba también a sus hijos, a los cuales con frecuencia hablaba
de mí. Todos ellos habían aprendido a compadecerme. Cuando pasaban
cerca de uno de esos sepulcros que llaman prisiones de Estado,
desviaban sus miradas de sus ceñudos muros, miraban con temor a sus
rejas y hablaban en voz muy baja. Mi hija no podía darme la libertad;
pero aun así, bastaba que me la representase mostrándome las cosas
que acabo de indicar, para que corriesen por mis mejillas lágrimas
consoladoras y para que cayera de rodillas bendiciéndola.
--Yo soy esa hija, sí, yo soy. ¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás mañana
con ese mismo fervor?
--Recuerdo esas torturas antiguas, Lucía querida, porque así resalta
más y más la dicha que esta noche me embarga. Jamás mis esperanzas,
ni aun cuando fueron más desmesuradas, llegaron a representarme una
felicidad tan grande como la que experimento desde que estoy a tu lado,
como la que espero saborear en lo futuro.
Abrazó a continuación a su hija, la bendijo solemnemente y dió gracias
fervientes a Dios que se la había concedido. Poco después entraban
abrazados en la casa.
No asistirían invitados a la ceremonia matrimonial, ni por causa del
matrimonio se harían alteraciones en la residencia del doctor. Habíanse
limitado a ensancharla un poco tomando el piso superior que hasta
entonces ocupara un inquilino invisible, con lo que quedaron colmados
sus deseos.
El doctor Manette estuvo muy alegre y animado durante la cena. Tres
personas se sentaron a la mesa, siendo la tercera la señorita Pross. El
doctor sintió que no hubiesen invitado a Carlos Darnay; hasta sintió
tentaciones de regañar a las que fraguaron el complot que le había
alejado, y bebió a su salud.
Ya muy tarde, dió las buenas noches a Lucía y se retiró a su
habitación. A las tres de la madrugada, la joven, no del todo libre de
temores y de presentimientos, se levantó y entró sigilosamente en el
dormitorio de su padre.
Todo lo encontró en su puesto, todo en orden, todo tranquilo. El
doctor dormía con placidez, su larga cabellera blanca caía sobre la
almohada y sus manos reposaban con naturalidad sobre la colcha. La niña
dejó la palmatoria en un rincón, avanzó hasta el lecho y rozó con sus
frescos labios los agostados de su padre. A continuación posó sobre él
una mirada intensa.
Hondas huellas habían dejado en su perfecto rostro las aguas amargas
del cautiverio; pero tan firme, tan enérgica era la resolución de aquel
padre, que hasta durmiendo conseguía disimularlas. En los extensos
dominios del sueño, seguramente no se habría encontrado aquella noche
otro rostro tan prevenido contra las miradas de cualquier visitante
inesperado como el del doctor Manette.
Tímidamente posó una mano sobre aquel pecho tan querido, y pidió con
fervor a Dios que le concediese serle siempre tan fiel como su amor
paternal y sus pasados sufrimientos merecían. Retiró luego la mano,
besó aquella boca adorada una vez más, y salió del dormitorio.
Cuando nació el sol, las sombras que las hojas del plátano proyectaban
sobre su cara no se movían con tanta dulzura como se movieron los
labios de Lucía cuando dirigió al Cielo su plegaria.
XVIII
NUEVE DIAS
La naturaleza desplegó todas sus galas el día del matrimonio. Ya
estaban dispuestos todos los que a la ceremonia debían asistir,
esperando que el doctor saliera de su habitación, donde estaba hablando
con Carlos Darnay. Junto a la puerta de la habitación indicada estaban
la novia, radiante de belleza, el señor Lorry y la señorita Pross...
para la cual el suceso, merced a un proceso gradual de reconciliación
con lo inevitable, hubiese sido manantial de dicha infinita, de no
ensombrecerlo un poquito la penosa consideración de que el novio no
debía ser Carlos Darnay sino su hermano Salomón.
--¡La verdad es que hice un negocio redondo!--exclamó Lorry, quien no
se cansaba de admirar a la novia.--¡Mire usted que acompañarla en su
viaje a través del Canal para esto! ¡Válgame Dios, y qué poco pensé lo
que hacía! ¡Y qué poco valor concedía yo al servicio que en aquella
ocasión presté a mi buen amigo Carlos Darnay!
--¡No sé cómo podía usted concederle más o menos valor del justo si ni
remotamente soñaba en lo que había de suceder!--observó la señorita
Pross.--¡Tonterías!
--¿De veras? Quizá tenga usted razón... Pero no llore--replicó Lorry.
--Yo no lloro; el que llora es usted--replicó la señorita Pross.
--¿Yo, Pross de mis pecados?--preguntó Lorry, que ya se atrevía a
bromear con su interlocutora alguna que otra vez.