--¡Juan!--pensaba la señora Defarge, haciendo calceta y puestos los

ojos en el cliente.--A poco más que continúes aquí, escribiré _Barsad_

en tus mismas barbas.

--¿Es usted casada, señora?

--Sí.

--¿Con hijos?

--Sin hijos.

--Y los negocios, ¿bien?

--Los negocios muy mal. ¡Son tan pobres las gentes!...

--¡Ah, sí! ¡Pobres y desgraciadas! ¡Y hasta oprimidas

vergonzosamente!... como dice usted.

--Como dice _usted_--rectificó la tabernera, moviendo con más rapidez

los dedos y añadiendo algo al apellido _Barsad_.

--Perdone usted: cierto que fuí yo quien lo dije, pero no me cabe duda

de que usted lo piensa. No puede ser otra cosa.

--¿Que yo lo pienso?--replicó la tabernera.--Nos ocasiona a mi marido

y a mí demasiados quebraderos de cabeza el establecimiento para que

podamos permitirnos el lujo de pensar. En lo único que pensamos es en

que no nos falte lo necesario para vivir. Este es el objetivo de todas

nuestras cavilaciones, el que proporciona campo muy dilatado para todos

nuestros pensamientos. ¿Yo pensar para los demás? ¡No en mis días!

El espía, que había entrado decidido a recoger lo que pudiera, se

guardó muy mucho de permitir que su siniestra cara reflejara su

desencanto. Antes por el contrario, continuó apoyado de codos sobre

el mostrador, dirigiendo alguna que otra galantería a la tabernera y

tomando de tarde en tarde algún sorbito de coñac.

--La ejecución de Gaspard ha sido una brutalidad judicial, señora.

¡Pobre Gaspard!--exclamó, exhalando un suspiro.

--No estamos de acuerdo--replicó la tabernera con frialdad.--Justo es

que aquellos que se permiten dar a sus cuchillos el empleo que Gaspard

dió al suyo, lo paguen. Sabía él perfectamente el precio a que se pagan

esos lujos, y lo ha pagado: nada más natural.

--Creo--añadió el espía bajando la voz y como invitando a su

interlocutora a pasar al terreno de las confidencias, a la par que

daba a su siniestra cara expresión resueltamente revolucionaria,--creo

que todo este barrio compadece la suerte del desgraciado y ruge de

furor contra los que le han sacrificado. Aquí para entre los dos, lo

encuentro justificado.

--¿Pero existe ese furor?

--¿No lo ha observado usted?

--Aquí está mi marido--dijo la señora Defarge.

No bien entró el tabernero en el establecimiento, el espía saludó

llevando la mano al sombrero y diciendo con sonrisa insinuante:

--Buenos días, Santiago.

Defarge quedó como clavado en el suelo, fijos los ojos en el espía.

--Se equivoca usted, señor mío.--Me confunde usted con otro. No me

llamo Santiago: soy Ernesto Defarge.

--Es igual--repuso el espía con la sonrisa en los labios, bien que sin

poder ocultar del todo su contrariedad.--El nombre es lo de menos.

Buenos días.

--Buenos días--contestó secamente Defarge.

--Estaba diciendo a la señora, con la que he tenido el honor de charlar

un rato, que, según me dicen, reina en el barrio... y no me admira...

tanta simpatía en favor del infortunado Gaspard como irritación contra

los que inhumanamente lo han sacrificado.

--A nadie he oído decir semejante cosa--replicó Defarge.--No sé una

palabra.

Dicho esto, pasó detrás del mostrador y se colocó a espaldas de su

mujer. Desde el lado opuesto de la frágil barrera contemplaba el

matrimonio a aquel individuo a quien hubieran arcabuceado con el mayor

placer.

El espía, práctico en su oficio, no modificó su actitud de

indiferencia. Apuró el contenido de la copita que le habían servido,

tomó un sorbo de agua fresca, y pidió la segunda copa de coñac.

Sirviósela la señora Defarge, después de lo cual continuó haciendo

media con gran ardor y tarareando una tonadilla.

--Parece que conoce usted bien el barrio--observó Defarge;--quiero

decir, que lo conoce mejor que yo.

--No, amigo mío. Lo conozco muy poco, pero espero llegar a conocerlo

bien. Sus míseros habitantes despiertan en mí interés profundo.

--¡Ah!--exclamó Defarge.

--El placer de conversar con usted, señor Defarge--prosiguió el

espía--me recuerda que he tenido el honor de familiarizarme con

incidentes en los cuales ha tomado usted parte activa.

--¡De veras!--dijo Defarge con indiferencia.

--Nada más cierto. Cuando pusieron en libertad al doctor Manette,

hízose usted, en tiempos pasados su criado, cargo de él. Se lo

confiaron a usted. Ya ve, pues, que estoy al tanto del asunto.

--Es verdad: tiene usted razón--contestó.

Accidentalmente, el codo de su mujer, que continuaba moviendo las

agujas con gran actividad, rozó el suyo, y en el roce, a pesar de

ser accidental, vió Defarge una indicación de que contestase él las

preguntas del espía, pero con brevedad.

--Se presentó a usted la hija del doctor--continuó el espía.--Vino en

compañía de un caballero... ¿cómo se llamaba éste?... Un caballero

que usaba peluquín... ¡Ah, sí! Lorry... Lorry se llamaba... del Banco

Tellson y Compañía... Vino en compañía del señor Lorry, se hizo cargo

de la persona de su padre y lo llevó a Inglaterra.

--Así fué, en efecto--repitió Defarge.

--Siempre recuerda uno con gusto incidentes semejantes--repuso el

espía.--He conocido al doctor Manette y a su hija en Inglaterra.

--¿Sí?--preguntó Defarge.

--¿Recibe usted noticias suyas con frecuencia?--preguntó el espía.

--No--respondió Defarge.

--Hace muchísimo tiempo que no sabemos de ellos--terció la señora del

tabernero.--Recibimos noticias de que habían llegado bien, y algún

tiempo después una carta... quizá dos; pero luego, ellos han seguido

su camino, nosotros el nuestro, y ha cesado en absoluto nuestra

correspondencia.

--Es lo que suele ocurrir--observó el espía.--La hija está para casarse.

--¿Está para casarse?--repitió la señora Defarge.--Es bastante hermosa

para haberse casado hace mucho tiempo. ¡Por supuesto, ustedes, los

ingleses, son bloques de hielo en vez de hombres!

--¡Ah! ¿Quién ha dicho a usted que soy inglés?

--Veo que su lengua es inglesa, y siempre he creído que el hombre es de

la misma nacionalidad que su lengua.

El ver descubierta su nacionalidad no hizo ninguna gracia al espía,

aunque tuvo buen cuidado de guardar en el fondo de su pecho el

descontento. Soltó una carcajada, apuró el contenido de la copa y

repuso:

--Pues sí, la señorita Manette está para casarse, pero no con un

inglés, sino con un hombre que, como ella, nació en Francia. ¡A

propósito de Gaspard!... ¡Pobre Gaspard!... ¡Fué una crueldad... un

acto de ferocidad!... Pues bien, el hombre con quien la señorita

Manette va a casarse es el sobrino del señor Marqués por cuya causa

bailó Gaspard a una altura de cuarenta pies sobre el suelo; mejor

dicho: el Marqués actual. Vive en Inglaterra bajo nombre supuesto, sin

ostentar el título de Marqués. Se hace llamar Carlos Darnay; ya sabe

usted que el apellido de su madre era D'Aulnais.

La señora Defarge no tenía ojos ni manos, ni facultades más que para la

media que hacía, pero la noticia produjo en su marido efecto palpable.

Su cara reflejó intensa turbación, pese a sus esfuerzos por dominarse,

temblaban sus manos, y su agitación interior le salía por todos los

poros de su cuerpo. No habría sido el espía digno de su cargo si no

hubiese reparado en ello y grabádolo en su memoria.

Obtenido ese resultado, bien que sin saber si podría serle de algún

provecho, el señor Barsad, viendo que no llegaban parroquianos cuyas

conversaciones hubieran podido facilitarle datos preciosos, pagó lo que

había tomado y se despidió, no sin manifestar, con suma amabilidad,

que tendría el placer de visitar con frecuencia el establecimiento.

Minutos después, cuando el espía había salido del radio protegido por

San Antonio, marido y mujer continuaban exactamente lo mismo que si el

espía no hubiera salido de la tienda, temiendo, sin duda, que volviera

sobre sus pasos.

--¿Será verdad lo que ese hombre ha dicho a propósito de la señorita

Manette?--preguntó Defarge en voz baja.

--Probablemente será mentira; pero no niego que puede ser

verdad--respondió la mujer.

--Si lo es...

Defarge no terminó su pensamiento.

--¿Qué?--preguntó la mujer.

--Si lo es... y dado que las cosas vengan en forma que nosotros podamos

ver el triunfo... por ella desearé yo que el Destino retenga lejos de

Francia a su marido.

--El destino de su marido le llevará a donde deba ir--respondió

con calma glacial la tabernera--y le conducirá al fin que le está

destinado. Es lo único que puedo decirte.

--Pero me negarás que es muy... extraño... digo extraño por no emplear

otro calificativo... ¿no te parece extraño que con toda la simpatía que

siempre nos ha merecido su padre, y aun ella misma, proscribas tú con

tu propia mano en este instante a su marido, sin más fundamento que lo

que acaba de decir ese perro del infierno que se fué hace un momento?

--Cosas más extrañas que esa ocurrirán cuando llegue el día--respondió

la señora Defarge.--A los dos los tengo aquí; no te quepa duda; y se

les tratará según sean sus merecimientos. Esto debe bastarte.

Dichas estas palabras, recogió la media y quitó la rosa que adornaba su

cabeza. Fuera que instintivamente sabía San Antonio la hora, el momento

preciso en que la tabernera haría desaparecer aquella flor inocente que

tanto parecía desagradarle, fuera que estuviese acechando el instante

de su desaparición, es lo cierto que el Santo no tardó en presentarse,

y que, al cabo de contados segundos, el establecimiento había recobrado

la animación de costumbre.

Llegada la noche, en las épocas del año en que los habitantes de San

Antonio se sentaban en las puertas de sus casas o se reunían por calles

y patios buscando aire puro que respirar, la señora Defarge, con su

labor en las manos solía ir de puerta en puerta y de grupo en grupo...

especie de misionero como tantos otros. Todas las mujeres hacían

calceta, sin duda para que aquel trabajo mecánico substituyese al de

las mandíbulas, en paro forzoso la mayor parte del tiempo. Ya que no

podían moverse las mandíbulas ni el aparato digestivo, se movían las

manos. Si el paro se hubiese extendido hasta los dedos, los estómagos

habrían sentido más los rigores del hambre.

A la par que se movían los dedos se movían también los ojos y los

pensamientos; y a medida que la señora Defarge pasaba de puerta en

puerta y de grupo en grupo, los dedos de las mujeres que encontraba

trabajaban con ardor redoblado, y los ojos miraban con mayor fiereza y

la actividad de los pensamientos se centuplicaba.

Su marido fumaba junto a la puerta de la taberna, contemplando a la

compañera de su vida con admiración.

--¡Una mujer grande... una mujer fuerte... una mujer

sublime!--murmuraba.

Cerró la noche; repicaron las campanas de las iglesias y sonaron a

lo lejos los redobles de los tambores: las mujeres seguían haciendo

calceta. Aproximábase otra noche más tenebrosa, otra noche en que las

campanas de las iglesias, que entonces repicaban con alegría, darían su

bronce para fundir con él tronadores cañones, en que los redobles de

los tambores atronarían los aires para ahogar la voz de un condenado...

omnipotente aquella noche, con la omnipotencia que dan el poder y la

abundancia, la libertad y la vida. Los tules de la noche envolvían a

las mujeres que hacían calceta, como envolverían dentro de poco aquel

otro edificio, no construído todavía, donde se sentarían, también

haciendo calceta pero viendo y contando al propio tiempo las cabezas

que una tras otra caían.

XVII

UNA NOCHE

Ni el refugio tranquilo de Soho admiró jamás puesta de sol tan hermosa

como la de la tarde memorable en que el doctor Manette y su hija la

contemplaron sentados bajo el copudo plátano que se alzaba en el patio

de la casa, ni la luna surgió nunca tan radiante y esplendorosa sobre

la ciudad de Londres como la noche que encontró a aquellos sentados

bajo el árbol y bañó sus rostros y sus cabezas con una luz plácida que

cernían las hojas.

Lucía debía casarse al día siguiente, y quería consagrar a su padre la

última noche de soltera: a esta circunstancia era debido que estuviera

sentada bajo el plátano en compañía del autor de sus días.

--¿Eres feliz, padre querido?

--Completamente, hija mía.

Aunque se encontraban en el lugar mencionado desde algunas horas antes,

era muy poco lo que habían hablado. Otros días, cuando la niña se

sentaba bajo el árbol en compañía de su padre, trabajaba o leía; mas en

la ocasión presente, aun durante el tiempo en que tuvo luz sobrada para

trabajar o para leer, no hizo ni lo uno ni lo otro. Las circunstancias

habían variado, y cuando éstas varían, se interrumpe la costumbre.

--También soy feliz yo, muy feliz esta noche, padre mío. Me hace feliz

ese amor que el Cielo ha bendecido... mi amor a Carlos y el amor de

Carlos por mí. Sin embargo, si yo no pudiera continuar consagrándote

mi vida, si mi matrimonio me impusiera la obligación de separarme de

ti, aun cuando entre nuestra casa y la tuya no mediara más que el ancho

de la calle, lejos de considerarme feliz, me sentiría desgraciada. Aun

así...

Aun así la emoción concluyó por dominarla por completo.

A la luz melancólica de la luna, echó los brazos al cuello de su padre,

y sobre el pecho de éste reclinó la cabeza. La luz de la luna, que

siempre es triste, como triste es la luz del sol... como triste es la

luz que llamamos vida humana, que hoy luce y mañana se ha extinguido,

iluminó un cuadro sencillamente conmovedor.

--¡Padre querido! ¿Estás convencido... firmemente convencido, de que

entre nosotros no han de interponerse jamás nuevos amores míos, nuevos

deberes míos? Yo sí lo estoy; ¿pero y tú? ¿Arraiga esta certeza en el

fondo de tu corazón?

--¡Completa, absolutamente convencido!--respondió el padre con acento

de firme convicción.--¡Más aún, hija mía!--añadió, besándola.--Mi

futuro se presenta a mis ojos más brillante visto a través de tu

matrimonio de lo que lo vería si continuaras soltera.

--¡Si pudiera creerte, padre mío...!

--Pues créelo, encanto mío, porque así es. Piensa que nada más natural

ni más lógico. ¡Si supieras la ansiedad que a un padre produce el

porvenir de una hija adorada...! ¡Si pudieras apreciar cuán grandes

son mis anhelos de prevenir contingencias que acaso te hicieran

desgraciada...!

La niña quiso sellar con su mano los labios de su padre, pero éste se

lo impidió apoderándose de la mano, y prosiguió así:

--Desgraciada, hija mía, sí; arrancada al orden natural de las cosas...

por causa mía. Tu abnegación, tu falta de egoísmo no es posible que

comprendan cuánto me ha preocupado ese punto; pero si te preguntas

cómo puede ser mi felicidad completa siendo incompleta la tuya, acaso

comprendas mis palabras.

--Si nunca hubiera visto a Carlos, padre mío, tú sólo hubieses bastado

para que mi dicha fuera completa.

El padre no pudo menos de sonreir ante aquella confesión inconsciente

de que su hija sería desgraciada sin Carlos, después de haberle visto,

y contestó:

--Hija mía; viste a un hombre, y ese hombre era Carlos; de no haber

sido Carlos, sería otro; y si no hubiese sido otro, no te quepa duda de

que la causa habría sido yo, en cuyo caso, el período desgraciado de mi

vida no sólo me hubiese envuelto a mí en sus tenebrosas sombras, sino

también alguien más, y ese alguien hubieras sido tú.

Era la primera vez, después de la vista de la causa de Darnay, que el

doctor hacía alusión a su desgracia.

--¡Mírala!--exclamó el doctor de Beauvais, extendiendo el brazo en

dirección a la luna y dando a sus palabras una entonación que su hija

no pudo olvidar en mucho tiempo.--Muchas veces la he visto desde la

estrecha ventana de mi calabozo, cuando su luz me hacía daño. La he

contemplado muchas veces cuando me producía torturas tan espantosas

pensar que brillaba sobre los seres que yo había perdido, que de buena

gana me hubiese lanzado de cabeza contra los muros de mi prisión.

La he contemplado encontrándome en tal estado de atontamiento e

imbecilidad, que no se me ocurría pensar en otra cosa que en el número

de líneas horizontales que en su superficie podría trazar durante

el plenilunio, y el de las perpendiculares con que me sería dable

cortar a las primeras. Recuerdo que calculaba que cabían veinte de

cada clase--añadió pensativo--y la vigésima cabía con dificultad.

La he contemplado pensando millones de veces en el hijo del que me

arrancaron violentamente antes que naciera... Pensaba si había nacido

vivo, si vivía, si el dolor de la madre habría muerto a los dos.

Pensaba sí, caso de ser varón, vengaría a su padre, pues mientras

estuve enterrado en vida, hubo tiempo en que me dominaba un deseo

intolerable de venganza; pensaba si acaso nunca llegaría a saber la

triste historia del autor de sus días, si tal vez creyera que su padre

había desaparecido libre y espontáneamente. Pensaba que si era hija,

llegaría a ser mujer, y me la representaba olvidada por completo de mí,

ignorante de mi existencia. Con la imaginación la veía crecer, vivir

un año y otro año; la he visto casada con un hombre que desconocía mi

triste suerte. Me he considerado muerto para el mundo de los vivos, y

he visto la generación siguiente a la mía en la que yo no figuraba.

--¡Padre mío!--exclamó la joven, besando a su padre con transporte.--No

ha existido nunca esa hija a la que tus pensamientos se referían, pero,

esto no obstante, casi me hace tanto daño oirte hablar como hablas como

si esa hija fuera yo.

--¿Tú, Lucía? ¡Al contrario! Precisamente esos recuerdos brotan de

la dicha, de los consuelos que me has traído, y como son recuerdos

agradables, tengo placer en recordarlos a la luz de la luna de nuestra

noche última... ¿Qué estaba diciendo?

--Que nada sabía de ti tu hija... que no se acordaba de ti.

--Es verdad; pero otras noches, cuando mi tristeza y el silencio que me

rodeaba daban a mi emoción rumbo distinto, cuando me producían algo así

como una sensación dolorosa de paz... como una emoción cuyo fundamento

era el dolor... me imaginaba a mi hija penetrando en mi calabozo

sacándome de la fortaleza en que estaba encerrado y proporcionándome la

libertad. Muchas, muchísimas veces he visto su imagen a la luz de la

luna, lo mismo que en este momento veo la tuya. Había, sin embargo, una

diferencia, y es, que jamás pude llegar a estrecharla entre mis brazos,

que siempre la veía fría, inmóvil, rígida en el centro del calabozo, en

el espacio comprendido entre la reja y la puerta... Ya comprenderás que

no eras tú la niña de que hablo.

--No lo era; es cierto... pero tu fantasía te hacía creer...

--No; nada de eso. Mi órgano visual, perturbado, es claro, la veía

inmóvil, y en cambio, el fantasma que mis facultades intelectuales

perseguían era el fantasma de otra niña distinta y más real. De su

aspecto externo, no sé sino que se parecía a su madre la imagen que

veían mis ojos... y el otro, el fantasma... también se le parecía...

como te pareces tú... pero era un parecido diferente. ¿Me entiendes,

Lucía? No, ¿verdad? Dudo mucho que quien no se haya pasado largos

siglos recluído y separado de los suyos pueda comprender las

distinciones sutiles de un prisionero.

Aunque la calma del padre era perfecta, la joven sentía correr hielo

por sus venas al oirle cómo disecaba la condición de ánimo en que en

tiempos, afortunadamente pasados, se encontró.

--Me la he imaginado viniendo a mi calabozo a la luz de la luna para

decirme que su dichoso hogar de casada estaba lleno de dulces recuerdos

de su padre perdido para siempre. En su gabinete ocupaba mi retrato

lugar preferente y yo era el que inspiraba sus plegarias. Su vida era

activa, feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba mi triste historia.

--Esa hija era yo, padre mío. No era, ni con mucho, tan buena como te

la imaginabas, pero mi tierno cariño no lo exageraba tu fantasía.

--Me enseñaba también a sus hijos, a los cuales con frecuencia hablaba

de mí. Todos ellos habían aprendido a compadecerme. Cuando pasaban

cerca de uno de esos sepulcros que llaman prisiones de Estado,

desviaban sus miradas de sus ceñudos muros, miraban con temor a sus

rejas y hablaban en voz muy baja. Mi hija no podía darme la libertad;

pero aun así, bastaba que me la representase mostrándome las cosas

que acabo de indicar, para que corriesen por mis mejillas lágrimas

consoladoras y para que cayera de rodillas bendiciéndola.

--Yo soy esa hija, sí, yo soy. ¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás mañana

con ese mismo fervor?

--Recuerdo esas torturas antiguas, Lucía querida, porque así resalta

más y más la dicha que esta noche me embarga. Jamás mis esperanzas,

ni aun cuando fueron más desmesuradas, llegaron a representarme una

felicidad tan grande como la que experimento desde que estoy a tu lado,

como la que espero saborear en lo futuro.

Abrazó a continuación a su hija, la bendijo solemnemente y dió gracias

fervientes a Dios que se la había concedido. Poco después entraban

abrazados en la casa.

No asistirían invitados a la ceremonia matrimonial, ni por causa del

matrimonio se harían alteraciones en la residencia del doctor. Habíanse

limitado a ensancharla un poco tomando el piso superior que hasta

entonces ocupara un inquilino invisible, con lo que quedaron colmados

sus deseos.

El doctor Manette estuvo muy alegre y animado durante la cena. Tres

personas se sentaron a la mesa, siendo la tercera la señorita Pross. El

doctor sintió que no hubiesen invitado a Carlos Darnay; hasta sintió

tentaciones de regañar a las que fraguaron el complot que le había

alejado, y bebió a su salud.

Ya muy tarde, dió las buenas noches a Lucía y se retiró a su

habitación. A las tres de la madrugada, la joven, no del todo libre de

temores y de presentimientos, se levantó y entró sigilosamente en el

dormitorio de su padre.

Todo lo encontró en su puesto, todo en orden, todo tranquilo. El

doctor dormía con placidez, su larga cabellera blanca caía sobre la

almohada y sus manos reposaban con naturalidad sobre la colcha. La niña

dejó la palmatoria en un rincón, avanzó hasta el lecho y rozó con sus

frescos labios los agostados de su padre. A continuación posó sobre él

una mirada intensa.

Hondas huellas habían dejado en su perfecto rostro las aguas amargas

del cautiverio; pero tan firme, tan enérgica era la resolución de aquel

padre, que hasta durmiendo conseguía disimularlas. En los extensos

dominios del sueño, seguramente no se habría encontrado aquella noche

otro rostro tan prevenido contra las miradas de cualquier visitante

inesperado como el del doctor Manette.

Tímidamente posó una mano sobre aquel pecho tan querido, y pidió con

fervor a Dios que le concediese serle siempre tan fiel como su amor

paternal y sus pasados sufrimientos merecían. Retiró luego la mano,

besó aquella boca adorada una vez más, y salió del dormitorio.

Cuando nació el sol, las sombras que las hojas del plátano proyectaban

sobre su cara no se movían con tanta dulzura como se movieron los

labios de Lucía cuando dirigió al Cielo su plegaria.

XVIII

NUEVE DIAS

La naturaleza desplegó todas sus galas el día del matrimonio. Ya

estaban dispuestos todos los que a la ceremonia debían asistir,

esperando que el doctor saliera de su habitación, donde estaba hablando

con Carlos Darnay. Junto a la puerta de la habitación indicada estaban

la novia, radiante de belleza, el señor Lorry y la señorita Pross...

para la cual el suceso, merced a un proceso gradual de reconciliación

con lo inevitable, hubiese sido manantial de dicha infinita, de no

ensombrecerlo un poquito la penosa consideración de que el novio no

debía ser Carlos Darnay sino su hermano Salomón.

--¡La verdad es que hice un negocio redondo!--exclamó Lorry, quien no

se cansaba de admirar a la novia.--¡Mire usted que acompañarla en su

viaje a través del Canal para esto! ¡Válgame Dios, y qué poco pensé lo

que hacía! ¡Y qué poco valor concedía yo al servicio que en aquella

ocasión presté a mi buen amigo Carlos Darnay!

--¡No sé cómo podía usted concederle más o menos valor del justo si ni

remotamente soñaba en lo que había de suceder!--observó la señorita

Pross.--¡Tonterías!

--¿De veras? Quizá tenga usted razón... Pero no llore--replicó Lorry.

--Yo no lloro; el que llora es usted--replicó la señorita Pross.

--¿Yo, Pross de mis pecados?--preguntó Lorry, que ya se atrevía a

bromear con su interlocutora alguna que otra vez.

Una historia de dos ciudades · 第 16 / 34 段