--En aquella jaula de hierro le tienen encerrado una porción de días.

La aldea le ve, pero recatándose, pues tiene miedo. Durante el día,

contempla desde lejos el calabozo del tajo, y por la noche, cuando ha

terminado la labor del día y se reúne junto a la fuente, todas las

caras se vuelven hacia la cárcel. Antes, el objeto de las miradas de la

aldea entera era la casa de postas: hoy es la prisión del tajo. En las

conversaciones que la aldea sostiene junto a la fuente dice que, aun

cuando le condenaran a muerte, no será ejecutada la sentencia; dicen

que han sido presentadas en París exposiciones en las cuales demuestran

que el infeliz enloqueció y no supo lo que hacía a consecuencia de

la desgraciada muerte de su hijo; dicen que ha sido presentada una

exposición al mismo Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser! Yo no aseguro ni

que sí ni que no.

--¡Escucha con atención, Santiago!--interrumpió con duro acento

Santiago Primero.--Sabe que ha sido presentada una exposición al Rey y

a la Reina. Todos los que aquí estamos, excepción hecha de ti, sabemos

que el Rey la tomó en sus manos, en ocasión en que paseaba por la calle

en carruaje, sentado junto a la Reina. Defarge, a quien estás viendo,

con riesgo de su vida, se puso delante de los caballos llevando el

memorial en la mano.

--¡Escúchame ahora a mí, Santiago!--terció Santiago Tercero, siempre

con una rodilla en tierra y agitando sus nerviosos dedos.--¡La escolta,

de a pie y de a caballo, cayeron sobre el suplicante y le magullaron a

golpes! ¿Has entendido?

--He entendido, señores.

--Adelante, pues--dijo Defarge.

--No faltan tampoco personas que aseguran que ha sido llevado a nuestro

país para ejecutarlo en él, y que será irremisiblemente ejecutado.

También dicen que, como mató al señor, y el señor es el padre de sus

vasallos, será ejecutado como parricida. Dice un viejo que quemarán en

vivo su mano derecha, armada de un cuchillo; que en las heridas que

abrirán en sus brazos, en su pecho y en sus piernas, derramarán aceite

hirviendo, plomo derretido, resina encendida, cera y azufre ardiendo, y

finalmente, que atado a las colas de cuatro caballos, será despedazado.

Afirma el mismo viejo que eso fué lo que hicieron con un reo que atentó

contra la vida de nuestro difunto rey Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será

mentira? No lo sé: no soy sabio.

--¡Escucha otra vez, Santiago!--exclamó el tercero de este nombre.--El

reo de quien hablas se llamaba Damiens, y el programa que acabas de

exponer se ejecutó a la luz del sol y en las calles de París. Acerca de

la impresión que produjo en las personas que lo presenciaron, sólo te

diré, Santiago, que la infinidad de damas de la más alta nobleza que

acudieron a presenciar la ejecución, no quisieron privarse de ningún

detalle, la contemplaron con arrobamiento hasta el final... hasta el

final, Santiago, que no sobrevino hasta el anochecer, horas después de

haber perdido el infeliz dos piernas y un brazo... ¡y aun respiraba!

Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos años tienes?

--Treinta y cinco--contestó el caminero, que representaba sesenta.

--¡Demasiados!--murmuró con impaciencia Defarge.--Continúa.

--No se habla en la aldea de otra cosa: hasta la fuente parece haber

aprendido la misma cantinela. Al fin, un domingo por la noche, llegan

los soldados y se encaminan a la prisión. Obreros que cavan, obreros

que clavan, soldados que ríen a carcajadas, y cuando luce el día, junto

a la fuente se alza un patíbulo de cuarenta pies de elevación, cuya

sombra envenena las aguas. Todo el mundo suspende los trabajos, todo

el mundo se reúne allí, las vacas no salen al campo porque tampoco

quieren privarse del espectáculo. Al mediodía truenan los tambores. Los

soldados, que la noche anterior fueron a la prisión, vuelven llevándole

en medio. El reo está amarrado, le han puesto en la boca una mordaza

sujeta con una cuerda en forma tal, que parece que ríe. En lo alto

del patíbulo han colocado un cuchillo con la punta al aire. El reo es

ahorcado a cuarenta pies de altura, y su cadáver queda balanceándose...

envenenando con su sombra las aguas de la fuente.

Los oyentes se dirigieron miradas sombrías, mientras el narrador se

secaba el sudor de la cara con el gorro azul.

--¡Es horroroso, señores!--repuso.--¿Cómo han de beber agua de la

fuente las mujeres y los niños? ¿Quién es el atrevido que osa hablar

durante la noche bajo aquella sombra? ¿Bajo la sombra dije? ¡Cuando yo

salí de la aldea el lunes por la tarde, casi a puestas de sol, volví la

cabeza desde la cima de la colina y vi que la sombra cubría la iglesia,

cubría el molino, cubría la prisión del tajo, cubría toda la tierra,

señores, que tiene por techo el cielo azul!

El oyente que escuchaba rodilla en tierra parecía estar hambriento de

algo... que no era ni comida ni bebida.

--He terminado, señores. Abandoné la aldea momentos antes de ponerse

el sol, conforme acabo de decir, y caminé toda la noche y la mitad del

día siguiente, hasta que encontré, conforme también he dicho, a este

camarada. En su compañía llegué hasta aquí, unas veces a pie otras a

caballo, viajando todo el resto del día de ayer y toda la noche pasada.

He dicho.

--Está bien--dijo Santiago Primero, después de un silencio

imponente.--Has obrado y narrado con fidelidad. ¿Quieres esperarnos por

breve tiempo fuera, en la escalera?

--Con mucho gusto--contestó el peón caminero.

Defarge le acompañó hasta la escalera, le dejó sentado sobre el último

peldaño, y volvió a entrar en el sotabanco. Los tres Santiagos se

habían levantado y formaban un grupo muy apretado.

--¿Qué dices, Santiago?--preguntó el número uno de este nombre.--¿Lo

consignamos en nuestro registro?

--¡Regístralo como condenado a la destrucción!--contestó Defarge.

--¡Magnífico!--exclamó Santiago Tercero.

--¿El castillo y toda la raza?--repuso el primero.

--¡Sí; el castillo y toda la raza!--bramó Defarge--¡Exterminio completo!

--¡Sublime!--gritó el tercer Santiago.

--¿Tienes seguridad de que el sistema que hemos acordado para el

registro no ha de originarnos ningún contratiempo?--preguntó a

Defarge Santiago Primero.--Que es seguro, no ofrece duda, toda vez

que, excepción hecha de nosotros, nadie es capaz de descifrarlo: ¿pero

podremos descifrarlo siempre... mejor dicho, podrá ella?...

--Santiago--replicó Defarge irguiéndose,--si mi mujer se empeña en

guardar todo el registro en su memoria, ten por seguro que no se

perderá ni una palabra, ni una sílaba de cuantas contenga. Con puntos

de calceta es ella capaz de escribirlo todo más claro que el sol.

Confía en mi mujer. El poltrón más cobarde, el más apegado al mundo

que viva o haya vivido bajo la capa del cielo ha de encontrar menos

dificultades para quitarse a sí mismo la existencia, que para arrancar

una sola letra del registro escrito a punto de media por mi señora.

Murmullos de aprobación acogieron las palabras de Defarge.

--¿Qué hacemos con ese rústico?--preguntó Santiago Tercero.--¿Lo

despedimos? Me parece excesivamente simple: ¿no nos resultará peligroso?

--Nada sabe--replicó Defarge,--y lo poco que pudiera decir, únicamente

le serviría para subir a un patíbulo tan alto como el que ha poco nos

estaba describiendo. Yo me encargo de él; dejadlo a mi cuidado. A su

tiempo lo despediré. Parece que desea ver al Rey, a la Reina, a los

magnates y señores de la corte: le permitiremos que satisfaga su gusto

el domingo.

--¡Cómo!--exclamó Santiago Tercero.--¿No te parece mal síntoma que

desee ver la realeza y la nobleza?

--Santiago--replicó Defarge,--enseña al gato la leche, si quieres

excitar su sed; muestra al mastín su presa natural, si quieres que en

su día caiga sobre ella y la despedace.

Nada más se dijo por entonces. El peón caminero, a quien encontraron

dando cabezadas en el descansillo, fué invitado a tenderse sobre el

jergón. No se hizo repetir la invitación, y momentos después, dormía

como un tronco.

Peor alojamiento del que le ofrecía la taberna de Defarge hubiera

podido encontrar en París un infeliz como el caminero. Si prescindimos

del miedo misterioso que le inspiraba la tabernera, miedo que le

acosaba constantemente, llevaba una vida que no podía ser más

agradable. Pero es el caso que la tabernera se pasaba el día entero

sentada detrás del mostrador, tan indiferente a su persona, tan

_empeñada_ en no darse cuenta de la presencia de un extraño en la casa,

que éste andaba desconcertado y receloso.

No es, pues, de extrañar que, cuando llegado el domingo, supo que

la tabernera se agregaría a su marido para acompañarle a Versalles,

le hiciera muy poca gracia el programa, aunque otra cosa dijera su

lengua. Vino a aumentar su desconcierto el hecho de que la tabernera

no cesaba de hacer calceta durante el camino, y su desconcierto se

trocó en horrible aturdimiento cuando, aquella tarde, en ocasión en

que esperaban el paso de la Reina, hubo de permanecer al lado de la

tabernera, cuyas manos manejaban con verdadero ardor las agujas de la

media.

--¿Trabaja usted mucho, señora?--dijo un hombre que pasó por su lado.

--Sí--respondió la señora Defarge,--tengo mucho que hacer.

--¿Y qué hace usted, señora?

--Muchas cosas.

--Por ejemplo...

--Por ejemplo--contestó la tabernera con la calma misma de

antes--mortajas.

Alejóse el desconocido tan pronto como le fué posible. El pobre

caminero sintió en el pecho tan extraña opresión, que hubo de hacerse

aire con su gorro. Si para su completo restablecimiento necesitaba de

la presencia de dos testas coronadas, fuerza es confesar que no pudo

quejarse de su suerte, toda vez que, momentos después, aparecían un

rey de grandes quijadas y una reina de hermoso rostro, cómodamente

instalados en áurea carroza. Con los soberanos venía lo mejorcito, lo

más notable de su corte. El pobre peón caminero, al ver aquel ejército

encantador de sonrientes damas y de brillantes caballeros, unas y otros

cubiertos de sedas y de encajes, de blondas y de ricos terciopelos, de

galones de oro y de deslumbrante pedrería, sintió en su pecho tales

oleadas de entusiasmo, que gritando a voz en cuello dió vivas al Rey y

a la Reina, a damas y caballeros y aun a las carrozas y a los caballos

que de ellos tiraban. Y vió hermosos jardines y encantadoras arboledas,

y terrazas soberbias y fuentes maravillosas, y encontró nuevamente al

Rey y a la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse, a todo lo creado, y

creció su entusiasmo, y el entusiasmo dió nacimiento en su alma a la

simpatía, y la simpatía a la ternura, y ésta, encontrando estrechos los

límites del pecho, se desbordó a torrentes por sus ojos en forma de

lágrimas. Durante la escena, que duró tres horas, durante las cuales

gritó hasta enronquecer y lloró hasta agotar el manantial de sus

lágrimas, Defarge hubo de tenerle sujeto con una mano por el cuello

para impedir que en su irreflexivo entusiasmo cayera sobre los objetos

de su pasajera devoción y los destrozara entre sus manazas.

--¡Bravo!--exclamó Defarge cuando terminó el desfile.--Eres un buen

muchacho.

Temió haber cometido una torpeza el caminero, que comenzaba a volver en

sí, pero pronto se tranquilizó.

--Eres el hombre que necesitamos--díjole Defarge pegando los labios

a sus oídos.--Harás creer a esos insensatos que sus locuras durarán

siempre; crecerá su insolencia, y ellos mismos precipitarán su fin.

--¡Calla!--exclamó el caminero.--¡Pues es verdad!

--Son idiotas y ciegos. Te desprecian profundamente; verían

impasibles tu muerte y la de mil más como tú; es más: sacrificarían

sin remordimiento esas mil vidas a trueque de salvar la de uno solo

de sus caballos o perros, y sin embargo, les envanecen tus gritos.

Engañémoslos durante algún tiempo más, que por grande que el engaño

sea, nunca será tan grande como merecen.

La señora Defarge miró al caminero e hizo signos de aprobación.

--Dígame, amigo: si le pusieran delante un montón enorme de hermosas

muñecas y le dijeran que podía destrozar y despojar a las que se le

antojase, ¿no es verdad que escogería las más ricas, las más hermosas?

--Verdad es, señora.

--Muy bien. Y si le mostrasen una bandada de pájaros de hermoso

plumaje, incapaces de levantar el vuelo, y le dieran permiso

para arrancarles las plumas en beneficio suyo, ¿no es verdad que

principiaría por los que más bellas plumas tuvieran?

--Así es, señora.

--Pues acaba de ver el montón de hermosas muñecas y la bandada de

pájaros de vistoso plumaje: ahora, vámonos a casa.

XVI

MÁS PUNTO DE MEDIA

Mientras la señora Defarge y su señor marido regresaban en amigable

compañía al centro de San Antonio, un gorro de color azul avanzaba

horadando tinieblas y envuelto en espesas nubes de polvo por los

caminos que conducían al sitio en que el castillo del señor Marqués,

a la sazón durmiendo el sueño eterno, escuchaba las susurrantes

conversaciones de los árboles. Tiempo tenían de sobra los rostros de

piedra para escuchar las conversaciones sostenidas por los árboles

y la fuente, y con tal interés lo aprovechaban, que los esqueletos

que poblaban la aldea y rondaban las inmediaciones del castillo en

busca de algunas hierbas con que acallar su hambre y de algunos leños

con que alimentar la lumbre de sus fríos hogares, si llegaron a dar

vista al patio, doble escalera y terraza del castillo, dieron cabida

en su famélica fantasía a la idea de que la expresión de los rostros

de piedra había sufrido profunda alteración. Aseguraban los míseros

moradores de la aldea que la expresión de orgullo y de desdén de los

guardianes de piedra del castillo se trocaba en expresión de dolor y

de cólera cuando el cuchillo hería a la Casa, y aseguraban que desde

el instante en que se balanceó a cuarenta pies de elevación sobre el

suelo el cuerpo del asesino, a la expresión de dolor y de cólera de

aquéllos sucedió otra que respiraba feroz venganza, que perduraría en

ellos hasta la consumación de los siglos. La faz de piedra que vigilaba

la gran ventana de la alcoba en que el asesinato había sido perpetrado

apareció un día con dos mellas finísimas en la nariz; y si alguna vez,

de entre algún grupo de harapientos aldeanos se destacaban dos o tres

para acercarse al Marqués petrificado, no transcurría un minuto de

contemplación sin que huyeran asustados como liebres perseguidas por

ágiles lebreles.

Castillo y chozas, faces de piedra y caras de carne y hueso, losas

del patio del castillo teñidas de rojo y aguas puras encerradas en

el pozo de la aldea, millares de hectáreas de terreno... toda una

provincia de Francia... la Francia entera, duermen bajo la inmensa

bóveda azulada, cual si fueran un punto imperceptible, un átomo perdido

en la inmensidad. No es otra cosa el mundo, con toda su grandeza y su

insignificancia, con relación a la brillante estrella que le parpadea

en las alturas. Los sabios de la tierra quiebran, dividen, descomponen

un rayo de luz y analizan sus componentes; y de la misma manera, otra

inteligencia más sublime que la humana lee los débiles destellos que

brotan de esta tierra que habitamos, y analiza todos los pensamientos y

todos los actos, todos los vicios y todas las virtudes de las criaturas

dotadas de inteligencia.

El carruaje público en el que hicieron el viaje de regreso los Defarge,

marido y mujer, hizo alto en la puerta de la ciudad más próxima a su

domicilio, donde no tardaron en dejarse ver los faroles de costumbre

encargados de practicar el examen e investigaciones reglamentarias.

Defarge saltó del carruaje al ver a dos o tres soldados y a un policía

conocidos suyos; este último, con quien le ligaban lazos de amistad

íntima, le abrazó.

Llegados a los linderos del distrito puesto bajo la protección de las

alas de San Antonio, dejaron los Defarge el carruaje y se encaminaron a

su casa a pie, por calles obscuras y cubiertas de lodo. En el trayecto,

la señora Defarge preguntó a su marido:

--¿Qué te ha dicho Santiago el policía?

--Todo lo que sabe, bien que es muy poca cosa. Han nombrado otro espía

para nuestro barrio: quizá no sea ése solo, pero aquél no conoce más

que a uno.

--Está bien--contestó la tabernera con la calma de siempre.--Habrá que

anotarlo en el registro. ¿Cómo se llama ese hombre?

--Es inglés.

--¡Mejor que mejor! ¿Su nombre?

--Barsad.

--Barsad. ¡Perfectamente! ¿Su nombre de pila?

--Juan.

--Juan Barsad... Juan Barsad--repitió la tabernera.--Muy bien. ¿Sus

señas?

--Unos cuarenta años de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de

estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado,

nariz aguileña, pero no recta: ofrece la particularidad de estar

torcida ligeramente hacia la izquierda, lo que le da, como es natural,

expresión siniestra.

--¡Es un retrato acabado a fe mía!--exclamó la señora Defarge

riendo.--Lo registraré mañana.

Llegados a la taberna, que encontraron cerrada--eran más de las doce

de la noche,--la señora Defarge tomó asiento detrás del mostrador y

consagró su atención al examen de las cuentas del día. Principió por

volcar sobre el mostrador el jarro dentro del cual se colocaba el

importe de las ventas, contó el dinero, midió las existencias, leyó

las entradas y salidas consignadas en el libro destinado al objeto,

corrigió los asientos, hizo algunos nuevos y discutió otros, y después

de apurar, y estrechar, y marear de mil maneras al individuo encargado

del establecimiento, envióle a dormir. A continuación, hizo de las

monedas sacadas del jarro varias pilas iguales, que fué anudando en el

pañuelo de bolsillo, el cual no tardó en quedar convertido en rosario

de nudos. Defarge, mientras tanto, paseaba por el establecimiento,

fumando su pipa y admirando complacido la prudente y sabia economía

doméstica de su mujer, bien que sin entrometerse en ella.

Como la tienda era estrecha, y el techo poco elevado, y la noche

estaba calurosa en extremo y cerradas todas las ventanas y puertas,

respirábase una atmósfera extraordinariamente viciada. No era un

portento de delicadeza el sentido del olfato del señor Defarge, pero

aun así, los vapores del vino, unidos a los del ron y del aguardiente,

le molestaban en tales términos, que procuraba alejarlos de su nariz a

fuerza de resoplidos y de darse aire con las manos.

--Estás cansado, amigo mío--dijo su mujer, dirigiéndole una mirada

mientras anudaba el dinero.--El olor que aquí se respira es el de todos

los días.

--En efecto; estoy cansado--contestó Defarge.

--Y un poco deprimido y descorazonado--repuso la tabernera, cuyos

penetrantes ojos, no obstante estar atentos a las cuentas, distraían

uno o dos rayos para examinar al marido.--¡Ah... los hombres!...

--Pero...

--No hay pero que valga--replicó la señora con entereza.--Repito que

esta noche te encuentras descorazonado.

--¡Tarda tanto tiempo!--exclamó Defarge.

--¿Tarda tanto tiempo?... ¿Y qué es lo que no exige tiempo? ¡Siempre

lo han exigido la venganza y la justicia!

--No es mucho el que emplea el rayo para herir al hombre--observó

Defarge.

--¿Y cuánto tiempo tarda en acumularse la electricidad necesaria para

que brote el rayo? ¡Dímelo, si es que lo sabes!

Defarge alzó la cabeza, pero no contestó.

--Poco tiempo tarda un terremoto en hacer polvo a una ciudad. Pues

bien: ¿cuánto tiempo se necesita para preparar un terremoto?

--Mucho, supongo--respondió Defarge.

--Pero cuando está preparado, cuando sobreviene, la ciudad revienta,

queda pulverizada, reducida a átomos impalpables. ¡Consuélate! El

terremoto se está preparando aunque nadie lo vea, aunque nadie lo oiga.

Con ojos relampagueantes ató otro nudo; parecía que estrangulaba a un

enemigo.

--Yo te aseguro--añadió extendiendo la diestra como para dar mayor

expresión a sus palabras--que por mucho que en llegar tarde, está en

camino, se acerca por momentos. Yo te aseguro que avanza siempre, que

no retrocede, que no se detiene. Mira en torno tuyo y escudriña las

vidas de cuantas personas te son conocidas, repara en las caras del

mundo entero, y verás que el descontento, la rabia que ruge en el pecho

de los explotados aumenta de día en día, de hora en hora. ¿Y crees que

ese estado de cosas puede durar? ¡Bah! ¡Eres un cándido!

--Mi querida mujercita--contestó Defarge, poniéndose en pie frente a su

esposa, baja la cabeza y con las manos a la espalda, semejante al dócil

escolar delante de su maestro,--no lo pongo en duda... La irritación

existe: pero data de tanto tiempo, que es muy posible... que no estalle

a tiempo para que nosotros presenciemos el cataclismo.

--¿Y qué?--replicó la mujer.--Aun cuando así fuera, ¿qué?

--Pues... que no nos cabría la dicha de saborear el triunfo.

--Pero sí la de haber contribuído a él--dijo con energía la

tabernera.--Nada de cuanto hagamos será perdido. Creo con toda mi alma

que veremos el triunfo; pero aun cuando supiera positivamente que no me

ha de caber esa dicha, mientras exista un cuello de aristócrata o de

tirano no dejaré de...

--¡Calma... calma!--exclamó Defarge, cuyo rostro se tiñó de carmín

cual si le hubieran acusado de cobarde.--Tampoco yo, querida mía,

retrocederé por nada ni por nadie.

--Lo sé; pero eres débil a pesar de todo, y lo eres, porque para que

no decaiga tu valor necesitas ver a tu víctima a tus pies. Procura no

decaer, aunque te parezca que la víctima está lejos. Cuando llegue

la ocasión, suelta los tigres y los demonios que guardas encerrados

dentro del pecho, pero mientras tanto, ténlos encadenados... ocultos,

pero siempre dispuestos.

La buena tabernera terminó su consejo descargando sobre el mostrador

un golpe con el pañuelo convertido en pesado rosario; seguidamente lo

levantó, y con calma imperturbable indicó que era ya hora de irse a la

cama.

La mañana siguiente encontró a aquella mujer admirable en su sitio

de costumbre, haciendo calceta con verdadero ardor. A su lado había

una rosa hacia la cual volvía de vez en cuando los ojos. Algunos

parroquianos, de pie o sentados, bebían y charlaban. El día estaba

muy caluroso, y los enjambres de moscas que llevaban su atrevimiento

hasta el extremo de curiosear el contenido de los vasos que había cerca

de la señora, no tardaban en caer muertas en su fondo. No ejercía

la menor impresión su suerte desdichada en las demás moscas, que

las contemplaban impertérritas e indiferentes hasta que las ocurría

idéntica desgracia. ¡Qué estúpidas son las moscas!

La señora Defarge vió la sombra de una persona que entraba en la

taberna y comprendió que se trataba de un cliente nuevo. Antes de mirar

el rostro de la persona en cuestión, dejó sobre el mostrador la media y

prendió la rosa en su cabeza.

La escena que siguió no pudo ser más curiosa: no bien los dedos de

la tabernera tocaron la rosa, cesaron en el establecimiento las

conversaciones y todos los parroquianos comenzaron a salir a la calle.

--Buenos días, señora--dijo el recién llegado.

--Buenos días, señor--contestó la señora Defarge tomando de nuevo la

media.--¡Ah!--añadió para sus adentros.--Unos cuarenta años de edad,

sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno

cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguileña, pero no recta, ofrece la

particularidad de estar ligeramente torcida hacia la izquierda, lo que

da, como es natural, expresión siniestra... ¡Buen día de veras!

--¿Tiene usted la bondad de darme una copita de coñac viejo y un sorbo

de agua fresca, señora?

La tabernera sirvió lo que el cliente pedía.

--¡Rico coñac, señora!

Como era la primera vez que oía elogiar su coñac, no es de admirar que

la tabernera sospechase que el elogio obedecía a motivos que acaso no

fueran precisamente la bondad del licor. Dió, sin embargo, las gracias,

y siguió haciendo calceta.

El desconocido permaneció algunos momentos observando las manos de la

señora Defarge, y de paso, reconociendo el establecimiento.

--Hace usted media con rapidez maravillosa--dijo.

--La costumbre... estoy muy acostumbrada a esta labor.

--Y con una perfección que encanta.

--¿Lo cree usted así?

--Con toda mi alma... Y dígame: ¿esa media es...?

--Pasatiempo... un medio de distracción--contestó la tabernera mirando

a su interlocutor con la sonrisa en los labios.

--¿No piensa hacer uso de ella?

--Según. Quizá llegue día en que las use--dijo la tabernera con cierta

coquetería.--Con seguridad que las utilizaré... si las hago bien.

Por muy curioso que parezca, ello es que el gusto de San Antonio

mostraba decidida oposición a que la señora Defarge ostentase en su

peinado una rosa. Entraron por separado dos hombres, se acercaron al

mostrador con manifiesta intención de pedir algo que beber, y no bien

vieron la rosa, vacilaron, miraron en derredor como si buscaran a algún

amigo, que no encontraron, y se fueron inmediatamente. De todos los que

en el establecimiento se encontraban cuando entró el que conversaba con

la tabernera, no quedaba uno solo: todos se habían ido. El espía, pues

ya habrán comprendido los lectores que el individuo en cuestión era un

espía, ninguna seña había logrado sorprender, aunque desde que entró

miraba con cien ojos.

Una historia de dos ciudades · 第 15 / 34 段