puedes arruinarme rezando como meditando! ¡No quiero que hagas ni lo
uno ni lo otro!
--Está bien, Jeremías.
--¡Sí!... Está bien, Jeremías... Perfectamente, Jeremías... Conforme,
Jeremías... Lo que tú digas, Jeremías... Crees que me engañas con esas
palabras de conformidad, ¿no es cierto? ¡Pues te equivocas de medio a
medio!
--¿Piensas salir esta noche?--preguntó la mujer.
--Sí; pienso salir.
--¿Podré acompañarle, padre?--preguntó su retoño.
--No podrás acompañarme. Esta noche voy... ya lo sabe tu madre... voy a
pescar; a pescar; eso es.
--Cada día son más listos los peces, ¿verdad, padre?
--Es lo que no te importa.
--¿Traerá pescado?
--Si no lo traigo, mañana habrá _solfeo_ general en casa--replicó
_Lapa_ moviendo la cabeza.--Y basta de preguntas, muñeco. No saldré
hasta que tú te hayas acostado.
El resto de la velada lo consagró a acechar a su mujer y a obligarla a
hablar constantemente a fin de impedir que rezara o meditara en contra
suya. Con el mismo objeto a la vista, obligó también a su hijo a que
charlara sin tasa con su madre, con no poco disgusto de ésta, que no
dispuso de un segundo de tiempo para consagrarlo a sus reflexiones.
La persona más devota no hubiese podido rendir homenaje más elocuente
a la eficacia de una oración honrada. El temor a las plegarias de su
mujer era tanto como si una persona que jurase y perjurase que no creía
en fantasmas ni aparecidos, se horrorizara al escuchar historias de
fantasmas y de aparecidos.
--¡Es cosa grande que tus rezos sean amenaza constante a nuestros
estómagos!--dijo _Lapa_.--Tu conducta desnaturalizada mataría de hambre
a tu marido y a tu hijo, si yo no vigilara a todas horas. ¡Mira a tu
hijo...! Porque creo que es tu hijo, ¿eh? Está más delgado que un
estoque... Tú, que tienes el atrevimiento de llamarte su madre, ¿no
sabes que el primero, el más sagrado de los deberes de una madre es
hacer que su hijo engorde?
Estas palabras conmovieron tan profundamente al hijo, que conjuró a su
madre a que cumpliera ante todo y sobre todo la función maternal con
delicadeza tanta indicada por su padre.
Así fué deslizándose la velada en el tranquilo hogar de los _Lapas_,
hasta que madre e hijo recibieron orden de meterse en la cama. El jefe
de la familia distrajo las horas de la noche fumando pipas solitarias
hasta poco más de la media noche, que se levantó para salir. Antes, sin
embargo, sacó de un armario, cuya llave guardaba en el bolsillo, un
saco, una barra de hierro bastante gruesa, algunas cuerdas, una cadena,
y otros útiles de pesca parecidos, los que, colocados y acondicionados
convenientemente, apagó la luz y se fué.
Minutos después salía tras el padre su curioso retoño, quien había
tenido la precaución de acostarse vestido sobre la cama cuando recibió
la orden de recogerse. Al amparo del manto de la noche salió de su
habitación, descendió sigiloso la escalera y se aventuró por las
solitarias calles. En cuanto a la vuelta a la casa paterna, no le
inspiraba ningún recelo, pues sabía muy bien que la puerta quedaba
abierta toda la noche.
Impulsado por el deseo muy laudable de aprender las artes y misterios
de las ocupaciones nocturnas de su honrado padre, el muchacho, pegado
a las paredes de las casas, embebiéndose en los huecos de las puertas,
procuraba no perder un instante de vista al laborioso autor de sus
días. Tomó éste dirección norte, y no se había alejado gran cosa,
cuando topó con un nuevo discípulo de Isaac Walton, en cuya compañía
prosiguió la marcha.
Media hora después caminaban ambos sin hablar palabra por un camino
solitario, al que no llegaban las miradas de los faroles ni menos
las de los vigilantes nocturnos. En el camino se les incorporó otro
pescador, pero con tanto recato y silencio, que si el muchacho hubiera
sido supersticioso, seguramente habría creído que el hombre que primero
se reuniera a su padre se había partido súbita y milagrosamente en dos.
Los tres prosiguieron la marcha seguidos por el hijo de _Lapa_, hasta
que hicieron alto al pie de un desmonte cuyo talud se alzaba sobre el
camino. Sobre el talud, corría un muro de ladrillo de escasa elevación,
coronado por una verja de hierro. Los hombres se deslizaron como
fantasmas a lo largo del talud, procurando ampararse de su sombra,
hasta llegar a un entrante que daba acceso a una especie de callejón,
uno de cuyos lados, formado por el muro de ladrillo, tendría sobre
diez pies de altura. A la luz blanquecina de la luna pudo ver el
muchacho que el honrado menestral a quien debía la existencia escalaba
con ligereza sin igual la verja de hierro. Inmediatamente le siguió
el segundo pescador, y a éste el tercero. Los tres ganaron el terreno
comprendido en el interior de la verja, donde permanecieron algunos
minutos, tendidos en tierra... probablemente escuchando. Luego
avanzaron, arrastrándose sobre las manos y las rodillas.
El muchacho se acercó a la verja, conteniendo la respiración. Desde un
rincón donde se agazapó vió que los tres pescadores se arrastraban como
serpientes por entre la crecida hierba que cubría el terreno... y por
entre muchas cruces y lápidas sepulcrales. Estaban en un cementerio,
y parecían fantasmas espantables acechados por otro fantasma más
espantable, más monstruoso aún: por la torre de la iglesia vecina,
gigante terrorífico encargado de velar por la tranquilidad de los
muertos. No avanzaron mucho trecho. El muchacho no tardó en observar
que se enderezaban y daban comienzo a la pesca.
Pescaron primero con azada. Poco después, el honrado _Lapa_ preparó un
instrumento semejante a descomunal sacacorchos. Cualesquiera que fueran
los útiles de pesca que utilizaran, manejábanlos con inusitado ardor.
Las púas que coronaban la cabeza del muchacho adquirieron la dureza
acerada de las de su padre cuando el gigante guardián de la ciudad de
los muertos dejó oir lentas, sonoras, graves, terroríficas, las dos de
la madrugada.
El muchacho emprendió desatinada fuga; mas el deseo de saber era tan
grande, que no sólo se contuvo al cabo de breve trecho de recorrido,
sino que le incitó a volver a la verja. Vió que los tres hombres
continuaban pescando, y supuso que habían pescado algo al observar
que los pescadores parecían inclinados y como doblegados, haciendo
esfuerzos encaminados a sacar algún pez de mucho peso. Así era en
efecto: poco a poco fueron izando el pescado, hasta que éste salió a
la superficie. La forma del pescado era de las que no dejan lugar a
duda; pero cuando el muchacho vió que su padre se disponía a abrirlo,
sintióse acometido de tal pánico, que emprendió una carrera frenética
sin detenerse ni moderar la velocidad hasta que dejó atrás más de una
milla de terreno.
Ni aun entonces se habría detenido si no le hubiese faltado el
aliento, pues no huía ante imágenes engendradas por el miedo, sino
ante espectros que le acosaban terribles. El ataúd que había visto le
pisaba los talones, saltando sobre las piedras y tierra del camino
en posición perpendicular y sobre el extremo más estrecho, empeñado
en alcanzarle y en colocarse a su lado... quizá para asirse a su
brazo. Aquel diabólico ataúd debía ser prodigio de incongruencia y de
ubicuidad, pues tan pronto saltaba entre las negras filas de árboles
que bordeaban el camino como volaba sobre las espesas copas, semejante
a cometa sin rabo ni alas. Ocultábase también en los huecos de las
puertas, contra las cuales frotaba sus horribles costillas, produciendo
un ruido semejante a huecas carcajadas. Constantemente ganaba terreno
al muchacho en aquella carrera fantástica. Cuando el perseguido llegó
a la puerta de su casa, estaba medio muerto de miedo. Ni aun después
de refugiarse en ella se vió libre de la encarnizada persecución del
ataúd, que subió tras él la escalera saltando sobre sus peldaños, y
se acostó en su cama, y se subió sobre su pecho cuando el sueño o el
terror rindieron al desventurado curioso.
La presencia de Jeremías _Lapa_ en el estrecho cuarto del muchacho
puso fin al agitado sueño de éste antes que los primeros rayos del sol
hicieran su aparición sobre la tierra. La fortuna debió serle poco
propicia aquella noche; así, al menos, lo infirió su hijo del hecho
de que tuviera a su mujer agarrada por las orejas y sacudiéndola sin
consideración.
--¡Te lo ofrecí, y lo cumplo!--decía Jeremías.
--¡Por Dios, Jeremías!--exclamaba su mujer con acento de súplica.
--Te empeñas en estropearme los negocios, sin tener en cuenta que me
perjudicas a mí y a mis asociados. Tu obligación es obedecer: ¿por qué
no lo haces?
--¡Procuro ser mujer honrada!--contestaba la infeliz, derramando
lágrimas.
--¿Y crees que la honradez consiste en echar a perder los negocios de
tu marido? ¿Crees honrar a tu marido deshonrando sus asuntos?
--¡No deberías dedicarte a negocios tan horribles, Jeremías!
--Debe bastarte el ser la esposa de un honrado menestral y no
dar entrada en tu estrecho entendimiento femenino a cálculos o
apreciaciones acerca de la naturaleza de los negocios que hace o deja
de hacer tu marido. La mujer que es honrada y obediente, no se mete
en lo que es incumbencia privativa de su esposo. ¿Y tú te llamas
religiosa? ¿Tú te llamas honrada? ¡Si eres religiosa, si eres honrada,
dénme mujeres irreligiosas y sin honra!
El altercado, que se sostenía en voz baja, llegó a su término cuando
Jeremías, despojándose de las botas cubiertas de barro, se tendió sobre
el suelo, boca arriba y puestas las manos debajo de la cabeza a guisa
de almohada. El hijo, en su deseo de imitar al padre, volvió a tenderse
sobre la cama, no tardando en dormirse.
Después del almuerzo, en cuyo _menú_ no figuró ningún plato de pescado,
y puede decirse que de ningún otro manjar, el señor Jeremías, que
dicho sea de paso estaba furioso como nunca, bien acepillado y lavado,
salió con su hijo a la calle y tomó el camino del Banco Tellson.
El joven vástago del honrado menestral que caminaba al lado de éste
por la calle Fleet no era ya el mismo que la noche anterior huía
despavorido por caminos solitarios de su terrible perseguidor. Con los
resplandores del día recobró su atrevimiento habitual, y sus bascas y
escrúpulos terminaron con la noche... en cuyos particulares es más que
probable que tuviera muchos compadres en la animada calle Fleet.
--Padre--dijo el muchacho durante el trayecto,--¿qué es un
desenterrador?
El buen _Lapa_ no pudo contestar pregunta tan inesperada sin antes
quedar como clavado en el sitio.
--¡Yo qué sé!--respondió al fin.
--Yo creí que usted lo sabía todo, padre--repuso el candoroso muchacho.
--¡Hum! ¡Pues... mira!--dijo Jeremías _Lapa_, después de quitarse el
sombrero y de rascarse la frente.--Un desenterrador es un honrado
menestral, un comerciante.
--¿En qué ramo comercia?
--Comercia... en géneros científicos de naturaleza especial.
--En cadáveres humanos; ¿verdad, padre?
--Creo que no andas del todo descaminado, hijo.
--¡Oh padre! ¡Yo quisiera ser desenterrador cuando llegue a hombre!
La proposición llenó de noble orgullo al padre. Sin embargo, moviendo
la cabeza como con aire de duda, replicó:
--Dependerá del vuelo que alcancen tus talentos. Procura alentar su
desarrollo, a lo cual contribuirá poderosamente el ejemplo que te doy.
Hoy es prematuro hablar de lo que en lo futuro harás o dejarás de hacer.
Momentos después, mientras el muchacho iba a colocar el banco a la
sombra del edificio del Tribunal del Temple, Jeremías _Lapa_ murmuró
para sus adentros:
--Amigo Jeremías, honrado menestral; puedes abrigar esperanzas fundadas
de que tu hijo llegará con el tiempo a ser un tesoro que compensará tu
desgracia de tener por esposa a una mujer desnaturalizada.
XV
HACIENDO CALCETA
Aquel día, en la taberna del señor Defarge, habían comenzado las
libaciones más temprano que de ordinario. Cuando a las seis de la
mañana, caras pálidas se acercaron a los barrotes de las rejas que
defendían las ventanas, vieron otras caras pálidas inclinadas
sobre sendos cubiletes de vino. Por regla general, el vino que en
la taberna de Defarge se expendía había recibido las saludables
aguas del bautismo, pero el que en esta ocasión bebían los báquicos
madrugadores debía ser agrio, o al menos tenía la propiedad de agriar
el temperamento de los que lo ingerían. El zumo de las uvas encerrado
en los toneles de Defarge no encendía alegres llamas báquicas, sino un
fuego latente, un fuego que ardía sin salir a la superficie.
Tres mañanas hacía ya que los sacrificios a Baco comenzaban muy
temprano en la taberna de Defarge. Se inauguraron el lunes y nos
encontramos en miércoles. Verdad es que se hablaba o se escuchaba más
que se bebía, pues no faltaban madrugadores, que penetraban en el
establecimiento no bien se abría la puerta, a quienes hubiese sido
imposible depositar sobre el mostrador una moneda, aun cuando de la
salvación de su alma se hubiera tratado. No por eso dejaban de mostrar
el mismo contento que si se hubiesen hecho servir barricas enteras de
vino; veíaseles pasar de una banqueta a otra, trasladarse de un rincón
a otro rincón, tragando con manifiesta ansiedad sendos párrafos de
conversación en vez de saborear sendos tragos de vino.
Aunque la concurrencia era más numerosa que de ordinario, el tabernero
no había considerado necesario hacerse visible. Los parroquianos no
debían conceder importancia a la ausencia de Defarge, toda vez que
nadie preguntaba por él, nadie mostraba deseos de verle, nadie se
extrañaba de ver sola a la señora Defarge, sentada tras el mostrador,
presidiendo la distribución del vino y recogiendo contrahechas monedas,
de las que habían desaparecido las efigies y escudos impresos por el
troquel. Eran monedas dignas de los andrajosos bolsillos de que habían
salido.
Aburrimiento, falta absoluta de interés y sobra de fastidio es lo
único que en la taberna hubieran notado los espías que, a no dudar,
avizoraban desde la calle, como avizoraban todos los sitios, altos
y bajos, desde el palacio del rey hasta la celda del criminal.
Languidecían las barajas, los jugadores de dominó hacían castillos con
las fichas, los bebedores dibujaban caras sobre las mesas con las gotas
de vino que caían de los cubiletes, y la señora Defarge seguía con un
mondadientes los dibujos de la manga de su vestido, como si oyese algo
que no hería los tímpanos y viese cosas que no impresionaban la retina.
Hasta el mediodía, en nada variaron las características de San Antonio
en su aspecto vinoso. Poco después de las doce, llegaron dos hombres
cubiertos de polvo, uno de los cuales era el señor Defarge, y el otro
un peón caminero, ambos con semblantes adustos y sedientos, los
cuales entraron en la taberna. Su llegada encendió en el pecho de San
Antonio encendidas chispas que, corriéndose por fuera de la taberna, no
tardaron en transformarse en llamas, y éstas a su vez en caras humanas
que llenaron todas las puertas y ventanas del barrio. Nadie siguió a
los polvorientos viajeros, nadie les dirigió una sola palabra, pero
todos clavaron en ellos los ojos.
--¡Buenos días!--contestó un coro nutrido.
--Mal tiempo, señores--repuso Defarge, moviendo la cabeza.
Cada uno de los presentes miró a su vecino, y a continuación, todos
bajaron los ojos al suelo y guardaron silencio. Uno solo, por
excepción, se levantó de su asiento y se fué.
--Mi querida esposa--continuó Defarge,--he recorrido una porción de
leguas en compañía de este buen caminero, que se llama Santiago. Le
encontré... por casualidad, a jornada y media de París. Es un buen
muchacho y se llama Santiago... ¡Dale de beber, querida!
Levantóse otro hombre y salió de la taberna. La señora Defarge sirvió
un vaso de vino al buen peón caminero, quien saludó quitándose el
gorro azul que cubría su cabeza, y bebió. Sacó del seno un pedazo de
pan áspero y negro, se sentó junto al mostrador, y principió a comer
y a beber. Otro parroquiano, el tercero, se puso en pie y abandonó la
taberna.
Defarge se sirvió otro vaso de vino, de menor capacidad que el servido
al caminero, y esperó a que éste despachara su refrigerio. Ni miró a
ninguno de los presentes, ni ninguno de los presentes volvió los ojos
hacia él. La señora Defarge había tomado en sus manos la calceta, y
trabajaba sin mirar y sin hablar.
--¿Ha terminado ya el almuerzo?--preguntó el tabernero al peón luego
que advirtió que no comía.
--Sí; muchas gracias.
--Entonces, vamos: le enseñaré la habitación que le dije que ocuparía,
y que desde luego aseguro que ha de ser de su gusto.
Desde la tienda salieron a la calle, desde la calle entraron a un
patio, en el patio tomaron una escalera, y al final de la escalera
encontraron un sotabanco... que en otro tiempo fué alojamiento de
un hombre de cabellos blancos como la nieve, que se pasaba los días
sentado en una banqueta y haciendo zapatos.
No se encontraba en el sotabanco el de los cabellos blancos como la
nieve, pero sí los tres hombres que antes salieron uno a uno de la
taberna.
Defarge cerró cuidadosamente la puerta del sotabanco, y dijo a media
voz:
--¡Santiago Primero, Santiago Segundo, Santiago Tercero! Os presento al
testigo encontrado por mí, Santiago Cuarto. El os lo dirá todo. Puedes
hablar, Santiago Quinto.
El peón caminero, después de secar su sudorosa frente con el gorro azul
que en la mano tenía, preguntó:
--¿Por dónde comienzo?
--Puedes comenzar por el principio--respondió con mucha lógica Defarge.
--Le vi, señores--comenzó el peón caminero,--ha hecho un año este
verano, bajo el carruaje del señor Marqués, pendiente de la cadena. Yo
acababa de dejar mi tarea, el sol se hundía en el horizonte, el coche
del señor Marqués subía trabajosamente la colina, y él iba suspendido
de la cadena de esta manera.
El orador representó gráficamente una escena que había representado
millares de veces en la aldea durante un año entero.
Tomó la palabra Santiago Primero para preguntar al caminero si había
visto antes al hombre que pendía de la cadena.
--Nunca--contestó el interpelado, recobrando la posición perpendicular.
Preguntó Santiago Tercero cómo había podido reconocerle después, no
habiéndole visto hasta ese día.
--Le reconocí por su elevada estatura--dijo el peón caminero, puesto el
índice de la mano derecha en la nariz.--Cuando aquella noche preguntó
el señor Marqués qué señas tenía, yo contesté: «Es alto como un
espectro».
--Debió usted decir «pequeño como un enano»-observó Santiago Segundo.
--¿Y qué sabía yo? Ni había sido cometida la hazaña ni él se había
confiado a mí. Pero tengan ustedes en cuenta que, aun en esas
circunstancias, yo nada declaré, nada dije. Buena prueba de ello es
que el señor Marqués, señalándome con el dedo, gritó: «¡Traedme a ese
canalla!» ¡No, no, señores! ¡Nada dije!
--Tiene razón, Santiago--dijo Defarge.--Sigue.
--Pues bien--continuó el peón caminero con aire de misterio.--El hombre
alto se ha perdido y lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde nueve, diez,
once meses?
--El número de meses es lo que menos viene al caso--contestó
Defarge.--Estaba bien escondido, pero al fin y a la postre, le
encontraron desgraciadamente. Prosigue.
--Otra vez estoy trabajando en la falda de la colina y el sol traspone
también las montañas de Occidente, como en la ocasión anterior. Recojo
mis herramientas para bajar a la aldea, donde ha cerrado ya la noche,
cuando, al alzar los ojos, veo aparecer en la cima de la colina seis
soldados. En medio de los soldados veo a un hombre con los brazos
atados a los lados... en esta forma.
Con la ayuda de su indispensable gorro azul, el orador representa
admirablemente a un hombre cuyos codos están amarrados a la cintura.
--Me hago a un lado, señores, colocándome junto a un acopio, para ver
pasar a los soldados y a su prisionero, pues se trata de un camino
militar por el que nada pasa que no sea digno de ser mirado, y cuando
aquellos se acercaron, en los primeros momentos, nada vi más que a
seis soldados que conducían a un hombre amarrado, un hombre alto, y
que soldados y prisionero parecían negros, excepto por la parte que
daba frente a la puesta del sol, donde advertí algunas líneas rojizas.
También pude observar que las sombras que proyectaban sus cuerpos
cruzaban el camino en todo su ancho, cual si fueran sombras de gigante.
Vi asimismo que iban cubiertos de polvo, y que levantaban nubes de
polvo al andar marcando el paso. Cuando pasaron frente a mí, reconocí
al hombre alto que llevaban preso y él me reconoció también a mí. ¡Ah!
¡Bien sé yo que el preso se hubiera arrojado de cabeza por la falda de
la colina como hizo la tarde en que le vi por vez primera en el mismo
sitio!
A continuación hizo una descripción detallada y llena de vida de la
escena a que acababa de aludir.
--Ni yo di a entender a los soldados que había reconocido al preso, ni
el preso dejó entrever a los soldados que me hubiera reconocido a mí.
En cambio nosotros nos lo dimos a comprender por medio del lenguaje de
los ojos. «¡Vivo, vivo!»--dijo el jefe de los soldados.--«¡Llevémosle
pronto a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron el paso. Yo les seguí. Los
brazos del preso estaban hinchados por efecto de la brutal presión de
las cuerdas, y como sus zuecos le estaban grandes y eran muy pesados,
andaba cojo. El que está cojo, no puede caminar de prisa, y como los
soldados querían hacer con rapidez el viaje, arreaban al preso de esta
manera.
El peón caminero imitó los movimientos del hombre a quien obligan a
caminar a culatazos.
--Cayó de bruces el prisionero mientras bajaban la pendiente corriendo
como locos. Los soldados rompieron a reir y le levantaron. Sangraba su
cara y estaba llena de tierra, pero el infeliz no pudo llevar hasta
ella sus manos, lo que, visto por los soldados, dió margen a nuevas
carcajadas. Lleváronle a la aldea, que salió en masa a verle, y desde
la aldea al molino, y desde el molino al calabozo. La aldea entera vió
cómo se abría la puerta del calabozo y se engullía al prisionero de
esta manera:
El peón caminero abrió una boca descomunal, y la cerró con estrépito
producido por sus dientes al entrechocarse con violencia. Con tal
verismo quiso representar la escena, que continuó con la boca cerrada
hasta que Defarge, al cabo de un buen espacio de esperar, dijo:
--Adelante, Santiago.
--La aldea en masa se retira,--prosiguió el caminero, bajando la voz y
puesto sobre las puntas de sus pies,--la aldea en masa se congrega en
torno de la fuente, y habla; la aldea entera se recoge en sus lechos;
la aldea entera sueña en aquel desdichado, que se encuentra entre muros
y hierros, encerrado en el calabozo que se alza al borde del tajo, del
cual no saldrá más que para morir. A la mañana siguiente, me echo las
herramientas sobre los hombros, tomo un pedazo de pan negro, y dando un
rodeo, paso junto a la cárcel antes de dirigirme al trabajo. Allí le
veo, detrás de los recios barrotes de aquella jaula de hierro, cubierto
de sangre y de polvo, lo mismo que estaba la noche anterior. No puede
alargarme una mano, porque ninguna le han dejado libre; no me atrevo
a llamarle ni él se atreve a decirme palabra; su aspecto es el de un
muerto.
Tanto Defarge como los tres oyentes se dirigen miradas sombrías,
miradas que respiran odio y venganza, mientras escuchan la historia
de labios del caminero. La actitud de los tres, aunque reservada,
es autoritaria, cual si constituyeran un tribunal severísimo. Los
Santiagos Primero y Segundo están sentados sobre el viejo jergón,
apoyadas las respectivas barbillas sobre las manos y fijos los ojos en
el narrador. Santiago Tercero ha puesto una rodilla en tierra y no cesa
de pasar su mano nerviosa por su boca y nariz, y Defarge, de pie entre
el grupo formado por los tres Santiagos y el narrador, ora mira a éste,
ora vuelve su severa cara hacia aquéllos.
--Adelante, Santiago--dice Defarge.