--Repito que no importa. Creí ver sentido común y ambición laudable

donde no existe lo uno ni lo otro. Me engañé, quedo curado de mi error,

y asunto concluído. Por fortuna, mi error es de los que no acarrean

perjuicios a quien fué de él víctima. Son muchas las damiselas que han

cometido locuras semejantes, de las cuales han venido a arrepentirse

cuando no era ya tiempo, cuando se han visto sumidas en la ruina y en

la miseria... ¡Pobrecillas!... ¡No las culpo! ¡A fe que son dignas de

compasión! ¡Es tan irreflexiva la juventud!... Visto lo ocurrido desde

un punto de vista puro de todo egoísmo, lo siento, porque para ella

hubiera sido un buen negocio, y si lo estudio a través del prisma de mi

egoísmo, no puedo menos de celebrar un fracaso que me evita hacer un

negocio desastroso. Comprenderá usted, sin que yo se lo diga, que yo,

lejos de salir ganando, perdía, y no poco. Por supuesto, hasta ahora

ningún daño me ha hecho. No he ofrecido mi mano a esa señorita, y aquí

para nosotros, hablando con franqueza, nunca pensé en hacer semejante

ofrecimiento. Siga mi consejo, señor Lorry: no intente usted nunca

luchar contra las frivolidades y locuras de esas cabecitas casquivanas

si no quiere cosechar desencantos a granel... ¡No... hágame el favor!

Dejemos esta conversación. Repito que lamento lo ocurrido por los demás

pero que me alegro por lo que a mí toca. Nunca agradeceré a usted

bastante el consejo que me dió. Conoce usted a esa señorita mucho mejor

que yo... Tenía usted razón... Se me ocurrió cometer un desatino aunque

seguramente no habría llegado a cometerlo.

Fué tal el desconcierto, la estupefacción de Lorry, que no se le

ocurrió otra cosa que mirar con expresión estúpida a su interlocutor,

cuya cara reflejaba generosidad, nobleza y buenos deseos.

--¡Créame usted, mi querido amigo!--repetía Stryver mientras acompañaba

a Lorry hasta la puerta,--siga mi consejo. Muchas gracias... ¡Buenas

noches!

Lorry se encontró en la calle antes de darse cuenta de lo que le

pasaba. Stryver quedó tendido boca arriba en el sofá mirando al techo.

XIII

EL SUJETO NO DELICADO

Si en alguna ocasión, o en alguna parte, brilló Sydney Carton, a

buen seguro que no fué en la morada del señor Manette. La visitó con

bastante frecuencia durante un año entero, y siempre estuvo triste,

taciturno, caviloso. Y no es que careciera de oratoria, no; sabía

hablar perfectamente cuando se lo proponía; pero era tan tupida la nube

que le envolvía, que muy contadas veces consiguieron taladrarla los

destellos luminosos de su inteligencia.

Que las calles próximas a la casa mencionada, y hasta las piedras

insensibles de las aceras, ejercían sobre él misterioso atractivo,

no cabía ponerlo en tela de juicio. Más de una noche se le hubiera

encontrado rondando cual alma en pena aquellos lugares, sobre todo,

cuando el vino no llegaba a infiltrar en su pecho una alegría ficticia

y transitoria. Más de una madrugada, los pálidos fulgores de la aurora

naciente pusieron de manifiesto, no lejos de la casa del doctor, los

contornos de un bulto, que si no era Sydney Carton en persona, ofrecía

con el de éste notable analogía. Más de una mañana, los primeros rayos

del sol, a la par que hacían resaltar las bellezas arquitectónicas

de los campanarios de las iglesias y de los edificios más notables,

llevaban el desaliento al pecho del solitario noctámbulo, haciéndole

ver que hay cosas que el hombre, con toda su buena voluntad, no puede

alcanzar. Desde algún tiempo antes, el lecho desordenado que en el

Tribunal del Temple tenía Carton, rara vez merecía el honor de ser

usado por su propietario, siendo de notar que, aun cuando por excepción

ocurriera esto último, Carton se levantaba al cabo de pocos minutos

para continuar sus peregrinaciones.

Un día del mes de agosto, cuando ya el señor Stryver, después de

manifestar a su amigo que «reflexiones más detenidas habíanle inducido

a renunciar a sus proyectos matrimoniales», había trasladado a

Devonshire los tesoros de finura y de delicadeza anejos a su persona,

uno de esos días de agosto en que los malos encuentran en el cáliz

de las flores ricos manantiales de bondad, de salud los enfermos, y

de juventud los viejos y gastados, Carton, esclavo de su costumbre,

rondaba como alma en pena las calles. Caminaba irresoluto y sin rumbo

fijo; mas de pronto brillaron sus ojos; sus pies se animaron al soplo

de la intención que brotó en su cerebro, y fieles y sumisos esclavos de

esta última aquéllos, lleváronle en derechura a la puerta del doctor

Manette.

Lucía, a la que encontró sola y entregada a sus labores, recibióle con

alguna turbación, y hasta es más que probable que de poder hacer su

gusto se hubiera negado a recibirle, pues siempre la inspiró cierta

sensación de recelo la manera de ser de Carton. Sin embargo, al

cruzarse entre los dos las primeras frases, algo notó en la expresión

del rostro de su visitante que la tranquilizó, primero, y luego excitó

en su pecho la compasión.

--¿Se siente usted malo, señor Carton?--preguntó.

--No me encuentro bien, es cierto: pero la vida que llevo, señorita

Manette, no es el medio más indicado para gozar de salud. ¡Qué podemos

esperar los libertinos!

--¿Y no es lástima?... Le ruego que me perdone; pero ya que sin darme

cuenta, salió de mis labios el principio de la pregunta, la terminaré,

bien que haciendo constar que nada más lejos de mi ánimo que el

propósito de ofenderle. ¿No es lástima que no procure usted vivir vida

más ordenada?

--¡Es algo más que lástima! ¡Dios sabe muy bien que es una vergüenza!

--Entonces, ¿por qué no se corrige?

Lucía, que al formular la pregunta miró de frente a su interlocutor,

vió, con sorpresa mezclada de pena, que los ojos de Carton estaban

arrasados en lágrimas. Lágrimas destilaba también su voz cuando

contestó:

--Ya no es tiempo... Nunca seré mejor de lo que hoy soy... antes al

contrario... empeoraré... descenderé más y más...

Puesto de codos sobre la mesa, cubrióse los ojos con las manos. La mesa

temblaba durante el penoso silencio que siguió.

--Perdóneme, señorita Manette--repuso Carton.--Guardo un secreto que me

pesa demasiado y que desearía revelarla: ¿será tan buena que se digne

escucharme?

--Si escucharle ha de ser beneficioso para usted, señor Carton, si ha

de proporcionarle un contento que por lo visto no tiene ahora, hable

usted, que en escucharle tendré yo placer espacial.

--Dios, sin duda, la premiará la compasión con que me trata.

Serenóse algún tanto Carton, separó las manos de sus ojos y repuso, con

acento firme:

--No le alarmen mis palabras ni se asuste si le digo que he vivido ya

lo que debía vivir, que soy como el que ha muerto muy joven. Nada queda

en mí capaz de fructificar... soy estéril para el bien.

--¡No, señor Carton, no! Es usted joven, quedan en su alma sedimentos

de bondad. Segura estoy de que, con un poquito de buena voluntad, puede

hacerse muy digno de sí mismo...

--Dígame que puedo hacerme digno de su piedad, al menos, señorita,

y aunque me consta que se equivoca, aunque leo en el fondo de mi

naufragado corazón el engaño en que se halla, no lo olvidaré jamás.

Densa palidez cubrió las mejillas de la niña: sus manos temblaban.

--Si un milagro de Dios, suponiendo que a tanto alcance la omnipotencia

divina, hubiera hecho posible que usted, señorita Lucía, correspondiera

al amor del hombre que en este instante tiene ante sus ojos, al amor

de este ser degradado, perdido, libertino, borracho, de este despojo

repugnante de la humanidad... que no otra cosa soy... usted lo sabe

muy bien, la felicidad que inundaría mi alma, con ser tan grande, no

me impediría ver que la unión de nuestros destinos arrastraría a usted

hasta el fondo de mis miserias, la sumiría en los abismos del dolor y

del arrepentimiento tardío, la envolvería en olas de deshonra. De ello

estoy firmemente convencido; tan convencido como de que su corazón no

puede guardar ternuras para mí. ¡No las espero, no las pido! Es más:

¡doy gracias al Cielo que las ha hecho imposibles!

--¿No podría salvar a usted, señor Carton, sin esas ternuras a que se

refiere? ¿No podría yo?... ¡Perdón otra vez! ¿No podría yo mostrarle un

camino mejor, guiarle por senderos más rectos? ¿Ha de serme imposible

pagar de alguna manera la confianza que en mí hace? Porque yo sé que

se trata de una confianza--añadió Lucía con modestia, bien que con

cierta vacilación,--de una confianza que no depositaría en nadie, y que

deposita en mí. ¿No podríamos dar a esa confianza un giro beneficioso

para usted, señor Carton?

--No, señorita Lucía--respondió Carton, moviendo con expresión de

amarga tristeza la cabeza.--Imposible. Conque me dispense la bondad de

escucharme durante algunos momentos más, habrá hecho en mi obsequio

cuanto puede hacer. Quiero que sepa usted que ha sido el sueño

último de mi alma: quiero que sepa que su imagen y la de su padre,

la vista de este hogar, que lo es gracias a usted, han llegado hasta

el abismo profundo de mi degradación y agitado allí sombras que yo

creía muertas para siempre: quiero que sepa que, desde que conozco a

usted, siento el aguijón de remordimientos que yo suponía sin vida

ni eficacia, y suenan en mis oídos susurros de voces antiguas que yo

creía por siempre enmudecidas. ¡Hasta he llegado a pensar seriamente en

empezar, en entablar nuevas luchas, en inaugurar una vida nueva, en

correr con arrestos nuevos a la palestra tantos años ha abandonada!...

¡Quimeras... ilusiones, sueños que a nada práctico pueden conducir!

¡Pero quimeras, sueños e ilusiones evocados por usted, inspirados por

usted!

--Pero esas ilusiones, esos ensueños, algo habrán dejado en su alma...

¡Oh señor Carton! ¡Busque... medite... pruebe!

--Es inútil: perdería el tiempo, y además no merezco vivir. Y sin

embargo, para que se forme usted idea del extremo inconcebible a

que llegan las aberraciones humanas, confesaré que he tenido la

debilidad, tengo aún la franqueza de desear que usted conozca la

rapidez prodigiosa con que me ha transformado a mí, montón de cenizas

extinguidas y heladas, en fuego vivo... bien que en fuego en todo

semejante a mi naturaleza corrompida, en fuego que nada anima, que nada

ilumina, que para nada sirve, en fuego que se pierde.

--Puesto que he tenido la desgracia de hacerle más desventurado de lo

que era antes de conocerme...

--No diga usted eso, señorita Lucía; que si de redención fuera yo

capaz, usted me habría redimido; si mis desventuras pudieran tener

término, usted se lo habría puesto. No es usted, no ha podido ser usted

causa de que mi desgracia sea mayor.

--Quise decir que, si el estado actual de su alma se debe a influencias

mías, ¿no habría medio de encauzar esas influencias en forma que le

resultaran beneficiosas? ¿Ningún bien puedo hacerle?

--El mayor, el único que yo podía apetecer, me lo ha proporcionado ya.

Me permite usted que durante el resto de mi desordenada vida conserve

el recuerdo de que fué usted la última persona a quien abrí mi corazón,

y la creencia de que en éste queda algo que ha merecido la piedad

compasiva de usted, y con ello me hace el mayor bien que pude soñar.

--Con toda mi alma desearía convencerle, señor Carton, de que, con un

poquito de esfuerzo, y otro poquito de buena voluntad, conseguiría

usted mejores cosas.

--La engaña su excelente corazón, señorita Lucía. Créame usted: me

he puesto a prueba, y el resultado ha sido deplorable: soy incapaz

de redención. Sé que estoy apenando a usted, y voy a terminar. He

depositado en un corazón puro e inocente el secreto más dulce de mi

vida. Cuando el recuerdo de este día brote en mi memoria, ¿me será

permitido abrigar la consoladora creencia de que ese corazón lo ha

recogido y lo conserva, resuelto a no confiarlo a ningún otro?

--Si esa creencia es para usted un consuelo, abríguela usted.

--¿Me promete usted no revelarlo a nadie, ni aun a la persona que más

querida le sea hoy, o pueda serlo en lo futuro?

--Señor Carton--respondió Lucía con agitación,--el secreto no es mío,

sino de usted: tenga la seguridad más absoluta de que sabré respetarlo.

--¡Muchas gracias... y que Dios la bendiga!

Tomó Carton la mano que Lucía le tendió, la llevó a sus labios, y

comenzó a caminar hacia la puerta.

--Cuente usted, señorita Lucía, con que jamás haré referencia a la

conversación que acabamos de sostener. Si cayera muerto en este

instante, el secreto no quedaría, por lo que a mí toca, mejor guardado.

Un corazón puro, un corazón inocente es el arca santa donde desde hoy

quedan guardados mi nombre, mis extravíos, mis miserias, mi confesión

postrera... ¡Ah! ¡A la hora de mi muerte, será para mí un consuelo

inefable abrazarme a este pensamiento, que ha de ser mi compañero

sagrado durante el resto de mi vida!

Lágrimas abundantes corrían por las mejillas de Lucía Manette.

--No llore usted, señorita Lucía, que no merezco que nadie, y menos un

ángel como usted, vierta lágrimas por mí. Dentro de una o dos horas,

amistades viles y hábitos viciosos, que desprecio, pero a los cuales

sucumbo, harán de mí un objeto menos digno de esas lágrimas que el

último despojo humano que arrastra sus miserias por las calles. Quiero,

sin embargo, hacer constar que, si exteriormente seguiré siendo lo que

hasta el presente he sido, para usted, mi interior será lo que ahora

es. Mi penúltima súplica tiene por objetivo rogar a usted que me crea.

--Le creo, señor Carton, le creo.

--Voy a dirigirle mi ruego último y seguidamente la libraré de la

presencia de un visitante en cuya alma degradada no puede encontrar la

suya de ángel una sola cuerda armónica, y de quien está usted separada

por un abismo sin fondo y sin bordes. Sé que decirlo es inútil; pero

brota de mi alma y me es imposible callarlo. Por usted, y por cualquier

persona que usted quiera, lo haré todo. Sacrificar una existencia

perdida, no es mérito alguno, lo sé; pero si la Providencia me deparara

ocasión de sacrificarla, por usted y por las personas que le fueran

queridas la sacrificaría con gusto. Procure retener en su memoria lo

que estoy diciendo. Vendrá día, y no tardará, en que contraiga usted

nuevos lazos, lazos nuevos que la ligarán muy estrechamente al hombre

que tenga la dicha de merecerla, lazos los más tiernos, los más dulces,

los más hermosos que pueden alegrar la humana existencia. ¡Oh, señorita

Lucía! ¡En medio de la felicidad que la espera, cuando al rostro

feliz de su padre se una al de otro hombre que se mira en sus ojos,

acuérdese alguna vez de que en el mundo vive un ser dispuesto a dar

en todo momento su vida a trueque de conservar la del mortal que usted

ame! El último favor que la pido, es que no olvide mi ofrecimiento...

¡Adiós... adiós!... ¡Que Dios la bendiga!

XIV

EL HONRADO MENESTRAL

Muchos y muy variados objetos desfilaban ante los ojos de Jeremías

_Lapa_, durante las horas que diariamente se pasaba sentado en su

rústico banco en la calle Fleet, acompañado de su poco agraciado

retoño. Quien se pasara las horas más animadas del día en la calle

Fleet, sentado sobre un banco o sobre una silla, sobre una piedra

o sobre el duro suelo, necesariamente había de salir de la jornada

aturdido y sordo, por efecto de las dos procesiones inmensas,

interminables que, no obstante seguir rumbos opuestos, una de Oriente

a Poniente, otra de Poniente a Oriente, caminaban fatalmente hacia el

mismo final, hacia el mundo que jamás visitan los rayos rojos y púrpura

del sol.

El buen _Lapa_, mascando la obligada paja, contemplaba el curso de

los dos gigantescos arroyos, semejante a aquel gentil rústico que

permaneció varios siglos contemplando el curso de un río, sin más

diferencia entre uno y otro que la de temer el segundo que el río se

secase, y abrigar Jeremías la seguridad de que el curso de aquellos no

se interrumpiría jamás. Verdad es que esa seguridad era para _Lapa_

manantial de risueñas esperanzas, toda vez que gran parte de sus

rentas las ganaba sirviendo de piloto a las mujeres que deseaban hacer

la travesía de la calle. Aunque por regla general, las señoras que

recurrían a sus servicios habían entrado de lleno en el declinar de

la vida, y por otra parte, las relaciones entabladas durante la breve

travesía eran forzosamente de poca duración, tanta impresión ejercía en

el fogoso Jeremías el bello sexo, que nunca prestó un servicio de esa

clase sin expresar deseos vehementes de que le fuera concedido el honor

de beber a la salud de la acompañada.

Hubo tiempos en que los poetas se sentaban sobre un banco en los sitios

más públicos para pensar, y meditar, y reflexionar a la vista de los

hombres. Jeremías _Lapa_ se sentaba también en un banco y en sitio

público; pero como no era poeta, pensaba, reflexionaba y meditaba lo

menos posible, y en cambio miraba mucho.

Atravesaba uno de esos momentos angustiosos en que el tránsito

por la calle era escaso, y más escasas las mujeres que deseaban

cruzarla, uno de esos momentos en que sus negocios presentaban cariz

tan desconsolador, que nuestro héroe llegó a recelar que su mujer

estuviera arrodillada y rezando en cualquier rincón, cuando llamó

su atención un torrente humano de caudal inusitado, que descendía

arrollador por la calle Fleet, siguiendo el curso mismo del sol, es

decir, hacia Oeste. Examinado el torrente, vió _Lapa_ que se trataba

de un entierro que sin duda no sería de gusto del pueblo, toda vez que

éste ofrecía objeciones a su paso.

--Es un entierro, hijo--dijo Jeremías a su retoño.

--¡Viva... padre!--gritó el hijo de _Lapa_, dando cuatro zapatetas en

el aire.

El caballerito puso en su grito de alegría una significación misteriosa

que desagradó hasta tal extremo al padre, que acechó, y aprovechó muy

pronto la oportunidad, para agarrar a su retoño por una oreja.

--¿Qué es eso?--gritó Jeremías padre.--¿Qué significa ese viva? ¿Ese

es el respeto que a tu padre tienes? ¡Este muchacho es un pillete, un

descastado, tan descastado como sus vivas! ¡Que no vuelva a oirte, si

no quieres _sentirme_! ¿Entiendes?

--¿Hacía daño a nadie?--exclamó el muchacho en son de protesta y

frotándose la oreja.

--¡Lo que no hacías era bien!--replicó _Lapa_.--Súbete sobre este banco

y mira a las turbas.

Obedeció el hijo. Venían las muchedumbres gritando desaforadamente y

saltando en derredor de un carro de muertos sucio y viejo, seguido de

un coche fúnebre tan sucio, tan viejo y tan deslustrado como el carra,

ocupado por una sola representante del duelo, que ostentaba las galas

fúnebres que a la dignidad de su posición consideraba indispensables.

No parecía, empero, que su posición fuera muy de apetecer, pues las

turbas saltaban en torno del coche gritando hasta ensordecerle haciendo

visajes y contorsiones, mofándose de su respetable persona, y lanzando

apóstrofes poco gratos al oído.

Siempre fueron los entierros motivo de excitación especial para

Jeremías _Lapa_; no es, pues, de admirar que en la ocasión presente,

tratándose de un entierro que traía tan ruidoso acompañamiento, le

sacase de sus casillas hasta el punto de preguntar al primer individuo

con quien topó:

--¿Qué pasa, hermano? ¿Qué es eso?

--No lo sé--contestó el interrogado sin detenerse. ¡Espías!... ¡Espías!

--¿Quién es el muerto?--preguntó a otro.

--No lo sé--respondió también éste, colocando las manos delante de

la boca a guisa de bocina, y gritando con furia redoblada:--¡Espías!

¡Espías!

Tropezó al fin _Lapa_ con una persona mejor informada del caso, gracias

a la cual pudo averiguar que se trataba del entierro de un individuo

llamado Rogerio Cly.

--¿Era espía?--preguntó _Lapa_.

--Espía del Old Bailey--contestó el informador.--¡Espía... sí... espía

del Old Bailey!

--¡Demonio!--exclamó _Lapa_, recordando la vista a que había asistido

en otro tiempo.--Le conozco. ¿Está muerto?

--¡Muerto como mi abuela! ¡Y aun debía estarlo más!... ¡Fuera!...

¡Espía!... ¡Que lo echen aquí!

Una idea tan luminosa había de ser forzosamente aceptada por aquellas

turbas, y así fué, en efecto. Todos se apoderaron con ardorosa ansiedad

del grito, y lo repitieron una y mil veces, a la par que se acercaban

tanto al coche y al carro fúnebres, que los obligaron a detenerse. En

un abrir y cerrar de ojos se apoderaron del representante del duelo;

pero éste, que nada tenía de torpe, tan admirablemente supo aprovechar

el tiempo, que en otro abrir y cerrar de ojos dió esquinazo a las

turbas tomando a la carrera una callejuela lateral, no sin dejar en

manos de aquellas su capa, su sombrero, la gasa que le cubría hasta las

rodillas, el pañuelo blanco de rigor, y otras lágrimas simbólicas.

El pueblo se entretuvo en rasgar y esparcir a los cuatro vientos los

objetos y prendas indicadas demostrando loca alegría, mientras los

comerciantes cerraban a toda prisa las puertas de sus establecimientos,

pues la turba, en aquellos tiempos felices, eran monstruo altamente

peligroso, capaz de devorarlo todo una vez abría las fauces. Habían

abierto ya las puertas del carro fúnebre pasa sacar el ataúd, cuando

otro genio propuso escoltarla hasta su destino entre el regocijo

general. La proposición, como todas las que son eminentemente

prácticas, mereció ser aprobada por aclamación, e inmediatamente

asaltaron el coche ocho individuos mientras otros seis se encaramaban

sobre la cubierta del carro fúnebre. Uno de los primeros voluntarios

fué Jeremías _Lapa_, quien, en su modestia, escondió su persona y su

cabeza en un rincón del coche.

Protestaron los empleados de la funeraria contra aquella alteración del

ceremonial; pero la distancia hasta el río era alarmantemente corta, y

varias voces habían preconizado ya la eficacia de una inmersión fría

para hacer entrar en razón a los empleados recalcitrantes de pompas

fúnebres, y como consecuencia, las protestas fueron débiles y breves.

Prosiguió su curso la procesión una vez reformada. Un deshollinador

de chimeneas guiaba el carro fúnebre, asesorado por un cochero

profesional, sentado a su lado, y de la conducción del coche se encargó

un pastelero, servido a su vez por un ministro responsable. Agregóse

a la comitiva un húngaro con su oso, tipo callejero muy popular en

aquella época, el cual oso, por ser negro, y estar muy flaco, se

armonizaba perfectamente con el carácter fúnebre de la procesión de

que formaba parte.

De esta suerte continuó aquella procesión desordenada, engrosando

a cada paso y obligando a cerrar todas las tiendas de las calles

que recorría. El término de la carrera era la antigua iglesia de

San Pancracio, situada fuera de la ciudad, donde llegó a su debido

tiempo. El enterramiento del cadáver de Rogerio Cly hízose con arreglo

a un ceremonial extravagante, con gran satisfacción del nutrido

acompañamiento.

Enterrado el difunto, el autor de la humorística proposición anterior,

o bien otro genio, que nunca faltan en las muchedumbres, concibió

y propuso la diabólica idea, aprobada por unanimidad, de acusar

de espías de la Old Bailey y de clamar venganza contra todos los

transeuntes a quienes la casualidad llevase por aquellos parajes.

Docenas de infelices inocentes que en su vida habían pasado a mil

varas del aborrecido tribunal fueron perseguidas como fieras y

acosadas y golpeadas sin piedad. La transición desde este juego al de

romper cristales, echar abajo puertas y ventanas y entrar a saco en

ventorros y tabernas, no podía ser ni más sencilla, ni más natural,

ni más lógica. Al cabo de varias horas de saqueos, cuando habían sido

tomadas por asalto varias casas de campo y taladas no pocas tiendas,

y destrozadas muchas verjas de hierro que proporcionaron armas a los

caracteres más beligerantes, corrió la voz de que venían los guardias.

Bastó la noticia para que se dispersaran las turbas antes de la llegada

de los guardias, quienes quizá ni pensaron siquiera en aproximarse al

teatro de los sucesos.

No tomó parte en los desórdenes últimos Jeremías _Lapa_, quien prefirió

permanecer en el cementerio, conferenciado con los empleados de la

funeraria y haciendo tristes meditaciones. El campo de la muerte

siempre ejerció sobre él una influencia sedante. Sentado sobre una

sepultura, fumando con calma filosófica una pipa que se había procurado

en la taberna vecina, meditaba, puestos los ojos en la verja.

¡Ya ves, Jeremías, lo que es el mundo!--se decía _Lapa_.--No ha

mucho tiempo viste con tus propios ojos a ese Cly, joven, robusto,

derrochando vida, y ahora...

Después de fumada su pipa, y al cabo de no poco rato de meditaciones

profundas y de tristes reflexiones, levantóse y emprendió la vuelta

a la ciudad, con objeto de encontrarse en su puesto antes de la

hora de cerrar el Banco. No ha sido posible aclarar del todo si sus

meditaciones ejercieron sobre su hígado influencia perniciosa, o si

su salud venía quebrantada ya de antes, o bien si su visita no tuvo

otro objeto que dispensar un honor a la persona a quien visitó: fuera

uno u otra la causa, el hecho fué que, en el camino, se detuvo algunos

minutos en la casa de su médico... albeitar eminente de la ciudad.

El hijo manifestó con muestras de gran interés al padre que nada había

ocurrido durante su ausencia. Cerró el Banco las operaciones del día,

salieron los empleados, y _Lapa_, acompañado por su hijo, se encaminó a

su casa.

--Hoy vas a saber quién soy yo--dijo a su mujer no bien traspasó

el umbral de la casa.--Si esta noche estoy de malas como honrado

menestral, será prueba de que te has pasado el día rezando en mi contra

y sabrás cuántas son cinco, lo mismo que si yo, con estos ojos, te

hubiera visto arrastrada por los suelos.

Su costilla movió la cabeza.

--¡Cómo! ¿Te atreves a hacerlo en mis barbas?--repuso con entonación

colérica.

--¡Si no digo nada!

Una historia de dos ciudades · 第 13 / 34 段