--Eso fué lo que quise decir.
El padre contestó al cabo de algunos momentos de reflexión:
--Ha visto usted mismo que vienen a esta casa con alguna frecuencia los
señores Carton y Stryver; si alguien aspira a la mano de mi hija, será
en todo caso uno de los dos.
--O los dos--observó Darnay.
--No se me ha ocurrido que puedan ser los dos; es más: ni creo probable
que sea ninguno de los dos. Pero me ha dicho usted que desea de mí una
promesa: dígame de qué se trata.
--La promesa que deseo obtener es que, si algún día su hija hiciera
a usted la confianza que yo acabo de hacerle, la repitiera usted mis
palabras, añadiendo que cree en la sinceridad de las mismas. Creo
merecerle a usted bastante buena opinión para no tomar partido en
contra mía. Yo, por mi parte, cumpliré estrictamente la condición sobre
la cual fundo mi súplica, porque a que la cumpla tiene usted derecho
indiscutible.
--Hago la promesa que usted desea, sin condición alguna--respondió el
doctor.--Creo firmemente que su objeto es el que me ha expuesto; creo
que intenta usted perpetuar, y en ningún caso debilitar, los lazos que
me unen a quien me es más querida que yo mismo. Si algún día me dice
mi hija que usted le es necesario para su felicidad, me apresuraré a
entregársela. Si existieran, Carlos Darnay, si existieran...
El joven estrechó agradecido la mano del doctor.
--... Caprichos, motivos verdaderos, aprensiones, cualquier otra cosa,
antigua o reciente, en contra del hombre a quien mi hija amase de
veras..., siempre que la responsabilidad no fuera personalmente suya...
todo lo olvidaría por amor a aquélla. Lo es todo para mí. Ante su dicha
callan todos los agravios que yo haya recibido, todos los tormentos
que... ¡Estoy diciendo lo que no viene al caso!
Tan singular fué el tono que el doctor dió a sus palabras, tan singular
la brusca interrupción, tan singular la mirada que dirigía a su
interlocutor, que éste sintió penetrar el frío hasta el fondo de su
corazón.
--Sin darme cuenta he desviado la conversación--añadió el doctor
sonriendo.--¿Qué era lo que me decía?
No supo Darnay qué contestar en el primer momento, hasta que recordó
que había hablado de una condición. Más tranquilo entonces, dijo:
--A su confianza tengo el deber ineludible de contestar con la mía. Mi
apellido actual, aunque apenas si discrepa del de mi madre, no es el
mío, conforme sabe usted. Deseo decirle cuál es el que me corresponde,
y explicarle los motivos de encontrarme en Inglaterra.
--¡No! ¡Cállese usted!
El doctor llevó ambas manos a sus oídos y a continuación a los labios
de Darnay.
--Lo deseo, porque quisiera merecer su confianza y no tener secretos
para usted.
--¡No! ¡Me lo dirá usted cuando se lo pregunte, pero en manera alguna
ahora! Si sus aspiraciones entran en vías de realización, si Lucía
corresponde a su amor, me hará esas revelaciones la mañana misma de su
matrimonio. ¿Me lo promete?
--Con mucho gusto.
--Déme su mano. Mi hija llegará de un momento a otro, y no quisiera que
nos encontrara juntos esta noche. ¡Váyase... y que Dios le bendiga!
Había cerrado la noche cuando salió Carlos Darnay, y aun tardó Lucía
una hora en llegar. Corriendo se dirigió a la habitación en que solía
estar su padre, no siendo pequeña su sorpresa al encontrar vacante el
sillón que aquél ocupaba invariablemente cuando leía.
--¡Padre!--llamó.--¡Mi querido padre!
Nadie contestó; pero como llegaran a sus oídos repetidos martillazos
que sonaban en la alcoba de su padre, hacia esta se dirigió corriendo.
Miró por la puerta, y retrocedió asustada, llorando.
--¿Qué haré, Dios mío, qué haré?--exclamó.
Un instante nada más duraron sus incertidumbres. Llamó con los nudillos
en la puerta y pronunció en voz muy baja el nombre de su padre. Cesaron
inmediatamente los martillazos, salió su padre, la miró silencioso, y
comenzó a pasear por la estancia. Lucía caminaba a su lado.
A la mañana siguiente, Lucía entró muy temprano en el dormitorio del
doctor. Encontróle durmiendo profundamente. No observó alteración
alguna en la banqueta de zapatero, ni en las herramientas ni en el
zapato sin terminar.
XI
ENTRE COMPAÑEROS
--Prepara otro ponche, Sydney--dijo el abogado Stryver aquella misma
noche, ya de madrugada, a su compañero el chacal.--Tengo que hacerte
una confidencia.
Desde algunas noches antes, Sydney trabajaba con ardor a fin de
disminuir y acabar con el monte de papeles que esperaban turno en la
mesa de trabajo antes de salir de vacaciones. Todos quedaron al día;
ya no había que hacer otra cosa que esperar la llegada del mes de
noviembre, pródigo en nieblas atmosféricas y en nieblas legales.
No era Sydney un dechado de sobriedad y de templanza: aquella noche
hubo de aumentar en dos el número de las toallas empapadas en agua fría
que solía aplicar a su cabeza, de la misma manera que duplicó también
la cantidad de vino ingerido con anterioridad a la aplicación de las
toallas.
--¿Estás preparando el otro ponche?--preguntó Stryver, desde el sofá
sobre el cual estaba tumbado de espaldas.
--Sí.
--Escucha, pues. Voy a revelarte algo que seguramente te maravillará, y
quién sabe si hasta te hará creer que soy mucho menos listo de lo que
aparento. He pensado casarme.
--¿Tú?
--Sí. Aun te sorprenderá más el saber que no me caso por móviles de
dinero. ¿Qué me dices?
--No siento comezón de decir mucho. ¿Quién es ella?
--Adivínalo.
--¿La conozco?
--Adivínalo.
--No me parece ocasión propicia para echarme a adivinar, a las cinco
de la madrugada y con la cabeza convertida en volcán en erupción. Si
quieres que adivine, convídame a comer.
--Puesto que no quieres adivinar, te lo diré yo--dijo Stryver,
sentándose perezosamente.--Por supuesto, que no abrigo la más
insignificante esperanza de hacerme comprender de ti, sencillamente
porque eres y has sido siempre un perro insensible.
--En cambio tú has sido siempre y eres un espíritu todo sensibilidad y
poesía--replicó Sydney con acento irónico.
--¡Hombre!...--exclamó Stryver riendo.--No aspiro a pasar plaza de
héroe de novela sentimental, pero no me negarás que soy más blando que
tú.
--Querrás decir más afortunado.
--No; he querido decir más... más...
--Galante: ¿acerté ahora?
--¡Bueno! ¡Diremos galante! Mi intención era decir que yo soy hombre
que cuido de hacerme más agradable, que me tomo más interés para
hacerme más agradable, que sé la manera de hacerme más agradable a las
mujeres que tú.
--Adelante--dijo Sydney Carton.
--Ten calma, amigo mío--replicó Stryver, moviendo la cabeza.--Antes
de seguir adelante, quiero hacer constar lo siguiente: Has visitado
con tanta, con más frecuencia que yo la casa del doctor Manette, y
francamente, me ha avergonzado la aspereza de carácter, el ceño que
siempre has mantenido allí. Tus modales han sido los de un perro
malhumorado y tu manera de ser tan tétrica, que he salido avergonzado
de ti, Sydney.
--Deberías estarme altamente agradecido, Stryver, porque los hombres de
tu profesión no suelen avergonzarse de nada--replicó Carton.
--No te salgas por la tangente, Sydney. Considero deber mío decirte,
y te lo digo en tus barbas, porque creo hacerte un favor, que careces
de condiciones para estar en sociedad. Eres un compañero decididamente
desagradable.
Sydney bebió un trago de ponche y soltó la carcajada.
--¡Mírame a mí!--repuso Stryver, poniéndose en pie y en actitud
arrogante.--Menos necesidad tengo que tú de hacerme agradable, toda vez
que mi posición es mil veces más independiente que la tuya. ¿Por qué,
pues, consigo siempre hacerme agradable?
--En mi vida vi que te lo hicieras.
--Me hago agradable porque así lo exige la finura de modales y porque
lo tengo en la masa de la sangre. Prosigo.
--Lo que no prosigues, según veo, es la exposición de tus proyectos
matrimoniales. En cuanto a lo demás, hazme el favor de no proseguir.
¿No te convencerás nunca de que soy incorregible?
Carton hizo esta pregunta con entonación sarcástica.
--Para ser incorregible sería preciso que tuvieras negocios, y yo no sé
que los tengas--replicó Stryver un poquito picado.
--Que yo sepa, no los tengo... ¿Quién es la favorecida?
--No quisiera que la mención del nombre te produjera pena o
desagrado--dijo Stryver, preparando con circunloquios amistosos la
revelación que iba a hacer.--Me consta que no sientes ni la mitad de
lo que dices, aunque, a decir verdad, si lo sintieras todo, sería
igual, pues no tendría importancia. Hago este preámbulo porque en una
ocasión hablaste con bastante ligereza de la señorita cuyo nombre voy a
pronunciar.
--¿Yo?
--Tú, sí; y en esta misma habitación.
Carton se obsequió con otro vaso de ponche y miró a su amigo.
--Refiriéndote a la señorita a que aludo, dijiste que era una muñeca
de cabellos de oro. La señorita a que me refiero es la señorita Lucía
Manette. Si conocieras la sensibilidad, si fueras hombre de delicadeza
de sentimientos, me habría molestado que hablaras de ella como lo
hiciste; pero como ni eres sensible ni delicado, no hice caso de tu
ligereza. Careces de entrambas cualidades, y por tanto, cuando a mi
memoria acude tu expresión, la doy la misma importancia que daría a
la opinión de un ciego que afirmara que era malo un cuadro pintado
por mí, o a la de un sordo-mudo que pretendiera poner defectos a una
composición musical obra mía.
Carton continuaba menudeando las visitas a la ponchera.
--Ya lo sabes todo, Sydney--prosiguió Stryver.--Me caso con esa niña,
sin importarme que tenga o no fortuna. Es una criatura encantadora, y
me he propuesto hacerla feliz, y sin jactancias ni inmodestias creo
que puedo decir que lo he conseguido. Ocupo una posición envidiable,
prospero y subo con rapidez y no me falta distinción. En una palabra:
soy para ella un tesoro, y me alegro, pues tesoros merece ella. ¿Te
maravilla lo que oyes?
--¿Por qué me ha de maravillar?--respondió Sydney, entre trago y trago
de ponche.
--¿Lo apruebas?
--¿Por qué no he de aprobarlo?
--¡Vaya! Veo que lo tomas con mayor calma de la que yo esperaba, y
que, en obsequio mío, eres menos mercenario de lo que creía. No me
sorprende, en medio de todo, pues sabes perfectamente que tu antiguo
condiscípulo se ha distinguido siempre por su entereza de carácter.
Sí, Sydney, sí; me hastía la vida que hago y ha llegado el momento de
variarla. Me he convencido de que es una delicia para un hombre tener
un hogar, crearse una familia, si a ello siente inclinaciones, y estoy
seguro de que la señorita Manette lo embellecerá y honrará siempre.
Estoy, pues, resuelto, firmemente decidido. Y ahora, Sydney, mi querido
amigo, me permitirás que te diga cuatro palabras sobre tu situación.
Caminas por derroteros falsos, por mal camino; eso lo sabes tan bien
como yo mismo. Desconoces el valor del dinero, vives vida desordenada,
no piensas en el mañana, y en suma, tu conducta no puede conducirte más
que a las enfermedades y a la miseria. Creo que necesitas buscarte una
enfermera.
El tono de protección con que hablaba Stryver acentuaba la
impertinencia de sus palabras y las hacía doblemente ofensivas.
--No te ofenda que ahora te recomiende que estudies la cuestión de
frente y sin prevenciones estúpidas tal como la he estudiado yo,
aunque nuestra condición respectiva difiere mucho. Cásate. Busca a
quien cuide de tu persona. No importa que la compañía de las mujeres
no sea de tu gusto; no importa que carezcas de inteligencia, de tacto
para tratarlas. Busca una mujer respetable que tenga algunos bienes,
y cásate con ella cuanto antes, única manera de prevenirte con tiempo
contra las calamidades e incertidumbres de la vida. He terminado.
Piensa en ello, Sydney.
--Lo pensaré--contestó Sydney Carton.
XII
EL CABALLERO DELICADO
Una vez resuelto el señor Stryver a labrar la felicidad de la señorita
Manette, nada más natural que hacerla saber cuanto antes la dicha que
en su magnanimidad la había deparado. Después de debatir mentalmente
y con el detenimiento debido un punto tan importante, llegó a la
conclusión de que debía dar desde luego, antes de salir de vacaciones,
los pasos preliminares, dejando para más tarde el señalamiento del
día de la boda, que podría celebrarse una o dos semanas antes de la
_sanmiguelada_, o bien durante las breves vacaciones de las Pascuas de
Nochebuena.
Que tenía ganado de antemano el pleito era tan evidente, que hubiera
sido necio dudarlo. Tratábase de un pleito claro, sin punto débil, de
uno de esos pleitos en los que basta formular la demanda para obtener
sentencia favorable. Hasta podría dispensarse de la molestia de razonar
su petición. ¿Para qué? El jurado fallaría en su favor sin deliberar
siquiera: de ello estaba más que persuadido el famoso abogado.
En consecuencia, Stryver inauguró sus vacaciones proponiendo a la
señorita Manette llevarla a los jardines de Vauxhall. Declinada
la oferta, invitóla a Ranelagh; y como, con mucha sorpresa suya,
tampoco fuera aceptada esta invitación, resolvió declarar las nobles
aspiraciones de su alma en la misma casita de Soho.
Una mañana, Stryver salió del Tribunal del Temple y enderezó sus pasos
hacia el plácido retiro en que vivía el doctor Manette. Como quiera
que el Banco Tellson le tomaba al paso, sabedor de la amistad íntima
que mediaba entre el señor Lorry y los Manette, ocurriósele entrar en
el Banco y revelar a aquél la radiante estrella que derramaba vivos
resplandores en el horizonte de Soho. Abrió, pues, la puerta, que
rechinó ásperamente al girar sobre sus gastados goznes, descendió los
dos escalones, y no tardó en presentarse en el despacho en que Lorry,
inclinado sobre sus libros, escribía interminables columnas de números,
perfectamente alineados.
--¡Hola, señor Lorry!--exclamó Stryver al entrar.--¿Cómo está usted?
Supongo que tan bien como siempre.
--¡Hola, señor Stryver!--respondió Lorry, estrechando la mano que el
abogado le tendía.--Muy bien, gracias; ¿y usted? ¿Desea algo de mí,
señor Stryver?
--No... muchas gracias. Me trae el deseo de hacerle una visita
particular, señor Lorry; el deseo de decirle cuatro palabras a solas.
--¡Oh, las que usted quiera!--contestó Lorry, cerrando el libro y
preparándose a oir.
--Voy...--comenzó diciendo el abogado, apoyando sus codos sobre la mesa
y con tono confidencial,--voy a hacer una proposición matrimonial a su
querida y agradable amiguita Lucía Manette, señor Lorry.
--¡Demonio!--exclamó Lorry, rascándose la barba y mirando perplejo al
abogado.
--¿Demonio?--repitió Stryver vivamente.--¿Eso es lo que a usted se le
ocurre decirme? ¿Qué significa su exclamación, señor Lorry?
--Es una exclamación... amistosa... personal... puramente apreciativa,
que puede significar todo lo que usted desee que signifique. La verdad,
señor Stryver... me parece... encuentro...
--¡Basta!--respondió el abogado, descargando un manotazo sobre la
mesa.--¡Si entiendo lo que me dice, señor Lorry, que me cuelguen!
Lorry ajustó a su cabeza su peluquín, y quedó mirando a su interlocutor
mordiendo las barbas de su pluma.
--¿Es que me considera usted _no_ elegible?--preguntó Stryver, mirando
con fijeza a su interlocutor.
--¡Muy al contrario, señor Stryver! Sí... es usted elegible.
--¿No soy buen partido?
--Buen partido; sí... ¿por qué no?
--¿No progreso? ¿No medro?
--Sí, señor... ¿quién lo duda?
--Entonces, ¿qué demonios quiere decir su actitud?
--Pues... yo... Dígame: ¿adónde iba usted ahora?
--De frente al asunto--contestó Stryver, dando un puñetazo sobre la
mesa.
--Si yo me encontrara en su lugar, lo dejaría para mejor ocasión.
--¿Por qué?--tronó el abogado.--Voy a estrechar a usted hasta el último
límite. Como hombre de negocios que es usted, está en la obligación de
hablar con motivo justificado. Vengan los motivos: ¿por qué no iría
usted?
--Porque se trata de un asunto que no abordaría yo nunca sin contar con
esperanzas fundadas de conseguir la realización de mi deseo.
--¡Ira de Dios!--gritó Stryver.--¡Es una razón que tumba de espaldas!
Lorry no contestó.
--He aquí a un hombre de negocios, un hombre de años, un hombre de
experiencia... en un Banco, quien después de admitir la existencia
de las tres razones principales, cada una de las cuales basta por sí
sola para asegurar el éxito, se descuelga diciendo que no existe razón
alguna. ¡Si eso no es el más desatinado de los desatinos, venga Dios y
lo vea!
--Cuando me referí al éxito, pensaba en la señorita Manette, y al
hablar de causas y razones en que fundar las esperanzas de ver
realizado el deseo, me refería a causas que lo fueran en realidad para
la señorita Manette. Sí... mi buen amigo... la señorita, porque la
señorita es el juez único e inapelable.
--Entonces, lo que usted quiere decirme, señor Lorry, es que la
señorita, en opinión de usted, es una tonta melindrosa.
--Me interpreta usted de una manera lastimosa, señor Stryver--replicó
Lorry, rojo de cólera.--Lo que he querido decir, y lo que digo, es
que no toleraré que lengua alguna pronuncie una palabra irrespetuosa
acerca de la señorita Manette, y que si supiera de algún hombre... que
quiero creer que no existe, de algún hombre de gusto tan grosero y
temperamento tan arrebatado, que osara hablar con poco respeto de la
señorita Manette, la consideración de encontrarnos en el Banco Tellson
no sería bastante para que yo dejara impune su grosería.
La necesidad de contener dentro del pecho la cólera que pugnaba por
hacer explosión había puesto a Stryver en estado de ánimo peligroso; en
cuanto a Lorry, no obstante tener acostumbrada su sangre a no alterarse
por nada ni por nadie, se hallaba en situación de ánimo tan peligrosa
como la del abogado.
--Ya sabe usted lo que quería decirle, caballero--repuso Lorry.--Mucho
le agradeceré que no lo olvide.
Siguió un rato de silencio, durante el cual Stryver chupaba el extremo
de un cuadradillo de hierro que había tomado de la mesa. Al fin rompió
el silencio, verdaderamente penoso, diciendo:
--Tan nuevo es lo que usted me dice, señor Lorry, tan inconcebible, que
no acierto a comprenderlo bien, pese a la claridad de sus palabras. ¿Me
aconseja de veras que no me presente en Soho, y ofrezca mi mano... la
mano del famoso abogado Stryver, a la hija del doctor Manette?
--¿Me pide usted franqueza, señor Stryver?
--Sí.
--Perfectamente. Ha repetido usted palabra por palabra y letra por
letra lo que yo debo contestar. No se presente usted en Soho, ni
ofrezca su mano... la mano del brillante abogado Stryver, a la hija del
doctor Manette.
--Y yo contesto que eso... ¡ja, ja, ja, ja! da ciento y raya a todos
los desatinos pasados, presentes y futuros.
--Pongamos los puntos sobre las íes--añadió Lorry;--como hombre de
negocios, nada puedo decir sobre el asunto que debatimos, porque como
hombre de negocios, nada sé: pero como amigo antiguo de la casa, como
hombre que ha mecido a la señorita Manette en sus brazos, que es el
amigo de confianza de la señorita Manette y de su padre, como hombre
que quiere a los dos con cariño entrañable, puedo hablar, y como tal he
hablado. Ahora bien: ¿cree usted que puedo estar equivocado?
--¡Ni por pienso! El sentido común es planta rara que crece en pocas
partes. Jamás he tenido esperanzas de encontrarla fuera de mí mismo.
Suponía yo que acaso existiera donde, por lo visto, según usted, sólo
encuentra terreno abonado la insensatez. Me llevo un desencanto, lo
confieso, pues esperaba otra cosa; pero creo que tiene usted razón.
--¡Ni he hablado de terrenos abonados o por abonar para que en ellos
crezca la insensatez, ni toleraré... dentro o fuera del Banco Tellson,
que nacido alguno ofenda a personas cuyo nombre sólo puede pronunciar
de rodillas!--gritó Lorry, enfureciéndose de nuevo.
--No se moleste usted: le ruego perdone frases dichas sin ánimo de
molestar a nadie.
--Perdonado, y gracias. Lo que quise decir fué lo siguiente: sería
doloroso para usted sufrir un desengaño, sería doloroso para el
doctor Manette verse en la precisión de ser explícito con usted, y
sería muy doloroso para la señorita Lucía encontrarse en la dura
necesidad de hablar a usted con franqueza. Sabe usted que me cabe el
honor y la dicha de ser buen amigo de la familia. Pues bien: si usted
quiere que, sin ostentar representación alguna suya, sin mezclar a
usted en nada ni para nada, haga observaciones nuevas que confirmen
o modifiquen las impresiones que hoy tengo, a ello me ofrezco desde
luego. Si el resultado de mis nuevas observaciones no le satisficiese,
dueño será usted de comprobar personalmente su fundamento; en caso
contrario, habremos conseguido al menos evitar escenas y situaciones
desagradables. ¿Qué le parece mi plan?
--¿Cuánto tiempo tardaría usted en contestarme?
--¡Oh! ¡Es cuestión de pocas horas! Esta tarde puedo ir a Soho, y desde
allí llegarme en derechura a su casa.
--Siendo así, me parece bien. Espero a usted esta noche... ¡Buenos días!
Salió el señor Stryver del edificio del Banco llevando en su pecho una
tempestad de ira. Sobrábale penetración para comprender que el banquero
no hubiera exteriorizado con la claridad que lo hizo sus opiniones
sobre el particular de no haber contado en su apoyo un fundamento tan
sólido, que equivalía a una certeza moral. Lejos estaba de pensar,
cuando entró en el Banco, que le esperase una píldora tan amarga; pero
no tuvo más remedio que tragársela.
--Te has puesto en situación poco airosa, Stryver--se decía a sí
mismo;--has hecho el ridículo... ¡Aquí de tu talento forense para salir
bien del paso!
Claramente se veía que la píldora se le había atragantado y que el
eminente abogado buscaba la forma de escupirla.
--¡Ah, mi querida señorita!--murmuró al cabo de pocos momentos.--¡No
seré yo quien cargue con el ridículo!... ¡Vas a tener el placer de
quedarte con el fruto de la familia de las cucurbitáceas que me
reservas!
En efecto: aquella noche, cuando Lorry se presentó en la casa del
abogado, encontró a éste entre rimeros de papeles y pilas de libros
colocados de propósito sobre su mesa de trabajo, absorto en su labor
y ajeno por completo al asunto tratado aquella mañana. Hasta pareció
sorprendido al ver a Lorry.
--He estado en Soho--dijo el emisario, al cabo de más de media hora de
tiempo, empleada en vanas tentativas para abordar la cuestión.
--¿En Soho?--repitió con indiferencia glacial Stryver.--¡Ah... ya! ¡Qué
cabeza la mía! ¿Creerá usted que no me acordaba de semejante cosa?
--Ya no me cabe la menor duda de que el consejo que a usted di fué
acertadísimo. Mis impresiones se han confirmado plenamente.
--Crea usted que lo lamento muy de veras por usted--contestó Stryver
con calma perfecta,--y no menos de veras por el pobre padre. Es un
incidente que la familia recordará siempre con dolor, y que... Pero no
hablemos de ello.
--Confieso que no comprendo.
--Lo creo; pero no importa... no importa.
--Al contrario--replicó Lorry,--importa, y desearía que se explicase.