familia, cuyo honor tanto nos interesa a los dos. Hasta en tiempos de
mi padre cometimos mil iniquidades, sacrificando sin reparo a todo ser
humano que se interpusiera entre nosotros y nuestros placeres... ¿Pero
a qué hablar de los tiempos de mi padre, si otro tanto ocurre en los
de usted? ¿Puedo, acaso, establecer una separación entre mi padre y su
hermano gemelo, su heredero adjunto, su sucesor inmediato forzoso?
--La mano de la muerte me llamó a sucederle.
--Y la misma mano me dejó encadenado a un sistema que me repugna, que
me horroriza, haciéndome responsable de lo que no está en mi mano
evitar; me impide dar cumplimiento a la súplica postrera que murmuraron
los labios de mi santa madre, me impide obedecer la orden última, muda,
pero patética, dictada por los ojos queridos de aquella dama ejemplar,
que me encarecían que tuviera piedad y compasión, y que jamás cerrara
mis oídos a la voz de la justicia; y por último, me destroza el alma,
al convencerme de que necesito una mano que me ayude y de que en vano
la busco.
--Si en mí la buscas, mi querido sobrino, desde luego te aseguro que
pierdes el tiempo: no la encontrarás nunca. He decidido bajar al
sepulcro perpetuando el sistema bajo el cual nací y he vivido.
Tomó otro polvo de rapé, guardó la cajita en el bolsillo, y añadió:
--Preferible es escuchar la voz de la razón y aceptar el destino
natural... Pero observo que estás perdido, mi querido Carlos.
--Perdidas están para mí estas propiedades y hasta Francia--contestó
con amargura el sobrino.--Las renuncio.
--¿Pero es que puedes renunciarlas? Siempre he creído que para
renunciar precisa _poseer_. Yo no sé si Francia será tuya ya; pero los
bienes de nuestra familia... Claro que ni vale la pena hablar de ello;
pero ¿es que los consideras tuyos?
--Al hablar como lo hice, ni se me ocurrió la idea de aludir a los
derechos que sobre ellos tengo, ni mucho menos reclamar su posesión. Si
mañana pasasen de sus manos a las mías...
--Lo que tengo la vanidad de considerar muy improbable...
--... O de aquí a veinte años...
--Me haces demasiado honor; pero prefiero esta suposición a la primera.
--Los abandonaría, para vivir en otra parte y otro género de vida. ¡No
sería abandonar mucho! ¡Total, un desierto espantoso que no presenta
más que miserias y ruinas!
--¿Sí?--exclamó el Marqués, paseando su mirada por aquella habitación
suntuosa.
--No diré que la vista no encuentre en aquéllos algún atractivo; pero
estudiados en su fondo, a la luz de la razón y de la justicia, son
una torre ruinosa de extorsiones, despilfarros, deudas, injusticias,
opresiones, hambres, desnudeces y sufrimientos.
--¿Sí?--repitió el Marqués con acento de satisfacción.
--Si llegan a ser míos, los confiaré a manos más competentes que las
mías para que los desgraven poco a poco, dado caso que llegue a tiempo,
del peso enorme que los arrastra al precipicio, a fin de que los
infelices que a ellos se ven clavados sufran menos en lo sucesivo. No
podré hacerlo; lo sé. Pesa sobre ellos una maldición, y no sólo sobre
ellos, sino también sobre la nación entera.
--¿Y tú?--preguntó el tío.--Perdona mi curiosidad; ¿es que a la sombra
de tu filosofía de nuevo cuño esperas vivir del maná del cielo?
--Fuerza será que viva de lo mismo que vivirán tantos otros
compatriotas míos, por muchos que sean sus pergaminos, por rancia que
sea su nobleza: del trabajo.
--¿En Inglaterra, por ejemplo?
--Sí. El honor de la familia puede dormir tranquilo. No lo mancillaré
trabajando mientras me encuentre en este país, y no podré mancillarlo
en otro sencillamente porque, fuera de aquí, no ostentaré el apellido
de la familia.
El Marqués hizo sonar un timbre. Inmediatamente se iluminó la
habitación inmediata. Esperó el Marqués a que se fuera el servidor que
había encendido las luces, y cuando oyó que sus pasos se alejaban,
dijo, mirando a su sobrino con rostro sonriente:
--Muchos atractivos tiene para ti Inglaterra, bien que, a decir verdad,
no me admira si tengo en cuenta lo mucho que allí has prosperado.
--Manifesté ya antes que creo ser deudor a usted de todas las
_fortunas y prosperidades_ que allí encontré. De todas suertes,
Inglaterra es mi refugio.
--Si hemos de creer a los vanidosos ingleses, es el refugio de muchos.
¿Conoces a un compatriota nuestro que allí buscó refugio? Me refiero a
un doctor.
--Le conozco.
--¿A quien acompaña una hija?
--Sí.
--El mismo. Estás rendido... Buenas noches.
La sonrisa con que acompañó la inclinación de cabeza que hizo a su
sobrino a guisa de cortés despedida y el tono con que pronunció
las últimas palabras, envolvían un misterio que no pudo menos de
impresionar al sobrino.
--Sí--repitió el Marqués.--Un doctor con una hija... Sí. ¡Así comienza
la nueva filosofía!... Buenas noches.
El joven clavó sus ojos en su cara cual si esperase encontrar en ella
la aclaración de las últimas palabras que habían herido sus oídos.
Trabajo perdido. Lo mismo hubiera conseguido interrogando las de las
estatuas de piedra que tanto abundaban en el castillo.
--¡Buenas noches!--añadió el tío.--El deseo de verte mañana por la
mañana me tendrá desvelado toda la noche... Que descanses... Enciende
las luces del dormitorio de mi señor sobrino... ¡Y asa a mi señor
sobrino en la cama, si puedes!--añadió para sus adentros, antes de
hacer sonar nuevamente la campanilla, llamando al ayuda de cámara a su
alcoba.
El ayuda de cámara acudió al llamamiento y volvió a salir, dejando al
Marqués en paños menores y dispuesto a meterse en la cama. Tardó una
porción de minutos en hacerlo. Si alguien le hubiese visto vestido como
iba y calzado con zapatillas, midiendo la estancia con paso silencioso
y vivo, semejante al del tigre real, hubiérale tomado probablemente
por el famoso marqués encantado de la leyenda, cuyas transformaciones
periódicas en felino comenzaban entonces o terminaban en aquel instante.
Surgían en el fondo de su imaginación, mientras caminaba de uno a otro
extremo de su voluptuosa alcoba, los incidentes más salientes del viaje
que terminara aquella noche: veíase subiendo perezosamente la rampa
empinada de la colina, contemplaba con los ojos del alma la puesta del
sol, el descenso de la falda opuesta de la colina, el molino, la cadena
de la galga, la prisión emplazada al borde del tajo, la aldea de la
hondonada, los labriegos en derredor de la fuente y el caminero en el
momento de señalar con su gorro puntiagudo la cadena de su coche de
camino. La fuente de la aldea le recordaba la otra fuente de París, y
en ella veía al cadáver del niño acurrucado sobre el basamento, a las
mujeres inclinadas sobre su cuerpecito y al hombre alto que, con los
brazos extendidos gritaba: «¡Muerto!»
--Me estoy enfriando--murmuró el señor Marqués.--¡A la cama, a la cama!
Tendióse en el lecho, dejó caer las lujosas cortinas que lo
envolvieron, y se dispuso a dormir.
Por espacio de tres horas interminables permanecieron las caras de
piedra de los inmóviles centinelas colocados en el exterior del
castillo contemplando las negruras de la noche; por espacio de tres
horas interminables los caballos inquietos golpearon con sus manos los
pesebres de las caballerizas, y la lechuza lanzaba un ruido peculiar
que no tenía semejanza alguna con el canto que a las lechuzas han
asignado los hombres-poetas.
Hombres y leones de piedra del castillo clavaron por espacio de tres
mortales horas sus ojos sin pupilas en los negros tules de la noche.
Negros estaban los campos, negros los bosques, negros los caminos,
negro como mar de tinta todo el paisaje. En el cementerio de la aldea
hubiese sido imposible distinguir una tumba de otra, y nadie hubiera
podido decir si la cruz a cuyo pie estaba arrodillada aquella tarde
la mujer que pidió una gracia al Marqués continuaba enhiesta o si
había caído derribada. En la aldea, explotadores y explotados dormían
profundamente. Quizá durante el sueño disfrutaban estos últimos de
opíparos banquetes, como ocurrir suele a los que perecen de hambre, o
bien de tranquilidad y de descanso, cual bueyes habituados a gemir bajo
el yugo.
Aguas invisibles y silenciosas fluían de la fuente de la aldea, lo
mismo que de la fuente del castillo, perdiéndose a lo lejos, como se
pierden los minutos que continuamente deja escapar la mano del Tiempo.
Al cabo de tres horas interminables, las aguas comenzaron a tomar
ligeros tonos grises, y los ojos de las caras de piedra del castillo
principiaron a iluminarse.
Brotó por Oriente el sol, tiñendo de rojo las copas de los árboles y
las cimas de las montañas. Sus fulgores dieron roja coloración a las
aguas que brotaban de la fuente del castillo y a las caras de piedra de
hombres y leones. Gorjeaban parleros los pajarillos, uno de los cuales,
más atrevido que sus compañeros, agotó el repertorio de sus cantos más
hermosos posado sobre el alféizar de piedra de la ventana de la alcoba
del señor Marqués. El centinela de piedra más inmediato contempló con
mudo asombro al cantor, abrió la boca y dió muestras del terror más
profundo.
Los fulgores del astro del día sacudieron el sopor que dominaba cual
señor absoluto en la aldea. Abriéronse las ventanas, desatrancáronse
las puertas de las casas, y las gentes salieron tiritando a la calle
para entregarse a las faenas diarias. Unos se fueron a la fuente, otros
al campo; éstos, a arar, aquéllos a cavar o a apacentar escuálidos
ganados. En la iglesia quedaron dos o tres personas, suplicando al
Cielo que conservara la vida de alguna vaca o de corto número de ovejas.
El castillo despertó más tarde, cual correspondía a su elevada
jerarquía social. Los rayos del sol tiñeron de rojo primero a los
venablos, espadas y lanzas; más tarde arrancaron destellos a los
montantes, comenzaron a abrirse ventanas, se impacientaron los caballos
en las cuadras, y los perros sacudían las cadenas que los sujetaban,
ladrando desaforadamente en demanda de libertad.
Todos éstos eran incidentes triviales que se repetían diariamente,
detalles rutinarios de la vida ordinaria. Pero algo menos trivial,
algo que no era rutinario ni corriente ocurría aquella mañana en el
castillo. Repicaba con furia insistente la gran campana; corrían los
servidores de una parte a otra; por la terraza cruzaban muchas personas
y en las caballerizas ensillaban con azoramiento varios caballos. ¿Por
qué?
¿Qué ventolera había acometido al caminero, momentos antes entregado
al trabajo, allá en la cima de la colina? ¿Acaso las aves del campo
pretendían llevarse en sus picos el escaso almuerzo que había dejado
sobre un montón de piedras? ¿por qué corría con aquella furia, ladera
abajo, cual si de la velocidad de su carrera dependiera su vida?
¿Por qué hundía sus piernas hasta la rodilla en el polvo, y devoraba
distancias sin detenerse a tomar aliento, hasta que llegó a la fuente?
En derredor de ésta se había congregado toda la población de la aldea,
y allí permanecía con la consternación pintada en sus semblantes,
hablando con voz muy baja, bien que sin revelar otras emociones que
las de curiosidad sombría y profunda sorpresa. En la embocadura de la
calle se veían gentes del castillo, servidores de la casa de postas y
todas las autoridades de la aldea, más o menos armadas. El caminero
había penetrado ya en el centro de un grupo, formado por unos cincuenta
amigos particulares suyos, con los cuales hablaba con muestras de
excitación. ¿Qué significaba todo esto? Sobre todo, ¿qué significaba
la llegada del señor Gambelle, que sentado a la grupa de un caballo,
montado también por un servidor del castillo, se aproximaba a la
aldea a galope tendido, no obstante la doble carga, cual si quisiera
representar, un poquito modificada, la leyenda alemana de Leonora?
Todo ello significaba que, en el castillo, las caras de piedra habían
aumentado en una aquella noche.
El Gorgon que presidió la erección del castillo decidió sin duda
visitar su obra durante la noche, advirtió que faltaba una faz de
piedra, la misma que probablemente estaban esperando desde doscientos
años antes, y la aumentó.
La cara de piedra reposaba boca arriba sobre la mullida almohada del
lecho del señor Marqués. Parecía mascarilla finísima, de expresión
un poquito asustada o airada. Pegado a la cabeza había un tronco de
hombre, también petrificado, y envainado en el corazón de ese tronco se
veía un cuchillo. En derredor del pomo del cuchillo había un papel, en
el cual alguien había garrapateado las siguientes palabras:
_«Llévale veloz a la tumba. De parte de Santiago»._
X
DOS PROMESAS
Pasaron doce meses. Carlos Darnay se había establecido en Inglaterra
como maestro de idioma francés y de literatura francesa. Hoy le darían
el pomposo nombre de profesor; en aquella época se le llamaba tutor.
Enseñaba a jóvenes que disponían de tiempo y deseaban aprender una
lengua viva que se hablaba en todo el mundo. Maestros como Darnay
no se encontraban con facilidad en aquellos tiempos. Los príncipes
y los reyes distaban mucho de poder figurar entre la clase de los
que pueden enseñar, y la nobleza arruinada no pensaba en perder la
vista trabajando sobre los Libros Mayores del Banco Tellson, ni en
consagrar sus aptitudes a las artes culinarias o de carpintería. No
tardó en hacerse conocido el joven Darnay, quien como maestro poseía
el secreto de hacer que sus discípulos encontrasen agradables sus
lecciones, y como traductor sabía poner en sus trabajos algo más que
los conocimientos derivados de la gramática y del diccionario. Como
quiera que, por otra parte, supo asimilarse las costumbres del país en
que vivía, no es de admirar que con algo de perseverancia, consiguiera
prosperar.
Cuando se trasladó a Londres, no lo hizo llevado de la esperanza de
pasear sobre aceras de oro ni de dormir sobre lecho de rosas. De haber
abrigado esas esperanzas, a buen seguro que no hubiese prosperado.
Esperaba trabajo, lo encontró, se dedicó con ardor a él, sacó de su
labor todo el partido posible: ese fué el secreto de su prosperidad.
Pasaba parte del tiempo en Cambridge, hablando con los estudiantes y
enseñándoles, como de contrabando, lenguas europeas y prescindiendo del
griego y del latín, sobradamente enseñados en aquel establecimiento
docente, y el resto del día permanecía en Londres.
Pero pasemos a otro asunto menos ingrato. Desde los remotos tiempos en
que la humanidad disfrutaba de un verano perpetuo, hasta los que hoy
padecemos, en los cuales hemos de conformarnos con un invierno no menos
perpetuo, el mundo ha seguido invariablemente el mismo derrotero; el
derrotero de Carlos Darnay... el derrotero del amor a la mujer.
Habíase enamorado de Lucía Manette el día en que el peligro se cernía
sobre su cabeza. En sus oídos no había resonado nunca una voz de
acentos tan armoniosos, tan delicados, tan tiernos, como los que en
la ocasión indicada supo aquella poner en su compasiva voz, ni sus
ojos vieron jamás rostro tan encantador, tan angelical como el de
Lucía, cuando ésta le veía al borde mismo de la fosa que a sus pies
habían abierto falsos acusadores. Sus labios, empero, no habían dejado
traslucir el secreto de su corazón. El asesinato perpetrado al otro
lado del Canal, en desierto castillo, aquel robusto castillo de piedra,
databa de un año, y el joven Darnay a nadie había revelado el estado de
su alma.
Que para obrar de esa suerte tenía Darnay sus razones, sabíalo él
perfectamente; pero fuera que éstas hubieran desaparecido, fuera que no
pudiera mantener encerrado por más tiempo en su pecho el secreto, ello
es que un día de verano, a su regreso de Cambridge, dirigió sus pasos
hacia el tranquilo rincón de Soho, resuelto a abrir su pecho al doctor
Manette. El día estaba próximo a terminar, y sabía que Lucía habría
salido con la señorita Pross.
Encontró al doctor leyendo junto a la ventana. Las energías que en
otro tiempo le sostuvieron impidiendo que cayera abrumado bajo el peso
de sus torturas, habíanle restablecido gradualmente. Era ya un hombre
fuerte en sus propósitos, enérgico en sus resoluciones, vigoroso en sus
actos. Estudiaba mucho, dormía poco, soportaba sin esfuerzo grandes
fatigas, y se le veía constantemente contento y feliz. Al ver entrar en
su estudio a Carlos Darnay, dejó el libro y alargó al recién llegado su
diestra.
--¡Amigo Darnay!--exclamó.--¡Cuánto placer me produce su visita! Desde
hace tres o cuatro días esperábamos su regreso. Ayer estuvieron aquí
los señores Stryver y Carton, y ambos estaban contestes en afirmar que
nos privaba usted de su presencia más de lo debido.
--Les agradezco muy de veras el interés que esos señores me
demuestran--contestó Darnay con alguna frialdad.--¿Y la señorita Lucía?
--Está bien, muchas gracias. Su regreso de usted será para todos
nosotros motivo de alegría... Ha salido de compras, pero no tardará en
volver.
--Sabía que se hallaba fuera de casa, doctor. Precisamente he
aprovechado la ocasión de que saliera para solicitar de usted una
conferencia.
Calló el doctor.
--¿Sí?--preguntó al fin.--Acerque una silla y hablaremos.
El joven acercó una silla sin dificultad, pero parece que la encontró
para dar comienzo a la conferencia.
--He tenido la felicidad de frecuentar tanto esta casa--principió
diciendo al fin--desde hace año y medio, que espero que el tema que voy
a tocar no ha de ser...
Interrumpióle el doctor alargando una mano.
--¿Es Lucía el tema en cuestión?--preguntó.
--Lucía es.
--Siempre me afecta profundamente hablar de Lucía; pero me es doloroso
oir hablar de ella en el tono que usted lo hace, Darnay.
--Es el tono de la admiración ferviente, del homenaje entusiasta, del
amor más profundo, doctor--replicó Darnay.
Otra pausa más prolongada que la anterior.
--Lo creo. Con gusto hago a usted justicia... lo creo.
La contrariedad del doctor era tan visible, que Darnay, comprendiendo
que había abordado un tema que disgustaba al padre, vaciló.
--¿Puedo continuar, señor?--preguntó.
Nueva pausa.
--Sí; continúe usted.
--Adivina usted lo que voy a decir, bien que es imposible que adivine
con cuánto fervor lo digo y con cuánto fervor lo siento, pues para
ello sería preciso que penetraran sus miradas hasta el fondo más
íntimo de mi alma, para ver allí las esperanzas y temores, los anhelos
y ansiedades que la abruman bajo su peso. Mi querido doctor Manette,
amo a su hija con amor entrañable, inmenso, desinteresado, ferviente;
la amo como muy pocos han amado en el mundo. Usted ha amado también,
doctor: ¡hable por mí el amor que en otros tiempos apresuró los latidos
de su corazón!
El doctor, que escuchaba al joven con la cabeza ligeramente vuelta
y fijos en tierra los ojos, extendió vivamente un brazo al oir las
palabras últimas, y exclamó:
--¡No...! ¡No hable usted de eso!... ¡No me lo recuerde, por lo que más
quiera!
Darnay guardó silencio.
--Perdóneme usted--repuso el doctor al cabo de algunos segundos.--No
dudo que usted ama a Lucía...
Sin mirar a Darnay, sin alzar los ojos del suelo, con semblante triste,
preguntó:
--¿Ha hablado usted de su amor a Lucía?
--Nunca.
--¿Le ha escrito?
--Jamás.
--Sería yo poco generoso si desconociera que en su abnegación ha
entrado por mucho la consideración al padre. El padre da a usted las
gracias.
Ofreció la diestra a su interlocutor, pero sus ojos no siguieron el
movimiento de la mano.
--Sé--dijo Darnay con mucho respeto--sé... ¿cómo no saberlo, si he
visto a ustedes la mayor parte de los días? sé que entre usted y Lucía
media un cariño tan tierno, tan excepcional, tan conmovedor, tan en
armonía con las circunstancias que han presidido su nacimiento y
desarrollo, que aun en la ternura que liga a los padres con sus débiles
hijitos sería difícil encontrar precedentes. Sé, doctor Manette, que
juntamente con el cariño de la hija, que es ya mujer, alienta en el
corazón de ésta todo el amor de la infancia. Sé que, por lo mismo que
durante su niñez se vió privada de las caricias de su padre, hoy se
ha consagrado a usted con toda la constancia, con todo el fervor que
la dan sus años y su carácter. Sé perfectamente bien que, si usted,
después de muerto, hubiera descendido del cielo para acompañar a su
hija en la tierra, no podría ser ni más querido, ni más sagrado, ni
más reverenciado de lo que hoy es. Sé que cuando su hija le abraza,
son los brazos de la niña, los brazos de la doncella, los brazos de
la mujer los que con ternura infinita rodean su cuello. Sé que Lucía,
amando a usted como hoy es, ama a una madre tan joven como ella y a un
padre tan joven como yo; ve y adora a una madre contristada, sumida
en insondables mares de amargura, y ve y adora a un padre sepultado
en vida. Todo esto lo sé, lo he estado viendo noche y día, pues para
saberlo, me ha bastado ver a ustedes en el sagrado del hogar.
El padre continuaba sin variar de actitud, doblada la cabeza y bajos
los ojos. Su respiración se hizo un poquito entrecortada, pero no
reveló otras señales de agitación.
--Y sabiéndolo, doctor Manette, convencido de que interponer entre
ustedes un amor... mi amor, equivale a introducir en su cielo algo que
es menos sublime que éste, he procurado imponer silencio a mi corazón,
me he resistido hasta el último límite. ¡No puedo más!... ¡La amo!...
¡El Cielo me es testigo de que la amo!
--Lo creo--contestó el padre con acento doloroso.--Lo venía sospechando
de antiguo... Lo creo.
--Pero sentiría--repuso Darnay, quien creyó ver una reconvención en el
acento doloroso del doctor--sentiría que creyera también que, si fuese
tan inmensa mi fortuna que un día me fuera dado llamarla mi mujer,
había de intentar separar a ustedes ni pronunciar una sola palabra
distinta de las que en este momento salen de mis labios. Bien se me
alcanza que sería inútil; pero de todas suertes, no soy yo capaz de
cometer vileza semejante. Si pensamientos tan bajos rozaran siquiera mi
mente, no sería yo digno de tocar esta mano honrada--añadió, tendiendo
la suya a su interlocutor.--No, mi querido doctor Manette; como a
usted, me aleja de Francia un destierro impuesto voluntariamente; como
usted, he huído de ella para no ver sus desaciertos, sus opresiones,
sus miserias; como usted, he resuelto expatriarme, vivir del trabajo
de mis manos y cifrar mis esperanzas en un futuro más venturoso. Mi
aspiración única es compartir su suerte de usted, compartir su vida y
su hogar, y serle fiel hasta la muerte. No aspiro a tener participación
en el preciado privilegio de Lucía en su calidad de hija y compañera
amante de su vida; sino a robustecer ese privilegio, a unirla más
estrechamente a usted, suponiendo que eso sea posible.
La mano del joven continuaba sobre la del padre, quien tenía las suyas
sobre los brazos del sillón en el que estaba sentado. Por primera vez
desde el comienzo de la conferencia, alzó el doctor los ojos del suelo.
Su cara reflejaba la lucha que se libraba en su interior.
--Habla usted con tanta ternura, y a la par con tanta entereza, Carlos
Darnay, que le doy las gracias con todo mi corazón, y voy a ponerle
de manifiesto... casi de manifiesto el mío. ¿Tiene usted motivos para
creer que Lucía corresponda a su amor?
--Ninguno.
--El objeto inmediato de esta confidencia, ¿es cerciorarse desde luego
y con mi autorización de ese extremo?
--Ni eso siquiera. No espero obtener esa dicha en muchas semanas,
aunque, como es natural, desearía salir de dudas mañana mismo.
--¿Busca usted que yo le aconseje y guíe?
--Tampoco he venido con ánimo de solicitar sus consejos y ayuda; pero
sí creyendo que, si en su mano está ayudarme, y lo considera justo, me
proporcionará algún auxilio.
--Entonces, lo que usted busca es una promesa mía.
--En efecto; eso busco.
--¿Qué promesa es?
--Bien convencido estoy de que, sin usted, nada puedo esperar: bien
convencido estoy de que, aun cuando Lucía me amara como yo la amo...
y no crea usted que mi presunción llegue a suponer semejante cosa, de
nada me serviría, si mi amor fuese incompatible con el que debe a su
padre.
--Siendo así, estará bien convencido de...
--Estoy convencido también de que, una sola palabra pronunciada por su
padre en favor de cualquier aspirante a su mano, pesaría decisivamente
en su ánimo, y precisamente porque de ello estoy convencido, doctor
Manette, no he de solicitar esa palabra, aun cuando de ella dependiera
mi vida--terminó el joven, con modestia, pero con decisión varonil.
--De ello estoy seguro, Carlos Darnay. Los misterios suelen brotar de
los amores profundos y de las divisiones anchas: en el primer caso,
los misterios son sutiles, delicados y de difícil penetración. Bajo
este aspecto, Lucía es para mí un misterio: ni aproximadamente me es
dado adivinar el estado de su corazón.
--¿Me permitirá preguntar, doctor, si ella...?