--Soy vendedor de vino, señor Marqués.
--Toma esto, filósofo y vendedor de vino, y gástalo como te venga en
gana--repuso el Marqués, arrojando a sus pies otra moneda de oro.--¡A
ver! ¿Están listos los caballos?
Sin dignarse mirar a las turbas por segunda vez, el señor Marqués se
arrellanó en su asiento. La carroza se ponía nuevamente en movimiento
y su feliz ocupante había olvidado el incidente, cual si acabara de
romper una futesa y la hubiera pagado, cuando vino a perturbar su
olímpica serenidad la entrada violenta en el interior del carruaje de
una moneda de oro.
--¡Para!--gritó el señor Marqués.--¡Detén los caballos!... ¿Quién ha
tirado esto?
Miró airado al sitio en que acababa de dejar a Defarge, pero no vió más
que al desdichado padre abrazado al cadáver de su hijo, y a una mujer
en pie, que le miraba ceñuda.
--¡Perros!--murmuró el Marqués.--¡De buena gana pasaría sobre todos
vosotros para limpiar al mundo de vuestra repugnante presencia! ¡Si yo
supiera quién es el canalla que arrojó la moneda, y lo tuviera bastante
cerca, vive Dios que lo aplastaba bajo las ruedas de mi coche!
Tal era el temor de las turbas, tan grande el horror que sentían por lo
que los hombres de la clase social del Marqués podían hacerles, dentro
y fuera de la ley, que no se alzó una voz, ni una mano, ni una mirada.
Todos los hombres callaron, fijos sus ojos en el suelo. Solamente la
mujer a que antes nos hemos referido osó clavar sus miradas airadas en
el Marqués, quien ni reparó siquiera en ella. Su olímpica mirada pasó
sobre su cabeza y sobre las demás ratas, y cómodamente arrellanado
sobre los mullidos almohadones de su carroza, dió orden al cochero de
continuar la marcha.
Por el mismo sitio cruzaron en carrera desenfrenada y sucesión rápida
muchas otras carrozas. La del ministro, la de los arbitristas del
Estado, la del aperador general, la del doctor, la del abogado, la del
eclesiástico. Las ratas asomaban tímidas las cabezas en la entrada de
sus agujeros.
Retiróse el padre a quien habían dejado sin hijo, retiráronse las ratas
al fondo de sus agujeros, y sobre el basamento de la fuente no quedó
más que la mujer que había osado mirar ceñuda al Marqués, rígida como
la Fatalidad. El agua de la fuente corría rumorosa, corrían rápidas
y turbulentas las aguas del río, el día corría a su ocaso, la vida
de la ciudad corría a la muerte impulsada por el Tiempo, que a nadie
espera, las ratas dormían ya en sus obscuros agujeros, el _baile de la
extravagancia_ continuaba entre luces y cenas, y todas las cosas, para
decirlo de una vez, seguían su curso.
VIII
EL SEÑOR EN EL CAMPO
Un paisaje encantador, en el que se ven campos de trigo, aunque no
abundantes. Pedazos de terreno sembrados de centeno donde hubiera
podido criarse el trigo, pedazos sembrados de habas y de guisantes,
pedazos sembrados de vegetales de toda clase, y es que la naturaleza
inanimada, armonizando sus gustos con los de la humanidad, manifestaba
tendencia decidida hacia una vegetación, más aparente que real.
El carruaje de viaje del señor Marqués, que, dicho sea de paso,
hubiera podido ser menos pesado, tirado por cuatro caballos y guiado
por dos postillones, escalaba trabajosamente una colina empinada. El
subido color de las mejillas del prócer nada argüía en contra de su
elevada alcurnia. No tenía su origen dentro, sino que era efecto de una
circunstancia externa imposible de evitar: la puesta del sol.
Los rayos tangentes del astro rey penetraban en el coche de viaje del
señor Marqués envolviendo a éste en nimbos de luz rojiza.
--Pronto se pondrá--exclamó el señor Marqués, contemplando con disgusto
sus manos.
En efecto, tan cerca de su ocaso estaba el sol, que no tardó en
ponerse. Dominada la cima de la colina y ajustados a las ruedas
los pesados frenos, en cuanto el coche comenzó a rodar por la
pendiente abajo, envuelto en nubes de polvo, los fulgores rojizos se
extinguieron: el sol y el Marqués descendían.
Ante los ojos del Marqués se extendía un territorio quebrado, una aldea
en el fondo de la hondonada, una llanura que terminaba en un altozano,
un campanario, un molino de viento, un bosque abundante en caza, y una
fortaleza emplazada al borde de un despeñadero. El Marqués contemplaba
todos los objetos detallados, cuyas líneas comenzaban a borrar las
sombras de la noche, con la expresión del que se acerca a su casa.
Contaba la aldea con una calle pobre, con una cervecería pobre, con una
tenería pobre, con una taberna pobre, con un relevo de postas pobre y
con una fuente pobre. Siendo pobres todos los servicios, pobres habían
de ser, y pobres eran, en efecto, sus habitantes. Todos ellos vivían
en la miseria, y muchos se hallaban sentados en las puertas de sus
viviendas, preparando cebollas de deshecho y otros artículos semejantes
para su cena, mientras otros lavaban en la fuente verduras, hierbas y
toda clase de comestibles que la tierra da de sí. No era preciso ser
muy lince para descubrir las causas que a la miseria los reducían:
con leer las inscripciones solemnes, colocadas en todos los sitios
visibles de la aldea, en las cuales se detallaban los impuestos que
había que pagar al Estado, a la Iglesia y al señor, juntamente con las
contribuciones locales y generales, bastaba y aun sobraba, no ya para
comprender que los habitantes fueran pobres, sino para maravillarse de
que el hambre y la miseria no hubieran concluído con la vida de todos
ellos.
Niños se veían muy pocos, perros ni uno sólo. En cuanto a los hombres
y a las mujeres, la alternativa que el mundo les ofrecía no podía ser
más clara: o vivir de la manera más miserable en la aldea, bajo el
yugo aplastante del señor, o morir en la fortaleza emplazada sobre el
precipicio, destinada a calabozo.
Precedido por un correo y acompañado por los restallidos de los látigos
de los postillones, que cruzaban los aires semejantes a culebras
enroscadas, el señor Marqués mandó detener su carruaje frente a la
puerta de la casa de postas. Como distaba muy poco de la fuente, los
aldeanos que en ésta se hallaban suspendieron sus faenas para mirarle.
El también les miró, y vió cómo doblaban sus frentes ante su persona,
de la misma manera que él había doblado la suya ante el señor, cuando
acertó a unirse al grupo un caminero.
--Tráeme a ese individuo--dijo el Marqués al correo.
Fué llevado a su presencia el caminero, en derredor del cual se
agruparon los aldeanos, ávidos de escuchar y de ver.
--¿Te pasé en el camino, verdad?
--Verdad es, señor, tuve el honor de que el señor me pasase en el
camino.
--Al subir la rampa y en la cumbre de la colina, ¿no es cierto?
--Señor, cierto es.
--¿Qué es lo que mirabas con tanta fijeza?
--Miraba al hombre, señor.
Al contestar, su gorro puntiagudo apuntaba debajo del carruaje. Todos
los aldeanos concentraron sus miradas en el mismo sitio.
--¿Qué hombre, pedazo de bruto?
--Perdón, señor, quiero decir el hombre que pendía de la cadena de la
galga.
--¿Pero quién?
--El hombre, señor.
--¡Cargue el diablo con esta turba de idiotas! ¿Cómo se llama ese
hombre? Tú conoces a todos los de estos contornos: ¿quién era ese
hombre?
--¡Piedad, señor! No era de esta parte del país: no le había visto en
los días de mi vida.
--¿Suspendido de la cadena? ¿Ahorcado?
--Con permiso del señor, diré que su cabeza colgaba de esta manera.
El caminero se aproximó a la galga y se colocó vuelta la cara hacia
el cielo y con la cabeza colgando. A continuación, recobró la postura
normal e hizo una reverencia.
--¿Qué señas tenía?
--Señor, estaba más blanco que un molinero, el polvo le cubría de pies
a cabeza, era más blanco que un espectro y más alto que un espectro.
La descripción produjo en el auditorio sensación inmensa. Todos
volvieron sus ojos hacia el Marqués, acaso creyendo que llevase algún
espectro sobre su conciencia.
--¡No puede negarse que te has portado como un hombre!--exclamó el
Marqués.--Ves un ladrón subido a mi carruaje, y no sabes abrir esa
bocaza inmensa que tienes en la cara. ¡Suéltelo, señor Gambelle,
suéltelo!
Era el señor Gambelle jefe de postas y de otros servicios, y al
desarrollarse la escena que estamos reseñando, en su deseo de
contribuir al buen éxito de la declaración, había agarrado por un brazo
al declarante.
--Suelte a ese bergante, señor Gambelle, y si llega a la aldea el
desconocido, préndale y no le ponga en libertad hasta asegurarse de que
es un hombre honrado.
--Será para mí un honor cumplir las órdenes del señor--contestó
Gambelle.
--¿Escapó aquel...? ¿Pero dónde se ha metido ese maldito?
El maldito se había metido debajo del carruaje, acompañado por media
docena de amigos particulares suyos, a los cuales mostraba la cadena
de la galga. Otra media docena de amigos le sacaron arrastrando
inmediatamente y le llevaron a presencia del señor.
--¿Escapó aquel hombre cuando nos detuvimos para echar la galga?
--Se precipitó de cabeza desde lo alto de la colina, ni más ni menos
que si se hubiera arrojado al mar.
--Cuide de averiguarme eso, Gambelle... ¡En marcha!
Delante de las ruedas, examinando la cadena, estaban la media docena de
amigos particulares del caminero, semejantes a un pelotón de borregos.
Las ruedas comenzaron a girar tan inopinadamente, que fué un milagro
que aquéllos pudieran salvar sus pellejos y sus huesos, único que
podían salvar, por fortuna suya.
Los caballos salieron de la aldea al galope, mas no tardaron en moderar
la marcha, pues la rampa de la colina era tan empinada, que hubieron
de subirla al paso. Bordeaba el camino un pequeño cementerio, donde
se veía una cruz con la imagen de Nuestro Salvador. Era una imagen de
madera, hecha por manos inexpertas, pero el artista había hecho un
estudio del natural y seguramente su libro fué su propio cuerpo o el
de alguno de sus convecinos, pues la imagen era horriblemente flaca y
descarnada.
Al pie de aquel emblema doloroso de una desgracia inmensa había una
mujer arrodillada. Volvió la cabeza al oir el ruido del carruaje,
levantóse vivamente, y corrió presurosa en dirección al coche.
--¡Es el señor!--exclamó, presentándose en la portezuela.--¡Señor, una
gracia!
El señor lanzó una exclamación de impaciencia.
--¿Qué hay? ¿Qué se ofrece? ¡Siempre con peticiones!
--¡Señor, por el amor de Dios! ¡Mi marido... el guardabosque!...
--¿Qué quiere tu marido el guardabosque? ¡Estas gentes siempre piden lo
mismo! Que no puede pagar, ¿eh?
--¡Lo ha pagado todo, señor! ¡Ha muerto!
--¡Mejor! ¡Así descansará! ¿Crees que puedo devolvértelo?
--¡Ay de mí, señor... de sobra sé que no! ¡Pero descansa allá... bajo
aquellas míseras hierbas!...
--¿Y bien?
--Que son muchos los trechos de tierra cubiertos de hierba.
--Bueno... ¿y qué?
Aquella mujer era joven, aunque parecía una vieja. Su rostro reflejaba
un dolor inmenso. A veces retorcía con energía sus manos callosas, y
otras las colocaba sobre la portezuela del carruaje, acariciándola con
ternura, cual si creyera que era un pecho humano susceptible de ser
ablandado.
--¡Tenga el señor compasión de mí! ¡Escuche mi petición! Mi marido
ha muerto de hambre... de la misma enfermedad que han muerto tantos
otros... de la misma que nos llevará a todos los de la aldea al
sepulcro...
--¿Pero a mí que me cuentas? ¿Acaso puedo yo mataros el hambre a todos?
--Señor... Dios lo sabe, pero no es comida lo que pido. Lo único que
deseo, es que sobre la tierra que cubre el cadáver de mi marido se alce
un pedazo de madera o de piedra con su nombre, a fin de que todos sepan
dónde está enterrado. De no ser así, pronto olvidarán todos el sitio y
no podrán enterrarme a su lado cuando yo muera. ¡Señor!... ¡Señor!...
El lacayo había separado del carruaje a la pobre mujer, los caballos
habían emprendido un trote largo, y el señor veía disminuir rápidamente
la legua o dos de distancia que todavía le separaban de su _château_.
El camino era bueno, y el tiempo invertido en recorrerlas no fué largo.
Dibujáronse las sombras de un edificio inmenso y las de muchos y muy
corpulentos árboles. Era el _château_ del señor Marqués, en cuya puerta
principal le estaba esperando el mayordomo.
--¿Ha llegado de Inglaterra el señor Carlos, a quien espero?--preguntó.
--Todavía no, señor Marqués--fué la respuesta.
IX
LA CABEZA DE GORGON
Era el _château_ del señor Marqués un edificio arrogante, de espesos
y sólidos muros y vastas proporciones. De su espacioso patio de
piedra arrancaban dos amplias escaleras también de piedra, que iban a
encontrarse en la terraza de piedra como todo lo demás, que precedía a
la puerta principal. De piedra eran las recias balaustradas, de piedra
los jarrones, de piedra las flores, de piedra las caras humanas, de
piedra las cabezas de los leones, de piedra todo. No parecía sino que
la cabeza de Gorgon había presidido, dos siglos antes, la terminación
de aquella ingente masa de piedra e ideado sus remates y detalles de
ornamentación.
La antorcha que precedía al señor Marqués cuando, después de salir de
su coche de viaje, emprendió el ascenso de la espaciosa escalera de
piedra, derramaba resplandor bastante para provocar las protestas de
la lechuza que tenía su cuartel general en el tejado de la torrecilla
que servía de remate a las caballerizas y que se alzaba como queriendo
escalar las nubes, rodeada de árboles de prodigiosa altura. Todo lo
demás permaneció tranquilo, tan tranquilo, que tanto la antorcha que
precedía en la gran escalera los pasos del señor Marqués, como la
que frente a la puerta de honor esperaba su llegada, ardían cual si
en el centro de cerrado salón estuvieran, y no expuestas al soplo de
las brisas de la noche. Ni se oía tampoco más ruido que el del ulular
de la lechuza, excepción hecha del rumor producido por el agua de la
fuente al caer en la pila, pues era una de esas noches que contienen el
aliento durante horas enteras, para exhalar un suspiro y permanecer de
nuevo sin respirar.
Giró sobre sus suaves goznes la puerta de honor, y el señor Marqués
penetró en una galería cuyos muros ofrecían a la vista gran variedad
de armaduras antiguas, e infinidad de dardos, lanzas, espadas y
cuchillos de caza, juntamente con un surtido variado de fustas, trallas
y látigos, cuyo peso había sentido más de un labriego cuando su señor
estaba encolerizado.
Sin mirar siquiera a los alones grandes, envueltos en negras tinieblas,
el señor Marqués, siempre siguiendo a la antorcha, llegó frente a
una puerta que había en el fondo de la galería. Abierta aquélla, se
encontró en sus habitaciones, que eran tres, una de ellas su alcoba.
Las habitaciones de elevados artesonados, reunían todo el lujo, todo
el refinamiento que corresponden a un Marqués, que vive en un siglo
fastuoso y en una nación que todo lo sacrifica al boato. En los
riquísimos muebles dominaba el gusto del penúltimo Luis de aquella
sagrada dinastía que debía ser eterna, de Luis XIV, aunque no faltaban
objetos que podían pasar como ilustraciones de las antiguas páginas de
la historia de Francia.
En el centro de la tercera habitación, pieza redonda que correspondía
a una de las cuatro torres que flanqueaban el edificio, había una mesa
comedor con servicio para dos personas. La habitación era reducida, y
su ventana estaba abierta, bien que cerradas sus celosías.
--¿Cubierto para mi sobrino?--murmuró el Marqués al entrar.--Y, sin
embargo, acaban de decirme que no ha llegado todavía.
No había llegado, en efecto, pero en el castillo, esperaban que
llegase con el señor Marqués.
--No es probable que llegue esta noche--añadió el Marqués, dirigiéndose
al servidor encargado del comedor--pero deja la mesa como está. Dentro
de un cuarto de hora me sentaré a cenar.
En efecto: quince minutos después tomaba el Marqués asiento frente
a una cena suntuosa y selecta. Sentóse dando espaldas a la ventana.
Acababa de comer la sopa y llevaba a sus labios un vaso de rico
Burdeos, cuando bajó la mano sin beber.
--¿Qué es eso?--preguntó con calma, volviendo la cara hacia las
celosías.
--¿Qué, Monseñor?
--Fuera... Abre las celosías.
La orden quedó obedecida en el acto.
--¿Qué hay?
--Nada, señor: las copas de los árboles y las sombras de la noche es lo
único que se ve.
--Está bien--dijo su señor, con calma imperturbable.--Vuelve a cerrar.
El Marqués volvió a prestar atención a su cena. Habría llegado a la
mitad de ésta, cuando por segunda vez quedó a medio camino el vaso que
llevaba a sus labios. Oíase el rodar de un carruaje que a buena marcha
se aproximaba al castillo.
--Pregunta quién ha llegado--dijo el Marqués al servidor.
Era el sobrino del señor, a quien en la casa de postas habían
manifestado que el Marqués habría llegado ya al castillo.
--Vete y dile de mi parte que la cena espera, y que le ruego venga sin
tardanza.
Minutos después entraba en el comedor el viajero, que era el mismo
joven a quien hemos conocido en Inglaterra bajo el nombre de Carlos
Darnay.
Recibióle el señor Marqués con exquisita cortesanía, pero no se dieron
las manos.
--¿Salió usted ayer de París?--preguntó el joven al sentarse a la mesa.
--Ayer, sí; ¿y tú?
--Yo he venido directamente aquí.
--¿Desde Londres?
--Sí.
--Bastante te ha costado llegar--observó el Marqués sonriendo.
--Por el contrario, he hecho el viaje con mucha rapidez.
--Dispensa, no he querido decir que en el camino hayas invertido mucho
tiempo, sino en resolverte a hacer el viaje.
--Sí... me han obligado a aplazarlo... negocios diversos.
--Lo supongo--contestó el tío.
No cambiaron más palabras mientras el servidor estuvo presente. Servido
el café, y solos ya tío y sobrino, abrió la conversación este último,
clavando sus ojos en la cara del primero, que parecía una máscara.
--He regresado, tío, persiguiendo el mismo objetivo que me obligó a
ausentarme. He corrido un peligro inmenso; pero el objetivo es tan
sagrado, que aun cuando la muerte me hubiese acarreado, no habría
decaído mi valor.
--La muerte no, querido--respondió el tío;--ni nombrarse debe esa
señora.
--Dudo mucho, tío--replicó el sobrino,--que usted me hubiese tendido
una mano, aun viéndome colocado en el filo mismo de la muerte.
Agitáronse las ventanas de la nariz del tío y se hicieron más profundas
las líneas de su rostro, dando expresión más cruel a su aspecto;
pero el Marqués hizo un gesto gracioso de protesta, que nada tenía
de tranquilizador por ser efecto demasiado palpable de la finura de
modales del prócer.
--Hablando con franqueza--repuso el sobrino,--si no mienten mis
informes, ha hecho usted todo lo posible para dar fuerza a las
sospechas originadas por las circunstancias demasiado sospechosas que
me rodeaban.
--¡No, no, no, no!--contestó riendo el tío.
--No discutiremos ese punto--continuó el sobrino, mirando con evidente
desconfianza a su interlocutor.--Me consta que, a trueque de detenerme
en el camino, ha de agotar usted todos los recursos de su diplomacia
especial, como me consta también que en materia de recursos, es usted
poco escrupuloso.
--Mi querido sobrino, me permitiré rogarte que procures hacer memoria,
que tengas presente lo que te dije hace tiempo, mucho tiempo.
--Lo recuerdo perfectamente.
--Muchas gracias--contestó el Marqués, con voz que parecía un
instrumento musical.
--En efecto, tío; creo firmemente que debo a su mala fortuna, y a mi
buena estrella, el no encontrarme en este momento recluído en alguna
prisión de Francia.
--No entiendo bien--respondió el tío, tomando un sorbo de
café.--¿Tienes la bondad de explicarte?
--Con mucho gusto. Quiero decir que, de no haber caído usted en
desgracia en la corte, de no encontrarse bajo la obscura sombra de
aquella nube que le viene envolviendo desde hace algunos años, no le
habría faltado una carta _de cachet_ que me hubiera abierto las puertas
de una fortaleza por tiempo indefinido.
--Es muy posible--replicó el tío, con calma imperturbable--que el honor
de la familia me hubiese impulsado a molestarte hasta ese punto.
--Por fortuna para mí, observo que en la recepción de anteayer encontró
usted la misma frialdad de siempre--dijo el sobrino.
--Perdona que te diga, mi querido sobrino, que yo, en tu lugar, no
aseguraría que mi desgracia en la corte sea para ti una fortuna. Es
muy probable que las reflexiones que te hubiera sugerido la soledad
de una cárcel hubiesen ejercido en tu destino futuro influencia más
beneficiosa que la que puedan ejercer tus actos gozando de libertad.
Pero es inútil discutir este particular. Me encuentro, según dices, en
posición desventajosa. Hoy, solamente el interés o las importunidades
alcanzan esos pequeños instrumentos de corrección, esos medios suaves
para robustecer el poderío y el honor de las familias, esos favores
insignificantes que tanto hubieran podido molestarte. ¡Son tantos los
que los codician, y tan pocos (comparativamente) los que los obtienen!
No sucedía así en otros tiempos, pero las cosas han variado mucho,
y varían todos los días, siendo de notar que van de mal en peor.
Nuestros antepasados gozaban del poder de vida o muerte sobre sus
vasallos y gentes vulgares. ¡Cuántos de esos perros han salido de esta
misma habitación para ser colgados inmediatamente! Que yo sepa, en mi
alcoba fué muerto a puñaladas un insolente bellaco que se atrevió a
proferir no sé qué broma de mal gusto a propósito de su hija que...
Hemos perdido muchos privilegios; es la verdad. Se ha puesto en moda
una filosofía nueva, y no puedo negar que hoy, si nos obstinásemos
en defender todos nuestros derechos, acaso tropezáramos con graves
inconvenientes. ¡Las cosas se ponen malas, muy malas!
El Marqués tomó un polvo de rapé y movió la cabeza con la expresión de
quien lamenta que un país desdeñe medios tan excelentes de regeneración.
--De tal suerte hemos hecho valer nuestra posición social, tanto en
tiempos pasados, como en nuestros días--replicó el sobrino con acento
sombrío,--que hemos conseguido que Francia pronuncie con aversión y con
odio nuestros nombres.
--De lo que debemos felicitarnos--observó el tío.--La aversión y el
odio son los homenajes más altos y más involuntarios que los pequeños
rinden a los grandes.
--No encuentro en este país una sola cara que nos mire con
deferencia--repuso el sobrino.--En todas ellas leo el respeto
engendrado por el temor y la esclavitud.
--Lo que no deja de ser lisonjero para la familia y para los
procedimientos empleados por la familia para sostener su grandeza--dijo
el Marqués, tomando otro polvo de rapé y montando una pierna sobre otra.
Afectaba el prócer glacial indiferencia; pero cuando su sobrino,
puestos los codos sobre la mesa, se cubrió los ojos con las manos
y permaneció durante un buen espacio de tiempo absorto en sus
reflexiones, desapareció la mascarilla del Marqués y miró de soslayo a
su sobrino con expresión tal de rencor, que se armonizaba muy mal con
la indiferencia primera.
--La única filosofía de efectos duraderos es la represión--observó el
Marqués.--Ese respeto sombrío engendrado por el miedo y la esclavitud,
amigo mío, hará que los perros continúen obedientes al látigo mientras
este techo nos proteja contra la intemperie.
Quizá el techo estaba llamado a caer derrumbado antes de lo que el buen
Marqués creía. Si ante sus ojos hubieran presentado aquella noche un
cuadro de lo que sería dentro de contado número de años su castillo,
y cientos de castillos semejantes al suyo, a buen seguro que nadie le
habría hecho creer en la fidelidad de la pintura.
--Mientras tanto--continuó el Marqués,--corre de mi cuenta poner a
salvo el honor y el reposo de nuestra familia, quieras tú o no... Pero,
ahora caigo en que debes encontrarte rendido: ¿te parece que, por esta
noche, pongamos término a nuestra conferencia?
--Un momento más.
--Una hora, si ése es tu gusto.
--Hemos obrado mal, tío, y los frutos de nuestra iniquidad están
madurando.
--¿_Hemos_ obrado mal?--repitió el tío sonriendo.