--¿Cuál es tu oficio?

--Soy vendedor de vino, señor Marqués.

--Toma esto, filósofo y vendedor de vino, y gástalo como te venga en

gana--repuso el Marqués, arrojando a sus pies otra moneda de oro.--¡A

ver! ¿Están listos los caballos?

Sin dignarse mirar a las turbas por segunda vez, el señor Marqués se

arrellanó en su asiento. La carroza se ponía nuevamente en movimiento

y su feliz ocupante había olvidado el incidente, cual si acabara de

romper una futesa y la hubiera pagado, cuando vino a perturbar su

olímpica serenidad la entrada violenta en el interior del carruaje de

una moneda de oro.

--¡Para!--gritó el señor Marqués.--¡Detén los caballos!... ¿Quién ha

tirado esto?

Miró airado al sitio en que acababa de dejar a Defarge, pero no vió más

que al desdichado padre abrazado al cadáver de su hijo, y a una mujer

en pie, que le miraba ceñuda.

--¡Perros!--murmuró el Marqués.--¡De buena gana pasaría sobre todos

vosotros para limpiar al mundo de vuestra repugnante presencia! ¡Si yo

supiera quién es el canalla que arrojó la moneda, y lo tuviera bastante

cerca, vive Dios que lo aplastaba bajo las ruedas de mi coche!

Tal era el temor de las turbas, tan grande el horror que sentían por lo

que los hombres de la clase social del Marqués podían hacerles, dentro

y fuera de la ley, que no se alzó una voz, ni una mano, ni una mirada.

Todos los hombres callaron, fijos sus ojos en el suelo. Solamente la

mujer a que antes nos hemos referido osó clavar sus miradas airadas en

el Marqués, quien ni reparó siquiera en ella. Su olímpica mirada pasó

sobre su cabeza y sobre las demás ratas, y cómodamente arrellanado

sobre los mullidos almohadones de su carroza, dió orden al cochero de

continuar la marcha.

Por el mismo sitio cruzaron en carrera desenfrenada y sucesión rápida

muchas otras carrozas. La del ministro, la de los arbitristas del

Estado, la del aperador general, la del doctor, la del abogado, la del

eclesiástico. Las ratas asomaban tímidas las cabezas en la entrada de

sus agujeros.

Retiróse el padre a quien habían dejado sin hijo, retiráronse las ratas

al fondo de sus agujeros, y sobre el basamento de la fuente no quedó

más que la mujer que había osado mirar ceñuda al Marqués, rígida como

la Fatalidad. El agua de la fuente corría rumorosa, corrían rápidas

y turbulentas las aguas del río, el día corría a su ocaso, la vida

de la ciudad corría a la muerte impulsada por el Tiempo, que a nadie

espera, las ratas dormían ya en sus obscuros agujeros, el _baile de la

extravagancia_ continuaba entre luces y cenas, y todas las cosas, para

decirlo de una vez, seguían su curso.

VIII

EL SEÑOR EN EL CAMPO

Un paisaje encantador, en el que se ven campos de trigo, aunque no

abundantes. Pedazos de terreno sembrados de centeno donde hubiera

podido criarse el trigo, pedazos sembrados de habas y de guisantes,

pedazos sembrados de vegetales de toda clase, y es que la naturaleza

inanimada, armonizando sus gustos con los de la humanidad, manifestaba

tendencia decidida hacia una vegetación, más aparente que real.

El carruaje de viaje del señor Marqués, que, dicho sea de paso,

hubiera podido ser menos pesado, tirado por cuatro caballos y guiado

por dos postillones, escalaba trabajosamente una colina empinada. El

subido color de las mejillas del prócer nada argüía en contra de su

elevada alcurnia. No tenía su origen dentro, sino que era efecto de una

circunstancia externa imposible de evitar: la puesta del sol.

Los rayos tangentes del astro rey penetraban en el coche de viaje del

señor Marqués envolviendo a éste en nimbos de luz rojiza.

--Pronto se pondrá--exclamó el señor Marqués, contemplando con disgusto

sus manos.

En efecto, tan cerca de su ocaso estaba el sol, que no tardó en

ponerse. Dominada la cima de la colina y ajustados a las ruedas

los pesados frenos, en cuanto el coche comenzó a rodar por la

pendiente abajo, envuelto en nubes de polvo, los fulgores rojizos se

extinguieron: el sol y el Marqués descendían.

Ante los ojos del Marqués se extendía un territorio quebrado, una aldea

en el fondo de la hondonada, una llanura que terminaba en un altozano,

un campanario, un molino de viento, un bosque abundante en caza, y una

fortaleza emplazada al borde de un despeñadero. El Marqués contemplaba

todos los objetos detallados, cuyas líneas comenzaban a borrar las

sombras de la noche, con la expresión del que se acerca a su casa.

Contaba la aldea con una calle pobre, con una cervecería pobre, con una

tenería pobre, con una taberna pobre, con un relevo de postas pobre y

con una fuente pobre. Siendo pobres todos los servicios, pobres habían

de ser, y pobres eran, en efecto, sus habitantes. Todos ellos vivían

en la miseria, y muchos se hallaban sentados en las puertas de sus

viviendas, preparando cebollas de deshecho y otros artículos semejantes

para su cena, mientras otros lavaban en la fuente verduras, hierbas y

toda clase de comestibles que la tierra da de sí. No era preciso ser

muy lince para descubrir las causas que a la miseria los reducían:

con leer las inscripciones solemnes, colocadas en todos los sitios

visibles de la aldea, en las cuales se detallaban los impuestos que

había que pagar al Estado, a la Iglesia y al señor, juntamente con las

contribuciones locales y generales, bastaba y aun sobraba, no ya para

comprender que los habitantes fueran pobres, sino para maravillarse de

que el hambre y la miseria no hubieran concluído con la vida de todos

ellos.

Niños se veían muy pocos, perros ni uno sólo. En cuanto a los hombres

y a las mujeres, la alternativa que el mundo les ofrecía no podía ser

más clara: o vivir de la manera más miserable en la aldea, bajo el

yugo aplastante del señor, o morir en la fortaleza emplazada sobre el

precipicio, destinada a calabozo.

Precedido por un correo y acompañado por los restallidos de los látigos

de los postillones, que cruzaban los aires semejantes a culebras

enroscadas, el señor Marqués mandó detener su carruaje frente a la

puerta de la casa de postas. Como distaba muy poco de la fuente, los

aldeanos que en ésta se hallaban suspendieron sus faenas para mirarle.

El también les miró, y vió cómo doblaban sus frentes ante su persona,

de la misma manera que él había doblado la suya ante el señor, cuando

acertó a unirse al grupo un caminero.

--Tráeme a ese individuo--dijo el Marqués al correo.

Fué llevado a su presencia el caminero, en derredor del cual se

agruparon los aldeanos, ávidos de escuchar y de ver.

--¿Te pasé en el camino, verdad?

--Verdad es, señor, tuve el honor de que el señor me pasase en el

camino.

--Al subir la rampa y en la cumbre de la colina, ¿no es cierto?

--Señor, cierto es.

--¿Qué es lo que mirabas con tanta fijeza?

--Miraba al hombre, señor.

Al contestar, su gorro puntiagudo apuntaba debajo del carruaje. Todos

los aldeanos concentraron sus miradas en el mismo sitio.

--¿Qué hombre, pedazo de bruto?

--Perdón, señor, quiero decir el hombre que pendía de la cadena de la

galga.

--¿Pero quién?

--El hombre, señor.

--¡Cargue el diablo con esta turba de idiotas! ¿Cómo se llama ese

hombre? Tú conoces a todos los de estos contornos: ¿quién era ese

hombre?

--¡Piedad, señor! No era de esta parte del país: no le había visto en

los días de mi vida.

--¿Suspendido de la cadena? ¿Ahorcado?

--Con permiso del señor, diré que su cabeza colgaba de esta manera.

El caminero se aproximó a la galga y se colocó vuelta la cara hacia

el cielo y con la cabeza colgando. A continuación, recobró la postura

normal e hizo una reverencia.

--¿Qué señas tenía?

--Señor, estaba más blanco que un molinero, el polvo le cubría de pies

a cabeza, era más blanco que un espectro y más alto que un espectro.

La descripción produjo en el auditorio sensación inmensa. Todos

volvieron sus ojos hacia el Marqués, acaso creyendo que llevase algún

espectro sobre su conciencia.

--¡No puede negarse que te has portado como un hombre!--exclamó el

Marqués.--Ves un ladrón subido a mi carruaje, y no sabes abrir esa

bocaza inmensa que tienes en la cara. ¡Suéltelo, señor Gambelle,

suéltelo!

Era el señor Gambelle jefe de postas y de otros servicios, y al

desarrollarse la escena que estamos reseñando, en su deseo de

contribuir al buen éxito de la declaración, había agarrado por un brazo

al declarante.

--Suelte a ese bergante, señor Gambelle, y si llega a la aldea el

desconocido, préndale y no le ponga en libertad hasta asegurarse de que

es un hombre honrado.

--Será para mí un honor cumplir las órdenes del señor--contestó

Gambelle.

--¿Escapó aquel...? ¿Pero dónde se ha metido ese maldito?

El maldito se había metido debajo del carruaje, acompañado por media

docena de amigos particulares suyos, a los cuales mostraba la cadena

de la galga. Otra media docena de amigos le sacaron arrastrando

inmediatamente y le llevaron a presencia del señor.

--¿Escapó aquel hombre cuando nos detuvimos para echar la galga?

--Se precipitó de cabeza desde lo alto de la colina, ni más ni menos

que si se hubiera arrojado al mar.

--Cuide de averiguarme eso, Gambelle... ¡En marcha!

Delante de las ruedas, examinando la cadena, estaban la media docena de

amigos particulares del caminero, semejantes a un pelotón de borregos.

Las ruedas comenzaron a girar tan inopinadamente, que fué un milagro

que aquéllos pudieran salvar sus pellejos y sus huesos, único que

podían salvar, por fortuna suya.

Los caballos salieron de la aldea al galope, mas no tardaron en moderar

la marcha, pues la rampa de la colina era tan empinada, que hubieron

de subirla al paso. Bordeaba el camino un pequeño cementerio, donde

se veía una cruz con la imagen de Nuestro Salvador. Era una imagen de

madera, hecha por manos inexpertas, pero el artista había hecho un

estudio del natural y seguramente su libro fué su propio cuerpo o el

de alguno de sus convecinos, pues la imagen era horriblemente flaca y

descarnada.

Al pie de aquel emblema doloroso de una desgracia inmensa había una

mujer arrodillada. Volvió la cabeza al oir el ruido del carruaje,

levantóse vivamente, y corrió presurosa en dirección al coche.

--¡Es el señor!--exclamó, presentándose en la portezuela.--¡Señor, una

gracia!

El señor lanzó una exclamación de impaciencia.

--¿Qué hay? ¿Qué se ofrece? ¡Siempre con peticiones!

--¡Señor, por el amor de Dios! ¡Mi marido... el guardabosque!...

--¿Qué quiere tu marido el guardabosque? ¡Estas gentes siempre piden lo

mismo! Que no puede pagar, ¿eh?

--¡Lo ha pagado todo, señor! ¡Ha muerto!

--¡Mejor! ¡Así descansará! ¿Crees que puedo devolvértelo?

--¡Ay de mí, señor... de sobra sé que no! ¡Pero descansa allá... bajo

aquellas míseras hierbas!...

--¿Y bien?

--Que son muchos los trechos de tierra cubiertos de hierba.

--Bueno... ¿y qué?

Aquella mujer era joven, aunque parecía una vieja. Su rostro reflejaba

un dolor inmenso. A veces retorcía con energía sus manos callosas, y

otras las colocaba sobre la portezuela del carruaje, acariciándola con

ternura, cual si creyera que era un pecho humano susceptible de ser

ablandado.

--¡Tenga el señor compasión de mí! ¡Escuche mi petición! Mi marido

ha muerto de hambre... de la misma enfermedad que han muerto tantos

otros... de la misma que nos llevará a todos los de la aldea al

sepulcro...

--¿Pero a mí que me cuentas? ¿Acaso puedo yo mataros el hambre a todos?

--Señor... Dios lo sabe, pero no es comida lo que pido. Lo único que

deseo, es que sobre la tierra que cubre el cadáver de mi marido se alce

un pedazo de madera o de piedra con su nombre, a fin de que todos sepan

dónde está enterrado. De no ser así, pronto olvidarán todos el sitio y

no podrán enterrarme a su lado cuando yo muera. ¡Señor!... ¡Señor!...

El lacayo había separado del carruaje a la pobre mujer, los caballos

habían emprendido un trote largo, y el señor veía disminuir rápidamente

la legua o dos de distancia que todavía le separaban de su _château_.

El camino era bueno, y el tiempo invertido en recorrerlas no fué largo.

Dibujáronse las sombras de un edificio inmenso y las de muchos y muy

corpulentos árboles. Era el _château_ del señor Marqués, en cuya puerta

principal le estaba esperando el mayordomo.

--¿Ha llegado de Inglaterra el señor Carlos, a quien espero?--preguntó.

--Todavía no, señor Marqués--fué la respuesta.

IX

LA CABEZA DE GORGON

Era el _château_ del señor Marqués un edificio arrogante, de espesos

y sólidos muros y vastas proporciones. De su espacioso patio de

piedra arrancaban dos amplias escaleras también de piedra, que iban a

encontrarse en la terraza de piedra como todo lo demás, que precedía a

la puerta principal. De piedra eran las recias balaustradas, de piedra

los jarrones, de piedra las flores, de piedra las caras humanas, de

piedra las cabezas de los leones, de piedra todo. No parecía sino que

la cabeza de Gorgon había presidido, dos siglos antes, la terminación

de aquella ingente masa de piedra e ideado sus remates y detalles de

ornamentación.

La antorcha que precedía al señor Marqués cuando, después de salir de

su coche de viaje, emprendió el ascenso de la espaciosa escalera de

piedra, derramaba resplandor bastante para provocar las protestas de

la lechuza que tenía su cuartel general en el tejado de la torrecilla

que servía de remate a las caballerizas y que se alzaba como queriendo

escalar las nubes, rodeada de árboles de prodigiosa altura. Todo lo

demás permaneció tranquilo, tan tranquilo, que tanto la antorcha que

precedía en la gran escalera los pasos del señor Marqués, como la

que frente a la puerta de honor esperaba su llegada, ardían cual si

en el centro de cerrado salón estuvieran, y no expuestas al soplo de

las brisas de la noche. Ni se oía tampoco más ruido que el del ulular

de la lechuza, excepción hecha del rumor producido por el agua de la

fuente al caer en la pila, pues era una de esas noches que contienen el

aliento durante horas enteras, para exhalar un suspiro y permanecer de

nuevo sin respirar.

Giró sobre sus suaves goznes la puerta de honor, y el señor Marqués

penetró en una galería cuyos muros ofrecían a la vista gran variedad

de armaduras antiguas, e infinidad de dardos, lanzas, espadas y

cuchillos de caza, juntamente con un surtido variado de fustas, trallas

y látigos, cuyo peso había sentido más de un labriego cuando su señor

estaba encolerizado.

Sin mirar siquiera a los alones grandes, envueltos en negras tinieblas,

el señor Marqués, siempre siguiendo a la antorcha, llegó frente a

una puerta que había en el fondo de la galería. Abierta aquélla, se

encontró en sus habitaciones, que eran tres, una de ellas su alcoba.

Las habitaciones de elevados artesonados, reunían todo el lujo, todo

el refinamiento que corresponden a un Marqués, que vive en un siglo

fastuoso y en una nación que todo lo sacrifica al boato. En los

riquísimos muebles dominaba el gusto del penúltimo Luis de aquella

sagrada dinastía que debía ser eterna, de Luis XIV, aunque no faltaban

objetos que podían pasar como ilustraciones de las antiguas páginas de

la historia de Francia.

En el centro de la tercera habitación, pieza redonda que correspondía

a una de las cuatro torres que flanqueaban el edificio, había una mesa

comedor con servicio para dos personas. La habitación era reducida, y

su ventana estaba abierta, bien que cerradas sus celosías.

--¿Cubierto para mi sobrino?--murmuró el Marqués al entrar.--Y, sin

embargo, acaban de decirme que no ha llegado todavía.

No había llegado, en efecto, pero en el castillo, esperaban que

llegase con el señor Marqués.

--No es probable que llegue esta noche--añadió el Marqués, dirigiéndose

al servidor encargado del comedor--pero deja la mesa como está. Dentro

de un cuarto de hora me sentaré a cenar.

En efecto: quince minutos después tomaba el Marqués asiento frente

a una cena suntuosa y selecta. Sentóse dando espaldas a la ventana.

Acababa de comer la sopa y llevaba a sus labios un vaso de rico

Burdeos, cuando bajó la mano sin beber.

--¿Qué es eso?--preguntó con calma, volviendo la cara hacia las

celosías.

--¿Qué, Monseñor?

--Fuera... Abre las celosías.

La orden quedó obedecida en el acto.

--¿Qué hay?

--Nada, señor: las copas de los árboles y las sombras de la noche es lo

único que se ve.

--Está bien--dijo su señor, con calma imperturbable.--Vuelve a cerrar.

El Marqués volvió a prestar atención a su cena. Habría llegado a la

mitad de ésta, cuando por segunda vez quedó a medio camino el vaso que

llevaba a sus labios. Oíase el rodar de un carruaje que a buena marcha

se aproximaba al castillo.

--Pregunta quién ha llegado--dijo el Marqués al servidor.

Era el sobrino del señor, a quien en la casa de postas habían

manifestado que el Marqués habría llegado ya al castillo.

--Vete y dile de mi parte que la cena espera, y que le ruego venga sin

tardanza.

Minutos después entraba en el comedor el viajero, que era el mismo

joven a quien hemos conocido en Inglaterra bajo el nombre de Carlos

Darnay.

Recibióle el señor Marqués con exquisita cortesanía, pero no se dieron

las manos.

--¿Salió usted ayer de París?--preguntó el joven al sentarse a la mesa.

--Ayer, sí; ¿y tú?

--Yo he venido directamente aquí.

--¿Desde Londres?

--Sí.

--Bastante te ha costado llegar--observó el Marqués sonriendo.

--Por el contrario, he hecho el viaje con mucha rapidez.

--Dispensa, no he querido decir que en el camino hayas invertido mucho

tiempo, sino en resolverte a hacer el viaje.

--Sí... me han obligado a aplazarlo... negocios diversos.

--Lo supongo--contestó el tío.

No cambiaron más palabras mientras el servidor estuvo presente. Servido

el café, y solos ya tío y sobrino, abrió la conversación este último,

clavando sus ojos en la cara del primero, que parecía una máscara.

--He regresado, tío, persiguiendo el mismo objetivo que me obligó a

ausentarme. He corrido un peligro inmenso; pero el objetivo es tan

sagrado, que aun cuando la muerte me hubiese acarreado, no habría

decaído mi valor.

--La muerte no, querido--respondió el tío;--ni nombrarse debe esa

señora.

--Dudo mucho, tío--replicó el sobrino,--que usted me hubiese tendido

una mano, aun viéndome colocado en el filo mismo de la muerte.

Agitáronse las ventanas de la nariz del tío y se hicieron más profundas

las líneas de su rostro, dando expresión más cruel a su aspecto;

pero el Marqués hizo un gesto gracioso de protesta, que nada tenía

de tranquilizador por ser efecto demasiado palpable de la finura de

modales del prócer.

--Hablando con franqueza--repuso el sobrino,--si no mienten mis

informes, ha hecho usted todo lo posible para dar fuerza a las

sospechas originadas por las circunstancias demasiado sospechosas que

me rodeaban.

--¡No, no, no, no!--contestó riendo el tío.

--No discutiremos ese punto--continuó el sobrino, mirando con evidente

desconfianza a su interlocutor.--Me consta que, a trueque de detenerme

en el camino, ha de agotar usted todos los recursos de su diplomacia

especial, como me consta también que en materia de recursos, es usted

poco escrupuloso.

--Mi querido sobrino, me permitiré rogarte que procures hacer memoria,

que tengas presente lo que te dije hace tiempo, mucho tiempo.

--Lo recuerdo perfectamente.

--Muchas gracias--contestó el Marqués, con voz que parecía un

instrumento musical.

--En efecto, tío; creo firmemente que debo a su mala fortuna, y a mi

buena estrella, el no encontrarme en este momento recluído en alguna

prisión de Francia.

--No entiendo bien--respondió el tío, tomando un sorbo de

café.--¿Tienes la bondad de explicarte?

--Con mucho gusto. Quiero decir que, de no haber caído usted en

desgracia en la corte, de no encontrarse bajo la obscura sombra de

aquella nube que le viene envolviendo desde hace algunos años, no le

habría faltado una carta _de cachet_ que me hubiera abierto las puertas

de una fortaleza por tiempo indefinido.

--Es muy posible--replicó el tío, con calma imperturbable--que el honor

de la familia me hubiese impulsado a molestarte hasta ese punto.

--Por fortuna para mí, observo que en la recepción de anteayer encontró

usted la misma frialdad de siempre--dijo el sobrino.

--Perdona que te diga, mi querido sobrino, que yo, en tu lugar, no

aseguraría que mi desgracia en la corte sea para ti una fortuna. Es

muy probable que las reflexiones que te hubiera sugerido la soledad

de una cárcel hubiesen ejercido en tu destino futuro influencia más

beneficiosa que la que puedan ejercer tus actos gozando de libertad.

Pero es inútil discutir este particular. Me encuentro, según dices, en

posición desventajosa. Hoy, solamente el interés o las importunidades

alcanzan esos pequeños instrumentos de corrección, esos medios suaves

para robustecer el poderío y el honor de las familias, esos favores

insignificantes que tanto hubieran podido molestarte. ¡Son tantos los

que los codician, y tan pocos (comparativamente) los que los obtienen!

No sucedía así en otros tiempos, pero las cosas han variado mucho,

y varían todos los días, siendo de notar que van de mal en peor.

Nuestros antepasados gozaban del poder de vida o muerte sobre sus

vasallos y gentes vulgares. ¡Cuántos de esos perros han salido de esta

misma habitación para ser colgados inmediatamente! Que yo sepa, en mi

alcoba fué muerto a puñaladas un insolente bellaco que se atrevió a

proferir no sé qué broma de mal gusto a propósito de su hija que...

Hemos perdido muchos privilegios; es la verdad. Se ha puesto en moda

una filosofía nueva, y no puedo negar que hoy, si nos obstinásemos

en defender todos nuestros derechos, acaso tropezáramos con graves

inconvenientes. ¡Las cosas se ponen malas, muy malas!

El Marqués tomó un polvo de rapé y movió la cabeza con la expresión de

quien lamenta que un país desdeñe medios tan excelentes de regeneración.

--De tal suerte hemos hecho valer nuestra posición social, tanto en

tiempos pasados, como en nuestros días--replicó el sobrino con acento

sombrío,--que hemos conseguido que Francia pronuncie con aversión y con

odio nuestros nombres.

--De lo que debemos felicitarnos--observó el tío.--La aversión y el

odio son los homenajes más altos y más involuntarios que los pequeños

rinden a los grandes.

--No encuentro en este país una sola cara que nos mire con

deferencia--repuso el sobrino.--En todas ellas leo el respeto

engendrado por el temor y la esclavitud.

--Lo que no deja de ser lisonjero para la familia y para los

procedimientos empleados por la familia para sostener su grandeza--dijo

el Marqués, tomando otro polvo de rapé y montando una pierna sobre otra.

Afectaba el prócer glacial indiferencia; pero cuando su sobrino,

puestos los codos sobre la mesa, se cubrió los ojos con las manos

y permaneció durante un buen espacio de tiempo absorto en sus

reflexiones, desapareció la mascarilla del Marqués y miró de soslayo a

su sobrino con expresión tal de rencor, que se armonizaba muy mal con

la indiferencia primera.

--La única filosofía de efectos duraderos es la represión--observó el

Marqués.--Ese respeto sombrío engendrado por el miedo y la esclavitud,

amigo mío, hará que los perros continúen obedientes al látigo mientras

este techo nos proteja contra la intemperie.

Quizá el techo estaba llamado a caer derrumbado antes de lo que el buen

Marqués creía. Si ante sus ojos hubieran presentado aquella noche un

cuadro de lo que sería dentro de contado número de años su castillo,

y cientos de castillos semejantes al suyo, a buen seguro que nadie le

habría hecho creer en la fidelidad de la pintura.

--Mientras tanto--continuó el Marqués,--corre de mi cuenta poner a

salvo el honor y el reposo de nuestra familia, quieras tú o no... Pero,

ahora caigo en que debes encontrarte rendido: ¿te parece que, por esta

noche, pongamos término a nuestra conferencia?

--Un momento más.

--Una hora, si ése es tu gusto.

--Hemos obrado mal, tío, y los frutos de nuestra iniquidad están

madurando.

--¿_Hemos_ obrado mal?--repitió el tío sonriendo.

Una historia de dos ciudades · 第 10 / 34 段