Darnay había saboreado el placer de besar la mano de la joven, y

después de exteriorizar con frases fervientes su gratitud, habíase

vuelto hacia su defensor, el señor Stryver, a quien dió calurosamente

las gracias. Stryver, hombre que apenas contaba treinta años de

edad, aunque parecía de cincuenta, robusto, grueso, rojo, fanfarrón

y refractario a toda clase de impulsos de delicadeza, poseía el

secreto de amoldarse, moral y físicamente, a toda clase de compañías

y conversaciones, y era de suponer que lo mismo que se amoldaba a

las compañías y conversaciones, supiese amoldarse a las mil y una

pequeñeces relacionadas con la vida.

Todavía llevaba puestas la toga y la peluca. Al ir a contestar a su

defendido, giró sobre sus talones en forma que eliminó del grupo al

inocente señor Lorry, y dijo:

--Celebro infinito haber sacado a usted del trance con honor, señor

Darnay. Ha sido usted víctima de una persecución infame, brutalmente

infame, pero que muy bien pudo tener el desenlace que perseguían sus

enemigos.

--Las obligaciones que con usted he contraído no prescribirán

jamás--respondió el joven, estrechando con calor la mano del abogado.

--He hecho por usted cuanto he podido, señor Darnay, y tengo la

presunción de creer que puedo tanto como pueda cualquier otro hombre.

Las últimas palabras tenían una contestación obligada, que debía y

podía dar cualquiera de los que formaban el grupo. Dióla el señor

Lorry, probablemente interesada, es decir, para que de nuevo le

admitieran en el grupo.

--Más, mucho más que ningún otro hombre--dijo.

--¿Lo cree usted así?--preguntó Stryver.--Perfectamente. Ha sido usted

testigo de toda la vista, y motivos tiene para saber lo que dice.

Además, es usted hombre de negocios.

--Y en calidad de tal--replicó Lorry, a quien el abogado había metido

en el grupo de la misma manera que antes le había echado fuera--en

mi calidad de tal, ruego al doctor Manette que ponga fin a esta

conferencia, a fin de retirarnos cada cual a su respectiva casa. La

señorita Lucía no se encuentra bien, el señor Darnay ha pasado un día

terrible, y todos estamos rendidos.

--Hable usted por sí, señor Lorry, hable usted por sí--dijo el

abogado.--A mí me espera una noche de trabajo continuo.

--Por mí hablo--replicó Lorry--y por el señor Darnay, y por la señorita

Lucía y... ¿No cree usted, señorita Lucía, que puedo hablar, por todos

nosotros?--preguntó, dirigiéndose a la joven, pero mirando al mismo

tiempo a su padre.

La cara del anciano adquirió una expresión indefinible al dirigir

a Darnay una mirada intensa. En la frente del primero se marcaron

profundas arrugas, sus labios se crisparon, y poco a poco sus miradas

expresaron repugnancia, recelo y temor.

--¡Padre mío!--musitó en su oído, a la par que estrechaba su mano.

El anciano, cuyo rostro se fué iluminando gradualmente, se volvió hacia

su hija.

--¿Vamos a casa, padre mío?--repuso la niña.

El doctor exhaló un suspiro muy hondo y muy prolongado, y contestó:

--Sí.

Los amigos del prisionero, a quienes éste había hecho creer que no

sería puesto en libertad aquella noche, habíanse dispersado ya. Casi

todas las luces que iluminaban los estrechos corredores del edificio

siniestro, que a la mañana siguiente se llenaría de nuevo de gentes

ávidas de emociones, se habían apagado. El abogado defensor se retiró

el primero para ir a cambiar de ropa, y Lucía Manette llamó un coche,

se despidió de los señores Lorry y Darnay, y se hizo conducir a su

casa, acompañando a su padre.

Otra persona, que no había formado parte del grupo ni cambiado una

palabra con ninguno de los que lo componían, se destacó de la pared

contra la cual había estado apoyada y, tan pronto como se perdió de

vista el coche, aproximóse silenciosa como una sombra a Lorry y a

Darnay, que habían quedado hablando en la acera.

--¡Hola, señor Lorry!--dijo.--Parece que ya los hombres de negocios

se atreven a hablar con Darnay, ¿eh? ¡Qué de conflictos originan los

negocios! Se reiría usted, Darnay, si supiera las luchas que los

hombres de negocios tienen que sostener entre sus impulsos naturales y

las exigencias de su posición.

--Ya hizo usted antes esa misma indicación, señor Carton--replicó

Lorry, enrojeciendo hasta lo blanco de los ojos.--Nosotros, los hombres

de negocios, los que servimos a una casa, no somos dueños de nosotros

mismos. Más que en nosotros, tenemos que pensar en la casa.

--¡Lo sé, lo sé, señor Lorry!--contestó Carton con

negligencia.--Sentiría que se molestase usted. Me consta que no es

usted peor que los otros, y hasta me atrevería a asegurar que es mucho

mejor.

--A decir verdad, caballero, no acierto a comprender su ingerencia.

Perdóneme si, amparándome en mis años, le hablo con franqueza tal vez

excesiva, pero no veo que usted tenga nada que ver en nuestros asuntos.

--¡Asuntos! ¡Válgame Dios, señor! Yo no tengo asuntos.

--Es una lástima que no los tenga usted.

--De acuerdo.

--Porque si los tuviera, les dedicaría alguna atención.

--¡No, amigo mío, no! ¡Tenga usted por seguro que no les prestaría

ninguna!

--¡Está bien, señor!--exclamó Lorry, a quien llenó de indignación la

indiferencia de su interlocutor.--Diga usted lo que quiera, es muy

bueno y muy respetable tener negocios, y si en determinadas ocasiones

los negocios imponen silencio, restricciones e impedimentos, de ello se

hacen cargo los que, como el señor Darnay, son caballeros generosos...

Señor Darnay... muy buenas noches. Le felicito con toda la efusión de

mi alma y le deseo una vida próspera y feliz... ¡Cochero!

Un poquito incomodado consigo mismo, y desde luego más con su

interlocutor, el señor Lorry tomó por asalto el coche y se hizo

conducir al Banco Tellson. Carton, que olía a vino, y cuyo fuerte, a

juzgar por las apariencias, no era la sobriedad, soltó la carcajada y

se volvió hacia Darnay.

--¡Extraños caprichos tiene la casualidad, señor Darnay!--exclamó

Carton.--¿Podía usted suponer que esta noche iba a encontrarse aquí,

pisando las piedras de la calle, en compañía de su _alter ego_?

--¿Cómo había de suponerlo, si hasta el hecho de pertenecer a este

mundo me parece un sueño?--contestó Darnay.

--No me admira, después de lo cerca que del otro se encontraba. Noto en

su voz cierta debilidad, señor Darnay.

--Es que principio a creer que me encuentro débil, señor Carton.

--¿Por qué no come, pues? Yo comí ya, mientras aquellos zánganos se

ponían de acuerdo acerca del mundo en que usted habría de vivir. Voy a

acompañarle a la taberna más próxima donde podrá usted comer lo que le

acomode.

Pasando sin más ceremonias su brazo por el de Darnay, Carton echó a

andar hacia la calle Fleet, no tardando en dar con sus huesos en una

taberna. El encargado acompañó a los recién llegados a un cuartito

reservado, donde Darnay repuso sus fuerzas. Carton, sentado a la misma

mesa frente a Darnay, se hizo servir una botella de vino.

--¿Va usted convenciéndose de que pertenece todavía a este mundo

terrestre, Darnay?--preguntó Carton.

--Apenas si puedo darme cuenta cabal del tiempo y del lugar, pero

confieso que me he convencido casi de lo que usted dice.

--¡Y se habrá convencido de ello con satisfacción inmensa!--exclamó

Carton con cierto tono de amargura y llenando de nuevo el vaso, que por

cierto era de los más grandes.--De mí puedo decir que mi mayor deseo

sería olvidar que de él formo parte. Ni el mundo tiene para mí nada

bueno... no siendo el vino, ni yo tengo nada bueno para el mundo. En lo

que a este particular se refiere, somos tal para cual, nos parecemos

bastante... Por supuesto, que voy creyendo que también usted y yo nos

parecemos en todo, ¿no?

Carlos Darnay, sobre quien pesaba aún la influencia de las emociones

del día, tardó bastante en contestar, sencillamente porque no sabía qué

respuesta dar a las extravagantes palabras de su interlocutor. Cuando

lo hizo, se mostró de perfecto acuerdo.

--Ahora que ha hecho usted honor a la comida, señor Darnay, ¿por qué no

levanta una copa? ¿Por qué no brinda usted?

--¿Levantar la copa? ¿En honor de quién?

--En honor y por la salud de la persona cuyo nombre tiene usted en la

punta de la lengua. Debe tenerlo, lo tiene, juraría que no me engaño.

--¡Brindo, pues, por la señorita Manette!

--¡A la salud de la señorita Manette!

Clavada una mirada insolente en Darnay, mientras apuraba el contenido

del vaso, Carton estrelló el suyo contra la pared, después de beber,

donde se hizo pedazos. Seguidamente tocó la campanilla y pidió otro.

--Es una niña encantadora, en cuya compañía sería delicioso hacer un

viaje en coche, ¿eh?--preguntó, llenando de vino el vaso que acababan

de traerle.

--Sí--contestó secamente y con un ligero fruncimiento de cejas Darnay.

--Digna de compasión y de que por ella se hagan verdaderas locuras.

¿Qué tal se encuentra? A fe que vale la pena verse en peligro de ser

condenado a muerte a trueque de convertirse en objeto de sus simpatías

y compasión: ¿qué me dice usted, Darnay?

El interpelado guardó silencio.

--Le agradó sobremanera escuchar el mensaje que por mi conducto la

envió usted. No me lo dijo, pero lo supongo.

La alusión fué a manera de recordatorio para Darnay. Acordóse de que

su desagradable compañero le había prestado un servicio en aquel

día azaroso y le dió las gracias, llevando la conversación a aquel

incidente.

--Ni me hace falta que me dé usted las gracias, ni las merezco--replicó

con fría indiferencia Carton.--En primer lugar, no sabía qué hacer, y

en segundo, no sé por qué hice lo que hice. ¿Me permitirá usted que le

haga una pregunta, señor Darnay?

--Cuantas guste, a ello le dan derecho los favores que me ha prestado.

--¿Cree usted que me es simpático?

--La verdad... señor Carton...--respondió Darnay, completamente

desconcertado,--no se me ha ocurrido formularme esa pregunta.

--Hágasela usted ahora.

--Como si yo le mereciera alguna simpatía se comportó usted, pero si he

de decir lo que siento, creo que no se lo soy.

--Y yo creo lo mismo que usted--observó Carton.--Principio a formar

opinión excelente de su inteligencia.

--Lo que no debe ser obstáculo--repuso Darnay haciendo sonar la

campanilla--para que yo le quede profundamente agradecido y para que

nos despidamos sin malquerencias mutuas.

--Desde luego--contestó Carton.--¿Dice usted que me queda reconocido?

--Lo digo y así es.

--Entonces, mozo, tráeme otra pinta de este mismo vino, y despiértame

mañana a las diez.

Pagada la cuenta, levantóse Darnay, dió las buenas noches y se encaminó

hacia la puerta. Carton, sin contestar las buenas noches, levantóse

también, miró con expresión airada al que se marchaba, y dijo:

--Dos palabras, señor Darnay, ¿Cree usted que estoy borracho?

--Creo que ha bebido usted mucho, señor Carton.

--¿Lo cree nada más? Sabe perfectamente que he bebido.

--Puesto que usted se empeña, diré que, en efecto, sé que ha bebido.

--En ese caso, quizá sepa usted también por qué he bebido. Soy un

desilusionado, un desengañado. Ni a mí me importa la suerte de ningún

hombre de la tierra, ni ningún hombre de la tierra se acuerda siquiera

de mi persona.

--Lo que no deja de ser una desgracia. Debió usted dar mejor empleo a

su talento.

--Puede que tenga usted razón, y puede que se engañe lastimosamente.

No se envanezca, sin embargo, amigo mío, que no sabe usted lo que el

porvenir le reserva... ¡Buenas noches!

Cuando quedó solo, aquel hombre singular tomó el candelero, se acercó a

un espejo que pendía de la pared y examinó minuciosa y detalladamente

la imagen reflejada en su tersa superficie.

--¿Te es simpático ese hombre?--murmuró, cual si dirigiera la pregunta

a su propia imagen.--¿Por qué ha de serte simpático un hombre que

se te parece? ¿Acaso tienes tú algo que pueda agradar a nadie? De

sobras sabes que no. No acierto a comprender el por qué del cambio...

¡Maldito seas!... ¡Y a fe que merece simpatía el hombre que te dice lo

que pudiste ser y lo que en realidad eres! ¡Vaya!... ¡Dilo de una vez y

con franqueza! ¡Tú aborreces a ese individuo!

Cual si el vino fuera para él manantial de consuelos, en muy contados

minutos hizo pasar a su estómago la pinta de vino y quedó dormido en la

misma mesa, apoyada la cabeza sobre sus brazos.

V

EL CHACAL

En aquellos tiempos, rendíase culto universal a la botella. Si yo

especificase y detallase aquí la cantidad de vino y de ponche que un

hombre tragaba en el curso de una noche, sin que su reputación de

perfecto caballero sufriera el menor detrimento, a buen seguro que

pasaría ante los lectores plaza de exagerador ridículo. Los hombres

bebían mucho, y no eran ciertamente excepción de la regla las lumbreras

del foro ni las notabilidades en cualquier otro ramo del saber humano,

que nunca ha sido la ciencia barrera alzada entre quien la posee y

los altares de Baco. No nos admira por tanto que el señor Stryver,

letrado que avanzaba con paso de gigante por el camino de su lucrativa

profesión, rindiera culto tan constante a la botella como las esponjas

más resecadas de la comunidad de picapleitos.

Favorito en el Old Bailey e indispensable en el tribunal llamado

_Sessions_, Stryver separaba con el pie los peldaños de la escalera

a medida que los iba dejando atrás. Todos los días, en uno o en

otro tribunal, la roja cara de Stryver brotaba de entre una capa de

pelucas semejante al girasol que yergue su cabeza sobre un plantel de

brillantes flores.

Habían observado en el foro que Stryver, en los comienzos de su

carrera, si bien era hombre suelto de lengua, falto de escrúpulos,

dispuesto a todo, osado y procaz, carecía de la facultad de entresacar

la esencia, la medula de los informes y de las pruebas testificales,

que tan indispensable es a todo buen abogado, pero posteriormente, hizo

en este particular progresos maravillosos. Cuanto más trabajaba, con

mayor facilidad llegaba al fondo, al tuétano de los asuntos, siendo

de notar que, aun cuando tenía la costumbre de pasarse las noches de

claro en claro vaciando botellas en compañía de Carton, los puntos que

había de tratar a la mañana siguiente ni se borraban de su mente, ni se

obscurecían.

Sydney Carton, el más vago y holgazán ejemplar de la humanidad, era

el aliado más poderoso de Stryver. Sobre el líquido que entre los dos

tragaban hubiera podido flotar perfectamente un navío de tres puentes.

Uno y otro llevaban la misma vida, uno y otro prolongaban sus orgías

hasta la madrugada, y más de una vez vieron a Carton, ya bien alto

el sol, dirigiéndose con paso vacilante a su casa o al estrado del

tribunal. No faltaron maliciosos que aseguraron que Carton, si no era

ni llegaría jamás a ser un león, en cambio era un tigre excelente, y

que, en calidad de tal, prestaba preciosos servicios a su amigo Stryver.

--Las diez, señor--dijo el encargado de la taberna a quien Carton había

encargado que le despertase.--Las diez de la noche.

--¿Qué ocurre?

--Que son las diez, señor.

--¿Y qué? ¿Las diez de la noche?

--Sí, señor. Me encargó que le despertase a esa hora.

--¡Ah, sí! ¡Ya me acuerdo! Está bien.

No sin que procurase dormir de nuevo, intentos que el tabernero

combatió removiendo sin cesar el fuego y haciendo ruido, Carton

concluyó por enderezarse y salir. Luego que hubo refrescado su cabeza

dando un paseo regular, se dirigió al despacho de Stryver.

El oficial de Stryver, que jamás asistía a las conferencias que

éste celebraba con Carton, había salido, y como consecuencia, hubo

de abrir la puerta al visitante el mismo Stryver en persona. Iba en

bata y zapatillas, y sus ojos brillaban entre dos círculos amoratados

semejantes a los que caracterizan a todos los que hacen y han hecho

vida disipada.

--Llegas un poquito tarde, Carton--dijo Stryver.

--Poco más o menos a la hora de siempre, tal vez quince minutos más

tarde.

Ambos entraron en el despacho, pieza no muy grande, atestada de libros

y de papeles. Ardía en ella una lumbre deliciosa. Sobre la mesa de

trabajo, humeaba una tetera entre montones de papeles y botellas de

ron, de brandy y de vino, y entre terrones de azúcar y limones.

--Veo que has despachado ya tu botella de costumbre, Carton.

--Esta noche fueron dos. Estuve comiendo con mi cliente de hoy... o

viéndole comer, para el caso es lo mismo.

--Diste al asunto un giro verdaderamente singular, Carton, llamándome

la atención hacia lo referente a la identificación del reo. ¿Cómo

demonios se te ocurrió semejante cosa?

--¡Bah! Vi que era un buen mozo, muy guapo, y pensé que así podría ser

yo, a poco que la suerte me hubiese favorecido.

Stryver soltó la carcajada.

--La suerte hay que llamarla trabajando, amigo mío, así que... ¡a

trabajar!

Con cara más que medianamente fosca se aligeró el chacal de ropa, entró

en la estancia contigua, y no tardó en salir con un cubo de agua,

una palangana y una o dos toallas. Empapó en agua fría las toallas,

envolvió con ellas su cabeza, sentóse frente a la mesa, y dijo:

--Ya podemos principiar.

--No es mucho el trabajo que tenemos esta noche, Carton.

--¿Cuánto?

--Dos protocolos.

--Dame ante todo el peor.

--Aquí están los dos... ¡Manos a la obra!

El león del foro se arrellanó en un sofá mientras el chacal tomaba

una silla. Sobre la mesa, interpuesta entre los dos, había botellas

y vasos. Uno y otro recurrían a ellos con gran frecuencia pero de

distinta manera: bebía el león, abstraído la mayor parte del tiempo,

o a lo sumo ojeando indiferente algún documento poco importante, pero

el chacal, con tal ardor y entusiasmo se entregaba a su tarea, que

casi nunca seguían sus ojos el movimiento de las manos cuando éstas

andaban en busca del vaso, resultando que más de cuatro veces andaba

tentando uno o dos minutos antes de tropezar con el vaso y llevarlo a

sus labios. En dos o tres ocasiones debió encontrar tan enrevesado el

asunto que estudiaba, que consideró necesario levantarse de la silla y

humedecer de nuevo las toallas.

Al cabo del rato consiguió el chacal preparar al león una comida

aceptable, y procedió a ofrecérsela. El león procuró digerirla

con cuidado y precauciones exquisitas separando algunos manjares,

prescindiendo de algunos componentes y haciendo atinadas observaciones,

que parecieron bien al chacal. Digerida la comida, el león se tendió

sobre el sofá, mientras el chacal, después de vigorizarse nuevamente

a fuerza de libaciones y de compresas de agua fría, se dedicó a la

confección de la segunda comida, que fué servida al león en la misma

forma que la anterior. Los relojes daban ya las tres de la madrugada.

--Ahora que hemos terminado, Carton, tomaremos un ponche.

Quitóse el chacal las toallas de la cabeza, bostezó, se desperezó, y

preparó el ponche.

--Razón tenías, Carton, en lo referente a los testigos de esta mañana:

todo salió a pedir de boca.

--Me parece que la tengo siempre: ¿te atreverás a decir lo contrario?

--¡No, hombre, no! Vienes hoy con el genio encrespado, amigo. No estará

de más que lo rocíes con un buen chaparrón de ponche para suavizarlo.

El chacal contestó con un gruñido, pero siguiendo el consejo.

--El buen Sydney Carton, abogado de la Facultad de Zorrilandia, es una

especie de columpio--observó Stryver.--Tan pronto está arriba, como

abajo: al minuto de ser todo fuego, se le ve todo desesperación.

--¡Ah, sí!--replicó Carton, exhalando un suspiro.--Ya de estudiante me

animaban los asuntos de mis condiscípulos, muy contadas veces los míos.

--¿Pero por qué no?

--¡Vete a saber! Por temperamento, supongo.

Sentóse, dichas estas palabras, con las manos en los bolsillos,

extendidas las piernas y mirando a la lumbre.

--No puede negarse, Carton--dijo Stryver al antiguo estudiante de la

Facultad de Zorrilandia,--que tu temperamento, tu manera de ser, es y

ha sido siempre defectuosa. Adolece de falta de energía, de unidad de

propósito. Mírame a mí.

--¿Sermones a estas alturas?--exclamó Carton riendo cínicamente.--Ahora

es cuando creo aquello del diablo predicador...

--¿Cómo he podido llegar a donde he llegado? ¿Cómo ocupo el puesto que

ocupo?

--En parte, gracias a mi cooperación, supongo yo. Pero dejemos estas

discusiones que no han de conducirnos a nada práctico. Tú haces lo que

se te antoja, siempre has figurado en primera línea, y yo, en cambio,

he formado siempre en la última.

--Tuve necesidad de abrirme el camino, si quise colocarme en primera

fila, pues no sé yo que naciera en ella--replicó Stryver.

--No tuve el honor de presenciar la ceremonia de tu nacimiento, pero

creo que, al echarte al mundo, te dejaron entre los privilegiados.

Los dos interlocutores soltaron la carcajada.

--Antes de cursar en la universidad de Zorrilandia--repuso

Carton,--mientras cursábamos, y después que de ella salimos graduados,

figurabas en fila distinta de la mía. Hasta cuando en París estábamos

aprendiendo a mascullar el francés y adquiriendo algunas nociones

de derecho francés, y familiarizándonos con muchas otras tonterías

francesas, que de nada nos sirven, eras tú _algo_, mientras yo fuí

siempre _Don Nadie_.

--¿De quién era la culpa?

--¡Por mi vida que no seré yo quien asegure que la culpa no fué tuya!

Bullías tú tanto, te destacabas tanto, te movías, te agitabas en tales

términos, que no sé que pudiera yo hacer otra cosa que permanecer

envuelto en sombras y condenado al reposo... Pero dejemos este tema,

que no es muy agradable, a fe mía, hablar del pasado obscuro de uno al

romper el día.

--Perfectamente--dijo Stryver levantando el vaso.--Hablaremos de tu

linda testigo. ¿No te parece que es tema más agradable?

No debía serlo, a juzgar por la sombra que obscureció su rostro.

--¡La linda testigo!--exclamó fijando sus ojos en el fondo del

vaso.--He visto hoy muchas testigos... ¿A quién te refieres?

--A la preciosa hija del doctor, a la señorita Manette.

--¿Es linda?

--¿No lo es, acaso?

--No.

--¡Pero hombre de Dios!... ¡Si ha sido la admiración del tribunal

entero!

--¡Váyase al diablo el tribunal con su admiración! ¿Quién ha hecho al

Old Bailey juez de la belleza? ¡Linda!... ¡Una muñeca de pelo de oro!...

--¿Sabes, Carton--preguntó Stryver, clavando en su amigo una mirada

penetrante y pasando la diestra por su roja cara,--que voy creyendo

que has simpatizado demasiado con esa muñeca de pelo de oro, y que

tu interés advirtió muy pronto lo que a la tal muñeca de pelo de oro

ocurría?

--¡Que lo advertí demasiado pronto! Me parece que si una niña, muñeca o

no, se desmaya a dos varas de las narices de cualquier cristiano, puede

advertirlo sin mirar con telescopio. El tema de la conversación no me

desagrada, pero niego lo de la hermosura... ¡No bebo más!... ¡Me voy a

la cama!

Cuando el dueño de la casa acompañó a Carton hasta el descansillo,

para hacerle luz con la vela que llevaba en la mano mientras bajaba la

escalera, comenzaban a filtrarse los resplandores inciertos del nuevo

día por los empañados cristales. Llegado a la calle, vióse el chacal

respirando una atmósfera fría y triste, bajo un cielo cubierto de

nubes, bordeando un río de aguas negruzcas y en parajes que parecían el

desierto de la vida. Torbellinos de polvo huían girando vertiginosos

ante el soplo de la mañana, cual si lejos, muy lejos, hubieran

emprendido el vuelo las arenas del desierto y sus primeras nubes

amenazaran envolver la ciudad.

Falto de estímulos internos que avivasen sus energías, y puesto en el

centro de un páramo sin fin, aquel hombre quedó erguido durante algunos

minutos y vió, allá en las lejanías de la estepa desolada y triste que

se extendía ante sus miradas, espejismos de ambición noble, reflejos de

abnegación y de perseverancia. En la ciudad encantada que surgió ante

sus ojos había elevadas galerías desde donde amorcillos y gracias le

miraban sonrientes, bellos jardines donde maduraban los dulces frutos

de la vida y aguas de esperanza que saltaban rumorosas. La visión se

borró con tanta rapidez como había surgido. Poco más tarde subía la

empinada escalera de su triste cuarto y caía sobre las revueltas ropas

de su cama.

Su almohada estaba empapada en lágrimas cuando se alzó un sol

enfermizo, triste, melancólico, aunque no tanto como aquel hombre de

talento indiscutible, de grandes dotes, y sin embargo, incapaz de

sentir dulces emociones, incapaz de dirigirse por los senderos de la

vida, incapaz de proporcionarse bienestar, incapaz de saborear una gota

de felicidad, sensible sólo a la eterna noche en que se debatía y

resignado a no salir nunca de ella.

VI

CENTENARES DE VISITAS

Una historia de dos ciudades · 第 7 / 34 段