la ciudad, no lejos de la plaza de Soho. Una tarde deliciosa de un
domingo, cuando las olas eternas de cuatro meses habían pasado sobre la
causa criminal por traición relegándola al olvido y arrastrándola mar
adentro a regiones hasta las cuales no llegaba el interés ni la memoria
públicos, el señor Mauricio Lorry avanzaba a buen paso por las soleadas
calles interpuestas entre Clerkenwell, donde vivía, y la casa del
doctor, a cuya mesa debía sentarse aquella tarde. Bueno será que sepan
los lectores que Lorry, después de varios períodos de retraimiento
absoluto y de absorción completa en los negocios, había concluído por
hacerse amigo íntimo del doctor y por ver en la calle tranquila en que
éste vivía el oasis más delicioso de su vida.
Tres motivos principalísimos empujaban al señor Lorry, en este
delicioso domingo, en dirección a la plaza de Soho, en las primeras
horas de la tarde. Primera: porque antes de comer, casi siempre solía
salir a paseo acompañando al doctor y a su hija Lucía. Segunda, porque
los domingos por la tarde si ésta estaba poco apacible, la pasaba al
lado de aquéllos, como amigo de la familia, hablando, leyendo, mirando
por la ventana y moviéndose constantemente, y tercera, porque deseaba
solventar algunas dudas enrevesadas, y sabía que en ninguna parte era
tan probable que encontrase la solución como en la casa del doctor.
No había en todo Londres rinconcito más pintoresco que aquel en que
vivía el doctor. Aislado de las grandes arterias de la ciudad, apenas
si había tránsito, y desde los balcones del frente de la casa se
dominaban vistas hermosas que llevaban estampado el sello del reposo.
Los edificios eran muy escasos, y más aún hacia el norte del camino
de Oxford, en cuyos dilatados campos, hoy desaparecidos, se alzaban
deliciosos bosquecillos, crecían espontáneamente flores de vistosos
colores que saturaban el ambiente de fragantes emanaciones y brotaban
lindos capullos de los espinos blancos y de los oxiacantos. Como
consecuencia, los aires circulaban con libertad completa por los
alrededores de Soho, cuyos habitantes no se veían precisados a respirar
la atmósfera mefítica y venenosa de los grandes centros donde se
asfixian los pobres y languidecen los ricos. Cerca de los balcones del
doctor había más de un peral, cuyos frutos llegaban a sazón en tiempo
oportuno.
Los rayos del sol de verano penetraban radiantes en aquel delicioso
retiro en las primeras horas del día, pero cuando quemaban, cuando
convertían en ardiente horno los demás distritos de la ciudad, el
rinconcito quedaba envuelto en sombras, bien que éstas no eran tan
profundas que no las penetrasen los fulgores brillantes de un sol
lejano. Era, en una palabra, un sitio fresco, sosegado y tranquilo,
pero placentero, un puerto abrigado contra el estruendo y la agitación
bramadora de las calles.
Un fondeadero tan ideal no se concebía sin una barca tranquila, y en
efecto, la tenía. Ocupaba el doctor dos pisos de una casa bastante
espaciosa, en cuyas puertas llamaban durante la noche muchos que
solicitaban servicios que debían prestarse al día siguiente. A espaldas
de la casa, y separado de ésta por un patio en cuyo centro crecía
un plátano silvestre, había un edificio en el cual se fabricaban
órganos de iglesia y cincelaba la plata y batía el oro un gigante
misterioso cuyo potente brazo parecía brotar de la pared lanzando
áureos destellos, cual si también el brazo fuera de oro y amenazara
convertir en oro a cuantos visitaban aquel lugar. Apenas si estas
industrias dejaban oir el menor ruido, muy contadas veces se veía
llegar un visitante solitario y más contadas todavía las que un coche
cruzara aquellos sitios apacibles. Cierto que de tarde en tarde se
veía a algún obrero que atravesaba el patio poniéndose la chaqueta, o
a un desconocido a quien atraía la curiosidad, o hería los oídos el
eco lejano de algún martillazo del gigante de oro, pero eran éstas las
únicas excepciones, siempre necesarias para probar la regla de que
aquél era el rincón de los ecos, el centro del reposo y del silencio,
que sólo interrumpían el piar de los gorriones que tenían su cuartel
general en la copa del plátano silvestre.
Recibía el doctor Manette en su casa a los enfermos que le traía su
antigua reputación unida a las brisas flotantes de la historia dolorosa
de su vida. Sus conocimientos científicos, su práctica en el difícil
ejercicio de su profesión y los experimentos ingeniosos a que se
entregaba, diéronle una clientela muy envidiable y ganaba con creces lo
necesario para cubrir las atenciones de la vida.
Todo esto lo sabía perfectamente el buen Mauricio Lorry cuando tiró de
la cadena pendiente a lo largo de la puerta, y puso en movimiento a los
moradores de la tranquila casa emplazada en el delicioso rinconcito que
acabo de describir, un domingo por la tarde.
--¿Está en casa el señor doctor?
--No, señor.
--¿Y la señorita Lucía?
--Tampoco.
--¿Y la señorita Pross?
Probablemente esta última se encontraba en casa, pero como la criada
que abrió la puerta ignoraba cuáles fueran sus intenciones respecto a
admitir o negar el hecho, contestó que tampoco.
--De todas suertes subo--replicó Lorry,--porque me considero aquí como
en mi casa.
Aunque nada aprendió la hija del doctor en su patria de origen, es
lo cierto que ésta la inició en aquella habilidad rara que consiste
en hacer mucho con medios escasos, lo que constituía una de sus
características más preciosas y agradables. Modesto y sencillo era el
mobiliario de las habitaciones de la casa, y esto no obstante, algunas
chucherías, que no tenían más valor real que el gusto exquisito con que
estaban colocadas, daban a aquéllas un efecto delicioso. La disposición
de cuanto en la casa había, comenzando por el mueble más grande y
acabando por el objeto más insignificante, la combinación de colores,
y el contraste obtenido merced a nonadas por manos delicadas, ojos de
mirada clara y sentidos de gusto irreprochable, ofrecían un conjunto
tan agradable en sí y retrataban tan gráficamente a su autora, que no
parecía sino que con mudo pero elocuente lenguaje preguntaban al señor
Lorry, mientras extasiado los contemplaba, si merecían su aprobación.
Tres habitaciones principales tenía el piso, cuyas puertas de
comunicación estaban todas abiertas, a fin de que los aires circularan
como dueños y señores por ellas. Lorry pasaba sonriente y complacido de
una a otra. En la primera, que era la mejor, tenía Lucía sus pájaros,
sus libros, una mesa escritorio y un costurero, así como también una
caja de colores; la segunda era el salón de consultas del doctor, el
que a la vez servía de comedor, y la tercera, cerca de cuyos balcones
susurraban las hojas del plátano silvestre que en el patio crecía,
era el dormitorio del doctor, en uno de cuyos rincones vió Lorry la
banqueta y las herramientas de zapatero, tal como en otro tiempo
estuvieron en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio de
París.
--Me sorprende--murmuró con voz clara e inteligible Lorry--que conserve
estos objetos que por necesidad han de recordarle sus sufrimientos y
miserias.
--¿Y por qué ha de sorprenderle?--preguntó de pronto una voz brusca que
le obligó a volverse vivamente.
La voz tenía su origen en la garganta de la señorita Pross, que era la
misma mujer de cara colorada y mano fuerte y pesada con la cual trabó
Lorry conocimiento en el _Hotel del Rey Jorge_ en Dover.
--Se me figuraba...--comenzó a decir Lorry.
--Se le figuraba... ¿qué?--replicó la señorita Pross.--¡Alguna sandez
sin duda!
Lorry no contestó.
--¿Cómo está usted?--preguntó entonces la dama con voz dura, bien que
sin malicia ni ánimo de ofender.
--Muy bien, gracias... ¿y usted?
--Descontenta a más no poder.
--¿Será posible?
--¡Y tan posible! Me saca de mis casillas lo que ocurre con la señorita
Lucía.
--¿Será posible?
--¡Pero hombre de Dios! ¿No ha aprendido más que esas dos palabras que
me coloca a cada paso? ¡Será posible!... ¡Un poco de variación, si no
quiere acabar de desesperarme!
--¿De veras?--preguntó Lorry, enmendándose.
--No es la frase muy feliz que digamos, pero, en fin, vale más que
su sempiterno «será posible». Pues sí, señor; lo que ocurre con la
señorita me saca de quicio.
--¿Será indiscreción preguntar la causa?
--Me ataca los nervios que vengan a verla docenas de personas que no
son dignas de ella.
--¿Docenas?--preguntó Lorry admirado.
--Centenares--replicó la señorita Pross, una de cuyas características,
que suele ser la de muchas personas, era exagerar la afirmación
original, si observaba que alguien la ponía en tela de juicio.
--¡Santo Dios!--exclamó Lorry, a quien no se le ocurrió otra
contestación más apropiada.
--Desde que la señorita tenía diez años, he vivido con ella... o ella
ha vivido conmigo, y me ha pagado, lo que nunca hubiese consentido,
téngalo usted por seguro, si yo hubiera encontrado el secreto de cuidar
de mí y de ella por nada. ¡Oh! ¡Es verdaderamente doloroso!
Lorry, no viendo con claridad qué podía ser lo doloroso, limitóse a
mover la cabeza, utilizando aquella parte de su persona como capa la
más indicada para taparlo todo.
--A todas horas rondan en torno suyo infinidad de personas que no son
dignas de mi tesoro, señor Lorry. ¡No, no lo son, ni mucho menos!
Cuando usted dió principio al desfile...
--¿Yo le di principio, señorita Pross?
--¡Claro que sí! ¿Quién sacó a su padre de la tumba?
--Si eso fué darle principio...
--Supongo que no pretenderá usted decir que eso fué darle fin...
Repito que cuando dió principio al desfile, resultaba ya éste bastante
desagradable. Y cuenta que no es mi intención decir que tenga la
culpa el doctor Manette, en quien no veo más falta que la de no ser
digno de tener una hija como la que tiene, y ésa no le es imputable,
toda vez que en el mundo no existe persona que sea digno de serlo. Al
padre quizá habría yo podido perdonarle, pero confiese usted que es
horriblemente doloroso ver a todas horas turbas y enjambres de personas
que se mueven al rededor del padre y me roban el afecto de la hija.
Sabía Lorry que la señorita Pross era la encarnación de los
celos, pero constábale al propio tiempo que, prescindiendo de sus
extravagancias, figuraba a la cabeza de esos seres puros de todo
egoísmo que, cediendo a motivos de cariño y de admiración, tienden
voluntariamente el cuello a la cadena de la esclavitud, dispuestos a
sacrificarse en aras de una juventud que ellos han perdido, de una
hermosura que nunca atesoraron, de dones y perfecciones que jamás
tuvieron la fortuna de alcanzar, y de esperanzas halagüeñas que
nunca derramaron un punto de luz sobre sus sombrías vidas. Tenía
Lorry conocimiento bastante perfecto del mundo para saber que nada
puede compararse a los servicios fieles y abnegados que tienen su
asiento en el corazón, y como consecuencia, los de la señorita Pross
le merecían un respeto tan exaltado, que en las clasificaciones
distributivas que mentalmente hacía, pues nadie deja de hacerlas,
en mayor o menor número, colocaba a la colorada y expeditiva dama
mucho más inmediata al último peldaño de los ángeles que a no pocas
señoras inconmensurablemente mejor dotadas que aquélla, tanto por la
Naturaleza, como por el Arte, y dueñas, por añadidura, de capitales
depositados en las cajas del Banco Tellson.
--No ha existido, ni existirá más que un hombre digno de la
señorita--dijo la señorita Pross.--Ese hombre fué mi hermano Salomón...
si no hubiera tenido un pequeño desliz en la vida.
Una observación: las investigaciones practicadas por Lorry acerca de la
historia personal de la señorita Pross, habían dado por resultado la
averiguación y comprobación del hecho de que su hermano Salomón fué un
miserable desalmado que la robó cuanto poseía, so pretexto de especular
y comerciar, dejándola luego abandonada en su miseria, sin pizca de
remordimiento. La buena opinión que de su hermano tenía la señorita
Pross, no obstante su _pequeño desliz_, era para el señor Lorry motivo
de admiración profunda y contribuía a acrecentar en grado superlativo
el respeto que a aquella profesaba.
--Puesto que nos encontramos solos en este momento, y los dos somos
personas de negocios--dijo Lorry cuando, momentos después se habían
sentado ambos en el salón,--me permitiré hacer a usted una pregunta: En
las conversaciones que el doctor tiene con su hija, ¿hace alguna vez
referencia a los tiempos en que cosía zapatos?
--Nunca.
--Y sin embargo, guarda en su alcoba la banqueta y las herramientas del
oficio.
--He dicho que nunca habla de ello con su hija--replicó la señorita
Pross,--pero me guardaré muy mucho de asegurar que no habla consigo
mismo.
--¿Cree usted que piensa en ello con frecuencia?
--Sí.
--¿Imagina usted?...
--¡Yo no imagino nunca!--exclamó la señorita Pross interrumpiendo a su
interlocutor.--No tengo imaginación, ni me hace falta.
--Me corregiré... ¿Supone usted... llega hasta el punto de suponer
algunas veces?
--De vez en cuando, sí.
--Pues bien, ¿supone usted que el doctor Manette abriga alguna
sospecha... o certeza, que ha sobrevivido a sus miserias pasadas,
acerca de la causa, de los motivos de su infortunio? ¿Supone usted tal
vez, que hasta sospecha o conoce quien fué su opresor?
--Yo no supongo nada más que aquello que me dice la señorita.
--Y la señorita dice...
--Que cree que su padre sospecha o sabe.
--No se enfade usted si le hago estas preguntas. Yo soy un hombre de
negocios, bastante obtuso, y usted es una mujer de negocios.
--¿Obtusa?--interrogó la señorita Pross.
--¡No, no, no!--contestó Lorry.--¡No tiene usted nada de obtusa!
Pero volviendo al asunto, me permitiré preguntar: ¿no es singular,
incomprensible, que el doctor Manette, inocente de todo crimen, según
nos consta a todos, evite siempre con tanto cuidado tocar esa cuestión?
Y no es que yo me admire de que no la toque conmigo, aunque hace años
sostuvimos relaciones frecuentes de negocios y hoy nos liga amistad
estrecha, pero sí me maravilla que no hable de ello con su hija, que
tanto le quiere y a quien él adora... Créame, señorita Pross, no es la
curiosidad la que dicta mis palabras, sino el afecto vivo que por los
habitantes de esta casa siento.
--Pues bien, según yo creo... y cuando creo una cosa suelo aproximarme
a la realidad, guarda ese silencio que tanto maravilla a usted porque
le da miedo hablar del asunto.
--¿Miedo?
--Está claro como la luz, y además encuentro muy justificado el miedo.
Son recuerdos espantosos, no sólo por lo que sufrió, sino también
porque en sus sufrimientos naufragó su inteligencia. Como quiera que
ignora cómo y cuándo la perdió, y cómo y cuándo la recobró, natural
es que tema perderla otra vez. Como usted comprenderá, esta sola
consideración bastaría para que le fuera poco grato hablar del asunto.
--Es verdad--contestó Lorry, a quien satisfizo la profunda observación
de su interlocutora.--Por necesidad ha de inspirarle miedo hablar de su
calvario... Con todo, señorita Pross, dudo mucho que a su tranquilidad
de alma convenga guardar en el fondo de su pecho recuerdos tan
espantosos, y estas dudas, y la intranquilidad que con frecuencia me
producen, han sido precisamente las que me han movido a provocar estas
confianzas.
--El mal, si realmente es mal, no tiene remedio--contestó la señorita
Pross moviendo la cabeza.--Toque usted esa cuerda, y los resultados
serán contraproducentes; así que, preferible es callar. ¡Cuántas veces,
a altas horas de la noche, salta de la cama, y comienza a pasear
agitado, arriba y abajo, arriba y abajo, por su habitación! La señorita
sabe ya hoy que cuando eso ocurre, la imaginación de su padre pasea
arriba y abajo, arriba y abajo, por la mazmorra que durante tantos años
le sirvió de tumba. Corre entonces al cuarto de su padre y, puesta a
su lado, pasea con él arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que se
convence de que se ha tranquilizado. Pero jamás explica el doctor la
causa de su desasosiego y jamás se lo pregunta su hija. Los dos juntos
pasean arriba y abajo, arriba y abajo, sin despegar los labios, hasta
que la proximidad de su hija, y el amor ciego que la profesa, hacen que
el doctor vuelva en sí.
Había negado la señorita Pross que tenía imaginación, pero daba un
mentís a su afirmación la evidencia de que la perseguía una idea
triste, evidencia puesta de relieve por la repetición de la frase
«arriba y abajo», pues no cabía dudar que se trataba de una idea fija.
La casa del doctor parecía la casa de los ecos. A la mención de los
agitados paseos nocturnos del doctor, contestó el ruido de pasos que se
acercaban, y a éstos, la terminación de la conferencia.
--¡Ya están aquí!--exclamó la señorita Pross, poniéndose vivamente en
pie.--No tardarán en llegar a esta casa las gentes por cientos.
Tan maravillosas condiciones acústicas reunía aquella casa, que con
toda propiedad se la hubiera podido llamar el oído del distrito. Lorry,
que asomado a la ventana oía perfectamente el rumor de los pasos del
padre y de la hija, creyó que no iban a llegar nunca. No sólo llegaban
hasta él los ecos de los pasos de los que se aproximaban, sino también
otros muchos que se extinguían cuando más cerca parecían estar. Al fin
apareció el doctor dando el brazo a su hija, a los que recibió en la
puerta de la casa la señorita Pross.
Era encantador ver a la señorita Pross, no obstante su fealdad, su
encendido color rojo y su expresión ceñuda, apresurándose a quitar
el sombrero a su señorita mientras ésta subía la escalera; cómo,
para no mancharlo, se envolvía los dedos con el pañuelo de bolsillo,
cómo intentaba quitarle el polvo soplando sobre él, cómo ahuecaba
su espléndida cabellera rubia con tanto orgullo y satisfacción como
hubiera podido hacerlo con la suya propia, suponiendo que ella hubiera
sido la mujer más hermosa y más vana de la creación. Era también
encantador ver a la señorita abrazando a su doncella, dándole las
gracias y protestando contra tanta atención y tanto trabajo, bien que
protestando con la risa en los labios, pues de no hacerlo así, la
señorita Pross, profundamente dolorida, se hubiese retirado a su cuarto
para pasarse en él el día llorando. No era menos encantador ver al
doctor contemplándolas con arrobamiento y oir cómo decía a la señorita
Pross que echaba a perder a Lucía a fuerza de atenciones y cuidados,
pero con acento tan dulce y mirada tan tierna, que bastaban, y aun
sobraban, para echar también a perder a la señorita Pross y a cien más
como ella, y finalmente, era asimismo encantador ver al señor Lorry
arreglándose su peluquín y dando mentalmente gracias a su estrella que,
si le hizo solterón empedernido, dejóle entrever, en los años de su
vejez, las puras alegrías de un hogar. Todo era encantador, pero los
cientos de personas que debían girar en torno de Lucía no parecían por
ninguna parte, y en vano esperaba el buen Lorry el cumplimiento de la
profecía de la señorita Pross.
Llegó la hora de sentarse a la mesa, pero no llegaban los _cientos_.
En la distribución de las faenas domésticas, la señorita Pross se había
reservado el cetro de las regiones más bajas de la casa, y es preciso
confesar que lo manejaba a maravilla. Imposible llevar a mayor grado de
perfección sus comidas, modestas en sí, pero admirablemente guisadas
y más admirablemente servidas, con arreglo a un gusto mitad francés
y mitad inglés. Como quiera que la adhesión de la señorita Pross era
eminentemente práctica, había registrado hasta los últimos rincones
de Soho y de los territorios adyacentes en busca de franceses pobres
que, tentados por el alegre tintineo de los chelines y de las medias
coronas, la revelaron todos los misterios del arte culinario. Tantos
y tan maravillosos conocimientos aprendió de aquellos hijos e hijas
de la Galia, que la mujer y la muchacha que formaban la servidumbre
de la casa veían en ella una hechicera, una abuela de la Cinderella
capaz de tomar en sus manos un pollo, un conejo, o un par de patatas, y
convertirlas en el manjar que se le ocurriese.
Sentábase los domingos la señorita Pross a la mesa de la familia del
doctor, pero en los días restantes de la semana solía comer a horas
desconocidas, bien en las regiones bajas, bien en su habitación,
situada en el piso segundo, vedada a todo el mundo, excepción hecha
de la señorita Lucía. En la comida del domingo a que se contrae este
relato, la señorita Pross, correspondiendo a la alegría que reflejaba
el rostro de la hija del doctor, y deseando agradarle, se abandonó
a una animación inusitada, y como consecuencia, el rato que los
comensales pasaron en la mesa resultó agradabilísimo.
Era un día de calor sofocante, en vista de lo cual, a los postres,
propuso la señorita Lucía ir a beber el vino bajo el plátano silvestre
del patio, donde podrían disfrutar de un ambiente más agradable. Como
todo el mundo ansiaba dar gusto a la mimada de la casa, al patio
salieron inmediatamente y tomaron asiento bajo el plátano, donde Lucía,
que desde algún tiempo antes se había asignado a si misma el cargo de
copero del señor Lorry, escanció el vino. Remates de casas próximas
parecían asomar las cabezas sobre las cercas del patio mientras los
reunidos hablaban, y las hojas del plátano susurraban en sus oídos las
palabras rumorosas propias de sus barnizadas lenguas.
La comida había terminado, pero los cientos de visitantes no se
presentaban. Cuando los comensales estaban sentados bajo el plátano
llegó el joven Darnay, pero no era más que _uno_.
Dispensóle el doctor Manette un recibimiento cordial y otro tanto hizo
su hija. La señorita Pross, acometida de súbito de una sensación de
cosquilleo en la cabeza y resto del cuerpo, retiróse al interior de
la casa. Parece que frecuentemente era víctima de aquel desorden, que
ella, en el seno de la familia, solía llamar «un ataque de nervios».
Estaba el doctor de excelente buen humor y parecía muy joven. Sentado
al lado de su hija, cuya cabeza aparecía reclinada sobre su hombro,
resaltaba tanto la viva semejanza que entre ambos existía, que hasta el
más miope había de observarla.
La conversación versó sobre muchos y muy variados temas, habiendo sido
el doctor de los que mayor vivacidad y animación mostraron. En ocasión
en que estaban hablando de los edificios más notables de Londres,
preguntóle Darnay:
--Dígame, doctor, ¿ha visitado usted la Torre?
--Con Lucía la visité en una ocasión, pero de corrido, sin
detenernos--contestó el doctor.--Vimos lo bastante para apreciar que
efectivamente es digna de interés, pero nada más.
--Yo he estado en ella, según recuerda usted--repuso Darnay con sonrisa
un poquito forzada,--pero no como turista ni en condiciones de ver gran
cosa de ella. Una historieta me refirieron durante mi estancia que
llamó poderosamente mi atención.
--¿Por qué no nos la cuenta usted?--preguntó Lucía.
--Con mucho gusto. Parece que, en el curso de unas obras que hubieron
de hacer, los operarios encontraron una mazmorra antiquísima, utilizada
en fecha remota y olvidada desde muchos años antes. Todos los sillares
del interior estaban llenos de inscripciones grabadas en la piedra
por los prisioneros. Las inscripciones eran fechas, nombres, quejas,
maldiciones, plegarias, etc. En el sillar de un ángulo del muro, un
reo, condenado a muerte, según todas las probabilidades, esculpió
a última hora cuatro letras. Debió emplear una herramienta poco a
propósito, e hizo la obra aceleradamente y con pulso poco firme.
Examinadas las letras, todos creyeron, al principio, que eran G. A.
V. A., pero una observación más detenida puso de relieve que la letra
primera no era G, sino C. No figuraba en los archivos ningún prisionero
a cuyo nombre y apellidos correspondieran aquellas iniciales. A fuerza
de meditar y dar vueltas al asunto, vínose en conocimiento de que
las letras en cuestión no eran iniciales, sino un nombre completo:
_Cava_. Practicáronse algunas excavaciones, que dieron por resultado
el hallazgo, debajo de una losa o azulejo, de algunos fragmentos de
papel, mezclados con pedazos de una cajita o pequeño saco de cuero.
Nadie ha podido averiguar qué fué lo que el condenado a muerte escribió
en el papel, aunque sí pudo apreciarse que estaba escrito. Sin duda lo
enterró para que no lo encontrara el alcaide.
--¡Padre mío!--exclamó Lucía.--¿Se encuentra usted enfermo?
Motivó esta pregunta el hecho de que el doctor se pusiera violentamente
en pie y llevara las manos a la cabeza. Su rostro reflejaba horrible
espanto.
--No, hija mía, no estoy enfermo--contestó el doctor.--Comienza a
llover... caen gotas muy anchas y me he asustado irreflexivamente. Creo
que debemos ponernos a cubierto.