quien prestó con gran decisión su juramento. Cuatro años antes había
entrado al servicio del prisionero, sencillamente y de buena fe. A
bordo del barco que hacía el servicio de Calais, preguntó al prisionero
si necesitaba un criado, y aquel le recibió. Muy poco después le
pareció sospechosa la conducta del prisionero, y resolvió espiarle. En
los diferentes viajes que hizo en su compañía, en las ropas de su amo
vió varias veces listas y relaciones semejantes a las que obraban en
poder de la justicia. El fué el que sacó algunas de aquellas listas
de una gaveta de la mesa de su amo. Vió que éste enseñaba otras
listas idénticas a un caballero francés en Calais y otras a otros
caballeros también franceses, tanto en Calais como en Boulogne. Amante
de su patria, su conciencia se sublevó contra tan negras traiciones
y denunció los hechos. Acerca de su honradez, aseguró que era tan
intachable, que nadie se atrevió jamás a acusarle del robo de una
tetera de plata, pues si bien no faltaron maldicientes que le achacaron
en una ocasión el hurto de una mantequera, hechas las comprobaciones,
resultó que no era de plata, sino de metal plateado. Conocía al testigo
que le precedió en la declaración desde siete u ocho años antes, pero
nunca se trataron más que por coincidencia. No afirmó que se tratara de
coincidencias extraordinariamente curiosas, sin duda porque es público
y notorio que las coincidencias lo son por regla general.
Oyóse por segunda vez el sordo zumbido de las moscas azules, y el
señor fiscal de la Corona llamó al señor Mauricio Lorry.
--¿Es usted empleado del Banco Tellson, señor Mauricio Lorry?
--Sí, señor.
--En la noche de un viernes del mes de noviembre del año mil
setecientos setenta y cinco, ¿hizo usted un viaje desde Londres a
Dover, por la diligencia-correo?
--Sí, señor.
--¿Iban en la diligencia otros viajeros?
--Sí, señor: dos.
--¿Dejaron la diligencia aquella noche, antes de llegar a Dover?
--Sí, señor.
--Vea usted al prisionero, señor Lorry, y díganos si era uno de
aquellos viajeros.
--No puedo decir que lo fuera.
--¿Se parece a alguno de sus compañeros de viaje?
--Iban los dos tan embozados, la noche era tan obscura, y los tres
guardamos tanta reserva, que me es imposible contestar la pregunta.
--Examine con más detenimiento al prisionero, señor Lorry.
Represénteselo embozado, en la forma misma que iban sus compañeros de
viaje, y díganos si, dada su estatura y corpulencia, es imposible que
fuera uno de los dos viajeros.
--No es imposible.
--¿Usted no juraría que el reo no era ninguno de ellos?
--No.
--Luego confiesa usted que podía ser uno de ellos, ¿no es verdad?
--Admito la posibilidad, pero... pero recuerdo perfectamente que mis
dos compañeros de viaje tenían... y yo también... un miedo horrible
a los ladrones, y me parece que el reo no es de los que se asustan
fácilmente.
--¿Y no ha visto usted nunca miedo... de pega, quiero decir, personas
que fingen sentir un miedo que en realidad no sienten?
--No, señor.
--Vuelva usted a reconocer al reo, señor Lorry. ¿Recuerda haberle visto
en alguna ocasión?
--Sí.
--¿Cuándo y dónde?
--A mi regreso de Francia, pocos días después del incidente de la
diligencia, le encontré en Calais a bordo del barco en que yo volvía, e
hicimos juntos el viaje.
--¿A qué hora embarcó el reo?
--Ya avanzada la noche. Era el único pasajero del barco, excepción
hecha de nosotros, y llegó a última hora.
--¿Qué hora sería?
--Poco más de media noche.
--¿Y dice usted que llegó el último?
--Dió la casualidad que llegase el último, sí, señor.
--Dejemos a un lado las «casualidades». Fué el único pasajero que llegó
a altas horas de la noche, ¿no es cierto?
--Sí, señor.
--¿Viajaba usted solo, o acompañado, señor Lorry?
--Con dos compañeros: un caballero y una señorita. Ambos están aquí.
--En efecto: aquí están. ¿Habló usted con el prisionero?
--Muy poco. El tiempo estaba tormentoso, la travesía era larga y
pesada, y me la pasé de playa a playa tendido en el sofá.
--¡Señorita Manette!
Púsose en pie la señorita hacia la cual se habían antes vuelto todas
las miradas, y hacia la cual se volvieron de nuevo al ser llamada. Al
propio tiempo que ella, se levantó su padre.
--Examine usted al prisionero, señorita Manette.
Mil veces más penoso fué para el acusado verse frente a aquella niña,
joven y hermosa, que le contemplaba con compasión anhelante, que
afrontar las miradas curiosas de las turbas que llenaban la sala. Sin
pestañear, sin que se alterase un solo músculo de su rostro, aguantó la
terrible acusación del fiscal de la Corona; las declaraciones de los
testigos de cargo no consiguieron demudar su semblante, pero al ver
desde el borde de la tumba la mirada, no de curiosidad, sino de piedad,
de la niña, todo su nervio, que era mucho, no bastaba a refrenar la
agitación de su pecho, y en los esfuerzos desesperados hechos para
permanecer sereno, sus labios quedaron descoloridos, toda la sangre
refluyó a su corazón.
--¿Conocía usted al prisionero, señorita Manette?
--Sí, señor.
--¿Dónde le conoció usted?
--A bordo del barco que antes han mencionado y en la misma ocasión.
--¿Es usted la señorita aludida por el señor Lorry?
--¡Por desgracia, señor, soy yo!
Los acentos de compasión que la niña supo poner en su voz no
dulcificaron la del juez, quien repuso con cierta severidad:
--Conteste la testigo las preguntas que se le hagan sin hacer
observaciones ni comentarios... Señorita Manette, ¿sostuvo usted alguna
conversación con el prisionero durante la travesía del Canal?
--Sí, señor.
--Refiérala.
En medio de un silencio imponente, comenzó la niña con voz débil:
--Cuando llegó a bordo ese caballero...
--¿Se refiere usted al prisionero?--interrogó el juez, frunciendo el
entrecejo.
--Sí, señor.
--Pues cuando haya de nombrarle, llámele el prisionero.
--Cuando llegó a bordo el prisionero, advirtió que mi padre estaba muy
fatigado y en estado de salud sumamente delicado. Tal era la postración
de mi padre, que temiendo que le perjudicase la falta de aire, le
preparé una cama sobre el puente, junto a la escalera de la cámara, y
yo me senté a su lado con objeto de atenderle. Los pasajeros no éramos
más que cuatro. Fué tan bueno el prisionero, que después de rogarme
que le dispensase el atrevimiento, me enseñó la manera de colocar a mi
padre al abrigo del aire y del relente, cosa que yo no había sabido
hacer. Prodigó a mi padre atenciones y bondades que no puedo olvidar, y
estoy segura que se las prodigó de corazón. He aquí cómo comenzamos a
hablar.
--Permítame que la interrumpa. ¿Llegó solo a bordo?
--No, señor.
--¿Cuántos le acompañaban?
--Dos caballeros franceses.
--¿Qué conferenciaban con el prisionero?
--Hablaron con el prisionero hasta el último momento. Cuando el barco
levaba, se despidieron de él y saltaron a su bote.
--¿Se cambiaron entre ellos algunos papeles semejantes a éstos?
--Cambiaron algunos papeles, pero ignoro cómo o qué eran.
--¿Parecidos a éstos en tamaño y forma?
--Es posible, pero no puedo asegurarlo, aunque me encontraba yo muy
cerca del sitio donde ellos hablaban. La noche estaba muy obscura y el
prisionero y los caballeros franceses se colocaron en lo alto de la
escalera de la cámara, debajo del farol allí pendiente. Sostenían, sin
embargo, la conversación con voz tan baja, que no oí una palabra. Vi,
sí, que leían papeles, y nada más.
--Repítanos usted la conversación que sostuvo con el prisionero,
señorita Manette.
--El prisionero fué conmigo muy franco... puso en mí gran confianza...
fué muy amable, muy bueno... trató con tierna solicitud a mi padre...
y no quisiera--terminó la joven, hecha un mar de lágrimas--no quisiera
corresponder a sus favores con declaraciones que acaso le perjudiquen.
Los moscardones azules volvieron a zumbar.
--Señorita Manette--replicó el fiscal,--si el prisionero no se convence
de que usted presta la declaración que es su deber prestar... que está
obligada a prestar... que no puede dispensarse de prestar, contra su
voluntad y con sobrada repugnancia, habrá que confesar que está ciego.
Tenga la bondad de continuar.
--Me dijo que motivaban su viaje asuntos de índole altamente delicada
y comprometida, asuntos que acaso originasen serios conflictos entre
pueblos distintos, y que por esta razón, viajaba bajo nombre supuesto.
Me dijo que esos asuntos le habían llevado a Francia pocos días
antes, y que probablemente, durante un período más o menos largo, le
obligarían a hacer frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia.
--¿Habló de América, señorita Manette? Tenga la bondad de especificar
con detalles.
--Procuró explicarme las causas que dieron margen al conflicto, y me
dijo que, en opinión suya, la sinrazón y la injusticia estaban de parte
de Inglaterra. Añadió, en tono humorístico, que quizá Jorge Wáshington
estaba llamado a alcanzar en la historia tan alto renombre como Jorge
III. Pero en todo ello no había ni sombra de malicia: lo dijo riendo y
para pasar el tiempo.
El señor fiscal de la Corona manifestó que consideraba necesario
interrogar al padre de la señorita, al doctor Manette.
--Mire usted al prisionero, doctor Manette: ¿recuerda haberle visto
antes?
--Una sola vez. Hará tres años o tres y medio que me visitó en mi casa
de Londres.
--¿Puede usted decirnos si fué su compañero de viaje durante la
travesía del Canal, o repetirnos la conversación que tuvo con su hija?
--Ni lo uno ni lo otro, señor.
--¿Existen razones particulares y especiales que le imposibilitan hacer
lo que se le pide?
--Existen--contestó el doctor con voz muy baja.
--¿Son éstas la desventura de haber sufrido un cautiverio larguísimo en
su país natal, sin ser condenado, y hasta sin ser acusado?
Con tono que penetró hasta el fondo de los corazones de todos los
presentes, contestó:
--¡Un cautiverio eterno!
--¿Había recobrado usted recientemente la libertad, cuando se hizo el
viaje a que me refiero?
--Eso me dicen.
--¿No lo recuerda usted?
--No recuerdo nada. Mi cerebro fué una noche profunda durante algún
tiempo... no puedo decir cuánto... desde que en mi calabozo me dedicaba
a hacer zapatos hasta que me encontré en Londres en compañía de mi
querida hija. Me habitué a su trato... ignoro cómo... no conservo
recuerdo del proceso... y al fin, el Dios misericordioso tuvo a bien
devolverme las facultades.
El señor fiscal de la Corona dió por terminado el interrogatorio, y el
padre y la hija volvieron a sentarse.
Ocurrió en este punto un incidente singular. El objeto de las
actuaciones, el fin que en el proceso se perseguía, era demostrar que
el acusado, en compañía de otro traidor cómplice suyo, cuya identidad
era un misterio hasta entonces, viajeros, en la noche de un viernes
del mes de noviembre de cinco años atrás, en la diligencia-correo de
Londres a Dover, habían desmontado durante la marcha, con objeto de
despistar, en un sitio en el que no pensaban quedarse, desde donde
retrocedieron doce o más millas hasta llegar a una plaza fuerte que
tenía arsenal, donde recogieron los datos que perseguían. Un testigo
declaró que en el día y hora indicados había visto al prisionero en el
comedor de un hotel de la plaza fuerte y arsenal mencionados, esperando
a otra persona. El abogado defensor del procesado estaba sometiendo
al testigo a un interrogatorio tan rígido como habilidoso, sin más
resultado que el de asegurar aquél que jamás, ni antes ni después de
la ocasión indicada, había visto al prisionero, cuando el caballero
empelucado, que desde los comienzos de la vista tenía los ojos clavados
en el techo de la Sala, escribió dos o tres palabras en un papelito, lo
retorció, y seguidamente lo tiró al defensor. Este, después de leer el
papelito, miró con atención y curiosidad extraordinarias al prisionero.
--¿Dice usted que tiene seguridad absoluta de que _era_ el
prisionero?--preguntó al testigo.
--Absolutísima.
--¿No ha visto nunca a nadie que se parezca al prisionero?
--A nadie que se le parezca tanto, que pueda dar lugar a una
equivocación.
--Fíjese bien en aquel caballero,--repuso, indicando al que acababa de
tirarle el papelito--y luego, fíjese bien en el prisionero. ¿Qué me
dice usted? ¿No es verdad que se parecen bastante?
No obstante la dejadez y desaliño del caballero del papelito, existía
entre él y el prisionero un parecido bastante notable para llenar
de sorpresa no sólo al testigo, sino también a cuantas personas se
hallaban en la Sala. El presidente del tribunal suplicó al repetido
caballero del papelito que se quitase la peluca, y la semejanza se
hizo muchísimo más notable. Preguntó el presidente al señor Stryver,
que era el abogado defensor, si habrían de encausar por el delito de
traición al señor Carton, nombre del caballero del papelito, a lo que
el defensor respondió que no, pero que deseaba preguntar al testigo si
creía que lo que una vez ha sucedido no puede suceder otra, si hubiera
osado hablar con tanta seguridad y aplomo si antes hubiese visto aquel
ejemplo palpable de su temeridad, si la vista de una persona que tanto
se parecía al prisionero no habría sido golpe rudo asestado a su
confianza, etc., etc. El resultado de este incidente fué aniquilar al
testigo, destruir el efecto de su declaración, y quitar todo el valor a
sus manifestaciones.
El buen Jeremías _Lapa_, que seguía el curso de la vista sin perder
palabra ni gesto, hubo de escuchar cómo el defensor volvía la tortilla
que el fiscal y los testigos habían servido al Jurado, diciendo que
el excelso, el sublime patriota Barsad, era un espía mercenario, un
vil traidor, un traficante en sangre que no conocía el decoro ni
la vergüenza, el reptil de alma más negra que había existido en el
mundo desde que el maldecido Judas, a quien se parecía física y
moralmente, lo deshonró con su presencia. Afirmó que el espejo de
criado, el inocente Cly, era amigo y cómplice de Barsad, y digno
de serlo por cierto, que los ojos siempre abiertos de aquellos
miserables falsificadores y perjuros resolvieron convertir en víctima
de sus codicias al prisionero, aprovechando para sus nefandos fines
la circunstancia de que aquél, francés de origen, hacía frecuentes
viajes entre Inglaterra y Francia por asuntos de familia que no podía
explicar, y que no explicaría el prisionero, aun cuando su silencio le
costase la vida, porque se lo vedaban altas consideraciones. Demostró
que las manifestaciones hechas por la señorita Manette, cuya angustia
al hacerlas todos habían tenido ocasión de apreciar, no tenían la menor
importancia, ni eran otra cosa que inocentes galanterías, muy naturales
en un joven que tropieza en un viaje con una niña agraciada, excepción
hecha de lo referente a Jorge Wáshington, que a su juicio resultaba
tan extravagante, que sólo como chiste desatinado cabía considerarlo.
Añadió que daría la Justicia pruebas palpables de debilidad si
persistía en la idea de perseguir una populachería estéril aprovechando
bajas antipatías y temores nacionales que el señor fiscal de la Corona
había explotado en su informe, el cual, en realidad de verdad, no tenía
más fundamento que las ruindades y vilezas de una declaración cuya mala
fe saltaba a la vista, declaración prestada con ánimo deliberado de
desfigurar los hechos, declaración que tiende a que la Justicia, para
vergüenza nuestra, añada un error lamentabilísimo a la interminable
serie de los que ha cometido.
El presidente, cual si lo que acababa de manifestar el defensor no
fuera expresión exacta de la verdad, interrumpió con cara fosca al
orador, para decir, con grave ademán, que le era imposible continuar
ocupando su elevado sitial si se le obligaba a tolerar alusiones tan
desagradables.
Interrogó el defensor a los escasos testigos de descargo, y a
continuación, los oyentes hubieron de admirar los esfuerzos hechos
por el señor fiscal de la Corona para volver del revés el traje que
el primero había confeccionado para el Jurado. Lo más saliente de su
discurso fué asegurar una y mil veces que los heroicos Barsad y Cly
eran mil veces más virtuosos de lo que al principio había dicho, y
el prisionero mil veces más criminal. El presidente, en su informe
final, dió vueltas y más vueltas al traje confeccionado por el fiscal
y procuró deshacer las costuras del presentado por el defensor,
demostrando tendencias decididas a preparar con uno y otro la mortaja
del prisionero.
Retiróse el Jurado a deliberar y los grandes moscardones azules
dejaron oir de nuevo sus desagradables zumbidos.
El movimiento, los murmullos generales, la expectación que de todos
los testigos de la vista se había adueñado, no fueron parte a que el
señor Carton, que continuaba sentado y mirando al techo, variase de
actitud ni de sitio. Mientras, su amigo el señor Stryver, recogiendo
los papeles que tenía delante, conversaba con las personas que tenía
más cerca y de tanto en tanto dirigía miradas de ansiedad al Jurado,
mientras todos los espectadores se movían más o menos, ora separándose,
ora reuniéndose de nuevo, mientras el mismo presidente abandonaba su
asiento para pasear por la plataforma, dando motivos para que los
presentes sospecharan que el estado de su ánimo distaba mucho de ser
sosegado, el señor Carton permanecía arrellanado en su asiento, con
la peluca medio ladeada, las manos en los bolsillos, como indiferente
a todo y a todos, clavados en el techo los ojos como los había tenido
todo el día.
Esto no obstante, el señor Carton avizoraba más detalles de la escena
que ante sus ojos se desarrollaba de lo que a primera vista parecía.
Prueba de ello es que, cuando la señorita Manette, rendida bajo el peso
de tantas emociones, cayó desfallecida en los brazos de su padre, fué
Carton el primero que lo advirtió, y el primero que acudió al remedio,
diciendo:
--¡Guardia! Atienda usted a aquella señorita... Ayude al caballero
a que la saque de la Sala... ¿No ve usted que está a punto de caer
desmayada?
Todos se movieron a compasión al ver que retiraban a la señorita de la
Sala, y no hubo quien no concediera todas sus simpatías al padre. La
escena, que no podía menos de recordar a éste los años interminables
de su inmerecida prisión, hubo de afectarle profundamente. Buena
prueba de ello fué la intensa agitación interior que le produjo el
interrogatorio, agitación que a nadie pasó inadvertida.
Momentos después se presentaba el Jurado, y por boca de su presidente
manifestaba que, no habiéndose puesto de acuerdo, deseaba retirarse de
nuevo.
El presidente de la Sala, cuya imaginación llenóla, si no se engañan
algunos maliciosos, el retrato de Jorge Wáshington, manifestó alguna
sorpresa al saber que el Jurado no se había puesto de acuerdo, pero
accedió a que se retirara nuevamente a deliberar, y, sin duda para
imitar su conducta, se retiró también él. La vista había durado todo el
día y era preciso encender las luces de la Sala de Justicia. Circularon
rumores de que las deliberaciones del Jurado serían largas, en vista
de lo cual, los espectadores comenzaron a desfilar para tomar algún
refrigerio, y el reo fué llevado a la parte más retirada de la barra,
donde tomó asiento.
El señor Lorry, que había salido acompañando a la señorita Manette y a
su padre, reapareció de nuevo y llamó por señas a Jeremías _Lapa_.
--Si quiere usted tomar algo, Jeremías, puede hacerlo, pero sin
alejarse mucho de aquí. Es preciso que cuando entre el Jurado se
encuentre usted a mi lado, pues en el Banco esperan impacientes la
noticia del veredicto. Es usted el mensajero más rápido que conozco y
podrá llegar al Tribunal del Temple mucho antes que yo.
_Lapa_ hizo una reverencia muy graciosa, ignoro si por la confianza que
en su persona depositaba el señor Lorry, o si por el chelín que acababa
de poner en sus manos.
En aquel punto abandonó su asiento el señor Carton y tocó en un hombro
a Lorry.
--¿Cómo se encuentra la señorita?--preguntó.
--Terriblemente angustiada, pero procura consolarla su padre, y parece
que se halla mejor que antes de salir de la Sala.
--Voy a decírselo al prisionero. Un caballero tan respetable como usted
no está bien que le hable en público.
Enrojeció intensamente Lorry, sin duda porque vió que habían leído los
pensamientos que en aquel instante le embargaban, y Carton echó a andar
en dirección a la barra. Huelga decir que Jeremías _Lapa_ le siguió con
todos sus ojos, con todos sus oídos, y con todas las púas que adornaban
su cuero cabelludo.
--Señor Darnay--llamó Carton.
El prisionero se levantó en seguida.
--Es natural que desee usted tener noticias de la testigo señorita
Manette. Se encuentra mejor: ha pasado lo más intenso de su agitación.
--Con toda mi alma lamento haber sido la causa de ella. ¿Tendrá usted
la bondad de hacérselo presente en mi nombre?
--Lo haré, si usted lo desea.
La actitud de Carton era tan indiferente, que rayaba en insolente.
--Lo deseo mucho, y doy a usted las gracias más cordiales--contestó el
prisionero.
--¿Qué espera usted, señor Darnay?--preguntó Carton, medio vuelto de
espaldas a su interlocutor.
--Lo peor.
--Hace usted bien, puesto que espera lo que probablemente será. Sin
embargo, la nueva retirada del Jurado permite abrigar alguna esperanza.
Jeremías _Lapa_ se alejó sin oir más. Allí, debajo del gran espejo
que reflejaba las dos caras, quedaron los dos hombres, tan semejantes
por las facciones y tan desemejantes en lo que a modales y actitud se
refería.
Transcurrió lenta, pesada, eterna, hora y media más. El mensajero del
Banco, después de tomar su refrigerio, se había sentado y dormido en
un banco, cuando le envolvió el oleaje humano que clamoroso invadía
nuevamente la Sala.
--¡Jeremías... Jeremías!--gritó el señor Lorry, procurando acercarse a
la puerta.
--¡Aquí estoy, señor... pero he de abrirme paso a codazos si quiero
volver a entrar!
Lorry extendió un brazo y le entregó un papel.
--¡Volando...! ¿Lo tiene ya?
--Sí, señor.
En el papel había escrita una sola palabra: «_absuelto_».
--Si esta vez hubiera escrito usted «Resucitado»,--murmuró _Lapa_ al
dar la vuelta--ya sabría yo lo que significa todo eso.
Fué lo único que pudo decir, o pensar, o hacer, hasta tanto no se vió
fuera del Old Bailey, pues las turbas salían cual torrente desbordado
arrollando y arrastrando cuanto tropezaban por delante. Los murmullos
eran semejantes al recio zumbar de moscardones azules que se dispersan
chasqueados al encontrarse privados de las piltrafas podridas que
creían encontrar.
IV
ENHORABUENA
Trascolaban por los sucios y lóbregos pasadizos del edificio del
tribunal los últimos sedimentos del guisote humano que durante todo el
día había hervido en la Sala, cuando el doctor Manette, Lucía, su hija,
el señor Lorry, el abogado defensor y el procurador de la defensa,
formaban un grupo en derredor de Carlos Darnay, puesto momentos antes
en libertad, a quien daban parabienes y enhorabuenas por haber escapado
casi milagrosamente de la muerte.
Escasa era la luz, pero aun a la de un brillante sol de estío hubiese
sido muy difícil reconocer en el sereno e inteligente rostro y
cuerpo erguido del doctor al zapatero del sotabanco de París. Esto
no obstante, era imposible verle una vez sin experimentar comezón
irresistible de examinarle de nuevo, aun cuando el observador no
hubiese tenido ocasión de escuchar el ritmo lúgubre de su voz profunda,
ni reparado en la especie de nube que ensombrecía su fisonomía sin
razón aparente. Y es que no necesitaba que causas externas evocasen en
su alma, como había ocurrido en la Sala de Justicia durante la vista,
ecos dolorosos de sus pasadas agonías; éstos brotaban espontáneamente,
y al brotar, envolvíanle en algo así como un velo fúnebre que no
podían ver los que desconocían su triste historia.
Unicamente su hija conseguía ahuyentar de su mente los negros recuerdos
que le perseguían insistentes. Lucía era el hilo de oro que le unía
a un pasado anterior a sus miserias y a un presente posterior a sus
desdichas. La dulce música de su voz, la alegría que reflejaba su
linda cara, el contacto de su mano, casi siempre ejercían sobre él una
influencia benéfica decisiva, y digo casi siempre, porque ocasiones
había habido, aunque no muchas, en que el poder de la niña se había
estrellado contra su tristeza. Lucía abrigaba la dulce esperanza de que
esos casos no se repetirían.