Fué llamado a declarar el virtuoso criado del prisionero, Rogerio Cly,

quien prestó con gran decisión su juramento. Cuatro años antes había

entrado al servicio del prisionero, sencillamente y de buena fe. A

bordo del barco que hacía el servicio de Calais, preguntó al prisionero

si necesitaba un criado, y aquel le recibió. Muy poco después le

pareció sospechosa la conducta del prisionero, y resolvió espiarle. En

los diferentes viajes que hizo en su compañía, en las ropas de su amo

vió varias veces listas y relaciones semejantes a las que obraban en

poder de la justicia. El fué el que sacó algunas de aquellas listas

de una gaveta de la mesa de su amo. Vió que éste enseñaba otras

listas idénticas a un caballero francés en Calais y otras a otros

caballeros también franceses, tanto en Calais como en Boulogne. Amante

de su patria, su conciencia se sublevó contra tan negras traiciones

y denunció los hechos. Acerca de su honradez, aseguró que era tan

intachable, que nadie se atrevió jamás a acusarle del robo de una

tetera de plata, pues si bien no faltaron maldicientes que le achacaron

en una ocasión el hurto de una mantequera, hechas las comprobaciones,

resultó que no era de plata, sino de metal plateado. Conocía al testigo

que le precedió en la declaración desde siete u ocho años antes, pero

nunca se trataron más que por coincidencia. No afirmó que se tratara de

coincidencias extraordinariamente curiosas, sin duda porque es público

y notorio que las coincidencias lo son por regla general.

Oyóse por segunda vez el sordo zumbido de las moscas azules, y el

señor fiscal de la Corona llamó al señor Mauricio Lorry.

--¿Es usted empleado del Banco Tellson, señor Mauricio Lorry?

--Sí, señor.

--En la noche de un viernes del mes de noviembre del año mil

setecientos setenta y cinco, ¿hizo usted un viaje desde Londres a

Dover, por la diligencia-correo?

--Sí, señor.

--¿Iban en la diligencia otros viajeros?

--Sí, señor: dos.

--¿Dejaron la diligencia aquella noche, antes de llegar a Dover?

--Sí, señor.

--Vea usted al prisionero, señor Lorry, y díganos si era uno de

aquellos viajeros.

--No puedo decir que lo fuera.

--¿Se parece a alguno de sus compañeros de viaje?

--Iban los dos tan embozados, la noche era tan obscura, y los tres

guardamos tanta reserva, que me es imposible contestar la pregunta.

--Examine con más detenimiento al prisionero, señor Lorry.

Represénteselo embozado, en la forma misma que iban sus compañeros de

viaje, y díganos si, dada su estatura y corpulencia, es imposible que

fuera uno de los dos viajeros.

--No es imposible.

--¿Usted no juraría que el reo no era ninguno de ellos?

--No.

--Luego confiesa usted que podía ser uno de ellos, ¿no es verdad?

--Admito la posibilidad, pero... pero recuerdo perfectamente que mis

dos compañeros de viaje tenían... y yo también... un miedo horrible

a los ladrones, y me parece que el reo no es de los que se asustan

fácilmente.

--¿Y no ha visto usted nunca miedo... de pega, quiero decir, personas

que fingen sentir un miedo que en realidad no sienten?

--No, señor.

--Vuelva usted a reconocer al reo, señor Lorry. ¿Recuerda haberle visto

en alguna ocasión?

--Sí.

--¿Cuándo y dónde?

--A mi regreso de Francia, pocos días después del incidente de la

diligencia, le encontré en Calais a bordo del barco en que yo volvía, e

hicimos juntos el viaje.

--¿A qué hora embarcó el reo?

--Ya avanzada la noche. Era el único pasajero del barco, excepción

hecha de nosotros, y llegó a última hora.

--¿Qué hora sería?

--Poco más de media noche.

--¿Y dice usted que llegó el último?

--Dió la casualidad que llegase el último, sí, señor.

--Dejemos a un lado las «casualidades». Fué el único pasajero que llegó

a altas horas de la noche, ¿no es cierto?

--Sí, señor.

--¿Viajaba usted solo, o acompañado, señor Lorry?

--Con dos compañeros: un caballero y una señorita. Ambos están aquí.

--En efecto: aquí están. ¿Habló usted con el prisionero?

--Muy poco. El tiempo estaba tormentoso, la travesía era larga y

pesada, y me la pasé de playa a playa tendido en el sofá.

--¡Señorita Manette!

Púsose en pie la señorita hacia la cual se habían antes vuelto todas

las miradas, y hacia la cual se volvieron de nuevo al ser llamada. Al

propio tiempo que ella, se levantó su padre.

--Examine usted al prisionero, señorita Manette.

Mil veces más penoso fué para el acusado verse frente a aquella niña,

joven y hermosa, que le contemplaba con compasión anhelante, que

afrontar las miradas curiosas de las turbas que llenaban la sala. Sin

pestañear, sin que se alterase un solo músculo de su rostro, aguantó la

terrible acusación del fiscal de la Corona; las declaraciones de los

testigos de cargo no consiguieron demudar su semblante, pero al ver

desde el borde de la tumba la mirada, no de curiosidad, sino de piedad,

de la niña, todo su nervio, que era mucho, no bastaba a refrenar la

agitación de su pecho, y en los esfuerzos desesperados hechos para

permanecer sereno, sus labios quedaron descoloridos, toda la sangre

refluyó a su corazón.

--¿Conocía usted al prisionero, señorita Manette?

--Sí, señor.

--¿Dónde le conoció usted?

--A bordo del barco que antes han mencionado y en la misma ocasión.

--¿Es usted la señorita aludida por el señor Lorry?

--¡Por desgracia, señor, soy yo!

Los acentos de compasión que la niña supo poner en su voz no

dulcificaron la del juez, quien repuso con cierta severidad:

--Conteste la testigo las preguntas que se le hagan sin hacer

observaciones ni comentarios... Señorita Manette, ¿sostuvo usted alguna

conversación con el prisionero durante la travesía del Canal?

--Sí, señor.

--Refiérala.

En medio de un silencio imponente, comenzó la niña con voz débil:

--Cuando llegó a bordo ese caballero...

--¿Se refiere usted al prisionero?--interrogó el juez, frunciendo el

entrecejo.

--Sí, señor.

--Pues cuando haya de nombrarle, llámele el prisionero.

--Cuando llegó a bordo el prisionero, advirtió que mi padre estaba muy

fatigado y en estado de salud sumamente delicado. Tal era la postración

de mi padre, que temiendo que le perjudicase la falta de aire, le

preparé una cama sobre el puente, junto a la escalera de la cámara, y

yo me senté a su lado con objeto de atenderle. Los pasajeros no éramos

más que cuatro. Fué tan bueno el prisionero, que después de rogarme

que le dispensase el atrevimiento, me enseñó la manera de colocar a mi

padre al abrigo del aire y del relente, cosa que yo no había sabido

hacer. Prodigó a mi padre atenciones y bondades que no puedo olvidar, y

estoy segura que se las prodigó de corazón. He aquí cómo comenzamos a

hablar.

--Permítame que la interrumpa. ¿Llegó solo a bordo?

--No, señor.

--¿Cuántos le acompañaban?

--Dos caballeros franceses.

--¿Qué conferenciaban con el prisionero?

--Hablaron con el prisionero hasta el último momento. Cuando el barco

levaba, se despidieron de él y saltaron a su bote.

--¿Se cambiaron entre ellos algunos papeles semejantes a éstos?

--Cambiaron algunos papeles, pero ignoro cómo o qué eran.

--¿Parecidos a éstos en tamaño y forma?

--Es posible, pero no puedo asegurarlo, aunque me encontraba yo muy

cerca del sitio donde ellos hablaban. La noche estaba muy obscura y el

prisionero y los caballeros franceses se colocaron en lo alto de la

escalera de la cámara, debajo del farol allí pendiente. Sostenían, sin

embargo, la conversación con voz tan baja, que no oí una palabra. Vi,

sí, que leían papeles, y nada más.

--Repítanos usted la conversación que sostuvo con el prisionero,

señorita Manette.

--El prisionero fué conmigo muy franco... puso en mí gran confianza...

fué muy amable, muy bueno... trató con tierna solicitud a mi padre...

y no quisiera--terminó la joven, hecha un mar de lágrimas--no quisiera

corresponder a sus favores con declaraciones que acaso le perjudiquen.

Los moscardones azules volvieron a zumbar.

--Señorita Manette--replicó el fiscal,--si el prisionero no se convence

de que usted presta la declaración que es su deber prestar... que está

obligada a prestar... que no puede dispensarse de prestar, contra su

voluntad y con sobrada repugnancia, habrá que confesar que está ciego.

Tenga la bondad de continuar.

--Me dijo que motivaban su viaje asuntos de índole altamente delicada

y comprometida, asuntos que acaso originasen serios conflictos entre

pueblos distintos, y que por esta razón, viajaba bajo nombre supuesto.

Me dijo que esos asuntos le habían llevado a Francia pocos días

antes, y que probablemente, durante un período más o menos largo, le

obligarían a hacer frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia.

--¿Habló de América, señorita Manette? Tenga la bondad de especificar

con detalles.

--Procuró explicarme las causas que dieron margen al conflicto, y me

dijo que, en opinión suya, la sinrazón y la injusticia estaban de parte

de Inglaterra. Añadió, en tono humorístico, que quizá Jorge Wáshington

estaba llamado a alcanzar en la historia tan alto renombre como Jorge

III. Pero en todo ello no había ni sombra de malicia: lo dijo riendo y

para pasar el tiempo.

El señor fiscal de la Corona manifestó que consideraba necesario

interrogar al padre de la señorita, al doctor Manette.

--Mire usted al prisionero, doctor Manette: ¿recuerda haberle visto

antes?

--Una sola vez. Hará tres años o tres y medio que me visitó en mi casa

de Londres.

--¿Puede usted decirnos si fué su compañero de viaje durante la

travesía del Canal, o repetirnos la conversación que tuvo con su hija?

--Ni lo uno ni lo otro, señor.

--¿Existen razones particulares y especiales que le imposibilitan hacer

lo que se le pide?

--Existen--contestó el doctor con voz muy baja.

--¿Son éstas la desventura de haber sufrido un cautiverio larguísimo en

su país natal, sin ser condenado, y hasta sin ser acusado?

Con tono que penetró hasta el fondo de los corazones de todos los

presentes, contestó:

--¡Un cautiverio eterno!

--¿Había recobrado usted recientemente la libertad, cuando se hizo el

viaje a que me refiero?

--Eso me dicen.

--¿No lo recuerda usted?

--No recuerdo nada. Mi cerebro fué una noche profunda durante algún

tiempo... no puedo decir cuánto... desde que en mi calabozo me dedicaba

a hacer zapatos hasta que me encontré en Londres en compañía de mi

querida hija. Me habitué a su trato... ignoro cómo... no conservo

recuerdo del proceso... y al fin, el Dios misericordioso tuvo a bien

devolverme las facultades.

El señor fiscal de la Corona dió por terminado el interrogatorio, y el

padre y la hija volvieron a sentarse.

Ocurrió en este punto un incidente singular. El objeto de las

actuaciones, el fin que en el proceso se perseguía, era demostrar que

el acusado, en compañía de otro traidor cómplice suyo, cuya identidad

era un misterio hasta entonces, viajeros, en la noche de un viernes

del mes de noviembre de cinco años atrás, en la diligencia-correo de

Londres a Dover, habían desmontado durante la marcha, con objeto de

despistar, en un sitio en el que no pensaban quedarse, desde donde

retrocedieron doce o más millas hasta llegar a una plaza fuerte que

tenía arsenal, donde recogieron los datos que perseguían. Un testigo

declaró que en el día y hora indicados había visto al prisionero en el

comedor de un hotel de la plaza fuerte y arsenal mencionados, esperando

a otra persona. El abogado defensor del procesado estaba sometiendo

al testigo a un interrogatorio tan rígido como habilidoso, sin más

resultado que el de asegurar aquél que jamás, ni antes ni después de

la ocasión indicada, había visto al prisionero, cuando el caballero

empelucado, que desde los comienzos de la vista tenía los ojos clavados

en el techo de la Sala, escribió dos o tres palabras en un papelito, lo

retorció, y seguidamente lo tiró al defensor. Este, después de leer el

papelito, miró con atención y curiosidad extraordinarias al prisionero.

--¿Dice usted que tiene seguridad absoluta de que _era_ el

prisionero?--preguntó al testigo.

--Absolutísima.

--¿No ha visto nunca a nadie que se parezca al prisionero?

--A nadie que se le parezca tanto, que pueda dar lugar a una

equivocación.

--Fíjese bien en aquel caballero,--repuso, indicando al que acababa de

tirarle el papelito--y luego, fíjese bien en el prisionero. ¿Qué me

dice usted? ¿No es verdad que se parecen bastante?

No obstante la dejadez y desaliño del caballero del papelito, existía

entre él y el prisionero un parecido bastante notable para llenar

de sorpresa no sólo al testigo, sino también a cuantas personas se

hallaban en la Sala. El presidente del tribunal suplicó al repetido

caballero del papelito que se quitase la peluca, y la semejanza se

hizo muchísimo más notable. Preguntó el presidente al señor Stryver,

que era el abogado defensor, si habrían de encausar por el delito de

traición al señor Carton, nombre del caballero del papelito, a lo que

el defensor respondió que no, pero que deseaba preguntar al testigo si

creía que lo que una vez ha sucedido no puede suceder otra, si hubiera

osado hablar con tanta seguridad y aplomo si antes hubiese visto aquel

ejemplo palpable de su temeridad, si la vista de una persona que tanto

se parecía al prisionero no habría sido golpe rudo asestado a su

confianza, etc., etc. El resultado de este incidente fué aniquilar al

testigo, destruir el efecto de su declaración, y quitar todo el valor a

sus manifestaciones.

El buen Jeremías _Lapa_, que seguía el curso de la vista sin perder

palabra ni gesto, hubo de escuchar cómo el defensor volvía la tortilla

que el fiscal y los testigos habían servido al Jurado, diciendo que

el excelso, el sublime patriota Barsad, era un espía mercenario, un

vil traidor, un traficante en sangre que no conocía el decoro ni

la vergüenza, el reptil de alma más negra que había existido en el

mundo desde que el maldecido Judas, a quien se parecía física y

moralmente, lo deshonró con su presencia. Afirmó que el espejo de

criado, el inocente Cly, era amigo y cómplice de Barsad, y digno

de serlo por cierto, que los ojos siempre abiertos de aquellos

miserables falsificadores y perjuros resolvieron convertir en víctima

de sus codicias al prisionero, aprovechando para sus nefandos fines

la circunstancia de que aquél, francés de origen, hacía frecuentes

viajes entre Inglaterra y Francia por asuntos de familia que no podía

explicar, y que no explicaría el prisionero, aun cuando su silencio le

costase la vida, porque se lo vedaban altas consideraciones. Demostró

que las manifestaciones hechas por la señorita Manette, cuya angustia

al hacerlas todos habían tenido ocasión de apreciar, no tenían la menor

importancia, ni eran otra cosa que inocentes galanterías, muy naturales

en un joven que tropieza en un viaje con una niña agraciada, excepción

hecha de lo referente a Jorge Wáshington, que a su juicio resultaba

tan extravagante, que sólo como chiste desatinado cabía considerarlo.

Añadió que daría la Justicia pruebas palpables de debilidad si

persistía en la idea de perseguir una populachería estéril aprovechando

bajas antipatías y temores nacionales que el señor fiscal de la Corona

había explotado en su informe, el cual, en realidad de verdad, no tenía

más fundamento que las ruindades y vilezas de una declaración cuya mala

fe saltaba a la vista, declaración prestada con ánimo deliberado de

desfigurar los hechos, declaración que tiende a que la Justicia, para

vergüenza nuestra, añada un error lamentabilísimo a la interminable

serie de los que ha cometido.

El presidente, cual si lo que acababa de manifestar el defensor no

fuera expresión exacta de la verdad, interrumpió con cara fosca al

orador, para decir, con grave ademán, que le era imposible continuar

ocupando su elevado sitial si se le obligaba a tolerar alusiones tan

desagradables.

Interrogó el defensor a los escasos testigos de descargo, y a

continuación, los oyentes hubieron de admirar los esfuerzos hechos

por el señor fiscal de la Corona para volver del revés el traje que

el primero había confeccionado para el Jurado. Lo más saliente de su

discurso fué asegurar una y mil veces que los heroicos Barsad y Cly

eran mil veces más virtuosos de lo que al principio había dicho, y

el prisionero mil veces más criminal. El presidente, en su informe

final, dió vueltas y más vueltas al traje confeccionado por el fiscal

y procuró deshacer las costuras del presentado por el defensor,

demostrando tendencias decididas a preparar con uno y otro la mortaja

del prisionero.

Retiróse el Jurado a deliberar y los grandes moscardones azules

dejaron oir de nuevo sus desagradables zumbidos.

El movimiento, los murmullos generales, la expectación que de todos

los testigos de la vista se había adueñado, no fueron parte a que el

señor Carton, que continuaba sentado y mirando al techo, variase de

actitud ni de sitio. Mientras, su amigo el señor Stryver, recogiendo

los papeles que tenía delante, conversaba con las personas que tenía

más cerca y de tanto en tanto dirigía miradas de ansiedad al Jurado,

mientras todos los espectadores se movían más o menos, ora separándose,

ora reuniéndose de nuevo, mientras el mismo presidente abandonaba su

asiento para pasear por la plataforma, dando motivos para que los

presentes sospecharan que el estado de su ánimo distaba mucho de ser

sosegado, el señor Carton permanecía arrellanado en su asiento, con

la peluca medio ladeada, las manos en los bolsillos, como indiferente

a todo y a todos, clavados en el techo los ojos como los había tenido

todo el día.

Esto no obstante, el señor Carton avizoraba más detalles de la escena

que ante sus ojos se desarrollaba de lo que a primera vista parecía.

Prueba de ello es que, cuando la señorita Manette, rendida bajo el peso

de tantas emociones, cayó desfallecida en los brazos de su padre, fué

Carton el primero que lo advirtió, y el primero que acudió al remedio,

diciendo:

--¡Guardia! Atienda usted a aquella señorita... Ayude al caballero

a que la saque de la Sala... ¿No ve usted que está a punto de caer

desmayada?

Todos se movieron a compasión al ver que retiraban a la señorita de la

Sala, y no hubo quien no concediera todas sus simpatías al padre. La

escena, que no podía menos de recordar a éste los años interminables

de su inmerecida prisión, hubo de afectarle profundamente. Buena

prueba de ello fué la intensa agitación interior que le produjo el

interrogatorio, agitación que a nadie pasó inadvertida.

Momentos después se presentaba el Jurado, y por boca de su presidente

manifestaba que, no habiéndose puesto de acuerdo, deseaba retirarse de

nuevo.

El presidente de la Sala, cuya imaginación llenóla, si no se engañan

algunos maliciosos, el retrato de Jorge Wáshington, manifestó alguna

sorpresa al saber que el Jurado no se había puesto de acuerdo, pero

accedió a que se retirara nuevamente a deliberar, y, sin duda para

imitar su conducta, se retiró también él. La vista había durado todo el

día y era preciso encender las luces de la Sala de Justicia. Circularon

rumores de que las deliberaciones del Jurado serían largas, en vista

de lo cual, los espectadores comenzaron a desfilar para tomar algún

refrigerio, y el reo fué llevado a la parte más retirada de la barra,

donde tomó asiento.

El señor Lorry, que había salido acompañando a la señorita Manette y a

su padre, reapareció de nuevo y llamó por señas a Jeremías _Lapa_.

--Si quiere usted tomar algo, Jeremías, puede hacerlo, pero sin

alejarse mucho de aquí. Es preciso que cuando entre el Jurado se

encuentre usted a mi lado, pues en el Banco esperan impacientes la

noticia del veredicto. Es usted el mensajero más rápido que conozco y

podrá llegar al Tribunal del Temple mucho antes que yo.

_Lapa_ hizo una reverencia muy graciosa, ignoro si por la confianza que

en su persona depositaba el señor Lorry, o si por el chelín que acababa

de poner en sus manos.

En aquel punto abandonó su asiento el señor Carton y tocó en un hombro

a Lorry.

--¿Cómo se encuentra la señorita?--preguntó.

--Terriblemente angustiada, pero procura consolarla su padre, y parece

que se halla mejor que antes de salir de la Sala.

--Voy a decírselo al prisionero. Un caballero tan respetable como usted

no está bien que le hable en público.

Enrojeció intensamente Lorry, sin duda porque vió que habían leído los

pensamientos que en aquel instante le embargaban, y Carton echó a andar

en dirección a la barra. Huelga decir que Jeremías _Lapa_ le siguió con

todos sus ojos, con todos sus oídos, y con todas las púas que adornaban

su cuero cabelludo.

--Señor Darnay--llamó Carton.

El prisionero se levantó en seguida.

--Es natural que desee usted tener noticias de la testigo señorita

Manette. Se encuentra mejor: ha pasado lo más intenso de su agitación.

--Con toda mi alma lamento haber sido la causa de ella. ¿Tendrá usted

la bondad de hacérselo presente en mi nombre?

--Lo haré, si usted lo desea.

La actitud de Carton era tan indiferente, que rayaba en insolente.

--Lo deseo mucho, y doy a usted las gracias más cordiales--contestó el

prisionero.

--¿Qué espera usted, señor Darnay?--preguntó Carton, medio vuelto de

espaldas a su interlocutor.

--Lo peor.

--Hace usted bien, puesto que espera lo que probablemente será. Sin

embargo, la nueva retirada del Jurado permite abrigar alguna esperanza.

Jeremías _Lapa_ se alejó sin oir más. Allí, debajo del gran espejo

que reflejaba las dos caras, quedaron los dos hombres, tan semejantes

por las facciones y tan desemejantes en lo que a modales y actitud se

refería.

Transcurrió lenta, pesada, eterna, hora y media más. El mensajero del

Banco, después de tomar su refrigerio, se había sentado y dormido en

un banco, cuando le envolvió el oleaje humano que clamoroso invadía

nuevamente la Sala.

--¡Jeremías... Jeremías!--gritó el señor Lorry, procurando acercarse a

la puerta.

--¡Aquí estoy, señor... pero he de abrirme paso a codazos si quiero

volver a entrar!

Lorry extendió un brazo y le entregó un papel.

--¡Volando...! ¿Lo tiene ya?

--Sí, señor.

En el papel había escrita una sola palabra: «_absuelto_».

--Si esta vez hubiera escrito usted «Resucitado»,--murmuró _Lapa_ al

dar la vuelta--ya sabría yo lo que significa todo eso.

Fué lo único que pudo decir, o pensar, o hacer, hasta tanto no se vió

fuera del Old Bailey, pues las turbas salían cual torrente desbordado

arrollando y arrastrando cuanto tropezaban por delante. Los murmullos

eran semejantes al recio zumbar de moscardones azules que se dispersan

chasqueados al encontrarse privados de las piltrafas podridas que

creían encontrar.

IV

ENHORABUENA

Trascolaban por los sucios y lóbregos pasadizos del edificio del

tribunal los últimos sedimentos del guisote humano que durante todo el

día había hervido en la Sala, cuando el doctor Manette, Lucía, su hija,

el señor Lorry, el abogado defensor y el procurador de la defensa,

formaban un grupo en derredor de Carlos Darnay, puesto momentos antes

en libertad, a quien daban parabienes y enhorabuenas por haber escapado

casi milagrosamente de la muerte.

Escasa era la luz, pero aun a la de un brillante sol de estío hubiese

sido muy difícil reconocer en el sereno e inteligente rostro y

cuerpo erguido del doctor al zapatero del sotabanco de París. Esto

no obstante, era imposible verle una vez sin experimentar comezón

irresistible de examinarle de nuevo, aun cuando el observador no

hubiese tenido ocasión de escuchar el ritmo lúgubre de su voz profunda,

ni reparado en la especie de nube que ensombrecía su fisonomía sin

razón aparente. Y es que no necesitaba que causas externas evocasen en

su alma, como había ocurrido en la Sala de Justicia durante la vista,

ecos dolorosos de sus pasadas agonías; éstos brotaban espontáneamente,

y al brotar, envolvíanle en algo así como un velo fúnebre que no

podían ver los que desconocían su triste historia.

Unicamente su hija conseguía ahuyentar de su mente los negros recuerdos

que le perseguían insistentes. Lucía era el hilo de oro que le unía

a un pasado anterior a sus miserias y a un presente posterior a sus

desdichas. La dulce música de su voz, la alegría que reflejaba su

linda cara, el contacto de su mano, casi siempre ejercían sobre él una

influencia benéfica decisiva, y digo casi siempre, porque ocasiones

había habido, aunque no muchas, en que el poder de la niña se había

estrellado contra su tristeza. Lucía abrigaba la dulce esperanza de que

esos casos no se repetirían.

Una historia de dos ciudades · 第 6 / 34 段