--¡Cuidado con traer bendiciones!--barbotó, mirando como si temiera

ver desaparecer el pan de la mesa ante la eficacia de la oración de su

mujer.--¡Quiero desterrar las bendiciones de mi casa...! ¡No quiero

bendiciones en mi mesa!

Rojo de cólera, con los ojos fuera de las órbitas, el _señor Lapa_

devoraba, que no comía, el almuerzo, rezongando y gruñendo como pudiera

hacerlo cualquier congénere suyo de cuatro patas. A eso de las nueve de

la mañana, algún tanto domeñado su encrespado natural, salió de su casa

para entregarse a las ocupaciones del día.

Apenas si su oficio merecía el nombre de tal, no obstante llamarse él

a sí mismo «honrado menestral». Todas las mañanas, colocaba un banco,

hecho de un respaldo de silla rota, debajo de la ventana del Banco

Tellson más inmediata al Tribunal del Temple. El banco, y algunos

puñados de paja que tomaba del primer carro que pasaba por la calle

cargado de ella, constituían todos sus enseres. El _señor Lapa_ y su

banco eran tan conocidos en la calle Fleet como el Temple mismo... y

con corta diferencia, de tan poco grato aspecto.

Instalado en su sitio antes de las nueve, a tiempo para poder llevar

la mano a su tricornio cada vez que entraba o salía del Banco Tellson

alguna persona cuya respetabilidad lo mereciera, el _señor Lapa_,

acompañado por su hijo, entreteníase en aquella mañana ventosa de

marzo en injuriar mental y corporalmente a cuantos niños o personas

mayores pasaban a su alcance, a falta de mejor ocupación. Padre e

hijo, entre los cuales mediaba un parecido maravilloso, más que seres

humanos semejaban una pareja de monos. Jeremías el mayor mascaba

pajas, mientras los brillantes ojuelos de Jeremías el menor acechaban

inquietos el tráfico matinal de la calle Fleet, cuando asomó la cabeza

de uno de los ordenanzas del Banco en la puerta del establecimiento, y

dijo con voz campanuda:

--¡Que entre el portero!

--Ya tenemos un recado en puerta para comenzar el día, padre--observó

Jeremías el menor.

El padre cedió el banco al hijo, y éste se sentó, recogiendo y llevando

a su boca la paja que el primero estaba mascando.

II

UNA VISITA

--¿Conoce usted bien el Old Bailey?[1]--preguntó uno de los empleados

más ancianos del Banco a Jeremías _Lapa_.

[1] Tribunal Central de lo Criminal de Londres:--(N. del T.).

--Sí... señor--contestó con cierto retintín el interrogado.--Conozco el

Bailey.

--Perfectamente. También conoce usted al señor Lorry, ¿no es verdad?

--Conozco al señor Lorry mucho mejor que el Bailey, señor... mucho más

de lo que yo, menestral honrado a carta cabal, deseo conocer el Bailey.

--Muy bien. Va usted a llegarse a la puerta reservada para los

testigos, donde enseñará al guardián de la misma esta nota para el

señor Lorry. Le dejarán pasar sin dificultad.

--¿Hasta la Sala de Justicia?

--Hasta la Sala de Justicia.

--¿He de esperar en la Sala, señor?

--Voy a decirle lo que ha de hacer. El guardián de la puerta entregará

esa nota al señor Lorry, y usted, desde el sitio donde se encuentre,

procurará atraer la atención del señor Lorry, por medio de cualquier

gesto, a fin de que aquél sepa dónde espera usted. Luego, todas sus

obligaciones se reducen a una sola: a esperar hasta que el señor Lorry

le necesite.

--¿Nada más?

--Nada más. El señor Lorry desea tener a mano un mensajero, lo esencial

es hacerle saber que el mensajero de que puede disponer en cualquier

momento dado es usted.

Mientras el empleado del Banco plegaba el papel y estampaba el

sobrescrito, el buen _Lapa_, que le contempló sin despegar los labios

hasta que vió que buscaba el papel secante, preguntó.

--¿Fallan hoy alguna causa por falsificación?

--Por traición.

--¡Descuartizamiento seguro!--exclamó _Lapa_.--¡Qué barbaridad!

--Es la ley--replicó el anciano, volviendo con sorpresa los ojos hacia

_Lapa_,--la ley, y nada más que la ley.

--Por respetable que la ley sea, me parece una barbaridad despedazar a

un hombre. Bastante cruel es arrancarle la vida, pero hacerle cuartos,

lo encuentro feroz.

--Procure hablar bien de la ley, amigo mío--repuso el empleado.--Guarde

para sí sus observaciones, selle los labios, y deje que la ley cuide de

sí misma: es un consejo que le conviene no dar al olvido.

--¡Ah señor! ¡Es la vida dura que llevo la que mueve mi

lengua!--exclamó _Lapa_.--A su consideración dejo el juzgar si el que

gana el mendrugo de pan que llevo a la boca como lo gano yo, puede

tener sellados los labios.

--Todos ganamos el pan con el sudor de nuestro rostro, aunque algunos

con menos fatigas que otros... Tome usted la carta... y en marcha.

Tomó el mensajero la carta, hizo una reverencia, y salió.

Ahorcaban por entonces en Tyburn, y de consiguiente, la calle en que

se alzaba Newgate no había alcanzado aún la sombría celebridad que

luego pesó sobre ella. Era, sin embargo, una cárcel espantosa, donde

se practicaban toda clase de villanías y atrocidades, un foco de las

enfermedades más terribles, que no pocas veces penetraban en la Sala

de Justicia con los prisioneros, se cebaban, dando pruebas de muy poco

miramiento, en el mismo Justicia Mayor, y le obligaba a abandonar

para siempre su elevado sitial. Con frecuencia ocurría que el juez

del birrete negro pronunciaba su propia sentencia a la par que la del

encausado, y hasta moría más pronto que éste. Por lo demás, la Bailey

era a manera de posada por cuyo espacioso zaguán salían constantemente

pálidos viajeros, montados en carretas o en coches, que se encaminaban

al otro mundo previo un recorrido de dos o tres millas de calles

públicas y de camino, infundiendo saludable temor en alguno que otro

ciudadano, quizá en ninguno: tanta es la fuerza de la costumbre.

También era famosa por la picota, institución atinada y feliz que

suponía un castigo cuya extensión y alcance nadie era capaz de prever;

éralo asimismo por los postes en que se ataba a los condenados a la

pena de azotes, sistema el más indicado para suavizar costumbres y

dulcificar temperamentos, no menos que por la infinidad de tratos que

en ella se celebraban, en los cuales entraba el oro por una parte

y el derramamiento de sangre por la otra, resto de la indiscutible

sabiduría de nuestros antepasados, que conducía sistemáticamente a la

perpetración de los crímenes mercenarios más espantosos que puedan

cometerse bajo la capa del cielo. Por lo demás, la Old Bailey era por

aquel tiempo demostración elocuente del precepto, «Todo lo que es, es

justo», aforismo que resultaría tan necio como inocente si no llevara

aparejada la consecuencia, altamente perjudicial, de que «Nada de lo

que ha existido fué injusto».

Abriéndose paso por entre aquella abigarrada muchedumbre, que llenaba

el repugnante escenario donde había de desarrollarse la acción, con la

habilidad del que está habituado a caminar entre gentes, el mensajero

no tardó en llegar a la puerta que buscaba, donde entregó la carta de

que era portador, haciéndola pasar por un ventanillo practicado en la

misma, pues bueno será hacer constar que las personas que deseaban

ver las funciones representadas en la Old Bailey, habían de pagar las

localidades ni más ni menos que las que querían distraerse viendo el

Manicomio, sin más diferencia que la de costar más caro entrar en

aquélla que en este último. Como consecuencia, estaban perfectamente

guardadas todas las puertas, excepción hecha, como es natural, de las

que daban acceso a los criminales, pues éstos las encontraban siempre

abiertas de par en par.

Con algún retraso, y no sin que el guardián mascullase algunas palabras

de descontento, la puerta giró sobre sus goznes para dar paso al

mensajero.

--¿Qué hay?--preguntó al primer hombre que encontró.

--Nada todavía.

--¿Qué habrá luego?

--Una vista por traición.

--Descuartizamiento seguro, ¿eh?

--¡Ah! Primero, tendido sobre un cañizo, le arrastrarán hasta el sitio

donde le espere la horca, allí le medio ahorcarán, le bajarán de la

horca para arrancarle las entrañas, que quemarán ante sus ojos, luego

le cortarán la cabeza, y por fin le harán cuartos. Esa es la sentencia.

--Suponiendo que le declaren culpable, querrá usted decir.

--¡Bah! ¡Le declararán culpable, pierda usted cuidado!

El _señor Lapa_ prestó entonces atención al guardián de la puerta, a

quien vió, encaminándose en derechura hacia el señor Lorry con la carta

en la mano. Hallábase el señor Lorry sentado junto a una mesa entre

señores convenientemente empelucados, muy cerca del abogado defensor

del reo, que usaba una peluca descomunal, y tenía varios legajos de

papeles debajo de los ojos, y casi frente a otro caballero, no menos

empelucado que el defensor, el cual, cuando le vió el _señor Lapa_, así

como también después, estaba con las manos en los bolsillos, puesta

toda su atención en el techo. A fuerza de accesos de tos consiguió

el mensajero llamar la atención del señor Lorry, quien se puso

inmediatamente en pie, hizo una seña con la cabeza, y volvió a sentarse.

--¿Qué papel representa ése en el proceso?--preguntó a _Lapa_ el

individuo a quien antes había preguntado éste.

--Que me aspen si lo sé.

--Entonces... si la pregunta no es indiscreta, ¿qué papel representa

usted?

--Que me descuarticen si lo sé tampoco.

Puso fin al diálogo la entrada del juez en la Sala. A partir de aquel

momento, toda la atención, todo el interés del público se concentraron

en la barra. Los calaboceros, que hasta aquel instante habían estado a

uno y otro lado de la barra, salieron para entrar momentos después con

el prisionero.

Todos los ojos, excepto los del caballero de la peluca, que tenía

los suyos clavados en el techo, se fijaron en los del prisionero,

todos los alientos humanos de la sala partieron hacia él, semejantes

al mar, semejantes al fuego, semejantes al viento. Pegados a las

columnas, sobresaliendo de los ángulos, veíanse rostros que reflejaban

ansiedad, los espectadores de las filas últimas se ponían en pie,

otros se alzaban sobre las puntas de los pies, y muchos se encaramaban

sobre los bancos en su afán de verlo todo. No era de los que menos

curiosidad demostraba Jeremías _Lapa_, quien se erguía semejante a un

pedazo animado del muro coronado de púas de Newgate y disparaba contra

el prisionero ondas de aliento saturado de vapores de cerveza--había

tomado un vaso durante el camino,--las que se mezclaban con las que

partían de otras bocas, saturadas de emanaciones de ginebra, de café y

de te.

El objeto de tan viva curiosidad era un joven de unos veinticinco años,

buen mozo, guapo, de mejillas redondas y ojos negros. Era caballero.

Vestía de negro, o de gris muy obscuro, y su pelo, que era largo y

castaño, caía sobre su espalda, recogido por una cinta. De la misma

manera que las emociones del alma humana se filtran a través de la

envoltura material, así la engendrada por la situación en que se veía

colocado se manifestaba por medio de una palidez superpuesta a la tez

morena y curtida del acusado, demostrando que su alma era más fuerte

que el sol. Mostróse, sin embargo, perfectamente dueño de sí mismo. Con

calma maravillosa se inclinó ante el juez, y esperó:

¿Sentimientos de elevada humanidad en el interés que en la Sala

despertaba el reo? ¡Ni por pienso! Si la sentencia que amagaba

su cabeza hubiera sido menos espantosa, si hubieran existido

probabilidades de que en la ejecución de aquella se prescindiera de

algunos de sus feroces detalles, la fascinación habría sufrido rudo

golpe. Ante los ojos de los espectadores se alzaba el arrogante cuerpo

que muy en breve sería condenado a bárbaras mutilaciones, la criatura

dotada de alma inmortal próxima a ser despedazada, hecha cuartos, y

el interés que inspiraba, dijeran lo que dijeran los mismos que lo

sentían, era, en su raíz, en su esencia, el interés del ogro.

¡Silencio en la Sala!

--Carlos Darnay, que así se llamaba el acusado, había negado el día

anterior la terrible acusación fulminada contra él. De ser cierta,

Carlos Darnay era traidor y aleve a nuestro sereno, augusto, excelente,

etc. etc. Rey y Señor, por haber auxiliado en distintas ocasiones y

por medios diversos a Luis, rey de Francia, en sus guerras contra

nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor. Había

hecho frecuentes viajes entre los dominios de nuestro sereno, augusto,

excelente, etc., etc. Rey y Señor y los de dicho rey de Francia, con

objeto de revelar inicuamente, pérfidamente, alevosamente (y muchos

otros calificativos adverbiales) al repetido rey de Francia las fuerzas

militares que nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor

tenía preparadas para enviarlas al Canadá y a la América del Norte.

Tales eran, en substancia, los datos que con enorme satisfacción había

conseguido adquirir Jeremías _Lapa_.

El acusado, a quien mentalmente habían ahorcado, decapitado y

descuartizado todos los presentes a la vista, ni temblaba ante la

situación ni afectaba arrogancias teatrales. Vió con calma perfecta que

los jueces prestaban juramento y que el fiscal de la Corona se disponía

a hablar. Con grave interés presenció los preparativos, y con tal

compostura escuchó los procedimientos, que no movió ni una hoja de las

hierbas aromáticas rociadas con vinagre que alfombraban el pavimento,

como medida higiénica contra el contagio de la fiebre del presidio y

contra la atmósfera viciada que allí se respiraba.

Sobre la cabeza del reo había un gran espejo que tenía por objeto

concentrar en su rostro la mayor suma posible de luz. Millares de

desgraciados y de malvados habían visto reflejadas sus contraídas

caras en su tersa superficie, minutos antes de que una capa de tierra

las ocultara para siempre. No habría infierno comparable a aquella

Sala abominable si la luna de un espejo pudiera devolver las imágenes

que refleja, de la misma manera que el Océano devuelve a sus muertos.

Tal vez sintió nuestro reo la ola de infamia y de deshonra que iba a

envolverle, quizá fuera la casualidad o un rayo más vivo de luz lo

que le movió a alzar los ojos: el hecho es que vió el espejo, y que,

al verlo, vivos carmines tiñeron su rostro y su cuerpo experimentó un

estremecimiento violento cual si acabara de recibir enérgica descarga

eléctrica.

Al separar sus miradas del espejo las llevó hacia la izquierda, donde

tropezaron con dos personas sobre las cuales se detuvieron con tal

fijeza, que no quedó en la Sala un espectador que hacia ellas no

volviera los ojos.

Eran las personas en cuestión una señorita joven, de veinte años de

edad aproximadamente, y un caballero, a todas luces su padre. Llamaban

poderosamente la atención en este último la blancura de nieve de sus

cabellos y cierta expresión indescriptible de vehemencia, no activa,

sino reflexiva, íntima. Cuando dominaba esta expresión, parecía viejo,

pero en los momentos en que desaparecía, cuando hablaba con su hija,

por ejemplo, era un hombre hermoso que apenas habría pasado de la

primavera de la vida.

Aferraba su hija su brazo y se estrechaba contra su cuerpo impelida

por el espanto que la escena la producía y la piedad que el reo la

inspiraba, espanto y piedad tan elocuentemente retratados en su frente

y en sus ojos, que los espectadores, inconmovibles ante la triste

suerte del acusado, no pudieron ver sin profunda lástima el estado de

la joven. «¿Quiénes serán?» se preguntaban unos a otros al oído.

No dejó de preguntar Jeremías _Lapa_ a su vecino, a cuyos perspicaces

ojos no había pasado inadvertida la expresión de la joven, quiénes eran

aquellas personas; y como todos habían hecho la misma pregunta, la

respuesta, que circulaba ya de boca en boca, llegó al fin a su oído.

--Son testigos.

--¿De cargo?

--Testigos en contra.

--¿En contra de quién?

--Del reo.

El juez, cuyas miradas habían seguido la dirección que siguieron las

de todos los espectadores, las desvió para clavarlas insistentes en el

desgraciado cuya vida tenía en sus manos, en el momento que el fiscal

de la Corona se levantaba para torcer la soga, afilar el hacha y forjar

el martillo y los clavos que debían preparar el cadalso.

III

DECEPCIÓN

El señor fiscal de la Corona manifestó en su informe que el acusado,

aunque joven en años, era tan viejo en actos alevosos y prácticas de

pérfida traición, que se imponía la necesidad de acabar con su vida.

«Sus tratos y correspondencia continua con el enemigo público--dijo--no

datan de ayer, ni de anteayer, ni del año pasado, ni de dos años atrás.

Desde fecha mucho más remota viene el reo haciendo viajes constantes

entre Inglaterra y Francia, viajes misteriosos, cuyo objeto ni él mismo

ha sabido explicarnos satisfactoriamente. ¡Ah! Si el Cielo, en su alta

sabiduría, no hubiera condenado a eterno fracaso las maquinaciones

de los traidores, los actos criminosos de ese hombre habrían dado

sus naturales frutos, pero la Providencia, que vela de una manera

especial por la suerte de nuestra querida Inglaterra, inspiró a una

persona, en cuyo pecho no tiene entrada el miedo y en cuya conciencia

no cabe la malicia, el feliz pensamiento de penetrar los siniestros

planes del reo, y cuando hubo conseguido su objeto, lleno de terror,

se apresuró a descubrirlos al primer secretario de Estado y al augusto

Consejo Privado de Su Majestad. Pronto tendréis ocasión de conocer a

ese patriota, cuya conducta ha sido sublime. Había sido amigo íntimo

del traidor, pero no bien descubrió sus infamias, decidió inmolar una

amistad, que ya no podía conservar en su pecho, en el altar sacrosanto

del patriotismo. Si Inglaterra erige alguna vez estatuas, como las

erigieron Grecia y Roma en honor de los que en aras de la patria han

sacrificado sus más vivas afecciones, no cabe dudar que tendrá la suya

ese ciudadano eminente. La virtud, según han afirmado infinidad de

poetas, cuyos nombres no citaré porque todos mis oyentes los tienen en

la punta de la lengua, es contagiosa en grado eminente, y sobre todo,

la virtud sagrada del patriotismo, al amor a la patria. No es, pues,

de admirar que el alto y sublime ejemplo del testigo inmaculado e

impecable a que me refiero, cuyo nombre da honor a quien lo pronuncia,

se contagiase a un criado del mismo reo, y engendrase en él la santa

resolución de practicar registros en las gavetas de las mesas y en los

bolsillos de su señor, para apoderarse o tomar nota de sus documentos

más secretos. No faltarán detractores que claven sus dientes en la

reputación de este criado admirable, maldicientes que expongan en

la picota pública pecadillos de su vida pasada, pero aun así he de

protestar que su conducta presente le hace acreedor a todo mi respeto,

he de decir que me merece más consideraciones que mis mismos hermanos,

más consideraciones que mis mismos padres. Yo no dudo, no puedo dudar

que lo propio harán los que me escuchan. Las declaraciones de los dos

testigos nombrados, juntamente con los documentos que a su tiempo serán

exhibidos, demuestran claro como la luz del sol que el prisionero

poseía relaciones numéricas de las fuerzas militares de Su Majestad,

estados explicativos de la disposición y preparación de las mismas,

y no cabe dudar que esas relaciones, esos estados, los llevaba, como

ha llevado tantos otros, a una potencia enemiga. Confieso que no ha

sido posible demostrar que esas relaciones y esos estados sean de

puño y letra del reo, pero eso no tiene importancia, nada significa,

y en todo caso, será circunstancia agravante, puesto que pondrá de

relieve la artera malicia del acusado. A cinco años se remontan las

pruebas, demostrando palpablemente que el prisionero se dedicaba ya por

entonces a llevar a cabo misiones infames y perniciosas, que ya vendía

a la patria semanas antes de haberse reñido la primera batalla entre

las fuerzas inglesas y las americanas. Todas estas razones influirán

necesariamente en el ánimo del Jurado, si es Jurado leal, como me

consta que lo es, si es Jurado responsable, como por tal le tengo,

para declarar culpable al prisionero, y librar al mundo de un traidor.

¡Ah, señores jurados! Mientras haya una cabeza sobre los hombros del

prisionero, no es posible que vuestras cabezas reposen tranquilas

sobre las almohadas de vuestros lechos, no es posible que las cabezas

de vuestras tiernas esposas reposen tranquilas sobre las almohadas de

sus lechos, no es posible que las cabecitas de vuestros queridos hijos

reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos. El fiscal de la

Corona os pide por lo más sagrado, por lo que más caro os sea, por el

juramento que habéis prestado, por el Rey augusto y excelente que nos

gobierna, por la patria, que es nuestra madre, que deis al prisionero

por ahorcado, decapitado y descuartizado.»

Cuando el fiscal de la Corona cesó de hablar, llenaron la Sala sordos

murmullos. No parecía sino que el aire se había llenado de enjambres

de moscas azules que zumbaban en torno de la cabeza del reo, sabedoras

del estado en que no tardarían en encontrarle. Cuando se extinguieron

los zumbidos, apareció en la tribuna de los testigos el ciudadano

impecable, el sublime patriota citado por el fiscal de la Corona.

El señor procurador general, ateniéndose estrictamente a las

instrucciones de su jefe, examinó entonces al patriota. Llamábase Juan

Barsad, y era caballero. La historia de su alma pura e inmaculada

resultó ser la que el señor fiscal de la Corona había expuesto

sucintamente en su acusación. Luego que hubo contestado las preguntas

que le fueron dirigidas, se hubiera retirado modestamente, de no haber

manifestado deseos de hacerle algunas otras el caballero de la enorme

peluca y abultados legajos de papeles, que estaba sentado a escasa

distancia del señor Lorry. El segundo empelucado continuaba mirando al

techo.

He aquí, en resumen, el interrogatorio a que fué sometido el gran

patriota por el caballero de la peluca:

--¿Ha sido usted espía alguna vez?

--Jamás--contestó indignado el ciudadano.

--¿De qué vive usted?

--De mis rentas.

--¿En qué consisten esas rentas?

--No tengo por qué dar explicaciones sobre este particular.

--¿Dónde radican sus bienes?

--No lo recuerdo con precisión.

--¿Ha heredado usted?

--Sí.

--¿De quién?

--De un pariente lejano.

--¿Muy lejano?

--Bastante.

--¿Ha sido procesado alguna vez?

--Nunca.

--¿Ni ha estado en la cárcel por deudas?

--No sé que tenga nada que ver eso con el asunto que se debate.

--¿Ha estado en la cárcel por deudas?

--¿Otra vez?

--Conteste usted.

--Sí.

--¿Cuántas veces?

--Dos o tres.

--¿No serán cinco o seis?

--Tal vez.

--¿Su profesión?

--Caballero.

--¿Le han dado de patadas alguna vez?

--Puede que sí.

--¿Con frecuencia?

--No.

--¿Le han echado a puntapiés de alguna casa?

--No.

--¿No le han hecho rodar a patadas escaleras abajo?

--Repito que no. En una ocasión recibí algunas patadas en lo alto

de una escalera, y la bajé rodando, pero fué porque quise, por mi

voluntad, deliberadamente.

--En la ocasión a que se refiere, ¿no le echaron a puntapiés por

fullero, por hacer trampas en una partida de dados?

--Algo por el estilo dijo el borracho embustero que me dió las patadas,

pero era falso.

--¿Jura usted que era falso?

--Sin el menor reparo.

--¿No ha buscado usted nunca en las trampas del juego los medios de

vivir?

--Nunca.

--¿Ni ha vivido del juego?

--He jugado como juegan todos los demás caballeros.

--¿Le ha prestado dinero el prisionero?

--Sí.

--¿Y lo ha pagado?

--No.

--La amistad que con el prisionero le ha ligado, en realidad una

amistad ligera, ¿no era de las que solemos llamar obligadas, es decir,

una amistad cultivada en sillas de posta, posadas y barcos?

--No.

--¿Ha visto las relaciones y listas en poder del prisionero?

--Sí.

--¿Puede decir algo más acerca de esas listas?

--No.

--¿Espera que su declaración le valga algún provecho o beneficio?

--No.

--¿Ni siquiera un destino de espía a sueldo del gobierno?

--No.

--¿Ni ningún otro empleo?

--No.

--¿Lo jura?

--Una y mil veces.

--¿Obedece a otros motivos que a los de patriotismo?

--No.

Una historia de dos ciudades · 第 5 / 34 段