sus manos la cabeza, la colocó de manera que la luz de la ventana
la diera de lleno en la cara, y al cabo de un buen espacio de muda
contemplación, dijo:
--Aquella noche, la noche en que me llamaron fuera, ella había
reclinado su cabeza sobre mi hombro... Ella temía que yo saliese... yo
no sentía el menor recelo... y cuando me encerraron en la Torre del
Norte, me encontraron esto escondido en la manga... «¿Me permitiréis
que lo conserve?--les pregunté.--No han de facilitar la fuga de mi
cuerpo... aunque gracias a ellos saldrá con frecuencia mi espíritu por
entre las rejas». Esas fueron las palabras que les dije... Las recuerdo
como si acabara de pronunciarlas.
Largo rato se movieron sus labios antes que consiguiera articular las
palabras que quedan transcriptas, pero cuando pudo hablar, lo hizo con
acuerdo perfecto, bien que muy lentamente.
--No lo entiendo...--añadió.--_¿Eras tú?_
Los dos testigos mudos de la escena avanzaron alarmados al observar
la brusquedad con que el anciano se volvió hacia la niña; pero ésta,
perfectamente tranquila, les dijo, en voz muy baja:
--Suplico a ustedes, mis buenos señores, que no se acerquen, que no
hablen, que no se muevan.
--¡Chist!--exclamó el anciano.--¿Quién habla?
Volvió a guardar los rizos en la bolsita y quiso atar nuevamente la
cuerda a su cuello, pero sin dejar de mirar a la joven y moviendo con
expresión de dolor sombrío su cabeza.
--¡No, no, no!--repuso.--¡No es posible!... ¡Eres demasiado joven,
demasiado niña! ¡Ya ves los efectos de permanecer sepultado en una
prisión!... Estas no son las manos que ella conoció, ni ésta la cara
que ella vió, ni ésta la voz que tan dulce sonaba en sus oídos... ¡No,
no! Ella... y él... Hace muchos años... muchas eternidades... antes
de los lentos siglos de la Torre del Norte... ¡Dime! ¿Cómo te llamas,
ángel hermoso?
La hija cayó de rodillas a los pies del infeliz padre, unidas las manos
delante del pecho.
--¡Oh, señor!--exclamó.--¡En otra ocasión sabrá usted cómo me llamo,
quién fué mi madre y quién fué mi desventurado padre, cuya dolorosa
historia jamás llegó a mis oídos! No puedo decirlo en este momento ni
en este sitio. ¡Lo único que ahora, aquí mismo, puedo decirle, es que
me abrace y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme!
Confundiéronse los cabellos de nieve con los cabellos de oro.
--Si mi voz... ignoro si será así, pero lo espero... si mi voz
despierta en usted ecos de otra voz que en años mejores sonó en sus
oídos como música deliciosa... ¡llore por ella... llore por ella! Si mi
cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa
sobre su pecho cuando usted era joven y libre, ¡llore por ella, llore
por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su
memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos años,
otro hogar que caía hecho pedazos mientras su corazón languidecía y
moría entre los negros muros de un calabozo, ¡llore por él... llore por
él!
La joven, mientras decía estas palabras, tenía entre sus brazos la
blanca cabeza del anciano y la mecía como si fuera un niño.
--¡Llore también, querido... querido señor, si cuando le diga que
sus agonías han terminado para siempre, que he venido para llevarle
conmigo a Inglaterra, donde podrá disfrutar de paz y acaso de ventura,
soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan útil a sus
semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! ¡Llore, derrame
lágrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha
sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el
de mi padre, que vive todavía, y el de mi madre, que ha muerto, sabe
que habré de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que
tendré necesidad de implorar su perdón por no haber pasado despierta
y trabajando para favorecerle todos los días de mi vida, y llorando
todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar
de mis labios la copa amarga del dolor, ocultándome la horrible
historia, ¡llore... llore por ella... llore también por mí! ¡Mis buenos
señores!... ¡Demos gracias a Dios! ¡Siento correr por mi rostro las
lágrimas sagradas de.... este señor, y siento repercutir en mi corazón
los sollozos de su pecho! ¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios mío!
El anciano había caído en los brazos de la niña, sobre cuyo pecho tenía
reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a
la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos
sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con
las manos.
Cuando se restableció en el sotabanco el imperio de la tranquilidad,
y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato pareció próximo
a saltar hecho pedazos, recobró la serenidad que sigue siempre a las
tormentas más deshechas... que es lo que ocurre con la humanidad, cuyas
tormentas, que llamamos vida, se amansan al fin, para dar lugar al
reposo y al silencio; cuando el anciano quedó tranquilo, se aproximaron
los dos testigos para alzar del suelo al padre y a la hija. El primero
había ido languideciendo, hasta quedar en tierra, falto de fuerzas. La
hija cayó con él, y en tierra permaneció, apoyada la cabeza sobre su
hombro y tendidos sus cabellos de oro sobre sus ojos.
--Si fuera posible--dijo la niña, alargando una mano a
Lorry--disponerlo todo para salir de París inmediatamente, en forma que
desde esta misma casa...
--Hay que tener presente una cosa importante--contestó Lorry
interrumpiendo a la joven.--¿Está en disposición de emprender el viaje?
--Creo que ha de serle más beneficioso el viaje, con todas sus
molestias, que permanecer en París, donde tanto ha sufrido.
--Nada más cierto--terció Defarge, que se había arrodillado para ver y
oir mejor.--Aun prescindiendo de la consideración que acaba de insinuar
la señorita, mil razones aconsejan que salga cuanto antes de Francia.
¿Quieren que alquile una silla de postas con sus caballos?
--El negocio es ése--observó Lorry, a quien bastaba muy poca cosa para
volver a su tema favorito--y cuando hay que terminar un negocio, cuanto
más pronto se ultime, mejor.
--En ese caso--dijo la señorita Manette,--tengan la bondad de dejarnos
aquí. Han podido apreciar lo tranquilo que ha quedado, lo que les habrá
convencido de que pueden dejarme a solas con él sin el menor temor. Con
que me hagan el favor de cerrar con llave la puerta al marcharse, a fin
de ponernos a cubierto de interrupciones, me atrevo a garantizarles
que cuando regresen, le encontrarán tan tranquilo como le dejan. Yo
cuidaré de él mientras ustedes hacen los preparativos. Lo esencial es
llevárnoslo cuanto antes.
No era muy del agrado de Lorry y de Defarge la solución, pues los dos
hubiesen preferido no dejar a la niña a solas con el anciano, pero como
no sólo era preciso preparar la silla de posta, sino también proveerse
de pasaportes, y el tiempo apremiaba, porque el día corría a su ocaso,
fuerza fué que se distribuyeran entre los dos las diligencias que
necesariamente había que hacer, después de lo cual echaron a andar cada
uno por su lado.
Las sombras de la noche encontraron a la niña tendida sobre el duro
suelo, velando al padre. Ni ella ni el anciano variaron de postura
hasta que entraron en el sotabanco Lorry y Defarge, quienes habían
ultimado los preparativos de viaje y traían, además de mantas y
abrigos de camino, pan, carne fiambre, vino y café caliente. Defarge,
portador de las provisiones, las dejó sobre la banqueta de zapatero (en
el sotabanco no había más muebles que la banqueta y un jergón), y con
la cooperación de Lorry levantó al cautivo.
Nadie hubiera sido capaz de leer en la atonía inexpresiva de su
cara los misterios entre los cuales vagaba sin rumbo probablemente
la inteligencia del anciano, ni la penetración humana, por sutil
y perspicaz que se la suponga, hubiese conseguido saber si aquél
conservaba recuerdo de lo sucedido, si se acordaba de lo que le habían
dicho, si se daba cuenta de que estaba libre. Intentaron sondearle a
fuerza de preguntas; pero las respuestas fueron tan tardas y confusas,
que temiendo extraviarle más, decidieron dejarle en paz por entonces.
La expresión del anciano era de insensatez, de ferocidad, casi. Con
frecuencia oprimía su cabeza entre sus manos, cosa que no se le había
visto hacer antes; sin embargo, su rostro se dulcificaba en cuanto
sonaba en sus oídos la voz de su hija, e invariablemente volvía hacia
ésta la cabeza cuantas veces le hablaba.
Con esa sumisión peculiar de los que están acostumbrados desde larga
fecha a obedecer al látigo, comió y bebió lo que le dieron, y se puso
el abrigo de viaje que le fué entregado. Sin resistencia, más aún, con
agrado evidente dejó que su hija enlazase con el suyo su brazo... y no
contento con eso, tomó y retuvo entre las suyas, la mano de aquélla.
Comenzaron a bajar. Iba delante Defarge, dando luz, y cerraba la marcha
Lorry. No habían bajado muchas escaleras cuando hizo alto el anciano y
miró con atención hacia arriba primero, y luego en derredor.
--¿Recuerda el lugar, padre mío? ¿Se acuerda de cuando subió esta
escalera?--preguntó la niña.
--¿Qué dices?
Antes que fuera repetida la pregunta, contestó el anciano, como si
aquella le hubiese sido formulada de nuevo.
--¿Que si me acuerdo? No; no me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo!
Claramente se vió que no conservaba el menor recuerdo de haber sido
trasladado desde la prisión al sotabanco. Los que le acompañaban
oyéronle murmurar «Ciento Cinco, Torre del Norte», siendo indudable que
cuando miró en derredor, creyó ver los espesos muros que por espacio
de tantos años habían sido su tumba. Caminó con paso alterado mientras
cruzaron el patio, como si esperase encontrar el puente levadizo; y al
convencerse de que éste no existía, y ver el coche que esperaba en la
calle, soltó la mano de su hija y oprimió de nuevo su cabeza.
No había turbas frente a la puerta, no se veía una cabeza en las
ventanas ni alma viviente en la calle. El silencio y la soledad
reinaban como señores únicos. A nadie vieron más que a una persona, a
la señora Defarge... que estaba haciendo calceta y nada vió.
Habíase acomodado ya el prisionero en el interior del coche, su hija
le había seguido, y en el instante en que colocaba Lorry el pie en
el estribo, le detuvo la voz del anciano que pidió sus herramientas
de zapatero y sus zapatos no terminados. La señora Defarge dijo
inmediatamente que ella subiría a buscarlos, y en efecto, un segundo
después, cruzaba el patio, haciendo calceta. No tardó en reaparecer y
en entregar los objetos pedidos, hecho lo cual volvió a su asiento y se
entregó a la tarea de hacer calceta... sin ver nada.
Defarge montó en el pescante, dió la orden de «A la Barrera», el
postillón hizo restallar el látigo, y la silla de postas partió volando.
Cruzando bajo centenares de faroles suspendidos, que brillaban con luz
más viva en las calles mejores y con luz más opaca y triste en las de
menos importancia, frente a tiendas profusamente iluminadas, a grupos
de personas alegres y animadas, a cafés y teatros, llegaron a una de
las puertas de la ciudad, donde les detuvieron los soldados que estaban
de guardia.
--¡Los pasaportes, viajeros!
--Aquí están, señor oficial--contestó Defarge desde el pescante,
pero saltando inmediatamente a tierra y llevando a un lado al
oficial.--Estos son los pasaportes del señor de la cabeza blanca, que
va dentro, los cuales me fueron confiados, juntamente con su persona,
en...
Aquí bajó tanto la voz Defarge, que solamente el oficial pudo oir lo
que le dijo.
Una porción de faroles rodearon al coche. Uno de ellos penetró por la
portezuela, unido a un brazo que vestía uniforme militar, los ojos del
propietario de aquel brazo escudriñaron el interior, y sobre todo al
anciano de la cabeza blanca, y sus labios dijeron.
--Está bien. Adelante.
Bajo la inmensa bóveda de las luminarias eternas, algunas de ellas tan
distanciadas de este mundo microscópico que, si hemos de dar crédito a
lo que los sabios nos aseguran, es dudoso que sus fulgores hayan tenido
tiempo de llegar hasta nosotros, reinaba una noche lóbrega, tempestuosa
y fría. Las tinieblas se empeñaron en no conceder un momento de sosiego
al señor Mauricio Lorry, quien, sentado frente al hombre enterrado en
vida, no cesó de escuchar insistente, terrible, obstinada, la antigua
pregunta, formulada, a no dudar, por aquéllas.
--¿Supongo que te interesará vivir?
La respuesta era también la de siempre.
--No puedo decirlo.
LIBRO SEGUNDO
EL HILO DE ORO
I
CINCO AÑOS DESPUÉS.
Ya en el año de mil setecientos ochenta, el domicilio social del
Banco Tellson podía vanagloriarse de su respetable ancianidad. Era un
edificio muy pequeño, muy obscuro, muy sucio y muy incómodo. Los socios
de la Casa se enorgullecían de su pequeñez, se enorgullecían de su
obscuridad, se enorgullecían de su suciedad y se enorgullecían de sus
incomodidades: más todavía, su mayor timbre de gloria era que aquélla
poseyera estas cualidades en grado eminente, y abrigaban la convicción
íntima de que si fuera menos pequeña, menos obscura, menos sucia y
menos incómoda, sería muchísimo menos respetable. Y cuenta que no se
trataba de una creencia pasiva; nada de eso: era un arma que esgrimían
contra otras casas similares establecidas en edificios lujosos. La casa
Tellson, decían, no necesita salones, no necesita luz, no necesita
comodidades ni lujos. Que los tengan Noakes y Compañía, o Snooks
Hermanos, está bien; pero la casa Tellson... ¡Horror!
Cualquiera de los socios hubiera sido capaz de desheredar al hijo
más mimado que hubiese osado insinuar siquiera la conveniencia de
reedificar el domicilio social. En este particular, la casa se parecía
mucho a la nación, que con frecuencia deshereda a aquellos hijos que
llevan su inconcebible atrevimiento hasta el escandaloso extremo de
proponer mejoras y adelantos en leyes o costumbres que todo el mundo
reconoce y confiesa que son malas, pero que precisamente por esto mismo
son más respetables.
Quedamos, pues, en que la casa Tellson era algo así como una
glorificación de las molestias e inconveniencias. Aquellos de mis
lectores que hubieran tenido necesidad o gusto de visitar la casa
Tellson, después de abrir una puerta, que les habría dado la bienvenida
con chirridos ásperos y estridentes, y de bajar dos escalones, se
hubiesen encontrado en un miserable tugurio, donde dos empleados,
viejos como el tiempo, sentados tras dos desvencijados mostradores, les
habrían arrebatado el cheque o cheques de las manos, para examinar las
firmas a la luz de la ventana más sucia que quepa imaginarse, ventanas
que apenas si dejaban filtrar la luz, pues aparte de que sus cristales
no se vieron jamás limpios de la capa de barro que desde la calle les
fué arrojada el mismo día que los colocaron, estaban defendidas por
gruesos barrotes de hierro enmohecido y gozaban de la sombra protectora
del Tribunal del Temple. Si los negocios hubieran obligado a cualquiera
a recorrer «la casa», este _cualquiera_ habría sido conducido a una
especie de Celda de los Condenados, situada a espaldas del edificio,
donde hubiese permanecido haciendo reflexiones filosóficas sobre la
futilidad de la vida hasta que se le presentase la casa, con las manos
en los bolsillos. Ingresaba o salía el dinero de cajones de madera
roída por las carcomas. Los billetes de Banco olían a moho, cual si se
encontrasen en pleno período de descomposición. Amontonada la plata en
depósitos que, a no dudar, estaban en comunicación con las letrinas,
dos o tres días bastaban para robarle su brillo peculiar. Quien fuera
a depositar en el Banco títulos o valores de cualquier clase, podía
abrigar la seguridad de que, cerrados aquéllos en cuartos que en su
tiempo fueron cocinas o caballerizas, habían de oler muy en breve a
guisotes trasnochados o a estiércol, y si un fatal pensamiento le
inducía a llevar documentos o papeles de familia, éstos eran guardados
en una cámara del piso alto, en cuyo centro había una mesa comedor,
aunque jamás se sirvió en ella una comida, donde las cartas escritas
por su primer amor, o por sus tiernos hijitos, quedaban condenadas, en
pleno año de mil setecientos ochenta, a sufrir el horror de ser blanco
de las miradas de las cabezas que a diario exponía en el Tribunal del
Temple una brutalidad insensata y una ferocidad digna de Abisinia o de
los aschantis.
Verdad es que en aquellos tiempos felices era la pena de muerte panacea
universal, receta muy en boga en todos los oficios y profesiones, y
no iba a ser una excepción, ni mucho menos, el Banco Tellson. Si la
Naturaleza todo lo remedia con la muerte, ¿por qué no ha de hacer otro
tanto la ley? Nada, pues, más natural y lógico que imponer pena de
muerte al falsificador, pena de muerte al portador de un billete falso,
pena de muerte al que abría indebidamente una carta, pena de muerte
al que robaba cuarenta chelines y seis peniques. El que custodiaba un
caballo a las puertas del Banco Tellson, y desaparecía con el animal,
era condenado a muerte, a muerte condenaban a quien acuñaba un chelín
falso, y con la cabeza pagaban las tres cuartas partes de los mortales
que rozaban los linderos del crimen. Cierto que la sanción penal,
con ser un poquito severa, lejos de prevenir, lejos de aminorar las
transgresiones, las multiplicaba, pero concluía, por lo menos, de una
vez y para siempre con las molestias y engorros anejos a cada paso
particular. Tantas vidas había segado el Banco Tellson, y como él,
todos los establecimientos similares contemporáneos suyos, que si las
cabezas de los muertos hubieran sido apiladas frente a su fachada, es
casi seguro que hubiesen cerrado por completo el paso a la escasa luz
que por sus sucias ventanas penetraba en su interior.
Encaramados sobre bancos inverosímiles y arcones de formas raras, los
empleados viejos del Banco trabajaban con extrema gravedad y compostura
de esfinge. Cuando era admitido algún joven, encerrábanlo no se sabe
dónde y no volvía a parecer hasta que era viejo. Evidentemente lo
guardaban, como se guarda el queso, en alguna cámara obscura, hasta que
había adquirido el olor peculiar de la Casa.
Fuera del edificio, cuya puerta jamás se le permitió franquear, sin ser
llamado, había un viejo, investido de las funciones de portero y de
mensajero, que era algo así como la muestra viva de la casa. Jamás se
separó de la puerta, durante las horas de oficina, como no le enviaran
a algún recado, y aun entonces, en la puerta le representaba un hijo
suyo, pillete de unos doce años, que era su vivo retrato. No faltaban
maliciosos que aseguraban que la casa se limitaba a tolerar al viejo
en cuestión, a quien daban el remoquete de _Lapa_, aunque muchos años
antes, en la iglesia parroquial de Houndsditch, donde cansado de
permanecer encerrado y en tinieblas, quiso asomar sus ojos a la luz del
mundo, recibió el nombre de Jeremías.
Fué escenario del incidente que voy a narrar la residencia particular
del alto empleado _Lapa_, hora las siete y media de una mañana ventosa
del mes de marzo, y _Anno Domini_, mil setecientos ochenta. Digo
_Anno Domini_ en vez de año de Nuestro Señor, para acomodarme a la
manera de hablar del sapientísimo _Lapa_, quien, creyendo que la era
cristiana tuvo su origen en la invención del juego de dominó, hecha
por una señora llamada Ana, siempre que hablaba de fechas, lo hacía
anteponiendo a la del año las palabras _Ana Dominó_.
No estaban decoradas y amuebladas con lujo excesivo las habitaciones
particulares del buen _Lapa_, ni pasaban de dos, contando como una un
ropero, pero sí limpias y aseadas. Pese a lo intempestivo de la hora,
y lo desapacible de la ventosa mañana de marzo, la habitación en que
aquél roncaba como un justo había sido barrida y baldeada, y sobre la
mesa, su poquito coja, cubierta con un mantel, blanco como la nieve,
brillaban las copas, platos, y demás utensilios necesarios para el
almuerzo.
Roncaba el _señor Lapa_ bajo las colchas de la cama como roncar
pudiera cualquier Arlequín en su casa. El sueño era profundo; pero al
fin comenzaron a agitarse las colchas, _Lapa_ se revolvió con aire
inquieto, y al cabo del rato aparecieron sobre las sábanas unas púas
que por milagro no las rasgaron, y que eran el abrigo con que la
Naturaleza dotó a su cabeza. A la par que asomaban los pelos, exclamó
su propietario con voz exasperada.
--¡Que me empalen si no ha vuelto a las andadas!
Una mujer, prototipo de laboriosidad y de orden, se alzó de un rincón,
donde se hallaba de rodillas, con apresuramiento más que suficiente
para demostrar que a ella iban dirigidas las airadas palabras del
durmiente.
--Conque vuelta a lo de siempre, ¿eh?--repuso _Lapa_, alargando un
brazo en busca de una bota.
La bota salió volando por los aires juntamente con esta segunda
salutación. Era una bota sucia, llena de barro; y ya que de las botas
hablo, diré, como circunstancia que no deja de ser extraña, que al paso
que el _señor Lapa_ volvía muchas veces a su casa, después de terminado
su servicio en el Banco, con las botas limpias, rara era la mañana que,
al despertar, no estaban aquéllas llenas de lodo.
--¿Qué estabas haciendo ahí, beata de los demonios?--gritó el melifluo
_Lapa_, después de errar el tiro.
--Rezaba.
--¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación! ¿Y qué es lo que te propones,
pasándote el tiempo de rodillas rezando contra mí?
--No rezo contra ti, sino por ti.
--No es verdad; y aunque lo fuera, no te tolero que te tomes esas
libertades. ¡A fe que te ha tocado en suerte una madre modelo, hijo
mío!... ¡Figúrate! ¡Una madre que reza contra la prosperidad de tu
padre! ¡Una madre tan religiosa, tan celosa del cumplimiento de su
deber, que se pasa el tiempo pidiendo al Cielo y al infierno que
arranque de la boca de su hijo único la tostada con manteca que
constituye su alimento! ¡Qué te parece!
Muy mal debió parecerle al digno retoño del señor _Lapa_ lo que éste
insinuaba en la última parte de su discurso, pues a gritos pidió a la
madre que no se le volviera a ocurrir mezclar con sus rezos nada que
con su alimentación personal tuviera relación.
--¿Y qué es lo que supones tú, mujer ilusa, que valen tus
rezos?--repuso el marido, con insistencia inconsciente.--Dime: ¿qué
valor concedes a tus oraciones?
--Brotan del corazón, Jeremías; este es su único mérito.
--¡Su único mérito!--repitió el _señor Lapa_.--¡Poco valen, entonces!
De todas suertes, valgan lo que valieren, no quiero que vuelvas a
rezar: vaya, ¡se acabó! ¿Crees que voy a tolerar que llames sobre mi
cabeza la mala suerte? Si quieres caer de rodillas, hazlo en favor de
tu marido y de tu hijo, y no contra ellos. La semana última, si el
infierno no me hubiese concedido una mujer desnaturalizada, y una madre
desnaturalizada a este pobre niño, habría ganado montones de oro en vez
de tener la sombra más negra que mortal alguno haya tenido desde que
el mundo es mundo. Vístete, hijo mío, vístete; y mientras yo limpio
mis botas, no pierdas de vista a tu madre, y avísame con un grito si
adviertes señales de que va a caer de rodillas. Yo te aseguro que no
lo aguanto--añadió, dirigiéndose a su costilla.--Soy más bruto que un
coche de alquiler, duermo como el láudano, pocas veces sé si soy yo,
o si soy el vecino de en frente; ¡pero cuando me tocan al bolsillo,
me escamo; con el bolsillo no quiero bromas, sábelo de una vez y para
siempre, y si tus rezos conspiran contra él, mal lo vas a pasar, beata
de los infiernos!
El _señor Lapa_, lanzando de tanto en tanto frases de indignación,
emprendió con vigor la obra de limpiar sus botas. Su hijo, entretanto,
cuya cabeza guarnecían púas un poquito menos aceradas que las del
padre, y cuyos ojillos estaban poco más o menos tan juntos como los del
padre, acechaba insistente a la madre. Varios sustos dió a la pobre
mujer gritando desde el fondo del armario ropero, donde se vestía.
--¡Padre!... ¡Que se arrodilla... que se arrodilla!
Ni con el almuerzo se dulcificó el humor de _Lapa_, antes bien pareció
que acrecentaba su animosidad contra su mujer.
--¿Pero qué estás haciendo? ¿Otra vez, condenada?
Contestó la mujer que no había hecho más que impetrar la bendición del
Cielo.