La señora Defarge, esposa del tabernero en cuestión, estaba sentada

detrás del mostrador cuando aquél entró en el establecimiento. Era

mujer de constitución robusta, aproximadamente de la edad misma que su

marido, de ojos vigilantes, aunque muy contadas veces parecía mirar a

ningún objeto determinado, grandes manos cubiertas de sortijas, cara de

líneas enérgicas, expresión reservada y aire de perfecta compostura.

Una de las características de la señora Defarge consistía en no sufrir

nunca equivocaciones que redundasen en perjuicio de sus intereses en

ninguna de las operaciones del establecimiento. Extremadamente sensible

al frío, iba envuelta en pieles y abrigaba su cabeza con un chal de

colores chillones que la cubría por completo, bien que dejando a la

vista los grandes pendientes que adornaban sus orejas. Tenía frente a

sí su calceta, pero la había dejado sobre el mostrador para consagrar

algunos minutos a la limpieza de su dentadura, lo que estaba haciendo

con un mondadientes. Absorta en su ocupación, con el codo derecho

apoyado sobre la mano izquierda, nada dijo la señora Defarge cuando su

marido entró en el establecimiento, pero dejó oir una tosecita apenas

perceptible. La tosecita, combinada con un ligero enarcamiento de sus

cejas, negras como el ala del cuervo y perfectamente arqueadas, dió a

entender a su marido la conveniencia de dar un vistazo a los clientes,

entre los cuales acaso encontrase alguno nuevo que había llegado a la

taberna mientras se encontraba en la calle.

Paseó el tabernero sus miradas por la sala, no tardando en fijarlas las

sobre un caballero, ya entrado en años, y en una señorita, sentados en

uno de los ángulos. Había otros parroquianos también: dos que jugaban

a las cartas en una mesa, otros dos que se entretenían en otra, puestas

sus facultades en las fichas de dominó, y otros tres que, de pie junto

al mostrador, procuraban _alargar_ todo lo posible el vino que se

habían hecho servir. El tabernero, al pasar detrás del mostrador, pudo

advertir que el caballero entrado en años decía con los ojos a su joven

compañera:

--Ese es nuestro hombre.

Fingió el tabernero no reparar en la presencia de los dos personajes

desconocidos, y entabló conversación con el triunvirato que estaba

bebiendo junto al mostrador.

--¿Qué tal, Santiago--preguntó uno de los tres al buen Defarge,--se han

tragado todo el vino que salió de la barrica?

--Hasta la última gota, Santiago--contestó Defarge.

No bien hicieron los interlocutores el intercambio de sus nombres de

pila, la señora Defarge tosió otro poquito y arqueó de nuevo las cejas.

--Pocas veces--observó el segundo de los parroquianos del

mostrador--tienen esos bestias miserables ocasión de conocer a qué sabe

el vino, ni nada que no sea el pan negro y la muerte: ¿no es verdad,

Santiago?

--Verdad es, Santiago--respondió el tabernero.

Al segundo intercambio de los nombres de pila sucedió otra tosecita

acompañada del enarcamiento de cejas de la señora Defarge.

--¡Ah!--exclamó el tercero de los bebedores, apurando el último sorbo y

dejando el vaso sobre el mostrador.--¡Hiel tienen siempre en sus bocas

esos borregos, y viven vida de perros! ¿digo bien, Santiago?

--Dices bien, Santiago--fué la contestación del tabernero.

Hecho el tercer intercambio de nombres de pila, la señora Defarge dejó

el mondadientes e hizo un movimiento insignificante.

--¡Es verdad...! ¡Entretenlos!--murmuró muy por lo bajo su

marido.--Señores... tengo el gusto de presentarles a mi mujer.

Los tres parroquianos se descubrieron y saludaron con sendas

inclinaciones de cabeza a la tabernera, la cual, a su vez, recibió sus

homenajes doblando ligeramente la suya y mirándolos sucesivamente.

A continuación, tendió como por casualidad sus miradas en derredor,

recogió la calceta con gran calma, y comenzó a trabajar.

--Señores--repuso el tabernero, que había observado con mirada

escrutadora a su mujer,--la cámara que ustedes manifestaron deseos

de ver cuando yo salí a la calle, está en el quinto piso. Arranca la

escalera del patio de la izquierda, junto a la ventana del... Pero

ahora recuerdo que uno de ustedes ha estado ya en ella, y puede guiar a

los demás. ¡Adiós, señores!

Pagaron los bebedores el consumo hecho, y se retiraron. Los ojos

del tabernero parecían estudiar a su mujer y la calceta que estaba

haciendo, cuando el caballero de edad avanzada se levantó manifestando

deseos de hablar algunas palabras con Defarge.

--Con mucho gusto, caballero--respondió éste, saliendo con el anciano

hasta la puerta del establecimiento.

Breve fué la conferencia, pero de efectos tan rápidos como decisivos.

No se habían cruzado cuatro palabras, cuando Defarge hizo un movimiento

de sorpresa, y antes que transcurriera un minuto, hacía una seña

al anciano y salía presuroso a la calle. El caballero llamó con un

movimiento de cabeza a la señorita, y ambos salieron en pos del

tabernero, dejando a la señora Defarge embebida en la tarea de hacer

calceta.

El señor Mauricio Lorry y la Señorita Manette, que ellos eran los

visitantes de la taberna, según habrán adivinado, a no dudar, los

lectores, encontraron al tabernero junto a la puerta que momentos

antes había indicado el último a los tres parroquianos con los cuales

le hemos visto cambiar algunas palabras. En la sombría entrada que

daba acceso a la escalera, no menos sombría, el tabernero hincó una

rodilla en tierra y llevó a sus labios la mano de la hija de su antiguo

señor. Fué un homenaje, un testimonio de sumisión, bien que ejecutado

con ademán que nada tenía de dulce. Unos segundos habían bastado para

transformar radicalmente a Defarge; ya no reflejaba buen humor su

rostro, ya no era su cara espejo de franqueza: antes al contrario,

en su expresión de reserva, en su actitud airada, en la cólera que

chispeaba en sus ojos, fácil era leer al hombre peligroso.

--Está muy alto... la escalera es pesada... creo que hará usted bien

subiendo con más calma--dijo el tabernero con dura entonación al señor

Lorry, en el momento de empezar a subir la escalera.

--¿Está solo?--preguntó Lorry.

--¡Solo! ¡Válgame Dios! ¿Quién quiere usted que le acompañe?

--¿Siempre solo?

--Siempre.

--¿Porque así lo desea él?

--Porque así lo exigen las circunstancias. Tal como estaba cuando le vi

el día que vinieron a preguntarme si quería tenerle en mi casa y ser

discreto corriendo el peligro consiguiente... tal como estaba entonces,

está ahora.

--¿Muy cambiado?

--¡Cambiado!...

El tabernero descargó un puñetazo contra la pared y lanzó una maldición

horrenda. No hubiera producido la mitad de los efectos que produjo

aquella explosión de furia cualquier respuesta clara y precisa. La

melancolía del señor Lorry iba en aumento a medida que avanzaba en el

ascenso de la empinada escalera.

Penoso, muy penoso, sería hoy subir la escalera de una casa de las

más viejas sita en uno de los barrios más poblados de París; pero en

el tiempo a que esta historia se refiere, resultaba punto menos que

imposible para los que no tuvieran atrofiados los sentidos a fuerza de

costumbre. Todos los vecinos de aquellas inmensas colmenas dejaban las

basuras e inmundicias en los rellanos de la escalera general, donde

quedaban hacinados sin que nadie cuidara de retirarlos, engendrando

así una masa de descomposición bastante para envenenar el aire, si ya

no estuviera saturado de las impurezas intangibles que son resultado

natural de la miseria y de las privaciones. Combinadas las dos fuentes

de corrupción, respirábase allí una atmósfera insoportable. El señor

Lorry, cediendo a las molestias que le producía subir por aquel pozo

obscuro, sucio y envenenado, no menos que a la agitación que observaba

en su joven compañera, agitación que se multiplicaba por momentos,

hizo alto dos veces para descansar. Cada uno de aquellos descansos

pareció llevarse las últimas reservas de aire no corrompido, rellenando

el espacio que aquéllas dejaban libre con mefíticas emanaciones que

brotaban de todas partes.

Llegaron al fin a lo alto de la escalera, donde se detuvieron por

tercera vez. Todavía habrían de subir un tramo, más empinado que los

anteriores, y de dimensiones sumamente reducidas, antes de llegar al

sotabanco. El tabernero, que caminaba delante y procuraba mantenerse

constantemente a distancia respetable de la señorita, cual si temiera

que ésta le dirigiera alguna pregunta, llegado frente a la puerta del

sotabanco metió la diestra en el bolsillo, y sacó una llave.

--¡Ah!--exclamó Lorry, sin poder disimular su sorpresa.--¿Está cerrada

la puerta con llave?

--Sí--contestó con sequedad Defarge.

--¿Considera usted necesario tener en una reclusión tan extremada a ese

infortunado caballero?

--Considero necesario tener la puerta cerrada con llave--murmuró el

interpelado bajando mucho la voz y frunciendo horriblemente las cejas.

--¿Por qué?

--¡Por qué! ¡Porque ha tantos años que vive cerrado con llave, que se

asustaría, se horrorizaría, se lanzaría de cabeza contra las paredes,

moriría... yo no sé los extremos que haría... si se le dejase con la

puerta abierta!

--¡Será posible!

--¿Posible? ¡Sería infalible, sí!--replicó con entonación amarga

Defarge.--¡A fe que no podemos quejarnos de los atractivos que nos

ofrece un mundo en que son posibles estas y otras atrocidades, de la

hermosura de un cielo que contempla impasible los horrores que usted

está viendo...! ¡El demonio nos gobierna!... ¡Viva el infierno!

¡Entremos, señor, entremos!

Tan en voz baja había sido sostenido el diálogo que queda copiado, que

ni una palabra llegó a oídos de la niña. Era, empero, tan intensa la

emoción que la dominaba, su rostro reflejaba tal expresión de espanto y

tan viva ansiedad, que el señor Lorry creyó necesario dirigirle algunas

palabras encaminadas a levantar su deprimido ánimo.

--¡Valor, mi querida señorita!--dijo.--¡Valor! Estamos persiguiendo un

negocio, cuya fase dolorosa pasará en un momento. En cuanto franqueemos

esta puerta, habremos vencido lo peor. Dentro de breves segundos podrá

el desdichado comenzar a saborear todo el bien, todo el consuelo, toda

la dicha que usted va a proporcionarle. Nuestro buen amigo Defarge nos

ayudará... ¡Al negocio, al negocio!

Al doblar un recodo muy pronunciado encontraron a tres hombres, que

estaban mirando por el ojo de la llave y por las rendijas de la

puerta que nuestros visitantes iban a abrir. Los hombres en cuestión

resultaron ser los mismos que momentos antes bebían de pie junto al

mostrador.

--La sorpresa que su visita me produjo ha hecho que los olvidara--dijo

Defarge a guisa de explicación.--Tengan la bondad de dejarnos, amigos.

Los tres hombres desaparecieron silenciosamente.

--¿Ha hecho usted del señor Manette objeto de exhibición?--preguntó

Lorry en voz muy baja y con expresión colérica.

--Lo exhibo, conforme acaba usted de ver, a muy reducido círculo de

personas escogidas.

--¿Y cree usted que eso está bien?

--Sí, señor: creo que está bien.

--¿Y esos escogidos, quiénes son? ¿Cómo los escoge usted?

--Escojo a los que son hombres verdaderos... y se llaman como yo:

Santiago; hombres que conviene que lo vean... Pero usted es inglés,

y es inútil que le dé explicaciones que no ha de entender. Tenga la

bondad de esperar un momento.

Por medio de un gesto recomendó a sus acompañantes que permanecieran

inmóviles, y pegó la cara a una grieta que presentaba la pared.

Momentos después alzó la cabeza, dió sobre la puerta dos o tres golpes,

sin más objeto, a no dudar, que el de hacer ruido, pasó la llave por

ella una porción de veces, con idéntica intención, la puso al fin en la

cerradura, y abrió haciendo todo el ruido posible.

Lenta y silenciosamente se abrió la puerta de fuera a dentro, empujada

por la mano del tabernero. Este adelantó la cabeza y dijo algo. Una voz

sumamente débil contestó. El tabernero volvió la cara e indicó a sus

acompañantes que le siguieran. Lorry rodeó con su brazo la cintura de

la niña, próxima a caer desfallecida.

--¡Ne... gocio... hija mía... nego... o... cio!--exclamó Lorry, vueltos

hacia la niña los ojos, de los cuales brotaba algo que no suele ser

producto de los negocios.--¡Entre usted... entre!

--¡Tengo miedo!--respondió la joven.

--¿Miedo a qué?

--¡A él... a mi padre!

Viéndose en situación crítica, a consecuencia del estado de espíritu de

la joven, por una parte, y por otra de las señas que su guía hacía para

que entrasen, Lorry levantó entre sus brazos a la primera y franqueó la

puerta.

Defarge quitó la llave, cerró la puerta por dentro, con llave, por

supuesto, y, terminadas esas operaciones lenta y metódicamente, y sobre

todo, haciendo todo el ruido que pudo, echó a andar con paso mesurado

en dirección a la ventana. Junto a ésta se detuvo y dió media vuelta.

El sotabanco, construído para ser depósito de leña, apenas si recibía

la visita de una luz muy escasa, pues la ventana, sumamente estrecha,

y casi cerrada para evitar el frío, dificultaba tanto el paso a la

luz, que era imposible ver absolutamente nada. Y sin embargo alguien

trabajaba en aquella lóbrega estancia, pues junto a la ventana a la

que daba frente, y vueltas las espaldas a la puerta, había un hombre

de cabellos blancos como la nieve, sentado en una banqueta muy baja y

entregado con ardor a la tarea de coser zapatos.

VI.

EL ZAPATERO.

--Buenos días--dijo el tabernero, fijando sus ojos en la cabeza blanca

del zapatero.

--Buenos días.

--Siempre tan trabajador, ¿eh?

Al cabo de un rato de angustioso silencio, el zapatero alzó la cabeza y

contestó:

--Sí... estoy trabajando.

La languidez de aquella voz hacía daño al oído. No era esa languidez

que sigue al decaimiento de fuerzas, a la debilidad física, no,

aunque es indudable que alguna parte tenían en ella la alimentación

insuficiente, las penalidades y malos tratos recibidos durante el

terrible cautiverio: su característica especial y típica la recibía del

hecho de tratarse de una languidez producida por la soledad y falta de

uso de la voz. Era algo así como el eco de un sonido que nació largos

años antes y a considerable distancia: una voz que había perdido la

vida, el timbre de voz humana, una voz que producía en los sentidos

la impresión misma que produciría la vista de un color hermosísimo y

delicado trocado por la mano de los siglos en mancha débil de colorido

indefinible, una voz que reflejaba con elocuencia tan vívida la

desesperación de un ser humano perdido y abandonado, que cualquier

viajero a quien el hambre y las fatigas rindieran en las soledades del

árido desierto que estuviera recorriendo, reconocería en su timbre

la voz de su hogar, la voz de las personas queridas que dejaba en el

mundo, antes de doblar la cabeza para rendir el postrer aliento.

Al cabo de algunos minutos que el anciano pasó trabajando silencioso,

ajeno a cuanto le rodeaba, volvió a levantar los ojos. En ellos no se

advertía ni un átomo de interés, ni un átomo de curiosidad: reflejaban

sencillamente esa percepción mecánica, esa conciencia inconsciente de

que el espacio donde antes se ha visto un objeto o una persona continúa

ocupado.

--Quisiera dejar penetrar un poquito más de luz--dijo Defarge,

cuyos ojos no se habían separado un instante de la persona del

zapatero.--¿Podrá usted sufrirla?

Suspendió su obra el interrogado; paseó sus miradas por el suelo, a

derecha e izquierda, como quien busca algo, y luego las alzó hacia el

que acababa de interrogarle, preguntando al fin:

--¿Qué decía usted?

--Preguntaba si podrá tolerar un poquito más de luz.

--Tendré que tolerarla, si usted la deja entrar.

Defarge abrió un poco más la ventana. Los rayos de luz que penetraron

en el sotabanco iluminaron perfectamente al zapatero, que tenía

sobre el muslo un zapato sin terminar. Diseminados por el suelo, o

colocados sobre la banqueta, se veían varios útiles del oficio. Era

aquél un hombre de barbas recortadas de cualquier manera, pero no

de longitud desmesurada. En su cara macilenta y demacrada brillaban

extraordinariamente dos ojos que hubieran parecido grandes y rasgados,

aun cuando de suyo no lo fueran. La amarillenta camisa que llevaba

abierta por el pecho dejaba ver una carne flácida y blanca como el

papel. Su piel, la vieja blusa de lona que cubría la parte superior

de su cuerpo, las medias, que llenas de arrugas servían de envoltorio

a unas pantorrillas sin carne, y en una palabra, todas las prendas de

vestir, habían adquirido, a fuerza de verse privadas del contacto del

aire y de la luz, un tono de pergamino que hacía sumamente difícil

poder precisar la materia empleada en su manufactura.

Había puesto a guisa de pantalla una mano entre sus ojos y la luz,

y todos los huesos de aquélla se transparentaban. Jamás miraba a la

persona que le dirigía la palabra sin antes bajar los ojos al suelo y

pasearlos en todas direcciones, cual si hubiera perdido el hábito de

asociar el espacio con el sonido; nunca hablaba sin divagar, nunca se

acordaba de lo que acababan de preguntarle, ni de lo mismo que estaba

él diciendo.

--¿Piensa terminar hoy ese par de zapatos?--preguntó Defarge, haciendo

una seña a Lorry para que se acercase.

--¿Qué dice usted?

--¿Piensa terminar hoy esos zapatos?

--No puedo decir si lo pienso o no. Creo que sí; pero no lo sé.

La pregunta le recordó la tarea, y a ella se consagró de nuevo.

Aproximóse silencioso el señor Lorry, dejando a la niña junto a la

puerta. Uno o dos minutos haría que se encontraba junto a Defarge,

cuando el zapatero alzó la cabeza. No manifestó la menor sorpresa al

ver a dos personas en vez de una.

--Tiene usted una visita--observó Defarge.

--¿Qué dice usted?

--Que ha venido este señor a visitar a usted.

El zapatero alzó de nuevo los ojos, pero no dejó de trabajar.

--Este caballero--repuso Defarge--entiende mucho en zapatos. Enséñele

usted el que está haciendo para que aprecie su trabajo. Tómelo usted,

señor.

Lorry tomó en su mano el zapato.

--Diga usted a este señor qué clase de zapato es, y el nombre del

operario que lo hace.

Medió una pausa más larga que las de ordinario antes que respondiera el

zapatero.

--He olvidado la pregunta--dijo al fin.--¿Qué decía usted?

--Dije que tuviera usted la bondad de decir a este señor qué clase de

zapato es éste.

--Es un zapato de señora... zapato de paseo, propio para señorita. Es

de moda, aunque la verdad es que nunca he visto la moda.

--¿Y el nombre del zapatero?--preguntó Defarge.

El desventurado puso los nudillos de la mano derecha en la palma de

la izquierda, invirtió el orden, colocando los nudillos de ésta en la

palma de la primera, a continuación se pasó las dos por la barba y

después por la frente. La obra de arrancarle de la abstracción en que

quedaba sumido siempre a raíz de haber hablado no cedía en importancia

y dificultad a la de volver a la vida a una persona desmayada o la de

infiltrar un poco de vida artificial en un cuerpo casi muerto del que

se espera obtener alguna revelación.

--¿Preguntó usted mi nombre?

--En efecto, eso pregunté.

--Ciento Cinco, Torre del Norte.

--¿Nada más?

--Ciento Cinco, Torre del Norte.

Exhalando algo que no fué ni suspiro ni gemido, volvió a la tarea,

que no suspendió hasta que el señor Lorry, mirándole con fijeza, le

preguntó:

--Su profesión de usted no ha sido la de zapatero, ¿verdad?

El interrogado volvió sus hundidos ojos hacia Defarge, cual si esperara

que éste contestara por él la pregunta, pero como no le llegara por

aquella parte el auxilio, los llevó hacia el que le interrogaba, no sin

clavarlos antes en el suelo:

--¿Que no ha sido mi profesión la de zapatero? No: no lo ha sido.

Aprendí... aprendí el oficio... allí. Me lo enseñé yo mismo. Pedí que

me dejaran...

Perdió, al llegar a este punto, el hilo de lo que estaba diciendo. Vagó

errante su mirada de una parte a otra hasta que volvió a encontrar a

la persona con quien hablaba, y continuó, con el tono del que, en el

momento de despertar, reanuda una conversación que el sueño interrumpió:

--Pedí que me dejaran aprender por mí mismo, y aprendí a fuerza de

tiempo y de dificultades. Desde entonces no he hecho otra cosa más que

zapatos.

En el instante que alargaba la mano para tomar de las de Lorry el

zapato, preguntóle este último:

--Señor Manette, ¿no me recuerda usted?

El zapato cayó al suelo y el zapatero quedó inmóvil, clavados sus ojos

en la cara de quien le preguntaba.

--Señor Manette--repitió Lorry, poniendo una mano sobre el hombro de

Defarge.--¿No se acuerda usted de este hombre? ¡Mírele bien! ¡Míreme

también a mí! ¿No se alzan en su cerebro las figuras del que fué su

banquero, la memoria de sus antiguos negocios, la imagen de su criado

antiguo?

Mientras el infeliz recién salido de la tumba, donde por espacio de

tantos años le tuvieran enterrado en vida, clavaba sus miradas ora

en el señor Lorry, ora en Defarge, su frente reveló que allá en las

profundidades de su cerebro algunos destellos de inteligencia reñían

ruda batalla con la noche profunda que, reinando como señora única,

paralizaba toda su actividad. La cerrazón se acentuó poco dispuesta

a perder su imperio; los destellos se debilitaron y concluyeron por

apagarse; pero habían brillado, y lo que una vez brilla, lo que una vez

despierta, no está extinguido del todo, puede brillar otra vez. Así

ocurrió en efecto. Cuando momentos después repararon sus miradas en la

cara juvenil de la niña que, arrastrándose a lo largo de la pared se

había acercado, y de pie y con las manos extendidas le contemplaba,

primero con mezcla de compasión infinita y de terror, y más tarde

con anhelos vivísimos de estrechar contra su pecho aquella cabeza de

espectro y ansias fervientes de inocular en su alma el calor de la

vida, la luz del amor y de la esperanza, la inteligencia brotó de

nuevo, pero más potente que la vez primera, ante el conjuro misterioso

de la chispa que, partiendo del alma de la joven, fué a prender en la

del anciano.

Las sombras, resistiendo obstinadas, quedaron al fin dueñas del campo.

El viejo miró a las personas que tenía delante con menos atención que

antes, y sus ojos buscaron el suelo con el aire de sombría abstracción

que les era peculiar. Al cabo de algunos segundos, exhalaba un suspiro,

recogía el zapato y reanudaba su tarea.

--¿Le ha reconocido usted, caballero?--susurró Defarge al oído de Lorry.

--Por imposible lo reputé al principio, pero aunque sólo por breves

instantes, he conseguido reconocer el rostro que tan conocido me fué en

otro tiempo... ¡Chist... silencio! ¡Alejémonos un poco más!

La niña se había separado de la pared, y se acercaba silenciosa a la

banqueta en que el anciano estaba sentado. Fué una escena sencillamente

imponente. Nadie pronunció palabra. Ni el rumor más liviano vino a

turbar aquel silencio augusto. La niña, semejante a un espíritu, quedó

en pie junto al zapatero, y éste trabajaba con ardor.

Ocurrió que al cabo del rato necesitó el anciano cambiar el instrumento

con que estaba trabajando por la cuchilla de zapatero. La recogió, y

cuando iba a emplearla, se detuvo. Sus ojos acababan de ver una falda.

Perezosamente fueron alzándose hasta encontrar la cara de la niña, y

allí se detuvieron.

Ráfagas de terror cruzaron por la frente del desdichado; moviéronse sus

labios cual si quisieran pronunciar palabras que su garganta se negó a

articular, su respiración se hizo fatigosa y jadeante, y al fin se le

oyó murmurar:

--¿Qué es esto?

La niña, por cuyas mejillas corrían raudales de lágrimas, llevó a sus

labios las manos que tenía juntas en actitud suplicante, las besó,

y seguidamente cruzó sus brazos sobre el pecho cual si entre ellos

tuviera la cabeza querida del anciano.

--¿Eres la hija del calabocero?--preguntó éste.

--No--suspiró ella.

--¿Quién eres, pues?

Comprendiendo la imposibilidad en que se encontraba de articular

palabra, la joven tomó asiento en la banqueta junto al anciano. Quiso

éste alejarse, pero sintió sobre su brazo la dulce presión de la mano

de su compañera, y, dejando sobre la banqueta la cuchilla, quedó

contemplando a aquélla.

Caían sobre los hombros de la niña sus cabellos de oro peinados en

largos tirabuzones. El anciano adelantó poco a poco y con timidez

evidente una mano hasta llegar a tocarlos, sus miradas se iluminaron,

pero se apagó la luz que momentáneamente había brillado en su

inteligencia y, exhalando un suspiro, dobló la frente y quiso reanudar

su labor.

Muy poco tiempo duró su abstracción. Después de dirigir dos o tres

miradas al zapato, cual si quisiera asegurarse de que continuaba sobre

su rodilla, lo dejó resueltamente sobre la banqueta, llevó sus manos al

cuello y desató una cuerda sucia y ennegrecida que lo rodeaba, de la

cual pendía una bolsita de paño. Colocando la bolsita sobre la rodilla,

abrióla con cuidado y sacó de ella dos rizos de cabello, que examinó

con detenimiento.

--¡Es el mismo!--murmuró.--¿Cómo es posible? ¿Cuándo sucedió? ¿Cómo

sucedió?

Una historia de dos ciudades · 第 3 / 34 段