--Sí, señorita: de uno de nuestros clientes. Los que nos dedicamos

a los negocios bancarios solemos llamar clientes a todos nuestros

conocimientos. El cliente a que me refiero era un caballero francés,

hombre de mucho talento y grandes dotes intelectuales... un médico.

--No sería de Beauvais, ¿eh?

--Precisamente de Beauvais. Lo mismo que el señor Manette, su padre de

usted, el caballero en cuestión era de Beauvais: lo mismo que el señor

Manette, su padre de usted, era una notabilidad en París, donde tuve el

honor de conocerle. Nuestras relaciones fueron lisa y exclusivamente de

negocios, pero confidenciales. Me hallaba yo a la sazón en nuestra casa

francesa, y hace de esto... ¡friolera! ¡veinte años!

--En aquel tiempo... Perdone usted mi curiosidad, caballero, pero

desearía saber...

--Hablo de veinte años atrás, señorita. Casó con una dama inglesa... y

yo era uno de sus fideicomisarios. El Banco Tellson manejaba todos sus

negocios, como los de casi todos los caballeros y familias francesas.

De la misma manera que fuí fideicomisario de aquel caballero, lo soy

o lo he sido de docenas de clientes de la casa. Son puras relaciones

comerciales, señorita, libres de amistad, libres de interés, libres de

afecto, relaciones en las cuales nada hay que se parezca a sentimiento.

En el curso de mi vida, he pasado de unas a otras sin que ninguna

dejara rastros ni casi recuerdos en mí, exactamente lo mismo que

despacho con los innumerables clientes que diariamente se acercan al

Banco con objetos tan variados. En una palabra, señorita: yo no tengo

sentimientos, yo no tengo afecto a nadie, yo soy una máquina, yo soy

un...

--Pero es que me está usted refiriendo la historia de mi padre,

caballero, y principio a sospechar que, cuando murió mi madre, que

solamente dos años sobrevivió a mi padre, dejándome huérfana y sola en

el mundo, fué usted el que me llevó a Inglaterra. Casi me atrevería a

asegurar que fué usted.

El señor Lorry tomó la diminuta mano que llena de confianza buscaba las

suyas, y la llevó con cierto aire de ceremonia a sus labios.

--Yo _fuí_, en efecto, señorita Manette--contestó Lorry.--El hecho de

que desde entonces nunca más haya vuelto a ver a usted, la convencerá

de la exactitud de mis palabras, la convencerá de la verdad con que

aseguré ha poco que no tengo sentimientos, y que cuantas relaciones

mantengo o he mantenido con mis semejantes han sido exclusivamente

de negocios. ¡No! ¡Nada de sentimentalismo! Usted ha sido desde

entonces la pupila del Banco Tellson, y yo he tenido sobrado quehacer

también desde entonces trabajando en los asuntos del Banco Tellson.

¡Sentimientos! ¡Me falta tiempo y voluntad para permitirme el lujo de

tenerlos! He pasado mi vida entera moviendo y dando vueltas a masas

inmensas de dinero.

Hecha esta descripción singular de sus rutinas diarias, el señor Lorry

alisó con entrambas manos su sedosa peluca, operación innecesaria,

pues era imposible alisarla más de lo que estaba, y volvió a tomar su

actitud anterior.

--Hasta ahora, señorita, lo que acabo de narrar es, conforme ha

adivinado usted, la historia de su padre. Las diferencias vienen ahora.

Si su padre no hubiese muerto cuando murió... ¡No se asuste usted! ¡Si

está temblando como la hoja en el árbol!

Era cierto. La joven temblaba convulsivamente y, sin articular palabra,

alargó entrambas manos en actitud suplicante.

--¡Por favor, señorita...!--exclamó Lorry con extremada

dulzura.--Domínese usted... Calme esa agitación... ¿Qué tienen que ver

aquí los sentimientos?... Estamos hablando de negocios... Ya ve usted:

decía...

La mirada que la niña dirigió al narrador le descompuso tan por

completo, que vaciló, tartamudeó, hubo de hacer una pausa bastante

prolongada, y al fin repuso:

--Decía que si el señor Manette no hubiese muerto, que si en vez de

morir hubiera desaparecido inesperada y silenciosamente, evaporándose,

por decirlo así, que si no hubiera sido empresa imposible adivinar el

pavoroso lugar donde habría sido sepultado, aunque sí llegar hasta él,

si hubiera tenido la desgracia de acarrearse la animadversión de algún

compatriota suyo, investido de un poder que los hombres más valientes

de mi tiempo no se atrevían a mencionar sin temblar, el poder de llenar

órdenes o decretos firmados en blanco, en virtud de las cuales fácil

era condenar a prisión y olvido temporal o perpetuo a cualquier mortal,

si la esposa de ese caballero hubiera implorado compasión del rey, de

la reina, de la corte, del clero y de la nobleza, solicitando noticias

de su marido ausente, sin conseguir ablandar ningún corazón, entonces

la historia del doctor de Beauvais que estoy refiriendo sería en efecto

la de su padre de usted.

--¡Por Dios santo, caballero, dígame más!

--A eso voy: ¿pero cuenta usted con valor bastante para escuchar lo que

yo diga?

--Todo lo puedo soportar menos la incertidumbre en que me dejan sus

palabras.

--Habla usted con calma... y seguramente _está ya_ sosegada:

¡magnífico!--continuó Lorry, con expresión que desmentía sus últimas

palabras.--Estamos hablando de negocios... nada más que de negocios.

No vea usted en lo que digo más que un negocio... que puede hacerse...

que, según todas las probabilidades, saldrá bien. Sigamos: si la buena

señora del doctor, dama de valor excepcional y de gran presencia de

espíritu apuró dolores, sufrimientos tan acerbos, a consecuencia de lo

que acabo de manifestar, antes que viniera al mundo su hijo...

--¡El hijo era hija, caballero!...

--¡Bueno...! ¿Qué más da? El sexo no altera el negocio... Digo,

señorita, que si la pobre dama sufrió dolores tan acerbos antes que

naciera su hija, que a fin de impedir que llegase hasta ésta la triste

herencia de sus agonías, la amamantó y educó en la creencia de que su

padre había muerto... ¡No se arrodille usted, por Dios vivo...! ¡En

nombre del Cielo!... ¿Por qué cae de rodillas a mis pies?

--¡Para suplicarle que me diga la verdad...! ¡Por piedad, señor, nada

me oculte!...

--Todo se lo diré... ¡Pero cálmese usted, por lo que más quiera!

Estamos tratando un... un... negocio, señorita, y sus extremos me

confunden... y no es posible... no puedo tratar negocios con acierto

si confunden y obscurecen mis ideas. Veamos de despejar la cabeza. Si

usted puede decirme ahora mismo... por ejemplo, cuántos peniques suman

nueve monedas de a nueve peniques una, o cuántos chelines son veinte

guineas, tranquilizará mucho mi espíritu, pues será prueba palpable de

la calma y serenidad del suyo.

Sin contestar directamente a este llamamiento, la niña se dejó alzar

del suelo y volvió a sentarse con tal compostura, que comunicó a su

interlocutor el valor que principiaba a faltarle.

--¡Muy bien! ¡Así...! ¡Mucho valor! ¡Negocio y nada más que negocio! Se

le presenta un negocio, negocio positivo, de rendimientos. Su madre,

señorita Manette, adoptó con usted la norma de conducta que antes he

insinuado. Cuando murió... creo que de pesadumbre... sin haber cesado

ni por un instante de buscar a su marido, y sin llegar a averiguar

nada, dejó a usted, niña de dos años, en camino de crecer hermosa,

feliz, sin penas, libre de la nube negra que hubiera amargado su

existencia, si al morir la hubiese revelado la historia de su padre,

sin poder añadir si éste había muerto en la cárcel o si continuaba

enterrado en el calabozo, sufriendo las torturas del sepultado en vida.

Pronunció las últimas palabras posando una mirada de compasión infinita

sobre los cabellos de oro que tenía delante, cual si a sí mismo se

dijera que, gracias a la compasiva reserva de la madre, no abundaban en

aquellos las hebras de plata.

--Sabe usted perfectamente que sus padres no disfrutaron de una gran

fortuna, y que, la que poseían, pasó a su madre y a usted. Por lo que a

dinero y bienes materiales se refiere, no se han hecho descubrimientos

nuevos; pero...

Sintió el narrador que manos delicadas oprimían con fuerza sus muñecas,

y dejó de hablar. La expresión del rostro de la niña era de pena y de

horror.

--Pero ha sido encontrado... _él_. Vive, sí... muy cambiado... lo

considero probable; destrozado, hecho una ruina, reducido a sombra de

lo que fué... es posible; pero vive, y debemos abrigar esperanzas de

que mejorará. Su padre ha sido llevado a la casa de un antiguo criado

suyo, que reside en París, y a su encuentro vamos nosotros: yo, para

identificarle, si puedo; usted, para abrazarle, para devolverle la

vida, el cariño, la calma y el descanso.

La niña se estremeció de pies a cabeza. Trémula, conmovida, con voz

extraña, cual de la quien habla en sueños, dijo:

--¡Voy a ver su fantasma!... ¡Su fantasma!... ¡No a él!

Lorry desprendió con suavidad las manos que atenaceaban su brazo.

--¡Calma, calma, señorita!--dijo.--Ya pasó todo. Conoce usted todo lo

bueno y todo lo malo. Vamos al encuentro del desventurado caballero,

injustamente castigado, y después de un viaje feliz por mar, seguido de

otro no menos venturoso por tierra, tendrá muy en breve el dulce placer

de abrazarle.

--¡He vivido tranquila, he vivido feliz, y nunca me ha perseguido su

fantasma!--exclamó la niña con el mismo tono de voz que antes.

--Réstame otra observación--repuso Lorry, recalcando la palabra, con

objeto, sin duda, de asegurarse la atención de su oyente. Cuando le

encontraron, llevaba otro nombre. El suyo, o lo olvidaron hace mucho

tiempo, o alguien ha tenido interés en ocultarlo. Sería peor que

inútil intentar averiguar si ha ocurrido lo uno o lo otro: sería peor

que inútil tratar de inquirir si se olvidaron de su persona, o si

deliberadamente y con intención le han retenido durante tantos años

prisionero: sería peor que inútil practicar pesquisas de ninguna clase,

y lo sería, porque además de inútil, nos expondríamos a correr grandes

peligros. Preferible mil veces es no hablar siquiera del asunto, y

sacar a su padre de Francia. Yo mismo, no obstante encontrarme a

cubierto de peligros de esa clase por ser ciudadano inglés, y hasta el

Banco Tellson, con toda la importancia que en Francia tiene, no nos

atrevemos a mencionar siquiera el asunto. No llevo sobre mi persona

una línea, una palabra escrita que a él se refiera con claridad. En

una palabra: se trata de un secreto. Todas las credenciales que para

resolverlo me acreditan, todas las instrucciones que como agente he

recibido, se reducen a una palabra sola: «Resucitado»... ¡Pero qué es

eso!... ¡Si no ha oído una palabra de las que vengo diciendo! ¡Señorita

Manette!

La niña continuaba en la silla, perfectamente quieta, perfectamente

tranquila, perfectamente silenciosa, perfectamente erguida,

perfectamente insensible, abiertos los ojos y clavados en la cara de

Lorry, pero con esa expresión singular que tienen los ojos esculpidos

bajo la frente de una estatua. Sus dedos continuaban asiendo su brazo

con tal fuerza, que no se atrevió a desasirlos temiendo lastimarla, por

cuyo motivo gritó pidiendo socorro, pero sin moverse.

A los gritos acudió una mujer de aspecto bravío, roja de cabeza a pies,

pues rojo era el color de su cara, rojo su cabello, rojo su vestido,

rojo el monumental gorro, semejante al que solían llevar los granaderos

o a un descomunal queso de Stilton. Pisando los talones a la mujer,

que penetró corriendo en la estancia, llegaron todas las criadas de

la posada. Pocos miramientos empleó la primera para solucionar el

conflicto de desasir el brazo de Lorry de los dedos que, agarrotados,

lo sujetaban, pues de la primera manotada asestada contra el pecho del

caballero del Banco Tellson, envió a éste precipitado contra la pared

más inmediata.

--¡Esa mujer es hombre!--murmuró para sus adentros Lorry, al chocar

contra la pared.

--¡Qué buscáis aquí, bobaliconas!--rugió la mujer roja, dirigiéndose a

las criadas.--¿Por qué no vais a fregar, en vez de estar ahí, mirándome

como idiotas? ¿Soy alguna mona por ventura? ¡A trabajar! ¡Pronto

sabréis quién soy yo, si no me traéis volando sales, agua fría, vinagre

y todo lo que haga falta!

La dispersión fué general e inmediata. Volaron las criadas en busca

de los restaurativos pedidos, mientras la matrona roja colocaba a

la paciente sobre un sofá con gran pericia y suavidad llamándola

«preciosa», «hijita mía», «paloma», etc., etc.

--¿Y usted, pedazo de bruto--gritó a continuación, revolviéndose

furiosa contra el señor Lorry,--no pudo contarla su famosa historia

sin darla un susto de muerte? ¡Vea cómo la ha puesto! ¡Pálida como un

difunto, fría como el hielo! ¿No le da vergüenza decir que es banquero?

Hasta tal extremo desconcertó al señor Lorry una pregunta de

contestación tan difícil, que no supo hacer otra cosa que mirar desde

lejos con expresión de simpatía y humildad extraordinarias, mientras

la tremebunda mujer, después de ahuyentar de nuevo a los criados que

habían vuelto a entrar con agua, vinagre y sales, bajo la penalidad

misteriosa de «hacerles saber algo que no tenía por qué mencionar» si

continuaban allí mirándola embobados, puso manos a la obra y consiguió,

al cabo de mucho rato, que la niña comenzara a dar señales de vida.

--Parece que se encuentra mejor--observó el señor Lorry.

--Pero no será por lo que usted ha hecho--replicó con aspereza la

matrona.--¡Hija mía!

--¿Tendría usted inconveniente--preguntó Lorry con gran humildad,

pasados algunos momentos--en acompañarla hasta Francia?

--¡No sabe usted decir más que sandeces! Si la Providencia hubiese

dispuesto que alguna vez cruzase yo el charco, ¿cree usted que me

habría hecho nacer en una isla?

Como también resultaba difícil en extremo la contestación a semejante

pregunta, el señor Mauricio Lorry creyó conveniente retirarse para

meditar.

V

LA TABERNA

Había caído en la calle, haciéndose pedazos, una barrica de vino. El

accidente ocurrió al sacar la barrica de un carro. Aquélla cayó al

suelo, comenzó a rodar, saltaron los aros, y fué a abrirse como un

cascarón de monstruosa nuez frente a la puerta de una taberna.

Cuantas personas había por los alrededores suspendieron sus tareas

o pusieron fin a su ociosidad para correr al lugar del siniestro y

beberse el vino. Las piedras ásperas, desiguales y puntiagudas que

formaban el adoquinado de la calle, puestas de propósito, según todas

las apariencias, para hacer tantos cojos como afortunados mortales

tuvieran la dicha de pasar sobre ellas, habían hecho la distribución

del rojo líquido, formando variedad de estanques de diferentes

dimensiones, todos los cuales estaban rodeados por grupos mayores

o menores, según fuera mayor o menor su extensión. Muchos hombres,

tendidos de bruces, recogían el vino en el hueco de sus manos, y

bebían, o hacían que bebieran las mujeres que afanosas se inclinaban

sobre sus hombros, antes que el líquido escapara entre sus dedos.

Otros, hombres y mujeres, lo recogían con pequeñas vasijas de barro

cocido o bien empapaban los pañuelos de cabeza de las mujeres, que

luego exprimían en sus bocas o en las de los niños: éstos oponían

diques de barro al curso del vino, aquéllos, obedeciendo los consejos

que a gritos les daban desde las ventanas los curiosos, saltaban de acá

para allá a fin de desviar el curso de nuevos regueros, y no faltaban

quienes apoderándose de los fragmentos medio podridos de la barrica,

los chupaban y lamían con indecible ansiedad. Puede asegurarse que

las turbas recogieron, no ya sólo hasta la última gota de vino, sino

también hasta la última molécula de tierra que con aquel estuvo en

contacto. La calle quedó como si por ella acabasen de pasar todas las

brigadas de basureros de la ciudad, si en la ciudad se hubiera conocido

la brillante institución de basureros.

Mientras duró la diversión del vino, no cesó en la calle la algarabía

de alegres carcajadas y gritos de júbilo, lanzados por docenas de

gargantas de hombres, de mujeres y de niños. La distracción resultaba

un poquito ordinaria y un mucho movida. Cuantos en ella tomaban parte

mostraban tendencia especial a las afinidades y confianzas, de las que

resultaban brindis de gusto discutible, apretones de manos, abrazos y

caprichosas danzas, en los que tomaban parte especial los que habían

bebido más, o los de carácter más jovial y divertido. Cuando faltó el

vino, y las piedras y tierra que había regado quedaron secas y limpias,

cesaron las demostraciones de alegría con tanta brusquedad como habían

comenzado. El individuo que había dejado su sierra apoyada contra el

leño que estaba aserrando, la empuñó y puso de nuevo en movimiento;

la mujer que dejó su puchero cociendo frente a la puerta de su casa,

volvió a atenderlo; descendieron otra vez a las profundidades de las

obscuras cuevas los hombres de brazos desnudos, pelo sucio y rostros

cadavéricos que habían salido a la luz del día minutos antes, y las

tinieblas envolvieron con su manto una escena que, en realidad, hacía

daño contemplar a la luz del sol.

El vino que contenía la barrica destrozada era tinto, y manchó la

estrecha calle del suburbio de San Antonio en la cual se había

derramado. Manchó asimismo muchas manos y muchas caras y muchos pies

desnudos y muchos zuecos. Las manos del hombre que aserraba el leño

dejaron huellas rojizas en las tablas, y la frente de la mujer que

amamantaba a su tierno hijo quedó también manchada al chocar con la

frente de la vieja bruja con la cual se abrazó y bailó en momentos

de efímera alegría. Los que ansiosos se apoderaron de los restos de

la barrica y los chuparon y lamieron, salieron de la diversión con

círculos rojizos en sus bocas que les daban aspecto de tigres feroces,

y hubo uno, más aficionado sin duda a las bromas que los demás, que con

el dedo untado en la masa formada por el lodo y el vino, garrapateó en

la pared la palabra _sangre_.

¡Día llegaría en que la sangre fuera vertida a torrentes, y en que

muchos de los que en la diversión reseñada tomaron parte irían tintos

en sangre de cabeza a pies!

Luego que la calle de San Antonio volvió a su ser y condición

habituales, de los que momentáneamente la sacara un incidente fortuito,

quedó triste, obscura y tétrica, gimiendo bajo el cetro del frío,

de la suciedad, de las enfermedades, de la ignorancia y del hambre,

nobles de gran poder todos ellos, pero particularmente el mencionado

en último lugar. En todos los rincones se veían agazapados ejemplares

de desdichados que habían sido prensados y triturados una y cien veces

entre las pesadas piedras del molino, tiritando de frío y cayéndose de

hambre. El molino que los había triturado no era aquel molino fabuloso

que tiene la propiedad de convertir a los viejos en jóvenes llenos de

vida, sino el que hace de los jóvenes viejos. Caras de ancianos tenían

los muchachos, y voces graves y profundas los niños. Sus espaldas se

doblaban bajo el peso, no de los años, pero sí bajo el del hambre, que

era la dueña y señora de aquellos barrios. Hambre era la palabra que se

repetía en todas las casas, hambre el fatídico fantasma montado sobre

los míseros harapos que pendían de las pértigas o cuerdas tendidas

frente a las inmundas casuchas, hambre repetían todos los fragmentos de

serrín que caían bajo los dientes de la sierra del carpintero, hambre

el espantoso monstruo que, no encontrando en las calles inmundicias con

que alimentarse, se encaramaba a lo alto de las chimeneas, que tampoco

ofrecían humo a su voracidad; hambre era la inscripción que se leía en

las anaquelerías de todos los panaderos, hambre la palabra estampada en

todos los panes, caros, de mala calidad y faltos de peso.

Los distritos donde había sentado sus reales no podían ser más a

propósito para el objeto. Una calle estrecha y tortuosa, muladar

inmundo y hediondo, de la que arrancaban otras callejas más estrechas

y tortuosas, habitadas por piltrafas humanas y oliendo a piltrafas

humanas, en las cuales sólo se veían personas y cosas que daban

náuseas. En la torva expresión de sus habitantes vislumbrábanse

anhelos feroces de volver las cosas del revés. No faltaban en sus

caras demacradas ojos que despedían llamas, ni labios crispados, ni

frentes contraídas horriblemente. Hasta las muestras de las tiendas

eran ilustraciones vívidas de la necesidad. En las carnicerías y

tocinerías pintaban reses escuálidas, y en las panaderías panes

fementidos, microscópicos. La única industria que parecía atravesar una

época de prosperidad floreciente era la de las herramientas y armas.

Los cuchillos y hachas de los carniceros eran brillantes, estaban

perfectamente afiladas, los martillos de los herreros pesaban muchas

libras, y las armerías estaban atestadas de instrumentos de muerte.

Las calles, llenas de baches, depósitos de fango y de agua corrompida,

carecían de aceras. Los faroles, que a intervalos muy largos pendían de

unas cuerdas, derramaban sobre ellas una luz enfermiza que no bastaba a

disipar las tinieblas como no disipan las tinieblas del mar la luz de

los faroles colocados en lo alto de las vergas. A decir verdad, París

era un mar, y tanto el barco como los que lo tripulaban corrían grave

peligro de naufragar.

Había de llegar el día en que los famélicos habitantes de aquellas

regiones, a fuerza de contemplar los míseros faroles, llegarían a

concebir el proyecto de introducir mejoras en el sistema y colgarían de

aquellas cuerdas hombres que iluminasen las negruras de su situación.

No era, empero, llegado el tiempo, y aunque todas las brisas que

soplaban sobre Francia eran precursoras de recios vendarales, no se

daban por enterados los pajarillos de sedoso plumaje.

La taberna frente a la cual se desarrolló la escena que acaban de

presenciar los lectores de esta historia ofrecía mejor aspecto que la

mayor parte de las tabernas de aquellos barrios, y su dueño, vestido

con chaleco amarillo y calzones verdes, estuvo contemplando con

tranquila indiferencia la lucha de los que corrían a la conquista del

vino derramado.

--Poco me importa--exclamó, encogiéndose de hombros.--Lo han dejado

caer los empleados del almacenista; ellos me traerán otra barrica.

Acertó entonces el tabernero a ver al individuo que escribía en la

pared la palabra _sangre_, y le preguntó:

--Oye, Gaspar; ¿qué estás haciendo ahí?

Contestó él interpelado con uno de esos gestos significativos que tanto

privan entre las gentes de su ralea, y cuya significación tantas veces

pasa inadvertida, como ocurrió en el caso presente.

--¿Estás haciendo méritos para ingresar en un manicomio?--repuso el

tabernero, atravesando la calle y extendiendo sobre la palabra escrita

en la pared un puñado de barro que recogió del suelo.--¿No encuentras

otro sitio, dime, donde escribir palabras como ésa?

Mientras formulaba la segunda pregunta, el tabernero colocó su mano

menos sucia (quizá por casualidad, quizá intencionadamente) sobre la

región del corazón de su interlocutor. Este golpeó su pecho con la

suya, dió un prodigioso salto y quedó inmóvil, en actitud de danza

fantástica puesto el brazo izquierdo sobre la cadera y el derecho en

alto, y sosteniendo entre el pulgar y el índice de la diestra un zapato

sucio que previamente se había sacado de uno de sus pies.

El tabernero volvió a cruzar la calle y entró en su establecimiento.

Era un hombre de unos treinta años, de aire marcial y cuello de toro.

Debía ser de un temperamento de fuego, pues aunque el día era uno de

los más fríos que disfrutaron los parisienses en aquel invierno crudo,

iba en mangas de camisa y llevaba éstas arremengadas hasta muy cerca

de los hombros. En cuanto a prendas de cabeza, no usaba otra que la

natural: una masa de pelo negro, áspero y ensortijado. Era de tez

morena y buenos ojos, de mirar implacable. Evidentemente era hombre de

gran resolución y propósitos inquebrantables, uno de esos hombres con

los cuales sería peligroso tropezarse en un sendero estrecho bordeado

por dos abismos, pues es seguro que por nada ni por nadie volvería

sobre sus pasos.

Una historia de dos ciudades · 第 2 / 34 段