Por lo que a este particular se refiere, la herencia natural

Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.

Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)

han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

Ilustraciones han sido eliminadas.

BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS

CARLOS DICKENS

UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES

TRADUCCIÓN DE

GREGORIO LAFUERZA

[Ilustración]

BARCELONA

RAMÓN SOPENA. EDITOR

PROVENZA, 93 A 97

DERECHOS RESERVADOS

Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.--Barcelona

PROLOGO

Concebí las líneas generales de esta historia cuando representé con

mis hijos y amigos el drama de Collin _El Abismo Helado_. Apoderóse

entonces de mí el deseo firme de encarnar el drama en mi persona, y

procuré asimilarme, con solicitud e interés especiales, el estado de

ánimo necesario para hacer su presentación a un espectador dotado del

espíritu de observación.

A medida que me fuí familiarizando con la idea, fueron dibujándose y

resaltando las líneas generales hasta llegar gradualmente a adquirir la

forma que en la actualidad tienen. Hasta tal extremo se ha posesionado

de mí el argumento durante su ejecución, ha dado tanta vida a todo

lo que en estas páginas se ha hecho y sufrido, que puedo decir, sin

incurrir en exageraciones, que todo lo he hecho y sufrido yo mismo.

Cuantas referencias haga, por ligeras que sean, a la condición del

pueblo francés antes o durante la Revolución, serán exactas de toda

exactitud, fundadas en los testimonios de personas dignas de fe

absoluta. Ha sido una de mis aspiraciones añadir algo a los medios de

inteligencia populares y pintorescos de aquella época terrible, bien

que firmemente convencido de que no hay quien pueda añadir nada a la

portentosa filosofía que encierra la obra admirable de Carlyle.

UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES

LIBRO PRIMERO

VUELTA A LA VIDA

I

EL PERÍODO

Erase el mejor de los tiempos y el más detestable de los tiempos; la

época de la sabiduría y la época de la bobería, el período de la fe

y el período de la incredulidad, la era de la Luz y la era de las

Tinieblas, la primavera de la vida y el invierno de la desesperación.

Todo lo poseíamos y nada poseíamos, caminábamos en derechura al cielo

y rodábamos precipitados al abismo: en una palabra, era tan parecido

aquel período al actual, que nuestras autoridades de mayor renombre

están contestes en afirmar que, entre uno y otro, tanto en lo que al

bien se refiere como en lo que toca al mal, sólo en grado superlativo

es aceptable la comparación.

Un rey de bien desarrolladas mandíbulas y una reina de cara aplastada

se sentaban sobre el trono de Inglaterra, y un rey de grandes quijadas

y una reina de rostro hermoso ocupaban el de Francia. Los señores de

los grandes almacenes de pan y de pescado de entrambos países veían

claro como el cristal que el bien público estaba asegurado para siempre.

Era el año de Nuestro Señor de mil setecientos setenta y cinco. En un

período tan favorecido, no podían faltar a Inglaterra las revelaciones

espirituales. Recientemente había celebrado su vigésimoquinto natalicio

la señora Southcott, cuya aparición sublime en el mundo anunciara

con la antelación debida un guardia de corps, profeta privado,

pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a

Westminster. Hasta había sido definitivamente enterrado el fantasma

de la Callejuela del Gallo, después de andar rondando por el mundo

doce años, y de revelar a los mortales sus mensajes en la misma forma

que los espíritus del año anterior, acusando una pobreza sobrenatural

de originalidad, revelaron los suyos. Los mensajes únicos de orden

terrenal que recibieron la Corona y el Pueblo ingleses, les llegaron

de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes

que, por extraño que parezca, han resultado de muchísima mayor

transcendencia para la raza humana que cuantos recibió ésta por la

mediación de cualquiera de los pollitos de la Callejuela del Gallo.

Menos favorecida Francia en lo referente a asuntos de orden espiritual

que su hermana la del escudo y del tridente, rodaba con suavidad

encantadora pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándolo que

era un contento. Bajo la dirección de sus cristianísimos pastores,

permitíase entretenerse, además, con distracciones tan humanitarias

como sentenciar a algún que otro joven a que le cortaran las manos,

le arrancaran con pinzas la lengua y le quemaran vivo, por el nefando

delito de no haber caído de rodillas sobre el fango del camino, en

un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión

de frailes que pasó al alcance de su vista, bien que a distancia de

cincuenta o sesenta varas. Es muy probable que, cuando aquel criminal

fué llevado al suplicio, el leñador _Destino_ hubiera marcado ya

en los bosques de Francia y de Normandía los añosos árboles que la

sierra debía convertir en tablas que servirían para construir aquella

plataforma movible, provista de su cesto y su cuchilla, que tanta y

tan terrible celebridad ha conquistado en la historia. Es asimismo muy

posible que, en los rústicos cobertizos anejos a las casuchas de los

labradores de las cercanías de París, se hallasen en el mismo día,

resguardados de las inclemencias del tiempo, las primitivas carretas,

llenas de salpicaduras de fango lamidas por los cerdos y sirviendo

de percha a las aves de corral, que el labriego _Muerte_ había

seleccionado para que fueran las carrozas de la Revolución. Verdad es

que, si bien el Leñador y el Labriego trabajaban incesantemente, su

labor era silenciosa y no había oído humano que percibiera sus pasos

sordos, tanto más, cuanto que abrigar algún recelo de que aquellos

estuvieran despiertos era tanto como confesarse a la faz del mundo ateo

y traidor.

En Inglaterra, apenas si quedaba un átomo de orden y de protección

bastantes para justificar la jactancia nacional. La misma capital era

todas las noches teatro de robos a mano armada y de crímenes los más

osados y escandalosos. Pública y oficialmente se avisaba a las familias

que no salieran de la ciudad sin llevar antes sus mobiliarios a los

almacenes de los tapiceros, únicos sitios que les ofrecían alguna

garantía. El que a favor de las sombras de la noche era bandolero,

parecía honrado mercader de la ciudad a la luz del sol, y si alguna

vez era reconocido por el comerciante auténtico a quien se presentaba

bajo el carácter de «capitán», disparábale con la mayor frescura un

tiro que le enviaba a otro mundo mejor y ponía pies en polvorosa. La

diligencia-correo fué asaltada por siete bandoleros, de los cuales mató

a tres la guardia, la cual a su vez fué muerta por los cuatro restantes

«a consecuencia de haberse quedado sin municiones»: a continuación,

la diligencia fué robada concienzuda y tranquilamente. El altísimo y

poderosísimo alcalde mayor de Londres fué secuestrado y obligado a

vivir durante algún tiempo en Turnham Green por un esforzado bandido,

quien tuvo el honor de desbalijar a criatura tan ilustre en las barbas

de su numerosa escolta y no menos numerosa servidumbre. En las cárceles

de Londres reñían los prisioneros fieras batallas con sus carceleros,

a los cuales obsequiaba la majestad de la ley con sendos arcabuzazos.

En los propios salones de la corte, manos habilidosas libraban a

los más altos señores de las cruces de brillantes que adornaban sus

cuellos. Penetraron los mosqueteros en San Gil en busca de contrabando,

y el populacho hizo fuego contra los mosqueteros, y los mosqueteros

hicieron fuego sobre el populacho, sin que a nadie se le ocurriera

pensar que semejante suceso no fuera incidente de los más comunes y

triviales de la vida. A todo esto, el verdugo, siempre en funciones,

siempre atareado, no bastaba a acudir a los distintos puntos en que era

necesario, hoy dejando pendientes de sus cuerdas grandes racimos de

criminales y mañana ahorcando a un ladrón vulgar, que penetró el jueves

en la casa del vecino, y emprendió el viaje a la eternidad el sábado

siguiente; para quemar hoy en Newgate docenas de personas, y mañana

centenares de folletos en la puerta de Westminster Hall; para enviar

hoy a la eternidad a un desalmado feroz, y hacer mañana lo propio con

un mísero raterillo que robó seis peniques al hijo de un agricultor.

Todas estas cosas, y mil otras por el estilo que podría referir,

eran el pan nuestro de cada día en el bendito año de mil setecientos

setenta y cinco sin que fueran obstáculo para que, mientras el Leñador

y la Labriega proseguían su silenciosa labor, los dos mortales de

las desarrolladas quijadas y las dos de cara aplastada y hermosa,

respectivamente, llevaran a punta de lanza sus divinos derechos. Así

conducía el año de mil setecientos setenta y cinco a Sus Grandezas y

a los millones de criaturas insignificantes, entre ellas las que han

de figurar en la crónica presente, a sus destinos respectivos, por los

caminos que ante sus pasos estaban abiertos.

II

LA DILIGENCIA

El que recorría el primero de los personajes que han de jugar papel de

mucha importancia en la historia presente, la noche de un viernes de

noviembre, era el de Dover. Seguía el viajero a la diligencia, mientras

ésta avanzaba pesadamente por el repecho de la colina Shooter. Subía

caminando entre el barro pegado a la caja desvencijada del carruaje, y

a su lado iban los demás compañeros de viaje, no ciertamente movidos

del deseo de hacer ejercicio, poco agradable dadas las circunstancias,

sino porque rampa, arneses, fango, diligencia y caballos eran tan

pesados, que éstos últimos habían declarado ya tres veces sus deseos

de no seguir adelante, amén de otra que intentaron dar media vuelta,

con el propósito sedicioso de volverse a Blackheath. Las riendas y la

fusta, el postillón y el guarda, puestos de acuerdo, hubieron de dar

lectura al artículo del Reglamento de Campaña que asegura que nunca, ni

en ningún caso, tendrán _razón_ los animales brutos, gracias a lo cual

capituló el tiro y se resignó a cumplir con su deber.

Bajas las cabezas y trémulas las colas procuraban abrirse paso por

entre los mares de espeso barro que cubrían el camino, tropezando aquí,

dando allá un tumbo espantoso, cayendo no pocas veces y tambaleándose

siempre. Cuantas veces el mayoral les concedía algún descanso, el

caballo delantero sacudía violentamente la cabeza y cuantos objetos

la adornaban con aire doctoral y enfático, cual si su intención fuera

negar que la diligencia pudiera llegar a lo alto de la loma; y cuantas

veces aquel hacía restallar el látigo, el viajero de quien vengo

hablando levantaba asustado la cabeza, como hombre a quien arrancan

bruscamente de sus meditaciones.

Mares de vapor acuoso en forma de espesa niebla cubrían todas las

hondonadas y se deslizaban pegados a la tierra semejantes a espíritus

malignos que buscan descanso y no lo encuentran. La niebla era pegajosa

y muy fría, y avanzaba formando graciosos rizos y masas onduladas

que se perseguían y alcanzaban como se persiguen y alcanzan las olas

cuando el mar está movido. Era lo suficientemente densa para encerrar

en un círculo estrechísimo la claridad que derramaban los faroles del

carruaje, hasta impedir que se vieran los chorros de vapor que los

caballos lanzaban por las narices y que iban a aumentar el caudal de

los que llenaban la atmósfera.

Dos viajeros, además del que he mencionado, subían trabajosamente la

rampa siguiendo a la diligencia. Los tres llevaban subidos hasta las

orejas los cuellos de sus abrigos y los tres usaban botas muy altas.

Ninguno de ellos hubiera podido decir si sus compañeros de viaje

eran guapos o feos, jóvenes o viejos; tan cuidadosamente recataban

sus semblantes, y no estará de más añadir que, si imposible era a

los ojos del cuerpo divisar la seña corporal más insignificante,

aun lo era más a los ojos del espíritu conjeturar las del alma, es

decir, las intenciones que cada uno de ellos pudiera abrigar. En

aquellos felices tiempos, los viajeros eran altamente reservados y

evitaban con gran cautela hacer confianza en personas desconocidas,

pues cualquier compañero de diligencia o de camino podía resultar un

bandolero o un cómplice de bandoleros, señores que abundaban que era

una bendición, pues todas las tabernas y posadas contaban con cosecha

no escasa de soldados a sueldo del «capitán», cuyas huestes nutrían

todos sin excepción, comenzando por el posadero y terminando por el

último mozo de cuadra. En esto precisamente iba pensando el guarda de

la diligencia-correo de Dover la noche de aquel viernes del mes de

noviembre de mil setecientos setenta y cinco, mientras aquélla subía

trabajosamente la rampa de Shooter, sentado en la banqueta posterior

del carromato que le estaba reservada, dando furiosas patadas sobre las

tablas para evitar que sus pies quedaran transformados en bloques de

hielo y puesta la mano sobre un arcabuz cargado, que coronaba un montón

de seis u ocho pistolas de arzón, también cargadas, a las cuales servía

de base otro montón de machetes y puñales perfectamente afilados.

En el viaje al que la presente historia se refiere, ocurría en la

diligencia de Dover lo que invariablemente sucedía en todos los viajes:

el guarda sospechaba de los viajeros, los viajeros sospechaban entre

sí y del guarda, unos a otros se miraban con recelo, y en cuanto al

postillón, sólo de los caballos estaba seguro: es decir, que con plena

conciencia hubiera jurado por el Antiguo y el Nuevo Testamento, que el

ganado no servía para la faena a que estaba destinado.

--¡Ap! ¡Ap!--gritó el postillón.--¡Arriba, perezosos! ¡Un tironcito

más, y os encontráis en lo alto de esa maldita colina! ¡Oye, Pepe!

--¿Qué hay?--contestó el guarda.

--¿Qué hora crees que será?

--Por lo menos, las once y diez.

--¡Ira de Dios!--gritó el postillón.--¡Las once y diez y no estamos en

la cresta de Shooter! ¡Ap... ap...! ¡Ah, ladrón!

El caballo delantero, cuyos lomos recogieron el terrible latigazo con

que el postillón acompañó sus últimas palabras, avanzó con decisión por

la rampa, arrastrando a sus tres compañeros. La diligencia continuó

dando tumbos, escoltada por los tres viajeros que tenían buen cuidado

de no separarse de ella, haciendo alto cuando la diligencia lo hacía

y avanzando al paso de la misma, siempre atentos a no adelantarse ni

a quedar rezagados, sabedores de que, si tal hubieran hecho, habrían

corrido riesgo inminente de recibir un arcabuzazo como bandoleros.

Dominó al fin la pendiente el pesado carromato: los fatigados caballos

hicieron nuevo alto para tomar aliento y el guarda saltó al camino

para echar los frenos a las ruedas y abrir la portezuela a fin de que

montasen los viajeros.

--¡Pepe!--murmuró el postillón, bajando la cabeza y la voz.

--¿Qué hay, Tomás?--contestó el guarda.

--Me parece que se nos acerca un caballo al trote, Pepe.

--A mí me parece que viene a galope, Tomás--replicó el guarda, soltando

la portezuela y encaramándose de un salto a su sitio.--¡Caballeros,

favor al Rey y a la Justicia!

Lanzado el llamamiento, empuñó su arcabuz y permaneció a la defensiva.

Hallábase el viajero a quien se refiere esta historia sobre el estribo,

dispuesto a entrar en la diligencia, y los dos restantes continuaban en

la carretera dispuestos a seguirle. El primero continuó en el estribo,

y como consecuencia, sus dos compañeros de viaje hubieron de permanecer

en la carretera. Los tres paseaban sus miradas desde el postillón al

guarda y desde el guarda al postillón, y escuchaban. El postillón había

vuelto atrás la cabeza, el guarda hizo lo propio, y hasta el caballo

delantero aguzó las orejas y miró atrás, para no ser nota discordante.

El silencio consiguiente a la cesación del rodar del vehículo, añadido

al silencio de la noche, hizo que en la cima de la colina reinara un

silencio solemne. El jadear de los caballos comunicaba al coche un

movimiento trémulo que le daba apariencias de monstruo dominado por

intensa agitación. Latían con fuerza tal los corazones de los viajeros,

que probablemente no hubiera sido imposible oir sus latidos, pero si

esto no, al menos la quietud solemne de la escena evidenciaba que sus

personajes contenían el aliento, o no le tenían para respirar, y que

sus pulsaciones eran rápidas por efecto de la expectación.

Retumbaban en el silencio de la noche los cascos del caballo que subía

la rampa a galope furioso.

--¡Eh! ¡Alto quien sea!--rugió el guarda con voz de trueno.--¡Alto, o

hago fuego!

Cesó el desenfrenado galopar y rasgó los aires una voz de hombre que

preguntó:

--¿Es esa la diligencia de Dover?

--¡Eso lo veremos más tarde!--replicó el guarda.--¿Quién es usted?

--¿Es la diligencia de Dover?--insistió la voz.

--¿Para qué quiere usted saberlo?

--Porque si lo es, he de hablar con uno de sus pasajeros.

--¿Qué pasajero?

--El señor Mauricio Lorry.

Inmediatamente manifestó el viajero de quien venimos hablando que

Mauricio Lorry era él. El guarda, el postillón y sus dos compañeros de

viaje le dirigieron miradas de desconfianza.

--¡Cuidado con moverse!--intimó el guarda.--Tenga usted presente que si

cometo un error, lo que me ocurre algunas veces, no habrá en el mundo

quien sea capaz de repararlo. Caballero llamado Lorry, ¡conteste con

verdad a mis preguntas!

--¿Qué pasa?--preguntó el interpelado, con voz ligeramente

temblorosa.--¿Quién es el que me busca? ¿Jeremías, tal vez?

--Si ese individuo es Jeremías, maldito lo que me gusta la voz de

Jeremías--gruñó el guarda entre dientes.--No me agradan las voces tan

broncas.

--El mismo, señor Lorry--respondió el del caballo.

--¿Qué pasa?

--Despacho de allá para usted: T. y Compañía.

--Conozco al mensajero, guarda--dijo Lorry, saltando desde el estribo

al camino, ayudado, y no con suavidad, por sus dos compañeros de viaje,

que tiraron de la esclavina de su abrigo, montaron inmediatamente,

cerraron la portezuela y subieron el cristal.--Puede acercarse:

respondo de él.

--¿Y de ti quién responde?--se preguntó el guarda por lo bajo.--¡A

ver!--continuó con voz tonante.--¡Escuche el del caballo!

--¡Concluye pronto!--replicó Jeremías, con voz más ronca que antes.

--¡Avance usted al paso...! ¿Me entiende? Y si en la montura lleva

pistoleras, procure tener las manos muy lejos de ellas. Tenga presente

que me pinto solo para cometer errores, y que, cuando los cometo,

siempre toman la forma de plomo. Venga usted para que nos veamos las

caras.

No tardó en dibujarse entre la niebla la forma de un caballo con su

jinete, que a paso lento se acercó al pasajero que esperaba junto al

estribo. Detuvo el jinete su cabalgadura, miró al guarda y alargó al

pasajero un papel doblado. Jadeaba el jinete al respirar, y tanto él

como su caballo estaban cubiertos de barro, desde los cascos del último

hasta el sombrero del primero.

--¡Guarda!--llamó el pasajero con tono confidencial.

--¿Qué se ofrece?--respondió con sequedad el tremebundo guarda, puesta

la diestra sobre la caja del arcabuz, la izquierda sobre el cañón y los

ojos sobre el jinete.

--Puede usted estar completamente tranquilo--repuso Lorry.--Pertenezco

al Banco Tellson, entidad de Londres que seguramente conoce usted.

Asuntos de importancia me llevan a París. Tome usted una corona para

echar un trago... ¿Puedo leer esto?

--Si lo lee, despache usted cuanto antes, caballero.

Lorry desdobló el papel, y leyó, primero para sí y a continuación en

voz alta:

«Espere en Dover la visita de la señorita.»

--Ya ve usted que el mensaje no es largo, guarda--añadió

Lorry.--Conteste usted a quien le envía, Jeremías, la palabra

siguiente: «_Resucitado_».

Jeremías dió un salto sobre la montura.

--¡Vaya una contestación endiabladamente extraña!--exclamó, sacando el

registro más bronco de voz.

--Repita usted esa palabra, y los que le envían sabrán que ha cumplido

la misión que le confiaron. Puede usted emprender el regreso... Buenas

noches.

Diciendo estas palabras, el pasajero abrió la portezuela y entró en

el carruaje, sin que por galantería le diera la mano ninguno de sus

compañeros de viaje, los cuales habían escondido, mientras tenía lugar

el incidente mencionado, sus bolsillos y relojes en sus botas y fingían

dormir profundamente, sin duda con objeto de evitar ocasiones que

dieran lugar a ocupación más activa que el sueño.

Rechinó de nuevo el coche y gimió más lastimeramente que nunca al

emprender el descenso de la colina. El guarda colocó su arcabuz sobre

el montón de pistolas, bien que asegurándose antes de que las que, en

calidad de suplementaria, pendían del cinto, estaban en su lugar, sacó

de debajo del asiento una cajita que contenía algunas herramientas

de cerrajero, dos velas, eslabón, pedernal y yesca. Hombre previsor,

llevaba cuanto era necesario para encender, con facilidad y seguridad

relativas (si estaba de suerte) los faroles del coche en unos cinco

minutos, si aquéllos se apagaban o eran apagados, como ocurría en los

viajes más de una vez.

--Tomás--llamó el guarda con voz baja.

--¿Qué quieres, Pepe?

--¿Oíste la lectura del papel?

--La oí.

--¿Y la contestación?

--También.

--¿Y qué sacas en limpio, Tomás?

--Absolutamente nada, Pepe.

--¡Mira qué casualidad!--exclamó el guarda.--Otro tanto me sucede a mí.

Jeremías, luego que quedó a solas con la niebla que le envolvía, echó

pie a tierra, no ya sólo para dar algún descanso a su rendido corcel,

sino también para limpiar los salpicones de barro que llenaban su cara

y para bajar las alas de su sombrero, que contenían así como medio

galón de agua. Luego permaneció en medio de la carretera, y cuando

dejó de oir el ruido del rodar de la diligencia, dió media vuelta y

emprendió el regreso a pie diciendo a la yegua que montaba:

--Después del galope que te has dado desde el Temple, amiga mía, no

me fío mucho de tus manos hasta tanto que lleguemos a camino plano...

«¡Resucitado...!» ¡Contestación que podrá entender el infierno, pero no

Jeremías...! ¡Lo que sí te aseguro, Jeremías, es que si resucitar se

pusiera en moda, te verías en el mayor de los aprietos en que te has

visto en tu endiablada vida!

III

LAS SOMBRAS DE LA NOCHE

Digno de detenidas reflexiones es el fenómeno de que todos los seres

humanos llevan en su constitución la necesidad de ser secretos

impenetrables entre sí. Cuantas veces entro durante la noche en una

gran ciudad, maquinalmente y sin darme cuenta comienzo a pensar que

todas y cada una de las casas que forman el ingente y apretado racimo

que se alza ante mis ojos encierran su secreto peculiar, que todas

y cada una de las habitaciones de las casas encierran su secreto

peculiar, y que todos y cada uno de los corazones que palpitan en los

cientos de miles de pechos que las habitan, es un secreto profundo para

el corazón encerrado en el pecho más inmediato. El fenómeno tiene algo

de pavoroso, algo de común con la muerte. El corazón de la persona que

me es querida me parece libro cuyas hojas estoy volviendo y a cuyo

final no podré llegar jamás: me parece ingente masa líquida en cuyas

profundidades insondables he entrevisto, a la luz que momentáneamente

las ha penetrado, tesoros ocultos y mil secretos que han excitado mis

ansias por saber; pero una voluntad inmutable ha decretado que no pueda

leer más que la página primera del libro, que la masa líquida se cuaje

y trueque en masa eternamente helada, mientras la luz jugueteaba sobre

su superficie y yo la contemplaba desde la orilla, ignorante de lo que

en su fondo encerraba. Ha muerto mi amigo, ha muerto mi vecino, han

muerto mis amores, y con ellos murieron los anhelos de mi alma, porque

su muerte trajo consigo la consolidación inexorable, la perpetuación

del secreto que encerraban aquellas individualidades, como la muerte

sellará para siempre el mío, sepultándolo conmigo en la tumba. ¿Duerme,

acaso, en ninguno de los cementerios de las ciudades que visito, muerto

cuya personalidad íntima sea para mí más inexcrutable que las de los

vivos que afanosos y solícitos recorren sus calles, más de lo que la

mía lo es para todos ellos?

Por lo que a este particular se refiere, la herencia natural,

herencia imposible de enajenar, del jinete mensajero, era la misma

del rey, la misma del primer ministro de Estado, la misma del

comerciante más opulento de Londres. Otro tanto sucedía con los tres

viajeros encerrados en los angostos límites de una diligencia vieja y

destartalada. Cada uno de ellos era un misterio impenetrable para su

compañero, tan impenetrable como si en coche propio hubiera viajado,

solos y con una nación de por medio entre coche y coche.

Montó el mensajero a caballo y emprendió el regreso a trote corto,

deteniéndose en todas las tabernas y mesones del camino para refrescar

la garganta, pero sin trabar conversación con nadie y procurando llevar

siempre el sombrero hundido hasta los ojos. Con éstos se armonizaba

perfectamente la precaución, pues eran negros y muy juntos uno a otro;

tan juntos, que no parecía sino que temían que alguien los saltase

uno a uno si los encontraba separados. Eran de expresión siniestra, a

la que tal vez contribuyera la circunstancia de que brillaran entre

un sombrero, que más que sombrero parecía escupidera triangular, y

una especie de tabardo que arrancaba de los ojos y terminaba en las

rodillas con su portador. Cuando éste se detenía para beber, separaba

con la mano izquierda el tabardo lo indispensable para verter en la

boca el líquido con la mano derecha, y no bien había terminado de

beber, lo subía otra vez.

--¡No, Jeremías, no!--murmuraba el mensajero, machacando siempre el

mismo tema.--Jeremías no puede estar conforme con eso... Eres un hombre

honrado, Jeremías, un comerciante que no puede aprobar esa clase de

negocios... ¡Resucitado!.... ¡Que me aspen si el señor Lorry no estaba

borracho cuando me dió semejante recado!

Tan perplejo le traía la palabreja, que con frecuencia se quitaba el

sombrero para rascarse despiadadamente la cabeza; y ya que de la cabeza

hablo, diré que, excepción hecha de la coronilla, completamente calva,

desaparecía bajo una masa de pelo áspero que por la espalda descendía

hasta los hombros y por delante crecía hasta el arranque de su ancha y

roma nariz. Semejaba la cabeza obra de un herrero, caballete de muro

erizado de espesas púas, que los aficionados al juego de _a la una la

mula_ hubieran mirado con terror respetuoso, considerándolo seguramente

el salto más peligroso que el hombre pudiera dar en el mundo.

Tienen las sombras de la noche caprichos verdaderamente extraños.

Al mensajero, mientras regresaba con el misterioso recado que debía

entregar al vigilante nocturno del Banco Tellson, para que aquel lo

transmitiera a su vez a sus superiores jerárquicos, eran muertos

resucitados, fantasmas salidos de las tumbas, al paso que para la

yegua que montaba, eran caballos corriendo sin descanso. Para los tres

inexcrutables viajeros que ocupaban el interior de la diligencia,

mientras ésta saltaba y daba tumbos sobre los baches del camino, las

sombras de la noche tomaban las formas de los pensamientos que sus

respectivas imaginaciones elaboraban.

Puede decirse que el Banco Tellson se había trasladado a la diligencia.

Para el empleado del mismo, asido con una mano a una correa, gracias

a la cual podía evitar una colisión con su vecino cada vez que el

vehículo saltaba, y cuenta que saltaba con desesperante frecuencia, las

angostas ventanillas del coche, el farol del mismo, que por aquéllas

filtraba débiles resplandores, y el bulto negruzco del viajero que

tenía ante sus ojos medio cerrados, eran el Banco, en el cual estaba

haciendo infinidad de operaciones a cual más afortunadas. El ruido

que hacían los arneses antojábasele tintineo de moneda con la que

pagaba letras, valores y cheques con rapidez vertiginosa. No tardó

en trasladarse con la imaginación a las cámaras subterráneas, cuyos

secretos conocía tan bien, y armado de sus grandes llaves abría la

enorme caja, que encontraba tan intacta, tan repleta, tan sólida como

la dejara la vez última que tuvo ocasión de verla.

Pero dominando a la imagen del Banco, que le acompañaba siempre, y a

la de la diligencia, que no le dejaba, sentía otra idea fija, tenaz y

persistente, que le embargó durante toda la noche. Su viaje tenía por

objeto sacar a alguien de la tumba.

Ahora bien; lo que las sombras de la noche no determinaban, era cuál de

entre el número infinito de caras que pasaban en procesión interminable

ante sus ojos era la de la persona enterrada. Eran, empero, todas ellas

caras de un hombre de cuarenta y cinco años próximamente, y diferían

sobre todo en las pasiones que cada una de ellas reflejaban y en las

palideces lívidas que las caracterizaban. Ante los medio cerrados

ojos del viajero desfilaron unas tras otras caras que eran espejo de

orgullo, de menosprecio, de desafío, de obstinación, de sumisión,

de dolor, caras de mejillas hundidas, color cadavérico, flacas y

demacradas, pero las líneas generales de todas ellas eran las mismas,

de la misma manera que todas aparecían encuadradas en una cabellera

prematuramente blanca. Docenas, cientos de veces preguntó al espectro

el soñoliento viajero:

--¿Cuándo te enterraron?

--Hace casi diez y ocho años--contestaba invariablemente el espectros.

--¿Habías perdido toda esperanza de volver a ver la luz del día?

--Ha mucho tiempo.

--¿Sabes que vas a resucitar?

--Eso me dicen.

--¿Supongo que te interesará vivir?

--No puedo decirlo.

--¿Querrás que te la presente? ¿Vendrás conmigo a verla?

Las contestaciones que los distintos espectros daban a esta pregunta

última diferían mucho y hasta se contradecían entre sí.

--¡Espera!--exclamaban unos con voz entrecortada.--¡Moriría si la viera

tan de repente!

--¡Llévame en seguida!--contestaban otros, derramando mares de

lágrimas.--¡Me muero por verla!

--¡No la conozco!--respondían otros espectros, mirando asombrados a

quien les preguntaba.--¡No sé de qué me hablas! No comprendo.

El viajero interrumpía estos discursos imaginarios para cavar, cavar

sin tregua ni descanso, ora con la azada, ora con la pala, tan pronto

con una llave inmensa como con sus propias uñas, en sus ansias por

desenterrar al que sepultaran prematuramente. Rendido al fin, falto

de fuerzas caía de bruces sobre la tierra removida, y al contacto de

ésta con su frente, despertaba sobresaltado y bajaba el cristal de

la ventanilla para que los zarpazos de la niebla y de la lluvia le

hicieran pasar de lo soñado a lo real.

No conseguía, empero, su objeto. Flanqueando el camino, huyendo ante

el incierto resplandor de los faroles del coche, veía las mismas

imágenes vivificadas por su excitada fantasía. Ante sus ojos se alzaba

el Banco Tellson, sus manos pagaban letras y cheques, recorría las

cámaras subterráneas, visitaba la caja, y de pronto le salían al paso

los fantasmas de rostro lívido y cabellera blanca, y se repetía el

interrogatorio anterior:

--¿Cuándo te enterraron?

--Hace casi diez y ocho años.

--¿Supongo que te interesará vivir?

--No puedo decirlo.

Y vuelta a cavar, y a cavar, y a cavar, hasta que uno de sus compañeros

de viaje le indicó, con modales un tanto bruscos, que subiera el

cristal de la ventanilla.

Quiso entonces fijar sus pensamientos en sus dos compañeros de viaje;

mas no tardó en olvidarlos para volver a ensimismarse en los del Banco

y de la tumba.

--¿Cuándo te enterraron?

--Hace casi diez y ocho años.

--¿Habías perdido las esperanzas de que te desenterrasen?

--Hace muchísimo tiempo.

Sonaban aún en sus oídos estas palabras, tan claras y distintas como

jamás las oyera en su vida cuando se percató de pronto de que las

sombras de la noche habían huído avergonzadas ante los esplendores del

nuevo día.

Bajó la ventanilla y contempló el brillante disco del sol. Clavado

en el surco de un campo inmediato al camino vió un arado. Más allá

se divisaba un soto lleno de árboles, en cuyas ramas quedaban muchas

hojas a las cuales el astro rey daba tonos rojos y dorados. La tierra

estaba húmeda, el cielo despejado y el sol se alzaba solemne, plácido,

rutilante, hermoso.

--¡Diez y ocho años!--exclamó el viajero, puestos sus ojos en el

sol.--¡Dios mío... Dios mío! ¡Enterrado en vida durante diez y ocho

años!

IV

LA PREPARACIÓN

Cuando llegó la diligencia a Dover, a su tiempo y sin tropiezo, el

mayordomo en jefe del _Hotel del Rey Jorge_ se apresuró a abrir la

portezuela, como tenía por costumbre. Supo dar a su acto cierto aire

solemne y ceremonioso, y a fe que lo merecía, pues digno era en verdad

de todos los parabienes y enhorabuenas el venturoso viajero que, en

pleno invierno, acometía y acababa felizmente una hazaña tan erizada de

peligros como un viaje en diligencia desde Londres hasta Dover.

No pudo felicitar el fino y cumplido mayordomo más que a un solo

viajero, sencillamente porque uno solo venía en el carruaje: los

restantes habíanse quedado en sus destinos respectivos. El interior de

la diligencia, sucio, lleno de paja y mal oliente, más que otra cosa

parecía obscura perrera, y el señor Lorry que lo ocupaba, cuando salió,

sacudiéndose las pajas y las inmundicias que cubrían su indumentaria,

envuelto en un abrigo viejo y sucio, cubierto con un sombrero

apabullado y calzando botas altas cubiertas de fango, más que hombre

parecía perro de raza gigante.

--¿Saldrá mañana barco para Calais, mayordomo?--preguntó.

--Saldrá, señor, si continúa el buen tiempo y sopla viento favorable.

¿Desea cama el señor?

--No pienso acostarme hasta la noche; pero necesito habitación y un

barbero.

--¿Y el almuerzo a continuación, señor? Muy bien... Por aquí, señor.

¡La Concordia para este caballero...! ¡El equipaje de este caballero

a la Concordia...! ¡Agua caliente a la Concordia!... ¡Qué suba

inmediatamente un barbero a la Concordia!... En la Concordia encontrará

usted, señor, una lumbre agradable.

La habitación conocida por el nombre de la Concordia, que

invariablemente se destinaba a uno de los viajeros llegados por la

diligencia, ofrecía un interés especial. Nadie advirtió jamás la

diferencia más insignificante entre los diferentes personajes que

en ella entraron, pues nunca ojo humano distinguió otra cosa que un

levitón de viaje, puesto sobre unos zapatos ordinariamente sucios, y

coronado por un sombrero casi siempre viejo y apabullado; pero si en

la Concordia entró siempre el mismo individuo al parecer, salieron de

ella en el transcurso de los años hombres de todas las edades, tipos,

figuras y cataduras. No es, por tanto, de admirar, que la casualidad

llevase al trayecto comprendido entre la Concordia y el comedor, a dos

mayordomos, tres camareros y varias criadas, amén de la propia dueña

del establecimiento, los cuales estaban entregados a diversas faenas

domésticas, cuando de la habitación mencionada salió un caballero de

unos sesenta años, vistiendo traje de color obscuro, casi nuevo y muy

bien conservado, y luciendo unos puños cuadrados muy grandes, aunque

no más grandes ni más cuadrados que las carteras que adornaban sus

bolsillos.

El caballero del traje obscuro se dirigió al comedor, y fué el único

que aquella mañana se sentó a la mesa. Habían colocado ésta junto a

la chimenea, y al amor de la lumbre se sentó nuestro viajero, puesta

una mano sobre cada rodilla, esperando que le sirvieran el almuerzo,

en actitud tan rígida y compuesta, que no parecía sino que para que le

hicieran un retrato había tomado asiento.

Parecía hombre metódico y ordenado. Allá en las profundidades del

bolsillo de su chaleco dejaba oir su voz potente y sonora un reloj

de tamaño extraordinariamente grande, cuya gravedad y longevidad

incontestables semejaban protesta ruidosa y elocuente contra la

ligereza y futilidad del fuego que en la chimenea ardía. Buenas

pantorrillas tenía el caballero, y es posible que de ellas estuviera

envanecido, a juzgar por las medias que las encerraban, del tono mismo

que su traje, de punto muy fino y perfectamente ajustadas. Sus zapatos,

que adornaban hermosas hebillas, si bien eran de clase corriente,

revelaban la mano de un zapatero hábil y ducho en su oficio.

Perfectamente ajustada a su cabeza llevaba una peluca pequeña, muy fina

y ligeramente rizada, cuya peluca, de suponer es que fuera de cabello,

aunque a decir verdad, más parecía hecha de filamentos de seda o de

cristal. En cuanto a su camisa, si en finura no podía competir con las

medias, en cambio en blancura rivalizaba con la de las crestas de las

olas que mansas venían a besar la arena de la playa inmediata, o con la

de las velas que mar adentro brillaban a los rayos del sol. Prestaban

animación a aquella cara de expresión tranquila, mejor dicho, a aquella

cara inexpresiva, pues la mano persistente de la costumbre había

borrado de ella la expresión, dos ojos de mirar penetrante, aunque un

poquito blandos, que en años pasados debieron dar no poco trabajo a

su dueño, antes que consiguiera domarlos y darles aquella expresión

de reserva impenetrable y de compostura que era la característica

de todos los empleados del Banco Tellson. En la cara, de color sano,

aunque surcada de numerosas arrugas, no habían dejado huellas las

ansiedades e inquietudes, quizá porque los viejos solterones empleados

en el Banco Tellson jamás se ocuparon más que en asuntos de otras

personas, y esos asuntos se parecen a los guantes usados, que entran y

salen sin esfuerzo.

El señor Lorry concluyó por dormirse. Despertó cuando le sirvieron el

almuerzo y dijo al camarero que le servía:

--Deseo que preparen habitación para una señorita, que probablemente

llegará hoy, no sé a qué hora. Es posible que pregunte por el señor

Mauricio Lorry, aunque pudiera también ocurrir que lo haga por el señor

del Banco Tellson: en uno y otro caso, páseme aviso.

--Está muy bien, señor. ¿El Banco Tellson de Londres, señor?

--Sí.

--Con frecuencia nos ha cabido el honor de servir a los caballeros

de ese Banco, señor, en los repetidos viajes que hacen entre Londres

y París, y viceversa. ¡Ah! ¡El Banco Tellson y Compañía viaja mucho,

señor!

--Cierto. Nuestra casa es tan francesa como inglesa.

--Pero si no me equivoco, usted no suele viajar mucho, señor.

--Muy poco desde hace algunos años. Habrán pasado ya... quince desde

que no he ido a Francia.

--No estaba yo aquí en aquella fecha, señor... Ni yo ni ninguno de los

que hoy estamos. El _Hotel del Rey Jorge_ tenía otros dueños, señor.

--Tal creo.

--En cambio apostaría sin temor a perder, que una casa como el Banco

Tellson y Compañía viene prosperando y floreciendo, no diré ya desde

quince años atrás, sino de cincuenta.

--Puede usted apostar y decir ciento cincuenta, sin temor a perder y

con conciencia de que se aproxima mucho a la verdad.

--¡Ciento cincuenta años!

Abriendo desmesuradamente los ojos y haciendo de su boca una O

perfecta, el camarero adoptó la postura clásica, pasó la servilleta

desde el brazo derecho al izquierdo y quedó callado, mirando cómo comía

y bebía el viajero, conforme vienen haciendo desde tiempo inmemorial

los camareros de todos los siglos y países.

Terminado el almuerzo, el señor Lorry salió a dar un paseíto por la

playa. No se divisaba desde ella la pequeña e irregular ciudad de

Dover, excepción hecha de sus tejados que, metidos entre picachos de

canteras calizas, semejaban gigantesca ostra marina. Era la playa un

desierto erizado de peñascales y plagado de escollos, donde la mar

hacía lo que se la antojaba, y lo que se la antojaba invariablemente

era destruir. Casi de continuo rugía contra la ciudad, bramaba contra

los farallones, embestía contra los peñascos que pretendían oponerse

a su paso y los derribaba con estruendo. Respirábase en las casas un

olor tan fuerte a pescado, que no parecía sino que los habitantes de

las aguas salían de éstas para curar en las casas sus enfermedades, de

la misma manera que las personas enfermas suelen buscar la salud en los

baños de mar. Algunos, muy pocos, se dedicaban a la pesca en aquellas

aguas, y si durante el día la playa estaba siempre desierta, en cambio

por la noche se veían personas que clavaban sus miradas inquietas en

la inmensidad del mar. Comerciantes insignificantes a los que nunca se

veía hacer un negocio, realizaban de pronto fortunas inmensas que no

tenían explicación racional, y era muy de notar que nadie, por aquellos

lugares, podía sufrir la presencia de una luz, de la que huían como del

demonio.

A medida que declinaba la tarde, y el aire, tan diáfano y transparente

durante el día, que hubo momentos en que se divisaban perfectamente las

costas de Francia, se saturaba de vapores y nieblas, se entenebrecían

también los pensamientos del señor Lorry. Cuando, llegada la noche, se

sentó al amor de la lumbre del comedor para esperar que le sirvieran la

comida, como esperara aquella mañana que le sirvieran el almuerzo, su

imaginación cavaba, cavaba sin descanso.

No perjudica la salud de un buen cavador una botella de añejo clarete,

aunque acaso sea rémora a su actividad, si es cierto, como dicen, que

el clarete, sobre todo si es bueno y añejo, inocula en quien lo bebe

tendencia marcada a la suspensión de toda clase de trabajos corporales.

El señor Lorry había suspendido hacía largo rato todas sus operaciones

y acababa de verter en el vaso el último líquido que quedaba en la

botella, revelando su rostro toda la satisfacción que pueda revelar un

caballero entrado en años que acaba de ver el fondo de una botella,

cuando hirió sus oídos el rápido rodar de un carruaje que penetraba en

la angosta callejuela y se detenía dentro del patio del hotel.

--¡La señorita!--exclamó Lorry, dejando sobre la mesa el vaso que iba a

llevar a sus labios.

Momentos después entraba en el comedor el camarero y anunciaba que la

señorita Manette, recién llegada de Londres, deseaba ver al caballero

del Banco Tellson.

--¿Tan pronto?

--La señorita Manette ha tomado un refrigerio en el camino, y lo único

que ahora desea con verdadero anhelo es ver sin pérdida de momento al

caballero del Banco Tellson, siempre que éste tenga agrado en visitarla.

No quedó otro recurso al caballero del Banco Tellson que vaciar el

vaso haciendo un gesto de estólida desesperación, ajustar su sedosa

peluca a sus orejas y seguir al camarero, que le guió a la habitación

de la señorita Manette. Era una estancia de grandes proporciones, muy

obscura, tapizada de negro, como una capilla ardiente, y amueblada con

objetos de tonos obscuros, entre los cuales podían contarse una porción

de mesas, todas pesadas y todas negras. Sobre la del centro, untada,

como todas las otras, mil veces con aceite, había dos candelabros,

negros también, cuya luz no bastaba a disipar las tinieblas que

reinaban como dueñas y señoras en la estancia.

Tan densa era la obscuridad, que el señor Lorry, mientras avanzaba

caminando sobre una alfombra, bastante deteriorada por cierto, supuso

que la señorita se encontraría en alguna habitación contigua, y en esa

creencia persistió hasta que, después de dejar a sus espaldas los dos

candelabros, tropezó con una persona que de pie le estaba esperando,

entre la mesa y la chimenea. Era una joven de unos diez y siete años

de edad, vestida de amazona, cuyas manos sostenían aún por la cinta

el sombrero de paja que llevó durante el viaje. Al fijar sus ojos en

aquella carita diminuta, perfectamente ovalada y de líneas graciosas,

encuadrada en una masa abundante de cabellos de oro, dos ojos azules

salieron al encuentro de los suyos, mirándoles con mirada penetrante y

expresión que no era de perplejidad, ni de asombro, ni de admiración,

ni de alarma, aunque probablemente participaba de las cuatro. En la

imaginación del señor Lorry, al apreciar las facciones que delante

tenía, surgió la figura de una niña que muchos años antes había llevado

en sus brazos en un viaje de travesía por aquel mismo canal con tiempo

frío y mar extraordinariamente gruesa. Disipóse la imagen casi con

tanta rapidez como se borró la mancha producida por el aliento en la no

muy limpia cornucopia colocada a espaldas de la joven, y encerrada en

un marco que ofrecía una procesión de cupidos negros sin cabeza muchos

y todos cojos o mancos, los cuales ofrecían canastillas negras llenas

de frutas del Mar Muerto a unos ídolos negros del género femenino, y se

inclinó profunda y solemnemente ante la señorita Manette.

--Sírvase tomar asiento, caballero--dijo una voz clara y musical, con

acento extranjero, aunque apenas perceptible.

--Beso a usted la mano, señorita--contestó el señor Lorry, haciendo

otra reverencia, a la usanza antigua, antes de tomar asiento.

--Ayer recibí una carta del Banco, caballero, en la que me decían que

se había sabido... o descubierto...

--La palabra es lo de menos, señorita: una y otra expresan la idea.

--... Algo acerca de los escasos bienes que dejó mi pobre padre, a

quien he tenido la desventura de no conocer...

Lorry se revolvió en la silla, y dirigió miradas angustiosas a la

fúnebre procesión de cupidos negros, cual si esperara encontrar en las

absurdas canastillas que llevaban, la luz que le negaba su inteligencia.

--... Y que, en consecuencia, era de todo punto necesario que hiciera

un viaje a París, donde habría de ponerme en contacto con un caballero

del Banco, enviado a la capital de Francia para ese objeto.

--Ese caballero soy yo, señorita.

--Lo suponía, caballero.

La niña hizo una reverencia llena de gracia (en aquellos tiempos hacían

reverencias las señoritas). El caballero se inclinó profundamente.

--Contesté al Banco que si las personas que llevan su benevolencia para

conmigo hasta el punto de aconsejarme, consideraban que era necesario

el viaje, iría desde luego a Francia, pero que, en atención a que soy

huérfana y no tengo amigos que puedan acompañarme, estimaría como

favor especial que me permitieran colocarme, durante el viaje, bajo la

protección del digno caballero con quien había de ponerme en contacto

en París. El caballero había salido ya de Londres, pero creo que le

enviaron un mensajero rogándole que me esperase aquí.

--Me consideré feliz al recibir el encargo, y me lo consideraré mucho

más cumpliéndolo, señorita--contestó el señor Lorry.

--Muchísimas gracias, caballero; crea usted que se las doy de corazón.

Me anunció el Banco que el caballero me explicaría los detalles

del asunto, y que fuera preparada a recibir noticias de índole

sorprendente. He hecho todo lo posible para prepararme, y puede estar

seguro de que siento verdaderos anhelos por saber de qué se trata.

--Lo encuentro muy natural--respondió Lorry.--Sí... perfectamente

natural... Yo...

Hizo una pausa, ajustó nuevamente su peluquín a las orejas, y repuso al

fin:

--Lo cierto es que resulta tan difícil principiar...

Y no principió. En su indecisión sus miradas se encontraron con las de

su interlocutora. En la frente de ésta se dibujaron algunas arrugas,

su rostro varió de expresión, y su mano se alzó hasta la altura de

los ojos, cual si deseara apoderarse de alguna sombra que ante ellos

acababa de cruzar.

--¿Nos habremos visto alguna vez, caballero?--preguntó.

--¿Lo cree usted así?--interrogó Lorry, extendiendo los brazos y

sonriendo.

La línea delicada y fina que se había dibujado entre las cejas de la

niña se hizo más profunda y enérgica al sentarse ésta en la silla

junto a la cual había permanecido en pie hasta entonces. Lorry la

contemplaba silencioso, y cuando al cabo del rato la joven alzó de

nuevo sus ojos, apresuróse aquél a preguntar:

--Supongo que en su patria de adopción deseará usted que le trate y

hable como a señorita inglesa; ¿no es verdad, señorita Manette?

--Como usted guste, caballero.

--Soy hombre de negocios, señorita Manette, y he recibido el encargo

de tratar y llevar a feliz término un negocio. Cuando escuche usted de

mis labios todos los detalles con aquél relacionados, no vea usted en

mí más que una máquina habladora, pues en rigor, máquina habladora soy.

Con su permiso, señorita Manette, referiré a usted la historia de uno

de nuestros clientes.

--¡Historia!

Parece que Lorry debió tomar una palabra por otra, pues no bien repitió

su interlocutora la palabra _historia_, repuso con apresuramiento:

Una historia de dos ciudades · 第 1 / 34 段