novedades; y, como tenía mucho y excelente corazon, y D. Trinidad era
el grande hombre que ya conocemos, y el mudable público echaba aquel
dia todo su peso en el platillo del bien, ocurrió una cosa que de
otro modo hubiera sido incomprensible...
Pero digamos qué le habia pasado entre tanto á Manuel Venegas.
Tan luégo como D. Trinidad se apartó de él, corrió á reemplazarle
_Vitriolo_, el cual tuvo la audacia de coger la brida y parar el
caballo, miéntras que alargaba la otra mano al _Niño de la Bola_ y le
decia á media voz:
--¡Buen viaje, vecino!--¿No queria usted conocer á D. Antonio
Arregui?--¡Pues ahí detras lo tiene, luchando con el señor Cura, que
no puede ya sujetarlo!
El aborrecido nombre del marido de Soledad despertó á Manuel de su
estupor y le hizo oir las demas palabras de _Vitriolo_.--Volvió,
pues, rápidamente el caballo, y preguntó, echando fuego por los ojos:
--¿Cuál? ¿Cuál es?
Y se encontró con D. Trinidad Muley, que tornaba ya en su busca,
diciéndole:
--Hijo mio: completa tu obra...--Acuérdate de lo que hemos
hablado...--Aquí tienes á D. Antonio Arregui...--Te suplico que le
pidas perdon...
Arregui estaba dos ó tres pasos más atras, altivo, digno, dispuesto
á todo, bien que no pudiendo ménos de admirar aquella noble,
hermosa y dolorida figura, que veia por primera vez, y acaso, acaso
compadeciendo tan inmerecido infortunio.
Manuel contempló amargamente al esposo de Soledad, y vaciló algunos
instantes entre los dos abismos que volvia á presentarle la
desventura.
Reinó, pues, en toda la Plaza un hondo silencio, preñado de
horrores.--Los segundos parecian siglos.
--¡Piensa en mí! ¡Piensa en quién eres! ¡Piensa en D. Rodrigo
Venegas! ¡Piensa en el Niño Jesus!--murmuró D. Trinidad, levantando
hácia el jóven las abiertas manos, en ademan de plegaria.
Manuel tembló de piés á cabeza, como si, al renunciar á su última
y suprema arrogancia, renunciase tambien á la vida, y, quitándose
respetuosamente el sombrero, saludó al hombre á quien habia jurado
matar.
Arregui se descubrió casi al mismo tiempo, respondiendo hidalga y
afectuosamente á aquel saludo.
Una salva de aplausos estalló entónces entre el gentío, miéntras que
mil y mil voces ensordecian el aire gritando:
--¡Viva Manuel Venegas! ¡Viva Antonio Arregui! ¡Viva D. Trinidad
Muley! ¡Viva el Niño Jesus!
Manuel habia metido espuelas entre tanto, y desaparecido como
una exhalacion, sin que la _Volanta_, que corrió detras de él,
consiguiera darle alcance, ni detenerlo con sus descompasados
gritos.
EPÍLOGO.
I.
LLEGADA DE DESAIX Á MARENGO.
De buena gana hubiéramos terminado esta obra con el capítulo
anterior...--Nada habria perdido en ello la dignidad del género
humano (en cuanto puedan representarla personajes tan imperfectos y
oscuros como Manuel Venegas y la _Dolorosa_), y mucho nos lo hubiesen
agradecido nuestros lectores predilectos..., que, si no son los más
sabidos y leidos, tampoco son los de peor alma.
Pero hoy no tenemos la libertad discrecional del novelista: hoy
somos esclavos de unos hechos desgraciadamente reales y positivos,
y, por lo tanto, nos vemos en la dura obligacion de referir aquí el
trágico suceso que llenó de luto la Ciudad aquel inolvidable dia, y
que sobrepujó á los deseos del mismo _Vitriolo_ y á las aficiones
románticas de la forastera.
No creais, sin embargo, que la indicada catástrofe contradijo en el
fondo (ya que sí en apariencia) el saludable concepto final que, á
nuestro juicio, se desprende de lo que llevamos narrado hasta ahora.
Ántes bien le sirvió de comprobacion inmediata, demostrando cuán
en lo cierto estuvo don Trinidad Muley al decir á Manuel Venegas,
luégo que se enteró de que habia perdido la _fe_ religiosa (cuya
restauracion _por el sentimiento_ apénas se habia iniciado despues
en su pobre alma):--«_¡Ya serás del último que llegue!_...» esto es:
ya no tendrá para tí más _autoridad_ el Bien que el Mal: ya elegirás
entre ellos segun tus aficiones, ó segun el estado de lucidez de tu
conciencia: ya no regulará tus actos otra _Ley_ que la que dicten tus
propios afectos: ya no servirá de límite á tu soberbio albedrío el
angosto cauce de la _obediencia_: ya caerás en todos los abismos que
te atraigan...
Pero dejémonos nosotros de estas filosofías ó teologías, cuyo
esclarecimiento no nos incumbe; y, reduciéndonos al humilde oficio
de narradores de hechos consumados, volvamos á aquella plaza de
la ciudad moruna, de donde acababa de salir para su voluntario
destierro nuestro inculto y apasionado protagonista.
Poquísima gente quedaba ya en ella. Antonio Arregui, cuya austeridad
de carácter conocemos, no habia tardado en alejarse de aquel sitio,
rehuyendo conversaciones ociosas ó dañinas. D. Trinidad Muley habia
hecho lo propio, anunciando que iba á meterse en la cama, pues con
tantas fatigas y emociones, aumentadas por el dolor de ver partir
para siempre á su adorado Manuel, sentíase muy mal y creia que estaba
amenazado de un tabardillo. El septuagenario Capitan le dió el brazo
y se marchó con él, jurando no volver más á la puerta de la Botica...
Y, con todo esto, se disolvió el concurso, y cada cual tornó á sus
quehaceres ordinarios, despidiéndose unos de otros «hasta la tarde,
en la Rifa», no obstante el escaso interes que ya les ofrecia la
fiesta.
En cuanto á _Vitriolo_, cualquiera habria dicho que una especie de
vértigo le dominaba, pues no hacía más que dar vueltas y vueltas
en la trasbotica, mirando al suelo, como si invocase al infierno,
miéntras que sus labios proferian imprecaciones tan espantosas y
repugnantes contra Soledad, contra Antonio, contra Manuel, contra el
Capitan y contra el Cura, que, de todos sus discípulos, solamente
uno le seguia fiel y le acompañaba.--Los demas se habian marchado
en pos del ideólogo Paco Antúnez, proclamando que no querian
servir de juguete á viles pasiones; que ellos eran incrédulos,
pero no criminales, y que harto claro veian que el desalmado
farmacéutico, más que adversario de la fe en Dios, era enemigo de
la especie humana, y muy particularmente de aquellos individuos que
se interponian entre él y la _Dolorosa_, por la cual continuaba
sintiendo todos los furores del amor, de la desesperacion y de la
impotencia.
Al único discípulo que permanecia fiel á _Vitriolo_ lo conocemos ya
moralmente, por un conato de fechoría que estorbó la tarde ántes el
Capitan retirado, echándole mano al pescuezo en la calle de Santa
Luparia.--«_Filemon_» se llamaba aquel celoso voluntario de la
maldad, cuyo nombre ha conservado la Historia por el odioso papel
que al cabo logró representar este otro dia, no habiendo conservado
tambien su apellido, como el de Drouet, por la sencillísima razon de
que era expósito.
--¡Cálmate, _Vitriolo_! (decia Filemon á su maestro.) ¡Yo no te
abandonaré jamás, como esos traidores que se han ido con Paco
Antúnez! ¡Yo tengo tambien en el alma mucha amargura que escupir al
mundo, y te seré fiel hasta la muerte!
--¿Qué me importa? (chilló el miserable, llorando... no lágrimas,
sino verdadero vitriolo.) ¿Crees que mi furor es porque esos necios
me han abandonado? ¿De qué me estarian sirviendo ahora? ¿De qué puede
servirme ya nadie? ¿De qué me sirve la vida?
En este momento llamaron al mostrador.
Filemon se asomó á ver quién era, y dijo á _Vitriolo_:
--Sal á despachar.
--¡No despacho!--respondió el farmacéutico.
--¡Mira que es la _Volanta_!...
--¡Ah! ¡la _Volanta_! ¡Que éntre! ¡Que éntre!--¡Es el último recurso
que me queda!
La bruja entró jadeante, sin aliento, bañada en sudor, y se dejó caer
en una silla. En sus verdes ojos relucia tanta perversidad en accion,
que _Vitriolo_ columbró un rayo de esperanza.--Dióle, pues, á falta
de aguardiente, un poco de espíritu de vino con agua y jarabe, y le
dijo, en són y estilo de cómitre:
--¡Vamos pronto! ¡Desembucha!--¡Tú tienes algo que contarme!
La _Volanta_ miró á Filemon, como si le estorbase su presencia.
--¡Descuida! (añadió _Vitriolo_.) Este es de los buenos, y podrá
ayudarnos, si hay algo que hacer.--Conque ¡habla!
--¡Deja que pueda respirar!... (resolló al fin la vieja.)--Vengo
reventada de correr detras de ese demonio..., y es lo peor que no he
conseguido que oiga mis gritos.
--¿De quién se trata?
--¿De quién se ha de tratar?--¡Del _Niño de la Bola_!
--¡Cómo! ¿Tú deseabas hablarle? ¿Tenías acaso algo que decirle? ¿De
parte de quién?
--¡Conque no has observado nada! ¡Conque no me viste cuando me
acerqué á él y se atravesó el Cura!...--¡Me alegro! ¡Así te cojo más
de nuevas, y me pagarás mejor mi secreto!
--¿Qué secreto?--¡Dímelo pronto, ruin hechicera, ó te estrujo hasta
sacártelo!
--¡Así me gusta á mí la gente! ¡Con entrañas!--Dáme otro poco de esa
bebida, que está buena...--Pues, señor, recordarás que esta madrugada
me fuí de acá cerca de las cuatro (despues de referirte lo que
ocurria en casa de Manuel), á contárselo á Soledad, que me aguardaba
para salir de dudas acerca de si se iba ó no se iba hoy del pueblo su
antiguo amante, y á enterar de camino á Antonio Arregui (por consejo
tuyo) de que su suegra y su hijo estaban pasando la noche en casa de
Manuel Venegas...
--Bien ¿y qué?--¡No me desesperes!
--¡Vamos despacio; que no soy costal!--Llegué á casa de la
_Dolorosa_, que lo tenía todo preparado para que me abrieran la
puerta sin que lo notase su marido...--(¡Una vez dentro, no habia
cuidado; pues, como duermo allí muchas noches, mi presencia en la
casa no podia chocar á nadie!)--El bueno de Antonio no se habia
desnudado, y estaba abajo, en su despacho, paseándose como un
basilisco, á causa de haber recibido á prima noche contestaciones
muy agrias de su mujer (que, como sabes, lo domina completamente)
sobre si ésta habia llorado ó no habia llorado en la Procesion...--Es
decir, que, por medio de aquella pelea, habia conseguido la muy
pícara lo que deseaba, que era desterrar al pobre marido de la cama
de matrimonio, á fin de esperarme sola...,--y, con este mismo objeto,
habia hecho que la madre se llevase á su casa el niño, diciéndole que
aquel era el mejor modo de destetarlo...
--¡Acaba, con cinco mil demonios!
--¡Allá voy, hombre! ¡allá voy!--Pues, señor: encontré á doña
Dulcinea metida en la cama, con muchos encajes y moños, como de
costumbre (pues es presumida y orgullosa hasta cuando duerme), y con
dos ojos abiertos como los de una lechuza, aguardando las noticias
que yo debia darle sobre su adorado tormento.--¡Siempre te dije que
la _Dolorosa_ no habia nacido para mujer de bien!--¡Es hija de
_Caifás_, y basta!--¡La triste comida que me da, en cambio de las
fincas que me robó su padre, tengo que tragármela revuelta con mil
burlas é insultos por mi aficion á beber una gota de lo blanco, y,
desde que no vive con su madre, la mayor parte de los domingos se
queda sin misa!...
--¡Lo mismo haces tú, y las dos haceis bien! (exclamó
_Vitriolo_.)--¡Vamos adelante; que estoy consumiéndome de impaciencia!
--Pues atiende, que ahora entra lo bueno.--«¡Ay, Lucía! ¡cuánto
has tardado! (me dijo al verme.) ¿Se va el pobre Manuel? ¿Lo ha
convencido el Cura?»--Ahora mismo acaba de convencerlo... (le
respondí), y creo que se marchará hoy por la mañana.--«¡Hoy por la
mañana! (gritó, hecha una loca.) ¡Eso no puede ser!... ¡Tú no sabes
lo que te dices»!...--Contéle entónces todo lo que habia presenciado
en casa del Chantre, y, segun yo le iba hablando, ella se ponia unas
veces muy afligida y otras muy furiosa, hasta que al fin se tiró de
la cama, hecha un sol... (¡porque lo que es á mujer y á bonita no
le gana nadie!), y me dijo, dándome un abrazo tan apretado como si
yo hubiera sido _él_:--«Lucía: ¿cuento contigo? ¿puedo fiarme de
tí? ¿puedo poner en tus manos mi vida y mi honra?»--¡Figúrate lo
que le contestaria! ¡Ya la tenía agarrada para siempre!...--Así es
que no omití medio de tranquilizarla acerca de mi lealtad y de mi
cariño.--Púsose entónces un vestido blanco; se calzó las chinelas, y
comenzó á escribir como una desesperada.
--¡Dáme esa carta! (prorumpió _Vitriolo_.) ¡No tienes que decirme
más! Adivino el resto...--La carta era para Manuel Venegas, y tú no
has podido entregársela por más que has corrido...--¡Has hecho bien
en traérmela! ¡Dámela ahora mismo!
--¿Qué significa eso de _dámela_? (replicó la bruja.) ¡Ántes tenemos
que ajustar cuentas!
--¡Dáme la carta!--bramó _Vitriolo_, fuera de sí.
--¡Cá! ¡no te la doy!--Si no se la he entregado á Manuel, ha sido
porque Soledad empezó y rompió tantos papelotes ántes de decidirse
á entregarme éste, que, cuando salí á la calle, despues de hablar
con Antonio, eran ya las cinco y media, y el Cura no me ha dejado
despues acercarme á su protegido...--Pero ¡entregártela á tí!...
¡Qué disparate!--¡Yo he venido únicamente á que me la leas!--¿No ves
que con esta carta tengo un capital? ¡Figúrate cuánto dinero me dará
Soledad por recogerla!--Ahora: como no sé leer, necesito que tú me
enteres de su contenido, para calcular hasta qué punto compromete á
doña Zapaquilda.
--¿Quieres que se la arranquemos?--preguntó el expósito al boticario.
La vieja saltó como una víbora, y sacó una navajilla, diciendo:
--¡Al que se acerque á mí, lo abro en canal!--¡Vaya un amigo que
te has echado, _Vitriolo_! ¿No sabes que es jugador con barajas
compuestas? ¿No sabes que vive de robos como el que acaba de
aconsejarte?
_Vitriolo_ replicó secamente:
--¡Te compro la carta!--Tengo ahorrado algun dinero de mi sueldo...
¿Cuánto quieres por ella?
--Esa es otra conversacion.--¡No te la doy por ménos de tres duros...!
--¡Aquí los tienes! (repuso el boticario, sacando del cajon del
mostrador aquella cantidad.)--Venga el papel.
--¡Toma y daca!--exclamó la vieja, riéndose y guardando la navajilla.
_Vitriolo_ abrió el pliego (cuyo sobre no tenía nada escrito), y
lo primero que hallaron sus ojos fué un retrato en miniatura, que
representaba á un arrogante caballero de treinta ó treinta y cinco
años.
--¿Quién es este hombre?--preguntó á la _Volanta_.--¡Se parece á
Manuel Venegas!
--¡Toma! ¡Como que es su padre!
--Y ¿quién se lo ha entregado á Soledad?
--¡Mira tú! ¡la Justicia!--¿No sabes que todas las fincas, muebles y
efectos de D. Rodrigo fueron á poder de D. Elías?
--Es verdad...--Leamos.
_Vitriolo_ devoró con los ojos la carta de la _Dolorosa_, y una
alegría satánica, mezclada á veces de un dolor infinito, fué
pintándose en su lúgubre rostro, á medida que avanzaba en su
lectura.--Acabóla, al fin; y, dando un alarido de feroz complacencia,
exclamó, volviendo á sus vertiginosos paseos:
--¡Ni el demonio! ¡ni yo mismo! ¡nadie hubiera inventado arma tan
espantosa ni tan eficaz!--Lo que ni el público, ni los celos, ni
la llamada honra, ni la ira, ni las palabras empeñadas lograron
de Manuel Venegas, lo conseguirá este papel, lo conseguirá el
amor.--¡Oh, cómo le quiere la malvada! ¡Y cómo lo precipita en el
abismo!--¡Yo completaré la obra de esa imbécil, que toma al hijo de
D. Rodrigo por un adúltero vulgar!...--¡Ahora mismo... Lucía... ahora
mismo!...--¡No hay tiempo que perder!...--Ve á casa del alquilador de
caballos, y dile que ensille uno para Filemon, quien irá á montar en
seguida...
--Todo eso está muy bien... (observó la bruja). Pero ¿qué le digo á
Soledad que he hecho con su carta?
--Tienes razon..., ¡hay que sostener su esperanza, para que no deje
de ir á la Rifa!--Pues bien, dile que, no habiéndote sido posible
acercarte á Manuel, se la has remitido (por ocurrencia tuya) con
un posta, el cual te ha jurado darle alcance y entregársela en el
camino...--Corre, pues, corre... ¡No tardes!--Dile al alquilador que
el caballo sea fuerte y bueno...--Filemon va detras de tí...
La _Volanta_ salió corriendo.
--Oye, amigo mio... (prosiguió _Vitriolo_, adoptando un tono muy
solemne.) Oye esta carta, y verás cuán importante es el papel
que te toca representar hoy... ¡Hoy vas á eclipsar la gloria de
aquel célebre Drouet, á quien siempre he envidiado, que llevó
espontáneamente á Varennes la noticia de la fuga de Luis XVI!--¡Oye,
y verás cómo podemos ganar esta tarde la batalla que perdimos esta
mañana!--Yo estaba hace poco como Napoleon á las tres de la tarde
en Marengo; perdido, derrotado, retirándome...; cuando hé aquí que
acaba de llegar en mi auxilio el General Desaix con sus divisiones
de refresco, diciéndome que áun es posible revocar el fallo de la
fortuna; que áun tengo tiempo de ganar una nueva batalla...--¡Eso
es para mí esta carta de la _Dolorosa_!--¡Tiemble, pues, la Ciudad!
¡tiemble el universo! ¡El triunfo va á ser de _Vitriolo_!
--Pero léeme la carta...--dijo Filemon, ganoso de graduar la
importancia del daño que iba á hacer.
--¡Es verdad! Leamos otra vez _su carta_... (repuso ferozmente el
maestro.) ¡Hay venenos que sirven de medicina, y eso me pasa á mí con
éste!--¡Oye, y aprende á conocer los abismos que pueden ocultarse
debajo de un rostro de _Dolorosa_!
La carta decia así:
«Manuel:
»No puedo ni debo callar más... No quiero que te vayas maldiciendo mi
nombre, ni que me recuerdes con odio el resto de tu vida, cuando Dios
sabe que no merezco tu maldicion ni tu aborrecimiento, sino que me
tengas tanta lástima como yo á tí.
»Ayer tarde en la Ermita y esta noche en tu casa te habrá suplicado
mucho mi madre que te alejes de mí para siempre y que me olvides, y
áun puede ser que haya tomado mi nombre al rogártelo. Mi mayor gusto
hubiera sido impedirle que te aconsejara semejante cosa... Pero ¿cómo
decir á mi madre lo que te voy á decir á tí?
»Por eso me he resuelto á escribirte esta carta, que no debes dudar
es de mi puño y letra, pues ya ves que te incluyo, como señal, un
objeto para tí muy conocido y que sólo yo podia poseer, cual es
un retrato de tu padre que encontramos en uno de los muebles de
su pertenencia, y que de todos modos tenía pensado devolverte, con
cuanto fué suyo, inclusas las fincas, por haberlo así resuelto mi
conciencia y mi voluntad, desde que, en mis primeros años, me enteré
de ciertas desventuras...
»Manuel: no extrañes nada de lo que te llevo dicho, ni de lo que
me resta que decirte. No extrañes tampoco que te hable _de tú_.
Lo mismo me hablaste tú á mí la única vez que me has dirigido la
palabra... Y, además, ¿para qué seguir ocultándolo? ¿para qué mentir
ó callar, cuando mis ojos me han vendido siempre, como mis lágrimas
me vendieron esta tarde?--¡Mi corazon es tuyo, Manuel! Mi corazon es
tuyo desde que, á la edad de ocho años, me acostaron en el lujoso
catre en que tú habias dormido tanto tiempo y de que acababas de
ser despojado... Yo pasé muchas noches en vela, pensando en que tú,
huérfano y pobre, estarias maldicíendome y despreciándome á aquella
misma hora, recogido por caridad en un lecho ajeno.--Sí, Manuel
mio: desde entónces es tuyo mi corazon; es decir, desde ántes de
conocerte, desde que supe que existias, desde que me contaron tus
desgracias...--Despues te ví... ¡y nada tengo que decirte que no
te revelaran primero los ojos de la niña y luégo los ojos de la
mujer!...
»¿Es culpa mia que tu ausencia haya durado ocho años? ¿Sabes tú lo
que yo he padecido durante ellos? ¿No conocias el alma de hierro de
mi padre? ¿Ignoras que me ví encerrada en un convento y que ya vestía
el hábito de novicia, cuando accedí á casarme, no sé con quién, con
cualquiera, con el primero que me pretendió, á fin de evitar que
cuando volvieses me encontraras separada de tí por los muros de un
claustro, que ni tan siquiera nos habrian permitido vernos..., como
nos veíamos ántes de tu malhadado viaje?
»Pero, aunque el infortunio me haya obligado á casarme con otro
hombre, ¿no me conoces, Manuel? ¿Has dejado de leer en mi corazon
con tanta claridad como cuando decias á todo el mundo: _Yo sé que me
quiere: yo sé que es mia?_--Y, si me conoces, ¿por qué te marchas?
¿Por qué te marchas, desdeñándome, aborreciéndome, sin dignarte
lidiar contra la nueva desdicha que nos separa en apariencia, y
dejándome reducida á vivir y morir con este hombre que no conozco,
que no me conoce, y que no quiero ni podré llegar á querer nunca?
¿Por qué me castigas tan duramente, entregándome al ludibrio de este
pueblo, que siempre me habia coronado con la diadema de tu amor?
»¡Ingrato! ¡cruel! ¡Pagarme con tanto desvío y tanta injusticia,
cuando llevo diez y siete años de aguardarte! ¡Irte, primero por
ocho años, y despues para no volver jamás, sin comprender que, desde
la primera hora de mi juventud, al verme tan separada de tí por
el destino, te sacrifiqué mi recato, mi honra y mi vida!--¡Loco!
¡no buscarme nunca en secreto! ¡buscarme siempre en presencia del
público! ¡Figurarte que era menester ir á América á conquistar un
millon para llegar hasta mí, para enseñorearte de mi cariño! ¡Creer
ahora que hay necesidad de matar á nadie, que hay que estremecer el
mundo, que hay que vencer ningunos obstáculos, para triunfar, al
cabo, de los rigores de nuestra suerte y convertir en dulce realidad
todos los sueños de nuestra vida! ¡Obligarme á decirte, loca de amor,
y llena la cara de sonrojo, lo que á tí te tocaba pensar, decir y
hacer descuidadamente, sabiendo, como sabes desde la primera vez que
me viste, que eres el rey de mi alma y el dueño de todo mi sér!...
¡el único hombre que he amado y que podré amar! ¡el único que puede
darme la vida ó la muerte!
»¿Lo ves, Manuel mio? ¿lo ves? ¡Tu pobre Soledad ha perdido la razon!
¡Tu Soledad, desesperada al saber que la abandonas para siempre, te
escribe delirando, muerta de amor, sin orgullo, sin reserva, como la
esposa al esposo de su vida!...--¡Ah, no te vayas! ¡Ven! ¡perdóname!
¡compadéceme! ¡restitúyeme tu corazon, aunque despues termine
nuestra existencia!
»SOLEDAD.»
--¡Tremenda carta!--exclamó el expósito, lleno de espanto.
--¡Pavorosa! (respondió _Vitriolo_.) ¡Obra maestra de dos formidables
pasiones, ó sea del orgullo y de la sensualidad!--¡La inicua se casó
con Antonio Arregui para que no se dijese que yo era el único hombre
que se habia atrevido á desafiar las iras del _Niño de la Bola_ con
tal de poseerla, y hoy entrega á su esposo al puñal de Manuel, para
que no se diga que éste se marcha despreciándola y sin otorgarle los
honores de una lucha á muerte!--Hasta aquí el orgullo.--En cuanto á
la sensualidad, hay que leer la correspondencia de Mirabeau y Sofía
para hallar tamaño desenfreno...--¡Y pensar que todavía la adoro!
Filemon repuso:
--Si enviaras este papel á Antonio Arregui, mataria á su mujer en el
acto, y tú saldrias de penas...
--Ya he pensado en eso. ¡Pero no me acomoda! (respondió _Vitriolo_
con horrible frialdad.) Lo que yo necesito es que Antonio muera
asesinado por Manuel y que á Manuel le dé garrote el verdugo. De este
modo, la execrable viuda, sola y deshonrada, será tan infeliz como
yo.--Además: el triunfo de D. Trinidad Muley consiste en la pacífica
marcha del hijo de D. Rodrigo...--Es, por lo tanto, de absoluta
necesidad que el hijo de D. Rodrigo vuelva... ¡y mate!
--Tienes razon... ¡trae la carta!--El caballo debe estar dispuesto...