Parecia un reo en capilla, la noche que precede al suplicio.--La

conformidad de la desesperacion iba envolviéndole en su fúnebre

velo...

En el fondo de la sala veíanse algunos de los grandes cofres que

habia traido de América... Manuel abrió el mayor de ellos, y sacó una

preciosa caja de madera, que puso sobre el velador...

D. Trinidad temió que el jóven fuese á suicidarse, y se apercibió á

entrar en el aposento...

Pero tranquilizóse en seguida, al observar que lo que de allí sacaba

Manuel no eran pistolas, sino vistosísimas alhajas, collares,

pendientes, brazaletes, sortijas, alfileres...;--un tesoro, en fin,

de perlas, brillantes, esmeraldas y otras piedras preciosas...

--¡Son las _donas_ que pensaba ofrecer á Soledad el dia que

se casase con ella! ¡Son los regalos de boda que le traia el

desgraciado!...--pensó el Sacerdote, lleno de conmiseracion.

Manuel fué contemplando una por una aquellas galas póstumas, aquellas

joyas sin destino, aquellos emblemas de su infortunio...; y,

ejecutando luégo la idea que sin duda le habia movido á tan penosa

operacion, comenzó á ponerle las alhajas á la Sagrada Efigie de que

era Mayordomo y á quien estaba obligado á agasajar...

D. Trinidad Muley no pudo contener su entusiasmo y su regocijo, y

corrió de puntillas á llamar á las ancianas, para que contemplasen

aquella piadosísima escena.

Imagínese, pues, el que leyere la emocion, los comentarios en voz

baja y los dulces lloros que habria al otro lado de la puerta, en

tanto que Manuel prendia á las ropas del Niño Jesus, ó colgaba

de su cuello y de sus brazos, los restos del naufragio de sus

esperanzas...--Estas cosas se sienten ó no se sienten; pero no se

explican.

Baste decir (como resúmen de sus impresiones, palabras y

pensamientos) que todos decian en voz baja, con religioso júbilo, y

abrazándose cariñosamente:

--¡Se ha salvado! ¡Ha resuelto perdonar!--¡Dentro de pocas horas se

habrá marchado para siempre!--¡Dios lo haga más venturoso que hasta

ahora!

Miéntras D. Trinidad y las tres virtuosas ancianas hablaban así, la

pérfida _Volanta_ (que todo lo habia visto y oido) deslizóse por la

escalera abajo como una sabandija, sin que nadie reparara en ello,

y marchóse á la calle, cuidando de no despertar al improvisado

conserje...

Ni ¿cómo habian de advertir aquel suceso los que arriba seguian con

el alma las operaciones de Manuel, cuando éste acababa de ejecutar

otro acto que ya no dejaba ni asomos de duda acerca de sus nobles y

pacíficas intenciones?

Tal fué el sublime arranque de humildad con que, sacando del bolsillo

el primoroso puñal indio que aquella tarde habia llevado á la

Procesion, lo desnudó, alzólo á la altura de su cara, contempló su

luciente hoja y rica empuñadura, lo besó luégo, y lo colocó á los

piés del Niño Jesus...

Sin la fe ciega que D. Trinidad Muley tenía ya en la redencion del

jóven, hubiera temblado por su vida, como temblaron las mujeres, al

verlo levantar el puñal, y no habria estorbado, como estorbó, que se

precipitasen en la sala... Y tambien fué necesaria en seguida toda

la autoridad del Sacerdote para impedir que estallasen en gritos de

santo alborozo al contemplar aquella solemne abdicacion de la mayor

soberbia que jamás cupo en corazon humano.

--¡Callad! ¡callad!... (les decia al oido el autor de tan prodigiosa

obra.) ¡Callad!... ¡Dejadlo!...--¡Dios está con él!--¡No despertemos

al demonio del orgullo, que ya duerme, y pronto habrá muerto, en el

corazon de mi buen hijo!

Manuel consideró lo que habia hecho, y su grave rostro expresó una

reflexiva y triste complacencia; pero no en modo alguno aquella

devocion activa, directa, personal, que suponian las buenas mujeres y

cuyos resplandores de triunfo y de esperanza hubiera querido hallar

D. Trinidad Muley en los ojos del leon vencido...

--¡Eso no es _fe_! ¡Eso no es más que _caridad_! (dijo el indocto

Padre de almas, dando crédito, como siempre, á su leal corazon.)--¡Mi

obra puede quedar incompleta!--¡Malhaya los hombres que han secado

las fuentes de la alegría en un espíritu tan bueno! ¡Miéntras Manuel

no crea, no tendrá dicha propia, y sólo gozará en ver que los demas

son venturosos!

El hijo de D. Rodrigo sacó en esto el reloj y miró la hora.--Pero

debió de hallarlo parado; pues en seguida abrió un balcon que daba

á Oriente y dominaba toda la vega; y consultó la posicion de los

astros...

Corrió entónces á la puerta del salon, y, sin abrirla, dió dos

palmadas, como llamando...

--Dejadme á mí...--murmuró D. Trinidad, haciendo señas á las mujeres

para que se alejasen.

Y penetró en el vasto aposento.

--¿Quieres algo?--preguntó dulcemente á Manuel.

Fuese modestia, fuese cansancio, fuese aquel pueril resentimiento que

el amputado guarda algunas horas al operador que en realidad le ha

salvado la vida, nuestro jóven bajó los ojos, esquivando la mirada

del Sacerdote, y dijo rápidamente:

--Que venga Basilia.

Don Trinidad se retiró sin enojo alguno.

Basilia entró á los pocos momentos.

--¿Está ahí el arriero de Málaga?--le preguntó Manuel con la sequedad

de quien desea pronta y breve contestacion.

--Abajo está...--respondió temblando el ama de gobierno.

--Pues dígale que cargue todo mi equipaje y ensille mi caballo.--Son

las tres y media... Partiré á las cinco.--Que entren por estos

cofres... Pero que no me hable nadie.--Ruegue usted á D. Trinidad, de

parte mia, que tome algo y se acueste.--Necesito estar solo.

Y, dicho esto, se salió al balcon que acababa de abrir, donde

permaneció, vuelto de espaldas al aposento, miéntras que Basilia y

Polonia, llorando silenciosamente, sacaban los baules, y miéntras que

D. Trinidad y la señá María Josefa lloraban tambien en el próximo

corredor y dirigian desde allí fervientes acciones de gracias y

tiraban cariñosos besos á la Imágen del Niño Jesus.

Al cabo de una hora comenzó á clarear el dia...

Manuel se quitó entónces del balcon, y, cogiendo una silla, sentóse

en medio de la ya solitaria estancia, y siguió mirando al cielo, con

la resignada expectativa del héroe condenado á muerte que ve nacer la

última luz de su existencia.

Así estuvo mucho tiempo, sumido en un éxtasis de dulce dolor que iba

hermoseando cada vez más su noble rostro...--La fiera habia llegado

á tener cara de hombre... El hombre no tardó en tener cara de

ángel.--Dijérase que su alma habia entablado un largo coloquio con lo

infinito...

Ya era enteramente de dia... Ya habian dado las cinco, y las cinco y

media...--Ya estaban listas las cargas y ensillado el caballo...--¡Y

nadie se atrevia á decírselo: nadie se atrevia á interrumpir aquel

inefable arrobamiento en que el jóven parecia gozar anticipadamente

la recompensa de su abnegacion, el premio de su sacrificio!

Salió, al fin, el sol, y su primer rayo penetró en la sala, bañando

de fúlgida luz la plácida figura de Manuel Venegas...

--«_Soledad_»...--gritó entónces el loro en el balcon, donde lo

habian dejado olvidado...

Manuel se estremeció convulsivamente al oir aquel nombre con que

el pájaro americano saludaba todos los dias, hacía muchos años, la

salida del sol, y un mundo de recuerdos y de fallidas esperanzas

reapareció ante sus ojos, haciéndole volver del cielo á la tierra,

de la eternidad al tiempo, del olvido á la realidad...--Pero, falto

ya de soberbia para luchar con su enemiga suerte, una mortal congoja

oprimió su corazon; un desfallecimiento nunca sentido aniquiló todo

su sér; extendió los brazos como quien se ahoga (y áun pareció que

efectivamente pedia auxilio), hasta que, por último, estalló en

amargos sollozos, seguidos de copiosísimo llanto...

Y, roto por primera vez en toda su vida el dique de las lágrimas,

desbordáronse éstas con tal ímpetu que pronto bañaban su faz, sus

manos y su agitado pecho...--Al principio, fueron ardiente lava...;

luégo, benéfica sangría y salvador desahogo de su corazon..., y, al

fin, blando rocío que bajaba del cielo á templar la sed de su alma

sin ventura...

D. Trinidad corrió á él y lo envolvió piadosamente en su manteo,

diciéndole:

--¡Llora, llora, hijo mio! ¡llora cuanto quieras! ¡Llora en los

brazos de tu padre!

Manuel se colgó del cuello del Sacerdote y le llenó la cara de besos,

diciéndole entre dulces gemidos:

--¡Perdon! ¡Perdon!...

--¡Perdóname tú á mí!--sollozaba D. Trinidad.

Y las mujeres lloraban tambien desatadamente, comenzando á invadir

la sala, y el mismo arriero (que habia entrado por el loro) se daba

puñetazos en la cabeza, diciendo con profunda emocion:

--¡Qué lástima de hombre! ¡Maldita sea la primera mujer!

--¡Padre mio! ¡la adoro!--exclamaba entretanto Manuel, incomunicado

con los espectadores por el manteo de D. Trinidad.

--¡Y yo á tí!--le respondió el Párroco, besándolo reiteradas

veces.--¿Quieres que me vaya contigo?

--No... no...--Me iré yo solo...

--Pues bien: sé muy bueno: haz muchas limosnas, y verás qué feliz

eres...--Toma... (añadió luégo en voz más baja.) Aquí tienes esto...

Llévate tu caudal... En todas partes hay pobres...

--No... no... (le respondió Manuel al oido.) Guarde usted eso...

Y haga lo que ya tenemos hablado... En esos papeles lo encontrará

explicado todo...

--Está confesando...--dijeron las mujeres, retirándose al corredor.

--Pero tú vivirás... Tú me escribirás esta vez... (murmuró D.

Trinidad.) ¿No es cierto?

--Sí, señor... ¡Yo viviré cuanto me sea posible!--contestó el jóven,

enjugándose las lágrimas.

Y, abrazando por última vez al Cura, se levantó y dijo:

--¡Vamos!

Entónces se le acercó Polonia, con las puntas del delantal sobre los

ojos.

--¡Perdon, Polonia!--exclamó el jóven, abrazándola.

--Anda con Dios, hijo mio... (respondió la anciana:) ¡Ya estás

curado, y puedes ser dichoso!--¡Tu enfermedad consistia en no haber

llorado nunca!

--Señor... ¡Buen viaje!--le dijo Basilia, besándole la mano...

--¡Venga usted tambien, señá María Josefa! (gritó al mismo tiempo D.

Trinidad.)--Pero no suelte usted el niño...--¡Hoy hay perdon para

todos!

--¡Oh!... ¡no!--pronunció Manuel, retrocediendo.

--¡Manuel, castígate! (exclamó el Sacerdote.) ¡Cuanto más te humilles

hoy, más dichoso serás mañana con el recuerdo de este dia!--¡Arranca

de tu corazon, ahora que están blandas, las raíces de tu soberbia,

á fin de que nunca retoñen!--¡No te lleves en la conciencia ningun

veneno, hoy que la has lavado con tus lágrimas!

--¡Manuel! (dijo la señá María:) ¡Yo hubiera sido muy dichosa en

llamarme tu madre!--¡Harto lo sabe el señor Cura!

Manuel se quitó el reloj, y se lo entregó al niño, colgando de su

cuello la larga cadena de oro de que pendia, y pronunció estas

palabras:

--¡Perdono á tu madre!...--¡Dios te haga más feliz que á Manuel

Venegas!

Y volvió la espalda, y se apartó algunos pasos, como despidiendo á la

madre y al hijo de Soledad.

La pobre abuela se alejó hecha un mar de lágrimas, miéntras que el

niño iba dando besos al reloj y sonriendo como un ángel.

D. Trinidad siguió á Manuel al promedio de la sala, y, señalándole al

Niño Jesus, que refulgia á la luz del sol como un ascua de oro, con

tanta rica presea como adornaba su graciosa figura, preguntóle en són

de dulce ruego:

--¿Y á _Éste_? ¿qué le dices por despedida?

--¡Á Éste le pediria que resucitase dentro de mi corazon, si tal

milagro fuese posible!--contestó Manuel melancólicamente.

--¡Dios querrá! (dijo el Sacerdote, levantando los ojos al

cielo.)--Las raíces de tu antigua Fe están vivas, y ya ha comenzado

á correr por ellas la savia de la regeneracion.--Las máximas que tu

padre y yo sembramos en tu corazon de niño han vuelto á germinar

esta noche bajo los auspicios de esta Efigie del Redentor del

mundo...--Debes, pues, agradecimiento al Amigo de tu niñez, y, aunque

hoy no veas en su dulce Imágen más que una sombra, un retrato,

un recuerdo del cariño que le tuviste (y que Él no ha dejado de

tenerte); aunque todavía no haya penetrado en tu nublada razon la

nueva luz que ya ilumina las más altas cumbres de tu espíritu...,

¡bésalo, Manuel!... (¡Nada pierdes con besarlo!) ¡Bésalo, y verás

cómo toda la soberbia que te queda en el cerebro se desbarata en

lágrimas, del propio modo que se ha desbaratado la que tenías en

el corazon! ¡Verás cómo, al poner tus labios en los descalzos piés

del Niño en cuya divinidad creian tu padre y tu madre, conoces que

estás haciendo una cosa muy santa, y vuelves á llorar de dicha!--¿Qué

te cuesta probar? ¿Por qué no te atreves á ello?--¿No te dicen ese

miedo y ese respeto, que el acto de sumision que te propongo es de

maravillosas consecuencias?--Ven... mira... ¡Yo te daré el ejemplo,

como cuando eras chico!...--Yo lo besaré ántes que tú...--¡Así se

hace!... ¡así!--Y luégo se dice (llorando, como lloro yo): «¡Bendito

seas, Jesus crucificado! ¡Bendita sea tu Santísima Madre! ¡Bendito

sea tu Padre Celestial, que te envió á la tierra á redimirnos!»

Manuel cerró los ojos y cayó de rodillas, como una torre que se

desploma...

De rodillas estaban tambien las dos ancianas y el malagueño, y con

fervientes oraciones daban gracias á Dios, al ver que el jóven se

abrazaba á los piés del Niño de la Bola y los cubria de besos y de

lágrimas...

De rodillas, en fin, estaba D. Trinidad Muley, á quien de seguro

hubieran abrazado gustosos en aquel momento hasta los incrédulos más

empedernidos...; ¡porque la verdad es que en todo aquello no habia

nada malo para nadie ni para nada, y sí mucho bueno para todos y para

todo, ó nosotros no sabemos lo que es bueno ni lo que es malo en esta

miserable vida!

* * * * *

No intentaremos describir los últimos minutos que Manuel Venegas

permaneció todavía en su casa, ni los renovados, tristísimos

adioses que allí se dieron aquellos séres de tan sencillo y tierno

corazon...--Temeríamos afligir demasiado á nuestros lectores, que,

pues todavía no han soltado esta obra en que se rinde culto á la

pobreza de espíritu, seguramente tienen la dicha de pensar y sentir

como ellos.--Preferimos, pues, salir á la Plaza, y confundirnos con

la generalidad del público, en cuya compañía podremos ver con más

frescura la solemne marcha de Manuel Venegas y los dramáticos lances

que acontecieron con este motivo.

VI.

MARCHA TRIUNFAL.

Hacía una mañana hermosísima, sobre todo para aquellos felices

mortales que no tuvieran fijos sus ojos en la negrura del revuelto

mar de las pasiones, sino que hubiesen preferido salir al campo á

espaciar su vista y su alma por el sublime templo de la Naturaleza,

por la pintada Tierra, llena de prodigios, por la rutilante bóveda

del Cielo, y por el propio cielo de una conciencia suficientemente

limpia para poder reflejar las misteriosas visiones de lo Infinito...

No estaban de este humor aquel funesto lúnes, 6 de Abril de 1840, las

muchas personas que acudian á la Plaza Mayor de la Ciudad á enterarse

de los adelantos que el dolor y la ira habian hecho durante la noche

en el corazon de Manuel Venegas y Antonio Arregui. Ni hay que decir

que el grupo en que más excitados estaban los ánimos, por cuenta

ajena, era el formado, como de costumbre, á la puerta de la Botica,

¡terrible aduana, por donde tenía que pasar el infortunado _Niño de

la Bola_ al marcharse del pueblo!

_Vitriolo_ estaba más acerbo y feroz que nunca, sin poder callarse

(aunque no dejaban de aconsejárselo sus discípulos), y, si por acaso

interrumpia sus discursos, era para decir á los que iban á comprar

medicinas:

--«_¡No hay de eso!_»...--ó--«_¡Vuelva usted más

tarde!_»--ó--«_¡Dígale al enfermo que se muera; que esto que le han

mandado no sirve para nada!_»

Ello es que no se apartaba del mencionado grupo, donde ya habia

tronado largamente contra la imbecilidad de Manuel,--«cuya casa,

dijo, habia llenado de Santos y de viejas el Cura de Santa María,

á fin de separarlo del camino de la decencia y del honor y hacerle

faltar á sus famosos juramentos.»

Luégo añadió:

--Segun mis informes, á las tres de la madrugada lo llevaban ya

de vencida, y el cuitado estaba rezando el _confiteor_ á los

piés del Niño Jesus, despues de haberle regalado una porcion de

joyas, á ruegos de D. Trinidad, que es una hormiguita para su

Iglesia...--¡Pobre Manuel! ¡Si su animoso padre levantase la cabeza!

El auditorio se miró, como dudando de la congruencia de aquella

invocacion, y _Vitriolo_, que lo advirtiese, dobló la hoja y pasó á

otro asunto.

--En cuanto al marido de Soledad (exclamó con enfático tono), ¡hay

que reconocer que es un valiente! ¡Ya vieron ustedes lo que hizo

ayer! ¡Ir, sin quitarse las espuelas, á la Ermita de Santa Luparia,

en busca del célebre maton, á quien D. Trinidad Muley habia escondido

en una especie de escaparate!--¡Yo no dudo de que cuando sepa (como

ya lo sabrá á estas horas) que su madre política y su hijo han pasado

la noche en casa del amante de su mujer, vendrá á pedir satisfaccion

á éste y echará por tierra todas las artimañas del fanatismo y la

cobardía!

Muchas personas se apartaron muy disgustadas de aquel energúmeno,

y fuéronse en busca de otros corrillos donde se comentasen más

piadosamente las maravillosas y ya públicas escenas ocurridas

aquella noche en la antigua _Casa del Chantre_... Pero _Vitriolo_ no

se desconcertó por ello, sino que se rió de los que le dejaban, y

continuó hablando de esta manera:

--¡Por supuesto, que Antonio Arregui irá de todos modos esta tarde

á la Rifa, á recoger el guante de su rival!--Así lo juró ayer,

cuando se enteró de que el hijo de D. Rodrigo tuvo anteanoche el

atrevimiento de ir á llamar á la puerta de su casa, estando él en

la Sierra...--¡Lo sé de muy buena tinta!--¡Por consiguiente, si el

_Niño de la Bola_, el de las amenazas de hace ocho años, se marcha

del pueblo, sin acudir á la palestra, tanto peor para su honra y

fama!--¡Verdad es que puede que todavía ignore nuestro pobre paisano

(y se le haria un gran favor en contárselo) que Antonio Arregui

fué ayer tarde á buscarle en són de desafío á la Capilla de Santa

Luparia!...--¡Honor es de este pueblo que el asunto no se haga

tablas de la manera indecorosa que se propone D. Trinidad Muley!

¿Qué dirian los riojanos, si el héroe de la Ciudad huyese de uno de

ellos? ¡Dirian que los andaluces no tenemos sangre en las venas!--Y

todo ¿por qué? ¡Porque los curas han sorbido los sesos á una especie

de salvaje cargado de millones, á fin de sacarle el dinero!--¡Digo á

ustedes que me abochorno de tan groseras supercherías!

--¡Y yo me abochorno de que usted vista el uniforme de persona

humana! (exclamó el Capitan, que habia llegado momentos ántes.)

¡Usted es un bicho!

_Vitriolo_ se echó á reir.

--¡No se ria usted! (añadió el veterano, temblando de cólera) ¡Mire

que hoy vengo resuelto á aplastarlo, si no deja de corromper el aire

con sus viles calumnias!

--¡Amenazas y todo! (replicó el boticario despreciativamente.)--¿Lo

han comprado tambien á usted? ¿Le ha tocado alguna joya de las

regaladas al Niño de madera?--¡Pues me alegraré de que la disfrute!

Y le volvió la espalda, asustado de lo que acababa de decir.

--¡Lo que me ha tocado va usted á verlo ahora mismo! (rugió el

Capitan.) ¡Tome usted! ¡en nombre del Ejército!

Y arrimó al insolente materialista un soberano puntapié en la parte

más vil de su materia propia.

El pobre ateo se llevó las manos á la parte contusa, y huyó diciendo:

--¡Ah! ¡lo de siempre! ¡el militarismo! ¡el cesarismo! ¡la fuerza

bruta! ¡el brazo secular de la tiranía!

--No ha habido tal _brazo_, mi buen _Papaveris_... (díjole Paco

Antúnez, negándole el auxilio que fué á pedirle.) ¡La caricia ha sido

con el _pié_, y de las buenas!

Y se alejó de él desdeñosamente.

Este lance, que hizo reir mucho á cuantos lo presenciaron, fué como

la señal y comienzo de la gran derrota que habia de sufrir _Vitriolo_

aquella mañana á la vista de todos sus discípulos.

Decímoslo, porque en tal momento comenzaron á salir de casa de

Manuel las famosas cargas de equipaje, precedidas del arriero de

Málaga,--que estaba contentísimo, creyéndose ya, sin duda, camino de

las Indias.

La emocion del público, al ver aquella prueba material de que

Manuel se iba, de que D. Trinidad habia triunfado, de que la fiera

perdonaba..., fué grandísima, al par que noble y jubilosa, con muy

escasas excepciones.

--¡Manuel se va! (decian unos.) ¡D. Trinidad no tiene precio! ¡Eso es

lo que se llama un buen cristiano!

--¡Manuel se va! (exclamaban otros.) ¡La verdad es que este desenlace

tiene algo de prodigio!

--¡Los Venegas fueron siempre así! (expuso el viejo buñolero de

la Plaza.) ¡Parece que poseen el don particular de entusiasmar

al pueblo!--La mañana de hoy me recuerda aquella otra en que don

Rodrigo salvó los papeles de D. Elías del incendio que nadie queria

apagar...--¡Todos aplaudimos entónces sin saber por qué..., y ya

está pasando ahora lo mismo!...--¡Miren ustedes!--La gente llora...;

los chicos bailan de contento...; las mujeres se asoman á los

balcones...--Voy á avisar á la mia...

--¡Lástima de dinero, que sale de la Ciudad! (decian al mismo tiempo

los de otro corrillo, aludiendo á las tres voluminosas cargas.)

¡Cuidado que ahí caben onzas!

En el ínterin, _Vitriolo_, olvidado de su percance, como se olvida

el General de sus heridas hasta que concluye la batalla, acercábase

desesperado y medio convulso al triunfante arriero, y le preguntaba

con indecible angustia:

--¿Á qué hora se marcha su amo de usted? ¿Tardará todavía algo?

¿Habrá tiempo de hablarle?

--¡Qué ha de haber, hombre! (respondió el malagueño, con voz

descompasada.) ¡Lo que hay en este pueblo es un Cura que vale más que

Dios!

Y, quitándose el calañés, y tremolándolo por alto, exclamó en medio

de la Plaza, con un fervor y un gracejo indescriptibles:

--¡Caballeros! ¡Viva D. Trinidad Muley!

--¡Viva!--respondieron más de mil voces.

Y tampoco faltó quien convidara, en el acto, á aguardiente y buñuelos

al señor Frasquito Cataduras, en pago de «la justicia que acababa de

hacer á un hijo de tan calumniada ciudad.»

Desde aquel instante, la batalla estaba completamente perdida

para _Vitriolo_.--Todo el público era del Cura, aplaudia su obra,

respiraba la grata atmósfera del bien, daba su sancion á la pacífica

retirada de Manuel Venegas.

Y tal fué el momento en que nuestro héroe apareció á caballo en la

puerta de la que tan pocas horas habia sido su casa.

Un murmullo de honda conmiseracion lanzó la apiñada muchedumbre.

Manuel avanzaba rígido, cárdeno, silencioso, mirando al cielo, por

no mirar al mundo, y acompañado de D. Trinidad Muley, que marchaba

á pié, á su derecha, y le dirigia de vez en cuando alguna palabra

consoladora.

Era, exactísimamente, el luctuoso cuadro de un reo marchando al

patíbulo.

El gentío empezó por saludarlo grupo á grupo, segun que iba pasando

por delante de cada uno de ellos; pero al fin acabaron descubriéndose

todos de golpe, como cuando se está en presencia de un rey.

Ocurrió entónces un incidente en que repararon muy pocos.--La célebre

_Volanta_ trató de acercarse á Manuel Venegas, por el lado opuesto

al en que iba D. Trinidad, y áun se vió en sus manos un papel, que

pudo suponerse una peticion de limosna.--Pero el Sacerdote, que lo

observara, pasóse con rapidez á aquel lado; y miró y habló á la

indigna vieja con tal furia, que la hizo huir y esconderse entre la

muchedumbre.

Manuel no advirtió nada, sino que prosiguió su marcha triunfal, mudo,

inmóvil, indiferente, clavado en el caballo, como el cadáver del

Cid, y ganando, como él, aquella batalla póstuma á que no asistia su

espíritu.

De este modo pasaba ya por delante de la puerta de la botica, no

sin profundo dolor de _Vitriolo_, que iba á encerrarse en ella con

su derrota, cuando notóse gran agitacion al otro lado de la Plaza,

y vióse que Antonio Arregui, lívido de furor, corria primero hácia

la casa en que Venegas habia vivido, y luégo en seguimiento de

él,--indicado que le hubo álguien que aquel jinete era la persona á

quien buscaba.

Pero D. Trinidad estaba en todo; y, abandonando á Manuel, voló al

encuentro del indignado Arregui, al cual (justo es decirlo) detenian

aquella vez muchas personas bien intencionadas, de cuyas manos iba

desasiéndose á duras penas.

Pocas palabras le habló D. Trinidad para explicarle

satisfactoriamente cómo y por qué su suegra y su hijo habian pasado

la noche en casa del _indiano_, y pocas tambien para convencerle de

lo extemporáneo y hasta sacrílego del paso que queria dar, provocando

á un hombre arrepentido y valeroso, que huia del combate por creerlo

injusto, y se marchaba para siempre de su patria.

El Niño de la Bola: Novela · 第 15 / 18 段