--¡Toma... toma, hijo mio! (exclamó _Vitriolo_ con siniestro

júbilo.) La gloria de la Filosofía y mi apetecida venganza están en

tus manos...--Yo creo que lograrás dar alcance á nuestro héroe en

alguna de las primeras ventas... El insensato lleva tres dias sin

comer ni dormir, y sus fuerzas no pueden ménos de tener límite, como

todas.--Además: el maletin de la montura (atestado de oro, segun me

ha dicho la _Volanta_) impedirá á su caballo correr mucho.--Cuando

lo encuentres, le dices que estás empleado en la fábrica de Antonio

Arregui y que su señora te ha confiado esa carta con el mayor

secreto.--En seguida le contarás, como de tu cosecha, que Arregui

fué ayer á desafiarlo á Santa Luparia, y que por eso corria tanto la

Procesion y lo encerraron á él en la Sacristía: le dirás asimismo

que esta mañana venía tambien Antonio á provocarlo, y que, á ruegos

de D. Trinidad, desistió de ello; le dirás, por último, que Soledad

y su marido van esta tarde á la Rifa, y que el orgulloso fabricante

se ha ufanado hoy en calles y plazas de haber hecho huir al temido

_Niño de la Bola_...--¡Ah! se me olvidaba lo principal...--Procurarás

hacerle creer que D. Trinidad Muley explicaba hoy á todo el mundo el

viaje de su ahijado, contando que el Niño Jesus le dirigió anoche la

palabra y le mandó que se marchase del pueblo, no sin dejarle todas

sus joyas al Cura, para que dispusiese de ellas á su antojo...--En

fin, inventa, discurre, miente... ¡Todo es lícito, cuando se trata de

salvar la sociedad!...

--¡Descuida, maestro, descuida! ¡Sé lo que tengo que decir!...

(interrumpió Filemon, dándole la mano).--¡Hasta la tarde, si es que

alcanzo hoy á Manuel Venegas! Y, si no lo alcanzo, ¡iré en su busca

al fin del mundo!

--¡Eres todo un hombre!--¡Cuando yo falte, tú heredarás mi

magisterio!--contestó _Vitriolo_, acompañándole hasta la puerta de la

botica y abrazándole paternalmente.

Y, luégo que lo vió desaparecer, añadió con acento lúgubre:

--¡Soledad! no dirás que te olvido...--Tú echaste mi carta á un

perro para que se la comiera... ¡Yo he echado la tuya á un tigre

furioso!...--¡Estamos en paz, alma de mi alma!

II.

LA RIFA.

Aquel mismo sol cuyos matutinos rayos habian alumbrado la solemne y

conmovedora partida de Manuel Venegas, continuaba á las tres y media

de la tarde su majestuosa marcha por el cielo, llevando en pos de sí

las horas póstumas y sobrantes de un dia al parecer ya inútil, cuyo

interes y juicio histórico dieron por concluidos tan de mañana todos

los habitantes de la Ciudad.

Obedeciendo, empero, la mayoría de éstos á la ley de inmemoriales

costumbres, habian acudido, despues de comer, á aquel anfiteatro de

amarillos cerros, cuajados de habitadas cuevas, donde, como todos los

años en tal fecha, debia celebrarse el Baile de Rifa del Niño de la

Bola, y donde ocho años ántes tuvo lugar la fatal subasta en que el

hijo de D. Rodrigo fué derrotado por D. Elías Perez.

No sólo este acaudalado sujeto, sino otros muchos ricos y pobres

de los que allí vimos, habian muerto desde 1832 á 1840. En cambio,

innumerables niñas y niños de entónces eran ya mujeres y hombres

hechos y derechos; muchos solteros y solteras se habian casado y

tenian hijos, y no pocos padres y madres á quienes conocimos frescos

y buenos mozos figuraban ya entre los viejos y los abuelos...--Por

consiguiente, el cuadro, aunque hubiese variado en sus individuales

pormenores, venía á ser el mismo á primera vista y en con junto.

Allí, en efecto, habia, como antaño, clérigos y cofrades, soldados

y bailadoras, señores y plebe: allí se veian, á la puerta de las

oscuras cuevas, hileras de sillas ocupadas por lujosas damas y

endomingados caballeros: allí resaltaban á la luz del sol los

animados colorines de los pañuelos y sayas de las criadas y

labriegas, los pintarrajados chalecos y fajas encarnadas de los

hombres del pueblo, las medias blancas de trabilla de los que

llevaban calzon corto, los refajillos colorados de las niñas pobres

y descalzas que no tenian vestido, y las cobrizas carnes de los

chicuelos que no tenian ninguna ropa...

Tambien se veia allí, sobre una mesa con mantel de altar, la

reluciente figura del Niño Jesus, adornada con todas las alhajas que

le regalara pocas horas ántes Manuel Venegas, cuyo puñal indio, de

pomo de oro con piedras preciosas, seguia á los piés de la bella

Efigie, como pintan al dragon del pecado á los piés de la Vírgen

María.

Las gentes contemplaban, llenas de asombro y curiosidad (y muy

edificadas y reconocidas al cielo, á creer en sus terminantes

declaraciones), aquellas valiosas ofrendas de la mayor ira, trocada

de pronto en cristiana mansedumbre...--Indudablemente, la idea de

este maravilloso cambio llenaba en su morisca imaginacion, ganosa de

emociones extraordinarias, el vacío resultante del pacífico término

de un conflicto tan dramático y descomunal como el hecho tablas por

la caridad de D. Trinidad Muley.--¡Habíase frustrado la tragedia;

pero quedábales mejor y más noble asunto de perdurables comentarios:

quedábales un poema religioso!

Sin embargo (y aunque difícilmente hubieran podido explicar la

causa), hallábanse desanimados y tristes...--Acaso les acontecia lo

contrario que á Manuel Venegas, y, así como éste tenía _caridad_

sin _fe_, ellos tenian _fe_ sin _caridad_...--Ó puede que todo

consistiera en que los Canónigos (á quienes se aguardaba para empezar

la fiesta) no habian llegado todavía; ó en que tambien faltaba

de allí nuestro amigo el Veterano Capitan, que solia ser el gran

jaleador del baile y de la Rifa; ó en que habia cundido la infausta

nueva de que D. Trinidad Muley se hallaba enfermo en cama, con una

fuerte calentura, y que habia llamado á un escribano para hacer

testamento, como cesionario de la mayor parte de las riquezas de su

antiguo pupilo.

La llegada de D. Trajano y de la forastera, seguidos de doña Tecla,

de Pepito y de otros tertulios, alegró algo á los demas concurrentes,

quienes, como de costumbre, pasaron minuciosa revista al traje,

al peinado y á los adornos de la elegantísima prima del Marqués,

tratando de aprendérselo todo de memoria, así como sus menores gestos

y ademanes.

Muy hermosa y gallarda iba á la verdad aquel dia, con su vestido de

gro celeste y su mantilla de blonda negra, que más bien servian de

realce que de disfraz á las arrogantes líneas de su cuerpo; pero

inútil era que las beldades del país tratasen de copiar lo que en

aquella mujer de raza, educada desde la cuna por las sílfides de la

elegancia y de la moda, constituia ya segunda naturaleza.

Tampoco fuera oportuno que nosotros nos detuviésemos en este

acelerado epílogo á relatar todo lo que hablaron allí la madrileña,

D. Trajano y Pepito acerca del chasco dado por Manuel á la

expectacion pública. Sólo diremos que la deidad proclamó repetidas

veces que aquel desenlace habia sido _muy frio_, y que si como

cristiana se felicitaba íntimamente del buen término del asunto, como

artista, no podia ménos de declarar que todo aquello era prosaico y

vulgarísimo, y nada propio de un héroe de tanto corazon y arranque

como ella habia supuesto al famoso _Niño de la Bola_.

--En fin... (concluyó diciendo:) ¡el drama no ha resultado romántico!

--¡Tiene usted más razon de lo que se figura! (contestó el señor de

Mirabel.) ¡Para drama romántico, le falta un par de crímenes!--En

compensacion... (usted misma lo ha dicho), su desenlace ha sido

eminentemente cristiano.

--Y ¿qué tiene que ver el arte con el cristianismo?--replicó la

forastera.

--El arte romántico, ¡nada! (expuso el jovellanista.) Precisamente

es hijo de la soberbia y la impiedad, y no admite más culto que el

de la mujer y el de la venganza.--Los románticos son idólatras de sí

mismos, de sus pasiones, de sus afectos, de sus amarillentas adoradas

y de otras pobrezas terrenales _ejusdem furfuris_.

--Don Trajano debe de tener razon... (observó el hipócrita Pepito);

pues por ahí se dice que los más irritados con la solucion amistosa

del tal drama son los incrédulos de la Botica.

--¡Terrible gente! (respondió el jurisconsulto, alzando mucho las

cejas.)--Á mí no me asustan los milicianos nacionales...--¡Ya vieron

ustedes ayer qué entusiasmados y devotos iban en la Procesion!...

¡Estos progresistas son buenos en el fondo!--¡Pero esa gentecilla

nueva que no cree en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo

representa un gran peligro para el porvenir!

--Oye una palabra, Trajano... Con permiso de los señores...--dijo

en esto al discípulo de Moratin aquel otro viejo, tambien moderado

jovellanista, que la tarde ántes vimos con él en un balcon.

Y, arrimando la boca á su oido, añadió lo siguiente:

--Esa _gentecilla_ que dices, es nuestra legítima

heredera...--Nosotros, con todos nuestros pergaminos y nuestra

sangre azul, fuimos, cuando jóvenes, partidarios de la Razon, del

Buen Sentido y hasta de aquel _Sér Supremo_ que sustituyó al antiguo

_Jehová_...--¿No te acuerdas?

Y, al hablar de este modo, el viejo se reia cínicamente.

--¡Eso no se dice!--gruñó D. Trajano de muy mal humor.

--Te lo digo á tí...

--¡Ni á mí tampoco!--¡Ni á tí mismo!--Y verás cómo, con el tiempo, te

acostumbras á creer que tienes otras ideas...

Peliagudo se habia puesto el negocio, cuando quiso Dios que

llegaran á la Rifa Antonio Arregui y la _Dolorosa_, cortando con su

presencia aquella y todas las conversaciones pendientes, muy ménos

interesantes que las mismas personas que les servian de asunto.

Antonio iba sumamente descolorido y turbado, pero más obsequioso que

nunca con su mujer, como haciendo público alarde de dicha conyugal,

al par que buscando en el fondo una verdadera reconciliacion

doméstica.

Soledad no parecia la misteriosa esfinge de siempre. Habia cambiado

de actitud y hasta pudiera decirse que de carácter. Estaba inquieta:

miraba á todos lados, y sus ojos no eran ya mudos abismos llenos

de sombra, sino volcanes de amor en actividad...--El preconcebido

adulterio acechaba desde ellos á la honradez para herirla por la

espalda.

Vestía de blanco como una novia, sin que su elegancia y donaire

tuviesen nada que envidiar á la forastera. Una toca negra de encaje

hacía resaltar dulcemente la blancura de su muy descubierta garganta,

así como los hilos de perlas que le servian de brazaletes pardeaban

al querer competir con sus nevados brazos.--Estaba hermosísima: la

tentacion no se mostró nunca en más temible forma.

No al lado de su adorada hija, sino al lado de Antonio Arregui,

habíase sentado la señá María Josefa, muy acabada por aquellos dos

dias de mortal zozobra; pero aún vigilante y en la brecha, como si

la alarmasen tristes presentimientos.--Honor y dechado del _sexo

femenino_ (que tan desventajosa representacion tiene en esta reducida

historia), aquella noble mujer, que no se allanó, cuando moza, á las

demandas de su millonario señor, sino al debido precio de su mano

y de su nombre; la que despues hemos visto esposa fiel, paciente

y trabajadora; la madre amantísima; la amiga de los necesitados,

no podia ménos de hallar, y halló efectivamente aquella tarde en

tan numeroso y vário gentío, miradas de compasion y de respeto por

parte de otras muchas mujeres de bien; condigno premio de un largo

heroísmo; elogio fúnebre, no muy anticipado por cierto, de la que

habia de morir á los pocos dias.

Llegaron, al fin, los Canónigos, justificando su tardanza con la

solemnidad de las Vísperas que acababan de rezar, en conmemoracion

de no sé qué difunto monarca vencedor de los mahometanos, é

inmediatamente comenzó la Rifa, seguida del Baile; este último al són

de instrumentos moriscos, ó sea de guitarras, platillos, carrañacas y

castañuelas, como ántes de la Conquista.

Las parejas de danzarines no se concertaron en virtud de puja, sino

espontáneamente, formándolas, por tanto, mozas y mozos de la clase

baja, al tenor de sus particulares inclinaciones, de donde sólo

hubo que admirar el rumbo y desenfado de tal ó cual refajona metida

en carnes y de coloradas mejillas, que se movia como una peonza, ó

las primorosas y contínuas _mudanzas_ con que _la obligaba_ algun

pinturero bailador de zapatos blancos.

Respecto de la Rifa, era mucho menor el interes del _señorío_, pues

no se subastaba otra cosa que los hilos de marchitas uvas, las tortas

de pan de aceite y las panojas de arrugadas peras y manzanas (todo

allí de manifiesto) que habian regalado los devotos al Niño Jesus...

De esta manera llegaron las cinco de la tarde, y ya se disponian á

regresar á la Ciudad algunas familias acomodadas, entre ellas la

de Antonio Arregui, cuando notóse de pronto en las más distantes

y encumbradas cuevas una gran agitacion, acompañada de gritos de

mujeres y niños que decian:

--¡Manuel Venegas! ¡Manuel Venegas! ¡Allí viene! ¡Ahora cruza las

viñas! ¡Pronto llegará ahí!

Un rayo que hubiese caido en medio de la multitud no habria causado

tanto pavor.--Todo el mundo se puso de pié: cesaron la música y el

baile: corrieron gentes al encuentro del temido jóven, guiándose

por las indicaciones de los que lo veian (pues llegaba por camino

desusado); huyeron otras personas en sentido opuesto, como para

librarse de la tormenta que se cernia en los aires..., y áun hubo

algunas que hablaron de ir á buscar á D. Trinidad Muley...

Antonio Arregui era el único que permanecia sentado, ó, por

mejor decir, que habia vuelto á sentarse al oir aquel temeroso

anuncio.--Estaba lívido; pero resuelto, callado, y como indiferente á

lo que sucedia.

La señá María Josefa le decia llorando:

--¡Vámonos! ¡Vámonos á casa! ¡Piensa que tienes un hijo!

Otras mujeres se ofrecian á esconderlo en tal ó cual segurísima cueva.

Las autoridades procuraban tranquilizarlo, diciéndole que ellas no

consentirian ningun atropello...

Antonio no contestaba á nadie.

Soledad, de pié, silenciosa, terrible, parecia aguardar la resolucion

de su marido.

--¡Siéntate!--díjole éste con desabrido tono y sin mirarla.

Soledad obedeció con indiferencia.

Y las autoridades y las demas gentes retiráronse de él con frialdad,

en vista de que nada les respondia, yendo el Alcalde á consultar el

caso con el jefe de su partido, ó sea con D. Trajano Perícles de

Mirabel, á quien debia la vara.

El jurisconsulto informó que no podia prenderse á Manuel Venegas

miéntras no cometiese delito ó conato de él; pero que habia que

vigilarlo mucho, así como á Antonio Arregui.

La forastera, que, aunque algo asustada, estaba en sus glorias, opinó

lo mismo.

Entónces rogó el Alcalde á todo el mundo que se sentara, y mandó que

prosiguiesen la música y el baile; como, en efecto, así se hizo, bien

que sin gana de los actores ni atencion alguna de los circunstantes.

Entretanto, ya habia asomado Manuel Venegas, no por el camino de

la Ciudad, sino por lo alto de los cerros, cual si desde la vecina

Sierra hubiera bajado á campo travieso para caer más pronto en

aquellos parajes.

Venía á caballo, y faltábanle muy pocos obstáculos que vencer para

entrar en camino expedito y llegar en breves instantes al lugar de la

Rifa.

La perplejidad del _Coro_ era inmensa, indefinible.--¡Habia cambiado

tantas veces de papel en aquel drama, que ya no sabía qué actitud

tomar, ni discernia acaso sus propios sentimientos!

En esto, llegó Manuel cerca de la explanada que servia de centro á la

fiesta. Apeóse del caballo, cuya brida entregó al primer oficioso que

se puso á sus órdenes, y, sin mirar ni saludar á nadie, acercóse al

sitio en que se bailaba.

Antonio giró un poco sobre la silla, hasta dar la espalda al

arrogante jóven, como dejando el cuidado de su propia vida á la

conciencia del público y á los representantes de la Ley.

Manuel, demudado por cuarenta y ocho horas de constante martirio,

febril, delirante, enloquecido por la carta de Soledad, miraba

á ésta con la terrible audacia de siempre, y tambien con una

especie de amorosa ufanía y declarado triunfo que pregonaban

la deshonra de Antonio Arregui, llenando de asombro á la

concurrencia.--¡Indudablemente, si el esposo hubiera visto aquella

mirada, su dignidad le habria hecho saltar del asiento, y abalanzarse

al temerario que así le ofendía!... Pero repetimos que Antonio no

hacía caso alguno de Venegas.

Soledad, por su parte, tenía clavados los ojos en el suelo.

La madre era la única que lo veia todo; y, por resultas de ello,

temblaba como la hoja en el árbol.

Tambien temblaba el público...; y no fué uno solo de los presentes

quien murmuró en voz baja:

--¡Esto es horrible! ¡Se masca la sangre!

Otros decian al mismo tiempo:

--¿Habeis reparado? ¡Manuel trae dentro de la faja un par de

pistolas!

Y, en efecto, todos advertían que su rico ceñidor de seda marcaba en

la parte anterior de la cintura dos largos bultos que daban lugar á

semejante suposicion.

En fin: el caso era de lo más grave y comprometido que pudieron

apetecer nunca los aficionados á querellas y desastres.--Si

_Vitriolo_ hubiese estado allí, se habria bañado en agua de rosas.

Un buen hombre, el viejo buñolero de la Plaza, tuvo entónces una idea

muy feliz, nacida de su deseo de conjurar el inminente conflicto,

llamando hácia otro lado la atencion de Manuel y de los espectadores:

--¡Un real (exclamó), por que Manuel baile con la señora Marquesa!

Y señalaba á la huéspeda de D. Trajano.

El pensamiento fué muy aplaudido y despertó en la gente una

frenética y deliberada alegría, que más bien era generosidad y

misericordia.--La causa del Bien acababa de ganar mucho terreno.

Nadie pujó en contra del piadoso anciano; y, como la más vulgar

cortesía vedaba á Manuel oponerse á bailar con tan noble señora, y,

por otra parte, convenia á su propósito que la ley tradicional de la

Rifa fuese aquel dia respetada ciegamente por todo el mundo, cedió

al blando impulso con que lo animaban muchas personas, y adelantóse

hácia la forastera.

Esta no se hizo de rogar, y ya estaba de pié cuando Manuel llegó á

ella sombrero en mano. Dirigió la beldad una amable sonrisa á nuestro

héroe, por vía de saludo; tercióse la mantilla debajo del brazo, como

si hubiese nacido en el propio Albaicin; y, tomando puesto entre las

demas parejas (que hicieron alto inmediatamente, con gran respeto,

para que la gentil madrileña y el famoso Manuel luciesen mejor su

gallardía), rompió á bailar un fandango clásico, sobrio de mudanzas,

pero voluptuoso como el que más, que arrancó mil aclamaciones á los

circunstantes.

Manuel apénas se movia. Hubiera podido decirse que únicamente

oscilaba, atraido por las alternadas idas y venidas de la bella

aristócrata, cuyo traje de seda crujia á cada garbosa contorsion de

sus brazos y talle, como las lucientes escamas de elegante culebra

que se irgue y enrosca alternativamente, queriendo fascinar á la

ansiada víctima.

Pero el infortunado jóven, á quien la negra suerte habia reservado

aquel último escarnio, no levantaba la vista del suelo.

Soledad aprovechaba en tanto la general distraccion para devorar á

su amante con los ojos... Seguia Antonio casi vuelto de espaldas

á su mujer y al público... Y, como si todavía fuese posible que

sustituyese la comedia á la tragedia, D. Trajano y Pepito sentian

unos celos feroces al pensar que no eran ellos idóneos para el

personalísimo arte de Terpsícore.

Acabó de bailar la llamada Marquesa, y quedó con los brazos medio

tendidos, esperando el inexcusable abrazo de ordenanza.

Manuel se detuvo, cortado..., y ella permaneció tambien inmóvil,

dominada por el femenil pudor.

--¡Que la abrace!--gritó el público.

Manuel avanzó tímidamente y abrazó á la hermosa forastera, entre los

aplausos del gentío.

Cogióse entónces ella de la mano del jóven, para que la condujese á

su sitio, y díjole á los pocos pasos, deteniéndolo:

--¡Conque ya no se marcha usted!--Vaya usted á visitarme y hablaremos

de América...--Yo tengo intereses en Lima.

--Señora... (contestó Manuel lúgubremente.) ¡Lo que ha tenido usted

es la crueldad de bailar con un cadáver!

La forastera sintió un escalofrío de horror, y, soltando la mano del

infeliz, lo saludó ceremoniosamente y corrió á su asiento.

--¡Es un hombre finísimo!... ¡Un hombre delicioso!...--iba diciendo

á izquierda y derecha, para ocultar su miedo y su humillacion.

En aquel mismo instante sonó una voz terrible, como la trompeta del

Juicio Final: la voz de Manuel Venegas, que decia:

--¡Cien mil reales por que baile conmigo aquella señora!

Y señalaba á Soledad.

Todo el mundo se puso de pié, y Antonio el primero de todos.

Reinó, pues, una agitacion indescriptible.

Manuel Venegas estaba plantado en medio de la explanada, solo, con

los brazos cruzados, y fijos los ojos en la _Dolorosa_.

Esta y su madre contenian á Antonio, miéntras que las Autoridades,

los Prebendados, el señor de Mirabel y otras muchas personas de viso

le decian que Manuel estaba en su derecho; que la peticion era legal;

que sólo podia rechazarse haciendo otra oferta mayor; pero que sería

temeridad intentarlo, cuando aquel hombre poseia millones y estaba

medio loco.

La gente de pelea y toda la chusma de chiquillos y pordioseros

gritaban entre tanto:

--¡Ya está dicho! ¡Cien mil reales!--¡Si el otro no da más, que tenga

paciencia!--¡Vamos, señora!... ¡Salga usted á bailar, que se hace

tarde! ¡El Niño Jesus es ántes que todo!--¡Señor Arregui, en este

sitio no se pelea más que con dinero! ¡Suelte usted la mosca ó la

mujer! ¡No hay escapatoria!

Antonio tuvo que desistir de su empeño de ir á concertar con Manuel

un desafío á muerte (que era el plan que se deducia de sus medias

palabras), y, apremiado por el Mayordomo de la Cofradía, que gritaba

con voz oficial: «_¡Cien mil reales por que baile la señora de

Arregui con D. Manuel Venegas!_», exclamó con irritado acento:

--¡Todo mi caudal por que no baile!

--¡Eso no sirve!--¡Esa proposicion es nula!--¡Desde lo que pasó aquí

hace ocho años, quedó establecido que sólo se admiten pujas de dinero

presente! ¡D. Elías no le pagó á la Hermandad aquellos dos mil duros,

y los cofrades tuvimos que pechar con las costas del juicio!

Así dijeron á Antonio en varias formas y maneras los gritos de la

muchedumbre y los discursos de las importantes personas que lo

rodeaban.

Manuel seguia impasible, esperando en su puesto.

Soledad habia dicho ya varias veces á su marido:

--¡Déjalo! ¡Bailaré! ¿Eso qué importa?--¡Tambien ha bailado la prima

del Marqués!

--¡No bailas!--replicó duramente Antonio.

--Dices bien.--¡Que no baile! (exclamó la señá María

Josefa).--Vámonos á casa.

--¡Eso es imposible! (repusieron los hombres graves y la Autoridad.)

¡Hay que respetar las costumbres del pueblo! ¡Hay que evitar un

motin! El Niño Jesus no puede perder ese dinero...

--Iré á mi casa y á casa de mis amigos por todo el oro que pueda

reunir... ¡y pujaré hasta las nubes!...--contestóles el digno riojano.

--¡Locura! (arguyeron los otros.) ¡Pronto será de noche!--Además:

¿cómo va usted á dejarse aquí á la señora?--Ni ¿cómo llevársela, sin

que baile?--¡Nadie lo consentiria!...

En tal situacion, dejó su asiento la forastera, la dictadora de aquel

pueblo, la mujer de todos temida y reverenciada, y, llegándose á

Soledad, la cogió de la mano y le dijo políticamente:

--Señora: quisiera tener el honor de llevarla yo del brazo al

baile...--Y usted, caballero Arregui, reflexione que yo misma he

bailado con la persona de que se trata...--Conque vamos, señora... Se

lo suplico...

Soledad se levantó.

Arregui no supo qué contestar, y bajó la cabeza desesperadamente.

El público abrió calle, y la forastera condujo á Soledad á donde la

aguardaba su atrevido amante.

Este acababa de sacar de la faja lo que habia parecido un par de

pistolas, y que resultó ser un par de paquetes de onzas de oro. Contó

trescientas trece sobre la bandeja que le presentaba un cofrade, y

dijo naturalísimamente:

--Sobra media onza.--Désela usted á cualquier necesitado.

En seguida se volvió hácia Soledad; saludóla, quitándose

caballerescamente el sombrero; y, como en esto principiase la música,

comenzó tambien el fatídico baile de aquellos dos séres que no

habian cruzado nunca una palabra y que, sin embargo, podia decirse

que habian pasado la vida juntos, alentados por una sola alma,

subordinados á un mismo destino.

Soledad no bailaba: iba y venía de un lado á otro, con los ojos fijos

en tierra, como dominada por un vértigo. Manuel no bailaba tampoco:

seguia los pasos de Soledad, mirándola frenéticamente, como el

sediento mira el agua que va á llevar á sus labios.

Antonio temblaba con la faz oculta entre las manos, para no ver el

ludibrio que se hacía de su amor, tal vez de su honra...

El público guardaba un silencio medroso, que parecia la tácita

expresion del remordimiento anticipado.

Detúvose, al fin, Soledad, como dando por concluida tan espantosa

danza, y levantó hácia Manuel unos ojos hechiceros, voluptuosos

y malignos, en que se leia toda la carta que le habia escrito al

amanecer...

Manuel se llegó entónces á su querida con los brazos abiertos, en

los cuales se arrojó ella, sin poder dominar el amoroso arrebato

de su alma y de su sangre. Recogióla el mísero, y la estrechó á su

corazon, como el trofeo de toda su vida..., y el mundo y el cielo

desaparecieron á la vista de los dos insensatos...

--¡Socorro! ¡que la ahoga!--prorumpió súbitamente la madre, corriendo

hácia ellos.

--¡Asesino!--gritó Arregui, al alzar los ojos y ver lo que pasaba.

--¡La ha matado!--exclamaron otras muchas personas entre alaridos de

indescriptible horror.

El Niño de la Bola: Novela · 第 17 / 18 段