Profusamente alumbrada la tenía tambien esta noche la etiquetera

Basilia, así como abierta de par en par y con toda la servidumbre en

ejercicio, á fin de recibir _al señor_ con los honores debidos á sus

grandes riquezas y á la sangre real mahometana de que procedia.

El arriero malagueño (alojado allí con sus tres mulas, y resuelto

á no marcharse de la Ciudad hasta despues de la Rifa que tanto

le elogiara el mismo Venegas la tarde anterior) hallábase en el

patio, haciendo de portero, y saludó con una profunda reverencia al

extraordinario personaje con quien habia andado tres largas jornadas

sin imaginar que llevaba consigo al terror y asombro de las gentes.

Al pié de la escalera estaba la pérfida _Volanta_, que no sólo era

amiga de _Vitriolo_ y paniaguada de Soledad y de la señá María

Josefa, sino tambien duende familiar de Polonia y Basilia; lo cual

quiere decir que discurria libremente y con salvoconducto por todos

los campamentos, como los traidores y los espías.--D. Trinidad,

hombre de clarísimo instinto, la miró con enojo; pero ella le besó la

mano, y corrió á ocultarse en las tinieblas, como una garduña en su

escondrijo.

Por último: en la primera meseta estaba la ceremoniosa ama de llaves,

quien, despues de hacer al hijo de D. Rodrigo los tres saludos de

ordenanza, á estilo del reinado de D. Cárlos III, en que empezó á

servir, dijo respetuosamente:

--Permítame el señor darle la enhorabuena...--¡En la sala tiene una

gran visita aguardándole!

--¿Qué dice esta mujer? (preguntó ágriamente el jóven á D. Trinidad.)

Yo no quiero visitas..., á no ser la de D. Antonio Arregui ó la de

sus padrinos.

--¡Sube! ¡sube! (contestó D. Trinidad, sonriéndose.) No negaré que

el que está en la sala ha venido como padrino; ¡pero es como padrino

tuyo!...--¡Ya verás, hombre; ya verás!

Manuel no pudo ménos de apresurar el paso al oir aquellas misteriosas

expresiones, con lo que muy luégo penetró en la sala, seguido á duras

penas por D. Trinidad Muley.

Un grito de asombro, de dolor y de cólera salió del pecho del

infortunado jóven, al ver quién era la anunciada _visita_... Y un

profundo sollozo de pavor y desesperacion lanzó el alma del digno

Sacerdote, al observar la actitud airada, irreverente, impía de su

antiguo ahijado en caso tan excepcional y solemne...

¡Porque la _visita_ era el Niño Jesus ó Niño de la Bola de la Iglesia

de Santa María, el mismo que el jóven adorara tantos años, el mismo

que aquella tarde habia salido en Procesion!

¡Allí estaba, en sus andas de plata y oro, sobre un altar improvisado

en el testero principal del aposento, vestido de riquísimo tisú,

alumbrado por muchas velas, y guarnecido de hermosos ramos de flores

naturales!--Servíale de dosel el estandarte de la Hermandad, colgado

del techo, y, por último, en medio de la sala, sobre un velador,

veíase en una bandeja un papel arrollado á modo de diploma, atado con

cintas de colores.

--¿Qué es esto?--¿Quién ha preparado tan irrisoria escena? (preguntó

al fin Manuel, encarándose con D. Trinidad.)--¿Se cree que todavía

soy un niño? ¿Se cree que todavía soy un imbécil?

El dignísimo Padre de almas estaba desolado. Halló, sin embargo,

fuerza bastante para dominar su congoja, y, despues de cerrar la

puerta de la sala, dijo al blasfemo con la austera frialdad de un

juez:

--Esto no tiene nada de nuevo ni de extraordinario: esto significa

que la Cofradía del Niño Jesus, de que eres individuo, te ha nombrado

su Mayordomo para el año que viene, y que, siguiendo la antigua

costumbre, que tú conoces mejor que nadie, te envia la Santa Efigie,

á fin de que more un dia en tu casa y le regales lo que sea tu

voluntad, á título de Hermano Mayor; regalo que lucirá mañana á la

tarde en el Baile de Rifa.--Pero, áun suponiendo que nada de esto

fuera así, ¿cómo no te engríes de ver en tu casa al Niño Jesus, al

Hijo de Dios vivo? ¿Cómo no doblas la rodilla y le das las gracias

por la altísima honra que te dispensa? ¿Acaso no eres tú su adorador

más fervoroso, su más humilde siervo, su devoto más entusiasta?

--No, señor.--respondió Manuel lúgubremente.

--¡Ah infame!--¡Y me lo dices á mí! (prorumpió D. Trinidad con una

furia tan grande como su pena.) ¡Y me lo dices delante de Él!

Manuel se cruzó de brazos y no contestó.

--¡Conque es eso lo que has aprendido en tus viajes! (prosiguió

el Sacerdote, poniéndole las manos sobre los hombros.) ¡Conque

es eso lo que has adelantado al adquirir tantas riquezas!--¡Y

querias dejármelas á mí! ¡Y querias que yo las repartiera entre los

pobres!...--¡Ni los pobres ni yo queremos nada de un judío!

--Señor Cura... (balbuceó Manuel.) Baje usted la voz...--Yo no soy

judío, moro, ni cristiano.

--Pues ¿qué eres, hombre inicuo?

--Yo no soy nada...--repuso el jóven, cerrando los ojos y encogiendo

los hombros como quien declara un delito de que no se cree

responsable.

--¡Jesus! ¡Jesus!--gritó el Cura con indecible espanto.

Y, alejándose del que tal ofensa le habia hecho, sentóse de

medio lado en una silla, dándole la espalda, y comenzó á llorar

desconsoladamente.

Manuel añadió con grave acento.

--No he debido ocultarle á usted la verdad. Por eso acaba de oirme

decir lo que hasta ahora no habia dicho á nadie.--Yo no hago

ostentacion de esta desgracia mia, que debo á crueles enseñanzas

del mundo, á lo que he visto en pueblos de diferentes religiones,

á lo que he leido en obras que no debieron escribirse...--Respeto

mucho, sin embargo, las creencias de los demas, y usted comprende

que hubiera sido escarnecerlas aceptar hipócritamente el cargo de

Mayordomo de esta Imágen, cuando mi corazon no le rinde ya más culto

que el que solemos tributar á los muertos queridos.

--¡Y yo he criado á este hombre! (gimió D. Trinidad con mayor

desconsuelo:) ¡Yo lo he llamado mi hijo! ¡Yo lo queria con toda mi

alma!--¡Ahora me explico que esta noche haya despreciado todos mis

consejos! ¡Ahora conozco que no hay remedio para él! ¿Quién gobierna

un barco sin timon? ¿Quién dirige un caballo sin bridas?--¡Estoy

vencido! ¡Su perdicion es segura! ¡Ya vivirá á merced del viento

de sus pasiones! _¡Ya será del último que llegue!_ ¡Satanás ha

triunfado!--¡Niño Jesus! Oye la súplica de este tu humilde siervo:

¡yo quiero morirme! ¡yo no quiero vivir más en un mundo tan

execrable! ¡mátame por favor! ¡llévame contigo! ¡tu Madre Santísima

cuidará de Polonia, como Polonia ha cuidado de mí durante cuarenta

y ocho años!--¡Qué diferencia entre unos séres y otros!... Ella me

crió de limosna, al ver que mi pobre madre estaba enferma y no podia

costearme ama... Ella me dió luégo pan, cuando en mi casa no habia

bastante para todos... Ella me colocó de aprendiz en la alfarería...

Ella me ha asistido de balde, por caridad, desde que mi madre murió y

me quedé solo... Ella, en suma, ¡ha sido para mí lo que yo para este

desalmado!...--¡Niño Jesus! ¡Vírgen Purísima! ¡Disponed como querais

de dos pobres viejos, que nunca han renegado de vosotros; y, si algo

bueno hemos hecho en este mundo, sirva de merecimiento para que

toqueis al corazon del infortunado Manuel Venegas!

Á fuer de historiadores veraces, debemos decir que esta humilde y

mal perjeñada deprecacion conmovió profundamente al jóven descreido,

no porque le dijese nada extraordinario, sino porque las piadosas

lágrimas de los buenos tienen más fuerza que todos los raciocinios de

la filosofía, máxime si caen en un corazon sensible y generoso.--Si

don Trinidad hubiese empleado argumentos teológicos, Manuel habria

podido contestarle con argumentos racionalistas, como diariamente

vemos en el mundo; pero contra el panegírico de Polonia, vg., no

cabia ninguna objecion.

Así fué que Manuel se arrimó á su padrino, y le dijo, quitándole las

manos de la cara y limpiándole los ojos con el pañuelo.

--¡Vaya, señor Cura! ¡no llore usted más, que sus lágrimas me están

asesinando! ¡Considere usted que llevo muchas horas de defenderme de

su cariño, de su irresistible bondad, de la dulce miel de su palabra,

y que fuera abusar demasiado del amor y del respeto que le tengo,

seguir acometiéndome de este modo!

Don Trinidad se apoderó de la mano con que el jóven le enjugaba las

lágrimas, y, contemplándolo, entre lloroso y risueño, como un niño

mimado, exclamó zalameramente:

--Pero, ¡hombre! Míralo siquiera... ¡No lo desaires hasta el punto

de volverle la espalda!... ¡Piensa que es mi Dios, el Dios de tus

padres, el Dios de tu patria, que ha venido á hacerte una visita!

¡Piensa que estará muy afligido de tus desprecios!...

Manuel, en quien, por lo visto, la supersticion habia sobrevivido á

la fe (suponiendo que verdadera fe hubiese tenido nunca), intentó

volver la cabeza hácia el Niño Jesus, y no se atrevió á ello. Ántes

dió un retemblido de pavor y bajó los ojos al suelo...

Pero estaba escrito que aquel dia ocurriesen singularísimas

coincidencias...--Decímoslo, porque Manuel y el Cura oyeron en tal

instante, dentro de aquella misma habitacion, los tiernos sollozos de

un niño...

Manuel miró aterrado á D. Trinidad, creyendo que quien lloraba era el

Niño Jesus...

Don Trinidad sonrió tristemente, y señalóle con el dedo la puerta de

la sala, que acababa de abrirse, y en la cual estaba parada la señá

María Josefa, con un hermoso niño en los brazos, y sin atreverse á

pasar adelante...

--No sueñes con _milagros_, ni verdaderos ni fingidos... (dijo al

mismo tiempo el Cura á Manuel.) Aquí no hay más _milagro_ que el que

tu buen corazon haga...--¡Tienes en tu presencia al hijo de Soledad,

que viene á pedirte perdon para sus padres!

--¡Su hijo! (rugió Manuel, huyendo al fondo de la vasta sala.)

¡Esto más! ¡Ah, verdugos! ¡Os habeis propuesto matarme! ¡Os habeis

propuesto volverme loco!

Y, hablando así, golpeaba la pared con los puños cerrados, como si

quisiera hundirla y escapar de aquella gran emboscada en que habia

caido su corazon.

--¡Manuel, repórtate! (dijo D. Trinidad, acercándosele dulcemente.)

Yo no soy tu verdugo... ¡Tú eres el mio y el de esa pobre familia que

te pide misericordia!...

--¡Que se lleven á ese vil enjendro de la traicion y la

mentira!--gritó el insensato, sin volverse, ni apartarse de la pared.

El niño tornó á llorar.

--¡Grande hazaña! (exclamó D. Trinidad Muley.) ¡Injuriar á un pobre

niño!... ¡Asustarlo!... ¡Despedirlo!

--¡No quiero verlo! (bramó el jóven.)--¡Si lo viera, lo mataria!

--Poco te falta para matarlo... ¡Ya le has hecho ponerse enfermo!

(dijo tristemente la abuela.) Su madre le ha dado á mamar veneno

desde que supo que venías; y esta noche me lo llevo á mi casa,

dolorido y hambriento, ¡como si él tuviera la culpa de que tú no

fueras dichoso!...

--Pero ¿por qué no viene su padre en lugar de él? (replicó Venegas

con desesperacion.) ¿Por qué no viene el cobarde que me hurtó la

dicha? ¿Por qué huye? ¿Por qué se esconde?

D. Trinidad hizo una seña á la señá María para que callara, y

apresuróse á responder por sí mismo en estos términos:

--Supongamos que ese hombre de bien te teme... ¿No le sobra razon

para ello? ¿Ha de ser todo el mundo tan sanguinario como tú? ¿No hay

más que matarse con el primer desesperado que nos provoca?--Porque,

Manuel... (¡Vamos claros!) ¿qué derecho tienes tú sobre Soledad? ¿Qué

palabra te empeñó nunca? ¿Qué puedes esperar hoy de ella? ¿La crees

tan indigna que por tí se deshonre y deshonre á su marido?

--¡Soledad es mia! ¡Soledad me ama!--exclamó Venegas fanáticamente,

volviéndose hácia sus interlocutores en ademan de desafío.

--Contéstele usted, señora...--dijo D. Trinidad á la señá María

Josefa.

--Manuel... (pronunció la madre, ocultando á su nieto miéntras

hablaba:) Mi hija te ha querido... Pero es una mujer de bien; y,

habiéndose casado con otro hombre, nada puedes ni debes esperar de

ella...

--¡Mentira! ¡Soledad no está casada! (gritó Manuel con

desesperacion.)--¡Su casamiento es nulo! ¡Soledad no ha dejado nunca

de quererme! ¡Yo la conozco desde que era niña! ¡Yo sé lo que me

decian esta tarde sus divinas lágrimas!

--Te equivocas, Manuel... (prosiguió la madre:) Soledad es incapaz

de faltar á sus deberes de esposa...--Tu presencia en este pueblo

sólo puede dar lugar á desventuras para todos, y de manera alguna

á felicidades para tí ni para ella...--El único bien que puedes

hacer á mi hija (y que le harás, supuesto que tanto la quieres), es

ausentarte, dejarla en paz, no ser la perdicion de su casa... ¡Y eso

venimos á pedirte este angelico y yo! ¡eso te suplicamos rendidamente!

--¡Que venga á decírmelo ella! (replicó Manuel con indescriptible

amargura:)--¡Verán ustedes cómo no se atreve á pedirme que me

vaya!--¡Yo la conozco! ¡Su corazon es mio!... ¡nada más que mio! ¡mio

desde la edad de ocho años!

--¡Esas son locuras, Manuel! (replicó la señá María.) ¿Cómo ha de

venir á verte una mujer casada?--Pero ¡harto claro te decia esta

tarde con lágrimas su deseo de que te marches, de que la perdones, de

que nos perdones á todos!...--Soledad no lloraba por lo que tú te

figuras...--Soledad lloraba de miedo... como llora este pobre niño...

--¡De miedo! (repuso el jóven en són de burla:) Esa es otra

mentira...--Soledad no me teme..., ¡y hace bien! ¡Soledad me

conoce!--El miedo lo tiene su cobarde tirano... El miedo lo tiene

usted, que no estorbó su casamiento... El miedo lo tiene ese que no

debe llamarse hijo de Soledad, supuesto que no es hijo mio...--¡Y

los tres haceis muy bien en temblar!--¡Ah! ¡Mi primera idea es la

segura!... La muerte de Antonio Arregui lo resuelve todo.--¡Usted

se quedará con ese expósito, hijo del crímen, y yo me marcharé con

mi adorada!...--¡Mataré, pues, á Antonio! ¡Lo mataré, aunque sea en

medio de la Iglesia! ¡Lo mataré, aunque se oponga el mundo entero!

--¡Cómo se entiende! (prorumpió al fin D. Trinidad, lleno de

indignacion y de ira:) ¡Eso es ya insultarme en mi propia cara! ¡No

te abofeteo ahora mismo, porque está delante el Niño Jesus! Pero me

marcho... Te desprecio... ¡te abandono!--¡Buen recibimiento me has

hecho en tu casa, la primera vez que he venido á ella!

--Manuel... ¡te lo pido de rodillas! (decia al mismo tiempo la

anciana, postrándose á los piés del hijo de D. Rodrigo.) ¡Te lo

pide una madre, por la memoria de la que te llevó en sus entrañas!

¡Márchate del pueblo! ¡Ten compasion de este inocente!--Y, si es

que has de dejarlo huérfano, ¡mátalo ahora mismo!... ¡Yo te lo

entrego!... ¡Aquí lo tienes!

Y, así hablando, ponia el niño á las plantas del jóven, con aquella

inspirada temeridad que sólo cabe en almas femeniles y en corazones

maternales.

--¡Vámonos, señora! ¡Dejemos á este monstruo! (añadia por su parte

D. Trinidad.) Acudiremos á la Justicia... ¡Yo mismo haré que lo

aprisionen!...--¡Adios, hijo indigno de D. Rodrigo Venegas! ¡Me voy,

porque tus faltas de respeto me arrojan de tu casa! ¡Me voy, porque

te creo capaz de ponerme la mano encima, si yo te castigara como

mereces!--¡Adios! nuestras relaciones han terminado... ¡Me arrepiento

de haberte conocido!

--Manuel... ¡no lo oigas!... ¡óyeme á mí! (proseguia diciendo la

madre de Soledad, arrastrándose á los piés del jóven, el cual estaba

como petrificado, con los cabellos de punta, y con los cerrados puños

sobre la frente.)--¡No lo creas, Manuel! ¡Don Trinidad te quiere más

que á su vida! ¡Es tu segundo padre!--Y yo te quiero tambien...; y

tambien te quiere este niño...--¡Mira!... ¡Mira cómo te sonrie!

--¡Basta! (gritó al fin Manuel con desgarrador acento, abriendo

los brazos y tirando la cabeza atras.) ¡Basta, crueles sayones,

encargados de martirizarme! ¡Dejadme ya!... ¡Idos!... ¡Salid!--¡Os

lo mando... os lo aconsejo... os lo suplico!--¡Dejadme solo, si no

quereis que con vuestra sangre y la mia se forme un lago en este

aposento!--¡Quitadme de delante al hijo del cobarde ladron que me ha

robado la felicidad!...--Márchese usted, señora... Márchese usted,

señor Cura...--¡Conozco que ya no soy dueño de mí mismo!... ¡Conozco

que puedo horrorizar al mundo!...

Era tal la voz de Manuel al decir esto, que la señá María Josefa se

levantó espantada, con su nieto debajo del brazo, y se deslizó en

silencio hasta la puerta, andando hácia atras y sin quitar la vista

de aquel pavoroso semblante, más propio de un tigre que de un hombre.

Hasta D. Trinidad tuvo miedo, no por sí, sino por el niño, por la

anciana, y por el mismo jóven, que estaba á punto de morir ó de

volverse loco, á juzgar por la violenta agitacion de su pecho,

por la hinchazon de su frente, por el trastorno de su mirada...;

y, conociendo, al propio tiempo, que ya no habia más palabras que

decirle, ni fuerzas en el desgraciado para soportarlas, retiróse

tambien lentamente, mirándolo con profunda piedad y sin recuerdo

siquiera del pasado enojo.

Así salió de la habitacion, cuya puerta dejó entornada...

Manuel quedó solo con el Niño Jesus.

V.

EL ROCÍO DEL ALMA.

Las doce de la noche acababa de cantar el sereno cuando D. Trinidad y

la señá María Josefa se retiraron de la sala, dejando en manos de la

famosa Imágen del Niño de la Bola la solucion de la suprema crísis á

que habia llegado el espíritu de Manuel Venegas.

Reinó desde entónces en la casa un profundo silencio, interrumpido

únicamente por los cautelosos pasos del vigilante Cura, que se

acercaba de vez en cuando á la rendija de la puerta á observar á

Manuel, y por los cuchicheos de las mujeres, acuarteladas en la

cocina.

Polonia se encontraba entre ellas, por no haber podido dominar su

inquietud y desasosiego quedándose en la otra casa.--Dormia el

hijo de Soledad en brazos de su abuela, despues que Basilia lo

hubo amansado con algunos bizcochos.--La _Volanta_, á fuerza de

llorar hipócritamente, habia conseguido que D. Trinidad dejase de

mirarla con prevencion, y formaba tambien parte de aquella especie

de tertulia de enfermeras, en que tan buenas cosas se estarian

diciendo.--Y, por último, el arriero de Málaga roncaba en el patio,

incómodamente sentado en una dura silla, como lo exigia la gravedad

de las circunstancias.

Lo primero que hizo Manuel cuando se quedó solo, fué apagar todas

las velas que alumbraban al Niño Jesus, con lo que el salon quedó

enteramente á oscuras...

Esto afligió mucho á D. Trinidad, que todavía cifraba algunas

esperanzas en la antigua devocion de su pupilo á la preciosa Efigie

en cuya compañía lo habia dejado...--Pero luégo recapacitó que el

mismo hecho de apagar las luces podia significar, de parte del jóven,

una especie de miedo á aquel fantasma de su extinguida fe, y tan

juiciosa reflexion no pudo ménos de consolarle algo.

Manuel comenzó á pasearse en las tinieblas...

De vez en cuando se paraba, é ininteligibles monosílabos, rugidos

sordos ó sofocados lamentos salian de sus labios, como si dentro de

él mantuviesen empeñada controversia dos séres distintos, el uno más

feroz que el otro...

Indudablemente, el jóven repasaba todas sus emociones de aquel dia:

indudablemente le representaba su cerebro las provocativas alarmas

del público; la calle de Santa María de la Cabeza; la inesperada

aparicion de Soledad, su impavidez, su hermosura, su mirada de amor,

sus copiosas y amarguísimas lágrimas; el encuentro con D. Trinidad

Muley; las cristianas aclamaciones en que prorumpió la muchedumbre;

los santos discursos del bondadoso sacerdote, su lloro, sus caricias;

la visita del Niño Jesus; el alarde de impiedad con que él la habia

recibido; el dolor que esto habia causado al buen Padre de almas; la

aparicion de la madre y del hijo de Soledad; el digno lenguaje de

la anciana; el llanto y la sonrisa del aquel inocente niño, y los

insultos y amenazas del ofendido Cura, de su generoso protector, del

sér que más le amaba en el mundo...

Ahora bien: todas aquellas palabras de cariño, todos aquellos

piadosos consejos, todas aquellas solemnes apariciones, todas

aquellas tiernas súplicas, todas aquellas dulces lágrimas, todos

aquellos paternales enojos no podian ménos de haber ablandado el

corazon de la fiera...--Por eso, sin duda, gemia, en medio de su

rabia, como el leon herido: por eso batallaba tanto consigo propio: y

por eso, y no por otra cosa, lo dejaba solo D. Trinidad Muley, viendo

clarísimamente que ninguno de sus esfuerzos por vencerlo habia sido

inútil; que todos estaban obrando en el rebelde espíritu del jóven,

y que este espíritu vacilaba, temia, emprendia la fuga, tornaba á la

pelea, retrocedia de nuevo, y podia acabar por rendirse de un momento

á otro...--Pero ¡ay del bien! ¡ay de la paz! ¡ay de la caritativa

empresa del digno Párroco, si el jóven no se rendia en tan extrema

lucha!--¡Entónces no habria ya esperanza de salvacion!

Largo tiempo (¡son tan largas las horas de la agonía!) duró este

combate entre la soberbia y la humildad, entre la ira y la paciencia,

entre la pasion y la virtud, entre el amor propio y la abnegacion,

entre el egoismo y la caridad, entre la bestia y el hombre.

Á eso de las dos, Manuel no se paseaba ya, ni rugia, ni se

quejaba...--Solamente lanzaba de tarde en tarde hondos suspiros, que

tambien cesaron al poco tiempo...

D. Trinidad no podia ya distinguir en qué parte de la habitacion

estaba el jóven, ni si se habia sentado, ni si por acaso se habia

dormido...--El silencio que reinaba en aquellas tinieblas era

absoluto, sepulcral, verdaderamente pavoroso.--Parecia como que el

enfermo se habia muerto...

Pero ¿no podia ser que sólo hubiese muerto su enfermedad? ¿No podia

ser que Manuel Venegas acabase de revivir á la razon, á la justicia,

á la dignidad humana, á la vida de la conciencia?

En esta duda, el Sacerdote desistió de la idea (que tuvo un momento)

de coger una luz y entrar en la sala.

Pronto se alegró de haber sabido esperar; pues no tardó en advertir

una cosa que le pareció fausta, simbólica y de mucho alcance,

en medio de su vulgarísima sencillez, por cuanto le trajo á la

imaginacion la humilde ceremonia con que se enciende _fuego nuevo_ en

la Iglesia la mañana del Sábado de Gloria...

Fué el caso que Manuel dió repentinamente señales de estar vivo y

despierto, poniéndose á encender luz por medio de eslabon, pedernal,

yesca y alcrebite, al uso de aquella época.

--_Lumen Christi_...--murmuró D. Trinidad, santiguándose.

Obtenido que hubo nueva luz, el jóven la aplicó á las velas

que apagara ántes, con lo que el Niño de la Bola tornó á verse

profusamente alumbrado y tan clara como de dia toda la espaciosa

habitacion.

Sentóse entónces nuestro héroe enfrente de la Imágen, y púsose á

contemplarla con honda y pacífica tristeza.--La tempestad habia

pasado, dejando en la ya sosegada fisonomía de aquel hombre de

hierro profundas é indelebles señales.--Dijérase que habia vivido

diez años en dos horas. Sin ser viejo, ya no era jóven. Sus facciones

habian tomado aquella expresion permanente de ascética melancolía que

marca la faz de los desengañados.

En cuanto á la triste mirada con que parecia acariciar la Efigie del

Niño Jesus, no tenía tampoco la dulzura del consuelo. Era una mirada

de tranquilo, incurable dolor, como la que, pasados muchos años de la

cruel pérdida y del agudo padecer, posamos en el retrato de un hijo

muerto, de los padres que nos dejaron en la orfandad ó de un antiguo

amor que se llevó consigo las más bellas flores de nuestra alma...

--¡No reza! ¡no llora!--pensó amargamente don Trinidad, formulando á

su modo las mismas ideas que acabamos de emitir.

Y se alejó de su acechadero con mucha más inquietud que alegría le

causara al principio el ver que el jóven contemplaba á su antiguo

Patrono.

--¡No hacen las paces! (añadió luégo, expresando en otra forma su

disgusto.)--¡Y la verdad es que el pobre Manuel está dando muestras

clarísimas de querer hacerlas!--¡Misterios de Dios! ¿Qué trabajo le

costaba ahora á ese Chiquito tender los brazos á mi ahijado, como se

los tendió antiguamente á San Antonio de Padua?--¡Nada más que con

esto saldríamos todos de apuros!

Y tornó á acercarse á la rendija de la puerta, y comenzó á rezar

fervorosamente á la primorosa Efigie, como arengándola á realizar un

milagro indudable.

--¡Nada! ¡No me hace caso! (se dijo, por último, viendo que el Niño

Jesus no pestañeaba.)--¡Sin duda no conviene! ¡Respetemos la voluntad

de Dios!--Ni ¿quién soy yo, pecador miserable, para meterme á dar

consejos á las Imágenes de mi Parroquia? ¡Si los siguiesen, yo sería

el Santo, que no ellas!--¡Haces bien, Niño mio! ¡Haces muy bien en

desobedecerme!

Manuel se habia puesto de pié entretanto.

La tristeza de su semblante era mayor que nunca. Un profundo suspiro

salió de su pecho, y pasóse ambas manos por la frente, como para

echar de su imaginacion renovadas angustias...

El Niño de la Bola: Novela · 第 14 / 18 段