--Y yo lo acepto hoy, mi querido padre, para que nunca diga usted que

he querido escatimarle mi agradecimiento. En cambio (y pues de dinero

hemos llegado á hablar), diré á usted ahora lo que pensaba decirle

por medio del papel que escribí esta mañana y he reformado esta

noche...--Aquí lo tiene usted.--Es, como si dijéramos, mi testamento,

y en él lo instituyo á usted mi heredero fideicomisario, para que

disponga libremente de mi caudal, así en provecho suyo como de los

pobres, despues de pagar un millon de reales á los herederos de D.

Elías Perez y de entregar un legado de mil onzas á nuestro amigo el

veterano Capitan, compañero de armas de mi buen padre.--Para todo

ello, en esta cartera hallará usted letras á su favor contra las

casas de banca de Málaga en que tengo colocada mi fortuna.--Tambien

digo en mi testamento que, cuando yo muera, se entregue á usted

cuanto quede en poder mio, así de dinero como de alhajas y otras

cosas.--¡No dirá que soy desprevenido!...--Conque tome usted, y

guarde esto, en lugar de esos benditos mil duros.

D. Trinidad lloraba en silencio desde que Manuel empezó á hablar de

aquel modo; pero, cuando éste hubo terminado, exclamó con tanta furia

como dolor:

--Está muy bien... ¡Trae acá!... ¡Celebro que tu cabeza se halle tan

en caja!--Ya volveremos á tratar de este asunto en mejor ocasion...

Y se metió en el bolsillo el papel y la cartera que le alargaba el

jóven.

En seguida, tornó á sus paseos, limpiándose los ojos con el revés de

la mano, y tratando de recobrar la serenidad.

De pronto, se paró en medio del despacho, y dijo:

--Supongo que tú no eres de los que hacen la heregía de matarse...

--Supone usted bien... (se apresuró á contestar el hijo de D.

Rodrigo.)--¡Nunca se me ha ocurrido semejante idea!

--¡Ya lo creo! ¡Eres tú demasiado hombre para hacer una cosa que va

contra la naturaleza y contra Dios!--Ningun sér criado se suicida,

fuera de algunas tristes excepciones de la especie humana, faltas de

valor para sufrir y de religion para esperar...--Cuando el hombre no

es la mejor de las criaturas, es la peor.--¡No hay término medio!

Dichas estas palabras, D. Trinidad continuó paseándose, no sin

hacerse otra seña á sí mismo, cual si se dijera: «_Seguimos

adelantando terreno: tampoco hay nada que temer por este lado_.»

Reinó un minuto de insostenible silencio.

--Conque á despedirte... ¿eh? (rezó al fin el Cura, dando vueltas por

la habitacion y mirando al suelo.) ¡Y, sin embargo, no te marchas, ni

te suicidas!...--Pues, señor: ¡hay que desencantar este asunto!

Y plantóse delante de Manuel, con la cabeza caida sobre un hombro,

los brazos á la espalda y el abdómen en completa exhibicion; miróle

de hito en hito con sus ojos de santon marroquí, llenos al par

de valentía, de fanatismo y de paternal afecto, y, cimentando la

pregunta, por vía de exordio, en una barrigada cariñosa, que obligó

al jóven á dar un paso atras, díjole nobilísimamente:

--Vamos claros, Manolo: ¿qué piensas hacer?--Aquí estamos dos hombres

honrados y de vergüenza...--¡Dime la verdad como siempre!

--Déjeme usted, señor Cura... (exclamó el pobre Venegas con verdadero

espanto, y muy arrepentido de haber entrado allí.) ¡Yo no puedo

responder á eso!...--Permítame que me vaya... Tengo fiebre...

Necesito reposo...

--¡Malo! (replicó D. Trinidad muy ofendido.) Tú no me quieres... ¡Tú

me desprecias!--Á tí se te ha olvidado la noche en que fuí á sacarte

de la alcoba en que murió tu padre... Tú no te acuerdas tampoco de tu

padre, de aquel hijodalgo, de aquel espejo de caballeros, incapaz de

pensar cosas que no pudiera decir...

--¡Que no lo quiero á usted! (prorumpió el jóven, herido tambien

en su dignidad.) Pues, ¿por qué estoy aquí, cuando el infierno me

está llamando?--¡Que no me acuerdo de mi padre!...--¡Ojalá fuera

cierto!--Pero yo soy como soy... ¡Déjeme usted seguir mi aciaga

estrella!

--¡Vamos á ver!... Y ¿cómo eres? (¡Las cosas hay que decirlas con sus

nombres!) ¿Eres un criminal? ¿Eres un asesino? ¡Tú, el hijo de D.

Rodrigo Venegas! ¡Tú, el ahijado de D. Trinidad Muley!--Respóndeme,

hombre... ¡Ten valor para decírmelo!

Manuel miró asombrado á D. Trinidad.

--¡No me respondes! (prosiguió éste.) ¡Luego no estás contento de tus

planes! ¡Luego te condenas á tí mismo! ¡Luego te abrazas al mal á

sabiendas!...

--Y ¿qué es el _mal_? ¿Qué quiere decir _malo_? ¿Qué quiere decir

_bueno_? (gritó Manuel bruscamente.) ¡Hace tiempo que me lo

pregunto!...

--¡Hola! (exclamó D. Trinidad con mucha gracia.) ¡Tú tambien te metes

en esas honduras!--Pues yo te contestaré.

Y, cual si para hacerlo hubiese tenido que penetrar en lo más sagrado

del virtuoso corazon que le servia de Biblia, inclinó la frente y

cruzó las manos con no sé qué seráfica reverencia, hasta que al fin

destilaron sus labios estos dulcísimos conceptos:

--_Malo_... es todo lo que se hace sin alegría en el fondo del alma.

_Malo_... es querer gozar ó lucirse á costa de la dicha ajena.

_Malo_... es temerle al dolor hasta el punto de causárselo al

prójimo. _Malo_... es amarse uno á sí mismo más que á los que lloran

demandando piedad. _Malo_... es preferir vengarse á complacer á un

sacerdote. ¡_Malo_... es lo que tú haces conmigo en este instante!--Y

_bueno_... es... ¡lo bueno! La misma palabra lo dice.--_Bueno_...

es, por ejemplo, padecer con gusto, para que los demas no padezcan;

llorar de alegría cuando se ha quitado uno el pan de la boca para

dárselo á otro; sacrificarse generosamente; perdonar..., vencerse,

huir, morirse para que otros vivan...--En fin, yo me entiendo, y

tú me entiendes.--¡Sobre todo, Manuel, lo que es muy _malo_, lo

que es detestable, es bajar los ojos, como tú los bajas, huyendo

avergonzado de tu propia conciencia, que se asoma á ellos á darme la

razon!...--¡Y, si no, mírame cara á cara, con tu antigua valentía

de leon inocente y noble, no con la torva ferocidad de tigre

carnicero..., á ver si tienes entrañas para decirme que hay algo en

el mundo que tú me puedas negar, empezando por la vida; á mí, que

te quiero como un padre; á mí, que te daria mi sangre entera, si la

necesitaras; á mí, que te pido perdon con estas lágrimas; perdon para

otros hijos mios, perdon para tus prójimos, perdon en nombre de Jesus

Crucificado!

--¡Señor Cura! (respondió Manuel con varonil emocion.) Mi vida es de

usted.--Yo se la doy con gusto...--Pero máteme ahora mismo.

--Es que yo no te pido la vida... Yo te pido más y ménos: yo te pido

el sacrificio de tu amor propio, el sacrificio de tu terquedad y de

tu soberbia... En una palabra: yo no quiero tu sangre: yo quiero que

mates en ella tu amor á Soledad y tu ira contra Antonio Arregui...

--¡Y que viva despues!--¡Imposible!--Piénselo usted bien, señor Cura,

y verá cómo eso es imposible.

--¿Imposible sacrificarse y vivir?--¡Qué sabes tú! (replicó D.

Trinidad con una sonrisa verdaderamente santa.)--¡Entónces es

cuando se vive!--Ni ¿dónde estaria el sacrificio, si no se siguiera

viviendo?--¡Creeme, hijo mio: es una gran vida la del que ha

padecido y padece en provecho de otros! ¡Dios centuplica este

provecho y lo derrama como un bálsamo celestial sobre el corazon

del sacrificado!--¡Te sonries con tristeza! ¿Crees que te hablo de

memoria? ¿Crees que yo no soy hombre? ¿Crees que soy de cal y canto?

¿Crees que no he batallado con mis pasiones?--Pues escucha.--Tenía

yo veintidos años... Habia en el mundo una mujer á quien amaba tanto

como tú á Soledad, y que me pagaba con igual cariño... Pensábamos

casarnos, y mis padres entraban gustosos en ello.--Pero mi padre

murió de pronto, llevándose la llave de la despensa, y mi pobre

madre enfermó de tanto trabajar por sacarnos adelante...--De ocho

hermanos que nos juntábamos, yo era el mayor... Luégo seguian cuatro

hermanas... Luégo tres hermanos pequeños...--Aunque yo trabajaba de

dia y de noche en una alfarería, en mi casa llegó á faltar el pan;

pues mis fuerzas no daban abasto para todos...--«_¡Para todos!_»

(repara bien en esto); que lo que es para mí, y para poder casarme,

ganaba ya lo suficiente hacía tiempo.--El Prelado de entónces se

compadeció de nuestros apuros, y, vista mi devocion á la Santísima

Vírgen, ofreció darme un buen curato, si me ordenaba, y desde luégo

una buena cóngrua.--Mi madre, que veia perecer á sus hijos, pero

que conocia tambien el estado de mi corazon, lloraba al proponerme

aquella idea...--Y ¿qué dirás que le respondí?--¡Pues respondí

_Amén_, abrazándola y consolándola, cuando yo era quien necesitaba

consuelo!...--Y renuncié á mi Soledad, que era tan hermosa como la

tuya... Y me despedí de ella para siempre..., llorando los dos;

pero los dos muy contentos en medio de todo, porque no teníamos

nada de qué avergonzarnos y sí mucho de qué enorgullecernos... Y

canté misa... ¡Y Dios me ayudó! ¡Y aquí me tienes!--¿Crees que no

he padecido despues? ¿Crees que no me costó trabajo al principio

volver la cara á otro lado cuando me encontraba á mi antigua novia?

¿Crees que no he llorado lágrimas de sangre?--Pero ¡cuán dichoso en

mi dolor!--Mi madre murió bendiciéndome, al ver á todos sus hijos

en la abundancia, gracias á mi proteccion y ayuda. Mis hermanas se

casaron ventajosamente. Mi hermano Andrés es Sacristan de San Gil.

Á Francisco lo libré de quintas, y hoy es maestro de escuela. Tomás

tiene ya una galera y dos carros, y se está haciendo rico traficando

con los pueblos de Levante.--Mi misma novia se casó y ha tenido

hijos... ¡Y yo, Manuel, yo, el que soñaba con tenerlos tambien, el

antiguo enamorado, el que nació para mandar un Regimiento y para todo

lo que hacen los hombres, he vivido vistiéndome por la cabeza como

las mujeres, he tragado saliva, he castigado mi carne como á una

bestia mala y rebelde, y aquí me tienes, digo, lleno de orgullo y de

alegría, más feliz que todos mis hermanos, más gozoso que si hubiera

hecho mi gusto casándome con aquella mujer, más feliz que todos los

Reyes y Emperadores de la tierra, al poderte decir, en presencia de

Dios, que he triunfado de mí mismo; que no recuerdo ni un pensamiento

mundano de que abochornarme; que he cumplido todos mis votos; que

pueden enterrarme con palma como á las monjas!--¿Me repetirás todavía

que no es posible sacrificarse y vivir?

Manuel miró profundamente á aquella especie de coloso africano que

tales cosas decia á los cuarenta y ocho años de edad, y no pudo ménos

de tributarle el homenaje de su admiracion.

--No soy yo tan grande... (repuso luégo), ó mi cariño á Soledad

es mayor que el que tuvo usted á aquella mujer.--¡Yo no puedo

vencerlo!... Yo conozco que no lo venceré nunca.

--Porque no quieres...

--¡Sí quiero! Es decir, quiero querer...--Pero no puedo.

--¡Sí puedes! Aunque rarísimas circunstancias han hecho de tí una

especie de fiera, tu corazon es de hombre, y el corazon del hombre,

cuando sigue el ejemplo de Cristo, tiene más bríos que todos los

leones y elefantes del universo.--El valor de humillarse, de

vencerse, de renunciar á sí mismo es el verdadero valor.--Y tú no

debes de carecer de él... En medio de todo, tú eres bueno; tú lo eras

cuando muchacho; tú te pareces mucho á tu padre... ¡á tu padre, que

murió voluntariamente por su honra!

--¡Por mi honra quiero morir yo! (replicó Manuel con viveza.) Hace

ocho años contraje un compromiso de honor delante de todo el pueblo:

hace ocho años juré matar al que se casase con mi adorada... Ha

habido quien se atreva á recoger mi guante: la Ciudad entera tiene

los ojos fijos en mí... ¿Qué puedo hacer? ¿qué debo hacer, para no

quedar en ridículo, para que no se rian de mí todos los que siempre

han temblado en mi presencia?

--¡Es muy sencillo!--Arrepentirte del mal propósito: renegar de tu

juramento.--¡Yo te relevo de él!

--No me basta.

--Soy Sacerdote...

--¡No me basta! Lo engañaria á usted si le dijese lo contrario.--Yo

necesito ir mañana á la Rifa, á sostener mi emplazamiento. Si Soledad

y su marido no están allí; si no acuden á la citacion pública que

les haré oportunamente, ofreceré oro, mucho oro, todo el oro que he

traido conmigo, por bailar con la señora de Arregui.--La Cofradía no

podrá entónces ménos de ir á buscarla...--Si la lleva sola, no se la

devolveré á su marido: si su marido va con ella, lo mataré; y, si no

se presenta ninguno, ¡iré á buscarlos á su casa!

--¡Jesus! ¡qué horror! (exclamó D. Trinidad.)--¿Y Dios? ¿y las leyes?

¿y la Justicia? ¿Crees tú que no hay Autoridades en este pueblo?

¿Crees que sigues entre salvajes?

--La Justicia llega siempre despues. ¡Ese es cuidado mio! Yo haré

que cuando acuda, esté ya bien muerto Antonio Arregui.--En cuanto

á las leyes, Soledad puede infringirlas como tantas otras mujeres

enamoradas, yéndose conmigo al fin del mundo.--Y por lo que toca á

Dios, en su mano tiene el matarme ahora mismo... ¡En su mano tuvo no

hacerme tan desventurado!

--¡Es abominable todo lo que piensas; todo lo que dices!... (replicó

D. Trinidad con imponente acento.) ¡Me horrorizo de haberte criado!

¡Conque nada soy para tí! ¡Conque desprecias mis lágrimas!--¿Quieres,

tal vez, que me ponga de rodillas?

--No, señor Cura.--Lo que quiero es que usted, tomándome como quien

soy, y no pidiéndome milagros de santidad, me diga qué puedo hacer

en el estado en que se halla mi corazon y despues de las palabras

empeñadas...--¿Quiere usted que me mate? ¿Quiere usted que me vuelva

loco?

--¡Loco estás ya! (repuso el Cura.) Si no lo estuvieses,

comprenderias que lo que debes hacer es irte del pueblo...

--¿Á dónde? ¿Á qué?--preguntó el jóven con infinita angustia.

--¿Á dónde? ¡Adonde has estado ocho años!--¿Á qué?--¡Á servir á Dios

y no al demonio! ¡Á ser hombre de bien, á ayudar á tus semejantes, á

convertir en flores todas las espinas que atarazan tu corazon!

--¡Usted es el que sueña, D. Trinidad! ¡Me dice usted que ha amado,

y luégo me propone eso!--¡Usted no ha amado nunca, ni sabe lo que

es amor!--¿Á dónde iria yo con la sombra de mi sér, dejándome aquí

el alma de mi alma? ¿Para qué viviria? ¡Ocho años me he mantenido de

la esperanza de volver á este pueblo, de la esperanza de encontrar á

Soledad! ¿De qué me mantendria ahora?--¡Acaba usted de hablarme de

Dios!... Pues oiga usted una sentencia dictada por Dios el dia que me

echó al mundo: «Para Manuel Venegas no habrá más mujer, ni más dicha,

ni más cielo que Soledad»...--Yo he dado por dos veces la vuelta á

la Tierra: he visto mujeres, muchas mujeres, algunas tenidas por

divinidades, en Circasia, en Grecia, en Cuba, en el Perú...--Para mí

no eran ni divinidades ni mujeres: no eran nada: eran á lo sumo la

ausencia de Soledad... ¡cosa para mí tristísima y abominable!--Así

es que apartaba los ojos de ellas y seguia mi peregrinacion.--Es

decir, padre Cura, que yo he ido más allá que usted.--Yo, ni ántes

de consagrar mi alma á Soledad (y se la consagré á los trece años),

ni despues de aquel dia, ni en esta Ciudad, ni en la ausencia, le

he faltado ni con el pensamiento...--¡Tambien he sido yo fiel á mi

_religion_! ¡Tambien he sabido cumplir mis votos!

--¡Y la pícara te ha pagado bien!--profirió el clérigo, tocando otro

registro, para ver de desengañar á aquel idólatra.

Este se llevó una mano al corazon, como si acabase de recibir en él

una puñalada; pero luégo se repuso, y exclamó valerosamente, mirando

á su segundo padre con la impavidez del fanatismo:

--No me ha pagado bien: ¡pero la quiero más que nunca!

D. Trinidad retrocedió lleno de asombro.--Dijérase que el último

golpe con que pretendió anonadar á su antagonista le habia herido á

él de rechazo, quitándole muchas ilusiones.--Manuel estaba todavía

entero... ¡Aquella larga conversacion habia sido inútil!

Pero el esforzado Sacerdote no se abatió. Ántes pareció recogerse

en sí mismo, como para cambiar su plan de batalla. Derrotado en

la primera línea de operaciones, conocíase que se replegaba y

fortificaba en la segunda, apelando á los recursos supremos, ó sea á

las fuerzas de _reserva_, que oportunamente habia preparado ántes de

salir de la Capilla de Santa Luparia.--Todo esto se dedujo, por lo

ménos, de sus palabras y determinaciones, á partir del instante en

que Manuel articuló aquella formidable respuesta.

--Pues, señor... ¡Noche toledana! (dijo, dándose en el cuerpo

algunas palmaditas, como quien se compadece á sí propio.)--¡Polonia!

¡Polonia! ¡tráeme el manteo de abrigo!--¡Vaya con el hombre! ¡Vaya

un pago que me guardaba para la vejez!--¡No concederme nada! ¡Dejarme

hablar y hablar, y luégo negarse á todo! ¡Decirme á mí que el

homicidio y el adulterio son indispensables!--¡Y para esto lo crié!

¡Para esto lo he querido tanto!

Así hablaba D. Trinidad, sin mirar á su antiguo pupilo, el cual

oia aquellas palabras con más emocion y sobresalto que todos los

anteriores discursos. Conocíase tambien que éstos, aunque tan

briosamente contradichos, seguian resonando en su alma; y, por

resultas de todo ello, se adelantó hácia el sacerdote y le dijo con

amorosa reverencia:

--¿Qué va usted á hacer? ¿Para qué pide el manteo? ¿Va usted á salir?

--¡Sí, señor!--respondió D. Trinidad muy desabridamente.

--Pero ¿á dónde va usted?

--¿Á dónde he de ir? ¡Adonde me llama mi obligacion de cristiano!

¡Á impedir esos delitos que (segun me anuncias) van á cometerse!

¡Á no dejarte ni á sol ni á sombra; á seguirte á todas partes; á

pasar contigo el resto de mi vida, aunque me arrojes de tu lado á

puntapiés, aunque me reduzcas á pasar las noches sentado á la puerta

de tu casa!...--¡De este modo, tendrás que saltar sobre mi cadáver

para hacer las valentías que me has dicho, y será más completa tu

obra!...

Manuel retrocedió espantado.

Al mismo tiempo entró Polonia en el despacho, llevando el manteo de

abrigo de D. Trinidad, y diciendo muy asustada:

--¿Va usted á la calle á estas horas?

--¡Sí, hija, sí! ¡á la calle! ¡y al infierno, si es menester!--No me

esperes esta noche.

--Pero, señor Cura... ¡Eso es tirarse á matar! (exclamó la antigua

nodriza).--Anoche se recogió usted á las tantas, muerto de fatiga,

despues de haber corrido por el campo muchas horas...

--¡Buscándote!...--entrerenglonó D. Trinidad, dando un codazo á

Manuel, y sin mirarlo.

--Y esta mañana (continuó Polonia) se levantó usted con estrellas, y

desde entónces no ha parado un momento, con tantas funciones en la

Parroquia, y tantos jaleos como ha habido en la calle... por culpa de

quien yo me sé...

--¡Qué quieres, hija! (pronunció el Cura, haciéndose el chiquito:)

¡No hay más remedio que arrimar el hombro hasta que le toque á

uno reventar y caer!...--Acuéstate tú, y descansa, que tambien

has trabajado hoy mucho...--¡Pobrecita vieja! ¡Cuánto siento

proporcionarte estos sinsabores!--Conque vamos, señor D. Manuel...

¡Usted dirá á dónde nos dirigimos primero: si á buscar á un hombre

de bien para matarlo, ó á enamorar á una madre de familias!...

Manuel seguia en un ángulo de la habitacion, vuelto de espaldas á

D. Trinidad, fijos los ojos en el suelo, y estremeciéndose á cada

recriminacion que se desprendia contra él de aquellos discursos.

Sobre todo, las últimas frases del Sacerdote, tan sarcásticas y

sangrientas, le arrancaron una especie de gemido, cual si le hubiesen

llegado al alma.

Polonia replicaba entretanto:

--¡Pero no se marchará usted sin cenar! Son las diez de la noche, y

desde la una de la tarde está usted con el triste puchero, que apénas

probó...

--Es muy verdad... Pero ¿qué quieres? Las cosas vienen así...

--¡Acuérdese usted de que tiene dos perdices estofadas..., que tanto

le gustan!

--¡Ya las huelo..., y, en medio de estos sinsabores, estaba soñando

con ellas!...--¡Perdóneme Dios; pero es mi único vicio: cenar bien

los dias clásicos!--Sin embargo, quiero demostrar con un ejemplo

á este cobarde, que el hombre es dueño de sus pasiones, de sus

apetitos, de su voluntad...--Dile á la criada que lleve ahora mismo

ese par de perdices, y mi pan, y mi almíbar de cabello de ángel; en

fin, todo lo que ibas á darme de cenar esta noche, á la pobre viuda

del albañil que se mató el otro dia...--¡Así celebrará con sus hijos

la fiesta del Niño Jesus, miéntras que á mí me servirá de alimento el

pensar en la alegría de esas infelices criaturas!

--Pero, niño... (observó el ama de llaves á media voz.) ¡Repara en

que te vas á caer muerto!--Lo de regalar las perdices está muy bien,

y Dios te bendiga por esa idea... Pero toma otra cosa...

--¡Nada! ¡No ceno! ¡Ya está hecho el sacrificio! ¡Veré esta noche la

Procesion de las Ánimas..., y Dios querrá premiarme abriéndole el

sentido á ese alma de cántaro!...

--¡Esto es demasiado! (gritó Manuel, extendiendo los brazos con

desesperacion y acercándose á D. Trinidad.) ¡Usted se ha propuesto

matarme, señor Cura! ¡Usted no tiene lástima de mí!...

--¡Pues entónces no sé quién la tiene!... (respondió friamente el

Sacerdote.) ¿Será acaso el público, que piensa divertirse á tu costa,

como si fuese al teatro á ver una tragedia?

--Lo que digo... (insistió el jóven con ternura) es que cene usted y

se acueste...

--En tu mano está el que lo haga...--¡Quédate á cenar y á dormir

conmigo!--Si no perdices (porque ya no son nuestras), tomaríamos

huevos frescos y jamon crudo; y, en cuanto á cama, por ahí debe de

andar tu antiguo catre...

--¡Su cuarto está como lo dejó!...--añadió Polonia con indecible

alegría.

--Señor Cura: yo tengo que irme á mi casa...--balbuceó Manuel

implacablemente.

--¡Y yo contigo! (repuso D. Trinidad, fingiendo buen humor.)--¡Tú

mismo te lo dices todo!...--Conque vamos andando...--Adios, Polonia,

¡hasta que Dios quiera!

--¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Qué va á ser de mí? (gimió el pobre Venegas,

resolviéndose á echar á andar.) ¡Yo no contaba con este hombre!

--Espera un poco... (exclamó D. Trinidad, obstruyendo con su cuerpo

la puerta del despacho.) Tengo que dar algunos encargos á Polonia.

Manuel se dejó caer en una silla.

D. Trinidad salió con su ama al corredor, y le dijo rápidamente:

--Hay que buscar ahora mismo á la señá María Josefa, en su casa ó en

la de su hija...

--¡Ahí la tienes esperándote hace media hora!...--respondió el ama.

--¡Ah! ¡el cielo me la envia!--Voy á hablarle... Quédate tú

aquí de centinela; y, si ves que mi prisionero piensa escapar,

avísame...--¡Pero no le digas ni una palabra!

Pocos minutos despues, el Cura habia terminado su conferencia con

la madre de Soledad, y estaba de vuelta en la puerta del despacho,

diciendo al abatido jóven:

--Cuando quieras, podemos irnos...--Estoy á tu disposicion.

--¡Quédese usted, D. Trinidad!...--expuso Manuel, levantándose y en

ademan de súplica.

--¡No hay D. Trinidad que valga!...--Adonde tú vayas, voy: si á tu

casa, á tu casa... (que es lo mejor que podemos hacer): y, si á

correrla, ¡á correrla!--¡Ah! se me olvidaba la alcancía...

Así dijo el denodado Cura, y, cogiendo los antiguos ahorros del

jóven, salió resueltamente al corredor, y comenzó á bajar la

escalera, no sin exclamar con grandes voces:

--Vamos... ven... y dáme el brazo; que estoy rendido de fatiga...

Manuel inclinó la frente y salió en pos de Don Trinidad, el cual no

tardó en aferrarse á su brazo derecho con tal fuerza que hubiera sido

muy difícil determinar quién era el robusto y quién el débil; quién

el aprehensor y quién el aprehendido.

Por último, ya desde la puerta de la calle, Don Trinidad retrocedió

hasta el ojo de patio, llevando y trayendo á Manuel como á un hombre

ebrio, y gritó fortísimamente:

--¡Cuidado, Polonia! ¡Que no tardes en enviar las perdices á quien

hemos dicho!...

Añadiendo luégo en voz baja:

--Y ¡qué buenas deben de estar las pícaras!--¡Esta Polonia guisa como

un ángel!

IV.

LOS NIÑOS Y LOS VIEJOS.

Poquísimas personas encontraron en las calles D. Trinidad y Manuel

al trasladarse de una casa á otra, y todas ellas se arrimaron á las

paredes, con no ménos susto que respeto, para dejar pasar á aquellos

dos maravillosos personajes de que tanto se estaba hablando en toda

la Ciudad.

No sucedió, empero, lo mismo cuando, llegados á la Plaza Mayor,

tuvieron que cruzar por delante de la célebre botica...

Hallábase ésta á medio cerrar, y en la media puerta que aún dejaba

paso á la luz de adentro veíase á _Vitriolo_, que despedia á sus

últimos tertulios, dándoles tal vez instrucciones para el dia

siguiente.

Tan luégo como divisaron y reconocieron á la claridad de la luna el

interesante grupo que formaban el Cura y Manuel, comenzaron á reir y

murmurar en voz baja, y áun los más jóvenes se atrevieron á seguirlos

y á pasar casi rozando con ellos, á ver si les cogian alguna frase.

Quedó, sin embargo, defraudada su curiosidad; pues el párroco y su

antiguo huésped no hablaron ni una palabra,--como tampoco la habian

hablado en todo el camino;--y de este modo penetraron al fin en la

antigua _casa del Chantre_.

El Niño de la Bola: Novela · 第 13 / 18 段