Manuel no habia mirado todavía á la linda Efigie que tanto amara en

su niñez y en su adolescencia... En cambio, Soledad no apartaba de

ella la vista, pensando sin duda en que, durante muchos años, aquel

trono de flores, de frutos y de blancas palomas vivas, en que iba

de pié el lujoso Niño, debióse á la diligente devocion del hombre

que tanto la habia amado, que tanto la amaba, que tan infeliz era en

aquel instante...--Ello es que, con gran asombro de todo el mundo, la

hija de D. Elías empezó á desconcertarse, á conmoverse, á aturdirse,

y que un ligero temblor agitaba sus ojos y sus entreabiertos labios,

cual si estuviese á punto de llorar...--¡Entónces sí que todos la

hallaron hermosa! ¡Entónces sí que parecia una Vírgen de los Dolores!

La emocion general era tambien extraordinaria... El público llegaba á

uno de sus grandes y fugitivos momentos de inspiracion...--Debiérase

á la Providencia ó al acaso, concurria allí tal cúmulo de

circunstancias patéticas, que el gran poeta y artista llamado

_Pueblo_ habia recobrado su majestad, mostrábase digno de su nombre,

comenzaba á sentir noble y piadosamente.

Pasaron al fin las andas entre Soledad y Manuel...; y, como ella las

iba siguiendo con la vista, y él no separaba la suya del semblante de

la beldad, aconteció que sus miradas se encontraron; que la una quedó

como enredada y presa en la otra; que se estableció entre ambas una

corriente invencible, y que el presunto matador y la presunta víctima

no pudieron ya dejar de contemplarse desatinadamente...

Y entónces vió Manuel á un mismo tiempo, amalgamadas y confundidas,

la imágen del Niño Jesus, de su ídolo de tantos años, y la imágen de

su otro ídolo caido, de la atribulada _Dolorosa_, que habia comenzado

á llorar desconsoladamente y que lo miraba al traves de un rio de

lágrimas...

¡Llorar ella! Era cosa que jamás se habia visto y que nunca

se hubiera creido.--«_¡Llorar ella!_» se decia asombrado el

público...--¡_Llorar ella_! clamaban las entrañas del fanático

amante, del noble y sensible Venegas, del hombre tierno y generoso

que sólo era fuerte contra el obstáculo, que sólo era duro contra la

rebeldía...--¡Llorar su adorada! ¡llorar por él! ¡llorar en presencia

de tantas gentes! ¡llorar, aunque sólo fuese de miedo! ¡llorar...

acaso de cariño y pena, al verse ligada á otro hombre y aborrecida

por el que siempre fué dueño de su alma! ¡Llorar su querida, estando

él en el mundo!

Un alarido de infinito amor, de piedad inmensa, brotó del corazon del

hijo de D. Rodrigo, y abalanzóse hácia el balcon, sin saber lo que

hacía, como para consolarla, como para que lo perdonase, como para

defenderla contra sí mismo, como para arrebatársela al usurpador,

llamado _esposo_, que daba orígen á aquellas lágrimas...

Pero este cambio habia sido tan repentino, que la Procesion se

interponia aún entre los dos jóvenes...--Ya habian pasado las

andas... Mas en aquel momento pasaba el _palio_...

Debajo del palio penetró, pues, el mísero, al dejarse llevar de aquel

amoroso, irresistible impulso...

--_¡Que la mata!_--habian clamado entretanto mil personas, creyendo

que el furor y la muerte iban con Manuel...

Y Manuel, que oyera este horrible grito, ya calumnioso; Manuel, que

no quiso dejar ni un instante al público en aquel bárbaro error;

Manuel, que vió todavía arrodillada mucha gente ante la santa

Efigie, arrodillóse tambien de pronto, en medio de su veloz carrera,

fingiendo, con la rapidez y la astucia propia de los dementes, un

tardío homenaje al Niño de la Bola.

Quedó, por lo tanto, guarecido bajo el sagrado toldo aquel pobre

frenético, que á todos les pareció un pecador arrepentido...--Así

lo decia el ufano semblante de los portadores del palio... Así lo

decia la emocion religiosa del concurso...--Y, como á todo esto la

Procesion se habia parado, contenida y revuelta por tan dramáticos

accidentes, hubo tiempo de que la multitud, en renovadas olas,

acudiese á contemplar el maravilloso espectáculo de aquel hombre

salvaje y feroz, de aquel que poco ántes fué calificado de _asesino_,

de aquel furioso que traia asustada desde la víspera á toda la

ciudad, postrado debajo de las andas del Niño Jesus, humillada la

frente, oculta la faz entre las manos, en la actitud de la más

humilde penitencia...

En poco estuvo, sin embargo, que se desvaneciera la ilusion del

público y se conociese que Manuel no era en aquel instante un pecador

contrito, ni mucho ménos...--Lo decimos, porque entónces ocurrió que

la madre de la _Dolorosa_ y la dueña de la casa trataron de quitar

del balcon á la angustiada jóven, próxima á perder el conocimiento,

visto lo cual por Manuel (desde el suelo en que mañosamente estaba

acechando la ocasion de proseguir su amoroso avance), sintió un

nuevo vértigo de furor y de locura; irguióse, no del todo y con

mucha cautela, y deslizó un pié en aquella direccion, como el tigre

adelanta las manos para dar el salto...

--¡Detenedlo! ¡detenedlo!--exclamaron los que estaban más próximos,

haciéndose hácia atras.

Manuel arrojó á los que tal decian una mirada y una sonrisa

espantosas, y, sin acabar de erguirse, y volviendo la cara á un lado

y otro, como para impedir que lo detuviesen, avanzó resueltamente

hácia el balcon...

Pero entónces oyó tronar sobre su cabeza una voz terrible que le

decia con indignado acento:

--¿Á dónde vas, desagradecido? ¿Por qué no quieres verme? ¿Qué daño

te he hecho yo con amarte?

Y al mismo tiempo vió que una especie de montaña de oro le cerraba el

camino, interponiéndose entre él y la casa que iba á asaltar.

Era el corpulento D. Trinidad Muley, el Cura de Santa María, el

Preste de la Procesion, revestido con capa pluvial de tisú de oro y

plata, hecha como de molde para lucir sobre su ámplia y majestuosa

figura.

Manuel, en medio de su delirio, lanzó un sollozo de amor y

melancolía al encontrarse cara á cara con el digno sacerdote, con su

antiguo protector, con su segundo padre, con el sér á quien más debia

en el mundo, y le besó las manos y el rostro entre las exclamaciones

de entusiasmo y tiernas lágrimas del gentío.

--¡Déjame! ¡Aparta! (decia entre tanto el experto D. Trinidad.)

¡La Procesion no puede detenerse!--¡Te repito que eres un ingrato!

¡Cerrarme la puerta de tu casa! ¡Desairarme delante de todo el pueblo!

Á todo esto Soledad habia desaparecido.

--¡Perdon, señor Cura!--balbuceó Manuel, avergonzado de haber

ofendido á su bienhechor.

--¡Déjame! ¡no quiero verte!--replicó D. Trinidad, fingiéndose cada

vez más furioso.

--No me rechace usted, señor Cura... (insistió el jóven.) ¡Piense

usted que soy muy desgraciado! ¡No aumente mi desesperacion con sus

desprecios!

--Pues entónces... ¡agárrate, y sígueme! (contestó su

antiguo padrino.)--Pero cállate ahora... Aquí no se puede

hablar...--¡Señores! ¡adelante con la Procesion!

Y, al decir esto, el Párroco alargaba á Manuel un pico de su capa

pluvial, de cuya fimbria se cogió maquinalmente aquel pobre enfermo

tan necesitado de verdadero cariño.

Y la Procesion se puso en marcha; y, en pos de ella, D. Trinidad

Muley, cantando estentóreamente y mirando de reojo á Manuel para que

no se soltase; y, en pos de D. Trinidad, el terrible jóven, asido á

la sacra vestidura; y, en pos de la _rescatada oveja_ (frase de D.

Trajano), un gentío inmenso que gritaba:

--¡Viva el Niño Jesus!

--¿Qué diablos es eso?--preguntaban en tanto muchas personas desde

los balcones más distantes.

--¿Qué ha de ser? (respondian desde la calle algunas voces.)--¡Que

Manuel Venegas iba á matar á la _Dolorosa_, cuando de pronto ha caido

de rodillas debajo de las andas del Niño Jesus, y luégo ha echado

á andar detras de la Procesion!...--¡Mírenlo ustedes! ¡Allí va...,

cogido de la capa de oro de don Trinidad Muley!

--¡Mentira! ¡no ha pasado así! (exclamaban los discípulos de

_Vitriolo_ y los catecúmenos que ya tenian en aquel barrio.) Lo que

ha sucedido es que la _Dolorosa_ se ha echado á llorar al ver á su

antiguo adorador; que el Padre Cura ha dicho á éste cuatro frescas,

por no haberle querido recibir hoy, y que, de resultas de lo uno y

de lo otro, nuestro perdona-vidas se ha ido detras de su antiguo

amo, como un doctrino, como un borrego, como el último acólito de la

Parroquia...--¡Estos son los valientes! ¡Mucho ruido, y luégo... la

nada entre dos platos!

--¡Conque ha llorado la _Dolorosa_! (decia la parte neutra del

_Coro_:) ¡Mala señal para Antonio Arregui!--Los primeros amores son

los que privan.--¡Vereis cómo todo esto concluye por donde debió

empezar: por entenderse los dos enamorados y por irse Antonio Arregui

á la Rioja!--¡Lástima de Fábrica! ¡Hacía un paño tan bueno y tan

barato!

En tal momento, es decir, cuando la Procesion estaba ya en la calle

de Santa Luparia, y Soledad y su madre se habian marchado por

excusadas callejuelas, y todo parecia terminado por aquella tarde,

notóse gran agitacion en lo hondo de la calle de Santa María.

--¡Antonio Arregui ha llegado! ¡Antonio Arregui viene! ¡Antonio

Arregui está ahí...!--Miradlo... ¡Aquél es! Y ¡qué cara trae!--decian

en voz más ó ménos baja muchas personas, señalando á un hombre de

buena presencia, que avanzaba muy de prisa por en medio de la calle,

con la faz descompuesta por la indignacion, seguido de algunos

pilluelos, y fijos los ojos en la casa donde Soledad y la señá María

Josefa habian pasado la tarde.

Y entónces fué de ver la maestría con que el público se reparte los

papeles y funciona en tales casos sin prévio acuerdo.--Miéntras

que unos paraban al furioso riojano y le referian exactísimamente

todo lo ocurrido, advirtiéndole que su mujer y su madre política

se habian marchado ilesas, y rogándole con cierta sorna que fuera

prudente y se encerrase en su casa..., otros echaban calle arriba, á

fin de alcanzar á Manuel Venegas y ponerle al tanto de la novedad,

con ánimo, sin duda, de acabar tambien pidiéndole que se dejase de

trapisondas y evitara un desagradable encuentro con el irritadísimo

esposo de su adorada prenda...

Dichosamente, no faltó un alma caritativa mejor aconsejada, que

corriera más que estos últimos y dijese oportunamente cuatro palabras

al oido á don Trinidad Muley.

--¡Corred, muchachos! (gritó entónces el Cura á los portadores de

las andas.) ¡Vamos, vamos! que está oscureciendo...--¡Más de prisa

aún, perezosos!--¡Basta por hoy de Procesion!--¡Y tú, Manuel mio, no

te sueltes!...--¡Este diantre de capa pesa mil arrobas, y tú estás

ayudándome á llevarla!

Tomó, pues, la Procesion un paso como de fuga. Los de las andas,

arengados incesantemente por D. Trinidad, atropellaban por todo, sin

respeto alguno al órden de la comitiva; los del palio corrian detras

de las andas, midiendo el suelo con las varas á grandes trancos, y

sacerdotes, seises, bajonistas, cofrades, público y escolta formaban

un barullo indescriptible.

--Pero ¿qué ocurre?--preguntaban los muñidores, esgrimiendo sus

pértigas...

--¡Nada! ¡nada! ¡Adelante!--respondia D. Trinidad Muley, echando los

bofes.

Y, no muy seguro aún de que bastase á su propósito aquella gloriosa

huida, llamó al septuagenario Capitan, que marchaba detras de él

representando al Ejército; le refirió al oido lo que pasaba en la

otra calle, y terminó diciéndole á media voz:

--¡En último extremo, tire usted de la espada!... Pero no pegue usted

más que de plano.

Por fortuna, Manuel iba tan ensimismado y abatido, que no reparaba en

ninguna de aquellas cosas y se dejaba llevar por el Padre de almas

como un ciego por el que ve.

--¿Saben ustedes la novedad?--exclamó en esto un discípulo de

_Vitriolo_, que llegaba á escape en aquel momento y habia conseguido

acercarse á Manuel Venegas.

--¡Calla, ó te estrangulo!--rugió sordamente el Capitan, echándole

mano al pescuezo y arrojándolo de aquel sitio.

Y, pretextando luégo que no podia andar tan de prisa, se cogió del

brazo izquierdo de Manuel, sin perder de vista al feroz discípulo de

_Vitriolo_.

Quedó, pues, nuestro héroe incomunicado con el público; y, de este

modo, llevado á remolque por el virtuosísimo Cura y remolcando él al

honradísimo Capitan, penetró al fin en la Capilla de Santa Luparia,

donde, por pronta providencia, lo encerró D. Trinidad Muley con llave

y cerrojo en un reducido despacho dependiente de la Sacristía...

Hízolo á tiempo.--Un minuto despues llegaba Antonio Arregui, seguido

de muchas personas, al pórtico de la Capilla, en demanda de Manuel

Venegas...

Pero se encontró con el revestido sacerdote, que ya aguardaba

descuidado, y que le dijo majestuosamente:

--¡Alto, Sr. D. Antonio!--¡Mi hijo está en sagrado!...--Usted acaba

de hacer, con venir aquí, todo lo que cumple á un hombre de honor y

vergüenza.--Márchese tranquilo á su casa, adonde yo iré á buscarle

mañana, si Dios quiere.

Y, volviéndose luégo á la multitud, añadió con destemplado acento:

--Ustedes... ¡á sus negocios! ¡á cuidar de sus hijos, que harto lo

necesitan; y dejen en paz á los desgraciados!

Antonio Arregui besó la mano al Cura sin contestar palabra, y se

marchó tranquilamente.

Los grupos se retiraron tambien poco á poco, elogiando en voz alta

á D. Trinidad Muley y pensando al propio tiempo en el Baile de Rifa

de la siguiente tarde, como el jugador que ha perdido piensa en el

desquite.

Y pronto no quedó más que el recuerdo de la inolvidable Procesion de

aquel dia, como del fulgente sol que habia iluminado las engalanadas

y ya entenebrecidas calles sólo quedaba un vago crepúsculo en los

remotos celajes de Poniente.

III.

ÚLTIMO VUELO DE UN PAR DE PERDICES.

No pocos sudores costó á D. Trinidad Muley deshacerse de otras muchas

personas que habian entrado en la Capilla y en la Sacristía en pos de

ambos Niños de la Bola, y que aún permanecian allí dos horas despues

de terminada la Procesion.

Por una parte, los socios de la Hermandad celebraban en la Sacristía

la siempre borrascosa Junta en que anualmente eligen aquella noche

y en aquel sitio (tomando bizcochos y unas copitas de rosoli) nuevo

Mayordomo ó Hermano Mayor; y, por otro lado, centenares de valientes,

algo bebidos por cuenta propia, se arremolinaban en la Iglesia,

empeñados en hablar al hijo de D. Rodrigo, á fin de ver qué efecto le

producian las noticias (que deseaban darle) del regreso de Antonio

Arregui y de su hombrada de haber avanzado hasta allí en busca de

satisfaccion y desagravio...

Pero el buen Padre de almas se movió de tal modo; fué y vino tanto de

la Iglesia á la Sacristía y de la Sacristía á la Iglesia; tuvo tan

felices ocurrencias en la Junta, y suplicó en tan sentidos términos á

la otra gente «que se apiadase, siquiera por aquella noche, del pobre

Manuel Venegas, en vez de aumentar sus acerbos disgustos», que al

cabo logró, cerca ya de las ocho, verse libre de los Cofrades y del

último calamocano, bravucon y cócora...--Púsose entónces los hábitos

de calle; dió al Sacristan, en voz muy baja, algunas órdenes que

parecian importantísimas; apretó la cara cuanto pudo, como para tener

aire de muy enfadado, y pasó á poner en libertad á su prisionero.

¡Cosa rara, ó que por lo ménos no se aguardaba D. Trinidad!--Manuel

estaba escribiendo pacíficamente en un bufetillo que allí servia

para apuntar nacimientos, desposorios y defunciones.--Hallábase

muy tranquilo (tal vez demasiado), y en aquel instante firmaba un

largo papel que habia escrito. Cerrólo con toda calma, sin darse por

entendido de la entrada del Sacerdote, como quien hace una cosa tan

buena que le releva de vanas cortesías; guardóselo en el bolsillo,

uniéndolo á otros que tenía en él, y entónces, y sólo entónces, fijó

los ojos en el estupefacto y taciturno D. Trinidad.

Este apretó más y más el rostro, al ver que aquella mirada no

expresaba arrepentimiento y mansedumbre, sino mero cariño, desnudo de

alegría, y la calma de inalterables resoluciones... Pero, como ni áun

así consiguiese intimidar á Manuel, volvióle la espalda de un modo

brusco, y se puso á examinar el techo, donde maldito lo que habia que

pudiera llamarle la atencion.

El jóven sonrió dulcemente, y se adelantó hácia su protector con los

brazos abiertos.

--¡Déjame!--exclamó el voluminoso Cura, mudando de sitio.

Pero Manuel consiguió alcanzarlo; abrazóle por secciones, no sé si

con filial ó con paternal confianza, y al fin le dijo, en són de

blanda réplica, como siguiendo la conversacion iniciada cuando se

encontraron:

--Tambien yo tenía deseo de hablar con usted, y, en prueba de ello,

pensaba ir esta noche á su casa.

--¡Á buena hora!--refunfuñó el Cura.

--Queria, entre otras cosas (prosiguió el jóven, con aquella

apacible ingenuidad de niño que hacía olvidar sus arrebatos de

fiera), entregarle á usted un papel que escribí hoy al mediodía y que

ahora mismo acabo de reformar.--En el bolsillo lo llevaba esta tarde,

y en él lo habria encontrado la Justicia, si mi destino hubiera sido

morir en la calle de Santa María de la Cabeza.

--¡Morir! (contestó ásperamente D. Trinidad, sin dejar de mirar al

techo.) ¡Ya empiezas con tus palabrotas, á fin de aturdirme! ¡Mejor

harias en explicarme por qué no me has recibido esta mañana!--¡Qué

vergüenza! ¡Verme desairado por tí delante del público!--Pues ¿y lo

que has hecho con la pobre Polonia?--¡Dos veces seguidas ha regresado

á casa llorando tus desprecios!...

--Perdóneme usted, señor Cura... (respondió Manuel con suma

tristeza.) Hoy he estado mal... muy mal...--Desde anoche no he sido

dueño de mí mismo.

--¿Y ya? ¿lo eres?--preguntó D. Trinidad, poniéndose de perfil y

mirándole con un solo ojo, como las aves.

Manuel inclinó la cabeza, y no respondió.

--¡Quedamos enterados! (repuso con amargura el Sacerdote.) ¡Ea!

¡Vámonos á casa..., suponiendo que quieras venir á saber si se ha

hundido tu antiguo cuarto y á desenojar á Polonia!...

--¡Vamos, sí!...--respondió el jóven afablemente.

--Saldremos por la puerta del Cementerio, á fin de que no nos vea

nadie,--dijo D. Trinidad, rompiendo la marcha.

Su antiguo pupilo lo siguió como un autómata.

Y pronto se hallaron en una especie de corralon cubierto de altas

hierbas, entre las cuales blanqueaban muchos huesos á la luz de la

luna.

Manuel se quedó parado en mitad de aquel estercolero de la vida, tal

vez comparándolo con el infierno de su alma, y cayó en una profunda

meditacion.

--¿No vienes?--le dijo el Cura desde la puerta que daba salida al

campo.

El jóven paseó una mirada por el suelo, como despidiéndose de aquella

paz, ó eligiendo sitio para gozar de ella, y salió en pos del

Sacerdote.

Mucho anduvieron, rodeando en torno de la Ciudad, en busca del

portillo más cercano á la casa del Cura, sin que en todo este tiempo

volviesen á hablar palabra. Pero, al ir á penetrar ya en poblado, por

un callejon que formaban las ruinosas tapias de dos huertos, acortó

el paso D. Trinidad, para que se le incorporase el jóven, y murmuró

sordamente y más enojado que nunca:

--¡Lo mismo que el escándalo de esta tarde!--¡Me lo han contado

todo! ¡Has querido matar á una pobre mujer!...

--¡Miente quien lo haya dicho!--exclamó Venegas, deteniéndose lleno

de furia.

Y luégo añadió, con otra clase de rabia:

--¡Ojalá me hubiera atrevido á hacerlo!

--¿Qué dices, hombre de Lucifer?

--Digo que yo no he tratado de matar á Soledad esta tarde...--Lo

tenía pensado; pero no pude... Me faltó valor...; me sobró cariño...;

¡y esa es mi pena! ¡ese es mi espanto!--¡Sus lágrimas me han

agujereado el corazon, como si fueran plomo derretido!...--Conozco

que no puedo con ella... Es superior á mí... ¡Está perdonada!

El Cura respiró; pero interrogó todavía:

--Pues entónces: ¿á qué ibas esta tarde á escalar su balcon?

--¡Á qué! (respondió el jóven con espantosa naturalidad.) ¡Á irme con

ella!... ¡á recobrarla!... ¡á redimirla de su cautiverio!--¿No sabe

usted que me quiere? ¿No sabe usted que lloraba al mirarme?

D. Trinidad se hizo á sí propio una especie de seña, como diciéndose:

«_Por este lado estamos bien: la vida de Soledad no corre peligro_»...

Y se embozó en el manteo con cierto aire de satisfaccion, y exclamó

en voz alta:

--¡Adelante con los faroles!--Polonia dice bien: á tí te falta un

tornillo en la cabeza.

Y penetró en la Ciudad.

Manuel vaciló un punto entre seguir al Cura ó escaparse, como

temiendo nuevos y más comprometidos interrogatorios; pero al fin se

decidió por lo primero, y marchó en pos de él, aunque á tres ó cuatro

pasos de distancia.

De este modo llegaron á la casa-curato, á cuya puerta aguardaba

Polonia, llena de susto y curiosidad.

--¡Gracias á Dios! (exclamó al ver á su antigua _cria_, y sin reparar

en Manuel.)--Conque dime, niño, ¿qué hay? ¿Es verdad lo que se cuenta?

--¡Cállate!... que ahí viene...--respondió el Cura.

--¿Quién?

--Míralo.

Polonia, que no habia estado en la Procesion, tardó en reconocer al

hijo de D. Rodrigo; pero, cuando cayó en la cuenta de que era él,

avalanzóse á su cuello y le llenó el rostro de besos y lágrimas.

Manuel correspondió afectuosamente á aquellas caricias; pero no

contestó casi nada á las innumerables preguntas de la buena mujer.

--Déjalo, Polonia... (dijo D. Trinidad:) Nuestro ahijado no está

bien de salud...--Pon luz en mi despacho, y cuida de que nadie nos

interrumpa...

--Entiendo... entiendo... Quieren ustedes estar solos... (se

fué rezando el ama de llaves.)--¡Pues señor, viene más loco que

nunca!...--¡Qué lástima! ¡Un hombre tan guapo!...--Porque ¡cuidado si

está el chico que da gloria verlo!

Constituidos en el despacho D. Trinidad y el jóven, principió aquél

á pasearse en silencio, miéntras que éste miraba con infinita

melancolía los pobres enseres, para él tan conocidos, del virtuoso

Párroco.

Nada faltaba ni nada nuevo habia en aquella habitacion: dijérase que

los últimos ocho años no habian pasado por ella. ¡Todo era igual y

estaba en el mismo sitio que siempre, recordando el dia tristísimo, y

mucho más distante, en que entró allí por primera vez, cogido de la

mano del caritativo sacerdote!...

¡Bendita igualdad la de aquel alma y bendito reposo el de aquella

vida que no tenian más caudal que la virtud ni más goces que los del

prójimo!--¡Envidiable suerte la de aquel hombre!

D. Trinidad, que en medio de todo era muy ladino, se puso al cabo

de estos pensamientos de Manuel, y lo dejó empaparse bien en ellos,

juzgando que no podrian ménos de serle saludables; hasta que,

transcurridos algunos minutos, le dijo, aparentando indiferencia:

--¿Conque de todos modos pensabas venir por esta humilde casa?

--Sí, señor,--respondió el jóven como despertando de un sueño.

--Y ¿se puede saber á qué?

--Ya se lo indiqué á usted hace poco: á entregarle unos papeles...--Y

tambien á liquidar cuentas de cariño... Á despedirme de usted y de

Polonia...

--¿Despedirte?--¡Pues qué! ¿te marchas?--¡Harias perfectísimamente!

--Puede decirse que me he marchado ya... (contestó Manuel con

lúgubre acento.) Desde anoche no pertenezco al mundo. El huracan de

la desventura me ha envuelto en sus alas, y, cuando salga por esas

puertas, todo habrá concluido entre usted y yo...

--Comprendo... comprendo...--murmuró don Trinidad muy disgustado.

Y, cambiando en seguida de tono, lo cual era uno de los principales

recursos de su oratoria, añadió familiarmente:

--Á propósito de liquidaciones...--Tambien yo tengo que arreglar

contigo una cuentecilla, no de cariño, sino de dinero...--Se trata

de algunos maravedises (cosa de veinte mil reales) que me fuiste

entregando cuando trabajabas en la Sierra...--Míralos aquí..., en

esta alcancía, cuyo rótulo dice: «_Dinero perteneciente á mi hijo

adoptivo Manuel Venegas, que me lo dejó en depósito_»...

Y, miéntras así hablaba, habia sacado del cajon del bufete, y puesto

sobre la mesa, una enorme hucha de barro encarnado.

Manuel apreció, en medio de su aturdimiento, todo el valor de aquel

golpe, y exclamó sumamente conmovido:

--¡Ese dinero es de usted!--Yo no se lo dí para que me lo guardara...

--Ya lo sé: me lo diste para que aumentase el culto del Niño Jesus

y para que atendiese á tu manutencion. Mas, como yo hice lo primero

á mis expensas, aunque por cuenta de tu alma, y lo segundo no tenía

hechura de ningun modo (pues era privarme del gusto de sostenerte

de balde, á fuer de padre que sostiene á su hijo), resulta que este

dinero es tuyo, y tan tuyo, que te lo habrias llevado cuando te

marchaste á América, si hubieras tenido la atencion de despedirte de

mí...

Manuel respondió noblemente:

El Niño de la Bola: Novela · 第 12 / 18 段