colgaduras de coco, de zaraza, de filipichin y hasta de damasco,
en las cuales era fácil reconocer las colchas de novios de muchas
generaciones, miéntras que el suelo de la prolongada calle y de
toda la carrera que habia de llevar la Procesion veíase alfombrado
de verde juncia, de amarilla gayomba, de olorosos mastranzos y de
otras campesinas hierbas...--Las campanas de Santa María repicaban
gozosamente por segunda vez, anunciando que ya se acercaba el momento
solemne... Cohetes voladores reventaban á docenas en los aires, como
notificando á los demas planetas lo que ocurria en el nuestro...,
y el tambor de la Milicia Nacional daba _golpes_ y redobles de
_atencion_ y _llamada_, que hacian subir de punto la general
expectativa...
Todas las ventanas y azoteas, y áun los mismos oblicuos tejados,
estaban llenos de gente, sobre todo de mozas aderezadas y carilimpias
(muchas de ellas nada más que _cari_), habiéndose reservado los
balcones para las señoras y señoritas del centro de la Ciudad, que ya
ostentaban en ellos sendas mantillas ó tocas de Almagro, peinados á
la francesa y demas distintivos de su elevada alcurnia.
En la calle no se podia echar un alfiler: tan atestada se veia de
artesanos vestidos de _nuevo_, de jornaleros vestidos de _limpio_
y de caballeretes vestidos de _moda_. Hasta los regadores habian
abandonado los campos y encontrábanse allí, apoyados en sus
azadas, como dispuestos á volver á la interrumpida tarea en cuanto
presenciaran el paseo triunfal del Niño de Dios.--Algunos militares
retirados (entre los cuales descollaba nuestro Capitan) lucian su
irreemplazado uniforme de la Guerra de la Independencia, y ¡á fe
que era grato verlos embutidos en sus casacas de altísimo cuello,
provisto de sudadero, que les rozaba la coronilla, con la ancha
capona ó la larga charretera empinadas sobre los hombros, con el
inflexible corbatin de ballena impidiéndoles toda comunicacion con el
género humano, y con su morrion de carrilleras y descomunal campana,
que no habria podido soportar el propio Dios Marte!...--Por último:
los bulliciosos chicuelos y los circunspectos milicianos (ó sea _los
nacionales_, que era como se llamaban allí entónces) se apiñaban en
el atrio y gradas de la Iglesia, para servir, aquéllos de vanguardia
y éstos de escolta, á la venerada Efigie del Niño Jesus,--en tanto
que el sol, enfilando de lleno la calle al bajar á Poniente, daba
á todas aquellas cosas divinas, humanas y pueriles un carácter
glorioso, triunfante, santo, que si distaba muchísimo de la beatitud
eterna, diferenciábase tambien algo de las cotidianas luchas de esta
vida.
La forastera, con traje negro, mantilla blanca y muchas joyas
de escaso valor, ocupaba el balcon principal de una de las
mejores casas de aquel barrio; balcon enorme, con balaustres de
madera color de chocolate, que podia contener quince ó veinte
personas.--Hallábanse, pues, tambien allí D. Trajano, su esposa y
todos sus tertulios, excepto nuestro amigo Pepito, que se contoneaba
en la calle, frente por frente de aquella casa, para que la madrileña
lo viese navegar por el mundo como todo un hombre y admirara de
léjos su frac de tijera (refundicion del único que habia tenido su
buen padre), su pantalon de color de avellana, su corbata celeste,
su chaleco de mil flores y su colosal sombrero de copa...--¡El pobre
ingenio parecia un mico vestido de máscara!
Á D. Trajano Mirabel le habia dado aquella tarde por hablar
de política, y traia mareado á otro señor de su edad, tambien
moderado acérrimo, que solia formar parte de su tertulia; pero ni
éste ni nadie tenian ya atencion para otra cosa que para mirar á
una hechicera mujer, tambien con mantilla blanca, que acababa de
presentarse y tomar asiento en un balconcillo del entresuelo de la
casa de enfrente.
--¡Es usted afortunada! (dijo doña Tecla á la prima del Marqués.)
¡Toda la tarde vamos á estar viendo á la _Dolorosa_!--¡Allí la tiene
usted..., con una mantilla como la suya!...--¡Jesus María! Y ¡cómo
la mira la gente!...--¡Ni que ella fuera la Procesion!
En efecto: Soledad estaba allí; donde ménos se la esperaba; en una
casa humilde; en aquel peligroso balcon, tan cercano al piso de
la calle... ¡casi confundida con la multitud, cuando habia podido
disponer de todas las casas y de todos los balcones del barrio!
--¡Qué temeridad! ¡Qué imprudencia! (decian algunos.) ¡Elegir ese
sitio, estando en el pueblo el _Niño de la Bola_! ¡Sabiendo que viene
tan irritado!...
--¡Qué falta de consideracion! ¡Qué descoco! (añadian algunas.)
¡Andar de fiestas, estando ausente su marido! ¡constándole que _el
otro_ piensa venir aquí!
--¡Confesemos que es muy valiente! (reponian los más tolerantes.)
¡Ella misma se lanza á la cabeza del toro!--¡Mirad qué cara tan
serena y tan hermosa! ¡Mirad qué sonrisa tan altanera! ¡Mirad qué
ojos! ¡Ninguna inquietud se lee en ellos!--Y, sin embargo, ¡bueno
andará su corazon!
--¡Esa! ¡esa es la _Dolorosa_! (exclamaba al mismo tiempo D. Trajano,
dirigiéndose á la prima del Marqués:) ¡Este golpe la retrata de
cuerpo entero! ¿Sabe usted á qué viene aquí? ¡Á desarmar á Manuel con
su presencia! ¡á hacerle apetecer una paz vergonzosa para Antonio
Arregui! ¡á jugar el todo por el todo!--¡Ya dije á usted anoche que
Soledad ama... hasta cierto punto al intrépido Venegas!--Yo soy
viejo, y conozco el pecado...
--¡Es usted atroz!--contestó ágriamente la cortesana, cual si el
jurisconsulto la hubiera sorprendido recorriendo con la imaginacion,
por cuenta de Soledad, aquel sendero pacífico, criminal y deleitoso.
Y luégo añadió, quitándose los lentes:
--¡Pues, señor! declaro que esa mujer vale más de lo que yo me
figuraba...--Aunque viste con mediano gusto y tiene una expresion
hipócrita que da miedo, es muy bonita, muy graciosa, y hasta muy
interesante...
¡Que si lo era!...--Permítasenos describirla por última vez...
Permítasenos decir á qué extremo de hermosura habia llegado la
que conocimos inocente niña y púdica doncella, cuando la vemos ya
convertida en mujer de veinticinco años, esposa y madre.
Soledad no pertenecia á la raza de las estatuas griegas. Su belleza
tenía más de gótica que de pagana, más de romántica que de clásica,
más de las creaciones de Schiller y Walter Scott que de las de
Homero y de Ovidio; más, en fin, de dama que de diosa.--Así y todo,
su cuerpo era un primor de forma, cuyas suaves líneas vacilaban
dulcemente entre la curva y el ángulo, dando mayor realce y gallardía
á los femeniles contornos. Ni se admiraba sólo la forma en aquella
exquisita figura: la misma _materia_ (cosa indiferente en la belleza
gentílica) tenía en ella singular atractivo y hablaba por sí propia
á la imaginacion. Era, en resúmen, una de esas mujeres finas y
nerviosas (á quienes erróneamente se suele llamar _espirituales_ ó
_ideales_), cuyos encantos corpóreos no se limitan al dibujo, al
_modelado_ exterior, á la belleza plástica, como en las beldades
olímpicas, sino que residen y se aprecian en la totalidad del sér
físico, en su índole y naturaleza, en la calidad de la masa, en todo
lo que de ellas puede ver el escultor y en todo lo que adivina el
fisiólogo: mujeres verdaderamente _materiales_ y _terrenas_, mucho
más _humanas_ que esas macizas cariátides sin nervios en que parece
que todo es arcilla: ¡elásticas serpientes, de piel dócil y suelta,
de carnes precisas y delicadas, de huesos cálidos y endebles, de
sangre rápida y fluida, que viven y huelgan en el fuego, como se
cuenta de las salamandras!
El rostro de la _Dolorosa_ acrecia el profundo interes y la ardiente
curiosidad que ya despertaba en el ánimo el aspecto general de su
lánguida y voluptuosa contextura. Aquella palidez inalterable y
llena de vida; aquellos ojos amantes y altivos á un propio tiempo;
aquellos labios sensuales y desdeñosos; aquel sentimentalismo del
conjunto de sus facciones, tan incompatible con la materialidad de la
vida que llevaba pacíficamente la casual esposa de un hombre vulgar
ó cuando ménos prosaico; todas estas contradicciones de su sér y de
su existencia, expresadas vagamente por su semblante, hacian que
Soledad cautivase la imaginacion y el deseo, como todo lo misterioso,
como todo lo inexplicable, como una esfinge, guardadora de trágicos y
peregrinos secretos.
Dicho se está que casi ninguna de estas sublimidades pasaba por
las mientes á aquellos semi-africanos que devoraban con la vista á
Soledad; mas no por ello se les oscurecia la sustancia de cuanto
acabamos de exponer, ni envidiaban ménos, en hipótesis, al feliz
mortal que sacase de su forzosa, perdurable apatía á la malograda
heroína de amor;--lo cual equivale á decir que envidiaban en futuro
contingente á nuestro amigo Manuel Venegas, presunto dueño de aquel
corazon encarcelado.--Por lo que respecta á Luisa y al señor de
Mirabel, estaban muy al tanto de todo (á fuer de doctores en materias
de arte, vicio y sentimiento), y fueron aquella tarde mucho más allá
que hoy mi tosca pluma en el análisis físico-poético-moral de la
_Dolorosa_.
De pronto, advirtióse en los grupos un gran movimiento, que muy
luégo se propagó á ventanas y balcones, como si ocurriese alguna
extraordinaria novedad...--¿Qué motivaba aquel oleaje de la
muchedumbre?--¿Iba á salir la Procesion? ¿Se habia suspendido?
¿Acontecia alguna desgracia?
No: era que Manuel Venegas acababa de aparecer en lo alto de la
prolongadísima calle de Santa María: era que avanzaba hácia la parte
concurrida de ella, precedido de una escuadra de bullidores muchachos
y escoltado á respetuosa distancia por media docena de valientes de
segundo órden: era que llegaba el héroe del dia.
Casi toda la gente se apartó de las inmediaciones de la Iglesia y fué
extendiéndose calle arriba para gozar más pronto de la presencia del
jóven sin ventura,--el cual marchaba entretanto sosegadamente, sin
mirar á nadie, con la cabeza un poco inclinada, y divirtiéndose al
parecer en agitar con el baston las olorosas hierbas que alfombraban
el suelo.
No podia decirse, sin embargo, que le fuera indiferente el público,
cuando tanto se habia acicalado y compuesto, en medio de sus penas,
para presentarse dignamente á él.--Los moros son siempre vanidosos
y artistas, y acuden á las batallas con sus mejores ropas y todo
el posible boato, viendo tal vez una fiesta en el peligro...--La
mencionada tarde vestía Manuel como un novio, como un triunfador; no
como un hombre que acaba de ser desarraigado de la vida y sólo espera
ya marchitarse y morir...--Todo su traje era de rica seda negra sin
brillo, con alamares del mismo color y muchos botones de plata mate:
lucía un magnífico sombrero de jipijapa, de forma chamberga, al uso
de ultramar: hermosos brillantes relumbraban en sus dedos y en la
bordada pechera de la camisa; y pendia de su cuello una larga y muy
gruesa cadena de oro, que iba á perderse debajo del ceñidor chinesco
liado á su cintura, sirviendo indudablemente de sosten á un soberbio
reloj, digno de tan fastuoso _indiano_.
Con mayor evidencia hubiera podido asegurarse que nuestro jóven
(contra su antigua costumbre) llevaba consigo un arma, y que este
arma era un puñal; pues, á muy poco que se observaba, veíase
dibujarse su rígido bulto bajo la sarga de la chaqueta...--Por lo
demas, si aquellos viajeros que veinticuatro horas ántes lo saludaron
en lo alto de la Sierra vecina, lo hubiesen visto en tal momento,
habríanse espantado y hasta condolido del profundo cambio que se
advertia en su noble rostro...--Una horrorosa contraccion atirantaba
todos sus músculos; despedian sus ojos una luz torva y rojiza, como
los del leon durante la cuartana, y la más lúgubre tristeza tendia
su velo de muerte sobre aquellas varoniles facciones: ¡tristeza
desesperada y terrible; no quejumbrosa y vehemente como la sed y el
ánsia de consuelo, sino fija, muda, petrificada, irremediable, muy
más amenazadora en su serenidad que todos los arrebatos de la ira!
Las gentes de la calle no se atrevieron al principio más que á
saludarlo á distancia, diciéndole un «_¡adios, Manuel!_»... tan
natural y corriente como si no hubiesen pasado ocho años desde la
última vez que lo vieran;--á lo cual respondia el jóven llevándose la
mano al sombrero, sin pararse á ver quién lo saludaba...
Un poco más adelante, ya osaron algunos acercársele y detenerlo,
alargándole la mano y preguntándole por la salud...--Eran (decian)
_antiguos amigos suyos_... (y entre ellos reconoció á aquel maton
á quien tuvo que romper el brazo derecho.)--Otros se denominaron
_sus condiscípulos_... (¡cuando sabemos que nuestro héroe no habia
asistido á más escuela que al despacho de D. Trinidad Muley!)--Y
hasta hubo álguien que se le presentó á título de _hermano de leche_,
ignorando sin duda que el jóven fué amamantado por su propia madre.
Manuel contestaba á todos en las ménos palabras posibles, y seguia su
interrumpida marcha; pero rara vez dejaba un grupo, para entrar en
otro, sin preguntar ántes al oido á la persona que le inspiraba mayor
confianza:
--Dígame usted...--¿_Cuál es Antonio Arregui_?
--No está aquí...--No ha venido...--Dicen que se marchó ayer...--Se
le aguarda de un momento á otro...--le habian respondido ya cuatro
interrogados, con un aceleramiento y un temblor que denotaban
complicidad mental con el pavoroso alcance de la pregunta.
Á todo esto, penetraba ya nuestro protagonista en lo más concurrido
de la calle, ó sea en el trozo de ella que habia de recorrer la
Procesion (la cual se dirigiria luégo por una calle transversal en
busca de cierta antigua mezquita, á la sazon _Ayuda de Parroquia_,
donde tendria término la fiesta)...
Las mujeres más presumidas echaban todo el cuerpo fuera del balcon
para verlo pasar...--Pero él no habia levantado la cabeza ni una
sola vez...--Indudablemente no sabía, ni podia ocurrírsele, que
Soledad hubiese ido á la Procesion...; que estuviese algunos pasos
más allá...; ¡que pronto la veria, despues de ocho años de ausencia,
no separados ya sus corazones por las olas del Océano, sino por otro
abismo más profundo!
El airado Venegas miraba únicamente á la calle, á los hombres,
buscando á aquel Antonio Arregui á quien no conocia, pero á quien
juzgaba obligado á hacerle frente, á presentarse en aquella
palestra, á concurrir al duelo solemne y público para que habia sido
emplazado ocho años ántes en términos generales y colectivos, y cuya
citacion le fué notificada personalmente por todo el pueblo el dia
que se atrevió á casarse con la _Dolorosa_.--Manuel iba allí como
mantenedor de aquel desafío... ¡Caso de honra era para el amenazado
consorte acudir á la demanda, no ocultarse, no obligar al provocador
á ir á buscarlo en su escondite!
Entiéndase bien que nada de esto lo decimos nosotros: el público y
el propio Manuel eran los que discurrian así aquella tarde.--Por lo
demas, todos seguian parando y saludando al intrépido jóven, sin
atreverse á tocar las heridas de su corazon, pero aventurándose ya á
dirigirle preguntas asaz impertinentes...
--¿Conque vienes tan rico?--habíale (por ejemplo) interrogado alguno.
Manuel sonrió desdeñosamente y no se dignó contestar.
Entónces le habló _de usted_ la misma persona, preguntándole:
--¿Y viene usted por mucho tiempo?
--¡No sé!--contestó el desgraciado, volviéndole la espalda.
Algunas personas graves y de posicion incurrieron tambien en
la debilidad de acercársele, á curiosear en su dolor, en su
desesperacion y hasta en su bolsillo...
--Es menester que nos ayudes á gobernar la poblacion (díjole un
concejal), y que para ello compres fincas que te den la cualidad
de _elegible_... El Ayuntamiento necesita hombres como tú...--¿Te
atreverias con la cortijada del Morisco?--Cien mil duros piden por
ella...
--Muchas gracias... Veremos...--respondió Manuel.
--¡Yo me comprometo á hacerlo Alcalde!--exclamó otro regidor; el
mismo, segun noticias, que habia ofrecido aquella _vara_ á Antonio
Arregui.
Manuel saludó con finura.
--Pero ántes... (dijo un tercero, apuntándole ya al corazon)
será preciso que te establezcas; que tomes estado; que elijas
mujer...--Digo... ¡porque supongo que no te has casado por esos
mundos!...
Venegas lo miró de piés á cabeza (helándolo de terror), y le dijo
melancólicamente:
--No sé quién es usted; pero le compadezco.
Y continuó bajando la calle.
Á los pocos pasos vió el jóven entre la multitud á nuestro amigo el
Capitan, y acto contínuo dirigióse hácia él (cosa que no habia hecho
con nadie) y le tendió respetuosamente la mano, miéntras que con la
otra se quitaba el sombrero.
El viejo agradeció mucho aquella significativa excepcion, y sólo
halló fuerzas para decirle con los ojos arrasados en lágrimas:
--¡Tienes buena memoria!
--Y buena voluntad...--le respondió Manuel afectuosísimamente,
apretándole de nuevo la mano.
Y prosiguió su interrumpida marcha, muy complacido de aquel encuentro.
Pasó, en fin, por enfrente del balconcillo en que se hallaba
Soledad; y, como si algun misterioso instinto ó fuerza superior lo
determinara, paróse maquinalmente en aquel punto, eligiéndolo para
ver desfilar la Procesion.
El público lanzó un gran resoplido de contento... y de sobresalto.
Y muchas miradas se dirigieron á las bocacalles en demanda de Antonio
Arregui, única persona que faltaba ya para que el drama fuese
completo...
La forastera, debajo de cuyo balcon se habia detenido el jóven,
seguia entretanto el prolijo estudio que de su figura comenzara á
hacer desde que lo vió asomar, y decia á su colega D. Trajano, sin
quitarse los lentes de los ojos:
--¡Hermoso hombre! ¡Es una estatua vestida de andaluz, bien que no
de majo ni de torero!... Los perfiles americanos del traje poetizan
mucho su persona...--¡Qué torso! ¡qué cuello! ¡que cara!... ¡Es un
modelo de belleza masculina!...--No sé á quién compararlo...--Para
Apolo, es demasiado fuerte, y para Hércules, demasiado esbelto...--Lo
compararé, pues, con el _David_ de Miguel Ángel...--¿Ha estado usted
en Florencia?
--No, señora...--balbuceó D. Trajano, muy confundido, pensando quizá
en sus largas piernas y peraltados hombros, que ni en la juventud
fueron esculturales.
En el ínterin, la atencion del público habia dejado de fijarse en
Venegas para acudir á Soledad...
Esta no se movia ni pestañeaba: parecia mirar al cielo, ó á los
tejados de la casa de enfrente; pero ¡demasiado sabría que Manuel
se hallaba allí, delante de ella, á pocos pasos de distancia!...
Los movimientos de la muchedumbre; las conversaciones de la calle,
que subian hasta el balcon; la madre tristísima, la pobre señá
María Josefa, sentada á su lado como una mártir; sus propios
ojos, en fin, dotados, segun ya sabemos, del don de ver áun
aquello que no miraban..., ¡se lo habrian dicho desde el primer
momento!--Mostrábase, sin embargo, enteramente tranquila, y hasta se
la vió sonreir graciosamente en contestacion á no sé qué cosa que
su atribulada madre le dijo en ademan de súplica...--¡Era digna hija
de aquel hombre que, sorprendido una tarde por el furibundo _Niño de
la Bola_ junto á cierta fuente del campo, no se movió, ni se dió por
entendido de su presencia, ni hizo nada para evitar una muerte casi
segura!...
En esto, y cuando algunas personas estaban ya procurando mañosamente
que Manuel alzase la vista y reparase en Soledad, comenzó el tercer
repique de las campanas de Santa María; nuevos cohetes volaron y
crujieron en el aire; sonó un largo redoble de tambor, seguido
del acompasado toque de marcha, y viéronse salir de la Iglesia,
y formarse, y ponerse en ordenado movimiento, banderas, luces,
cofrades, monaguillos...--La Procesion estaba en la calle.
Aquel jubiloso estrépito, aquel animado y solemne espectáculo, los
cantos religiosos que principiaron luégo; toda aquella reproduccion
de escenas de mejores dias, impresionó bruscamente á Manuel,
haciéndole erguir la cabeza y mirar á todos lados como buscando aire
de vida y de salud para su corazon que se ahogaba, segun lo demostró
el hondo suspiro que lanzó al fin su oprimido pecho...
Y entónces fué cuando el desgraciado vió relucir en el balcon de
enfrente la impertérrita figura de Soledad...
¡Era ella!... No cabia duda... ¡Era su cara de ángel!... ¡Eran
sus ojos, que no le miraban á él, pero que seguian iluminando y
embelleciendo el mundo!...--«_¡Soledad!_»... estuvo para gritar el
infeliz, loco de dicha, en el primer arrebato de su pasion...
Pero ¡ay! no... ¡no era ella! ¡No era Soledad!--¡Era la mujer de otro
hombre, la mujer de un desconocido, llamado Antonio Arregui!... ¡Era
la impura renegada del amor! ¡Era la sacrílega que habia escupido
en mitad del corazon al más fino y consecuente amante! ¡Era la
traidora que le habia dado muerte por la espalda, en la ausencia,
sobre seguro, cuando más confiado y tranquilo batallaba en remotos
climas por obtenerla, por llamarla su _esposa_, por alcanzar la dicha
de ser su esclavo! ¡Era el execrable demonio de su vida! ¡Era la
envenenadora de su alma!
Esto decia el rostro de Manuel... Esto decia su corazon, asomándose á
los espantados ojos, para ver si efectivamente Soledad se atrevia á
estar en aquel balcon, vestida de gala, tomando parte en una fiesta,
mostrándose á la luz del sol, _despues de lo que habia hecho_...
Y lo veia, y no podia explicárselo...--Y el creciente furor de su
nunca domada soberbia iba rayando en verdadera locura...
¿Cómo no temblaba la inicua? ¿Ignoraba que habia llegado su juez? ¿No
se lo habia dicho su madre? ¿No sabía que él estaba allí, enfrente
de ella, esperando al imbécil que se creia _su esposo_, para coserlo
á puñaladas delante de todo el pueblo? ¿No sabía que ella misma, su
antigua reina y señora; ella, que no se dignaba mirarle, y parecia
desafiarlo con su tranquilidad é indiferencia; ella, que lo seguia
insultando con aquella mundana mantilla blanca y con aquella vil
hermosura entregada á otro, se hallaba tambien en el caso de temblar
por su propia vida?...
Ni ¿á qué tardar?--¡Un salto bastaba para encaramarse al balcon!...
¡El puñal vibraba sediento de sangre á cada latido de su pecho!... Ya
lo habia apretado varias veces con el brazo contra su corazon, como
á un fiel amigo...--Además, «_Antonio_» (¡que era como le llamaria
la pérfida!) estaba ausente... habia huido...--Todos acababan de
asegurárselo...--Por lo tanto, no era ocasion de pensar en matarlo á
él...--¡En quien habia que pensar por de pronto era en ella, en la
sierpe que seguia azotándole el alma; en aquella insolente y contumaz
pecadora, tan solazada y divertida en ver avanzar la Procesion, que
no se curaba de los oportunos ruegos de su madre ni de las señas
con que el mismo público empezaba ya á decirle que corria peligro,
que se retirase de la ventana, que Manuel iba á acometerle de un
momento á otro!...--Y tambien habia que pensar en aquel obsequioso
público, pendiente de las acciones de él; en aquel amable gentío que
no dejaba de mirarlo con anticipado asombro; en aquellas tres mil
personas esperanzadas en algo extraordinario, digno del hijo de D.
Rodrigo Venegas, propio del antiguo _Niño de la Bola_, adecuado á
sus amenazas de otro tiempo, en consonancia con la general inquietud
que hacía veinticuatro horas reinaba en la poblacion...--¡No más
vacilaciones! ¡La fatalidad lo habia escrito! ¡Manuel Venegas tenía
que matar á la _Dolorosa_!
Pero la Procesion habia avanzado miéntras tanto, y ya desfilaba entre
Soledad y Manuel, incomunicándolos en cierto modo...
Tuvo, pues, el jóven que contenerse, sin que por ello cesara su
furia...
Y, de esta manera, vió pasar ante sí, como fantásticas visiones que
se mofaban de su amoroso delirio, los históricos estandartes del
tiempo de la Conquista, los ciriales de la Parroquia, los muñidores
con sus pértigas de metal, las devotas que cumplian _promesa_ yendo
descalzas, los labriegos con sus capas de paño de Ohanes, los
cofrades con sus escapularios y veneras, los Nacionales con sus
morriones colgados á la espalda, los músicos con sus piporros ó
bajones, los chantres con sus papeles de música, los acólitos con sus
incensarios...--El Niño de la Bola, el Niño Jesus, el Niño del Dulce
Nombre debia de hallarse muy cerca...; tan cerca, que ya sonaban las
argentinas campanillas de sus andas; ya fulguraban sus cien luces; ya
se respiraba el aroma de los pebeteros.