marchita se hallaba su piel, tan calva su frente, tan arruinada su
dentadura, tan encorvado su talle, tan turbio su mirar y tan mermada
su vista. Sin rayar en monstruo (lo cual hubiera excitado compasion);
sin carecer de hechura humana, ni faltarle ningun remo ni sentido,
era de lo más feo que Dios ha criado. Hacía daño á los nervios el
extravío de sus ojos; ofendía su sonrisa, hasta cuando procuraba
ser cariñosa; causaban náuseas su color de membrillo y su pelo de
muerto, áun prescindiendo de su total descuido en cuanto á policía y
limpieza. Tenía enormes piés y manos, las piernas un poco torcidas,
hundido el tórax, desagradable la voz y apestoso el hálito. Dijérase
además que lo vestían sus enemigos, pues su ropa amarillenta y su
corbata verde no podian ser ménos adecuadas al color de su rostro,
por más que estuviesen salpicadas de manchas de toda clase de
pringues y ungüentos.--Tal era el atrevido personaje que pretendió á
la _Dolorosa_ despues que Manuel Venegas y ántes que Antonio Arregui:
tal era el misionero de la incredulidad en aquella poblacion de moros
bautizados: tal era el inteligente _mancebo_ de la mejor botica de la
Ciudad, cuyo titular y dueño residia casi siempre en el campo: tal
era el _traidor_ de nuestro drama.
No bien lo divisó el Familiar del Sr. Obispo, puso término á su
pacífica elegia, y trató de marcharse; pero _Vitriolo_, que lo
advirtiera, exclamó con su acento burlon y desapacible:
--Siga usted, Sr. D. Carmelo... ¿Por qué se calla al verme? ¿Estaba
usted profetizando, como anoche, los milagros que haria esta tarde en
la Procesion el _verdadero_ Niño de la Bola?--Anoche no le respondí
á usted porque tenía dolor de estómago; pero hoy debo decirle
que el _verdadero_ Niño es más _supuesto_ que el _falso_, y, por
consiguiente, ménos capaz de hacer prodigios.--¡Figúrense ustedes que
está esculpido en madera de roble, y que, una vez que se le rompió
la mano en que lleva el _mundo_, se la remendó por una peseta el
carpintero de aquí al lado!...
--¡Esto no se puede sufrir! (gruñó el Capitan, pidiendo una silla y
sentándose en medio del corro.) ¡Yo no sé por qué viene uno á donde
se dicen tantas insolencias y majaderías!...
--Tiene usted razon... Yo me voy... (dijo el Alcalde.)--¡Estos
diablejos lo comprometen á uno!--Vamos, Martin...
Y penetró en la casa de Ayuntamiento.
--¿Ves? (observó á _Vitriolo_ el llamado Martin, discípulo suyo, muy
de notar por lo flamante y moderno de su equipo:) ¿Ves? ¡El señor
Alcalde ha tenido que irse!--¡Dices cosas demasiado fuertes!
--¡Habló Judas! (gritó el farmacéutico.)--¡Camaradas! Ya os lo
dije anoche... ¡Martin nos abandona!--¡Desde que lo han nombrado
escribiente del Ayuntamiento se ha vuelto beato!...--¡Hay que
expulsarlo de nuestra comunidad! ¡El mejor dia lo vamos á ver dándose
golpes de pecho en las iglesias!
--¡Yo no soy beato ni lo seré nunca! (respondió Martin muy
amostazado.) Lo que nos pasa á todos tus amigos es que, como somos
ménos feos que tú, no aborrecemos tanto á Dios, y se nos olvidan tus
lecciones de impiedad. Si tú no hubieras nacido tan deforme, ya
habrias tenido novia, tal vez te hubieras casado con ella, y ¡quién
sabe si á estas horas serías el padrazo más creyente, más optimista
y más religioso de la Ciudad!...--Pero, amigo, eres tan horrible, y
te dolerá tanto no haber encontrado todavía una mujer que te escuche,
que ¡vamos!... me explico que no estés agradecido al Criador...
--¡Al Criador! ¡Al Criador! (repuso _Vitriolo_ con amarga
ironía.) ¡Es la primera vez que te oigo pronunciar esa
palabra!...--¡Muchachos! ¡os repito que nos vende desde que
le han dado ese plato de lentejas!--Paco Antúnez... llegas
oportunísimamente... ¡Tú, que eres mi discípulo mayor, mi brazo
derecho, mi brazo fuerte, mi brazo secular, cerrarás la puerta del
Templo (digo, de la trasbotica) á ese caballero escribiente que ya
fuma tabaco propio!
--¡Nada me importa no volver por aquí! (replicó el maltratado
discípulo:) ¡Y ya verás cómo poco á poco se van yendo todos estos
incautos á quienes pudres con tus doctrinas!--En cuanto á lo demas,
sepan ustedes, señores, que, si _Vitriolo_ aborrece tanto á la
_Dolorosa_, consiste en que estuvo enamorado de ella y recibió
calabazas... ¡ó algo peor que calabazas!...
--¡Mentira! (gritó el boticario, hecho un veneno.) ¡Fué muy al
revés! ¡Yo no la quise, cuando D. Elías me la daba enterrada en
onzas!...--Pero bien sabe todo el mundo que soy amigo de Don Antonio
Arregui, y que su suegra manda aquí por todas las medicinas.--Por
consiguiente, eso que has dicho es una infame calumnia...
--¡Aquél me lo ha contado esta mañana!...--respondió Martin,
señalando á nuestro Pepito, que asomó en tal momento por un arco de
la Plaza.
--¿Aquél?--¿Y quién es aquél?--¡Ah! ¡Pepito! ¡Otro Judas! ¡otro
desertor como tú!--¡Tambien venía él ántes á nuestra reunion,
y era de los más calientes contra el bando apostólico!--¡Verán
ustedes cómo ahora pasa de largo, sin mirar siquiera hácia aquí!...
¡Vendrá de adular al Obispo, á ver si lo hace sacristan!...--Sr.
D. Carmelo, dígaselo usted de mi parte á Su Ilustrísima... ¡Dígale
que Pepito no cree en Dios!...--¡Oiga! y ¡qué compuesto sale tan de
mañana!...--¡Nada! ¡No nos saluda!--¡Habrá trasto como él!--¡Sin duda
irá á pedirle un destino á la forastera del Afrancesado, á esa prima
vigésima de un Marqués de mentirijillas, cuyo título no está en la
_Guía de Forasteros_!...
--¡Cálmate! (advirtió por lo bajo Paco Antúnez á _Vitriolo_) ¡Vas á
disgustar á todo el mundo!
--¡No me calmo! ¡Estoy harto de padecer! ¡Miren cómo me ha puesto de
frescas ese escribientillo, sólo porque dije que el Niño Jesus es de
madera!--¡Pues de madera es! ¡Y, si en lugar de una cruz de plata,
hubiesen puesto una púa de hierro á la _bola_ que lleva en la mano,
tendríamos al _mundo_ convertido en un trompo!
--¡No es mucho más grande que un trompo nuestro mezquino mundo, si
se le compara con la inmensidad y con el poder de Dios! (exclamó
gravemente el teólogo, creyendo que el sesgo del debate le favorecia
para hacerse oir.)--Si el mundo y el hombre no son de madera, son
de barro..., y están hechos _de la nada_, como dice la Sagrada
Escritura.--La fuerza y santidad de ese _Niño de palo_ y de la cruz
que ostenta ese _trompo_ consisten en la moral que simbolizan y en el
Sacrificio que recuerdan; consisten en que ayudan á desarmar la ira,
á templar la concupiscencia, á hacer al hombre hombre...
--¡Y el que usted hable así consiste (interrumpió _Vitriolo_) en que
es barbero del Sr. Obispo, desde que Su Ilustrísima desempeñaba un
curato en Vizcaya!...
--¡Á mucha honra! (contestó el Familiar, conteniendo con su noble
actitud las risotadas de unos y el movimiento de indignacion y
retirada de otros:) ¡Es muy verdad que sigo afeitando á mi señor y
padre, el cual me sacó de la miseria cuando la Guerra civil me dejó
pidiendo limosna; pero eso no quita para que yo... yo... (que sería
muy capaz de ahogar á usted entre mis manos, si no me lo impidieran
mis ideas religiosas) me complazca en pedir á Dios que tenga
misericordia de su alma de usted!
--¡Bien dicho, señor Cura! (exclamó el Capitan.) ¡Deme usted esos
cinco!
--¡Palabras de carlista! ¡Estratagemas de apostólico! (replicó el
boticario:) ¡Por todas partes se va á Roma!
--Lo mismo diria y haria (repuso el teólogo) si fuera judío,
moro ó protestante. Yo no defiendo aquí ahora ninguna _religion_
determinada: defiendo la _religiosidad_ en abstracto, el temor
de Dios, el amor al hombre...--En fin, lo perdono á usted, y me
marcho...--¡Usted abrirá los ojos con el tiempo!
_Vitriolo_ conoció que quedaba mal, y trató de detener al diácono,
diciéndole á toda prisa:
--¡Defiende usted las tinieblas! ¡Defiende usted la Inquisicion y
el fanatismo! ¡Defiende usted la mentira, profesada como industria
para tiranizar y explotar á los hombres!--¡En cambio, nosotros los
filósofos defendemos los fueros de la razon, la causa de la verdad,
la despreocupacion del entendimiento, la dignidad de la especie
humana!--¡Nosotros no queremos que nadie viva engañado, ni sometido
á las desigualdades de la suerte, en la esperanza de otra vida y de
un Cielo que no pueden existir, que no existen, que repugnan á la
buena lógica, como lo demuestra el célebre dilema de Epicuro!...
Pero el teólogo no oia ya al farmacéutico, pues se habia marchado
efectivamente, dejándolo con la palabra en la boca.
La mayoría del público, y con especialidad las personas graves,
comenzaron á desfilar tambien, renunciando á las decantadas ventajas
de convertirse al ateismo; con lo que pronto la tertulia quedó en
cuadro...
--Pero ¡hombre! (arguyó entónces el Capitan, encarándose con
_Vitriolo_:) Suponiendo que todas esas infamias que usted dice sean
ciertas, ¿qué adelanta con darnos tan malas noticias? ¿Qué pierde
usted con que yo me consuele de mis reumas, de mi retiro forzoso, del
atraso de mis pagas, y del disgusto de conocer á muchos malvados como
usted, esperando, como espero, hacer en otra parte una campaña mejor
que la de esta pobre vida?--¿Me equivoco?--¡Pues déjeme usted en mi
dulce engaño! ¡No haga usted el oficio de Satanás! ¡Piense usted en
sus ungüentos, y déjenos á nosotros con nuestros santos de madera,
que tambien nos sirven de medicina!
--¡Valiente modo de discurrir! (contestó el boticario.)--¡Bien
se conoce que no ama usted la _verdad_ ni ha visto un libro por
el forro!--¡Los militares fueron ustedes siempre oscurantistas,
inquisitoriales, serviles!
--¡Vaya usted mucho enhoramala! (repuso el Capitan, levantándose:)
¡Yo no soy servil! ¡Yo soy más liberal que usted! ¡Yo me he batido
contra Napoleon y contra Angulema! Yo he derramado mi sangre,
defendiendo la Independencia y la libertad de mi patria, hasta
que, por viejo y achacoso, me dieron el retiro...--Pero todavía
soy capaz...--En fin, no quiero incomodarme...--Repito que hago
una tontería en venir por aquí...--¡Todos sois unos impíos, unos
luteranos, unos mocosos, que debiais estar en la Cárcel!...--Mas ¿qué
le hemos de hacer? ¡El mundo marcha así!--Conque, muchachos, ¡hasta
luégo!...--Son las ocho, y voy á ver si me dan de almorzar.
Grandes carcajadas y burlas produjo en los mozalvetes el apóstrofe
del veterano; y, como en pos de él se marchase la poca gente de viso
que ya quedaba en el corro, penetraron aquéllos en la botica, donde
el Maestro, atendida la especialidad de las circunstancias, les dejó
meter mano al cajon del _palo-dús_, y hasta fingió no reparar en que
algunos se empinaban las botellas del jarabe simple, del jarabe de
corteza de cidra y del jarabe de altea.
* * * * *
Terminado el refrigerio, todos se fueron á sus casas á continuar
almorzando, ménos Paco Antúnez, á quien habia dicho _Vitriolo_:
--No se marche usted, señor Jefe de Estado Mayor.--Tenemos que
hablar...
--¿Qué hay? (preguntó el mimado discípulo con cierto aire de
valiente.) ¿Qué dice la _Volanta_?
Paco Antúnez era, en efecto, segun ya habia indicado su _jefe
espiritual_, el mozo más templado y terne de aquel plantel de
descreidos, así como el más callado, el más fino y el de mejor
figura: en resúmen, era el más _guapo_ en el triple sentido de la
palabra.
_Vitriolo_ le contestó con suma afabilidad:
--La _Volanta_ está en muy buen terreno.--Tú sabes que fué una
labradora muy acomodada, y que su aficion al aguardiente la hizo
caer en las garras de D. Elías, quien la dejó pidiendo limosna...
Hoy le dan de comer Soledad y su madre, más bien por remordimiento
que por caridad, de donde se deduce que ella las detesta con todo su
corazon. En cambio, como ve que yo soy el abogado consultor de los
pobres; que no voy á misa, y que le hago de balde ciertos ungüentos
para sus oficios de curandera y de bruja, me quiere con toda su
alma, ve en mí una especie de Vicario del Diablo, único Dios en que
cree, y me cuenta todo lo que sucede en casa de la _Dolorosa_.--Ahora
bien: por ella he sabido que la señá María Josefa fué quien mandó
anteanoche romper por varios puntos la gran acequia de la Fábrica tan
luégo como se enteró de que llegaba Manuel Venegas, obligando así á
marchar allá á Antonio Arregui y ganando tiempo para entenderse con
el burlado amante... La misma _Volanta_ proporcionó el hombre que
rompió dicha acequia, y ella tambien debia procurarme á mí hoy, segun
me ofreció anoche, esta ú otra persona que fuese á la Fábrica, como
por casualidad, y participase á Antonio Arregui el regreso del _Niño
de la Bola_...--¡Seis reales le dí para ello!...
--Son tres leguas de ida y tres de vuelta...--¡No estuvo
mal!--pronunció flemáticamente Paco Antúnez, encendiendo un buen
trozo de lo que entónces se llamaba _tabaco negro_.
--No estuvo mal... (repitió _Vitriolo_.)--Pero es el caso que todos
los hombres á quienes ha propuesto el trato la _Volanta_ recelan
que se entere el _Niño de la Bola_, y ninguno se atreve á ir á la
Sierra...--¡Ya ves qué contrariedad!--Son las ocho de la mañana, y
es menester que el marido de la _Dolorosa_ se halle aquí ántes de la
hora de la Procesion...
--La Procesion es á las cuatro...--observó Antúnez, chupando aquel
veneno que tenía en la boca.
--¿Te atreverias tú á ir?--preguntó _Vitriolo_ afectando gran
indiferencia.
--¡Yo no!--respondió inmediatamente el discípulo, con una frialdad
impropia de sus veintidos años.
--Puedes fingir una cacería... (insistió _Vitriolo_.) Coges el
caballo y la escopeta, y en dos horas estás allí...--Arregui no podrá
maliciarse que vas exprofeso á darle la noticia.
--He dicho que no voy...--replicó Antúnez, mirando el humo de su
cigarro.
--¿Temes que se lo cuenten á Manuel Venegas? ¿Te asustas tú tambien
del _Niño de la Bola_?...
--No es eso, amigo _Vitriolo_.--Te temo á tí; me asusto de tu
ferocidad.--Cualesquiera que sean mis ideas religiosas, ó, mejor
dicho, aunque no me hayas dejado ninguna, yo no he nacido para matar
con mano ajena.--Yo no soy, como tú, indiferente á la moral y á la
política: yo amo el bien, aunque no crea en otra vida futura... Yo
soy republicano.
--Ya lo sé..., y haces muy mal... (respondió _Vitriolo_.)--Lo mejor
es no ser nada.
Antúnez replicó en el acto:
--Para hablar así hay que principiar por donde tú principias; por
aborrecer á la especie humana.--Ahora bien: yo no la aborrezco: yo
amo á los hombres, y deseo su dicha, como la desearon Caton, Bruto y
Robespierre...
--Pues entónces, ¡fíngete cristiano!... (dijo _Vitriolo_, riéndose.)
De esa manera podrás ofrecer dos bienaventuranzas á tus adorados
prójimos; ó sea una de presente, y otra de futuro; una en esta vida,
y otra donde cuentan los sacristanes.
--¡Yo no sé decir lo que no siento! (contestó el filántropo); y
por eso precisamente me niego á ir á engañar á Antonio Arregui,
ocultándole el objeto de mi excursion á su fábrica...
--¡Pero tú olvidas lo que hablamos anoche! (exclamó _Vitriolo_ muy
apurado.) ¡Tú olvidas que, si D. Trinidad Muley empastela este
asunto, la victoria será de las ideas místicas! ¡Dirá el clero y
repetirán las viejas que ha habido _milagro_, como lo dijeron en
1832, cuando Manuel Venegas dejó de matar á D. Elías Perez la tarde
de la famosa Rifa!--Contaba entónces D. Bernardino, el Sacristan de
la Parroquia, que, si no ocurrió allí una muerte, se debió á que D.
Trinidad se abrazó á la Efigie del Niño del Dulce Nombre pidiéndole
auxilio...--Hay más: la señá Polonia, el ama..., ó la querida del
Cura... (No frunzas el entrecejo: admito que sólo sea su ama...),
tomó de aquí pié para soltar la especiota de que la tal Efigie,
decidida protectora del hijo de D. Rodrigo, le devolvió el habla
cuando muchacho...--¡Todo esto es muy grave!--¡Antúnez! ¡ó somos ó no
somos enemigos de la supersticion! ¡Tu causa es la mia, aunque yo no
sea republicano, ni monárquico! ¡Hay que desvanecer esas patrañas!
¡Hay que evitar un nuevo triunfo de D. Trinidad Muley!
--Desengáñate, _Vitriolo_... (contestó friamente el republicano.)
Lo que á tí te mueve en esta empresa, no es la Filosofía, á que yo
tambien rindo ferviente culto, sino el insensato amor que tuviste á
la _Dolorosa_, convertido en odio mortal, por haber ella obligado á
un perro á comerse tu amartelada declaracion...--Yo ignoraba anoche
tan divertido lance; pero esta mañana me he enterado de él, como
todo el pueblo, por haberlo referido anoche el Afrancesado á sus
tertulios...
_Vitriolo_ se retorció convulsivamente, y lanzó una especie de
alarido...--Irguióse luégo y dijo con dolorosa mansedumbre:
--No te lo negaré yo á tí, que eres mi ojo derecho... No te negaré,
mi querido Paco, que tambien procedo á impulsos de ese rencor
inextinguible... No te negaré que la felicidad de la _Dolorosa_ me
vuelve loco; que necesito verla llorar tanto como yo he llorado,
y que la ocasion es esta.--Pero no por eso dudes de que, al propio
tiempo que vengarme, quiero defender la santa Filosofía, ¡única
gloria y consuelo de mi pobre existencia!--¡Sí, yo trato de evitar
que los Curas hagan creer á los necios en un _milagro_ de las ideas
religiosas que nos ponga en ridículo á todos vosotros y á mí! ¡Yo
quiero libraros y librarme de una silba de todo el pueblo!--D.
Trinidad Muley, con sus limosnas, entremetimientos y gramática parda,
es el levítico que más daño hace hoy en esta Ciudad á la causa de
la _razon_.--¡Hay que presentarle una batalla campal! ¡Hay que
destrozarlo para siempre!
--En ese punto estás repitiendo palabras mias..., ya que no por
lo tocante á la persona de D. Trinidad (que es un buen hombre,
sin malicia ni talento), en lo que respecta al verdadero bando
apostólico...--Pero, entre combatir el error, y lo que ahora me
pides; entre predicar uno sus ideas filosóficas, y traer al matadero
á un hombre de bien, hay mucha, muchísima distancia.--Repito que no
voy á la Sierra.
--¡Pues no vayas! (exclamó _Vitriolo_ con sumo desprecio.)--Yo me las
compondré sin tí.
--¿Irás tú mismo á buscar á Arregui?--preguntó irónicamente Paco
Antúnez.
--¡Así pudiera cerrar la botica!--Pero estoy solo, y no puedo
moverme de aquí ni de dia ni de noche.--Por lo demas, ten entendido
que yo soy el único hombre de este pueblo que no le teme al _Niño de
la Bola_.
--Dos ó tres veces te he oido decir eso...--¿Quieres explicármelo?
--Tiene muy poco que explicar.--No le temo, porque soy cobarde.
Y, al hablar de este modo, _Vitriolo_ se erguia con especial orgullo.
--¡Gran verdad has dicho! (exclamó Antúnez.)--El mundo es de los que
no pelean; ó, más bien, de los que no dan la cara...--No hay quien
corra ménos peligros que un cobarde...--El desprecio de los valientes
les sirve de escudo...--En fin... ¡allá tú!--Yo me retiro, con tu
licencia.
El boticario suspiró melancólicamente, y murmuró, como hablando
consigo mismo:
--¡Hay pocas naturalezas cabales!...
--Pocas,--repitió Antúnez.
--Con todo, ¡por algo seré yo vuestro jefe!
--Ya lo creo... ¡y áun por algos!
--¿Estás pesaroso? (interrogó vivamente el farmacéutico.) ¿Piensas tú
tambien abandonarme?
--Sí: te abandono ahora, porque me voy á almorzar,--contestó el
discípulo mayor, sonriéndose indefiniblemente.
Y se marchó muy despacio, dejando sumido á _Vitriolo_ en dolorosas
meditaciones.
El resto de la mañana fué, cual si dijéramos, una ampliacion de
la tertulia que hemos presenciado en la puerta de la botica.--Tan
luégo como el vecindario acabó de almorzar, llenóse otra vez la
plaza de corrillos y de paseantes, cual si allí se celebrara la
gran fiesta del dia, y no en el barrio de Santa María de la Cabeza.
Contra la inveterada costumbre, muchas personas principales del
pueblo, y desde luégo todos los hombres de armas tomar ó aficionados
á ruidos y reyertas, dejaron de asistir á la solemne Misa que en
aquel instante se cantaba en la Parroquia gobernada por D. Trinidad
Muley.--«¿Á qué ir (parecia decirse la gente), cuando sabemos que
Manuel Venegas está encerrado en esa casa?»--No apartaban, pues,
los ojos de aquellos mudos balcones ó de aquella inexorable puerta
los grupos diseminados acá y allá, y hasta los mismos paseantes
volvian la cabeza á cada momento, para ver si daba señales de vida
el albergue del infeliz recien llegado.--Tenía aquello algo de la
expectativa del público en una plaza de toros, cuando los aficionados
bullen todavía en el circo, esperando á que se anuncie la salida de
la fiera, para quitarse de en medio y dejar á otros el cuidado de
hacerle frente...--Ó, más bien, era un caso igual al de los antiguos
torneos... ¡Manuel y Antonio veíanse como obligados á optar entre
la pelea y la deshonra! «_¡Sangre ó rechifla!_» parecia ser el
estribillo del coro.
Llegó la hora de comer (las dos de la tarde), sin que se hubiese
movido ni una mosca en casa de Venegas (no obstante haber estado dos
veces llamando al porton el ama de D. Trinidad Muley y otras dos un
acólito de la parroquia de Santa María), y el público se retiró de la
plaza...
Pero no habian transcurrido veinte minutos cuando ya se hallaban
de vuelta algunas personas... (¡Parcas fueron en el comer, ó poco
abastecida estuvo su mesa!)--Otras regresaron algo más tarde:
acudió, por añadidura, mucha gente que no habia estado allí por la
mañana, y, con todo ello, la plaza acabó por parecer un animadísimo
campamento... ¡Baste decir que varios mozos, y hasta algunos sujetos
muy formales, hablaban ya de su firme propósito de no ir á la
Procesion, si veian que Manuel no concurria á ella, y de pasar allí
el resto de la tarde!...
De pié á la puerta de su tienda el verdadero General de aquel ocioso
ejército...; quiero decir, de pié á la puerta de su botica el
intrépido _Vitriolo_, se restregaba las manos, al ver que todos, por
comision ó por omision, estaban secundando su plan de batalla, y
daba instrucciones á sus oficiales de Estado Mayor para que sembrasen
entre los corrillos las ideas más conducentes al triunfo de la ira
sobre la paciencia, ó, como él decia, «al triunfo de la razon sobre
las preocupaciones.»
De pronto, cundió por toda la plaza una noticia que revolvió y barajó
los grupos, formando otros nuevos y más numerosos, en que ingresaron
hasta los paseantes...--Pepa la peinadora acababa de cruzar por allí
diciendo que venía de rizar el pelo á la señora de Arregui, en forma
de tirabuzones iguales á los de la forastera, y que en aquel momento
la dejaba vistiéndose de tiros largos para ir á la Procesion en
compañía de su madre...
No habian empezado los comentarios acerca de este grave
acontecimiento, cuando ocurrió otra novedad que puso el colmo á la
agitacion de la muchedumbre...--¡La puerta de la casa de Manuel
Venegas se acababa de abrir, y Basilia, su ama de gobierno, estaba en
el portal notificando al público que el hijo de D. Rodrigo Venegas
habia comenzado á arreglarse para ir á la Procesion del Niño de la
Bola!
La alegría, el miedo y el entusiasmo de la multitud no tuvieron
límites... Hubo hasta aplausos de la gente baja, y silbidos y
carreras de los pilluelos; advertido lo cual por el Alcalde, y
temiendo un motin ó cosa parecida, aconsejó á todos, por honor de
aquella Ciudad, antigua Colonia fenicia y romana, y posteriormente
Corte de no sé qué rey moro, que se trasladaran á la carrera de la
Procesion (donde parecia más natural que estuviesen reunidas aquella
tarde las personas decentes), y que allí esperasen con la debida
compostura la llegada de su querido paisano Manuel Venegas,--quien no
dejaria de alegrarse mucho de poder salir de su casa como un hombre
serio y formal, y no entre aquella especie de rebullicio...
Penetráronse de estas razones los agitados grupos, y casi todos
se disolvieron, ó, mejor dicho, se encaminaron en masa hácia la
Parroquia de Santa María, cuyas alegres campanas anunciaban ya con su
primer repique que apénas faltaba una hora para la Procesion...
Sigamos nosotros el turbion de la gente, y trasladémonos tambien á
aquel apartado barrio, donde nos aguardan muchas personas conocidas.
II.
LA PROCESION.
Era una hermosísima y apacible tarde, en que la Primavera, vestida
de andaluza, llenaba el cielo de esplendores y sonrisas, de cálidos
besos el sosegado ambiente y de fragantes rosas los huertos y
balcones de la Ciudad, el lustroso peinado de las doncellas y las
manos de sus felices ó desgraciados amadores.
Todavía faltaba media hora para la salida de la Procesion, y la calle
de Santa María de la Cabeza (á cuyo extremo inferior se halla situado
el Templo del mismo nombre) estaba ya hecha un patio del Cielo,
una antesala de la Gloria, un verdadero Empíreo..., tal y como los
nietos de Adan y Eva nos imaginamos y solemos representar semejantes
excelsitudes desde nuestro confinamiento terrestre...